
Prólogo
Kian
Diara parece a punto de iniciar una pelea. No me importaría si no me estuviese aplastando las costillas cada vez que se inclina hacia delante para amenazar a alguien.
¿Pero por qué tiene que ser tan bruta?
Su melenita rubia se balancea con violencia cada vez que le dice algo a... A Dante. Está discutiendo con él.
—Eh, estás despierto... —murmuro. La voz me sale ronca.
—Mira quién habla —responde él.
Todo me suena como si tuviera la cabeza bajo el agua. La muevo un poco para intentar despejarme.
Dante va con una camisa de manga larga. Tiene el pelo castaño y bastante largo, le llega por los hombros, y lo lleva suelto y un poco despeinado. Su piel, que siempre ha sido muy morena, parece ahora más pálida. Se le ven los párpados enrojecidos, ojeras oscuras bajo los ojos grises y claros, y muestra una expresión cansada.
Cuando partimos a la misión él estaba todavía debatiéndose entre la vida y la muerte. Me alegra ver que lo ha superado, pero... ¿cuánto tiempo ha pasado?
—¿Cómo estás? —pregunto.
—Mejor que tú —contesta—. Tienes que dejar de imitarme, ¿de acuerdo? Esto ya es pasarse.
Poco a poco, a medida que la bruma de la inconsciencia va desapareciendo, empiezo a recordar cosas: la quimera de clase superior que nos atacó, Annie tomándose una segunda gragea que debería haberla matado, ella sacrificándose para que la quimera la mordiera y se envenenara...
—¿Cuánto tiempo...?
—¿Llevas inconsciente? —termina Diara por mí, tan impaciente como siempre—. Bastante.
Recuerdo que nos salvamos de aquella quimera de milagro, que huyó y luego... luego recuerdo por qué.
—Galial —murmuro, sin poder contenerme—. Ha vuelto. Galial está...
—Lo sabemos, chaval —me dice Dante. Creo que se inclina para revolverme el pelo, pero ese simple gesto le arranca una mueca de dolor y se echa atrás en el asiento—. Annie nos lo contó cuando volvisteis y los diarios no hablan de otra cosa.
Recuerdo a la quimera de clase S, a la Invicta que llevaba quinientos años dormida. Si cierro los ojos aún puedo verla delante de nosotros, grande como una montaña, terrible y letal, con las fauces abiertas y un extraño vapor rosa arremolinándose alrededor de ella antes de echarnos su aliento helado.
—Toma, bebe un poco. —Es una voz que me resulta familiar. Casandra me tiende un vaso con agua. Lleva una túnica roja del mismo color que su pelo largo y ondulado—. Los dos tenéis que dejar de darnos sustos.
Le dedica una mirada a su compañero. Casandra y él tienen la misma edad, ambos están cerca de la treintena, pero ahora él, con ese color ceniciento y esas ojeras, parece más mayor.
—Eres uno de los pocos mataquimeras que ha visto a una Invicta y ha sobrevivido para contarlo —comenta Diara—. Annie ya nos ha contado que pasó de largo, pero tienes que darme detalles. ¿Cómo de grande era? ¿Es cierto que es un dragón sin alas? ¿Da tanto miedo como cuentan las historias?
—Más —contesto con sinceridad.
Me quedo callado mientras recuerdo el resto. No puedo decirle la verdad, no puedo contarles que, en realidad, Galial decidió no destruirnos porque Destructor, la encantadora mascota de Annie, decidió tener una especie de conversación primitiva y extrañamente racional con él.
Por todos los dioses... También me acuerdo del aspecto que adoptó Destructor: las patazas enormes, los cuernos, los colmillos largos como mi brazo y esas alas emplumadas...
Siento que me mareo.
—¿Y bien? —insiste Diara.
—Está cansado —la regaña Casandra—. Dale un respiro... ¿Verdad, Annie? Los dos habéis pasado por mucho. Tú también deberías descansar.
Como si alguien retirara el telón de un escenario, de pronto reparo en la cuarta presencia de la habitación. No la había visto porque se mantenía recostada contra una esquina, con los brazos cruzados y una expresión grave.
Cuando la veo y me devuelve la mirada, recuerdo el resto... Lo recuerdo todo.
Esta no es la primera vez que despierto después del envenenamiento.
No. No lo es.
Recuerdo nuestra conversación. Recuerdo haber hablado sobre la posibilidad de que Destructor fuera una quimera de clase A, y también sobre el hecho de que el gremio se presentará a los Juegos Quiméricos de este año...
Y luego...
Annie está seria, más seria de lo que la he visto nunca. Viste una túnica azul y lleva el pelo castaño y rebelde suelto sobre los hombros. Sus ojos azules me contemplan de una forma curiosa, una mezcla de desconcierto y preocupación y quizá también algo de nerviosismo.
—Oh, por Rilia y por Galial —dice de pronto la voz estrangulada de Casandra, muy agitada—. Bebe más agua. Te estás poniendo rojísimo.
La cabeza me da vueltas.
Y yo no puedo dejar de mirar a Annie.
—¿Llamo a Brita? —pregunta Diara, poniéndose en pie de golpe.
—Sí, llámala —responde Casandra.
—¡No! ¡No! —las detengo, muerto de vergüenza—. ¡Estoy bien! —aseguro.
Pero no lo estoy.
¿Cómo lo voy a estar si acabo de recordar que besé a mi compañera?

1
Annie
—Cuando me han avisado de que estabas aquí les he dicho que se equivocaban.
Markus me observa desde detrás de su escritorio. Tiene las manos cruzadas frente a él y la expresión serena que lo caracteriza. El sol de la mañana entra por el gran ventanal que tiene a su espalda. A través de él, los árboles que han perdido las hojas en invierno aparecen junto a los que resisten a pesar del frío y se mecen bajo el viento suave de Dalia.
—No te preocupes, seré breve. Sé que estás ocupado.
Me tiro un poco del borde de la túnica y él sigue la dirección de mi mirada, sin duda consciente de lo insegura que me siento.
—En absoluto —responde para mi sorpresa—. ¿Qué se te ofrece, Annie? ¿Has valorado mi propuesta?
Hay un deje amable en su voz a pesar de su aspecto severo.
Tomo aire con fuerza.
—Lo siento, pero no voy a abandonar el Lilium. Tengo amigos ahí, gente a la que no puedo defraudar porque... es mi hogar. No voy a dejarlos tirados ahora.
Markus me ofreció un puesto en el Rosmarina, el mejor gremio de Dalia. Lo hizo después de haber sobornado a todos los gremios para que no me contrataran en ninguno; a todos menos al Lilium. A ellos no pudo convencerlos.
No veo la sorpresa que esperaba en sus ojos. En lugar de eso, algo distinto se vislumbra en sus iris oscuros; algo que no identifico.
—La lealtad es una virtud honorable que a menudo está reñida con el sentido común.
Frunzo los labios.
—Es la decisión que he tomado.
Markus extiende una mano y, entonces, lo entiendo.
Junto con la propuesta, me dio una gragea carísima, una que concedía tres poderes. Fue una ofrenda de paz y yo me la comí para luchar contra la quimera de la bestia del rubí.
Me pongo más nerviosa.
—Oh..., ya. La gragea... No la tengo.
Arquea una ceja.
—¿No la tienes?
—No quería, pero... tuve que usarla —me excuso—. ¡Te devolveré su valor! Pero necesito tiempo. Todo lo que he ganado con las misiones es ahora para el gremio.
Esa ceja oscura se levanta aún más y, por primera vez, veo cómo la habitual serenidad de su rostro se ve turbada.
—¿El Lilium se queda con tus ganancias?
—¡No! No es eso. Estamos en números rojos. No hemos conseguido recaudar el importe para pagar el emblema y la oficialidad, así que... no puedo devolvértelo ahora. Lo siento.
Markus me contempla un rato. Ni un comentario, ni un solo movimiento.
Al final, sin decir nada, asiente.
—¿Puedo ayudarte en algo más?
Me quedo con la boca abierta. ¿Es que no va a enfadarse? ¿No va a decirme lo decepcionado que está? ¿No va a intentar amenazarme con retenerme o llamar a la policía o algo así?...
—¿Annie? —insiste, sin alterar en nada su tono tranquilo y apacible.
—Oh, no. No hay nada más...
—Bien. Entonces, supongo que nos veremos cuando recaudes el importe.
No sé ni qué decir. No esperaba esta normalidad, esta tranquilidad casi... amable.
—Sí —contesto al final—. Nos... nos vemos.
—Hasta pronto, Annie.
Me doy prisa por salir antes de que cambie de idea.
Destructor se une a mí en el paseo de vuelta al gremio.
Esta mañana, cuando Kian ha despertado de nuevo y me ha mirado de esa forma he tenido que marcharme de la habitación... y he acabado viniendo a hablar con Markus.
Una cosa menos.
Ahora solo queda el asunto del beso.
Entre los árboles del camino aparece el gremio. Asoman torreones de piedra un poco torcidos, hiedra verde oscuro que trepa por la fachada y sobre la puerta siempre abierta se ve el emblema del Lilium: el dragón y los lirios.
Este es mi hogar ahora, y lo es con todas las consecuencias, consigamos pagar la oficialidad o no.
Nuestra única oportunidad es ganar los Juegos Quiméricos. Si lo conseguimos y la reina nos otorga el premio de los cincuenta millones de bocadragones y las grageas poderosas, podremos abonar lo que nos falta antes del 7 de enero. De lo contrario, el gremio pasará a ser ilegal y, entonces, no sé qué será de nosotros.
No podemos dejar que eso suceda.
Cuando entro, varios mataquimeras están reunidos en torno a una de las mesas del vestíbulo. Hojean un diario que habla de Galial. En portada, aparece un grabado que no le hace justicia: el de verdad da mucho más miedo.
Tasso me saluda al pasar, pero no me quedo. Sigo el barullo hasta una de las salas de entrenamiento. Allí, varios de mis compañeros están reunidos en torno a una pelea a tres bandas.
Reconozco a Casandra, que se mueve desarmada y con gracilidad, ejecutando fintas mientras Omari trata de alcanzarla.
Un hombre al que no había visto hasta ahora se encarga de ponérselo difícil. Es joven, de su edad; más alto que ella, pero no tanto como Omari. Tampoco está tan fuerte, pero sí tiene un cuerpo entrenado y atlético.
Entre el público, veo al maestro Mael observando con gravedad. Un poco más allá, diviso a Diara y a Kian, y el corazón empieza a latirme con fuerza cuando me doy cuenta de que voy a tener que enfrentarme a la realidad. Servimos bajo el mismo gremio, por no hablar de que somos compañeros... No voy a poder escaparme constantemente, ¿no?
Tomo aire mientras lo miro y me pregunto cómo acercarme a él, qué debería decirle. Después del beso de ayer he pasado la noche entera en vela sin una respuesta, así que no es de extrañar que siga sin saberlo cuando Diara se da cuenta de que estoy mirando y me llama para que me acerque.
En cuanto Kian me ve está a punto de dar un salto. Se tensa, se gira con torpeza y en el camino empuja a Diara, que protesta sonoramente y tira al suelo un muñeco de entrenamiento que cae con gran estrépito.
—Perdón, perdón... —se disculpa, cuando otros lo miran con disgusto.
Me aclaro la garganta. Al menos, no soy la única que se siente incómoda.
—¿Cómo te encuentras? —le pregunto.
—Estoy bien. Me duelen un poco las piernas, pero en general me noto fuerte. ¿Tú estás... del todo recuperada? —Me echa un vistazo rápido y su expresión se vuelve sombría—. No pareces herida, pero aquella quimera sí te hizo daño.
Tiene razón. Yo también estaba mal cuando llegué al gremio, pero Mael se aseguró de que tuviera los mejores cuidados médicos.
—Las grageas sanadoras que me dieron hicieron efecto enseguida —respondo—. Así que estoy perfecta. Me alegra que tú también.
—¿Perfecto? —inquiere Diara, sin apartar los ojos de la pelea ni un minuto—. Se ha tropezado cuando no estabas. Varias veces.
—¡Tú también te habrías tropezado al levantarte si hubieras pasado días enteros en la cama!
Alguien vuelve a mandar callar a Kian, que debe disculparse antes de encogerse un poco.
—¿Qué está ocurriendo? —pregunto en voz muy baja.
—Dante ha traído a alguien para que sea el compañero de Casandra en los Juegos Quiméricos: Enzo —explica Diara, concentrada—. Están probando cómo es su complicidad combatiendo con ella.
Me giro de nuevo hacia él.
—¿De verdad?
—Ha perdido la maldita cabeza —responde Kian, que a pesar de tener las mejillas encendidas parece enfurruñado—. No pertenece al Lilium. Es del Aster.
—Pero es bueno... —añade Diara, que mira con emoción la forma en la que los tres mataquimeras se mueven—. Y hace mejor equipo con Casandra que Omari.
Es cierto.
Desde que el maestro dio la noticia de que el Lilium participaría en los Juegos se han barajado diferentes posibilidades.
Casandra es la mejor sin contar con Dante, que aún es incapaz de luchar, pero ella sola no tendría tantas oportunidades. Se pensó en Omari, pero él mismo se descartó. Es buen mataquimeras, pero no es muy versátil, porque su especialidad es la lucha cuerpo a cuerpo y por alguna razón no hay química de batalla entre los dos cuando deben formar equipo.
Y, además de ellos tres, no hay nadie en el gremio lo suficientemente bueno como para presentar batalla.
—¿Y este mataquimeras tiene nivel? —pregunto.
—Es el excompañero de Dante —rezonga Kian, que tiene los brazos cruzados—. Por eso su forma de luchar se parece tanto a la de él... y se compenetra tan bien con Casandra.
Los dos se mueven como si fuera una rutina ensayada hasta que consiguen que Omari se rinda, completamente exhausto. Todos los que observamos aplaudimos... menos Mael (y no es porque solo tenga una mano). Está serio, más de lo normal.
A su lado, Dante le dedica una sonrisa. Lleva una capa echada sobre los hombros y por el cuello de la camisa se adivinan todavía las vendas de sus heridas.
—Te dije que seguía siendo bueno.
—Soy mejor —replica Enzo, con una sonrisa facilona.
Tiene el pelo más oscuro que Dante y también mucho más corto.
—Eres mejor —coincide Mael—, pero no sé si sirves para este trabajo.
—Vamos, Mael, sabes que puedo hacerlo. Puedo ganar los Juegos Quiméricos para el Lilium.
—El objetivo de la persona a la que elijamos no será ganar los Juegos, sino asegurarse de que los gana ella —replica Mael, y señala con un mentón orgulloso a Casandra—. No importa lo bueno que seas, lo rápido que corras o lo fuerte que creas que eres si no le sirves de apoyo. No habrá gloria para su acompañante, ni ocasiones para lucirse. Quien lo haga deberá compenetrarse con Casandra, anticiparse a sus movimientos y eliminar los peligros que surjan en su camino. En definitiva, su cometido será protegerla a toda costa.
—Estoy dispuesto a ello —asegura, sin pensar, y dedica una mirada a Casandra—. Siempre he querido participar en los Juegos para probarme a mí mismo; no necesito ganar, no necesito gloria. Será un honor combatir con el emblema del gremio que me vio crecer.
—Pero ahora está en el Aster —murmura Kian, que no se molesta mucho por bajar la voz—. Chaquetero...
Mael carraspea y mira largamente a Omari.
—Omari, después de Dante, eres el mejor mataquimeras del gremio. Aunque ya lo hayamos hablado, no enviaré a nadie que no tenga tu aprobación.
El grandullón se encoge de hombros con una sonrisa afable.
—Sé reconocer cuándo alguien es mejor candidato que yo. Por mí no hay problema. Enzo ayudará a Cas mejor de lo que yo lo haría.
—¿Qué opinas tú, Casandra? A fin de cuentas, serás tú quien deba participar con él —pregunta el maestro.
Dante permanece en silencio, observando con cautela.
—Yo preferiría que no nos lo jugáramos todo a una carta, que enviáramos a alguien más de este gremio y no solo para apoyarme. Pero, si todos creéis que es lo mejor, estoy de acuerdo con que sea Enzo quien participe. Encajamos bien.
Enzo asiente en un agradecimiento mudo. Aunque Casandra no lo dice para cumplir o agradar, está siendo sincera.
Todos se giran entonces y esperan el veredicto del maestro. Este cierra los ojos unos segundos y cuando vuelve a abrirlos ni siquiera mira a Enzo.
—Argus redactará un contrato para asegurarnos de que no nos traicionas —declara y, acto seguido, se da la vuelta y se va.
Diara sonríe y se acerca para dar la bienvenida a Enzo, igual que hacen los demás.
Kian, en cambio, suspira de forma absolutamente teatral.
Solo entonces me doy cuenta de que nos hemos quedado solos. Noto que el corazón se me acelerara de nuevo y antes de que vaya a peor decido soltarlo:
—Creo que deberíamos hablar.
Kian da un respingo. Se tropieza con sus propios pies y está a punto de caer, pero se recompone enseguida.
—¿Eh? ¿Por qué?
Vuelve a ponerse rojísimo. Siento que yo también me sonrojo.
—Porque no hemos hablado desde que despertaste.
—Ah... —Se frota la nuca—. Eso... Ya...
Me muerdo los labios.
—¿Y si damos un paseo?
Unos minutos después estamos lo suficientemente lejos del gremio como para que Destructor se una a nosotros con tranquilidad. Caminamos bosque adentro en silencio mientras lo miro de reojo y me pregunto qué decir.
Nunca había pensado en él de esa forma... ¿O sí? A ver, Kian me gusta, pero no sé si de esa manera.
Sí que es verdad que me estaría engañando a mí misma si dijera que nunca he pensado en lo guapo que es. Bueno, es que... solo hay que mirarlo. Tiene unos preciosos ojos castaños muy expresivos; unos ojos que no saben mentir y que además son especiales: de cerca tienen pequeñas vetas verdes. También me gusta su nariz, y la forma en la que se le marcan un poco los pómulos...
Pero además es buen amigo, el mejor que he tenido nunca, y eso que no lo conozco desde hace mucho tiempo. Es amable con los demás, y también lo es con Destructor... y no me dijo que estaba loca cuando decidí salvar a la quimera que parecía un caballo de luz. Me apoyó, aunque él se ha entrenado toda la vida para matar quimeras, y luego me cubrió frente al maestro.
Kian me mira. Ha estado haciéndolo de cuando en cuando, creo que esperando que sea yo quien hable.
Lo cierto es que me siento halagada. Es lo único que tengo claro. Es una de las mejores personas que conozco y si es cierto que siente algo por mí, tal vez, yo...
Tomo aire casi sin darme cuenta y él abre mucho los ojos.
—Kian, creo que deberíamos hablar de lo que pasó cuando te despertaste.
Necesito oírselo decir. Necesito que me diga qué espera de mí o de lo contrario esto podría salir muy mal. Tal vez esté preparada para pensar en nosotros de esa forma y ver qué ocurre, qué siento..., pero a lo mejor solo eso no le basta, a lo mejor le decepciona.
Kian se detiene en medio del bosque, tieso como un junco. La brisa del invierno le revuelve el cabello rubio ya despeinado y entonces, con una sonrisa tímida, pregunta:
—¿Deberíamos?

2
Kian
Lo que yo debería hacer ahora mismo es pedirle a Destructor que adopte esa forma de quimera gigantesca y me zampe de un bocado. Estoy seguro de que sería mucho menos doloroso que esto.
Annie me está mirando con esos ojos azules tan suyos, tan irrepetibles.
Y quiere que le dé explicaciones.
Quiere que le diga qué narices se me pasaba por la cabeza cuando decidí besarla. Claro. ¿Cómo no va a querer saberlo? A mí también me encantaría que alguien me lo explicara.
¿Qué le digo? ¿Que me parece guapísima? Ya lo sabe. Maldita sea. Lo sabe desde que tomé esa gragea de la verdad y se lo solté delante de todos. ¿Me creerá entonces si le digo que no lo planeé?
—¿Kian? —insiste.
—¿De qué quieres hablar concretamente? —pregunto, solo para ganar tiempo.
No tendría que haberla besado. ¿Qué pasará si ahora se siente incómoda? ¿Y si quiere que seamos algo más que amigos? Yo ni siquiera lo he pensado. ¿Acaso quiero yo intentarlo? ¿Y si sale mal? ¿Qué pasará si la pierdo como compañera?
La cabeza me da vueltas. Abro y cierro las manos.
Ella se detiene y arquea las cejas.
—Bueno, pues... ya sabes...
Mil escenarios distintos se me pasan por la mente, mil excusas y respuestas, y, entonces, hago lo primero que se me ocurre. Improviso una mentira:
—Me desperté, Dante me dijo que debía dejar de imitarlo, Casandra me ofreció agua...
Annie sacude la cabeza.
—No me refiero a esta mañana, sino a la primera vez que despertaste, cuando estábamos solos...
—¿La primera vez? —repito, fingiéndome extrañado.
—Sí. Antes de despertar esta mañana, ayer... —Hace una pausa—. ¿Es que no te acuerdas?
Parece horrorizada. Y yo me froto la nuca, intentando parecer menos nervioso de lo que en real
