A squirrel has more freedom than a woman in Afghanistan.
MERYL STREEP, asamblea general de la ONU, 2024
Todas las mujeres poderosas asustan.
Pa’ achantar sabiduría nos dijisteis brujas,
que somos mu malas, que somos mu putas,
que mordimos la manzana, todo es nuestra culpa.
Y mira, cariño, tú no has visto maldad.
Tú no eres consciente de lo que va a pasar.
Si crees que somo malas ahora, va a ser de verdá.
Ahora vamo a ver si tiene para afrontar.
Y yo vine santa, pero igual me voy Satán.
Puedo endemoniarte solo con la mirá.
Si quieres probarme, te vas a quemar.
Diabla, sucia, sucia diabla.
LAPILI, Dirty Diabla, artista multidisciplinar
سرزمین من
بی آشیانه گشتم خانه به خانه گشتم
بی تو همیشه با غم شانه به شانه گشتم
عشق یگانه من از تو نشانه من
بی تو نمک ندارد شعر و ترانه من
سرزمین من خسته خسته از جفایی
سرزمین من بی سرود و بی صدایی
سرزمین من دردمند بی دوایی
سرزمین من
سرزمین من کی غم تو را سروده؟
سرزمین من کی ره تو را گشوده؟
سرزمین من کی به تو وفا نموده؟
سرزمین من
ماه و ستاره من راه دوباره من
در همه جا نمیشه بی تو گزاره من
گنج تو را ربودند از بهر عشرت خود
قلب تو را شکسته هر که به نوبت خود
سرزمین من خسته خسته از جفایی
سرزمین من بی سرود و بی صدایی
سرزمین من دردمند بی دوایی
سرزمین من
سرزمین من مثل چشم انتظاری
سرزمین من مثل دشت پر غباری
سرزمین من مثل قلب داغداری
سرزمین من.
MI TIERRA
Me quedé sin nido, de casa en casa errante.
Sin ti, siempre hombro con hombro con la tristeza andante.
Mi único amor, señal que me guía,
sin ti no tienen sabor mis versos ni mis melodías.
Mi tierra, cansada, cansada de injusticia,
mi tierra, sin canto y sin caricia,
mi tierra, doliente, sin remedio ni alivio,
¡mi tierra!
¿Quién ha cantado tus penas profundas?
¿Quién ha abierto tus caminos en la bruma?
¿Quién te ha sido fiel en esta fortuna?
¡Mi tierra!
Luna y estrellas mías, sendero de mi vida,
en ninguna parte puedo vivir sin tu salida.
Robaron tu tesoro para su propio placer,
rompieron tu corazón, cada uno a su vez.
Mi tierra, cansada, cansada de injusticia,
mi tierra, sin canto y sin caricia,
mi tierra, doliente, sin remedio ni alivio,
¡mi tierra!
Mi tierra, como unos ojos que esperan,
mi tierra, como llanuras cubiertas de arena,
mi tierra, como un corazón de penas,
¡mi tierra!
SIMIN HASSAN ZADEH (SIMIN GHAZAL),
poeta, escritora y figura cultural afgana
Prólogo
La búsqueda
MADRID, MAYO DE 2024
Despierto entre lágrimas, hiperventilando, asustada. No es algo extraño, me pasa casi todos los días desde hace tres años. Abro los ojos y todo está completamente oscuro. No sé quién soy ni dónde estoy. La sensación de pérdida es total, ¿qué es lo que busco?
Me levanto de la cama con dificultad y subo la persiana. La luz me tranquiliza. Ahí fuera, el mundo sigue su curso como si nada. Todo está bien. ¿Todo está bien? Mi psicólogo parece no tener respuestas. Hace unos días, mantenía con él la conversación de siempre:
—Me pesa mucho esta sensación de pérdida. Es como un puñetazo en la boca del estómago.
—¿Te has preguntado qué es lo que buscas?
—Aquí tengo seguridad y todo lo que quiero, pero una parte de mí está perdida. Disfruto de libertad y protección, pero parece un espejismo; como si mi verdadera vida, mi identidad, estuviera en Afganistán. Se quedó allí y no puedo rescatarla.
Contemplo mi cara en el espejo, intentando reconciliarme con este rostro hinchado, anegado en llanto. Algo desenfocado por las lágrimas, miro mi piso de Vallecas, el primero al que he podido acceder yo sola, como mujer independiente. Es la primera vez que tengo llaves propias, en mi país las mujeres no podemos tenerlas. Esto está bien. Pero extraño Kabul, a mis hijos, mi vida. No sé dónde están. Me los quitaron; y, por más que los busco, siento que no los voy a recuperar nunca. No quiero parecer desagradecida, pero hay algo que me corroe las entrañas. Como refugiada, no tengo identidad. Me pasaré la vida intentando cambiar este hecho y no lo lograré. Soy una refugiada. Esa condición es lo que me define.
Soy una mujer joven. Acabo de cumplir treinta y un años, pero, cuando despierto, me siento como una recién nacida o como una anciana terminal. Después de dejarlo todo atrás, después de años reaprendiendo e integrándome, sigo arrasada por la pérdida. Para sobrevivir, disocio; mi cuerpo no parece mi cuerpo, mi mente tampoco parece la mía, pero aún me queda alma. Cuando veo mi cara en el espejo, lo único que veo es trauma. Siempre es peor por las mañanas.
Regreso a mí y repaso mentalmente mis coordenadas: soy Khadija Amin. Afgana, de la etnia tajik. Periodista y activista. Feminista y musulmana. No tengo pareja y vivo de manera independiente por primera vez en mi vida. Tengo tres hijos, uno de nueve años, Omar, y dos mellizos de siete, Rezwan y Seawash. Tras mi divorcio, mientras intentaba labrarme un porvenir, su padre se quedó con ellos y nunca pude verlos bajo un régimen de visitas normal. Cuando los talibanes tomaron Kabul en 2021,[1] mi exmarido me engañó y se los llevó a un lugar que desconozco.
Ahora solo puedo hablar con ellos de forma esporádica. Hace tres años que no los abrazo. Tres años que no puedo arroparles en la cama ni darles un beso de buenas noches. En este momento, vuelve a mi mente la noche en que me los quitaron. La revivo como a cámara lenta. Después del divorcio, Omar vivía con su padre y los mellizos permanecían conmigo, pero yo no tenía medios para subsistir y no había nadie que quisiera ayudarme. Ni siquiera mi propia familia. Recuerdo qué oscuro estaba cuando se llevaron a los mellizos. Eran bebés de solo dos años. Me los arrancaron y me sentí amputada, mutilada. No conseguí dormir hasta por la mañana; me dolían los pechos, llenísimos porque aún los amamantaba. Pero más me dolía saber que los pequeños tendrían hambre. La parte de arriba del pijama se empapó con mi leche. Mis pechos estaban tensos, a reventar, al no encontrar las bocas que debían alimentar. Desde entonces, nada tiene sentido.
Me puse a estudiar Periodismo. Y acabé siendo presentadora de las noticias en el canal estatal afgano, RTA, Radio Television of Afghanistan.[2] Era muy conocida, la cara visible de un boletín diario, ¡hasta tenía fans! No fue fácil salir adelante, pero me encantaba mi profesión. Y aún me encanta.
Podría culpar a la sharía y a mi religión de todo lo que me ha sucedido, pero la realidad es mucho más complicada. En todo el Corán, no hay ni una sola frase que afirme que las mujeres son inferiores a los hombres o que les está prohibido estudiar ni trabajar. Antes de que los talibanes regresaran al Gobierno de Afganistán, en mi país las mujeres teníamos derechos. Otra cosa es que se respetaran. Esa es la verdad.
Por otro lado, aunque existían leyes que garantizaban los derechos de las mujeres, había mucha diferencia, en cuanto a su aplicación real, entre Kabul y las zonas más rurales, recónditas o de montaña. A las niñas les estaba permitido continuar estudiando después de los doce años, pero eran las familias las que tomaban esa decisión. Con el tiempo, las mujeres alcanzamos representación en el ámbito de la política y en los espacios públicos. No existían vetos a nuestra presencia ni prohibiciones. Ahora, las mujeres son solo ausencia y privación. Desesperación y silencio.
Todas ellas forman parte de mi trauma. Pienso continuamente en mi pasado, en mi vida, en mis hijos, en mi país, en las niñas que siguen allí, en las mujeres como yo, como nosotras, víctimas de todas las violencias posibles: matrimonios forzados, violaciones, tortura; ser esclavas, estar muertas en vida, tener menos derechos que un animal. Sé muy bien en qué situación están las mujeres en Afganistán. Y sufro. Y si conozco esa situación es porque yo también la viví. ¿Cómo puedo respirar tranquila aquí sabiendo lo que viven mis hermanas allí? Es imposible. Aunque yo tenga libertad, no puedo distanciarme de mis pensamientos.
En España soy una privilegiada. Trabajo como periodista en el Departamento de Nuevos Formatos de TBS, la productora audiovisual de Telefónica,[3] y colaboro con varios medios de comunicación entre los que destaco 20 Minutos. Integrarse, como ser humano, no es para nada gratificante y requiere un esfuerzo inmenso en todos los aspectos. Aquí hay juezas y diputadas afganas malviviendo y sin poder ejercer su profesión; deportistas de élite que quieren competir, pero que nunca podrán hacerlo con el orgullo de levantar su propia bandera.
Desde que salí de Afganistán no he dejado de defender los derechos de las mujeres y niñas afganas en todos los foros donde me han brindado la oportunidad. Al poco de llegar, cuando ni siquiera hablaba el idioma, empecé a contar mi historia y a denunciar las condiciones en las que viven la mitad de mis compatriotas bajo el régimen talibán. Conferencias, charlas, encuentros… Estoy agotada, pero no puedo parar de hacerlo. Aun así, a veces, parece que no he logrado nada. O tal vez sí. Participo en la directiva del Club de las 25, una asociación feminista, y en la de Reporteros sin Fronteras. También he creado una red internacional que presta ayuda a las mujeres afganas allá donde estén: en Afganistán, escondidas y torturadas; en Pakistán, refugiadas, esperando a poder escapar mientras sus vidas corren peligro; o en cualquier otro país en el que necesiten atención.
La prensa muestra interés, los periodistas me hacen las mismas preguntas regularmente y yo cuento mi propia historia y las de estas mujeres, en bucle. Una y otra vez. Todas las semanas doy conferencias y asisto a reuniones. Nada cambia.
Miro el reloj de mi iPhone 14 Pro Max. Las ocho menos cuarto. Tengo que activarme. Recuerdo cómo era estar con mis hijos por las mañanas. Pero el tacto de sus pieles, la suavidad de su cabello azabache, su perfume de niños están ya casi borrados de mis neuronas. Esto me mata. El dolor me paraliza. Tras hablar con un abogado catalán, tengo esperanzas de llegar a recuperarlos. El amor es motor.
Leo en los medios que dos turistas españolas han sido asesinadas en Afganistán. ISIS reivindica el atentado. Al parecer, viajaban con un grupo de una agencia de viajes. Existen turoperadores que realizan este tipo de viajes a Afganistán, donde cada año aumenta el número de visitantes y el tráfico aéreo. ¿Acaso se han creado viajes organizados a Ucrania o a Gaza? No. Todavía.
Sigo con esa sensación de pérdida que tengo a menudo por la mañana cuando me levanto. En duermevela y entre tinieblas, empiezo a buscar y a mirar. ¿Qué estoy buscando? No lo sé. Quisiera escapar de esto, pero es una realidad que me acompañará para siempre. Lo único que puedo hacer es seguir luchando para conseguir que mis hijos vuelvan conmigo. También por las mujeres y niñas afganas, que son como yo misma.
Mi mente y mi cuerpo necesitan tratamiento crónico. El psiquiatra me ha ajustado la medicación, otra vez: tranquilizantes, ansiolíticos, antidepresivos… Tengo muchos altibajos emocionales. De pronto, ¡quiero ser la primera presidenta de Afganistán! ¿Son compatibles fortaleza y fragilidad? El nuevo cóctel surte efecto y tengo la fuerza necesaria para ponerme los tacones e ir a trabajar. Nada me importa mucho, estoy animada. He superado tres intentos de suicidio, pero, hoy, salir a la calle es mi mayor conquista.
Introducción
Yo soy Mónica Nion, la otra autora, y esta no es mi biografía. Me paso por aquí para compartir con vosotros algunas coordenadas de contexto ante la lectura de la apasionante existencia de Khadija Amin, Mary (así es como la llamo yo). Esto ha sido para mí un viaje de aprendizaje, y creo que también lo será para vosotros. Y en una doble vertiente: la del conocimiento de la persona detrás del símbolo Khadija Amin y, con todo lo que me ha contado la protagonista del libro y lo que nos hemos documentado, la de la historia reciente de Afganistán. Pero lo primero que va a provocar este texto es la desintegración de vuestros prejuicios. Ya, ya sé… Vosotros, como yo, pensáis que no tenéis ideas preconcebidas. Error.
Todavía recuerdo el día en que conocí a Mary en TBS. Fue en junio de 2023. Como sabía que era musulmana, al saludarla, le dije:
—¿Te puedo dar dos besos?
¿En qué estaría pensando? Debo reconocer que es mi primera y única amiga y compañera de trabajo afgana y musulmana. Yo no sabía bien cómo ser respetuosa y natural a la vez. Ahora lo veo con perspectiva y me siento tonta. Cargaba con una mezcla de estereotipos culturales, inconscientes o no, de falta de exposición y de generalizaciones varias.
Lo primero que pensé fue que era muy tradicional o conservadora, porque es musulmana. Asumí que era anticuada y que se oponía a los valores modernos (como, por ejemplo, la igualdad de género en el ámbito laboral). También di por hecho que su religión la oprimía, uno de los prejuicios más arraigados en general. Consideraba que una mujer musulmana lo era por imposición y sumisión; no sabía que para muchas es una elección personal o un acto de fe o de identidad cultural y que por eso se ponen el velo… o no.
Supuse que, tal vez no sería capaz de relacionarse con normalidad, que no querría participar en eventos sociales de trabajo por las prohibiciones religiosas relacionadas con el alcohol, el cerdo, etc. Pensaba que sería tímida, callada o sumisa. Tenía prejuicios sobre su personalidad, una idea preconcebida negativa basada en la identidad religiosa, y no esperaba de ella que fuera una persona divertida, comunicativa o con carácter fuerte.
Por supuesto, creía que no compartiría mis valores feministas. Asumía un conflicto ideológico antes de conocerla. Creer que por ser musulmana no lucharía por sus derechos o no comprendería la lucha fue otro error. Recuerdo pensar también que tendríamos pocos temas de conversación…, y quizá este fue el más desacertado de mis pensamientos, pues podría haber creado entre nosotras una barrera social anticipada al pensar que no compartía con ella ningún interés debido a las diferencias culturales.
Tras entonar un mea culpa interno y ver que estaba completamente confundida, ¡en todo!, en mi defensa, debo decir que tracé un plan de acción, natural, y entre nosotras se estableció una bonita relación de amistad en pocos días. La conocí profundamente como persona, no como representante de una religión o cultura, sino valorando sus gustos, sus aspiraciones y su personalidad. Le hice (y le sigo haciendo) preguntas respetuosas sobre sus prácticas y sus costumbres. También la incluí en los planes sociales como comidas y afterworks. Evité hacer suposiciones sobre ella y su familia; y la animé (y animo) profesionalmente, destacando sus habilidades y méritos. ¿El resultado? Empatía y curiosidad sin prejuicios.
Tras hablar con Mary, tantas y tantas veces, os puedo hacer una hoja de ruta de los hitos de la historia reciente de su país. ¿Cómo era la vida en Afganistán hace cien años? ¿Era mejor o peor que ahora?
La situación de hace un siglo seguro que no os la imagináis. Una constitución progresista e igualitaria vio la luz de la mano del rey Amanulá Khan y la reina Soraya en 1923. Ellos querían garantizar los derechos de las mujeres y, entre 1919 y 1929, se abrieron colegios mixtos, se aumentó la edad requerida de las mujeres para su casamiento y se prohibieron los matrimonios forzados y las normas de vestimenta para nosotras. También se reconoció de forma teórica el derecho al voto de las mujeres en 1919, aunque nunca llegó a ejercerse. La figura de la reina Soraya es una figura rompedora dentro de la historia de Afganistán; todavía hoy es fuente de inspiración para muchas personas, y sin duda lo es para Mary.[1]
Mohammad Nadir Shah se proclamó rey en 1929, y todo empeoró: las escuelas a las que podían acudir niñas se cerraron, las mujeres debían llevar velo… ¡Menos mal que esta época no duró mucho!
Después del asesinato de Nadir Shah vienen cuarenta años de bonanza para las mujeres, por así decirlo. En 1933, ocupó el trono su hijo, Mohammad Zahir Shah, hasta 1973. Durante su reinado, el último periodo monárquico y estable de verdad en Afganistán, las niñas volvieron a las escuelas, se creó una nueva universidad y en la Constitución de 1964 se otorgó de forma explícita, nada más y nada menos, el derecho al voto de las mujeres, que por fin pudo ejercerse. ¡Grandes progresos para toda la sociedad afgana!
En los setenta, se instauró la República de Afganistán, cuando Zahir Shah fue derrocado por su primo, Mohammed Daoud Khan, en 1973. Durante esos años, el sistema político contaba con las mujeres. Empezaron a verse en el Parlamento y en las universidades. La situación mejoró todavía más cuando llegó al Gobierno el Partido Democrático Popular de Afganistán tras la revolución de abril de 1978; y también, más tarde, tras la invasión soviética en 1979.
Cuando la madre de Mary, Farida, iba al colegio, su clase era mixta y no era obligatorio llevar velo; en las fotos de la época, no lo llevaba. Las mujeres usaban minifalda, medias, maquillaje, llevaban ropa de colores… Sin ningún problema. Eran los años ochenta. Las mujeres podían entrar y salir solas, ir al cine, fumar…, aunque su madre no lo hacía. En la boda de sus padres, los hombres y las mujeres compartieron el mismo espacio, y todos bailaron y celebraron juntos, sin obstáculos. En aquel entonces, las niñas podían soñar con ser lo que quisieran de mayores. Había mujeres periodistas en la televisión, cantantes, actrices, doctoras. El país era musulmán, como ahora, y las mujeres tenían creencias religiosas profundas, pero eso no impedía su desarrollo como ciudadanas plenas. Digo esto para que veáis que la situación actual de las mujeres afganas no tiene nada que ver con que la sociedad sea musulmana. Las mujeres y niñas musulmanas han tenido libertad en muchos momentos de la historia de Afganistán.
Luego estaban los muyahidines. ¿Quiénes son? ¿Qué pintan en todo esto?
Mucha gente se lía al tratar de identificarlos. A ver si consigo contarlo de forma clara. Los muyahidines son como tropas de combatientes islámicos, grupos de guerrilleros de diferentes tribus y etnias que lucharon durante la invasión soviética de Afganistán, entre 1979 y 1989. Tras la retirada de la Unión Soviética, estalló una guerra civil entre ellos. De ese conflicto interno, surgió el crecimiento de los talibanes en los noventa. Por eso, en 1996, todo el progreso femenino se perdió. Igual que ahora.[2]
Ese primer periodo talibán fue una época muy dura y represiva. Los talibanes impusieron su interpretación de la sharía (la ley islámica) y comenzaron las restricciones, cómo no, para las mujeres. Se les prohibió trabajar, estudiar e incluso salir de casa sin un acompañante masculino, y siempre usando burka. Se las castigaba con lapidaciones, amputaciones y ejecuciones públicas por adulterio o por robo. Se eliminaron la música, el cine, la televisión… Se supone también que los talibanes ayudaron a esconderse, o escondieron, yo no lo sé, a Osama Bin Laden y a los terroristas de Al-Qaeda, lo que causó el enfrentamiento con Occidente que todos conocemos. Al final, la Alianza del Norte y las fuerzas internacionales los vencieron en diciembre de 2001.
Estados Unidos se mete en todo este fregado tras el sangriento y mediático 11 de septiembre de 2001. Junto con sus aliados, invadieron Afganistán sin pensárselo mucho y expulsaron a los talibanes. La comunidad internacional acabó apoyando un Gobierno que se mantuvo de 2004 a 2021. Ese fue el régimen de la República Islámica de Afganistán, que tenía a Hamid Karzai como presidente. Todo parecía irradiar cierta esperanza…, pero la corrupción y el resurgimiento de los talibanes impidieron, una vez más, el progreso. Parece que es imposible que en Afganistán vayan las cosas bien, aunque todo lo organice la comunidad internacional.
Y ahora viene la guinda del pastel. Todo se precipitó en 2020, cuando Estados Unidos firmó un acuerdo con los talibanes para retirar las tropas que aún tenía
