Prefacio
De 1905 a 1934 la Revolución mexicana tuvo tres etapas importantes de paz y violencia que definieron los cimientos de crecimiento del México del siglo XX.
La primera etapa comprendió de 1905 a 1913. Fue un periodo en el que los partidos políticos impulsados por el mismo Porfirio Díaz se convirtieron en su pesadilla, al sacarlo violentamente del poder en mayo de 1911 ante el empuje del carismático Francisco I. Madero y el estallido social que promovió el 20 de noviembre de 1910. Después sobrevino su inseguridad al no tomar el poder de manera inmediata, pues él fue el caudillo ganador del Plan de San Luis —el que mandó a Porfirio Díaz al destierro—. Madero optó por tomar el poder de manera democrática seis meses después, exponiéndose a casi no lograrlo, por la cantidad de escollos y problemas en los que lo metió Francisco León de la Barra y su ejército porfirista.
Madero llegó al poder en 1911 en las elecciones más transparentes y limpias de la historia de México, para ser aplastado en tan sólo quince meses por intrigas y traiciones de su mismo equipo de trabajo, y principalmente del ejército porfirista comandado por Victoriano Huerta, al que, por timidez e indecisión, no se atrevió a desmantelar y reformar.
La segunda etapa de violencia estalló precisamente con el asesinato de Madero en febrero de 1913, golpe de estado que llevó a la presidencia al usurpador Victoriano Huerta y a su equipo de asesinos. Venustiano Carranza, con el Plan de Guadalupe, organizó a las fuerzas militares del norte de México para, en unos meses, mandar al destierro a Victoriano Huerta.
A la salida de Huerta vino el inevitable enfrentamiento por el poder entre Carranza y Villa en el Bajío, ocasionando una oleada de miles de muertos y una hambruna que casi acaba con la diezmada población de México.
Esta segunda etapa, de 1913 a 1920, se lee con intensidad en México desgarrado. En el desarrollo de la novela se vive el esplendor y la caída del efímero gobierno de Victoriano Huerta. La transformación de un recién fugado Pancho Villa, que con cinco amigos cruza la frontera de Juárez, para en unos meses convertirse en un poderoso caudillo con medio millón de hombres a sus órdenes y listos para morir por su causa.
La tercera etapa, de 1920 a 1934, es el México reestructurado con una nueva Constitución y nuevos gobernantes sonorenses que situaron a México en el sendero del progreso y la democracia disfrazada en el PNR, fundado por Plutarco Elías Calles.
En México desgarrado se presencia con intensidad el rompimiento entre Villa y Carranza, después de la Soberana Convención de Aguascalientes en 1914.
Al leerlo, tu imaginación te llevará a:
- «testificar» la arbitraria invasión de los norteamericanos a Veracruz en 1914, con un pretexto irrisorio, para sacar a Huerta del gobierno por no convenir a los planes de Wilson.
- «sentir» las balas zumbando alrededor de tu cabeza con el enfrentamiento final entre Villa y Obregón, en los campos de batalla de Celaya.
- «ensordecer», al escuchar el estallido de la granada que le vuela el brazo derecho a Obregón en Celaya.
- «tratar con desesperación» de evitar que Obregón se suicide con esa pistola oculta en sus ropas al verse espantosamente mutilado.
- «ser testigo» de los horrendos asesinatos de Rodolfo Fierro a los cientos de colorados de Pascual Orozco, los cobardes homicidios de David Berlanga y del arrogante escocés William Benton.
- «intentar esconderte» para salvar la vida al quedar enfrascado entre los cerros del Grillo y de la Bufa en la sangrienta Batalla de Zacatecas.
- «sufrir» con la población de la capital la espantosa hambruna que asoló a México al quedarse los campos sin granos y sin medios para transportarlos, al estar los trenes y la economía en manos de los revolucionarios.
- «ayudar a esconder» a las mujeres en los sótanos de la casa, al escuchar la llegada a la capital de los ejércitos zapatistas y obregonistas.
- «acompañar» a los Cuervos de Justo García en busca del asesino José Inés Chávez en la sierra de Michoacán.
- «intentar evitar con impaciencia» la muerte a traición de Zapata en Chinameca, y
- «ser testigo» del rompimiento entre Carranza y Obregón, al no resignarse este último a que el Barón de Cuatrociénegas lo dejara ser presidente.
Con la lectura de este libro:
- «vivirás con detalle» las muertes de Eufemio Zapata, Rodolfo Fierro, Benton, Pascual Orozco, David Berlanga, Felipe Ángeles y Venustiano Carranza, «verás consternado» cómo Lupe Sánchez cercena la cabeza de Aureliano Blanquet en el fondo de una barranca en Veracruz, cómo Cidronio Camacho pone el agonizante cuerpo de Eufemio Zapata sobre un hormiguero de violentísimas hormigas arrieras, mientras disfruta del dantesco espectáculo con un cigarrillo en los labios.
Con el avanzar de México desgarrado, «serás testigo» de cómo Álvaro Obregón se convierte en el invicto general al que nadie puede detener para alcanzar la presidencia de México.
- Arturo Murrieta «nos llevará» por sus aventuras con los más famosos militares del México revolucionario. «Nos sumirá de nuevo» en sus intrigas amorosas y violentos duelos para defender el honor.
- Justo García «se convertirá» en el máximo bandido de saco y levita de la Revolución mexicana. Lo veremos de nuevo, en combinación con la Banda del Automóvil Gris, dar su golpe maestro al robarse el Tesoro de la Nación y envenenar con opio a los marinos norteamericanos en Veracruz.
- «Compartiremos camarote» con John Kent y nos asiremos con desesperación a su lancha salvavidas para no morir en el naufragio del Lusitania en las costas de Irlanda.
- «Tendremos la oportunidad» de ayudar a Rodolfo Fierro a salvar su vida en las lagunas de Nuevo Casas Grandes, aunque sobre su consciencia haya medio millar de vidas.
- «Montaremos» al lado de Fernando Talamantes en el ataque nocturno al Columbus en 1916.
- «Acompañaremos» a Manuel Talamantes en los primeros vuelos aéreos en los llanos de Balbuena y «seremos testigos» del primer bombardeo aéreo en la historia sobre Topolobampo.
- «Con horror veremos» al aviador Amado Paniagua estrellarse en las dunas de la Playa Norte de Veracruz al intentar con su moderno avión hacer la peligrosísima vuelta Immelmann.
- Los Murrieta «nos reservarán una butaca en el Toreo de la Condesa» para ver al Gigante de Galveston, Jack Johnson, primer campeón mundial negro de peso completo, apabullar a Kid Cutler «y asistir» también a la última actuación de Enrico Caruso en México y verlo soportar un denso aguacero mientras canta «Los payasos» y «Elíxir de amor», como si no pasara nada.
- «Nos asombraremos» de cómo los alemanes, con la intervención de su espía Frank Faber, hábilmente quieren provocar una guerra entre México y Estados Unidos para evitar la entrada de este último en la Primera Guerra Mundial. Con la lectura de México desgarrado aprenderás, pues, más de la historia de nuestro país y de los valientes mexicanos y extranjeros que se vieron envueltos en ella.
Acompáñanos a este emocionante viaje por el México bronco de inicios del siglo XX.
1
El banquete de las hienas
AQUELLA MAÑANA DEL 7 DE ABRIL DE 1913 FUE UN día importantísimo para la historia de la aviación en México. En el aeródromo de los terrenos de Balbuena se dieron cita los generales Manuel Mondragón, ministro de Guerra, Félix Díaz, Aureliano Blanquet y los jóvenes pilotos aviadores —los hermanos Aldasoro1—, así como la estrella principal del magno evento, el piloto mexicano Miguel Lebrija2.
El objetivo de la reunión era probar una nueva y efectiva estrategia de ataque que adelantaría en décadas las tácticas de guerra: el bombardeo aéreo, que apenas surgía en la adelantada Europa y los Estados Unidos.
Miguel Lebrija, sin duda el mejor aviador mexicano del momento, volaría su liviano y veloz avión Depperdussin de 80 HP sobre los terrenos de Balbuena y simularía un ataque aéreo con bombas Martin Hale, sobre un diminuto cuadro de cal de diez por diez metros, justo en medio de los llanos. En un futuro cercano, en un ataque real, el blanco de cal bien podría ser un edificio o una base enemiga. El objetivo de su entusiasta promotor, Manuel Mondragón, era probar que la aviación mexicana estaba irónicamente a la altura de la europea en cuestión de ataques aéreos. Con ello deseaba convencer que esta técnica de asalto se usaría lo más rápido posible sobre los constitucionalistas de Carranza, que desde el 26 de marzo con el Plan de Guadalupe se habían declarado en guerra abierta contra el gobierno usurpador de Victoriano Huerta.
Entre los trabajadores de la base de Balbuena se encontraba Manuel Talamantes, hermano de Fernando Talamantes, esposo de Gisela Escandón y ahora incorporado con las fuerzas del general Pancho Villa en el norte de México.
Manuel tenía dieciocho años de edad y, ávido de aventuras, encargó sus vacas en Los Remedios a otro muchacho de confianza. Así se lanzó a la conquista de la ciudad, donde se aventuró a ser ayudante de mecánico de aviones en los llanos de Balbuena y de Anzures. Su maestro fue el famoso, Guillermo Villasana3; mecánico de Miguel Lebrija, quien estaba al cuidado del famoso Depperdussin.
Acercándose lo más que pudo, para no perder detalles de las instrucciones que daría Manuel Mondragón a Miguel Lebrija, se colocó cerca del espigado y aerodinámico Depperdussin.
—La prueba es sencilla, Miguel —inició el supuesto héroe de la Ciudadela—. Volarás sobre ese objetivo en el centro de los llanos, que en este caso imaginaremos que es el edificio de una base rebelde, y desde trescientos metros de altura soltarás estas bombas sobre el blanco para destruirlo. Como verás, el éxito de la operación radica en hacerlo en los primeros intentos. Atinarle a la veinteava vez le quitaría todo el factor sorpresa al bombardeo y lo más seguro es que te tirarían desde algún fuego terrestre. La sorpresa es la clave ganadora en ataques como estos.
Miguel Lebrija tomó la bomba Martin Hale, que era del tamaño de dos latas de conservas en cruz, con una pequeña antena o detonador en su parte superior.
—Es sólo quitarle este seguro y dejarla caer sobre el blanco, ¿no? —adujo Lebrija, examinando la bomba, sentado en la cabina de su avión con toda la gente a su alrededor.
—Así es, Miguel, activar la bomba lo puede hacer hasta un chimpancé… atinarle al blanco desde el aire es la razón por la que estás aquí y por la que el ejército mexicano está dispuesto a invertir millones de pesos.
Todos rieron ante la puntada del millonario bigotón que ya pensaba en su siguiente inversión con las bombas aéreas de importación.
—Está bien, general, no demoremos más esto —repuso Lebrija decidido.
Todos los ahí reunidos se separaron del avión deseando buena suerte al hábil piloto.
Ahí fue cuando Manuel Talamantes quedó deslumbrado ante la presencia de la mujer más hermosa que había visto en su vida. Era una jovencita de veinte años de cabello rubio y grandes ojos verdes como dos esmeraldas. Su cuerpo era bien proporcionado y su presencia atraía mas miradas varoniles que el Depperdussin de Lebrija, tomando impulso para levantarse del suelo en imponente vuelo.
—¿Quién es ella, Memo? —le preguntó Manuel al mecánico de Lebrija.
—No andas tan perdido, cabrón. Ella es Carmen Mondragón4, la hija del general Manuel Mondragón.
—Es una belleza, Memo. Nunca había visto a alguien tan bella.
—Ah, Manolo. Ella es como una estrella para ti. Es inalcanzable para quizá todos los aquí reunidos. Su padre es millonario y ella tiene que casarse con alguien igual o de más billete. Todos sus estudios de niña los hizo en Francia. Imagínate la clase de damisela que es.
El Depperdussin levantó el vuelo y se proyectó hacia los azules cielos del Valle de México. La mañana era clara y sin nubes. En el fondo se veían imponentes los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, coronados con poca nieve por ser la primavera. Decenas de curiosos observaban desde la periferia de los llanos. Desde las alturas Lebrija veía al público reunido alrededor del blanco de cal, como si fueran hormigas cerca de su nido.
—No la quiero para casarme, Memo. Sólo me conformo con verla. No es fácil encontrarte alguien así de hermosa. Por ver no se paga.
—¿Ves a ese tipo que viene por ahí? —Villasana señaló a un joven de marcada ceja poblada, ojos grandes y vivaces, nariz prominente, con unos labios caídos hacia abajo dándole una mirada nostálgica; vestía con un elegante traje azul fuerte y sombrero del mismo color.
—Sí, ¿quién es él?
—Él es su prometido, Manuel Rodríguez5, cadete militar.
Manuel se concentró en mirar en detalle al prometido de la hija de Mondragón, mientras Villasana no perdía de vista el Depperdussin, que tomaba más altura para hacer su primer intento de ataque.
—No sé, pero se ve medio maricón, ¿no?
—Quizá, o a lo mejor es que es muy refinado —Villasana soltó una risotada que hizo voltear a varios espectadores.
Lebrija pasó justo arriba del blanco, soltando la primera bomba, cayendo ésta a varios metros fuera del blanco. La explosión levantó una nube de tierra y polvo.
—¡Primer intento fallido! —dijo Manuel Mondragón a Félix Díaz, frunciendo el ceño molesto al percatarse de la llegada de su incómodo yerno Manuel Rodríguez—. Mientras el pendejo no nos tire la bomba a nosotros, no hay problema, Félix.
—Es que no es tan fácil, Manolo. Está cabrón volar ese pinche avioncito y a la vez atinarle a un blanco que desde esa altura se ha de ver como una cajetilla de cerillos —repuso Félix Díaz, peinándose su negro bigote con los dedos y metiendo la panza al percatarse que una bella dama de cabello largo y negro como el carbón lo miraba coquetamente.
—A mí sí me da miedo subirme a un avión, Félix, te lo confieso. No les tengo confianza. Siento que esa chingadera con cualquier cosa se puede caer. Sólo de ver que está hecho con un esqueleto de madera forrado con lona, alambres, tubos y llantas de bicicleta, me pone de nervios.
—Pues en eso te ganó Madero6, ya ves que él sí se subió con Lebrija y le valió madres. Ni el pinche Taft, Wilson o el Káiser se han dado ese lujo.
—Ese pinche chaparro era valiente, Félix, eso no lo niego. El cabrón murió por pendejo, no por cobarde.
El Depperdussin pasó por arriba de sus cabezas, perdiéndose al final de los llanos como un insignificante insecto para virar y buscar el segundo intento para tirar la bomba.
Aureliano Blanquet se acercó a Félix y a Mondragón, saludándolos amablemente. El esbirro número uno de Huerta se veía más rejuvenecido en su flamante traje militar. La más cara prostituta de la casa de citas de la Roma había hecho maravillas con él la noche anterior.
—Falló por poco, ¿no, Manuel?
—Sí, Aureliano. La idea es que Lebrija atine en el centro por lo menos en los tres primeros intentos para que vean la viabilidad de este ataque y se implemente en una prueba real. Ya tenemos cinco aviones como ése, urge comprar más.
—Pues si lo autoriza Victoriano, lo probamos sobre ese pinche anciano, Barbas de Chivo, de Carranza, que anda muy calientito allá en Coahuila —adujo Blanquet, sintiéndose en gran camaradería con los irónicamente llamados héroes de la Ciudadela. El llamar públicamente al presidente de México, Victoriano, a secas, era una señal hacia ellos de que él sí se tuteaba con el general y que estaba mejor parado socialmente con el jefe que ellos.
Lebrija dirigió de nuevo magistralmente su Depperdussin hacia el blanco de cal, que desde su ligero aparato lucía diminuto y retador a la vez. Con cuidado inclinó levemente el aparato hacia su izquierda para tener mejor cálculo sobre el objetivo. En un segundo quitó el seguro de la Martin Hale, dejándola caer desde más de trescientos metros de altura. Todos los espectadores vieron la explosión de la bomba en el mero centro del blanco, ocasionando un aplauso generalizado por el gran logro del hábil piloto mexicano.
—¡Bien hecho, Miguel! Excelente maniobra —externó eufórico Manuel Mondragón, incrementando la intensidad de los aplausos.
La bella Carmen Mondragón, contagiada por la celebración, abrazó emocionada a su frágil novio. Manuel Rodríguez, sorprendido por el beso de su novia, sintió el peso de la mirada de acero de su suegro en la distancia. Félix y Blanquet no desaprovecharon la oportunidad para discretamente verle las piernas y las nalgas a la hija del Secretario de Guerra y Marina.
—¡Carmen!… ahí está tu papá.
—Me vale lo que piense mi papá, Manuel. ¡Eres mi novio! ¿No? Pues que se entere todo el mundo.
—La güera está como loca —comentó sonriente Manuel Talamantes.
—Sí, ¿verdad?, parece que el señorito se incomodó —dijo Villasana muerto de risa.
—No veo cómo puedo saludarla con ese cabrón ahí parado todo el tiempo.
—Pues salúdalos a los dos y ya, Manuel. Lo importante es que ella se fije en ti; el putete ése sale de sobra. Siempre trata de dejar señas o evidencias de tu presencia frente a una dama, pasar desapercibido es un fracaso.
El Depperdussin se enfiló para el aterrizaje, momento álgido que requería toda la atención de su hábil piloto. Lebrija, como un jinete que domina soberbiamente a su caballo, posó las bicicléticas ruedas del avión en tierra, generando otra nueva carretada de aplausos. La prueba había sido un éxito: objetivo destruido en el segundo intento.
—¡Ese cabrón es bueno, no hay duda de ello! —dijo Blanquet aplaudiendo contagiosamente. Mondragón sonreía feliz como si hubiera ganado una jugosa apuesta en una carrera de caballos. En su interior ya maquinaba la compra de los siguientes aparatos con sus respectivas Martin Hale, que de algún modo u otro aumentaría su enorme fortuna. «Cualquier juguetito nuevo que se le compre a ejércitos extranjeros puede engrosar la fortuna de un hombre visionario como yo. El bombardeo aéreo es el futuro de la guerra. Para qué desgastarte mandando costosas infanterías por mar y tierra, si por aire un solo avión te puede volar en cachitos la Casa Blanca o el Palacio de Buckingham» pensaba mientras se afilaba las aceradas puntas de su negro y grueso bigote.
Lebrija brincó ágilmente fuera de su famoso avión. Era un hombre joven con frente amplia, ojos claros, con un bigote grueso con puntas hacia los cielos que le gustaba conquistar. Los primeros en felicitarlo fueron los hermanos Juan Pablo y Eduardo Aldasoro, excelentes hermanos aviadores que competían con Lebrija en la conquista de los cielos del Anáhuac. Después siguió Villasana diciéndole efusivamente:
—Felicidades, Miguel. Acabas de abrir un mundo de posibilidades militares para las futuras décadas. Acabas de crear la Fuerza Aérea Mexicana.
—Eso es gracias a ti, Memo. Es tu avión, yo sólo lo piloteé. No hay nada nuevo. Tú mismo Memo, al igual que Alberto Salinas Carranza, los Aldasoro, Gustavo Salinas u Horacio Ruiz lo… hubieran hecho igual de bien. Yo sólo tuve la suerte que me lo propusieran primero.
Carmen Mondragón se acercó para felicitar a Lebrija. Los ahí reunidos cortaron sus puntadas y comentarios inapropiados, al ver a tan hermosa jovencita frente a ellos. Manuel Talamantes, no perdiendo un segundo se metió entre la bola para ver de cerca a la damisela de Balbuena.
—Capitán Lebrija. Lo felicito por su éxito. Es usted un excelente piloto —dijo Carmen, sonriendo coquetamente al brillante aviador mexicano.
—Gracias, Carmelita. Es un honor el tenerte aquí entre nosotros —la mirada de Lebrija trataba de escrutar los más recónditos secretos de la hija del general de la Ciudadela.
«Es bellísima» —pensó Lebrija, mientras la saludaba. Carmen volteó al escuchar la voz de Manuel Talamantes, que aprovechaba para presentarse de una manera natural y sencilla. Lebrija aprovechó esa distracción de la niña Mondragón para dimensionar mejor las curvas de su cuerpo.
—Soy Manuel Talamantes —mecánico de aviación del equipo de Miguel Lebrija.
—Ah, sí, pues yo soy Carmen Mondragón, la hija del general triunfante de la Ciudadela —lo saludó sorprendida por la audacia del muchacho. En el interior se sintió fulminantemente atraída por el atractivo natural de ese joven mecánico, alto, de cuerpo esbelto y cabello encrespado, entusiasta como si acabara de acomodar el potente motor del Depperdussin y hubiera corrido a saludarla con las manos llenas de grasa.
—Y yo soy Manuel Rodríguez Lozano, su prometido y futuro esposo.
Talamantes los saludó sin intimidarse, confundido entre cual de las dos miradas hacia él era más coqueta, si la de Carmen o la de su novio.
—Mucho gusto… por conocerlos a los dos y… les deseo que sean felices en su futuro matrimonio —concluyó Talamantes sintiéndose fuera del círculo con la presencia del elegante prometido.
Atrás de ellos reía en su interior Villasana, quien se había dado cuenta de todo lo acaecido y guardaba sus comentarios para, al rato, discutirlos con su pupilo con dos frescas cervezas del indio7.
Después de las felicitaciones se procedió a una pequeña comida campirana en el mismo aeródromo, organizada para deleitar a todos los invitados que habían asistido al evento. La mayoría de ellos se preocupó más por felicitar y barbear a los dos generales que fulguraban como dos estrellas después del triunfo del golpe de estado del feroz Huerta. Félix Díaz era el actual candidato a la presidencia de México y Mondragón y Blanquet controlarían el ejército porfirista, fiel al futuro presidente.
El día 21 de abril de 1913 los socios del aristocrático centro de reunión Jockey Club organizaron un fastuoso banquete en honor de los héroes de la Ciudadela, generales Félix Díaz y Manuel Mondragón. El salón estaba elegantemente decorado y no había ni una sola silla libre para alguien que no tuviera invitación.
Todos los invitados venían vestidos de rigurosa etiqueta, mostrando, los más opulentos, trajes de miles de dólares importados de Francia y Estados Unidos. En las paredes del salón se podían ver banderolas especialmente bordadas con leyendas como: «Viva Félix Díaz o Manuel Mondragón» o «Félix Díaz para presidente».
Eran los días en los que todavía se dejaba sentir la presencia y el poder de los generales de la Ciudadela, en comparación con la apenas resurgente figura de Victoriano Huerta como presidente interino de la República mexicana, aún eclipsado por la resplandeciente luz de las luminarias de la decena trágica.
—Mi general Díaz, es un honor el tenerlo aquí entre nosotros —dijo lambisconamente Francisco León de la Barra, buscando de nuevo meterse a la grande como vicepresidente al lado de Félix Díaz.
—Gracias, Pancho. La verdad no me esperaba un homenaje tan chingón por parte de todos estos catrines. Aquí se encuentra reunida la gente más opulenta del México de mi tío.
—Y todos buscan volver al México de tu tío con tu próxima embestidura —contestó De la Barra chocando su finísima copa de Baccarat de cristal cortado.
El oportunismo del licenciado León de la Barra había quedado más que probado al haber sucedido a Porfirio Díaz en el gobierno interino y al haberle hecho la vida difícil durante más de seis meses al difunto presidente Madero. No satisfecho con ello, ahora quería pelear por la vicepresidencia junto con el mejor candidato del momento, el general Félix Díaz.
Los generales Manuel Mondragón y Félix Díaz acapararon a los fotógrafos, hasta que por la puerta principal aparecieron el presidente interino general Victoriano Huerta y el general Aureliano Blanquet.
Los lambiscones e interesados tuvieron que dividirse, apostando por su futuro al cargar todos sus intereses en quien pensaban sería el siguiente presidente de México.
—Esos pendejos de Manuel y Félix creen que serán los siguientes súper chingones de México, Aureliano, pero no saben que les queda muy poquito para que los mande directito a la chingada —le dijo Victoriano a Blanquet, su esbirro de confianza, mientras se acomodaba la sofocante corbata que amenazaba con estrangularlo.
—Muchos creen que Fél
