17 de enero
LA PÉRFIDA ALBIÓN
Londres y sus más de dos mil años de historia.
Caer Troia, Troia Nova, Trinovantum, Caer Ludein.
Londinium, Lundenwic, Lundenburh, the City.
La pérfida Albión…1 ¿Londonistán?2
Londres, la de los muchos nombres. La tribal, la mesolítica, la de la Edad del Bronce, la de la Edad del Hierro, la romana, la latina, la anglosajona, la vikinga, la normanda, la medieval, la de los Tudor, la de los Estuardo, la del Imperio británico. Londres la capital del mundo, Londres la universal.
La ciudad de los múltiples rostros y las incontables historias. La ciudad de la interminable gama de grises, donde caben todos los blancos y también todos los negros. La ciudad de los similares y de los opuestos, que se atraen y repelen. La ciudad de los aciertos construidos a partir de los reiterados errores. La ciudad de las dos caras de la moneda y la de las innumerables contradicciones. La ciudad humana, por convicción y naturaleza. La ciudad de ciudades, por derecho propio.
La Londres de los europeístas y la Londres de los euroescépticos. La de los ricos y la de los pobres. La de los islamófobos y la de los ecuménicos. La de los monárquicos y la de los republicanos. La de los puritanos y la de los liberales. La de los conservadores y la de los laboristas. La de los refugiados y los inmigrantes, y la de los nacionalistas y los hooligans. La de los conservacionistas y la de los cazadores. La de los científicos y la de los revisionistas. La de los piratas y la de los exploradores.
La de los anglicanos y la de los católicos. La de los ingleses y la de los escoceses, irlandeses y galeses. La de los trabajadores sindicalizados y la de los políticos del establishment. La de los terroristas y la de los supervivientes. La del teatro, la danza y la ópera y la del rock, el punk y el britpop. La de la galería Tate y la del mercado de Camden. La de la lúdica magia de Mary Poppins y la de la magia macabra de Lord Voldemort. La de las Grandes esperanzas de Charles Dickens y la de los Dientes blancos de Zadie Smith. La de los Beatles y la de las Spice Girls. La de J. M. W. Turner y la de Damien Hirst. La de William Shakespeare y la de Noël Coward. La Londres de Winston Churchill y la Londres de Theresa May.
Londres es la ciudad por antonomasia de la Corte de San Jaime, de la Casa Real y de la nobleza. Es la ciudad de Zac y de Ben Goldsmith, y la de sus padres, el finado James Goldsmith y la octogenaria Lady Annabel Vane-Tempest-Stewart. Y la de sus sendos linajes nobiliarios y cuantiosas fortunas. La de sus inversiones en la Costa Alegre jalisciense y la de sus clubes privados con nombre propio en el barrio de Mayfair. La de sus aspiraciones políticas, sus raíces franco-hebreas y sus fundaciones ecologistas. Es la ciudad de Joel Cadbury y la de su longeva historia familiar chocolatera. La de los Guinness y su azul ascendencia anglo-irlandesa marcada por el mercado de la malta.
Londres es la ciudad de los emprendedores y de los industrialistas, de los multiplicadores del dinero y de los hacedores de riqueza y de pobreza. Es la ciudad de Tarun Mahrotri y la de su acaudalada familia de restauradores que lo mismo sirven mexicano en el Peyote que francés en La petite maison. La de los ricos y los poderosos que se embriagan con su mezcal o con su champán y que se encandilan con sus mesas, reservas, salones privados y atención personalizada; obviando sus raíces hindúes y migrantes. La de los gemelos Barclay, David y Frederick, y sus omnipresentes intereses comerciales en bienes raíces, del hotel Ritz a la isla de Brecqhou en el Canal de la Mancha. Londres es la ciudad del australiano Rupert Murdoch y su conservador conglomerado mediático. También es la ciudad del egipcio Mohamed Al-Fayed y su estridente historia con los almacenes Harrods y la familia real británica. La del ruso Evgeny Lebedev y su actividad filantrópica y periodística, y la de su padre y su pasado en las filas de la KGB soviética. La de los hermanos Hinduja y sus raíces mercantes en la Persia del Sha, cuyo imperio se rige hoy desde la mansión de Carlton House Terrace en el barrio de Westminster.
Londres es la ciudad de los creadores, la de las personalidades, la de los prestidigitadores y la de los artistas. Es la ciudad del estafador italiano Rafaello Follieri y de sus seductoras ofertas de blanqueo de dinero cocinadas con lo mejor de la sazón de Puglia. Es la ciudad de Bianca Jagger y de su eterno activismo en favor de las causas perdidas de la humanidad. La de Olivia Harrison y su entrañable chicanismo, de su fervor por la memoria de George y de sus soirées musicales en los campiranos parajes del condado de Surrey. Es la ciudad de Emma Thompson y la de su contagiosa filia por la dramaturgia y el séptimo arte, la de su cuidada inquietud por toda expresión artística y cultural indistintamente de su origen o de su lengua. La de Uri Geller y su peculiar energía psíquica que dobla cucharas y doblega voluntades. La de Jane Goodall y su sempiterna lucha en favor de los primates, la de su mirada dulce y cautivadora, la de sus canas y sus arrugas, la de su imbatible arrojo. La de los gitanos, rumanos y búlgaros, que aparecen y desaparecen, con el frío, con el viento y con el sol, de entre los pasajes subterráneos que unen a Hyde Park con el resto de la urbe.
Londres es la ciudad del poder, la de la política y la de los políticos. Es la ciudad del padre Michael y su recurrente alcoholismo y la de Monseñor Antonio y su tolerancia por la pedofilia. La de Sadiq Khan, el primer alcalde musulmán y el primero de origen paquistaní. La de Nigel Farange y su amenazante discurso rebosante en fobias. La de la baronesa Patricia Scotland y su secretariado general al frente de la Commonwealth, la de sus raíces afrocaribeñas, la de su historial como paladín de la justicia y la de su envidiable y fácil sonrisa. Londres es la ciudad de Nicholas Clegg y su corona perdida dentro de la liberal democracia, la de su utópica mirada a Inglaterra; la de su castellana esposa Miriam González Durántez y su idealismo político.
Londres es la ciudad de todos, Londres es la ciudad de nadie.
1 El término Albión hace referencia a la blancura de los acantilados de Dover en el condado de Kent, al sureste de Inglaterra; lo primero que salta a la vista al aproximarse por mar desde el norte de Francia al archipiélago británico. El calificativo de pérfida se ha utilizado de manera intermitente desde el siglo XIII en la literatura, la política y la academia, para referirse a Inglaterra, sobre todo en Francia, por parte incluso de Napoleón Bonaparte, pero también en España, incluida en este caso la obra de Benito Pérez Galdós.
2 Término acuñado en los años noventa del siglo XX que hace referencia al creciente número de londinenses que profesan la fe islámica.
22 de enero
KEMPTON MARKET O LA MUERTE DE UN IMPERIO
“Tendríamos que salir a las cinco para poder llegar a buena hora”; con su impoluto acento colombiano del departamento del Meta, aderezado por décadas de residencia en Inglaterra, la sugerencia de don Hernán tiene los visos de instrucción. Sobre todo, si tomamos en cuenta que esas cinco a las que hace referencia son horas de la mañana y no de la tarde, lo que todo no buen madrugador hubiese preferido.
Hacer camino desde el oeste de Londres, con sus elegantes barrios de casas victorianas, hasta las entrañas de la campiña inglesa, amenazada cada vez más por la imparable mancha urbana en el condado de Surrey, no es nunca tarea sencilla. Ni siquiera en esas temibles horas donde los reinos de la penumbra se resisten a perder la batalla contra el amanecer. Mucho menos los últimos martes de mes, cuando camiones de todo balaje y personas de todo linaje recorren las intrincadas calles que comunican el centro de la ciudad con esa interminable periferia, acechando con sus cargas, materiales y anímicas, la neblina que impera entre el río, el suelo y el cielo.
“Si prefiere, yo busco un lugar para la camioneta mientras usted se va bajando”; la aquiescencia en la voz y el acento de don Hernán parece inoculada contra la vorágine en derredor. Las poco menos de veinte millas que sorteamos de recorrido en casi una hora de tiempo se han transformado ahora en una plétora de vendedores y compradores que se expanden hasta donde la vista permite alcanzar, dentro y fuera del hipódromo de Kempton Park. La villa de Sunbury-on-Thames, que alberga las instalaciones hípicas, ha dejado de lado los caballos y los jinetes para convertirse en un colorido y efervescente mercado de antigüedades. Un verdadero tianguis pleno de vida, incluso en esta fría mañana invernal carente de luz.

Como cada último martes de mes, el hipódromo del siglo XIX, rodeado de lagos y bosque, a orillas del Támesis, se inunda con comerciantes y compradores, anticuarios y cazadores de antigüedades, que hacen de las instalaciones deportivas uno de los mercados más importantes de su especie en el sur de Inglaterra. Desde la media noche anterior, marchantes venidos de todos los rincones del país llegan en coches tan antiguos como sus mercancías, y compiten por el mejor lugar para ofertar lo que pretenden vender o intercambiar. Horas de conducir y otras de montar para empezar un espectáculo de compra-venta sin precedentes al despuntar el alba. El que pretenda hacerse de una buena pieza o venderla debe llegar a Kempton Park antes de que los gallos empiecen sus cánticos matutinos, más allá de esa hora resulta un despropósito.
Este gran mercado de mercados sirve para que los anticuarios de todo Londres surtan sus tiendas y puestos en cada uno de los rincones de la capital. Aquí en Kempton, a diferencia de Portobello, los turistas brillan por su ausencia y lo que sobran son comerciantes ávidos, que saben su negocio y quienes sin duda mantienen tan vivo el sector de antigüedades inglés; uno de los más dinámicos de toda Europa, aun cuando sólo comercie con el pasado.
“That’s indeed a very good deal and the best price I can make for you. Believe me, you won’t find a finest piece!”; el experimentado anticuario de manos oscas, labradas por el frío de la campiña, y fácil verbo, intercambia ofertas con media docena de interesados a la vez. El elegante sofá Chesterfield en cuero negro es la envidia de quienes pasan por su puesto. En Kempton Park, el regateo y la gente haciendo su agosto en pleno enero, es cosa de todos los martes últimos de mes. Es día de vendedores y de compradores, de comerciantes de ideas y de nostalgias.
Ingleses, galeses y escoceses; paquistaníes, australianos e indios; nigerianos, ghaneses y kenianos; trinitarios y jamaicanos; canadienses y algunos inadvertidos estadounidenses. Los marchantes y los clientes de Kempton reflejan la diversidad del antiguo imperio británico, con todo y sus súbditos, y sus alcances históricos insospechados. Aquí, este martes y todos los demás, el antiguo imperio sigue vivo. Alfombras afganas y tapetes kurdos, lámparas de latón y retratos de Victoria y Alberto en regalía imperial, figurillas de marfil y tallas de madera africanas. Condecoraciones nobiliarias e insignias marciales de las guerras de Crimea y de los Boers, afiches turísticos de los años cincuenta y revistas y diarios de la primera mitad del siglo pasado, fonógrafos y gramófonos, radios de transistores, relojes de bolsillo y cubertería de plata.
Muebles, escritorios y escribanías de los periodos eduardiano y georgiano, peines con mango de carey y espejos de mano, pelotas de cricket y palos de golf en madera y acero, mecedoras y caballos de juguete, bustos de Nelson y esculturas modernistas. Valijas y baúles de viaje, licoreras de cristal cortado, mapas de medio mundo y de todos los siglos, libros incunables y fotografías en blanco y negro. Juegos de té en porcelana y muñecas con ropones de encaje, vajillas con filos de oro, perfumeros, especieros y azucareras. La vasta oferta de objetos en los últimos martes del mes en Kempton refleja la enorme necesidad de aferrarse a ese pasado que en Inglaterra sigue siendo presente, al menos para algunos.
“We used to run the biggest empire the world has ever seen”,3 declaraba airoso el hoy canciller británico, Boris Johnson, en una editorial publicada por el diario conservador The Daily Telegraph, durante los meses previos al ahora denostado referendo que llevó al Reino Unido a iniciar el proceso de separación de la Unión Europea; justificando su posición favorable a dicha escisión en esa grandeza imperial británica, esfumada del resto del mundo pero aún presente, casi de forma indeleble, en las mentes y las actitudes de muchos de los que forman parte del establishment en Londres.
Innegables las implicaciones en materia económica, política, cultural y social del fenecido Imperio británico. Debatible el inicio preciso de su fin, cuándo y cómo to
