Prólogo
Todos, seamos nobles o no, tenemos nuestras genealogías. Yo desciendo del Génesis, no por soberbia sino por necesidad. Mis padres nacieron en una Ucrania judía, muy diferente a la de ahora y mucho más diferente aún del México en que nací, este México, Distrito Federal, donde tuve la suerte de ver la vida entre los gritos de los marchantes de La Merced, esos marchantes a quienes mi madre miraba asombrada, vestida totalmente de blanco.
A mí no puede acusárseme, como a Isaac Bábel, de preciosismo o de biblismo, pues a diferencia de él (y de mi padre) no estudié ni el hebreo ni la Biblia ni el Talmud (porque no nací en Rusia y porque no soy varón) y sin embargo muchas veces me confundo pensando como Jeremías y evitando como Jonás los gritos de la ballena. Como Juana de Arco oigo voces pero ni soy doncella ni quiero morir en la hoguera aunque me sienta atraída por ese colorido chillón (y bello) que Shklóvski le reprochaba a Bábel cuando aún no eran viejos y que ahora recuerda con nostalgia que sí lo es (Shklóvski, porque Bábel murió en un campo de concentración en Siberia el 14 de marzo de 1941).
Quizá lo que más me atraiga de mi pasado y de mi presente judío sea la conciencia de los colorines, de lo abigarrado, de lo grotesco, esa conciencia que hace de los judíos verdaderos gente menor con un sentido del humor mayor, por su crueldad simple, su desventurada ternura y hasta por su ocasional sinvergüenza. Me atraen esas viejas fotografías de un abonero lituano, con su barba puntiaguda (propicia a las persecuciones) y su abrigo desmesurado, mirando desde la cámara con una sonrisa “borracha y rolliza”, mientras ofrece baratijas; al lado aparece, solemne pero desaliñado, el vendedor de ropas de muerto, chacal de los corrales, porque sabe olisquear la muerte próxima de quien habrá de venderle el traje. También me atraen esos niños de jeider (escuela judía) que van acompañando a un abuelo, el niño sin zapatos y el abuelo con la mirada gastada y la barba blanca, pero no les pertenezco, apenas desde una parte aletargada de mí misma, la que me toca de cercanía con mi padre, niñito campesino, benjamín de una familia de emigrantes, cuya hermana mayor, Rójl, desapareció de la casa desde chica, quizá en Besarabia (tal vez en otra parte, ¡qué importa a estas alturas!) y cuyos hermanos empezaron a emigrar hacia los Estados Unidos después de los pogromos de 1905.
Si veo a un zapatero de Varsovia o a un sastre de Wolonin, a un portador de agua o a un barquero del Dniéper, me parece que son hermanos de mi padre, aunque sus hermanos se volvieron prósperos comerciantes en Filadelfia y cambiaron el gorrito y la barba por las ropas de los grandes almacenes, probablemente Macy’s. Si veo a varios niños de Lublin que apenas alcanzan una mesa y se sientan, azorados, siempre con sus cachuchas, frente a unos viejos libros, mientras el melamed (profesor) les señala con un marcador los caracteres hebreos, me parece también que miro a mi padre terminando las labores del campo, con los zapatos enlodados (del otro lado sus hermanos llevan zapatos Andrew Geller), sin poder jugar porque ha de aprender los mandamientos, el Levítico, y el Talmud y las ordenanzas de esas fiestas y celebraciones que me son, muchas veces, ajenas.
No tengo una infancia religiosa. Mi madre no separaba los platos y las ollas, no hacía una tajante división entre los recipientes que podían albergar carne y aquellos que se llenaban con los productos de la leche. Mi madre nunca usó, como mi abuela, esa peluca que ocultaba su pelo porque sólo el marido puede ver el pelo de su mujer legítima, y eso que mi abuela Sheine fue la segunda mujer de mi abuelo (la primera murió, ¿de parto?, no se sabe, nadie lo recuerda) y su hija Rójl, la que emigró hacia el corazón inmenso de la Rusia Blanca, fue hija del primer matrimonio.
En cambio, conocí los bellos jales que se ofrecían en una panadería con letras hebreas orgullosas de una mercancía trenzada que se ha agregado a nuestros panes porque un tío mío las introdujo a esta ciudad antes que su ayudante, el señor Filler, las comercializara en los supermercados. Tampoco he visto llegar a mi madre a esa misma panadería (a cualquiera de la que tenían mis dos tíos) llevando su olla de tcholnt, guisado de tripas, carne, papas y frijoles, y guardarla en el horno el viernes antes de que anocheciera para que conservase el calor, el sábado a mediodía, y comer caliente la comida principal sin faltar al respeto al sabbath, pero sí recuerdo a mi tío Mendel rezar junto a la ventana con sus tales y su yamelke pero sin patillas, y moverse al son de sus oraciones como sacudido por la risa, o más bien era yo quien se sacude de risa en esa hora larga anterior a que pasemos a la mesa, igual que ahora se sacuden de la risa mis dos hijas, mientras alguna gente de la familia canta las oraciones anteriores a la Pascua o las que santifican el viernes…
Yo sí me he metido en los hornos. En la calle de Uruguay, siempre por esas calles de nombres lagunilleros y conosureños, como premonición, y nostalgia de las posibilidades múltiples que tuvimos de emigrar a tierras desconocidas. Mi tío Guidale nos permitía entrar en el horno tibio del sábado, de donde salían esas galletitas de alma de membrillo mordisqueadas eternamente, porque mi tío sabía que mis dientes eran tiernos como los de los ratones que regalan dinero a cambio de los dientes de los niños buenos. Esas galletitas solían alternarse con unas rosquillas muy bien trenzadas de chocolate, contrastaban por su dureza con la blanda consistencia de la jalea enmarcada por una pasta inolvidable. Siempre soñé con tener una panadería y despachar panes y cada vez que le entregara a un cliente su bolsa repleta de maravillas, comer, entre miradas de soslayo, algunas de las galletitas que se desplegaban en las vitrinas, cuidadosamente arregladas para deleitar a los clientes goim o judíos. Al lado está y sigue estando El Danubio, pero entonces no me gustaban los mariscos.
Mi madre cuenta para remachar este hilo la escena final de la muerte del hermano de mi papá, del tío Albert, quien en Filadelfia murió de cáncer dejando como único testamento un papel donde aseguraba que el cáncer no es hereditario.
Veo, también, desde lejos, con las venas y las vísceras alebrestadas, una imagen de mi tío Guidale llorando a su mujer, mi tía Jane, hermana de papá, tirada sobre el suelo, envuelta en una sábana muy delgada, muerta después de un cáncer muy largo, y su llanto y sus palabras son hermosas, como fueron también mis escapadas con un novio con el que andaba justo cuando estaba agonizante mi tía Mira, enferma de cáncer en el hígado, cadavérica y amarillenta como los judíos de cualquier campo de concentración, y a la que casi no fui a visitar antes de que se muriera porque prefería irme de pinta con el goi.
Yo tengo en mi casa algunas cosas judías, heredadas, un shofar, trompeta de cuerno de carnero, casi mítica, para anunciar con estridencia las murallas caídas, un candelabro de nueve velas que se utilizan cuando se conmemora otra caída de murallas durante la rebelión de los macabeos, que ya otro goi (como yo) cantara en México (José Emilio Pacheco). También tengo un candelabro antiguo, de Jerusalén, que mi madre me prestó y aquí se ha quedado, pero el candelabro aparece al lado de algunos santos populares, unas réplicas de ídolos prehispánicos (el que me las vendió dice que son auténticos, pero Luis Prieto los ve, se moja los dedos en saliva, los tienta y dice que no), unos retablos, unos ex votos, monstruos de Michoacán, entre los que se cuenta una pasión de Cristo con sus diablos. Por ellos, y porque pongo árbol de Navidad, me dice mi cuñado Abel que no parezco judía, porque los judíos les tienen, como nuestros primos hermanos los árabes, horror a las imágenes.
Y todo es mío y no lo es y parezco judía y no lo parezco y por eso escribo —éstas— mis genealogías.

I
Prendo la grabadora (con todos los agravantes, asegura mi padre) e inicio una grabación histórica, o al menos me lo parece y a algunos amigos. Quizá fije el recuerdo. Mi madre me ofrece blíntzes (crepas) con crema (el queso lo hace sobre todo ahora que ya no tiene un restaurant que atender y mi padre hace poesía “muy interesante”). Le pregunto acerca de su infancia y Jacobo Glantz contesta:
—Jugaba, comía y les buscaba el pupik (ombligo) a las niñas. Nadie me ombligaba.
—¿Qué edad tenías?
—La edad media.
Continúo preguntando y hago la pregunta obligatoria:
—¿A qué se dedicaba tu papá?
—Se dedicaba a cuidar las vacas, los caballos, el campo y a hacer niños.
—¿Cuántos niños hizo?
—Creo que los hizo solo, porque en aquella época no se usaban los ayudantes, la producción era manual. Éramos cinco hijos y cuatro hermanas.
Mi padre provenía de una región de estepas ucranianas donde se habían fundado colonias agrícolas para los judíos, cerca de un afluente —“influyente”, dice papá— del río Don, al que le cantan los cosacos, junto con el Volga, canciones que mi papá cantaba, cuando yo era niña, como si fuera un cantor negro (tenor).
Mi madre, en cambio, vivía en Odesa y su padre era importador de cosas “exóticas”: mandarinas, naranjas, limones, cacahuates, piedra pómez, quizá vino negro de Quíos, tabaco, ¿de Virginia?, y una piedra azul, “no sé para que servía y muchas otras cosas”.
—¿Desde dónde venían las cosas?
—De Italia, de Chipre los cacahuates, de Singapur…
—¿De qué país es Singapur?
—Chingapur —interviene riendo mi padre.
Los demás también reímos como tontos. Se oye el ruido de los cubiertos sobre el plato de blintzes, sobre los vasos de cristal de pepita (y los portavasos de plata), mi padre le echa cinco cucharaditas de azúcar al té y yo aprovecho para insistir:
—¿De dónde más traían las cosas?
—¿El ajonjolí? De Turquía; no me acuerdo, no me interesaba mucho, tenía yo diez años como Renata, fue antes de la guerra, apenas escuchaba. Recuerdo una tragedia: llegó una vez un barco con un cargamento importante de naranjas, desde Italia, y todas las naranjas estaban podridas, tuvieron que echarlas al mar y los pescaditos tomaron jugo de naranja.
—Pero eso fue en Odesa y tú me contaste que cuando muy chica no vivías allí, sino en el campo, muy lejos de la ciudad.
—Mis abuelos maternos eran abastecedores de ingenios de azúcar en Grushka, ingenios de remolacha.
—¿Qué quieres decir con eso, que producían el betabel y se lo vendían a los ingenios?
—Mis bisabuelos y mis abuelos rentaban los campos de remolacha y compraban la cosecha y luego la vendían a los dueños de los ingenios. Tenían además ganado y aprovisionaban a la gente del pueblo de carne y lana. El río se rentaba, además.
—¿Cómo?, ¿rentaban el río?
Uno está acostumbrado a que la tierra se diera en arriendo pero nunca había oído antes que un río se rentase.
—El río producía carpas que mis abuelos vendían a los campesinos.
Pescadores y comerciantes al mismo tiempo. Mi padre lo sabe todo e interviene:
—Los padres de tu mamá vendían arenque.
Mamá guarda silencio un rato y luego dice: “eran carpas de agua dulce”.
La dulzura de las carpas se combina con la de los ingenios, con la de las mermeladas de fresa dentro del té, que está hirviendo.
—¿Cómo se conocieron tus padres?
—Mis dos abuelos tenían plantaciones de betabel y concertaron la boda: fue una alianza de ingenios.
Mis abuelos maternos emigraron a la ciudad porque el zar les prohibió a los judíos vivir de los productos del campo. Mis abuelos paternos vivieron en una pequeña colonia agrícola porque el zar les concedió a los judíos de otras regiones vivir de la agricultura. Las dos ramas de la familia eran contemporáneas…

II
Mi fuerte nunca ha sido la geografía, siempre confundo los ríos del Norte con los del Sur y sobre todo los que se salen de cauce americano y eso que mi madre se llama Elizabeth Mijáilovna Shapiro y mi padre Jacob Osherovich Glantz, en privado, y para sus amigos, Lucia y Nucia o Yánkl y Lúcinka, a veces Yasha o Luci, y en Rusia, él Ben Osher y mamá Liza.
Esta constatación (y la pronunciación adecuada de los nombres, cosa que casi nunca ocurre) me hacen sentir personaje de Dostoievski y entender algo de mis contradicciones, por aquello del alma rusa encimada al alma mexicana.
Yánkl nació en Novo Vitebsk, en el sur de Ucrania, pueblo fundado con las sobras de Vitebsk, no lejos de Polonia, cuando este país estaba desmembrado y los rusos eran dueños de esa comarca. El zar Alejandro II concedió tierras a los judíos para que se dedicaran a la vida agrícola porque las estepas ucranianas estaban deshabitadas o eran visitadas por grupos nómadas. La colonia de mi padre constaba de trescientas o trescientas cincuenta familias y hubo alguna vez nueve familias alemanas que les enseñaron a cultivar la tierra, hacia mediados del siglo XIX, cuando mi bisabuelo Mótl llegó a esa comarca despoblada a fundar la casa que luego sería de mi padre. Yánkl confunde muchas cosas, trastoca fechas y cambia imágenes, habla del humor y alegría de sus familiares conocidos en toda la comarca, ejemplificados solamente por consejas, como la que dice que mi bisabuelo Mótl era muy inteligente y aconsejó a los miembros de la aldea que pidieran tierra hacia lo hondo y no hacia lo ancho. El pueblo de mi bisabuelo estaba en Bielorrusia.
—Bielorrusia, sí, Rusia Blanca —asiente papá—, bieli quiere decir blanco. Hay también Malirrusia, la Rusia Chica, Ucrania, Lituania, Letonia, que estaban pegadas, Minsk, Kovno, Pinsk, Vilna, etcétera. Mi mamá vino de Cremenchug, ciudad importante de Ucrania.
Procedencia que he conocido apenas hace unos días, porque mi madre encontró entre los numerosos y revueltos papeles de mi padre un certificado de mi abuela que marca con cuidado el día de su nacimiento, el 17 de mayo de 1864, y su ciudad natal. Mi padre anuncia ante el estupor de mi madre que no lo sabía, que él también nació en Cremenchug de donde salió a la edad de tres semanas. Su hermano Leibele, muerto de viruelas a los tres años y menor que mi padre, nació en la aldea de Novo Vitebsk. Mamá y yo nos miramos asombradas, la duda permanece porque los datos varían cada vez que se le da cuerda al recuerdo. No importa, las capas de la memoria se montan, sobre la escritura como se montaba el techo de dos aguas sobre la casa de mi padre, casa con pequeñas ventanas “como ojitos y cejas grandes; los ojos formados por el techo de paja, hecho de dos pedazos de madera sobrepuesta en pico, ¿entiendes?, en el triángulo que formaban los dos techos había paja, y cuando había pogromos me escondían allí; abajo, la kluniá, el granero”.
A lo lejos, o alrededor, adondequiera que se mire, siempre la estepa. Esa estepa tan admirada por Chéjov y por Gógol, esa estepa que le hace escribir un poema a mi padre cuando nace Lilly, mi hermana mayor:
Extrañas son para mí las montañas de nieve eterna, como son extrañas para mi niña las planicies de Ucrania.
III
Los padres de mi madre nacieron en comarca de ingenios de remolacha y de ríos poblados por carpas de agua dulce que no llegan hasta el Volga; en cambio los cosacos del Don sí tienen que ver con mis antepasados. Los padres de mi madre se casaron por decisión de la familia.
—Éramos de la Podólskaya Gubernia, como quien dice del estado de Podol, provincia de Ucrania, mi padre de Grush-ka y mi madre de Ustia. Los dos abuelos, abastecedores de ingenios; como en aquel tiempo se buscaba que los novios fueran de la misma procedencia, no querían que fuesen hijos de artesanos. Por eso, cuando me casé con tu papá, el mío me dijo que debía indagar si no era hijo de zapatero o de sastre y yo le dije: “¿Qué importa?”. “Tú no sabes —me respondió—, ésos tratan mal a la gente”.
Siempre hay justicia poética. Durante la revolución el hermano mayor de mamá, Ben Zion, trabajó de zapatero en un pueblito de Ucrania, hoy desaparecido del mapa.
La boda se concertó cuando ambos contrayentes tenían quince años y los casaron cuando tenían dieciocho días de conocerse. En ese pueblo nació mi madre y todos sus hermanos, eran siete, y ella la penúltima. El menor murió muy joven, Aliosha, peleando al lado de los bolcheviques. Salieron mis abuelos del Podol cuando mi madre tenía alrededor de ocho años, hacia 1910, porque un decreto del zar prohibió que en esa región hubiese campesinos judíos. Mis abuelos emigraron a Odesa, centro judío importante, y mi abuelo Mijaíl fue durante un tiempo encargado de una fábrica de conservas de unos tíos muy ricos que luego se fueron a Moscú. Más tarde se asoció para crear una empresa de exportación e importación con un primo de mi madre, Zalman Weisser, corresponsal extranjero que sabía varias lenguas: italiano, francés, inglés, alemán…
—¿Español, también?
—No, en ese entonces se usaba poco.
—¿La fábrica de los otros tíos qué conservaba?
—Sardinas, creo también que jitomates, muchas latas; Odesa era un puerto de macarelas, de todo tipo de sardinas.
Mis abuelos vivían en la Ievréskaya “Ulitzá” 21, o calle de los hebreos (y efectivamente estaba llena de judíos), y al final tenía una gran sinagoga y junto a la casa de mis abuelos una editorial muy conocida, la del gran poeta judío Biálik y su colega Rovnitzki.
—Era una calle arbolada, llena de acacias y de seereñ(es): árbol grande con una florecita morada, parecida al huele-de-noche, por su olor y su forma. Bella calle perfumada. Al lado de los árboles no ponían cemento sino piedritas muy pequeñas y afiladas. Allí me caí una vez y no podía levantarme porque me sangraban las rodillas, lloré y en ese momento pasaban Biálik y Rovnitzki, me oyeron y me llevaron con mi mamá, así cargada…
—¿Quién te cargó, Biálik o Rovnitzki?
—No me acuerdo; mi mamá se asustó mucho. Biálik era un hombre ya grande, bajito, muy agradable, no guapo, pero agradable, y Rovnitzki era alto, delgado, flaquito, bastante mayor y siempre llevaba un sombrero de paja, de eso me acuerdo todavía, fíjate… Biálik, Jaim Najman Biálik, el poeta nacional judío, quien escribió después del pogromo del año 5, después de la primera revolución fallida, La ciudad de la matanza. Allí imprecaba a los jóvenes judíos que permitieron a los cosacos violar muchachas y matar judíos. Claro, si no se hubiesen escondido los hubiesen matado a ellos. Su poema fue traducido al ruso y a otros idiomas. Una gran protesta. La mamá de mi cuñada Sara fue asesinada en ese pogromo, estaba en la casa, sentada en su silla de ruedas porque era paralítica, y llegaron los cosacos y empezaron a saquear y todos huyeron y se escondieron porque eran jóvenes y fuertes, pero la señora no se podía mover y la mataron nomás porque sí. Los cosacos servían para la protección nacional.
—¿…?
—Les daban lo que querían para que estuvieran contentos. Sobre todo y después de una revuelta como la del 5. ¿Qué podía haber en las aldeas judías, además de un candelabro del sábado?
—No eran judíos —dijo de repente mi padre—, estaban jodidos.
IV
Para entender la fisonomía y la psicología de mi abuelo paterno basta con leer a Bashevis Singer; mientras, digamos que su vida transcurría, como debe de ser, entre nacimientos de hijos, trabajos del campo y ceremonias religiosas y, algunas veces excepcionales, solía caer en trances filosóficos: se trataba de una filosofía muy simple, casi confuciana.
Mi abuelo Osher era “un poco más que chaparro, ¿importa?”, guapo de ojos azules; mi abuela Sheine era tan bonita como su nombre, de ojos oscuros, el pelo no se le veía porque usaba peluca excepto para su marido, aunque era oscuro, porque cuando murió, “como a los 78 años”, no tenía ninguna cana; fue guapa también y muy bajita. Los abuelos maternos son más o menos exactos que los abuelos paternos, con excepción de la estatura de mi abuelo Mijaíl que era muy alto y el color de la barba de mi abuelo Osher que era roja, como la de mi sobrino Ariel, a fin de cuentas parecido a los personajes de Bábel, “hombre sencillo y sin picardías”, aunque todos los pelirrojos eran considerados como hombres irascibles y violentos, Osher Glantz no lo era, quizá lo salvaba el tono rubio claro del pelo de su cabeza.
En casa de mi padre se comía todo lo que comían los campesinos rusos, separando cuidadosamente (eso sí) la carne de la leche; por eso mi padre asegura que los niños judíos de teta no son judíos kosher, pues mezclan sabiamente las dos cosas. Esa forma de comer, absolutamente religiosa, obligó a mi abuela, cuando vino a México, a no permanecer en casa de mis padres porque la comida era treif (impura).
—¿Te acuerdas de tu papá?
—Era buena gente.
—¿Qué más?
—Pobre.
—Pero, ¿qué más?
—Pobre. Tenía dos caballos, un caballito o potrito, dos vacas, una ternerita, unas treinta gallinas, un gallo, una casa con piso de tierra y techo de paja y en la puerta un letrero que decía “empuje”.
—¿En yidish?
—En yidish.
—¿Qué más?
—¿Qué más?
—Sí, ¿qué más?
—…
—¿Por qué dices que era pobre, si tenía tantos animalitos?
—Era una pobreza diferente, una vida humilde, sobre todo si comparas cómo se vive aquí.
—Y, ¿almohadones de pluma tenías?
—Sí, la cama de mis padres era muy alta y tenía muchos cojines de pluma de ganso. Había un cuarto muy grande a la entrada, una mesa con bancos, y, al lado derecho, el horno, y mamá estaba sentada en el suelo y cosía y, después, más adelante, otro cuarto con otra cama alta, la de mis padres. Después dos recámaras de los muchachos con camas altas y muchos cojines de plumas y la ternerita recién nacida estaba en la casa y cuando nació brincaba, lo mismo que el potrito. El caballo era amarillo, el otro blanco. ¡Tonterías!, ¿para qué cuento?
(De repente me violenta una nostalgia, la de esos colchones de pluma que mi madre trajo como dote a México, sobre los que nos echábamos y hundíamos los domingos por la mañana para jugar con papá, quien luego nos cortaba las uñas de los pies.)
—¿Tenía sentido del humor?
—¿Quién, papá? Mucho. Una vez que discutían los campesinos con los delegados del Prikáz (delegación agraria) para que les dieran más tierra, les dijo: “No peleen, si no les dan tierra a lo ancho, pídanla hacia abajo, con eso basta”. Yo tenía doce años cuando pasó sus últimos meses de vida. Me acuerdo cuando él iba al pueblo y yo quería ir y no me dejaba y yo lo perseguía más de un kilómetro.
—¿Por fin te llevaba?
—Sí, en el furgón, carro de cuatro ruedas y tablas y unos sacos llenos de mies que mi padre traía del campo a la casa para dar de comer a las gallinas. Antes lo llevaba al molino.
—¿Para qué?
—Para molerlo. ¿No sabes? Hay que moler el trigo para hacer harina.
—¿De quién era el molino?
—Del viento y del pueblo.
—¿Qué iba a hacer tu padre al pueblo?
—Compraba cosas para la casa, comida. Era la feria; los caballos cabeceaban y mi padre les daba trigo. Papá era muy fino, entre siembra y siembra cuando no había nada que hacer en el campo iba al pueblo y cambiaba los vidrios de las ventanas.
—Y, ¿tus hermanos qué hacían?
—Mira y Jane vivieron conmigo largo tiempo; mi hermano Moishe Itzjok se fue a los Estados Unidos junto con mi hermano Abréml (Albert); ellos trabajaban también en el campo. Abraham estuvo tres años y medio en el ejército del zar. En Estados Unidos, en Filadelfia estaban los hermanos mayores Ellis, Meier, Leie, desde 1906. Los menores se fueron unos meses después de muerto mi padre en 1915.
—¿Ustedes por qué no se fueron?
—Mi mamá no podía irse, tenía su casa, su yunta, el carro, ¿cómo los iba a dejar? Cuando se fueron mis hermanos, Mira y Jane trabajaron en el campo, sobre todo Mira que era muy fuerte y responsable. Como yo era chico iba al jeider.
—¿Al jeider?
—Sí, a la escuela judía, desde los tres años íbamos allí, y ya aprendíamos el orden de las oraciones, pero antes el alfabeto hebreo. En la tercera fase, a la edad de trece años, cuando murió papá, leíamos el Talmud. Luego, si éramos buenos estudiantes podíamos ir a la Yeshiva, universidad hebrea, pero yo tuve que ir a las minas de carbón para ayudar en mi
