PRÓLOGO
Nadie advirtió la presencia del coronel en las áreas verdes del campus universitario. Ese día de primavera todo el mundo andaba ocupado, y los estudiantes, con prisa por entrar a clase, iban absortos en sus teléfonos. De todos modos, la misión del coronel era pasar desapercibido. Con un físico común y corriente y una vestimenta poco llamativa, había saltado en paracaídas hacia miles de objetivos, desde arrecifes tropicales en el Pacífico a palacios persas de concreto y callejones donde, a la luz de la luna, silbaban las balas. Fuera donde fuera, se desvanecía.
Era marzo de 2021. El coronel andaba por la estatal de Ohio, una universidad pública que se extendía como un laberinto de ladrillos, ladrillos y más ladrillos… y algo de cristal, para investigar un rumor. Durante los 20 años de carrera del coronel en el ejército estadounidense, había investigado rumores sobre espías psíquicos, cámaras para fotografiar el aura y vehículos que volaban más rápido que la luz. Pero hacía tiempo que no sondeaba un relato tan inverosímil como este. Al parecer, en un laboratorio de ideas de la universidad de ese estado habían descubierto una parte perdida del cerebro que impulsó la genialidad de Steve Jobs. Y de Maya Angelou. Y de Nikola Tesla. Y de Vincent van Gogh.
Tras algunas indagaciones informales, el coronel, para su sorpresa, descubrió que el laboratorio de ideas existía. Ocupaba el último piso de lo que una vez fueron las oficinas administrativas de la universidad, un edificio destartalado con un calentador roto que funcionaba a toda su potencia en verano. El laboratorio de ideas no estaba cerrado por ninguna cerradura, y ni siquiera había un cartel que avisara de su entrada. No era más que un pasillo adormecido de oficinas anodinas. Aun así, a pesar de la apariencia anónima del laboratorio de ideas, tenía un nombre. Uno poco convencional, a juzgar por el coronel. Se llamaba Project Narrative.
El Project Narrative no aparecía en ninguna base de datos del ejército. Pero era famoso a su manera, reconocido en los círculos académicos por su trabajo pionero con médicos, astronautas y poetas. Y cuando el coronel, hábilmente, se hizo amigo de uno de sus investigadores (un varón en la cuarentena, con lentes de montura negra y doctorado de Stanford) se enteró de que había algo de verdad en el inverosímil relato sobre las actividades del laboratorio de ideas. O, al menos, eso era lo que el investigador afirmaba.
El investigador se presentó como el Dr. Mike Benveniste, analista en jefe del laboratorio del académico Angus Fletcher. Sus discursos eran enormes parrafadas, densos y técnicos, como si estuviera armando una enciclopedia de forma espontánea. Afirmaba que el laboratorio de Fletcher había detectado una capacidad cerebral primordial que impulsaba la intuición, la imaginación, el sentido común y una forma de emoción sabia. Esta capacidad cerebral se descuidaba en las escuelas modernas. Y era imposible para la inteligencia artificial (ia) de las computadoras. Sin embargo, era la clave de los dones mentales de Jobs, Angelou, Tesla, Van Gogh… y también de Marie Curie, Abraham Lincoln, Wayne Gretzky, William Shakespeare… La lista continuaba.
El coronel tenía sus dudas. Esa también era su misión: dudar de todo. Pero su escepticismo iba más allá de una formalidad profesional. Podía creer que a las escuelas modernas les faltara algo. Incluso podía creer en una ciencia de la intuición. Sin embargo… ¿una fuerza superior a la inteligencia artificial? La idea le pareció descabellada… y peligrosa. El coronel era todo un experto en computadoras, y dominaba los sistemas de supercomputación con núcleos múltiples que ejecutaban mil billones de cálculos por segundo. Y aunque sabía que la ia tenía sus límites —le vino a la mente la demostración del problema de la detención de Alan Turing—, había aprendido a no subestimarla nunca.
El coronel preguntó amablemente cuál era ese poder que acechaba en remotas regiones del cerebro humano, pero no tenía cabida en las computadoras de la era espacial. El investigador respondió en términos neurocientíficos: transmisión sináptica… cognición narrativa. Resumiendo, dijo:
—Nosotros le decimos inteligencia primitiva.
La inteligencia primitiva solo era una teoría. Nunca se había puesto a prueba en un contexto distinto al del Project Narrative. Era demasiado nueva… y demasiado atípica. Sin embargo, tras rebuscar en gruesas pilas de documentos de laboratorio, el coronel tuvo que admitirlo: la teoría era inesperadamente convincente. Era cuestión de sentido común. Y coincidía con su propia intuición. Claro que eso no demostraba nada. Pero la intuición del coronel lo había mantenido con vida en cientos de misiones bélicas, vertiginosas y a pecho descubierto. Así que, tras deliberarlo mucho, tomó una decisión.
Sometería a la inteligencia primitiva a un ensayo independiente. Sería arriesgado… bastante. El coronel no quería pasar a la historia junto a Jim Channon, un oficial la Escuela de Guerra de Estados Unidos que, en 1982, había escrito The First Earth Battalion, un manual de estilo new age que daba instrucciones a los soldados estadounidenses sobre cómo alterar el tiempo con sus sueños. Para sondear lo increíble y, al mismo tiempo, evitar la debacle, el ensayo sobre la inteligencia primitiva tendría que ser dirigido por personas con una gran imaginación, pero sin ningún tipo de tolerancia a las estupideces. No era fácil encontrar a ese tipo de gente, pero el ejército disponía de una vía para fabricarlos. La del cuerpo de operaciones especiales estadounidenses.
El coronel conocía bien esa vía. Él había salido de ella. Y también de ahí habían salido los gps portátiles, las gasas hemostáticas y otros dispositivos futuros demasiado secretos para ponerlos a disposición del público general. Estas iniciativas habían tenido éxito no solo gracias a la voluntad del departamento de operaciones especiales de enfrentarse a grandes retos, sino porque los operadores habían desarrollado una tolerancia cero a la “felicidad ilusoria” en trabajos difíciles en lugares aún más complicados. La felicidad ilusoria eran buenas ideas que se hacían añicos al entrar en contacto con la realidad. La felicidad ilusoria era el misticismo de marihuanos y de la filosofía universitaria. La felicidad ilusoria era un lujo de la retaguardia y una catástrofe para la primera línea.
¿Acaso las fuerzas de operaciones especiales rechazarían la inteligencia primitiva por ser un tipo de felicidad ilusoria? El coronel hizo una llamada para descubrirlo. Un rato después, tenía una respuesta: en el cuerpo de élite le darían una oportunidad a la inteligencia primitiva. Al igual que los integrantes del laboratorio de ideas de la estatal de Ohio, creían en la intuición y el sentido común. ¿Qué tal si la inteligencia primitiva les podía ofrecer más? Bien, probarían lo que fuera… una vez.
En un lugar clandestino fabricado con rocas y vigas de bronce, protegido por diversos inhibidores satelitales y cañones Vulcan dirigidos por radar, el departamento de operaciones especiales de Estados Unidos dominó la teoría del laboratorio de Fletcher. Con la asesoría del coronel, la convirtieron en una formación práctica. Después, probaron esta formación en las unidades más prestigiosas del ejército, con nombres secretos y misiones clasificadas.
La formación funcionó. Los operadores veían el futuro con mayor rapidez. Se curaban más rápido del trauma. Se enfrentaban a situaciones de vida o muerte, tomaban decisiones más sabias. En 2023, el ejército concedió una medalla al laboratorio de Fletcher por su “investigación innovadora”, reconociendo así formalmente la existencia de la inteligencia primitiva.
Este libro narra la historia de la formación que crearon en Project Narrative y operaciones espaciales del ejército. La formación es simple, no fácil. No es ningún truco de optimización ni un código para hacer trampa. Es una manera distinta de usar el cerebro.
Activará la intuición, la imaginación, la emoción y el sentido común, y despertará los mismos talentos de Van Gogh, Tesla, Angelou, Jobs y todos los demás. Para que puedas utilizar los conocimientos que habías olvidado que sabías. Tu naturaleza perdida. Tu inteligencia primitiva.
INTRODUCCIÓN

TU NATURALEZA PERDIDA
A principios del siglo xxi, en el departamento de operaciones especiales del ejército estadounidense vieron venir los problemas. Y no en el exterior, sino desde dentro: a los jóvenes reclutas de operaciones especiales no les estaba yendo nada bien en la toma de decisiones, en la planeación estratégica ni en el liderazgo. Los reclutas tenían un alto coeficiente intelectual, incluso puntuaban como superdotados. Eran los mejores en cuanto a ideas, análisis racional y otras métricas avanzadas. Sin embargo, su inteligencia flaqueaba en entornos dinámicos. En palabras de un observador: “Pueden resolver problemas matemáticos. Pero no problemas de la vida”.
Esto no era solo un problema para el ejército. También lo era para los reclutas. Los hacía proclives a la ira violenta, a las relaciones disfuncionales y a la adicción a las pastillas. Y lo que de verdad preocupaba al ejército era que la situación se estaba deteriorando: a los reclutas les iba peor en 2020 que en 2010 y que en 2000. Algo estaba perjudicando a las mentes de los jóvenes estadounidenses y, en busca de respuestas, el ejército se puso en contacto conmigo en marzo de 2021. Se habían enterado de que mi planteamiento para cultivar la inteligencia era distinto. Y me preguntaron cuál era mi consejo para sus reclutas.
Esta pregunta me dejó atónito. Nunca había hablado antes con nadie del ejército. Y no me interesaba ayudarles a fabricar asesinos. El combate ya era lo suficientemente mortal; lo sabía porque había conocido a sus sobrevivientes: bebés libios huérfanos por ataques aéreos; adolescentes de Bagdad amputados de sus cuatro extremidades por un destello en la carretera; mujeres afganas reconstruyendo los mercados de granos de pimienta arrasados por las mismas aeronaves de combate que habían carbonizado a sus hijos.
Sin embargo, por mucho que rechazara la guerra, la preocupación que mostraban en el ejército por las mentes jóvenes me impactó. En mis dos décadas como profesor universitario, he sido testigo de situaciones en las que a los estudiantes universitarios les iba mejor en los exámenes estandarizados que en las tareas del mundo real, en las que se encontraban con más dificultades. Presentaban una mayor rigidez ideológica, más ansiedad improductiva, más sumisión a la autoridad y más pensamiento ilusorio. Después de graduarse, los afortunados luchaban para establecerse en una carrera o regresaban obedientes para recibir más educación. Los desafortunados me escribían cartas desde su cama en un hospital psiquiátrico, o confesaban que sobrevivían a su trabajo de oficina añadiendo un poco de mdma a su botella de agua, o iban directos hacia la muerte en una excursión para encontrar la paz en los Andes.
Me di cuenta de que los jóvenes estudiantes estaban cayendo en la misma trampa. Mi hijo y mi hija iban a una escuela primaria pública del centro-norte de Estados Unidos. Cada mañana, mientras los veía atravesar juntos la puerta de la escuela, de un color azul brillante, pensaba en los 30 años de investigaciones que advierten que cada día que se pase en la escuela irá acompañado de un descenso en su independencia, adaptabilidad y resiliencia.
Pero mi deseo de revertir esos descensos no fue el único motivo por el que respondí al llamado del ejército. Tenía otro motivo, menos altruista; uno que se descubrió cuando en las fuerzas especiales me invitaron a un ejercicio de entrenamiento cerca de los boscosos humedales, hábitat del oso negro, en Dismal Swamp, en la costa de Carolina del Norte.
Llegué al pantano con tenis y un cronómetro, como un maestro de educación física de escuela, y tenía planeado registrar todo lo que viera. Al amanecer, me trasladaron en una camioneta blindada por un sendero sin señalizar y custodiado por nidos de francotiradores, y me llevaron ante un grupo de instructores de las fuerzas especiales que apestaban a algas y menta fresca. Con paso lento, me iban guiando por un sendero anegado hasta un pueblito iluminado por el sol y construido con contenedores marítimos oxidados… cuando, de pronto, estalló un proyectil de artillería con una violencia brutal e inesperada.
De inmediato, corrí hacia la explosión. Alarmado, uno de los instructores fue corriendo detrás de mí. Me agarró del brazo y gritó, por encima del estruendo de las municiones y el temblor de la tierra:
—¡Cuerpo a tierra! ¡Mete la cabeza en el lodo y tápate los oídos!
Después de que el estruendo y las descargas se calmaron, el instructor me miró con mórbida fascinación:
—Todos se estremecen cuando cae el primer proyectil. Se quedan helados o se echan para atrás. Pero tú no. Tú hiciste lo contrario. Apenas estalló el proyectil y ya estabas en la línea de fuego. Sin pensarlo. ¿Quién carajos te enseñó eso?
Nadie me había enseñado. Fue una reacción instintiva. Presionado por el instructor para que diera alguna explicación, conté la historia de Plinio el Viejo. Este romano, que nació dos décadas después de Cristo, durante la caída del Imperio romano en la locura, estaba poseído por un anhelo de saberlo todo, todo, todo: los orígenes de los soles, el jugo curativo de las raíces de la rosa canina, las bombas musculares de los corazones de los leopardos. Dedicó su vida a amasar todo el conocimiento del mundo y compiló una vasta serie de 37 libros que se conocen como Historia natural, que dejó de escribir solo porque en una agradable tarde otoñal del año 79, el monte Vesubio entró en erupción, llenando de fuego y rugidos el cielo del suroeste de Italia. Observando la vorágine atmosférica desde una acogedora terraza en su casa de verano de Nápoles, Plinio ni se inmutó, ni se paralizó ni retrocedió. Al contrario, poseído por un fervoroso interés, pues nunca había visto antes un volcán, brincó a un bote y remó directo hacia la lava. ¿Qué alcanzó a percibir en la luz del infierno? ¿Qué secretos del fuego aprendió? Nunca lo sabremos. Murió, vencido por los gases subterráneos, ligeramente sepultado por una capa de ceniza.
—Era de esos tipos que, cuando tenía curiosidad, no se aguantaba: tenía que lanzarse de cabeza —dice el instructor, con una sonrisa.
Exacto. Y yo también soy así. Ese fue el motivo por el que me lancé directo hacia la explosión en Dismal Swamp… y también por el que me decidí enseguida a trabajar con operaciones especiales. Como cualquier investigador con una teoría nueva y poco ortodoxa, había pasado la mayor parte de mi vida profesional aislado y con escaso financiamiento. Y ahora, el ejército estadounidense se estaba ofreciendo a hacer por mí lo que había hecho por Grace Hopper, la profesora de Vassar College que fue pionera de la programación en lenguaje natural en la década de 1940, cuando la marina le entregó una calculadora electromecánica de cinco toneladas —la Harvard Mark I— con el poder de dar vida a sus ideas inconformistas. Llevaba años queriendo poner a prueba mis propias intuiciones rebeldes. Me había desvelado en noches agotadoras, preguntándome si podía tener razón. Así que no estaba dispuesto a desairar a un colega investigador solo porque pensara de forma distinta. De hecho, justo eso lo volvía aún más interesante para mí.
Durante mis conversaciones con un tranquilo y emprendedor teniente coronel llamado Tom Gaines, combiné mi investigación académica con décadas de experiencia de las fuerzas de operaciones especiales en la construcción de escuelas no convencionales. Desarrollamos un nuevo método para entrenar al cerebro para actuar de forma inteligente frente a lo que en el ejército denominan volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad (vuca, por sus siglas en inglés). Y lo entregamos a una unidad clasificada de operaciones especiales del ejército, en una escuela tan encubierta que no existe en ningún mapa.
El experimento produjo beneficios considerables, ya que aumentó la planeación creativa y la iniciativa estratégica bajo la presión del tiempo. O, como se dijo en el ejército: los operadores se volvieron más inteligentes en vuca y más rápidos en situaciones de caos.
Tras ese éxito inicial, el ejército me otorgó acceso directo para observar a los operadores mientras practicaban para las misiones. Después de un año de investigación colaborativa, ofrecimos el entrenamiento a los boinas verdes, un grupo de especialistas dentro del ejército que actúan en situaciones bélicas poco convencionales. Recibió elogios de los instructores de mayor rango. Así que lo llevamos al Command and General Staff College, la escuela de especialización para oficiales del ejército en Leavenworth, Kansas, para un ensayo científico independiente con más de 150 oficiales superiores. Según las métricas del ejército, la formación mejoraba las puntuaciones de resolución creativa de problemas en casi una desviación estándar completa, pasándolas de normal a altas, de altas a superiores y de superiores a genios.
Después, adaptamos la formación al mundo civil. La ofrecimos a cirujanos, pilotos, ejecutivos, astronautas, emprendedores, inversionistas, equipos de ventas, trabajadores sociales, médicos, enfermeros, maestros, entrenadores, atletas profesionales y padres. La formación mejoró la toma de decisiones, la innovación, la comunicación y el liderazgo.
También llevamos la formación a las universidades. Comenzamos con el Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales de Reserva (rotc, por sus siglas en inglés), un programa de estudio del ejército adicional a los cursos universitarios regulares. Después de eso, lo presentamos ante los estudiantes universitarios, los grupos de alto rendimiento y los programas profesionales: maestrías en administración de empresas, en bellas artes, doctorados en medicina, en educación o en ingeniería. Los estudiantes mejoraron considerablemente cuando tenían que superar los retos del mundo real. Sobrellevaban mejor el cambio y la incertidumbre. Mostraban menos estrés e ira. Anticipaban oportunidades sin precedentes. Y enseñaban el camino a los demás.
Por último, con la ayuda de educadores de primaria y secundaria con mucha experiencia, hicimos lo que yo había soñado desde un principio: impartimos la formación a estudiantes de escuelas primarias públicas. Produjo mejoras considerables en niños de tan solo ocho años.
¿Qué era esta formación? ¿Por qué mi teoría era ta
