¡Resuelve el misterio! El diario de Eliza 2 - El misterio de los hermanos

Lauren Magaziner

Fragmento

9 de enero

9 de enero

Querido diario:

Volver de las vacaciones de Navidad siempre es un rollo…, excepto si, como a mí, te ENCANTA estudiar. No exagero.

Sobre todo desde que estudio en la Academia Enigma, la escuela para personas con altas capacidades más prestigiosa del país. ¡Qué digo del país! ¡Del MUNDO! Aunque, cuando me matriculé, no me esperaba todo con lo que me topé el trimestre pasado:

Que es una academia fundada por dos hermanos que se detestan.

Que estaban tan picados el uno con el otro que se dedicaron a esconder enigmas y tesoros por toda la escuela.

Y que, en mi viaje para desentrañar los enigmas y encontrar los tesoros, sufriría la mayor traición: quien creía que era mi mejor amiga me usó para conseguir la tecnología de los hermanos Guerra.

Pero, bueno, lo importante es que vuelvo a estar aquí. He decidido hacer borrón y cuenta nueva.

Y es que, a pesar de que me lo he pasado increíblemente bien resolviendo no UNO, sino DOS misterios con Carlos y Frank, tenía muchas ganas de volver. Es más, hice una lista de pros y contras mientras estaba en casa:

PROS de estudiar en la Academia Enigma:

¡Es muy estimulante! Mi cerebro tiene que trabajar todo el tiempo para sacar el máximo de mi potencial.

Hay asignaturas con las que jamás habría soñado.

Como, por ejemplo, Conocimiento del Espacio o Nanotecnología.

Brad Bradley El actor prodigio más GUAPO de Hollywood. (aunque ya no me gusta TANTO después de conocerlo a fondo mientras resolvíamos los principales enigmas de la escuela).

Todos los alumnos quieren deberes extra.

La escuela es un antiguo castillo, así que parece que estoy en una peli de brujas.

CONTRAS de estudiar en la Academia Enigma:

La comida. Echo de menos todos los días cómo cocina papá.

Tienes que hacer cola para entrar en la biblioteca.

Estoy lejos de mi hermano Frank.

Estoy lejos de mi mejor amigo, Carlos.

Vale, la lista de contras me puso un poco triste, pero se me pasó cuando, la noche antes de volver yo a la academia, nos fuimos los tres juntos a la bolera. Sí, voy a echar mucho de menos a Carlos y a Frank, por eso sigo escribiendo este diario: se lo daré a Carlos cuando nos veamos ¡Hola, Carlos del futuro! para que pueda ponerse al día con todo lo que me sucede mientras estudio aquí. ¡Y así seguro que no se me olvidará nada!

He necesitado un buen rato para asimilar cómo ha empezado el trimestre y poder contártelo.

Spoiler: con un misterio.

Al volver a la Academia Enigma, pensé que me esperaban clases, reencuentros y alguna que otra charla aburrida para inaugurar el trimestre.

Lo que no me esperaba era que alguien hubiera derribado las estatuas de los fundadores de la escuela.

Espera. Iré por partes, que siempre me adelanto.

Nada más entrar en la habitación, me he encontrado con Yara. Lo digo como si ese encuentro hubiera sido normal, pero no.

Porque la Yara del trimestre pasado era callada y tímida, y aparecía de repente como un gato en el alféizar. Es decir: provocándome infartos por lo silenciosa que llegaba a ser.

Pero esta nueva Yara... habla. Y mucho.

¡Muchísimo!

—¡Eliza! ¡Hola! ¡Ya era hora! ¿Sabías que he contado cuántas baldosas hay en el pasillo desde recepción hasta esta puerta? Setenta y tres. Pero la última está un poco suelta, cuidado con esa. Por cierto, ¿tienes un cargador? He perdido el mío y el otro día mi primo me dijo que…

Y así durante cinco minutos. Sin respirar.

Le he dicho que se tranquilice, que no hace falta que me cuente las vacaciones minuto a minuto ¡cuando hacía cinco que yo había entrado en la habitación!

¿Su respuesta? Que no me estaba contando las vacaciones. Solo el camino desde la cafetería.

Como no veía la manera de acabar con su interminable discurso, decidí cambiar de tema:

—¿Has visto a Brad? Podríamos quedar con él para ir a la cafetería después de deshacer las maletas.

—¡Oh! ¿No te has enterado? —Iba a abrir la boca para decirle que no, pero no me dio tiempo: ella sola respondió—: Brad Bradley ya no está. Se ha vuelto a Hollywood. ¿Te acuerdas de que se estaba documentando para un personaje que era un genio…? ¿Cómo se llamaba? ¿Nico Cerebrico?

—Calisto Tolisto.

—Eso.

No te mentiré, me dio un bajón. Me caía bien y no pude despedirme de él, pero tampoco he tenido tiempo para pensar en ello porque Yara ha continuado con su cháchara inconexa:

—¿Sabías que han cambiado el menú del desayuno? ¿Y que en el ala oeste del edificio han puesto dispensadores nuevos de gel hidroalcohólico? Bueno, creo que es gel hidroalcohólico, aunque la verdad es que huele un poco a naranja podrida.

Entonces le he preguntado si se había tragado una emisora de radio, pero no se ha reído. Me ha contado que está trabajando en hablar más con la gente porque su terapeuta dice que comunicarse es importante.

Me lo ha dicho tan rápido que no he podido saber si hablaba en serio o era una broma.

Me he reído. Me gusta esta nueva versión de Yara. Aunque tengo que estar muy atenta si no quiero quedarme atrás en nuestras conversaciones.

Justo después de empezar a deshacer la maleta (es decir, dejarla abierta en la cama), ha comenzado el jaleo.

La gente ha empezado a correr por el pasillo y a dar gritos.

—¿Qué pasa? —le he preguntado a Yara.

—¡Ni idea! ¡Pero todo el mundo va hacia el patio de la entrada! —ha contestado, ya a medio camino hacia allí.

He salido corriendo detrás de ella, claro.

Y allí estaban.

Todos.

Agrupados, callados, con la mirada fija en el lema de la academia:

Ver, saber, entender:

abre tu corazón para descender.

(Las palabras que, el trimestre pasado, nos llevaron a descubrir una escalera secreta).

Pero lo más impactante no era eso...

… sino que las estatuas de Ramona e Ignacio Guerra estaban… tiradas en el suelo.

Aplastadas.

Rota una, agrietada la otra.

Verlas así daba una sensación muy rara. Casi como si hubieran atacado a la propia academia.

Y es que Ramona e Ignacio Guerra fueron los fundadores de la Academia Enigma. Hermanos mellizos, nacieron con pocos minutos de diferencia, pero no podían ser más distintos. Y, por supuesto, eran superdotados.

Mientras que Ramona era fría, callada y distante, Ignacio era impulsivo, ruidoso y siempre hablaba más de la cuenta. Siempre me han recordado un poco a Frank y a mí.

Desde pequeños destacaron en matemáticas, robótica e ingeniería y no solo eran brillantes, sino también competitivos. Siempre intentaban superarse el uno al otro. Imagínate hasta qué punto llegó la cosa que, como te conté el primer trimestre, montaron la escuela como si fuera un tablero de acertijos. Cada uno llenó su mitad de desafíos pensados para que el otro se sintiera humillado al no resolverlos.

Pero ninguno lo consiguió. Ninguno ganó. (Bueno, nadie en la historia de la academia pudo resolverlos… ¡hasta que llegamos mis amigos y yo!).

Y, entonces, desaparecieron.

Así. Sin más.

Nadie sabe por qué. Ni adónde fueron. Ni si siguen vivos.

Lo único que sé es que Chloe, la primera amiga que hice aquí, me engañó y traicionó después de resolver los enigmas, y que lleva desaparecida desde entonces mientras intenta encontrar a Ramona e Ignacio.

Por eso me pone la piel de gallina que alguien haya tirado sus estatuas al suelo…

… junto a un mensaje.

Bueno, más que un mensaje, parecía una carta.

O un tratado larguísimo, más bien.

Lo habían clavado justo debajo del lema y se desenrollaba como una serpiente de papel hasta llegar al pasillo.

Y estaba cubierto de símbolos, líneas, letras y cifras en clave (aunque realmente no lo he visto muy bien).

—Esto es perfecto para ti, Eliza —ha dicho alguien a mi lado. Era Bianca Edelweiss, tiene un año más que yo y destaca en tecnología, programación y efectos especiales. Como siempre, llevaba sus auriculares al cuello, mascaba chicle de fresa y ponía cara de estar aburrida del mundo—. Si me pides hackear una base de datos, lo hago en dos minutos —ha dicho—, pero estos cifrados antiguos… me dan dolor de cabeza.

He querido acercarme más. Ya había entrecerrado los ojos para observar bien cada parte de aquel código cuando alguien apartó el pergamino de mi vista.

—¡Ya está bien! —No me hizo falta verlo: reconocí al director Machaca solo por su voz—. Todos, volved a vuestras habitaciones y terminad de instalaros.

Cuando alcé la vista, vi que el director había aparecido con otros dos profesores más. Y uno de ellos era el mismísimo Phineas Alistair Worthington.

El director todavía estaba enrollando parte del pergamino (se le estaba enredando en el cuerpo y los otros dos profesores trataban de ayudarlo) cuando algunos alumnos empezaron a protestar:

—¿Qué pasa si queremos resolverlo? ¡Este reto está a nuestra altura! —dijo alguien que, como era obvio, quería demostrar lo listo que era.

—¡Y pueden darnos puntos extra si lo conseguimos! —propuso otra persona.

—¡O colgar nuestra foto en el pasillo principal! —Reconocí al instante aquella voz. Era Alejandro de la Vega,

El trimestre pasado me retó a resolver los enigmas de la escuela y ahora somos amigos.

que me miró y sonrió antes de añadir—: Podríamos hacer una competición. Y quien lo resuelva el primero será el más listo de la academia.

Negué con la cabeza sin dejar de sonreír. Alejandro no cambia. Todo lo quiere convertir en un desafío.

—¿No tuvo usted suficiente competición el trimestre pasado, señor De la Vega? —le preguntó el director sin tapujos—. Bueno, usted y sus amigas la señorita Eliza Thompson y la señorita Chloe Taylor, que sigue en paradero desconocido.

Yo me ruboricé al instante y Alejandro no añadió nada. Y, para cortar la tensión del ambiente, el profesor Phineas Alistair Worthington se puso un poco de puntillas y, mientras ayudaba al director a levantar una pierna para desenredar parte del pergamino que se le había enrollado como la correa de un perro, preguntó con calma:

—¿Quién quiere más deberes?

Casi todas las manos se levantaron. Incluida la mía. (Ya te he dicho que aquí todo el mundo quiere deberes extra).

—Justo lo que cabe esperar en este colegio —dijo, esbozando una sonrisa.

Pero el director Machaca no sonrió ni se relajó cuando consiguió que su cuerpo y el pergamino se separaran definitivamente.

Solo miró el papel, y luego a nosotros, uno por uno, con una expresión muy difícil de interpretar.

¿Seria? ¿Tensa? No sabría explicarlo. A Carlos esto se le da mucho mejor que a mí.

Pero Yara dijo algo que me dejó pensando:

—Sea lo que sea esto, no es solo un juego para cerebritos.

¿A ti qué te parece?

10 de enero

Querido diario:

Lista de cosas que he hecho en la academia desde mi llegada (y no han pasado ni veinticuatro horas):

He desayunado.

He preparado un plan para resolver un misterio.

He ido a clase.

Y he hecho reflexiones filosóficas sobre la vida.

Ahora te cuento cómo ha ido todo, desde el principio.

Esta mañana he bajado a desayunar con Yara y Alejandro. Recordemos que Yara ahora habla MUCHÍSIMO. Yo pensaba que por la noche habría paz, pero me equivocaba. Porque ahora también habla en sueños.

Nota para mí: comprar tapones para los oídos.

Así que escucho su voz TODO EL RATO, desde que se levanta hasta que llegamos a nuestra mesa de siempre en la cafetería (la que está justo al lado de la ventana que no cierra bien y por donde entra una corriente que, según Alejandro, «aguza el pensamiento lógico»).

Allí ya nos esperaba Alejandro apuntando cosas en su tablet mientras se rascaba la cabeza, como si el cerebro le quemara.

—¿Ya estás haciendo los deberes de la semana que viene? —le pregunté con tono burlón. Él se rio, pero me respondió que no.

—No. Intento apuntar todo lo que recuerdo del pergamino codificado de ayer. No me gusta reconocer que estoy un poco obsesionado, pero…

—Estás un poco BASTANTE obsesionado —maticé—. Esta noche también le he dado vueltas al asunto.

—Ay, yo he dormido como un bebé —dijo Yara mientras mordía sus tostadas con mermelada.

Un bebé parlanchín, diría yo.

—Es que todo esto es muy raro. ¿Por qué iba nadie a tirar las estatuas de Ramona e Ignacio? ¿Y qué decía ese mensaje? —continuó Alejandro.

—¿Y visteis la cara del director y de los profesores? —añadió Yara con la boca llena.

—Sí, parecía que acabaran de ver el fantasma de su primer examen suspenso —murmuré muy seria.

—Creo que ese mensaje puede esconder el paradero de Ramona e Ignacio Guerra —afirmó Alejandro, convencidísimo de sus palabras—. Y, por algún motivo, quieren esconderlo.

—¿Crees que lo esconden por si Chloe reaparece y lo encuentra? —preguntó Yara. Yo también pensé lo mismo—. Es una genia del mal, seguro que querrá volver a por los tesoros de los hermanos Guerra.

Aunque Chloe resultó ser una mentirosa traicionera, nos las arreglamos para que no se marchara con la última tecnología de los hermanos Guerra.

Si Chloe los consigue y localiza a Ramona e Ignacio…, las consecuencias pueden ser nefastas. Porque no sabemos si quiere acabar con el planeta o convertirse en algo así como la reina de la Tierra.

—Entonces debemos descubrir qué sucede antes de que lo haga ella. Así podremos pararle los pies —dije mientras me cruzaba de brazos—. Cueste lo que cueste.

Todos asentimos; creo que es la primera vez que estoy de acuerdo con Alejandro de entrada. Así que nos propusimos comenzar la investigación…, pero el desayuno se acabó y tuvimos que empezar el maratón de clases:

Primera parada: Historia, con el profesor Worthington. Sigue tan elegante, sabio y tocado por la excentricidad británica como siempre.

Segunda parada: LLUGA (Lengua y Literatura Universal para Genios Avanzados), con la profesora Letrizia.

Y, Carlos, tú alucinarías con esta clase. Aún no conocía a la profesora Letrizia, porque han cambiado a mi profesor del trimestre pasado, pero es una amante de las letras.

Hasta el punto de que no se limita a corregir tus faltas de ortografía, sino que también corrige tu forma de hablar.

Tu forma de respirar.

Y, si te despistas, tu forma de mover las cejas.

Hoy, por ejemplo, un compañero ha levantado la mano y ha dicho:

—¿Puedo ir al baño?

Y ella, sin levantar la mirada de su libro de gramática, ha contestado:

—No lo sé. ¿Puedes?

Nos hemos quedado todos mirándonos, sin comprender qué había dicho mal nuestro compañero (sobre todo, para no repetirlo). Y, en vista de que nadie ha entendido su respuesta, ha matizado:

—Lo correcto no es usar el verbo «poder». Tú eres capaz de acudir al baño por ti mismo, ¿no? Es un error de formulación muy común. Lo correcto es preguntar: «¿Me permite ir al baño, profesora Letrizia?».

Ahora lo sabemos todos, incluso tú.

Después de LLUGA, hemos tenido una asignatura nueva: Lógica.

Y, con ella, otra profesora nueva: la señorita Sita.

Es joven y risueña, y habla como si siempre estuviera compartiendo un secreto. Nada más entrar y presentar su asignatura, Yara me susurró:

—¿Qué es exactamente la lógica?

Pero justo entonces empezó la clase.

Y… ¡sorpresa! Lógica no va solo de pensar.

Va de pensar bien.

De razonar.

De preguntarte cosas que parecen imposibles de responder sin que se te derrita el cerebro.

Nos planteó algo que llamó el dilema del tranvía.

Pego los apuntes que tomé en clase, palabra por palabra, para que veas a qué me refiero:

Imagina que hay cinco personas atadas a un raíl de tranvía y otra persona atada a otro raíl. Un convoy se acerca. Si no haces nada, las atropellará. Pero hay una palanca. Si la accionas, cambiará la dirección del tranvía. Por la otra vía solo hay una persona. ¿Qué haces? ¿Dejarás que el tranvía siga su curso y atropelle a cinco personas? ¿O tirarás de la palanca y provocarás la muerte de una sola?

Ilustración de un tranvía y dos carriles. En uno hay 5 personas tumbadas y en el otro una. Al lado de las vías hay una persona con un interrogante en la cabeza y una palanca al lado.

Alejandro ha levantado la mano y ha dicho que lo lógico es salvar al mayor número posible de personas. Es decir, accionar la palanca.

Y, aunque en teoría tiene razón, me ha sido inevitable pensar. Pensar MUCHO.

¿Qué pasaría si en la otra vía estuviera Carlos y no un desconocido?

¿O Frank?

Yo no tocaría esa palanca ni aunque me dijeran que acabaría el curso con matrículas en todas las asignaturas (y eso ya es decir mucho).

Todo el día, TODO EL DÍA, he estado pensando en eso.

Porque si el tranvía va derecho a atropellar a cinco personas, y yo no hago absolutamente nada…, no tengo la culpa, ¿verdad?

Pero, si yo tiro de la palanca, entonces sí tengo la culpa de que una persona muera.

¿En qué momento dejas de ser solo alguien que observa… y te conviertes en el responsable de lo que sucede?

Y lo peor de todo es que…

Me he dado cuenta de que esta no es la primera vez que elijo qué «vía» tomar.

Piénsalo.

Cuando resuelvo misterios…, cuando tomo decisiones que afectan a otras personas…

¿Y si, sin querer, alguna vez he causado daño, aunque pensaba que hacía el bien?

He accionado esa palanca muchas veces.

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