Mis comienzos en el mundo del ballet
Mi historia con el ballet empieza desde que yo era muy pequeña. Mi mamá siempre ha sido una aficionada a la danza y sus diversas técnicas. Durante mi niñez viví viéndola bailar en el escenario, experimentando la felicidad que transmitía y escuchando sus historias de la vida tras bambalinas. Ella no bailaba profesionalmente, pero tenía la entrega de cualquier bailarina que se dedicaba a ello. Bailaba y sigue bailando todo tipo de ritmos y técnicas, entre ellas ballet clásico. Así, mi mente comenzó a asociar la danza con un estado de felicidad, alegría y entusiasmo. En algún momento de mi niñez estuve en clases de jazz, como las miles de niñas pequeñas que van a clases de baile. No recuerdo bien esas clases y de todas maneras no duré mucho ahí. Sin embargo seguía estando cerca de la danza. En varias ocasiones acompañé a mi mamá a sus clases y me sentaba en el salón a colorear y dibujar en mis cuadernos. Por alguna razón me gustaba estar ahí, presente. Escuchar la música mientras coloreaba y de vez en cuando alzar la vista para ver cómo las personas ejecutaban la coreografía dictada por el maestro. Durante este tiempo nunca me pasó por la mente querer entrar a clases de baile. De todas maneras, yo bailaba. Bailaba sin excepción en las fiestas navideñas, en mi casa y prácticamente en cualquier lugar. Bailaba, no como si nadie me estuviera viendo. Al contrario, como si todos lo estuvieran haciendo, el mundo era mi escenario y la ingenuidad de mi alma me llevaba a experimentar la danza en su pureza total. Bailar por el simple hecho de que me nacía hacerlo cuando estaba feliz.
No fue hasta que tenía alrededor de ocho años que mi mamá me llevó a un curso de verano en una academia de ballet. Era un curso de iniciación en el que coloreábamos bailarinas y aprendíamos a amar la danza. Sólo recuerdo que ese primer día fue extraño. Todas las niñas iban vestidas con leotardo y faldita negra. Yo, de rosa pastel. Ahí fue la primera vez que me sentí fuera de lugar, pero logré que nadie notara mi inseguridad. Supongo que durante esos días o semanas fui entendiendo el ballet como un detalle que me hacía sonreír. Moverme y bailar siempre me había parecido natural pero ahora aprendía que existía una forma “correcta” de hacerlo por medio de la danza clásica. Al finalizar el curso de verano y al notar mi gran interés, mi mamá decidió inscribirme a mi primera clase oficial de ballet.
El mundo del ballet me fue envolviendo más y más. En las noches, mi mamá me leía sobre la historia de este hermoso arte. Yo la escuchaba con atención y me emocionaba grandemente conocer y descubrir cada capa de su historia, desde cómo el rey Luis XIV creó el ballet en Francia hasta la evolución del tutú y las zapatillas de punta. Recuerdo el capítulo que hablaba sobre Marie Taglioni, una de las bailarinas más importantes de la época del romanticismo del ballet. El autor describía la elegancia de Taglioni al moverse y la belleza estética de sus largos brazos y su cuello; en el libro había fotografías en las que se mostraban las posiciones de los brazos que Taglioni ejecutaba para enmarcar las líneas de su torso. Ese mismo año, para las fotografías de fin de curso, hice exactamente las mismas poses. Fui apropiándome del ballet. Me encantaba escuchar la música y dejarme llevar por ella, pero también tenía una fascinación por cada día ejecutar mejor los ejercicios y pasos en la clase.
En el festival de fin de cursos interpreté a una de las princesas principales en el cuento. Hace muy poco encontré el video de esa función. Era muy pequeña y no hacía grandes cosas técnicamente, pero lo que sí hacía era mucho drama. Había una escena en la que la bruja malvada me hechizaba y yo tenía que caer al piso derrotada. Cuando la vi, no paré de reír. En vez de sencillamente caer con delicadeza, lo que hice fue lanzar un grito silencioso al cielo y luego desmoronarme con un melodrama digno de un Oscar. Esta manera de interpretar salió de lo más profundo de mi corazón, nadie me había pedido que lo hiciera así. Por naturaleza era una niña sumamente expresiva e histriónica, pero a la vez muy silenciosa y disciplinada cuando había que serlo. Supongo que era una buena combinación para el ballet. Ver ese video me recordó lo que con los años se va perdiendo: la naturaleza al bailar y el verdadero sentimiento que éste provoca en el cuerpo.
Yo no estaba interesada en ser la mejor de la clase, simplemente mi carácter no me permitía hacer las cosas a medias. Si me pedían que enderezara la espalda y el cuello, lo hacía hasta que parecía que se me iba a salir la cabeza, o por lo menos eso me decía mi mamá cuando me veía hacer mis ejercicios de ballet. Si tenía que estirar la pierna, lo hacía al máximo y no la relajaba hasta que mi maestro me lo pedía. Tanto los maestros como mi mamá comenzaron a ver potencial en mí. Estaba en una simple academia de ballet en donde las niñas iban a divertirse. Yo me divertía, pero me gustaba poner gran atención a las palabras del maestro y no me lo tomaba como un simple juego. Me parecía increíble cómo podía ir haciendo con mi cuerpo lo que mi mente le ordenaba. Al ver que mi interés en la danza aumentaba, mi mamá decidió llevarme a otra academia donde el enfoque hacia el ballet era más técnico y especializado. En esa academia se encontraba la maestra rusa Irina Provorova, quien con el tiempo se convirtió en una segunda madre para mí. Desde mi primera clase con Irina me percaté de que mis compañeras eran mucho más serias que en la academia pasada, no hablaban entre sí durante la clase y el orden en el salón era impecable. Me encantaba. Encajé perfectamente, ya que aprender, trabajar y aprovechar al máximo cada clase era mi meta y la de todas mis compañeras. Me enamoré de la técnica rusa y de la manera en la que Irina me enseñaba a mover las manos, los brazos y la cabeza en perfecta sintonía. Comencé a entender las exigencias del ballet clásico, tanto físicas como psicológicas, pero éstas no me detenían, al contrario, me motivaban. Seguía manteniendo la pureza de la danza en mi ser. Bailaba porque me hacía sentir feliz.
A los 10 años decidí que quería ser bailarina profesional. No tengo la menor idea de cómo se lo expresé a mi familia o cómo tomé esa determinación. Fue una simple decisión. Cuando eres niño no le das mil vueltas al asunto. Me encantaban mis clases de ballet, entendía que mi maestra tenía un gran conocimiento y yo quería absorber cada corrección y lección de vida que saliera de ella. Toda mi energía se canalizaba por medio de la danza. Mi cuarto se fue convirtiendo en un santuario del ballet. Pósteres de bailarinas, muñecas, cajas musicales, libretas, todo lo que tuviera unas zapatillas o un tutú, yo lo quería. Le seguía pidiendo a mi mamá que me leyera todos los libros que tenía de danza. Pasaba días enteros jugando a ser bailarina y aprendiendo cómo serlo en el salón de ensayos. Intentaba estar siempre derechita y comportarme con la delicadeza que estaba aprendiendo en todos los momentos del día. Comencé a ser la “bailarina”, aquella identidad que en gran parte me sigue definiendo.
Me emocionaba pensar que algún día podría llegar a bailar las grandes obras en una compañía, aunque no tenía muy claro cómo funcionaban las compañías ni las escuelas profesionales. Tampoco tenía la menor idea de los sacrificios que implicaba la carrera ni de lo competitiva que podía ser. Sabía que me tenía que esforzar todos los días, tal como lo estaba haciendo. Era una niña y lo único que quería era seguir haciendo de grande lo que tanto me encantaba en ese momento. Nada podía quitarme la ilusión ni las ganas de lograr mi objetivo. Y así empezó mi vida como bailarina. Con una meta fija a la cual sólo con mucho trabajo podía llegar.
Descubre tu pasión
Me sorprende pensar que toda mi vida se haya ido moldeando en torno a mi necesidad y gusto por bailar. He tomado tantas decisiones alrededor de la danza que es imposible verla como un simple trabajo. La danza es parte de mí, ha torneando la persona que soy hoy en día y la que seré el día de mañana. Mi crecimiento, madurez y evolución han sucedido con las notas musicales y port de bras. No solamente he crecido con ella desde una perspectiva dancística, lo cual es bastante obvio, sino que no ha existido un momento en mi vida en el cual el ballet no haya sido una parte activa e importante. De esta manera es que he pasado mis momentos más felices y los más tristes siendo cobijada por la danza.
Todo comenzó como un hobbie, una actividad recreativa que disfrutaba en demasía. Iba a mis clases de ballet con mucha alegría porque me gustaba estar ahí, rodeada del olor a pisos de madera, de zapatillas y de la música del piano. Me gustaba tanto tomar la clase de ballet que cada vez quería hacerlo mejor. Me asombraba al aprender cada paso nuevo, desde su nombre en francés, su significado en español y la manera de ejecutarlo. Estaba aprendiendo un lenguaje completamente nuevo: el lenguaje del ballet, y con éste la manera de hablar a través del cuerpo. Obviamente no me salían los pasos la primera vez que lo intentaba, ni la segunda ni la quinta, pero cada vez que lo repetía mejoraba un poquito. Veía en el espejo cómo mi ejecución se acercaba a lo que mi maestra exigía. Mejorar me motivaba grandemente. Al terminar la clase me iba a mi casa pensando y analizando todo lo que había hecho en ella y ansiaba que fuera el siguiente día para volver a practicar todo lo aprendido. Fue durante esta época que descubrí el significado de “echarle ganas” a una actividad. Fui aprendiendo que trabajo más disciplina era igual a resultados. Me involucraba cada vez más en mis clases de ballet. Me encantaba esforzarme, trabajar, sudar y después emocionarme por lograr mi objetivo. Progresar me traía mucha felicidad y definitivamente fue uno de los factores que influyó en mi decisión de convertirme en bailarina profesional. Pero la sensación que recorría por mi cuerpo cuando bailaba, esa tranquilidad y plenitud absoluta, ese sentimiento fue lo que definió la danza como mi pasión.
Cuando lo pienso, me parece muy extraño cómo me puse la meta de ser bailarina profesional hace más de 15 años y cómo aún sigo trabajando en torno a esa decisión. Comprendo que es poco común que en la niñez se tenga tan definida una meta, pero en el ballet es la única manera de lograrlo. Se empieza la escolarización desde muy temprana edad, ya que los músculos, tendones y huesos tienen que ir moldeándose a las exigencias de la técnica en el ballet clásico. Conforme los años van pasando es cada vez más complicado hacer cambios físicos tan importantes. Es una carrera difícil y en el transcurso de los años los aspirantes van cansándose o viendo otras posibilidades que también los hacen felices. En mi caso, esto nunca sucedió. Realmente sabía que quería hacer del ballet mi vida.

¿Cómo encontré mi pasión? El trabajo y bailar me hacían feliz, y con el tiempo el ballet se convirtió en lo que más me apasionaba. Sin embargo, no estoy muy segura de cómo llegué a esta declaración. La vida me puso frente a frente con ella y decidí no soltarla. Como ya mencioné, mi mamá ama todos los tipos de danza y uno de sus preferidos es el ballet clásico. Hace no mucho tiempo me contó que cuando estaba embarazada de mí nunca faltó a sus clases de ballet, ¡incluso dos días antes de que yo naciera! Me conmovió enormemente esa historia. Por nueve meses yo hacía dentro de mi mamá plié y relevé. Todo ese tiempo sentí los movimientos que ella hacía mientras bailaba. Y principalmente, por nueve meses escuché música clásica. Me conmovió mucho porque me hizo pensar que el ballet fue de las primeras cosas que conocí. Lo conocí desde el lugar más puro. Comencé mi vida y tuve que volver al mismo estudio para encontrarme de nuevo con este arte, para reunirme con la música y los pasos que pautarían lo que ya se sabía desde antes: que mi pasión era la danza.
Muchas niñas sueñan alguna vez con ser bailarinas. Yo no era la excepción. Dedicaba todo el tiempo que me era posible a aprender y trabajar, nunca me faltaban las ganas ni la energía para hacer mi mejor esfuerzo en las clases y ensayos. Mis maestras me corregían y eran bastante estrictas. Esto no me desalentaba, al contrario, me hacía esforzarme más y más. Cada vez recibía más recompensas por mi trabajo; estas recompensas no se trataban de obtener los papeles principales en la obra de fin de año ni nada por el estilo, lo que yo tomaba como recompensas eran pequeños detalles que hacían valer mi esfuerzo y dedicación. Por ejemplo, ejecutar un paso de manera correcta, levantar más la pierna en arabesque o simplemente recibir un “mejor, Greta”, por parte de mi maestra en la clase. Esos aciertos fueron el alimento que necesitaba para seguir adelante.
Fui entendiendo el mundo del ballet conforme crecía en su entorno. En un principio la vida era color de rosa, amaba bailar y hacía lo imposible por nunca faltar a mis clases. Cuando me preguntaban si quería ser bailarina, mi respuesta siempre era un sí definitivo. Con el trabajo y el paso de los años fui sobresaliendo en el ámbito. Tenía ciertas habilidades y aptitudes que hacían que los maestros me prestaran atención. Entre más atención me daban en la clase, más trabajaba yo y mejores eran los resultados. Pero en el ballet se busca una línea de perfección muy precisa, los pasos, la calidad del movimiento y la musicalidad pueden irse mejorando, pero es prácticamente imposible llegar a la perfección. La dinámica entre maestro y alumno funciona de la siguiente manera: el maestro enseña un paso, lo explica y le hace saber al alumno la forma correcta de hacerlo. El alumno demuestra el paso al maestro. El maestro le da todas las correcciones necesarias para que lo pueda hacer mejor y logre la imagen ideal. En primera instancia, cada alumno hará el paso de manera diferente. Algunos tendrán más fuerza, otros una mejor sensación o elasticidad, lo que quiere decir que las correcciones son personalizadas. El maestro intenta dar las pautas necesarias a cada alumno para que ellos puedan ejecutar el paso. Al final, después de varias correcciones y de varios intentos por parte del alumno, se llega a una mejoría. Este proceso se repite una y otra vez. Incluso cuando un bailarín es profesional y su técnica es impecable, se siguen haciendo correcciones. Nunca se es perfecto, pero esto no limita el arduo trabajo que cada día se lleva a cabo. Es el mantra del ballet clásico.
Día con día se me demandaba ser mejor bailarina tanto por parte de mis maestros como de mí misma. En ese momento fue cuando comencé a vivir la danza desde otro ángulo. Ya no se trataba de tutús rosas y de dar vueltas y jugar con los pasos. Esta nueva perspectiva precisaba que yo le exigiera a mi cuerpo siempre un poco más de lo que éste ya hacía. Había que ser cada día mejor, sin embargo, siempre había alguien que destacaba más que yo. Me encontré con esta realidad poco después de decidir ser bailarina. Pero ninguna eventualidad podía desviarme de la actividad que tanto amaba.
Cada dos años se lleva a cabo el Concurso Nacional Infantil y Juvenil, la competencia de ballet clásico más importante de México desde 1995. A este concurso han asistido todas aquellas admirables figuras de la danza clásica de nuestro país. Es una manera de reconocer e impulsar el talento de niños y jóvenes mexicanos. Para participar en la competencia hay que mandar un video de audición en el cual el aspirante debe ejecutar ciertas secuencias derivadas de una clase de ballet. La duración del video es de alrededor de 15 minutos y en ese tiempo el bailarín tiene que mostrar todas sus aptitudes. Mi maestra Irina, otra compañera y yo estuvimos trabajando en ese video por varias semanas. Mi compañera y yo teníamos 12 años. Los directivos de la academia nos escogieron para formar parte de la competencia, ya que éramos las alumnas sobresalientes de la clase. Formábamos parte de una academia sin un plan profesional de trabajo, lo que quiere decir que entrenábamos un máximo de cinco horas a la semana. Estábamos nerviosas, pero muy emocionadas de tener la oportunidad de audicionar y posiblemente competir. El problema estaba en que los alumnos con una formación profesional (en México y en el mundo) entrenan de lunes a sábado por lo menos el triple de tiempo de lo que nosotras hacíamos.
Me di cuenta de que así funcionaban las cosas en el ballet cuando no fui aceptada para participar en el concurso. Cuando me enteré de esto lo único que pude pensar fue: “No soy lo suficientemente buena ni siquiera para competir”. Esto fue un choque con la realidad. Una realidad que yo no conocía, ya que yo era de las mejores alumnas en la clase. Esto quería decir que existían muchas más niñas de mi edad con las mismas o mejores aptitudes. Yo no era ni única ni la mejor. El resto del verano la pasé triste y desilusionada. Simplemente nunca me hubiera imaginado que entrar a un concurso fuera tan difícil. Seguía sin entender por qué no fui aceptada. ¿Qué estaba mal conmigo?
Unos meses más tarde fui a ver la función de gala en la que se presentaban todos los ganadores del concurso. Había niñas mucho más pequeñas que yo que tenían mejores líneas, técnica, desenvolvimiento en el escenario y potencia. Había mucho talento. Una bailarina tras otra hacía ejecuciones bellísimas. Mi mamá y yo sólo observábamos en silencio. Las dos pensábamos lo mismo, yo no tenía ese nivel. No había pasado la audición al concurso porque no tenía el nivel necesario. Podía ser la mejor de mi clase de ballet, la más atenta y trabajadora, pero en relación con el resto de las academias y escuelas yo no era de las mejores bailarinas. Esto me ayudó a cambiar por completo mi mentalidad. Ya no estaba decepcionada por el hecho de que no me hubieran aceptado en la competencia, ahora entendía la razón. Era muy simple, no tenía el nivel y había grandes deficiencias en mi ejecución como bailarina. Pero, así como el problema era simple, vi la solución con claridad: había que mejorar hasta alcanzar el nivel que deseaba tener.
Yo quería ser bailarina profesional, sin saber realmente el esfuerzo y sacrificio que esto conllevaba. El concurso fue sólo una probadita de lo compleja que es la vida de bailarina. Pero la decepción que tenía me dio aún más fuerza para llevar a cabo mi cometido. Me llenó de coraje para seguir adelante, sacrificar todo aquello que no me impulsaba hacia mi meta y trabajar para ser un elemento útil en la danza. Creo que aquí fue cuando descubrí realmente mi pasión. Me parece que puede llegar a ser fácil encontrar actividades que nos llenen de vida y nos hagan sonreír. Pero la pasión va por otro lado. La pasión, en mi experiencia, es aquello que te hace sentir completo, que te motiva a ser mejor y por lo que estás dispuesto a dar todo, recibas o no ovaciones y cumplidos de regreso.
Estaba claro. Quería ser bailarina profesional, pero tenía muchas limitaciones para alcanzar el objetivo. Para empezar, no era parte de una escuela de ballet clásico profesional. Las escuelas profesionales constan de un plan de trabajo muy duro y exigente. Ocho años de escuela, empezando a la edad de 10 u 11 años. Tenía que apresurarme para recuperar el tiempo perdido. Junto con mi mamá, quien siempre ha sido mi máximo apoyo, creamos un plan de trabajo para ponerme al corriente. El plan incluía clases de lunes a jueves con mi maestra Irina, pero también con otros maestros. Al día tomaba dos o tres clases para perfeccionar mi técnica.
Otra gran limitación era mi falta de elasticidad. Tenía ya casi 12 años y no podía levantar las piernas a más de 90 grados, ni por equivocación hacer un split. Un buen día, mi mamá conoció (por obra divina) a una exgimnasta rítmica. Su nivel de flexibilidad era algo que yo nunca había visto, podía levantar las piernas y hacer contorsiones con una facilidad envidiable. Le conté que era bailarina de ballet y necesitaba mejorar mi flexibilidad para poder ser profesional. Accedió a darme espacio para entrenar junto con el equipo de Nuevo León que ella manejaba. Yo iba a ganar elasticidad mientras el resto de las gimnastas iban a aprender la gracia que tenía yo al bailar.
Así, poco a poco, comencé a aumentar mi flexibilidad, a tomar el doble de clases de ballet, a acudir a clases de barra al piso y a buscar todo aquello que me ayudara a mejorar mi nivel como bailarina. Fueron años intensos, mi mamá daba vueltas por toda la ciudad para llevarme a clases. Salía del colegio a las dos de la tarde, me cambiaba y comía en el carro para llegar a gimnasia a las tres. En gimnasia me sentía ridícula entrenando con el equipo. Ellas con su increíble flexibilidad hacían el split con cada pierna sobre una silla, en ocasiones a cada silla le agregaban un dummy por encima para alcanzar un mayor rango de movimiento. A mí me era imposible siquiera llevar las manos al suelo con las piernas estiradas. Pero Belén, la entrenadora, tenía fe en mí y yo en ella. Fueron muchas horas de estiramiento en aquel gimnasio enorme sobre las colchonetas polvorientas. Todos los días lloraba del dolor, pero sabía que era la única forma de llegar a ser bailarina profesional. Después de unas horas de sufrimiento en el gimnasio iba a mi primera clase de ballet del día, luego a la segunda. Llegaba a mis lecciones con las piernas temblando de tanto estirar y trabajar. No le quería contar a mi maestra Irina sobre mis clases de gimnasia, ya que sabía que quizá ella no lo aprobaría por el tipo de desgaste físico que podía traer a mi cuerpo. Así que pretendía estar perfecta.
Regresaba a mi casa a las nueve de la noche directo a cenar, bañarme y hacer tarea. Al día siguiente, todo de nuevo. No recuerdo estar cansada, aunque seguramente sí lo estaba. Tampoco recuerdo quejarme o preferir ir a jugar a casa de mis amigas. Para mí, mi vida ya tenía un camino establecido. Mi pasión era lo que me guiaba. Estaba dispuesta a hacer lo que fuera por ella.
Reconoce tus habilidades y talentos
Para sobresalir en una disciplina es necesario mantener los pies firmes sobre la tierra, es decir, hay que estar presentes en la realidad. Ser realistas quiere decir que debemos reconocer y aceptar nuestras habilidades y debilidades. La sinceridad con uno mismo es básica para lograr un desarrollo efectivo. Esta sinceridad ayuda a que tengamos claros nuestros objetivos. Permite que nos demos cuenta de los aspectos a mejorar y aquellos que podemos potencializar en cualquiera de nuestras actividades e incluso en nuestra integridad como personas. Ser sincero con uno mismo puede resultar muy difícil, ya que a veces es doloroso aceptar las debilidades que tanto quisiéramos hacer desaparecer. Teniendo claros nuestros defectos, podemos analizarlos y entender la naturaleza de éstos. Conocernos es la mejor y la única forma de verdaderamente evolucionar. Pero no confundamos conocernos y analizarnos con negatividad. No se trata de solamente buscar y señalar las cosas negativas que encierran nuestra personalidad, cuerpo o características. Conocerse trata sobre simplemente estar conscientes de lo que somos para así proyectar lo que queremos llegar a ser por medio del esfuerzo diario.
Los bailarines tendemos a darle mayor importancia a los aspectos negativos de nuestro físico y técnica. Desde pequeños aprendemos a juzgarnos ante un espejo, a escuchar correcciones y a anhelar la perfección. Aprendemos a buscar todo aquello que hacemos mal para entonces mejorarlo. Pero pocas veces aplaudimos lo bueno, simplemente lo damos por sentado y enfocamos la energía y atención en lo negativo y erróneo. Es imposible que la carrera en el ballet clásico sea de distinta manera. Lo que se busca es siempre superarse a uno mismo y se logra identificando las cosas que no están bien. Es una de las grandes virtudes que tiene la danza, el deseo de mejorar todos los días. Sin embargo, es muy común que al estar persiguiendo el cuerpo, el salto o la ejecución perfectos nos demos cuenta de lo inalcanzable que es, y entonces nos veamos envueltos en una serie de pensamientos negativos, los cuales nos llevan a una vida completamente ausente de buenos momentos. Cuando nada más te fijas en lo negativo es obvio que terminas por sentirte derrotado y decepcionado de ti mismo. No sólo he vivido este tipo de decepciones en mi carrera como bailarina sino también en mi vida personal. Creo que todos hemos pasado por etapas en las cuales la añoranza por ser algo que no somos es más grande que nuestro amor propio. Es aquí donde la sinceridad y aceptación son las únicas herramientas que nos pueden ayudar a sobrepasar este obstáculo.
He pasado horas enteras admirando a mis compañeras cuyos atributos las hacen bailarinas impecables, comparando sus fortalezas con las mías, y lo único que esto me ha traído es llegar a la conclusión de que yo no debería ser bailarina de ballet. Realmente esto es lo que pienso cuando me encuentro cegada, veo todos los atributos de las personas a mi alrededor, pero por alguna razón no logro ver lo míos. Es sumamente doloroso tener este tipo de pensamientos rondando una y otra vez en la cabeza. No saben cuántas veces me he encontrado completamente desilusionada de mí misma y la única manera de romper con este círculo vicioso es aceptar y reconocer que no todo está tan mal como parece ser. Que, así como estamos llenos de “defectos”, también abundan cosas buenas en nuestra persona. Es necesario que nos aceptemos tal como somos. Con nuestras debilidades, así como con nuestras habilidades. Podemos admirar los talentos de otras personas, aplaudirlos, dejarse inspirar por éstos e incluso intentar replicarlos en nosotros mismos. Pero verdaderamente, todos tenemos cosas que amamos y otras que no. Incluso aquellas personas que tanto idolatras. Somos seres complejos llenos de inseguridades y preocupaciones. Lo que para una persona es perfecto para la otra puede ser terrible. Aprendamos a observarnos desde adentro, así como a observar a las personas a nuestro alrededor. Lo que no hay que permitir es la extensa autocrítica y comparación. Al final, esto no nos servirá para alcanzar lo que deseamos. En cambio, lo que sí nos puede servir para crecer es apreciar todo lo que somos y sacarle provecho.
Con el paso de los años, dentro del mundo dancístico, me he percatado de que tengo limitaciones físicas que nunca podré cambiar. Es imposible alargar mis piernas unos centímetros para verme como las grandes bailarinas rusas o que mi fuerte técnico sea hacer 10 piruetas, pero sí puedo trabajar en la calidad con la que me desplazo por el escenario o en la suavidad y limpieza con la que hago un par de piruetas. Se trata de aceptar para entonces mejorar. Al aceptar nuestras características, damos espacio para trabajar en ellas. Asimismo, me he dado cuenta de que tengo cualidades que me han llevado a tener oportunidades extraordinarias. Ahora que reconozco estas cualidades, puedo utilizarlas cuando más las necesito. Celebrar y reconocer nuestras habilidades y talentos suena a algo que nuestros padres nos aconsejarían, pero nunca hacemos caso. No es hasta que lo pones en práctica que te das cuenta de que es una herramienta sumamente útil. Cuando aplaudes tus logros, por más mínimos que sean, te estás aceptando y motivando para seguir adelante con tu trabajo.
Me ha costado mucho pero poco a poco he trabajado en reconocer mis atributos como bailarina. Por ejemplo, soy una persona sumamente calmada en el escenario. Puedo estar bailando por primera vez sola en el Palacio de Bellas Artes, como lo hice cuando bailé el Hada de invierno en La Cenicienta, y lo que el público, mis maestros y compañeros ven es una calma y paz total. Por dentro estoy al borde del desmayo por los nervios y
