

CÓMO SOBREVIVIR A UN
SLASHER
1. No te acuestes con nadie
2. Escóndete siempre más tiempo del que creas necesario
3. Hazte con un arma
4. Enciende las luces
5. No dejes que el grupo se divida
6. Mira a tus espaldas
7. No huyas subiendo por las escaleras
8. Nunca digas: «Ahora mismo vuelvo»
9. Quien no bebe sobrevive
10. Parecer muerto no significa estar muerto. Mata y remata
CAPÍTULO 1
Supongo que pienso en el asesinato más de lo que debería. Me admira constantemente su abrumador poder de alterar y definir nuestras vidas.
No The Holiday (Vacaciones)
Todo vale en el amor y en el gore: La intersección de la comedia romántica y el género slasher a finales del siglo xx y comienzos del xxi
Si bien el slasher y la comedia romántica suelen ser objeto de críticas más duras que otros géneros, no debe desdeñarse el impacto sociocultural de este tipo de películas. Hay un motivo por el que ambos géneros revientan las taquillas. Un motivo por el que, a pesar de los fuertes cambios en los gustos del público y las tendencias cinematográficas a lo largo de los años, por cada Halloween que se produce, hay un «chico conoce a chica» de Julia Roberts a la altura (véase el anexo 1).
Desde un punto de vista conductual, podría argumentarse que, si el slasher y la comedia romántica conservan su presencia en el paisaje fílmico, se debe al modo en que sus previsibles finales apelan a las necesidades humanas instintivas más básicas. Casualmente (o tal vez no), el final característico en ambos géneros coincide con los distintos niveles en la jerarquía de necesidades de Maslow: en el caso del slasher, la seguridad y la tranquilidad; en el de la comedia romántica, el amor y la pertenencia (véase el anexo 2). En pocas palabras, estos filmes nos brindan algo que todos deseamos de forma inherente: una vida que vivir y una razón para vivirla.
No obstante, las similitudes estructurales intrínsecas entre estos dos géneros ostensiblemente opuestos sugieren la obtención de aplicaciones mucho más amplias por medio de su estudio no solo individual, sino de una investigación complementaria. Una consideración más detenida de estas películas revela que siguen un formato análogo, en el que imperan determinadas reglas. Si los protagonistas las cumplen, ganan. En el slasher, sobreviven. En la comedia romántica, encuentran el amor. Si las desobedecen, pierden. En el primer caso, implica acabar decapitado de algún modo cruento aunque satisfactorio (y a menudo sin camiseta). En el segundo, perder supone que el personaje termine llorando bajo la lluvia frente a la puerta de la casa de un amor no correspondido, condenado a la soledad y el celibato eternos. Cualquiera de estos escenarios podría aplicarse a un sinfín de clásicos tanto del repertorio slasher como de la comedia romántica de finales del siglo xx. Aunque estas películas son rechazadas en ciertos círculos por su aparente falta de profundidad y su fuerte dependencia de los clichés, el público continúa demandándolas.
Considérese esta tesis un estudio genealógico del slasher y la comedia romántica, primos lejanos atrapados en el mismo ciclo generacional. Influenciados y prefijados por sus predecesores. Destinados a repetir los clichés y los lugares comunes de sus an…
—Es que no acabo de ver lo que quieres demostrar, Jamie.
Laurie levanta la vista de la pantalla del ordenador, que contemplaba con sus ojos castaños entrecerrados, y la dirige hacia mí. Estoy encaramada a la barra de desayuno con mi batamanta con estampado de pan de ajo, mirándola leer la introducción a mi tesis como si fuera Norman Bates, solo que, en lugar de espiar a través de una mirilla, lo hago tras las lentes de mis gafas de luz azul.
—Creo que deberías escoger uno —añade.
La miro entrecerrando a mi vez los ojos.
—¿Escoger un qué?
Una leve punzada en el vientre me dice que sé lo que va a sugerir, pero mi dulce corazoncito me asegura que se trata de mi amiga, mi mejor amiga desde que nos conocimos en una tutoría de Introducción a la Cinematografía durante el primer trimestre del primer año de carrera en la Universidad de Nueva York. Y no sería tan cruel y tan desconsiderada, además de demostrar que no tiene ni p…
—Slasher o comedia romántica, una de dos.
El grito ahogado que escapa de mi boca por semejante ofensa es digno del remake de Snyder de Amanecer de los muertos. Teniendo en cuenta la de horas de sueño que he perdido redactando esta primera página, también les valdría de extra…, como zombi, claro.
—Pero ¡si ese es el quid de toda mi investigación, Laurie!
—Es que no me parece que peguen.
—No estoy diciendo que peguen. Lo que digo es que su propósito intrínseco dentro de la disciplina colectiva que es el cine y sus estructuras formularias son iguales.
Al menos así fue como le vendí la idea, palabra por palabra, a mi director de tesis. Laurie vuelve la vista a la pantalla y ladea la cabeza.
—No lo veo.
—Por supuesto que no —gruño, apuntándola con una uña de gel en forma de almendra y con la punta beis. Me hice la manicura ayer, así que espero que contribuya a apoyar mi argumento—. Porque eres una mierdecilla elitista, amante de los documentales y sin la menor inspiración.
Laurie se gira en la silla y me apunta con una uña aún más larga y afilada, roja y completamente natural. Se hizo la manicura esta mañana, y su efecto no puede pasarse por alto.
—Yo no soy elitista.
Pero no me discute lo demás. Somos amigas desde hace demasiado tiempo y vivimos en un apartamento tan pequeño que hasta el menor movimiento intestinal, orgasmo u opinión es compartido, queriendo o sin querer.
Estas discusiones son el pan de cada día.
—¡Laurieeeee! —lloriqueo al tiempo que dejo caer la cabeza sobre mi regazo cubierto de forro polar. El churro de tela alrededor del cual me he enroscado la melena rubia para ondulármela se agita sobre mis orejas al tiempo que me sujeto con los pies al taburete alto para evitar caerme. No quiero añadir una lesión al disgusto.
Llevo un año deslomándome para sentar las bases de mi tesis. Tengo que presentar el primer borrador dentro de un mes y Laurie no lo pilla. Vale que su mayor deseo es pasarse años rodando documentales que reflejen aspectos de «la vida real». No tiene ningún interés en grandes gestos románticos o violencia gratuita. Sus preferencias fílmicas van de la exposición detallada de la vida diaria de los pastores de ovejas nómadas a…, yo qué sé, ¿contemplar cómo se seca la pintura?
—¡El título me gusta! —exclama, y puede que eso sea lo más parecido al consuelo que vaya a ofrecerme. Laurie no es lo que se dice efusiva. El año pasado, cuando mis padres me llamaron para contarme que Cujo, el king charles spaniel que llegó a casa cuando yo tenía doce años, había muerto a la trágicamente joven edad de catorce primaveras, me estrechó la mano con firmeza. Por sorprendente que parezca, sí que me hizo sentir mejor—. De verdad que «Todo vale en el amor y en el gore: La intersección de la comedia romántica y el género slasher a finales del siglo xx y comienzos del xxi» apela a la mierdecilla elitista que hay en mí.
—Bueno, si otorgaran los doctorados por el título, yo…
—Pequeña… —me dice con tono de advertencia, y me cuesta la vida mantener el puchero que hago con los labios, como cada vez que emplea el apelativo cariñoso que adoptamos cuando le hice ver 365 días en venganza por haberme obligado a tragarme el documental sobre los pastores nómadas. Más allá del intento de darle un aire sexy al síndrome de Estocolmo, lo que empezó como un chiste socarrón ha terminado convirtiéndose en una expresión de cariño duradera. Es lo más parecido a un gesto claro de afecto que obtendré de una mujer cuya actitud general podría rivalizar con la impenetrable superficie del lago Crystal al final de Viernes 13.
—Necesitas un respiro.
—Lo que necesito es escribir.
—Según tu diagrama de Gantt, vas adelantada.
Señala el gráfico en un lateral del portátil, como si no hubiera memorizado cada columnita de logros igual que memoricé el monólogo de Kat en Diez razones para odiarte.
—¡Justo! —respondo—. Tengo la investigación hecha, el calendario, ¡hasta el título! Sé lo que quiero decir, solo me falta poder escribirlo.
—Bueno, en tanto que mierdecilla elitista, tal vez yo no sea la persona adecuada para leer tu tesis. —Con las mismas se baja del taburete y se dirige al frigorífico, dando un amplio rodeo a la encimera cuando alargo el pie en su dirección. Una vez abierto, mete la cabeza en la balda superior y pregunta—: ¿Cuándo vas a ver a Jordan?
Romero. Mi director. Nada que ver con el padre de las películas de zombis, aunque bien que le habría gustado a él.
—El viernes.
—Pues diría que es una consulta estupenda que hacerle durante la reunión. —Su voz suena metálica desde los confines del frigorífico, y me dan ganas de darme la vuelta, plantar el pie descalzo en su culo huesudo y estamparla de un patadón a lo Leónidas en 300 contra el recipiente de las sobras de chow mein por ser tan lógica.
No es que no crea en mi trabajo, que sí.
Podría pasarme horas hablando de slashers y comedias románticas. O más.
Si los creadores de Saw necesitan una forma de tortura creativa para una nueva secuela, que me metan en un cuarto de baño cochambroso con un caballero moralmente ambiguo encadenado: terminará cortándose la pierna para escapar de una de mis charlas sobre por qué Nora Ephron fue una visionaria.
Sé que sé de lo que hablo. Pero el «¿y si…?» se inmiscuye en mi interior cual asesino enmascarado en un campamento de verano. Mi cerebro olvida que soy perfectamente capaz de escribir sobre un tema que llevo la mayor parte de mi vida adulta (e incluso antes) estudiando, investigando y desmenuzando.
Aunque Laurie tiene razón. Es absurdo seguir dándole vueltas a un problema que no se puede resolver hasta que consiga un intercambio de opiniones académicas con mi director. Y ella también sabe que tiene razón, pero no quiero que se le suba a la cabeza.
—Deja de hacerte la lista —mascullo hacia su culo enchandalado.
—Deja de hacerte la dramática —contesta desde el frigorífico.
Exhalo el más dramático de los suspiros y sonrío de oreja a oreja cuando vuelve del frigo con una lata de agua con gas sabor fruta de la pasión, estrechándola contra el pecho y abriendo los ojos suplicantes. El puchero que esboza le da el toque perfecto a la expresión. Es la última que nos queda y, como no soy una mierdecilla elitista, dejaré que se la beba.
—¿A qué hora tenemos que estar allí esta noche? —pregunto a Laurie mientras se lleva la sagrada última lata al sofá y pone la tele, cambiando Netflix por las noticias. Sí, mi mejor amiga es de las que todavía siguen las noticias… por televisión. Creo que es su placer culpable, lo más parecido a la ficción que está dispuesta a ver.
—La hora del cóctel empieza a las siete en el bar. Las citas, a las ocho. Así que tendrás que estar lista sobre las… seis y med…, no, ¿a las seis y cuarto? Google Maps prevé que se tarda entre treinta y cuarenta minutos en llegar al bar desde Bed-Stuy.
—Tú y tu Google Maps —murmuro al tiempo que me bajo de la encimera y me siento delante del portátil—. Si esa aplicación fuera una persona, ya no nos haría falta ir a ninguna parte esta noche.
Con unas pocas pulsaciones del teclado, guardo y cierro las aparentemente inútiles primeras páginas de mi tesis, y bajo la tapa del portátil en el momento justo para ver cómo Laurie me dedica una peineta.
—Lo hago por ti tanto como por mí —dice sin apartar la vista del locutor que ocupa toda la pantalla de nuestro televisor—. Considéralo tu dosis semanal de «salir de la burbuja de la tesis y reconectar con el mundo real». No puedes pasarte las veinticuatro horas con asesinos enmascarados y hombres con estrellitas en los ojos cada vez que una chica con un vestido bonito se tropieza.
A ver, claro que podría pasarme así las veinticuatro horas, pero algo de razón tiene. Y ya he pagado la entrada. Vamos a una sesión de speed dating. No es la primera vez que participamos en un evento para solteros. Tras un chasco particularmente calamitoso hace unos meses, Laurie entró en una espiral de búsquedas en Google, incitada por su propio hartazgo de las aplicaciones de citas. Le gusta más una estadística que a mí un susto bien orquestado, y cuando los números mostraron que un montón de gente de nuestra generación estaba igual de cansada de deslizar el dedo que ella («¡el setenta y ocho por ciento de los usuarios, Jamie!»), acepté su propuesta de asistir al menos a una actividad social en persona al mes. La decisión fue fácil, porque me opongo vehementemente a las aplicaciones (hoy en día parece más probable que te asesinen que encontrar el amor en Tinder). Y aunque, las cosas claras, lo de las citas rápidas tiene cierto tufillo viejuno noventero, las otras veces que hemos ido me lo he pasado bien. No he conseguido ninguna cita como tal —sobre todo después de ir a una noche de trivial sobre pelis y entusiasmarme un poco más de lo debido durante la categoría de terror—, pero me gusta la idea de un encuentro cuqui en la vida real. Me gusta la idea de cruzar la mirada con alguien y pensar: «Oh, eres tú». Me gusta mucho.
Solo que aún no lo he visto fuera de una película.
El locutor cambia de ángulo cuando termina la previsión meteorológica y en el recuadro aparece la noticia de una mujer guapa, más o menos de nuestra edad, que ha aparecido con el cuello cortado.
Es que ni parpadeo. No es la primera vez que ha sucedido este año. La cinta que se desliza con lentitud por la pantalla con las palabras «Asesino en serie en Brooklyn» da fe de ello. Se han producido cuatro asesinatos en otros tantos meses, y ahora el de Casey Langenkamp hace el número cinco. Las fotos extraídas de sus redes sociales muestran a una veinteañera de rostro dulce que no desentonaría en un póster con Glen Powell. Cumple el perfil habitual que atrae un interés ferviente aunque fugaz por parte del público: rubia, menuda, bonita, querida por todos y, por supuesto, allí donde iba contagiaba su alegría.
Los clásicos atributos de alguien destinado a que lo asesinen y lo descarten como los pétalos de rosas esparcidos alrededor de cada uno de los cadáveres. En un breve corte, una mujer de aspecto severo —en el tercio inferior de la pantalla pone que es capitana de policía— confirma que creen que los asesinatos están relacionados y, al cierre de la noticia, el locutor exhorta a las mujeres a:
- Mostrarse vigilantes cuando salgan de casa.
- Asegurarse de compartir su ubicación con alguien de confianza.
- Evitar zonas oscuras, aisladas o de difícil acceso si van solas.
Y mi recomendación favorita:
- Confiar en el propio instinto.
Porque, a ver, si eres mujer y da la casualidad de que te encuentras en una situación en la que podrías acabar asesinada, realmente debes tener en cuenta qué has hecho para llegar a tal circunstancia. El asesinato y similares no son algo que les pase a las mujeres porque sí. Es porque les falló el instinto. Como si la intuición de cada mujer fuera una vara de zahorí perfectamente calibrada para detectar con precisión el peligro. La realidad es que no hay forma de evitar la situación si alguien se propone de verdad asaltarte.
El presentador se permite un instante de macabro contacto visual con la cámara antes de, con un leve movimiento de cabeza y un gesto del labio, pasar a un segmento de «buenas noticias» para contrarrestar la cobertura del brutal asesinato. El cambio de tono es abrupto, pero Laurie lo acepta y lo prolonga cuando inclina la cabeza por encima del sofá con una expresión pensativa en su linda carita y pregunta:
—Bueno, ¿qué vas a ponerte esta noche?
CAPÍTULO 2
He venido aquí esta noche porque, cuando te das cuenta de que quieres pasar el resto de tu vida matando a alguien, deseas que el resto de tu vida empiece lo antes posible.
No Cuando Harry encontró a Sally
Tras probarme una selección de estilos digna de haber protagonizado un montaje de vídeo y sufrir dos crisis en las que Laurie y yo terminamos afirmando que la industria de la moda es un enfermo y retorcido atentado contra la sociedad, acabo poniéndome el primer vestido que me probé. Es mi favorito: de un rojo Pretty Woman con mangas traslúcidas como pétalos de rosa y escote cuadrado que, combinado con un buen sujetador de aros, hace que mis tetas luzcan absolutamente fantásticas. Cuando di un pequeño giro delante del único espejo de cuerpo entero del apartamento antes de irnos, el vuelo se abrió por encima de mis rodillas como si estuviéramos en pleno Dirty Dancing.
Por supuesto que podría resultar demasiado formal para un evento cuyas normas de vestimenta consistían en una lista para los hombres y un vago «atuendo de cóctel» para las mujeres. Por supuesto que lo compré de rebajas y, con todo, maldije su existencia cada vez que me llegaba el extracto de la tarjeta de crédito durante los siguientes meses. Por supuesto que estamos en la primera semana de noviembre y el abrigo que tengo que ponerme empaña por completo el efecto del vestido. Pero no importa. Porque hace que me sienta segura y sexy y capaz de aguantar el tipo durante cien minutos de citas anónimas… a pesar de la vocecilla insegura que hizo que me lo quitara la primera vez.
Si algo me ha enseñado ver comedias románticas, es que una no se corta por miedo a brillar demasiado. Una se pone el vestido, canta a pleno pulmón, se lanza a la piscina. Y, si algo me ha enseñado ver slashers, es que una aprovecha las oportunidades cuando se presentan. Una corre a la puerta, agarra el cuchillo, dispara en la cabeza al asesino con la recortada para rematarlo. Por eso me maquillo como si fuera una protagonista hitchcockiana y finjo que no es pura potra cuando la melena me cae por los hombros en suaves bucles rubio miel tras liberarla de las garras del rizador. Aunque lo de hoy sea un fracaso, Laurie y yo saldremos del brazo en dirección al proveedor de gyros más cercano, riéndonos como si estuviéramos otra vez en el primer año de uni mientras repasamos los aciertos y fallos de la experiencia de citas circulares.
El tráfico de Nueva York decide comportarse, pero mientras atravesamos Brooklyn me pregunto si mi meticulosa compañera de piso no habrá introducido una dirección equivocada. El camino me suena a la manera vaga de un déjà vu y, cuando miro a Laurie, veo que, a medida que nos acercamos a nuestro destino, va entrecerrando los ojos como si lo reconociera.
Cuando se baja del Uber delante de mí, radiante con su mono negro de suave seda que imita un chaleco y un pantalón de pata ancha, pone los brazos en jarras y vuelve la cabeza para recorrer la calle con la mirada.
—Hum… —murmura mientras me levanto del asiento de cuero y salgo con cuidado a la acera. Lo del atuendo de cóctel descartó toda posibilidad de ponerse calzado cómodo, así que tanto Laurie como yo llevamos unos tacones más pensados para permanecer sentadas que para caminar.
—Ya hemos estado aquí —afirma con seguridad, por lo que dejo de mirar cómo nuestro Uber se aleja por la calle. Sus luces traseras parecen dos ojos brillantes que se ocultaran en la oscuridad, y la visibilidad del entorno empieza a depender de la débil luz de las farolas que se curvan sobre nuestras cabezas mientras seguimos paradas en la acera. Un breve pensamiento intrusivo de los que se parecen a las garras metálicas de los guantes de Freddy Krueger atraviesa mi mente antes de que me concentre del todo en el edificio que tenemos delante.
—¿En serio? —pregunto—. Creo que nos acordaríamos si hubiéramos venido a un encuentro de solteros en un club.
Los otros eventos a los que hemos asistido se celebraron en estudios de arte, bares, restaurantes: lugares con iluminación cálida, planta abierta, espacios en un primer piso con grandes ventanales desde los que contemplar la calle si el interlocutor era aburrido. Pero el edificio ante el que nos encontramos parece un antiguo almacén o algo por el estilo. Resulta enorme en la calle desierta y oscura. Los clubes a su alrededor están cerrados, esperando al viernes, y, aunque la calle entera podría ser un hervidero el fin de semana, ahora mismo, un martes por la noche, parece parte de una ciudad fantasma.
—No, lo que digo es que me siento como si hubiéramos retrocedido en el tiempo.
Observo con los ojos entrecerrados las pesadas puertas metálicas, una abierta y otra cerrada. El letrero de encima, una romántica maraña de resplandecientes letras azules que rezan serendipity, es el único iluminado en toda la calle. Me acordaría de un nombre como ese. Ladeo la cabeza y me quedo mirando las puertas. El caso es que hay algo que me suena.
—Me resulta familiar al estilo «este lugar es el motivo por el que ya no bebo kamikazes» —comento, y a Laurie no le hace falta más. Chasquea los dedos al instante, mirando el letrero como si tuviera el nombre en la punta de la lengua, antes de señalarlo y exclamar:
—¡Cravin’!
Casi caigo redonda por el tsunami de recuerdos que me arrolla al oír el nombre que tenía antes el club. Recuerdos bastante borrosos. Recuerdos de bebidas fuertes, besos malos, cristales rotos bajo los pies y conversaciones profundas y trascendentales con desconocidas en los aseos.
—¡Craviiin’! —repito como si fuera un patrón de llamada y respuesta. Hace años que no venimos, pero este era nuestro lugar de encuentro a los veintiuno. Durante algunos meses, al menos. Antes de que nos fuéramos a vivir juntas. Antes de que yo empezara el máster y Laurie consiguiera la primera de sus numerosas prácticas y los fines de semana significaran menos salir y más discutir si desarrollar nuestra carrera en las artes, cuando la universidad constituía una elección vital razonable.
—Me pregunto si seguirá igual por dentro —murmura.
—Seguro que no.
Lo que resultaba tan atractivo de Cravin’ eran todos sus espacios. No el espacio, sino «los» espacios, en plural. El edificio debía de ser una fábrica reconvertida (una con oficinas y puede que hasta alojamientos para los obreros), porque en las tres plantas del club había pasillos sin salida, cuartos con divanes, reservados con mesas y asientos corridos, y todo tipo de recovecos imaginables. Más allá de la enorme zona abierta de la pista de baile, el resto del edificio (el perímetro del club en la planta baja, el bar del sótano y la galería de la planta superior) era un laberinto. El ideal para la noche de borrachera de cualquier chica y la mejor forma de evitar las atenciones de un tío incapaz de pillar una indirecta, o de dar con un rincón discreto en el que enrollarse con quien sí la pillaba, pero una muy distinta.
—Vamos a echar un vistazo.
Laurie sonríe maliciosa, me agarra de la manga del abrigo y tira de mí hacia la entrada. Una vez en el interior, me doy cuenta de que el frío letrero azul sobre las puertas era engañoso, porque el interior de Serendipity es rojo.
Rojo Suspiria. Rojo Carrie. Como el emblemático río de sangre que sale despedido del ascensor en El resplandor, la influyente obra maestra de Kubrick. En Cravin’ todo era negro, metal cepillado y sofisticado diseño minimalista. Serendipity es como si el diseñador de los decorados de Moulin Rouge se hubiera metido LSD y arramblado con todas las existencias de terciopelo y lámparas de gas del estado.
El guardarropa sigue en el mismo sitio y, nada más acceder a la entrada, surge un puño de debajo del mostrador cual mano que emergiera de una tumba. Entre sus dedos hay un cable de carga blanco y se oye un «Joder, por fin» antes de que aparezca una cabeza. Una sonrisa triunfal se extiende por el rostro de una mujer unos años menor que nosotras antes de que nos vea a Laurie y a mí al otro lado del mostrador.
—Ay, perdón. —Se sonroja mientras estrecha el cable contra el pecho, como el preciado tesoro que es—. Es que llevo buscándolo una hora. No sé cómo, pero nuestro equipo de limpieza habitual ha cancelado esta mañana y el que han contratado en el último minuto lo ha dejado todo manga por hombro. No encuentro nada. Pero nada. —Desenreda el cable antes de conectar el iPad que tiene delante—. Perdón otra vez. ¿Habéis venido para el encuentro de speed dating?
—Sí —respondo—. Jamie Prescott y Laurie Hamilton.
—¿Carnets? —Les echa un vistazo somero cuando se los tiendo, más preocupada por encontrar nuestros nombres en la pantalla y marcarlos a toda prisa con un toque del dedo—. Solo debo comprobar que estáis registradas para nuestro evento para heteros de entre veinticinco y treinta y cinco. Tenemos un evento queer para la misma franja de edad el martes, pero de la semana que viene. Sé que la web puede dar lugar a confusión, hay gente que solo ve lo de la edad…
—Por desgracia, las dos somos heteros —responde Laurie lacónica, y a mí se me escapa media carcajada.
El rostro preocupado de la mujer se suaviza con un gesto divertido.
—No puedo decir lo mismo. Aunque todos los hombres que han venido hasta el momento parecen majos. Normales. —A saber qué quiere decir eso—. Vamos a dejarlo todo hecho antes de que bajéis.
Se queda con nuestros abrigos, nuestros móviles, nuestros bolsos y el reloj inteligente de Laurie. Fue lo primero que atrajo a mi amiga de este evento. Por lo visto, quedarse con nuestros dispositivos y pertenencias promueve la conversación al eliminar la tentación de comprobar las notificaciones o rebuscar en el bolso para evitar el contacto visual. Parece exagerado, pero seré capaz de someterme a una desintoxicación digital durante un par de horas. Veo cómo la responsable del guardarropa mete nuestros teléfonos en bolsas identificadas con el mismo número que nuestros abrigos antes de guardarlos en una caja fuerte mientras nos explica los pormenores de la noche y cuelga los abrigos en unas perchas y se los lleva a un burro al fondo del cuarto.
Diez hombres, diez mujeres, diez minutos por cita y un puñado de reglas:
- Nada de dispositivos digitales.
- No hablar del trabajo («una persona es más que su profesión»).
- Mantener un tono ligero y cortés.
- Pasar a la siguiente cita cuando suene el timbre.
Son lo bastante sencillas como para no olvidarlas y, en tanto que miembro de la comunidad universitaria y antigua alumna favorita, puedo cumplir una regla como si me fuera la vida en ello.
—Las damas disfrutarán de un cóctel en el bar del sótano mientras que los caballeros serán conducidos a la planta superior. Vuestra anfitriona, Marion, responderá a cualquier pregunta antes de que los hombres bajen a conoceros. Como sabéis, las bebidas están incluidas en el precio de la entrada, así que os rogamos que bebáis con responsabilidad. —Su voz apresurada y su mirada distante me dicen que estas instrucciones forman parte de su memoria muscular, pero no se lo tengo en cuenta cuando añade algo preocupada—: Es la primera vez que celebramos una actividad aquí y andamos un poco cortos de personal. Nuestro guardia de seguridad viene con retraso, así que, hasta que llegue, avisad a Marion o a alguno de los camareros si os sentís incómodas en un momento dado.
Hecha esta advertencia, señala con un gesto la larga y estrecha escalera que sube junto a la pared hasta la galería y baja hasta el sótano. Tiene el ancho suficiente para que los tíos aprovechen la oportunidad de agarrar a una mujer de la cintura al pasar junto a ella de camino a otra planta, y hay otras escaleras iguales en el lado opuesto del club. Cada tramo tiene forma de flecha gigante: la más cercana a nosotras apunta hacia la fachada del club (y la única salida que yo recuerde en este parque de juegos para adultos de tres plantas), mientras que la otra apunta en dirección contraria.
Lanzo una mirada al acceso a la pista de baile, que por supuesto está desierta, pero al levantar la vista hacia la galería sí veo movimiento. Está lo bastante lejos y la luz está lo bastante atenuada como para que solo distinga las siluetas de los solteros de la noche mientras hacen vida social delante del bar. Se han dispuesto en círculo, mirando hacia el espacio abierto de debajo como si fuera una pista de gladiadores y el sangriento espectáculo estuviera a punto de empezar para su entretenimiento.
—Vamos —dice Laurie mientras sigo con la mirada perdida en la oscuridad y me da una rápida palmada en el culo que me manda en dirección a la escalera. Le tiendo mi tíquet del guardarropa para que lo guarde a buen recaudo en el bolsillo del mono, echando un nuevo vistazo a la galería antes de adentrarnos más allá de la planta principal. Solo entonces atisbo una sombra apoyada en la barandilla y la forma oscura de una cabeza inclinada hacia nosotras. La visión apenas dura un abrir y cerrar de ojos, pero mientras bajo las escaleras y la suela de los zapatos se pega a la fina capa de alcohol reseco que cubre los peldaños como un barniz, siento un hormigueo en la nuca. Tras el escalofrío noto cómo el estómago se me encoge un segundo y se me acelera el pulso, como suele sucederme al comienzo de estos eventos sin teléfono, cuando mi cerebro, en un mal intento de autoprotección, quiere repasar todas las formas en que la noche podría torcerse. Decido no hacerle caso y sigo a Laurie escaleras abajo hasta el sótano.
Al fin y al cabo…, ¿qué es lo peor que podría pasar?
CAPÍTULO 3
¡Esa es la clase de chica con la que Warner quiere terminar! Es lo que necesito para ser asesinada.
No Una rubia muy legal
Y hablando de exagerar…
Si creía que la primera planta del club era toda roja, palidece en comparación con el sótano. Por la forma en que el titilar de las velas eléctricas dentro de las lámparas de gas se refleja sobre las cortinas de terciopelo, es como si nos hubiéramos introducido en un corazón sangriento y pulsante. Hace que parezca que las paredes palpitan. Las mesas del lado derecho forman una curva a modo de atrio y, a nuestra izquierda (trazando una línea más larga, como un ventrículo), se encuentra la barra. Un camarero solitario levanta la cabeza a modo de saludo cuando llegamos mientras le sirve una bebida a una mujer de espaldas a nosotras. En mitad de la estancia hay dispuestas diez mesas, distribuidas a una distancia regular alrededor de una pequeña pista de baile. Forman una especie de paréntesis, dejando un espacio de socialización en el centro, donde otras cinco mujeres charlan con sus bebidas en la mano.
Laurie y yo vamos derechas a la barra, pero, antes de que consigamos acercarnos demasiado a ningún tipo de lubricante social, una voz a nuestras espaldas hace que me detenga.
—¡Señoras!
Una mujer de más de cincuenta, con media melena oscura y unos ojos aún más oscuros, se levanta de la mesa más cercana a la puerta, con un sujetapapeles en una mano y una sonrisa profesional en la cara.
—Bienvenidas a nuestro evento. Soy Marion, vuestra anfitriona esta noche. ¿Me decís vuestros nombres?
Conforme se los damos, va consultando una lista y asiente como si hubiéramos pronunciado la contraseña secreta adecuada. Levanta la hoja por encima del sujetapapeles y se vuelve hacia mí, por lo que descubro una hoja de pegatinas en las que pone hola, me llamo, seguido de un espacio en blanco. Faltan bastantes y, cuando me giro hacia las otras mujeres, veo las etiquetas rojas y blancas, que echan a perder sus looks cuidadosamente coordinados.
—Si no os importa, escribid vuestro nombre en una pegatina, ponéosla en algún lugar visible y ¡empezamos la velada! —exclama Marion con tono alegre, por lo que agarro el sujetapapeles y el boli que parece haber sacado de la nada. Una vez que Laurie y yo nos hemos pegado las etiquetas en el pecho, Marion prosigue con su practicado monólogo—: Por favor, pedíos algo de beber —nos anima, como si fuera ella quien nos invitara y el precio de la entrada no se hubiera ajustado para asegurarse de que hasta con el bebedor más empedernido lo
