La encendida silenciosa

Marina Closs

Fragmento

La encendida silenciosa

Alguna vez anoté en una hoja que después tuve que leer en voz alta:

Quiero un libro sobre la infancia, sobre el amor o sobre el encierro. Nuestro primer amor es un encierro. Los amores infantiles son encierros. Porque no saben expresarse sino en la obediencia.

La infancia es el estado de absoluta dependencia, la impaciencia brusca del amor. Durante la infancia, el que no mira con amor es enemigo, amenaza. Se necesita del otro. Se sabe y se acepta que se necesita del otro. Se está en un estado de obediencia salvaje y extático.

Los adultos olvidamos la gracia de estar atados. Un deseo de estar cerca y una

electricidad.

Pero, entonces, ¿cómo recuperar ese estado feliz de obediencia? O mejor: ¿cómo no querer recuperarlo? Ese amor en el encierro todavía a veces me paraliza. Sin embargo, mi primer amor no fue un encierro. Al contrario, fue el dolor profundo de una puerta abierta.

Voy a contar ahora sobre la puerta por la que, un día, soñé que pasaba: en el sueño yo iba vestida con el sombrero, los pantalones claros, la camisa descolorida de los arqueólogos…

En ese tiempo, todo lo sagrado para mí guardaba alguna relación con tumbas y arqueólogos. Entraba al cuarto de mi papá a la hora de la siesta y me lo imaginaba dorado, durmiendo… ¡bajo una maldición! A la luz de una antorcha que alumbraba. Me lo imaginaba milenario, con el rostro duro como el oro, dejando de respirar, sin quejarse, sin morir, sin verme.

… Yo, vestida de arqueólogo, avanzaba por mi casa, en dirección al cuarto que entonces llamábamos: la pieza de huéspedes. La llamábamos también: la pieza azul. No solía estar ocupada. Tenía siempre el mismo acolchado, el azul en las paredes y en las cortinas. Cuando los huéspedes llegaban, muy esporádicamente, rogaba a mi mamá que me dejara ir a dormir a la pieza azul con ellos.

Mi intención era ridícula, pero mi imaginación deseaba. Cuántas veces me acercaba a hablar con los huéspedes, solamente para que me dejaran dormir ahí. Entonces, para mí, la pieza azul era como una noche de fantasmas. Allí bailaban sus danzas los extranjeros y los desconocidos. Y cuando no había huéspedes: ¡los invisibles! Giraban en una ronda de vestidos intocables.

Pero la pieza azul… amaba la pieza azul. Sobre todo, porque una vez había metido la cabeza debajo de la colcha, que era negra con flores blancas, rosas, verdes y rojas. Y, a través de las flores de la colcha, levanté los ojos hacia el techo. Pensé, con la luz que me llegaba entre los hilos y la cabeza amortajada, que, entre medio de todo eso, estaba viendo ¡al diablo!

Esa era la principal razón por la que entonces temía (y adoraba) la pieza azul.

Otra vez, en mi sueño, vestida de arqueólogo (pantalones claros, la camisa descolorida y el sombrero), bajaba las escaleras, para tirarme sobre esa colcha, a través de la que ya, seguramente,

nunca más vería nada…

Una sola vez es tolerable ver algo asombroso.

Bajaba:

siete escalones del pasillo.

En la alfombra que cubría los escalones estaban estampadas muchísimas mariposas, aplastándose unas a otras, achatadas, algunas amarillas y otras anaranjadas. Se parecían a un montón de hojarasca.

(El naranja: el color de la muerte.

Voy a hablar más tarde del azul).

Cuando pasaba sobre la alfombra, todo el estampado chato, de pronto, se levantaba en el aire. Y las mariposas volaban pequeñitas, polvorientas, infinitas, se chocaban contra mí. Yo trataba de quitármelas. Trataba de quitarme las mariposas flojas, y cuando bajaba los siete escalones, ellas volvían a sentarse, a aquietarse, a formar, sobre la alfombra, un estampado. Dejaba de sacudir mis manos y esperaba a que las últimas mariposas cayeran al suelo. Entonces doblaba a la izquierda, y veía, en penumbras, el halo oscuro de

un llamado.

En el sueño, eso era ¡la puerta abierta hacia la pieza azul! Más lento, avanzando ahora, oía un ruido de gente que reía y la habitación vacía, pero como retumbando. La puerta abierta, que era

el principio del color azul.

En el interior, una especie de público —yo apenas distinguía— formaba siluetas de humo. Pero no podía saberse quiénes eran. Me quedaba detenida en sus risas y los contemplaba.

Entre esa oscuridad y la silueta imprecisa de los que reían, vi, con total seguridad, entonces, finalmente:

al objeto de mi amor

(el absoluto). Al primer amor que recuerdo (el único).

Y era un tigre de color ámbar.

No puedo decir mucho más. Un tigre amarillo. Porque así se llamó, incluso dentro de ese sueño, cuando yo quería hacía fuerza (desde el sueño) para jamás olvidar. Decía “un tigre amarillo” dentro de mi cabeza.

Para jamás olvidarlo, trataba de memorizar las dos palabras:

esto es un… tigre amarillo.

El amor más insólito.

Por eso mencioné más arriba aquella vez que me cubrí los ojos con la colcha y miré hacia el techo. Porque entonces no vi lo mismo, pero sí un tono y un brillo casi iguales. Lo que había visto antes, debajo de la colcha, se parecía al diablo. Y, sin embargo, el amarillo del tigre era el resplandor de la luz. El negro de la colcha era la oscuridad repleta de risas. Las flores rojas, blancas, verdes eran ahora mis manos, que buscaban el pelaje del tigre. El pelaje me quemaba los ojos. Pero me había quedado embelesada. Lo miraba y lo escuchaba, porque también el tigre ¡estaba hablando! Y no decía cualquier cosa, sino, todo el tiempo, sin detenerse, pasando entre la gente: ironías, palabras dulce-frías que me hacían estallar en carcajadas.

A cada segundo, una ironía. Como una

cortadura de oro.

Y esa risa perturbada (pero también profunda) brotaba de entre todo ese público, de entre todo el humo de esas sombras que lo oían hablando.

Un don —la ironía— que percibí por primera vez así, en un sueño. Un don, una risa —para mí— un mordisco… como sacarle a todo, imperceptiblemente, un bocado. Ante una ironía yo, desde entonces, no resisto. Son como un llamado. Un poder sobre mí.

Pero ahora debería decir cómo me desperté, después del sueño de la pieza azul, del tigre y de la puerta abierta. El primer amor es un susto, todo el cuerpo sacudido. Una sombra lenta, negra: la intranquilidad de conceder. Por eso, antes de abrir los ojos, me oí gritar afuera del sueño. En el sueño, lo más extraño es que estaba callada. Solo oía al tigre y a mucha gente que reía a mi alrededor. Pero, en la vida real, al parecer, mi cuerpo, acostado en la cama, ¡contestaba!

O al menos, yo estaba gritando.

Quizá, por primera vez, en ese sueño del tigre, alguien se había dirigido a mí. Esa mañana, fui asustada a preguntar a mis papás qué significaba que me hubiese despertado así... gritando. Me preguntaron qué había soñado.

—Soñé… —sentí vergüenza del amor, y rabia, ¡rabia!, de tener que confesar…— ¡con un tigre amarillo!

—¿Un qué?

—Un tigre… ¡amarillo!... que hablaba.

—¿Y decía?

Eso aún ¡yo no podía explicarlo! No sabía… ni siquiera para mí.

—Algo que hacía reír y doler a la vez.

Como de desazón, que hacía reír de angustia y algo como… odio.

Entonces no dije nada. Me quedé callada y esa conversación se disolvió de inmediato.

Esperé hasta el domingo, porque sabía que podía decir lo del tigre amarillo todavía frente a alguien. Los domingos eran de la familia. La mesa larga, como un corredor. El jardín con los árboles, todos para ser trepados. Las moras que pintaban la boca como de una sangre ajena. El jazmín, que era la flor que arañaba la entrada de la nariz y tenía un perfume debajo del cual nosotras íbamos a jugar a que nos desmayábamos.

Podía vomitarse de olor a jazmín.

Nosotras éramos mis primas y yo,

cinco.

Mis primas (dos de mis primas: las más grandes), todas las semanas, me atrapaban, me llevaban a un rincón, sosteniéndome los brazos, me estiraban de las mangas y me hacían confesar. Desde la penumbra, yo tenía que contar para ellas mi secreto:

“¿Quién-te-gusta?”.

Tenía que contestar: a mí me gustaba ese primo con el que ellas, en realidad, ya me habían casado. No era mi primo. Era primo de ellas. Eso era importante, porque entre los primos no podíamos casarnos.

(Y la vez que besé a mi prima más chica debajo de la escalera era porque no podíamos casarnos. Nos besamos porque no podíamos. Porque ya desde el principio nos habíamos perdido para eso).

Ese primo de ellas se llamaba Horacio. Con Horacio me habían casado hacía tiempo. A Horacio le dijeron que tenía que besarme en los labios. Y no tengo un recuerdo más horrible, una desesperación más absoluta que la de tener que besar.

Con mi prima más chica, las cosas habían sido distintas. Nos besamos con nostalgia, como gente que se desentiende. Con Horacio, yo corría. Fue terrible. Yo subía la escalera y lloraba y él venía atrás, y yo saltaba, pateaba, rozaba y tumbaba en mi camino todas las cosas.

Entonces me acuerdo de haber visto ese fulgor enfermizo de las cortinas naranjas, haber cruzado la puerta del cuarto y quedarme de pronto atrapada en el balcón.

Ahí, veía nublado, las plantas a mi alrededor, como montañas. No podía hacer nada. Horacio entró y me agarró por los hombros. Me besó y me soltó y se fue corriendo. Me quedé con las lágrimas como sorbidas de los ojos, arrancadas de los ojos: lloré de humillación. Y miré las plantas que estaban en mis lágrimas como ardiendo en un halo. Un verde en un tono nublado. Me quedé mirando todo un buen rato. Sé que, de desesperación, fui hasta esa planta que se llama monedita y comí y tragué de aquellas hojas, muchas. Como si fueran pastillas. Para ver si así me moría de algo.

Mi casamiento con Horacio se produjo antes del tigre y de los sueños. Pero sentí, ya en el beso de Horacio, un temblor en todo el cuerpo, que creo solo se siente cuando se está traicionando.

Ahora, unos meses después, cuando mis primas me estiraron hasta un rincón para preguntarme quién me gustaba, yo había llegado a la casa de mi abuela, un domingo, con la intención de decirles: un tigre amarillo.

Y además pensaba:

que el tigre vendría entonces desde aquella seminexistencia de mi sueño y les devoraría los ojos. ¿Por haberme casado con Horacio?

—¿Quién es… —ellas festejaron, cuando les dije—, un tigr

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