Cabrón

Reynaldo Sietecase

Fragmento

Arqueología de mi padre

Arqueología de mi padre

“Durarán más allá de nuestro olvido;

no sabrán nunca que nos hemos ido”.

JORGE LUIS BORGES, Las cosas

Los anteojos que mi padre llevaba sobre su imponente nariz están guardados en un estuche negro en un cajón de mi escritorio. Algo me impulsa a sacarlos de su encierro. Los cristales son gruesos y el armazón de metal, delgado como un alambre, apenas parece capaz de sostenerlos. Los vidrios pesan más que la estructura que los contiene, como si hubiera en ese objeto un de-sajuste, una tensión. Cuando lo miraba fijo, me parecía que sus ojos estaban perdidos en un remolino. Todavía puedo verlos: sus hermosos ojos claros, de un celeste tenue.

Llevaba los anteojos puestos la mañana en que murió. La lente izquierda tiene una muesca en la parte inferior.

¿Habrá escuchado el ruido seco provocado por el golpe de sus lentes contra el piso cuando lo sorprendió el ataque cerebral? ¿Intentó asirlos en el aire, como un arquero, y no pudo?

Hoy, es más fácil disimular la miopía. Además de la opción de las lentes de contacto, de las que soy devoto porque heredé su enorme deficiencia visual, los vidrios reciben un tratamiento que los hace más delgados. Existían las lentes bifocales, pero él las rechazaba.

¿Qué habrá pensado en el instante fatal?

Para leer de cerca se los quitaba y pegaba los ojos al papel. Me resultaba muy gracioso verlo hacer crucigramas con el diario rozando su nariz. Lo hacía en cualquier sitio, en la cocina de casa o en el bar a donde iba a tomar café. Dejaba los anteojos sobre la mesa, con una mano sostenía el papel contra la cara y con la otra, la lapicera.

¿Logró saber qué le estaba pasando o el rayo que le partió el cerebro interrumpió cualquier pensamiento?

Se sentía desnudo sin sus anteojos. Cuando se los olvidaba en la mesa de luz, hacía el trayecto del dormitorio al cuarto de baño como si estuviese a oscuras, estirando los brazos para tocar las paredes al caminar. Era un superhéroe privado de sus habilidades especiales. Por eso no se metía en piscinas y si entraba en el río, lo hacía hasta donde el agua no amenazara su cabeza.

Desde un estuche negro, en un cajón de mi escritorio, sus anteojos me miran cuando los miro.

Es destino de las cosas no morir con el dueño, aunque lo necesiten y hasta se le parezcan. Desde que mi padre murió, el 29 de julio de 2004, conservo muchos de sus objetos personales, pero nunca los había buscado para que me hablasen.

El reloj de ajedrez con el que disputó miles de partidas a cinco minutos y por plata, una de sus adicciones, descansa en un estante de mi biblioteca. Un reloj que es capaz de parar el tiempo y disparar el del oponente. El tiempo que corre descontrolado y en su vértigo provoca el error, que precipita la derrota, y la inevitable muerte del rey.

Cerca está la radio Hitachi, con carcasa de cuero, que llevaba al estadio de Rosario Central en Arroyito.

Guardo un cinturón, distinto al que amenazaba con convertir en látigo en mi insurrecta niñez. Distinto, pero igual.

El rifle de aire comprimido con el que lucía su buena puntería en kermeses y torneos. También les disparaba a los gatos que vagaban a distancia por las terrazas vecinas, pero sólo para ahuyentarlos. Se justificaba en que podían atacar a los pájaros de mi madre que dormían en las jaulas del patio.

Un saco de cuero negro que no me decido a regalar. Lo mantengo colgado entre mis prendas, se luce como una anomalía por su corte antiguo.

Sus libros mezclados con los míos.

Me quedó una docena de botellas Caballero de la Cepa, un malbec de la bodega Finca Flichman, cosecha 1992. Muchas con vino en mal estado por el paso del tiempo, pero que sigo descorchando con enorme expectativa. Suelo convocar a algún amigo que comprenda el rito, lo que se está jugando en ese momento, y acepte el riesgo de la decepción. Si el vino está vivo, celebramos el milagro brindando, pero si envejeció mal, lo despedimos bebiendo apenas un sorbo, como si fuese un licor valioso y antiguo. Las etiquetas exhiben una frase del poeta y filósofo persa Omar Khayyam con data del siglo XII: “Oigo decir que los amantes del vino serán condenados. No hay verdades comprobadas, pero hay mentiras evidentes. Si los amantes del vino y del amor se van al infierno, vacío debe estar el paraíso”.

Atesoro una parte importante de su colección de vinilos, con preeminencia de jazz y música clásica, desde Louis Armstrong hasta Mozart. Y registros variados de tango y folclore. También comencé a recopilar sus intangibles: frases, amores, enemigos, los modos autoritarios, la generosidad, el machismo y sus consecuencias, el viaje que hicimos juntos a Sicilia.

Me invadió una sed insaciable y me dispuse a revolverlo todo.

La poesía me acompaña desde adolescente y hace veinticinco años que escribo narrativa de ficción. Me encontraba presentando La Rey, mi última novela, una historia oscura protagonizada por una mujer paraguaya, cuando surgió la idea de escribir sobre mi padre. Al principio me resistí, las historias con violencia y crímenes son mi territorio. Tenía pendiente definir mi próximo proyecto, sin duda un nuevo thriller.

¿Por qué detenerme a contar a mi padre?

Su guitarra era de un marrón delicado como de caramelo, con una pequeña muesca en la parte inferior de la boca, producto de un rasguño o un golpe que demandó reparación. Podía escuchar sus cuerdas sonando nítidas en mi cabeza, aunque no me pasaba lo mismo con su voz. Todos los intentos por evocarla fueron en vano, se había esfumado. Fui a buscar una de las pocas grabaciones en las que mi padre aparece hablando ante una cámara.

El video es del momento en el que está comprando una Panasonic en 1992 y el vendedor lo filma para explicarle las bondades del equipo. Podría confundirse con un casting para un filme del neorrealismo italiano, la escena es entrañable y desopilante a la vez. “¿Seguro que esta cosa filma?”, pregunta. En aquellos años no era común que alguien estuviese preocupado por dejar registro audiovisual.

Mi padre compró la cámara y, gracias a esa decisión, puedo verlo y escucharlo.

Pienso que ese gesto fue su involuntaria “botella al mar”. Solo es posible perdurar si alguien nos recuerda.

La guitarra, la cámara, los anteojos. El anhelo por contarlo reapareció con la tenacidad de un perro que le exige a su dueño el paseo puntual y obligatorio.

Finalmente le abrí la puerta.

Tenía tres piezas sueltas que no lograban calzar, pero que dialogaban. Seguramente existían más. Comencé a buscar los objetos de mi padre con la intención de valorizarlos. Contaba con más cosas de lo que me había imaginado. Me surgió un inexplicable fervor por sus pertenencias, las necesitaba para intentar armar el rompecabezas completo.

Emprendí así una suerte de arqueología familiar.

I

Una lápida con mi nombre

La lápida está sobre el césped y tiene mi nombre.

El cementerio ocupa un terreno amplio con plantas y flores, donde las tumbas se suceden en la tierra y no están apiladas en panteones. El canto de los pájaros se impone a cualquier otro sonido. Imagino que desde el cielo se verá como una alfombra verde impecable con manchas rectangulares de mármol gris. Si se tratara de una publicidad para vender las parcelas, el eslogan de venta podría ser: “Así da gusto morirse”.

El predio pertenece a Funes, muy cerca del Aeropuerto de Fisherton, en las afueras de Rosario. La lápida que me nombra es sencilla y está un poco sucia. Cuando voy, suelo robar alguna flor de una tumba vecina y la coloco sobre la piedra rectangular. Creo que soy el único de la familia que visita el lugar.

El nombre es algo que inevitablemente se nos impone y, en mi caso, fue su total responsabilidad. Él había consensuado con mi madre llamarme como mis dos abuelos: José y Luis. Si hubiese cumplido su compromiso, me llamaría José Luis Sietecase, pero a último momento mi padre no quiso darme el nombre de su padre, que lo había abandonado. Con esa excusa llegó al registro civil y me asignó su nombre de pila. Por eso me llamo como él, Reynaldo Sietecase. La opinión de mi madre, bien gracias.

Solo acepto la repetición de los nombres de los padres en los hijos cuando la costumbre supera a tres generaciones. En esas situaciones se puede hablar de un gesto de tradición inevitable. Este no era el caso. Fue nuestra primera desavenencia.

El nombre Reynaldo es tan pesado como antiguo. Tiene origen germánico y demasiados significados positivos: remite a quien gobierna o conduce con sabiduría, valentía y prudencia. Cuando era chico mi nombre no me gustaba. El diminutivo inevitable me condenaba a un largo y extraño “Reynaldito”. Ahora, cuando vuelvo a Rosario y camino por mi barrio y alguna vecina me llama así, lejos de molestarme, me provoca ternura, significa que todavía quedan testigos de mi niñez.

Por suerte, en algún momento, empezaron a decirme “Rey”, y esa abreviatura corta y contundente se convirtió en mi verdadero nombre. “Rey”, en mi caso un monarca sin poder ni súbditos, sonaba bien y me explicaba mejor. Y, claramente, no era el nombre asignado por mi padre. El resto lo dejé para la psicología.

Con el tiempo tuve una modesta venganza. Mi segundo libro de poemas lleva por título Cierta curiosidad por las tetas, que proviene de un verso de César Fernández Moreno, el talentoso hijo del gran Baldomero. En su libro Con ambages, firmado bajo el seudónimo Franz Moreno, le atribuye al experimentado amante Don Juan una frase dicha en su vejez: “Siempre le queda a uno, cierta curiosidad por las tetas”. Ideal para un poemario que contenía textos teñidos de humor y erotismo. Esa primera edición cuenta con dibujos de Héctor Beas. Unos diseños en tinta china bastante osados. Se publicó en 1989 por la editorial Torres Agüero y tiene una errata en el título: Reynaldo fue escrito con “i” latina. Yo estaba tan emocionado con la edición que no me importó el error. Una editorial nacional y prestigiosa había decidido publicar a un joven desconocido que les había dejado sus poemas en un sobre. Un verdadero milagro laico operado por don Andrés Valle, por entonces el factótum de la empresa que contaba con apenas dos empleados.

El prólogo de esa edición está firmado por Mario Trejo. “Largamente esperado, el sexo regresa por fin a la poesía. Sexo a lo bestia, a lo humano y también, porque es la vida misma, a lo divino… Yo saludo estos poemas porque me dan placer, inefable, y por sus palabras, que los convierten en poesía”, escribió. A Trejo lo había conocido en una lectura de sus poemas en la Biblioteca Gálvez de Buenos Aires, apenas unas semanas antes del encuentro con Valle, pero desde que tuvo ese gesto generoso nunca más perdimos el contacto y se convirtió en mi maestro involuntario.

En Rosario acompañamos la publicación del libro en tres jornadas sucesivas de recitales y shows eróticos con artistas locales. Era la época en que todavía gobernaba la moral de la ciudad un organismo abominable denominado La Liga de la Decencia, que llegó a cuestionar el libro y las perfomances artísticas en uno de sus comunicados.

Cada tanto algún distraído le preguntaba a mi padre si era el autor de “semejante barbaridad” (así lo contaba) y tenía que explicar entonces que él no era yo. Algo parecido le ocurrió cuando comencé a hacer periodismo y aparecían con su nombre notas y artículos con opiniones políticas de las que discrepaba.

Creo que nunca la pasó bien con esos equívocos.

José Luis es un lindo nombre.

La guitarra

Todos los días mi padre cantaba. Cuando tomaba la guitarra, el resto del mundo quedaba fuera de su interés. Antes de templar el instrumento, colocaba un aparato metálico sobre el mástil para ajustar las cuerdas y empezaba el proceso de afinación. Supe después que el singular adminículo se llama “transporte” y que sirve para trasponer tonalidades. Para mis ojos de niño el brazalete de metal poseía cualidades mágicas. Me gustaba verlo en sus intentos cotidianos por “sacar” las canciones que le gustaban. Era tenaz, escuchaba un tema en el tocadiscos y luego lo ejecutaba. Repetía la operación las veces que consideraba necesarias hasta quedarse conforme con el resultado. Sabía que no contaría con un público demasiado exigente, en general integrado por familiares y amigos, pero él se preparaba como lo haría un profesional.

A la hora de cantar apelaba a unos libritos que contenían partituras de zambas y chacareras y los llevaba a las fiestas de Navidad y Año Nuevo, junto con fotocopias de sus canciones preferidas para que todos los presentes pudiesen acompañarlo. Con el tiempo, en la familia aparecieron otras guitarras con sus respectivos cantantes y se armaban tremendas guitarreadas donde el rock se animaba en la garganta de mi primo Ricardo a disputar supremacías, aunque al final se terminaba imponiendo la voz de mi padre y sus aliados. Los adultos no eran más que nosotros, pero cantaban mejor y, en ese equipo, él era un jugador determinante.

Cuando murió, en las fiestas de fin de año no se cantó más. Hicimos algunos intentos, pero resultaron fallidos. Reemplazamos sus canciones por bailes, juegos y hasta trajimos una pantalla para hacer karaoke, pero esa suerte de peña familiar con repertorio popular quedó desbaratada.

No sé tocar la guitarra y lo lamento, no entiendo por qué no me enseñó. Con lo que le gustaba la música: ¿por qué no mandó a sus hijos a aprender un instrumento? Ese saber que lo hacía tan feliz solo se lo transmitió a uno de sus nietos. Joaquín me contó que a él sí lo instruyó en lo básico, y que juntos llegaron a tomar clases de guitarra. Practicaban con un tema llamado Greensleeves, una antigua melodía inglesa del siglo XVI, que por lo que pude averiguar tiene infinidad de arreglos y versiones. Se utiliza como pieza de iniciación avanzada para estudiantes. De sus otros tres nietos: Luciano es ingeniero y disfruta la música, pero no ejecuta ningún instrumento; Santiago es el único músico, pero con su abuelo solo tuvo un acercamiento por apreciación conjunta, “era muy cerrado con sus gustos musicales”; su madre cantante fue una referencia más potente; y Marisol se convirtió en una eximia bailarina de tango. Creo que hubiese disfrutado mucho viéndolos actuar.

Hace unos meses le compré a un lutier del barrio de Saavedra una guitarra, es de la célebre Antigua Casa Núñez, con un par de magullones menores que él logró reparar. Ahora está al alcance de cualquiera que venga a visitarme y tenga ganas de cantar. Al fin cuento con guitarra propia, aunque no sepa tocarla. Para eso están los amigos y amigas artistas. Siento que fue una gran inversión que paga regalías en sobremesas de canciones. No hay mejor reunión que aquella en la que se termina cantando.

El año en que murió mi madre, en el encuentro de Nochebuena, mi padre cantó una zamba de Oscar Valles que parecía escrita a la medida de su dolor: “Renace, en esta zamba, el recuerdo del ayer / y esta soledad que no puedo comprender. / Toda la alegría de saberte mía / nunca más he de tener. / La gloria de tu amor para siempre ya se fue / por ese camino, donde no ha de volver. / No tengo consuelo, cuando me desvelo, / sin acariciar tu piel. / En la soledad de mi pobre alma, / cantaré para recordarte y andaré, / sin tener un consuelo para mi dolor. / Volverás un día, compañera mía, / sangre de mi corazón”. Cuando terminó todos estábamos arrasados por el llanto, pero enseguida comenzó a tocar una chacarera y nos volvió a invitar a cantar, indicando que la letra estaba en las fotocopias que había traído. Sentí que la pena retrocedía.

¿Quién se quedó con la guitarra de mi padre?

¿En qué ropero duerme?

¿Se perdió definitivamente?

Hombre con perro

Lo llevaba en brazos como si fuese un niño. Desde lejos parecían un abuelo cargando a uno de sus nietos, pero no. Era un hombre con un perro. Nuestro perro. Se llamaba Chiquito, aunque mi padre lo llamaba Peluca Bueno. Como Platero, era pequeño, peludo y suave. Una mezcla rara, el típico perro callejero. A mi

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