Pack Todo arde (contiene: Todo arde | Todo vuelve | Todo muere)

Juan Gómez-Jurado

Fragmento

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1

Un arranque

Todo lo que va a suceder —los muertos, la riada de titulares en los periódicos, el cambio que dará un vuelco al país— comienza de la forma más prosaica.

No es nada extraño. Las mejores historias tienen inicios humildes. Una manzana prohibida, otra que cae en la cabeza de un físico, otra sobreimpresa en la carcasa de un ordenador. Cuando quieres darte cuenta, te han echado del paraíso, has descubierto la gravitación universal o fundado una empresa billonaria.

Esta historia no arranca con una manzana.

Esta historia arranca con un bote de champú del Mercadona. Y nada volverá a ser lo mismo.

Quien sostiene el bote de champú —dos botes, de hecho— es Aura Reyes.

Cuarenta y cinco años, viuda, madre de dos niñas (ma-ra-vi-llo-sas, dicho así, separando mucho las sílabas y abriendo mucho la boca). A punto de tener una revelación trascendental.

Violenta, incluso.

De esas que sólo un individuo entre un millón experimenta una vez en la vida.

A Aura le llega en la ducha, con el agua resbalándole por el pelo empapado. Tan caliente que la espalda ya ha comenzado a enrojecerse. Aura mira los dos botes y comprende que ya no podrá ver la vida de la misma forma, nunca más.

Lo que, tan sólo tres horas después, provoca un desastre de proporciones épicas.

2

Un capó

Cuando el rostro de Aura golpea contra el capó del coche patrulla, la rabia se transforma en miedo.

No es la fuerza del impacto. Es el conjunto.

El peso del policía sobre la espalda, apretándola contra la carrocería.

Su olor, mezcla de colonia deportiva, café de máquina y algo más (dentro de unos días Aura descubrirá que es lubricante para armas, pero no nos adelantemos).

El frío de las esposas en torno a las muñecas. El ruido que hace el mecanismo al cerrarse, un crujido doble. La presión del acero contra el hueso, dolorosa e ineludible.

El calor del motor del coche, aún en marcha, que le inunda las mejillas. La resistencia del capó, que ha cedido unos centímetros, pero que aguarda impaciente regresar a su posición.

Las luces del coche, reflejándose en el cristal del escaparate. Los flases de los teléfonos móviles de los transeúntes ociosos de Serrano, que relumbran en el crepúsculo, iluminando los ojos abiertos y asustados de Aura.

La voz rasposa del segundo policía, al que Aura logra escuchar, con esfuerzo, a través del caos.

—Identificación, señora —repite.

Con poco aire en los pulmones, el pavor en la garganta y la boca seca como el corcho, Aura lucha por formar palabras. Finalmente se oye decir, muy bajito y con voz de otra persona:

—En mi bolso.

Que aún sigue unido a su hombro, y el agente tiene que soltar brevemente las esposas para poder cogerlo. Aura aprieta los puños por puro instinto de huida. El agente que la sujeta aumenta la presión sobre ella. Un breve recordatorio de su indefensión.

El cuero del bolso —un Prada tote original, colección otoño invierno de 2019— hace un ruido esponjoso al aterrizar sobre el capó cubierto de lluvia. El policía no quiere saltarse el procedimiento, y se ha cuidado mucho de que la detenida vea cómo hurga en sus pertenencias.

Democracia uno, dignidad cero, piensa Aura.

Un brillo de labios rueda fuera del bolso, pasa frente a su nariz —con el logo de Dior girando a toda velocidad— y cae al suelo.

Aura va a protestar —es el último que le queda—, pero la voz del segundo policía se lo impide.

—Señora, hemos comprobado su DNI y nos consta que tiene usted pendiente un ingreso en prisión.

El policía que la sujeta relaja la presión sobre ella, ayudándola a incorporarse. Como si el descubrimiento de que es una criminal convicta y condenada hubiese reducido su peligrosidad física inmediata. Igual que entrar a la tienda de Nespresso y ver que la expresión de la encargada cambia cuando le alargas la tarjeta de fidelización. No quiere un café gratis, es clienta habitual.

Con el policía, lo mismo. Incluso le coloca un poco la chaqueta, que había hecho un burruño a media espalda con tanto forcejeo. Y tiene el detalle de recogerle el pintalabios.

Aura se vuelve hacia ellos, tratando de serenarse. De dialogar. Lo suyo es convencer a la gente, al fin y al cabo.

—El ingreso es dentro de tres semanas —dice apoyándose en el coche.

Endereza la espalda y trata —inútilmente— de componer una imagen de ciudadana ejemplar.

El primer policía, el que la sujetaba, es un joven alto, de rostro aniñado. Se da la vuelta y se mete en la tienda intentando no pisar los cristales rotos. El otro, más bajo y corpulento, observa a Aura mientras se da golpecitos en la mano con el borde de su DNI.

—¿Puede explicarme qué es lo que ha pasado ahí dentro, señora?

Aura mira hacia el escaparate destrozado, como si fuera la primera vez que lo viera.

Uno de los neones del escaparate parpadea, moribundo, y elige ese momento para descolgarse del último cable que lo sostenía y hacerse añicos sobre la acera.

—Un malentendido, agente.

El policía asiente con la cabeza y se sacude restos de cristales de la bota. Podría pasarle a cualquiera, dice su rostro. Si no amable, al menos comprensivo. Un encogerse de hombros, un en Madrid está lloviendo y todo sigue como siempre.

—Ya veo. Pues va a tener que explicárselo al juez, para que él lo entienda.

El sol se ha puesto ya, las farolas se han encendido, no son horas para que un juez vea a nadie. Eso Aura lo sabe, el policía también. Y eso es lo que provocaba el miedo de Aura. Certificado por la realidad de las esposas, del arma en la cintura del policía. De las luces estroboscópicas que le rebotan en los ojos y con cada vuelta anclan su pensamiento en una única idea.

Pase lo que pase, esa noche no puede dormir en el calabozo.

—No he hecho nada.

El agente vuelve a asentir con la cabeza. Otro encogerse de hombros, un amiga mía, no sé qué decir ni qué hacer para verte feliz.

—Es la primera vez que lo oigo, señora.

Adelanta una mano y la coge del brazo. El mero contacto disipa su elocuencia y hace estallar su miedo.

No habla.

No razona. No dialoga.

Aura se revuelve, forcejea, grita.

—¡Mis hijas! ¡Mis hijas!

Hay más flases de curiosos, más risas. Por fin tienen su espectáculo, su foto para el grupo de WhatsApp de la oficina, su story en Instagram. Hashtag#Serrano; hashtag#pijatarada.

El momento más celebrado es cuando la agarran del cuello para meterla en el coche intentando que no se golpee con la cabeza al entrar.

Sin éxito.

Aura se desploma en el asiento de atrás, con la visión borrosa, sin fuerzas. El portazo que sella su destino es lo último que escucha antes de desmayarse.

3

Un traslado

Vuelve en sí apenas un par de minutos más tarde. A través de la ventanilla trasera, la mole de la Puerta de Alcalá se cierne sobre ella durante un par de segundos, antes de que el coche se ponga de nuevo en marcha y tan sólo quede el tapiz negruzco del cielo de Madrid. Interrumpido por alguna farola, a medida que bajan por Alcalá hacia Recoletos.

—¿Está usted bien?

El policía se ha vuelto hacia ella con genuino interés en los ojos. Quizás se siente mal por haberle estampado la cabeza contra el coche. Por mucho que haya sido culpa de Aura, que se estaba revolviendo como si estuviera poseída.

—¿Dónde me llevan?

—Ya lo sabe.

—No, no lo sé.

Y es la verdad. Por mucho que los agentes hayan asumido que es una miembro de pleno derecho de la hermandad del delito, éste es el primer arresto de Aura. No tiene experiencia alguna sobre qué hacer, cómo comportarse o, lo que es más necesario, mantener la calma.

No cometas un error como el de antes, piensa. No pueden descubrir lo de las niñas.

Respirar hondo. Encontrar el equilibrio interior. Las palabras vuelven a ella, derechitas de un vídeo de mindfulness que vio en YouTube, en perfecto venezolano.

El problema se produce cuando el mindfulness se solapa con la voz del policía alto que contesta a la radio.

—Recibido, central. Vamos camino de Plaza Castilla. No importa una parada más.

—Gracias, zeta cincuenta. Cambio y cierro —se despide una voz femenina.

En el asiento de atrás, Aura termina de asimilar la información en su cerebro como quien recibe a un visitante no deseado. Una prima que llega en plena noche lluviosa, empapada hasta las orejas y a la que no queda más remedio que acoger en el sofá nuevo.

—No puedo ir al juzgado —susurra.

Los agentes no parecen escucharla. Así que Aura lo repite, más fuerte. Cuando quiere darse cuenta, tiene el rostro sudoroso pegado a la barrera de protección que la separa del asiento delantero.

El agente alto se da la vuelta y da con los nudillos en el metacrilato llamando la atención de Aura sobre una pegatina en letras rojas y negras.

Este coche tiene unos asientos

especiales a prueba de vómitos,

sangre, orina y otros fluidos. Gracias.

—No nos la juegue, ¿eh, señora? Que luego somos nosotros los que tenemos que limpiar.

Aura no puede evitar pensar en el manual del microondas. Cuando lo compró, sus ojos toparon por casualidad con una línea en la que se aconsejaba fervientemente no meter gatos vivos en el interior del electrodoméstico.

Al leer aquello tuvo que hacer el mismo ejercicio que se fuerza a hacer ahora. Vuelve a leer las dieciséis palabras y se toma unos instantes para evaluar en qué clase de universo es necesario un cartel como éste. Qué clase de personas suelen viajar en el asiento de atrás. Con quién están acostumbrados a tratar los del asiento de delante.

La conclusión es descorazonadora.

Nada de lo que diga a los agentes va a hacerles cambiar de opinión. Nada va a hacerles frenar el coche patrulla y dejarla bajar. Nada va a impedirles llevarla a la comisaría a tomarle declaración (el equivalente del Estado de derecho de no hacer nada en absoluto).

No, nada va a impedir que la lleven a los juzgados, donde sabe Dios cuántas horas la tendrán encerrada.

—¿Señora? ¿Está usted bien?

De nuevo la genuina mirada de preocupación en su captor. Aura se siente estafada. Sería más sencillo que el policía fuera un hombre desagradable y malicioso, que la tratase con desprecio y crueldad. Ayudaría a dividir el mundo en cómodas parcelas y la dejaría a ella en el lado correcto de una línea bien pintada en el suelo.

—Pregúntale si tiene que avisar a alguien —dice el compañero. El más bajo y más veterano, que la observa en el retrovisor.

—Ha dicho algo de sus hijas, antes. ¿Están bien sus hijas, señora Reyes?

En el retrovisor, los ojos del policía veterano se estrechan un poco. Aura es dolorosamente consciente del silencio que se ha formado en el interior del coche, subrayado por el ruido del motor al ralentí. Están atascados en mitad del tráfico de sábado noche en la Castellana y los conductores curiosos miran al interior del coche patrulla. Aura siente un centenar de ojos convergiendo sobre ella, pendientes de su respuesta.

—Sí, por supuesto. Están con mi madre.

La mentira fluye de su boca, natural, espontánea. Un leve reflejo de quién era, antes de lo que pasó. Una voz templada, llena de convencimiento, capaz de hacerte firmar en la línea de puntos por todo lo que tenías y la sangre de tu primogénito.

Ni por asomo tan buena como la Antigua Aura. Pero, por lo visto, suficiente.

—¿No quiere llamarla? —dice el agente más joven—. Puedo prestarle mi teléfono.

—Rodríguez —le advierte el veterano.

—Venga, hombre. Sólo es una llamada.

—Que la haga al llegar, que para eso hay un protocolo.

—Tengo tarifa plana.

El veterano deja claro con un resoplido lo que opina de la tarifa plana —en general— y del ofrecimiento de Rodríguez —en particular.

Aura aprovecha la distracción para echarse atrás en el asiento y exhalar el aire que había estado conteniendo. Muy, muy despacio. A medida que sus pulmones se vacían, Aura grita por dentro lo que debe mantener oculto a toda costa. A saber:

Que las niñas están solas en casa. Que su madre, incluso aunque las acompañase, representaría más un peligro que una ayuda. Que tienen tan sólo nueve años, que la esperan hace rato para que las bañe y les haga la cena. Que les dijo que salía un momento para despejarse. Que a esta hora ya deben estar muertas de miedo. Que ha sido una irresponsable, dejando que su ansiedad y su orgullo la metieran en esta situación. Que necesita huir del coche patrulla, regresar a ellas, lo que sea con tal de mantenerlas a salvo. Que no tiene nadie a quien avisar, nadie en quien pueda confiar realmente. Que todo su cuerpo tira de ella en dirección a sus hijas, le pide que deje de gritar por dentro y comience a gritar por fuera, cualquier cosa, con tal de convencerlos, con tal de escapar.

Partirse en dos, en silencio, es su única opción.

Porque en el momento en el que diga la verdad, en el momento en que alguno de estos —desafortunadamente— amables agentes de la ley sospechen que dos niñas de nueve años están solas y aterrorizadas en casa, no dudarán un instante en echar la puerta abajo.

Y en cuanto los Servicios de Tutela del Menor sepan de su situación, de lo que va a suceder en menos de tres semanas...

Adiós, mami.

Aura no tiene tiempo de dejarse llevar por la oscuridad y el miedo, porque el coche gira en Alberto Alcocer y se detiene a tan sólo una manzana de la Castellana. El policía joven se vuelve hacia ella con una tensa sonrisa de disculpa.

—Espero que no le importe tener compañía, señora.

Cuando Aura mira a través de la ventanilla, apenas puede creer lo que se le viene encima.

4

Un bajo pulsante

Frente a los Jardines de San Fernando se ha formado una diminuta conmoción. Dos zetas atravesados en mitad de la calle han cortado el tráfico en sentido oeste. El que lleva a Aura hace un giro prohibido en Doctor Fleming y se para entre los otros dos. Es entonces cuando Aura vuelve la cabeza y ve a través de la ventanilla un cuerpo que se estampa contra la carrocería.

—¡Taxi!

Incluso a través de los cristales se puede intuir la melopea en la voz de la mujer. La confirmación llega cuando otro agente abre el coche y embute, no sin esfuerzo, a la recién detenida en el asiento de atrás. Una vaharada de vino barato y sudor llena el escaso aire disponible que deja el físico descomunal de la borracha, que se deja caer en el centro del asiento, desplazando a Aura contra el lado del conductor.

Aura casi se cae cuando otra agente abre la puerta y se inclina dentro del vehículo, saca unas esposas y une las muñecas de Aura a las de la mujer que se ha desplomado sobre ella.

—Eso no es necesario —dice el policía veterano observando la operación.

—A ver, Bustos. ¿No sabes ya la guerra que da ésta?

—No digo que no. Digo que no es necesario.

—¿Y si le da por correr?

—No llegará muy lejos.

—Bueno, por si acaso. Tiramos para comisaría, ¿vale? Que ya no son horas.

El tal Bustos asiente y pone de nuevo el coche en marcha antes de que su compañera acabe de cerrar la puerta.

Aura, aplastada contra la puerta, intenta girarse para ver qué demonios le han atado a la muñeca.

Resulta que es un paquete de unos ochenta kilos de peso —aunque, por la manera en la que se apoya sobre ella, a Aura le parecen ochocientos.

Va vestida con una cazadora de sarga ancha y marrón, camiseta que en algún momento fue blanca, pantalones negros y botas gastadas. Las botas tienen los cordones desparejados —rojos y redondos a la izquierda, verdes y planos a la derecha—, y Aura puede distinguirlos muy bien porque la mujer ha alzado los pies y los ha apoyado en el ángulo entre la ventanilla y el cristal.

Del rostro de la desconocida puede ver poco porque su cabeza está apoyada contra el pecho de Aura, como si ésta no fuera un ser humano, sino una almohada dispuesta para hacer el trayecto lo más confortable posible.

—Conductor —llama la mujer. Aunque, con su acento gallego cerrado, suena más bien condutor.

—Dígame —responde el policía, siguiéndole el juego.

—Suba por Padre Damián, que se tarda menos —pide ella, ahogando un hipido entrecortado.

Aura arruga la nariz con disgusto. La coronilla de la mujer está a la altura de su mentón, y el pelo le huele a grasa y a suciedad. Intenta revolverse para quitársela de encima, pero tanto daría que intentase quitarse de encima un contenedor lleno de cascotes.

—Perdona. ¡Perdona!

—Mari Paz, haz el favor de comportarte —dice el policía más joven, sin volverse.

La aludida no se da por tal, sino que se acomoda aún más sobre Aura. Unos instantes más tarde, está roncando como un dragón en invierno.

Aura trata de hacerse oír por encima del estruendo, pero los agentes no la oyen o no la escuchan. Por suerte el resto del trayecto es corto. Al cabo de unos pocos minutos el coche entra en el parking de un gigantesco edificio gris y ajado.

Lo que sigue, Aura lo vive como un mal sueño o una pesadilla lúcida, iluminada por fluorescentes baratos y con extras de todo a cien.

Puede verse a sí misma extraída del coche, separada de la borracha, llevada con mano cuidadosa pero firme hasta una habitación minúscula que parece un estudio de fotografía. No muy distinto del que visitó con su marido, que en paz descanse, para las fotos de la boda. Hace casi dos décadas. Modesto, húmedo, decorado con muebles que ya eran viejos en los noventa. Con un fotógrafo con bigote que no sonríe nada, nada.

Las diferencias son tan sólo dos. El fotógrafo lleva una bata blanca, y de fondo no hay un par de ficus de plástico y unos cortinajes rojos, sino una pared en la que hay pintadas unas rayas horizontales con medidas. Un funcionario, también con bata, le levanta a Aura la barbilla, para asegurarse de que mire a la cámara de frente. También le hurga por debajo del pelo, le pregunta si tiene tatuajes de cuello para arriba, le lleva hasta una mesa cercana donde le pasa las huellas por un escáner. Que decide no funcionar, así que le embadurna los dedos con tinta de color azul marino.

—La negra se nos ha acabado, lo siento —se disculpa, con un encogimiento de hombros.

Aura va a contestar que se hace cargo, que no se preocupe, que otra vez será. Pero ya se la llevan de la sala, al tiempo que entran los dos policías (Bustos y Rodríguez, ya no se le olvida) cargando a la borracha, que se ha despertado lo justo para renquear, arrastrando los pies, colgada de los hombros de los agentes. Al más bajo le saca más de una cabeza, lo que no facilita la operación.

—¡Coño, cómo pesa!

Aura se pregunta cómo van a fotografiarla —quizás tumbada—, como el cuadro de la Joven decadente de Ramón Casas. Antes de que pueda resolver la incógnita, la pierde de vista. De pronto está en una de esas películas en las que la protagonista no mueve los pies —pues la arrastran en una plataforma con ruedas que no acaba de verse en plano— y la cámara se centra en su cara.

Todo pasa a su alrededor muy deprisa, con el bajo pulsante de Jump into the Fire de fondo, pues alguien le ha quitado fotogramas para que la experiencia sea aún más alucinada, más demencial.

La sala donde la hacinan durante un par de horas junto a otras veinte personas; la funcionaria que les manda alinearse por sexos en el pasillo; la visita, por turnos, a un pequeño habitáculo donde una funcionaria de manos enguantadas en látex la obliga a desnudarse por completo, le hurga entre los muslos, se detiene a mirarla un momento antes de desestimar lo que, a Aura no le cabe duda, sería un examen mucho más exhaustivo en otra persona; el regreso, sin sujetador, sin cinturón, sin bolso, sin abrigo, con la humillación pintada en el rostro encendido, a un pasillo ahora casi vacío; el recorrido descendente por un laberinto de escaleras y barrotes hasta un semisótano recubierto de linóleo, con las paredes pintadas en verde vómito y gris cieno; y la última parada delante de una mesa de plástico con el logo de Coca-Cola, donde una funcionaria novata consulta sus papeles antes de asignarla a la celda 11B.

Y finalmente, la música que se detiene, la puerta metálica que se cierra a su espalda.

Con eco y todo.

5

Una celda

Días más tarde, delante del cañón de una pistola y con la cara salpicada de sangre, Aura Reyes recordará este momento, en esta celda 11B de los juzgados de Plaza Castilla de Madrid, como el día en el que cometió el peor error de su vida.

Ahora no sabe, claro, que está a punto de cometerlo. Ni puede pensar, en realidad, en nada.

Todo pensamiento racional se ha subyugado al frío, al hambre y al miedo.

Está helada porque la blusa que lleva no es gran cosa. Y su abrigo ahora lo tiene la funcionaria, junto con todo lo que pueda servir para suicidarse.

—La semana pasada se ahorcó uno con su camiseta. La mojó primero, para que no se rompiera.

Está muerta de hambre, porque no ha comido nada desde hace más de doce horas. La funcionaria le ha deslizado un paquete de galletas María en el bolsillo, con cara de es nuestro secreto.

—Hasta las ocho no llegan los bocadillos. Los domingos siempre hay chistorra.

Está muerta de miedo. Es su primera noche entre rejas.

La primera de muchas, se dice, meneando la cabeza.

La celda no medirá ni doce metros cuadrados. Está pintada a dos colores, igual que el pasillo. Pero aquí se nota que ha entrado en juego la creatividad y el tiempo libre de los presos, y la decoración se completa con pintadas de lo más enriquecedor. Penes, esvásticas de varios tamaños y colores, calaveras. Lo mejor de cada casa. Las hay grabadas con las uñas en el yeso, las hay quemadas con un mechero, las hay trazadas a boli Bic con injustificada paciencia.

El aire es denso, con el olor a sudor y algo más que Aura no puede nombrar. El mobiliario va acorde con la clientela. Un banco corrido de hormigón pegado a las paredes de la celda. En una esquina, un inodoro de acero inoxidable. Sin lujos innecesarios como puertas o papel higiénico.

Al verlo, Aura se da cuenta de que necesita usarlo. Con cierta urgencia. Pero la situación es poco favorable. Tres mujeres forman corro frente a una cuarta que hace despreocupado uso de las instalaciones con las bragas por los tobillos. Las cuatro se ríen e intercambian chascarrillos.

Aura desiste, por ahora. Busca un sitio en el que sentarse para comerse las galletas con tranquilidad.

No es fácil.

Las cuatro latinas ocupan la pared de la izquierda. El fondo de la celda tampoco es una opción. Subidas al banco, otras dos mujeres gritan a un rectángulo de metal perforado que hay junto al techo. Aura no reconoce el idioma. Del otro lado del rectángulo de metal se oyen voces y el ruido amortiguado del tráfico, así que Aura deduce que es un ventanuco que da a la calle.

—Eh, tú. Vente aquí con nosotras, linda —la llama la mujer sentada en el váter.

—La Yoni está constipada. Necesita mucha compañía —dice otra, con una carcajada.

Aura no ha visto un drogadicto en su vida, pero tiene claro que estas tres apuntan maneras. Los ojos enrojecidos, la cara desencajada, sudor. Movimientos bruscos. La lengua suelta, la risa más.

Hace un gesto que quiere ser respetuoso en su dirección y se dirige al otro lado de la celda.

—Eh, pija. ¿Dónde vas, eh?

—No quiere ayudarte, Yoni.

La pared de la derecha está más despejada. Tan sólo hay un bulto de buen tamaño recostado sobre el banco de hormigón. El fluorescente que debía iluminar ese lado está fundido, y el del lado contrario, en las últimas. Pero Aura no necesita luz para reconocer a su compañera de traslado.

Incluso con la cabeza tapada con la cazadora de sarga —a ella no se la han quitado, Aura se pregunta por qué—, los ronquidos son inconfundibles.

Aura se sienta junto a ella, en el escaso hueco que queda entre los pies de la mujer y la pared de la celda. Lo más cerca posible de la salida, para tardar lo menos posible cuando la llamen.

Abre el paquete de galletas, pegado al pecho, y comienza a comérselas despacio, con la cabeza gacha, mientras piensa en las niñas. Aura siempre ha tenido una imaginación portentosa, fruto de su afición desmedida a la lectura. Algo que hasta ahora le había parecido una ventaja.

Hasta ahora.

Porque de pronto sólo es capaz de pensar en todas las cosas que podrían estar pasándoles a las niñas. Que son curiosas, inquietas y despistadas. Intenta acordarse de qué comida quedaba en casa. Cosas fáciles de preparar, que no requieran ningún esfuerzo. Sobre todo, que no requieran encender el fuego de la cocina. O, peor aún, el horno. Repasa mentalmente el contenido de la nevera (casi vacía) y de la alacena (con telarañas). Lo único que es capaz de recordar es lo que había para cenar. La pizza esa de espinacas que tanto les gusta. La del doctor nosequé.

Y, por supuesto, las visualiza.

Encendiendo el horno, como tantas veces le han visto hacer a mamá.

Y éste no es como el de nuestra casa

(la casa que ya no es nuestra)

éste no tiene un precioso panel led a color, con instrucciones claras, recetas y apagado automático, no. El de casa de su madre

(la casa que es nuestra casa ahora)

es un Balay blanco del siglo pasado, con los botones borrados por el uso. Es muy fácil encender el grill en lugar del calor superior e inferior. Y, del temporizador, olvídate. Dejó de funcionar antes de que cayeran las Torres Gemelas. Tú giras la rueda, confiando en que te avise a los veinte minutos, escuchas el molesto tic tac, y ya puedes esperar sentado.

Imagina la pizza humeando, el horno ardiendo, las niñas intentando apagar el incendio con las manos desnudas. Imagina quemaduras de tercer grado y ningún medio para llamar a los bomberos. Porque son demasiado pequeñas para tener móvil, y a la línea fija hubo que renunciar hace muchos meses. Junto con las chuches, HBO y otro millón de cosas que hacían la vida soportable y que daba por sentadas.

—Eh, pija. Eh.

Aura sale de la pesadilla y levanta la cabeza. Frente a ella está la mujer del inodoro.

—¿Qué comes, pija?

Aura baja la mano en la que sostiene el paquete de galletas —ahora mediado— y sopesa sus opciones. En una película, la respuesta estaría cantada. Cruzarle la cara a la mujer, dejar claro que con ella no se juega y todo eso. Imponerse.

Pero esto no es una película.

Esto es la vida real.

Le echa una ojeada a la Yoni. Pantalones ajustados de cuero, una camiseta reventona, pechos descomunales. Aunque Aura le saque una cabeza, ella le saca quince kilos. Y tiene detrás a otras tres mujeres, que no le quitan ojo a la escena.

Así que hace lo único que puede hacer.

Le alarga el paquete de galletas.

Sin decir nada.

La Yoni le devuelve una sonrisa lobuna y se abalanza sobre las galletas. Se las mete de tres en tres en la boca, dejando caer más de las que traga.

Aura siente que vuelve a tener siete años y está en medio de un episodio de Barrio Sésamo. Sólo que Triki tiene el pelo negro y cardado en lugar de azul.

Aura sabe que no tiene hambre. Que se las ha comido sólo porque podía hacerlo.

La mujer deja caer el plástico al suelo, eructa con satisfacción y se vuelve junto a sus compañeras, que la reciben entre risas.

Aura cierra los ojos para ahuyentar la humillación e intenta dormirse, pero es imposible. Su mente va demasiado deprisa. Incluso cuando se apaga la única luz, media hora más tarde, tan sólo consigue entrar en un estado agitado de duermevela.

Del que la saca el silencio.

Las mujeres que voceaban en el ventanuco se han callado, por fin. Las otras también.

En la penumbra, la tristeza de su situación se acrecienta, se pone de relieve. La única luz que entra en la celda se cuela a través de una rendija por debajo de la puerta. Sin nada que ver, Aura puede centrarse en el resto de sus sentidos. El frío de la celda. El olor, mezcla de orines, humedad y pies descalzos. La respiración de las presas, el sonido de cuerpos incómodos revolviéndose en la oscuridad.

Si la desesperación fuera física, seguramente estaría hecha del pesado sentimiento que envuelve el corazón de Aura ahora mismo.

No, Aura no duerme. Por eso, cuando hay movimiento en las sombras, al otro lado de la celda, se da cuenta antes que nadie. Lo percibe en las tripas.

Ya tuvo una vez un sentimiento parecido, hace años. Uno que terminó con su marido asesinado y ella desangrándose frente al cuarto de sus hijas. En aquella ocasión reaccionó tarde y mal. Como una señora de barrio rico, que creía que los monstruos vivían al otro lado de una gruesa manta infranqueable, tejida con dinero y democracia.

La manta resultó estar llena de agujeros.

Esta vez, Aura reacciona distinto. Se endereza, aguza el oído, mira al suelo. En el levísimo rectángulo de luz frente a la puerta, las sombras se desplazan hacia ella.

6

Un error

Aura se pone en pie, procurando no hacer ruido. Entonces escucha el primer susurro.

—¿Dónde está?

—Delante de ti, jaña.

—Dale, dale pues.

Hay un ruido y un forcejeo. Escucha un sonido como de un saco arrastrándose. El aire se mueve cerca de ella.

—¿Qué es lo que hacéis? —dice.

Su voz le suena extraña. Temblorosa y aniñada. Son las primeras palabras que ha dicho desde que ha entrado en la celda y, en lo que a intimidación se refiere, no son gran cosa.

Pero las sombras se detienen.

El silencio que sigue es denso y caliente como una sopa que lleva demasiado tiempo en el fuego.

—No te importa, pija —dice una voz en la oscuridad.

Aura nota la presencia de las mujeres a su alrededor. Escucha de nuevo el forcejeo, muy cerca, y comprende lo que está pasando. Las sombras eran una amenaza, sí, pero no para ella.

Han ido a por la borracha, piensa.

—Voy a llamar a la funcionaria.

Las sombras vuelven a quedarse inmóviles.

—Dame el chispero —ladra otra voz.

Un chasquido resuena en la celda. Una llama aparece a menos de un metro de la cabeza de Aura, que se echa hacia atrás. En el óvalo de luz que ha creado el mechero, aparece la cara de la Yoni, mirándola directamente. El resplandor indeciso del fuego convierte los ojos —perfectamente maquillados, observa Aura— en dos ranuras brillantes.

—Esto no va contigo, pija. Tenemos cuentas que saldar con esta guarra, ¿entiendes?

Aura hace lo único que puede hacer. Asiente.

—No te oigo. ¿Entiendes que no va contigo?

—Entiendo.

—A no ser que quieras que vaya contigo. ¿Quieres que vaya contigo, pija?

—No —responde Aura con la voz quebrada.

La llama del mechero se desvanece en la negrura, dejando un fantasma rojizo en los ojos de Aura, que parpadea y se encoge sobre sí misma. Vuelve a sentarse, asustada y avergonzada.

¿Qué otra cosa puede hacer?

Ellas son cuatro, y yo sólo una. Ellas son mujeres duras —«criminales», es la palabra que brota, pero la corrección política le pone un tapón— y yo soy sólo una ejecutiva.

Y ahora ni eso.

Ahora soy sólo un ama de casa en quiebra, una madre que ha dejado solas a sus hijas y que sólo quiere volver junto a ellas lo antes posible.

Aura tiene el rostro ardiendo por el bochorno y una bola de hielo en el estómago por el miedo. De pronto, el recuerdo de sus hijas trae consigo una nueva sensación. La misma que sintió hace horas —ahora parecen días— cuando, en la ducha, sostenía los dos botes de champú. La que volvió a ella en la tienda de Serrano, y acabó con ella metida en este lío infernal.

La sensación no tiene explicación posible. Quizás sí, e hicieran falta un millón de palabras. O tan sólo dos letras. Un monosílabo. Curiosamente, el último que acaba de pronunciar.

—No —repite.

Salvo que ahora suena muy distinto. Suena tajante. A raya en el suelo.

El forcejeo se interrumpe.

—Dejadla en paz —añade Aura, sin acabar de creerse lo que está haciendo.

Se incorpora, con las manos delante del cuerpo.

—Te voy a quebrar, puta —dice la Yoni.

Aura intuye una sombra que se acerca a ella y se aparta, dando un salto hacia la puerta. Casualidad, suerte o una mezcla de ambas, su atacante se tropieza con la pierna derecha de Aura, que ha quedado a medio camino, y se derrumba hacia delante. El puñetazo que iba a dar en la cara de Aura acaba pegando en el banco de hormigón.

El aullido de dolor divide la oscuridad en dos y cambia las tornas. Otra de las latinas grita a su vez, llamando a su líder.

—En la puerta. Quiebra a esa puta —acierta a decir la Yoni entre sollozos.

Aura se da cuenta de que estar junto a la única fuente de luz de la celda —por tenue que sea la que entra por debajo de la puerta— no es una posición estratégica aconsejable.

Se aleja en dirección contraria a la pelea, con la espalda raspando la pared para no tropezarse. Lleva los puños apretados, el corazón encogido y la sangre zumbándole en los oídos. La oscuridad se ha vuelto confusión. Sonidos entrecortados, quejidos, golpes.

Alguien suelta un grito, ahogado. Otra voz suelta un taco que Aura no puede comprender.

Otro golpe, y un sonido como de arrastrarse por el suelo. Hay unos interminables segundos de rígida pausa.

Un golpe más.

De pronto, todo se aquieta.

Aura escucha unos pasos que trastabillan en su dirección. Se pega a la pared cuanto puede, y alza los brazos para protegerse del golpe inevitable.

Nota un roce en la ropa, unos dedos que buscan a tientas.

Una mano la agarra de la muñeca. Sin brusquedad. Sin dar opciones, tampoco.

La mano tira de ella, la lleva hacia el otro lado de la celda, la conduce de vuelta a su sitio.

Aura se sienta, aterrorizada.

La mano le da un par de palmadas en la espalda. Y una voz con acento gallego cerrado —y decididamente borracha— dice:

—Duérmete, rubia.

7

Un juicio

Son casi las once de la mañana del domingo cuando Aura pone un pie fuera del juzgado.

El cielo de Madrid está encapotado. Color gris agua de fregar. Se ha levantado un viento desapacible, que arrastra hojas, polvo y folletos arrugados con las ofertas del Lidl. El tráfico bulle, inquieto, en la rotonda de Plaza Castilla. El entorno, a la sombra de las Torres Kio, no puede ser más feo e inhumano.

Aura respira hondo el aire contaminado, y piensa que no ha visto nada más hermoso en toda su vida.

La locura de las dos horas anteriores tiene mucha culpa de ello.

Cuando se despierta en la celda, Aura no sabe dónde está. Atontada y confusa, alza la cabeza de entre las rodillas. Parpadea, intenta acostumbrar sus ojos a la luz, regresar a la áspera realidad. Los fluorescentes están de nuevo encendidos y la celda medio vacía. Tan sólo las mujeres que no hablaban español siguen al fondo, bajo el ventanuco, hechas un ovillo, completamente dormidas.

De la gallega borracha no hay ni rastro. Tampoco de las latinas, con la excepción de un restregón ensangrentado en la pared que —Aura está segura— ha sido la contribución de la Yoni al arte mural carcelario.

Esa sangre podía ser mía, piensa Aura, con un escalofrío.

Esto es. Esto es lo que me espera ahora.

Un ruido en la puerta interrumpe su autocompasión. La celda se abre y una funcionaria grita sus apellidos.

—¡Reyes Martínez!

Obediente, Aura se dirige hacia la voz, arrastrando los pies. La funcionaria la guía por el laberinto de pasillos, hasta la enfermería.

—¿Quieres análisis? —le pregunta la funcionaria.

—¿Perdón?

—De orina.

Al ver la expresión de desconcierto de Aura, la funcionaria le explica.

—Si eres consumidora, es un atenuante. Casi todo el mundo se hace el análisis.

Aura repasa mentalmente las sustancias más fuertes que ha consumido en el último mes —incluyendo ibuprofeno, Fanta light y unas gotas de tabasco caducado que le echó una mañana a los huevos fritos, a lo loco— y niega con la cabeza.

—¿Seguro? Que no te dé vergüenza. Si es un momento...

La mujer lo ofrece con tanta amabilidad que Aura está tentada de aceptar, sólo para no hacerle el feo. Hasta que echa una mirada a través de la puerta de la enfermería y sus ojos se cruzan con los de la Yoni, que está sentada en una camilla, con un brazo vendado y la cara llena de moratones.

—Gracias, pero no es necesario.

—Como quieras —dice la mujer, echando a andar.

Dentro, la Yoni hace ademán de incorporarse, pero una enfermera la sujeta. Un grito amenazante sigue a Aura, que aprieta el paso en pos de la funcionaria.

—¡Te voy a quebrar!

Qué perra que ha cogido esta mujer, piensa Aura, alegrándose de dejar atrás la enfermería.

Al poco llegan hasta otra sala, frente a la que espera un hombre de mediana edad bajito y calvo, con traje arrugado y aspecto de haber dormido con él puesto.

—Soy tu abogado de oficio, vas a comparecer ante el juez. ¿Nombre? —pregunta cuando Aura llega a su altura.

Aura se lo dice. El hombre saca un archivador de la mochila que descansa entre las piernas y localiza el atestado policial de su defendida. Lo lee en diagonal, suelta un par de ujums, la agarra por el hombro y la conduce al interior de la sala.

—Venga, que empieza.

—Oiga, ¿no va a decirme nada de...?

—Estate calladita, no metas la pata y niega todo.

—Pero a mí me gustaría expli...

—Que niegues todo, coño.

Aura retiene al abogado, sujetándole del hombro.

—¿Pueden mantenerme detenida?

El hombre chasquea la lengua y toma aire por la boca, de forma ruidosa.

—Es domingo, el juez va con prisa y tu expediente está complicado. Si se le cruza, te quedas hasta el lunes.

—Necesito salir de aquí —dice Aura, acercándose a él—. Dígame lo que tengo que hacer.

—Ya te lo he dicho —responde el abogado, empujándola dentro sin miramientos.

La habitación es más pequeña aún que la celda y está más llena. Un par de mesas, un puñado de sillas, un juez, un fiscal, varios guardias, el abogado de oficio y la acusada. Las paredes, pintadas de amarillo huevo, no tienen ventanas ni otra decoración que un cuadro de su majestad el rey Felipe VI, cuya escueta sonrisa recuerda que la justicia es igual para todos.

El fiscal se incorpora y lee la acusación contra Aura, que aguarda en pie en mitad de la sala. El juez no levanta la mirada de la mesa hasta el final, enfrascado en una carpeta cerrada que hay frente a él. Aura contesta a todas las preguntas del fiscal —la mayoría de las cuales comienzan con un «Es cierto que...»— con un no rotundo. Hasta siete veces, las siete mentira.

Cuando termina el interrogatorio, el juez carraspea varias veces con aburrimiento. Es un hombre entrado en años —los sesenta ya no los cumple— con una barba puntiaguda y blanquecina y más pinta de optometrista jubilado que de juez de primera instancia.

—Éste es un cargo menor. ¿Me puede explicar el ministerio fiscal por qué se ha traído aquí a la acusada?

—La señora Reyes tiene pendiente un ingreso en prisión a la espera de juicio dentro de tres semanas, señoría. Por eso los agentes la detuvieron, como medida preventiva.

—¿Con qué cargos?

Aquí vamos, piensa Aura, cerrando los ojos.

—Fraude a gran escala, apropiación indebida, falsedad documental, blanqueo de capitales. Todos con agravantes, señoría.

El juez aparta la vista de la carpeta y mira por primera vez a Aura, curioso. La blusa cara, los zapatos bonitos a juego. Descontando las ojeras, el pelo color arena revuelto y los hombros caídos cortesía de una noche en el calabozo.

—¿De qué cuantía estamos hablando?

El fiscal canta las nueve cifras, hasta el último euro. Sin decimales. Ni falta que hace.

El juez enarca una ceja con gesto apreciativo.

—¿Y la fianza?

—Medio millón de euros, señoría.

Medio millón contra más de cien millones no parece gran cosa. Una cifra simbólica, para asegurarse de que la detenida no escape, etcétera. Para Aura, tanto hubiera dado que pidiesen la luna envuelta en un lazo fucsia.

—Ya comprendo —dice el juez, con cara de lo contrario—. Señora Reyes, me pone usted en un compromiso. Una acusación con un componente de violencia, como la que le trae a usted frente a este tribunal, es un problema. Incluso siendo menores las circunstancias del delito.

—Presunto delito, señoría —interviene el abogado—. Mi defendida ha negado de plano los hechos que se le imputan.

—Y es toda una sorpresa para este tribunal que uno de sus defendidos niegue hasta el aire que respira, letrado —responde el juez, con sorna.

Vuelve a mirar la carpeta frente a él, y tamborilea con parsimonia encima de la mesa, meditando sus palabras.

—Esta situación suya es habitual —dice, al cabo de un rato—. Una persona con un ingreso en prisión pendiente, a medida que se acerca la fecha, puede llegar a tener la sensación de que no le queda nada que perder. Su sentido de la moralidad se atenúa, y tiende a cometer errores que no cometería en otro contexto. ¿Entiende lo que le estoy diciendo, señora Reyes?

—Entiendo.

—Ante esta situación, lo mejor es adelantar el ingreso en prisión lo antes posible, por el bien de la sociedad y del propio acusado. Creo que ése es su caso, señora.

El miedo que se le metió en el cuerpo a Aura cuando su cara impactó —hace menos de quince horas— contra el capó del coche patrulla ha seguido dentro de ella. Con picos ocasionales de intensidad fuerte a moderada, y una ansiedad difícil de controlar.

En ese momento, sin embargo, el miedo se atenúa hasta casi desaparecer. Porque Aura ha escuchado en la última frase del juez la pregunta escondida, en lugar de la amenaza obvia.

Y de nuevo, un reflejo de su antiguo yo.

—Así sería si fuese responsable de lo que pone en el atestado, pero ya le he dicho que es todo falso, señoría —miente Aura, con aplomo—. Y debo decirle, para ser sincera, que no tengo ninguna intención de entrar en prisión preventiva, sino que pienso reunir el dinero de la fianza y afrontar el juicio en libertad, tal y como es mi derecho.

El juez estudia a Aura con detenimiento.

—Ya veo. Y supongo que la experiencia de esta noche ha tenido algo que ver en su decisión.

Aura se encoge de hombros, diplomáticamente.

—Señora Reyes, si la dejase hoy en libertad, estaría corriendo un riesgo. ¿Puedo confiar en usted?

—Sí, señoría. Totalmente, señoría. He escarmentado. Puedo sinceramente decir que soy una mujer nueva, no un peligro para la sociedad. Es la pura verdad —dice Aura, en su mejor imitación de Morgan Freeman.

Por un momento cree que ha ido demasiado lejos, pero el juez parece complacido, incluso divertido con la explicación de la acusada.

—No haga que me arrepienta, señora Reyes —añade, haciendo un gesto hacia la puerta.

Aura sube al primer piso, recoge sus pertenencias en una bolsa de plástico (incluyendo el bolso, el monedero, el abrigo y el sujetador) y está en la calle menos de quince minutos después. Observando el cielo nublado, y las Torres Kio, y los folletos del Lidl arrastrados por el viento, decíamos. Tomando una bocanada de libertad y dióxido de carbono, y pensando que no había contemplado nada más hermoso en su vida...

Hasta que ve algo que le hace cambiar de opinión por completo.

8

Una barra

Una figura le hace señas desde un banco a pocos metros. Aura traga saliva, porque ha reconocido a la persona y tiene muy pocas ganas de responder a las señas. Respira hondo, agacha la cabeza y camina en dirección contraria.

Logra recorrer unos veinte metros antes de escuchar la voz.

—Eh, rubia.

Y otros cinco antes de que ella la alcance.

La mujer se le planta delante, cerrándole el paso.

—Te has ido sin tu desayuno. Para una cosa buena que tienen en ese sitio...

Alza una bolsa de plástico translúcida, a través de la cual se ve un bocadillo de buen tamaño envuelto en papel Albal. Y un par de mandarinas.

—También venía un yogur, pero me lo he comido. Tenía fame de carallo, nena. No te me vayas a enfadar, ¿eh?

El estómago de Aura ruge ante la perspectiva del bocadillo, pero la ansiedad y la premura han vuelto. Por no mencionar que no quiere ningún trato con la persona que tiene enfrente.

—Perdona, pero no tengo tiempo para comer. He de llegar a casa cuanto antes.

Hace una pausa valorativa, decide que no hay peligro y, por fin, añade:

—Mis hijas están solas.

—Mujer, ¿y cómo no lo has dicho antes? Anda, vente conmigo, que te llevo. Suelo dejar el coche cerca del juzgado cuando me mamo, porque al final pasa lo que pasa.

Aura arruga la nariz, sin poder evitarlo. El aspecto de la mujer no ha mejorado en las últimas horas. La cazadora de sarga cuelga ahora de su hombro derecho. La camiseta es un concurso de lamparones. El pelo lo lleva muy corto y rapado alrededor de las orejas, así que no hay peligro de que se despeine. Pero sigue oliendo a sudor y a vino, incluso al aire libre y metro y medio de distancia.

—No te lo tomes a mal...

Se interrumpe, al darse cuenta de que no sabe cómo se llama la mujer. Cree recordar que uno de los policías lo dijo cuando la subieron al coche patrulla, pero estaba como para acordarse...

—Mari Paz Celeiro Buján —dice ella, adelantando la mano—. Y tú eres Aura.

—¿Cómo lo sabes?

—Ah, la funcionaria te llamó la primera. Pero le dije que te dejara dormir. Parecías tan cansada...

Aura respira hondo y pone los ojos en blanco. Así que podía haber estado fuera de ahí mucho antes. Intenta calmarse y repite:

—No te lo tomes a mal, Mari Paz, pero prefiero ir en metro.

En ese momento escucha un ruido a su espalda. Se vuelve a tiempo de ver a dos de las compañeras de la Yoni, saliendo del juzgado y mirándola atentamente. Una de las dos cuchichea en el oído de la otra, señalando hacia Aura. Ninguna parece demasiado amigable.

—Rubia... —dice Mari Paz, siguiendo la dirección de su mirada—, se me figura a mí que no es buena idea lo del metro, mira que te digo.

—Lo que tengas tú con ésas...

—... ahora también lo tienes tú. Date la vuelta amodiño y vente conmigo.

Mari Paz pone el brazo cariñosamente en el hombro de Aura y la conduce hacia la calle Bravo Murillo.

—Nos están siguiendo, ¿verdad?

—Eso me temo, nena. Tú sigue andando, no te pares.

—En qué maldita hora te ayudaría.

—Pues de madrugada.

—Digo que me arrepiento.

—Ya sé lo que dis. Camina, que está el coche ahí delante.

Aura aprieta el paso, sin pensárselo dos veces. Mari Paz la sigue de cerca, un poco más atrás. Cojea un poco, se da cuenta Aura, en cuanto se aviva el ritmo.

—Anoche les diste una paliza —dice, volviendo la vista. Las dos latinas están mucho más cerca. Una de ellas lleva la mano metida en el bolso.

—Anoche era anoche.

—¿Y no podrías...?

—¿Te has fijado en la de la derecha? Ésa va cargada.

Aura mira a Mari Paz, sin comprender.

—Cargada. Un pincho, una navaja, lo que sea. Si nos cogen, le tendría que romper el alma a hostias.

—Por mí no te cortes.

—Pues sí que te has cansado pronto de la libertad. Si nos enganchamos, nos devuelven adentro más rápido que inmediatamente.

La perspectiva no es buena, no, piensa Aura.

—Es ése de ahí —dice Mari Paz, señalando un Skoda blanco con más años que las vallas del Retiro. Le pone una llave a Aura en la mano—. Métete dentro y cierra.

Aura rodea el coche, notando como sus latidos y su respiración van cada vez más acelerados. Acerca la llave a la cerradura, y trastea con ella hasta conseguir introducirla.

A su espalda, Mari Paz se ha girado y deja resbalar la cazadora que llevaba colgada del hombro, que cae al suelo. La bolsa del desayuno sigue el mismo camino.

—A ver, a ver. ¿Es que venís a por más, o qué?

Las dos mujeres se paran al ver cómo se da vuelta. Una de ellas, la más alta, saca la mano del bolso. Lleva un destornillador grande con el mango envuelto en esparadrapo que tiene pinta de cualquier cosa menos de herramienta de bricolaje. La otra se fija en Aura, y comienza a rodear el coche.

Mari Paz extiende los brazos, y se mueve hacia su derecha, bloqueándole el paso.

—Quita de en medio, gallega. Quita —dice la del destornillador.

—No me da la gana. Lo vuestro es conmigo. ¿Qué os ha hecho la rubia?

—La Yoni quiere darle recuerdos.

—Pues que le mande una postal. Tú, que te estoy viendo —avisa, apuntando con el dedo a la que intenta rodear el coche—. Vas llevar una hostia como un mundo, ¿eh?

Aura, entretanto, ha conseguido abrir la puerta del conductor. Lo primero que nota es el olor, a ropa sucia y a comida pasada. El asiento trasero del coche está abarrotado de bultos. Bolsas de deporte, un saco de dormir de color verde, una caja de cartón que en su día contuvo vino —y con manchas rojizas que lo atestiguan.

Nada de todo esto le sirve de gran cosa.

Porque no tiene pensado seguir las instrucciones de Mari Paz.

Ya está bien de correr, piensa.

Palpa bajo el asiento del conductor y sus dedos se cierran en torno a un objeto metálico y duro. Tira de él, para sacarlo, pero está trabado con algo. Apoya un pie en el estribo del coche, y consigue hacer más fuerza.

Con un último tirón, la barra antirrobo —marca Ranz, pintada en rojo, descascarillada por los bordes, igualita a la que llevaba su padre en el Renault Fuego cuando ella era niña— se libera con un chasquido. Aura sale disparada hacia atrás, y tiene que apoyarse en la puerta para no caer de culo. En el movimiento, la cabeza de metal de la barra golpea contra el suelo con un ruido amenazador.

—Vaya —dice Aura, dándose la vuelta.

La mujer que iba tras ella había conseguido esquivar a Mari Paz y ya está a tan sólo un par de pasos de ella. Se ha quitado el cinturón —hecho de eslabones de cromo— y lo lleva colgando de la mano derecha. Pero cuando ve girarse a Aura sosteniendo en alto cincuenta y ocho centímetros de acero aleado, se para en seco.

—Vaya —repite Aura, mirando la barra, con una sonrisa—. Perdona, ¿te puedo ayudar en algo?

La mujer mira también la barra, luego a Aura, y decide sabiamente.

—Ya os pillaremos, gallega —grita, mientras se aleja corriendo.

Su amiga no tarda en imitar su ejemplo.

Aura sigue sosteniendo la barra durante un rato. Todo el tiempo que Mari Paz tarda en recoger la cazadora y la bolsa del desayuno —una de las mandarinas se ha chafado un poco— y quitarle el antirrobo de las manos temblorosas.

—Dime la verdad. ¿Sabes lo que hacer con esto?

—No tengo ni la menor idea.

—Ya me imaginaba. Anda, sube.

9

Un trayecto

Mari Paz conduce de manera exquisita.

Aura no admite esto de cualquiera. Pejiguera. Era una palabra que su marido usaba mucho para referirse a su manera de conducir. Maniática, obsesiva y fastidiosa eran adjetivos que salían a menudo en la conversación.

Aura tiene su manera de circular, eso es todo. Señaliza con mucha antelación, consulta dos veces los retrovisores antes de cambiar de carril, ceder el paso al autobús es para ella una habitual actitud.

Por eso le sorprende agradablemente que Mari Paz, y más en plena M30, sea una conductora parecida a ella. Pausada, meticulosa y educada.

Y todo eso con una mano, claro.

La otra está ocupada con el bocadillo de Aura, que tiene el estómago revuelto y ha renunciado a él.

—Este pan está más reseso que su puta madre —dice Mari Paz—. Por eso los hacen de tortilla francesa, para reblandecerlos un poco. Pero es un atrancabuches igualmente. Además, se supone que los domingos hay chistorra. ¡Boh! Ya no hay seriedad en este mundo.

Aura baja un poco la ventanilla para que entre aire. El olor del bocadillo —del coche, en general—, sumado a su estado de nervios, le está dando náuseas.

—¿Quiénes eran esas taradas?

Mari Paz termina el bocadillo, arruga el papel Albal y lo arroja a la parte trasera.

—La Mara 22.

Aura asiente, con la convicción de la ignorancia.

—No sabes de qué te hablo, ¿verdad, rubia?

—Veo el telediario.

—Pues eso mismo, no tienes ni idea. La Mara 22 es una banda. Muy mala gente.

Hace una pausa y luego añade:

—Gracias.

—¿Por qué me das las gracias?

—Anoche me salvaste la vida.

Aura mira a Mari Paz con extrañeza.

—Estás de broma. Sólo iban a darte una paliza.

—Iban a estrangularme con la manga de la cazadora. Ris, ras, boas noites.

El tono de su voz es riguroso, inflexible, a pesar de la retranca de la última frase. Aura comprende que está hablando muy en serio, pero no puede creerlo.

Hasta que se fija en la marca, rojiza y uniforme, que rodea la garganta de Mari Paz.

Aura traga saliva, e intenta procesarlo. Ella, que había vivido en un mundo en el que el mayor peligro procedía del impago de la hipoteca, y el mayor miedo la mamografía anual.

Por supuesto, está lo que sucedió hace dos años. La noche en la que Jaume murió y ella lo perdió todo, o había comenzado a perderlo. Pero incluso lo que sucedió era, en su cabeza, un cisne negro. Un raro encuentro con la fatalidad, tan improbable como inesperado.

Lo que ha estado viviendo en las últimas horas no es un cisne negro. Es la prueba de que la violencia y el miedo no son la excepción, sino una norma que esquivamos cada vez que tenemos la fortuna de que el amanecer nos encuentre a salvo en nuestras camas.

La prueba de que la manta está llena de agujeros.

También la prueba de que no queda otra que actuar en consecuencia.

El mundo se pausa un momento. Los vehículos se congelan en mitad de la carretera, los pájaros detienen su vuelo. Un mosquito que se estaba aplastando contra el parabrisas queda congelado en mitad de la acción, ni muerto ni vivo.

Aura acaba de tener la segunda parte de su revelación.

Ni por asomo tan trascendental como la que tuvo ayer con el champú de Mercadona. Esa manzana ya le cayó en la cabeza una vez, y no va a caer de nuevo.

Esta segunda parte es ver la manzana en el suelo y decidir qué hacer con ella.

Algo importante. Algo que le dé la vuelta al marcador. Una salida.

Es una locura, se contesta.

Lo es, se responde. Pero...

El germen de una idea se ha aposentado en su cabeza. Una idea tan improbable como imposible.

Una idea que sola no hubiera podido realizar. Ahora, en cambio...

El mundo vuelve a ponerse en marcha.

—¿Te duele? —pregunta, señalando al cuello de Mari Paz.

—Sólo con los bocadillos de tortilla. Eh, alegra esa cara, rubia. Que parece que hayas visto un fantasma.

Aura no ha visto un fantasma, pero algo ha visto. Algo que ha provocado la necesidad de saber más de su compañera de celda.

—¿Por qué te querían...?

Lo deja en el aire.

—La calle es así, rubia. Te cruzas con gente. Buena, normal y regular. Y luego están esas hijas de puta.

Aura mira hacia el asiento trasero —más bien asiento trastero, jajá, se ríe ella sola, por dentro— abarrotado de enseres, y luego a la ropa arrugada y tiesa de Mari Paz.

—Vives en el coche, ¿no?

Lo ha dicho sin pensar, y se da cuenta enseguida de que se podía haber ahorrado la pregunta. Mari Paz se encoge un poco, humillada, y tuerce el morro. Aura intenta disculparse.

—Oye...

Pero Mari Paz la para con un gesto orgulloso. Sigue un silencio incómodo, sólo interrumpido por el ruido del tráfico y el clamor sordo de la vergüenza ajena.

—Estoy pasando un bache —responde la conductora finalmente.

—¿Desde hace cuánto?

Mari Paz ladea la cabeza, como si no lo tuviera claro. Cuenta con los dedos de la mano derecha, sin soltar el volante, cuántos años lleva malviviendo. Desde aquella aciaga tarde frente al Tribunal Militar, donde la expulsaron con el veinte por ciento del salario. Y aún salí bien librada, después de lo que hice.

—Cinco años —dice, casi con sorpresa.

—Es un bache grande.

—Sí que lo es. Mimadriña, cómo pasa el tiempo —suspira Mari Paz.

El coche gira a la altura del Puente de Vallecas y entra en la avenida Ciudad de Barcelona. Ya no queda mucho para llegar a casa, piensa Aura.

Sabe que están bien, está convencida de que están bien, y sin embargo pasa los últimos metros con media cabeza fuera de la ventanilla, esperando escuchar las sirenas de los bomberos y de la ambulancia.

Al torcer en la calle Abtao, su destino final, Aura casi se baja del coche en marcha y echa a correr hacia su portal. Su revelación ha pasado a segundo plano hasta que pueda ver a las niñas.

—Bueno, rubia, adiós, ¿eh? —suelta la conductora, con gesto de fastidio.

Aura trota de vuelta hasta el coche y hace un gesto indeterminado calle adelante.

—Aparca y sube. ¡Segundo derecha!

Mari Paz parpadea, sorprendida. No está acostumbrada a recibir invitaciones para subir a las casas.

—A ver, tendrás cosas que hacer...

—Quiero proponerte algo. ¡Te espero arriba!

Esperaba una despedida. A lo mejor una caña. No una invitación.

Pero tampoco se le ocurre cómo negarse. Todo lo que acierta a decir es:

—¿Tú sabes lo difícil que es aparcar aquí?

10

Un salto

A veces la valentía se demuestra frente a un telefonillo.

Mari Paz no es cobarde, no lo ha sido nunca.

Pero el timbre no lo pulsa, no.

El miedo la paraliza.

Miedo

O que ten cu ten medo, decía su abuela, que el castellano lo tenía de adorno. En Vilariño, provincia de Ourense, no habían visto un madrileño en los últimos treinta años. Y en Luar do Carballo, la minúscula aldea a las afueras de Vilariño, no habían visto un madrileño en treinta siglos. El hogar ancestral de los Celeiro era una casa de piedra junto a un carballal. En lo alto del monte cercano había un castro de la Edad de Bronce, y ésa era la última vez que alguien de fuera había puesto un pie por esos montes.

Ata onde sei, precisaba la abuela, que no era de pillarse los dedos.

Lo del culo y el miedo era una constante universal, eso su abuela se lo había cosido a pantuflazos en el sitio preciso. También fue ella quien le dijo, el día que cumplió dieciocho años, que cogiera el petate y marchase para Pontevedra. Con lágrimas en los ojos, sí, pero sin dejar de empujar en la dirección adecuada.

La abuela cogió un Bic rojo, empezó a escribir en la parte de atrás de un tíquet de compra del Gadis y le hizo una lista de cosas que no había en el hogar ancestral de los Celeiro:

• trabajo (ésta la rodeó dos veces con un círculo).

• dinero para estudiar (que los padres de Mari Paz habían muerto siendo ella muy niña; se los llevó un camión en la Nacional VI, yendo a una boda).

• mozos casaderos (tanto le daba a Mari Paz, cuyos gustos no iban por esa vía).

• futuro.

Con esos mimbres, las dos únicas salidas eran:

• la pesca (qué aburrimiento).

• el ejército (qué miedo).

Y ahí fue donde entró en juego el refrán.

El día de la despedida, Mari Paz cogió las manos de la abuela entre las suyas. Manos duras, manos de plantar grelos y nabizas y recoger tempestades. Manos de remover la pota y de sacar las filloas —cos dediños, sin queimarse—. Manos generosas en la colleja y más generosas en la caricia. Manos de quien había tenido que ser madre y padre, además de abuela.

Quéroche moito, avoa.

La abuela no respondió. Tenía atascadas en la garganta siete décadas de despedidas. De ver vaciarse el rural, de ver alejarse espaldas —cargadas con más sueños que posibilidades— pista arriba, camino de la parada del autobús en la plaza del pueblo.

La abuela no respondió, porque tenía sus propios miedos. ¿El peor? A morir sola, de pronto, sin nadie que le agarrase la mano.

Por eso no soltó la de la única persona que le quedaba en el mundo, durante un largo minuto. En silencio, el mismo que quedó cuando Mari Paz se fue.

En Pontevedra, Mari Paz se alistó en la BRILAT en 1996. No fue la primera mujer en engancharse. Hacía ocho años de eso. Sí que fue la primera a la que mandaron en misión internacional. Albania, el año siguiente.

—¡No hay miedo, no hay dolor! —gritó el sargento Carmona, intentando hacerse oír por encima del ruido de los rotores.

Los ocho miembros del pelotón gritaron a la vez.

Todo esto era una década antes de que se estrenara la peli esa de los espartanos. Antes de que se pusiera de moda entonar aú, aú, aú, en perfecta sincronía. Antes de las barbitas recortadas, los chichis impolutos y el selfie de rigor. Así que los soldados berreaban cada uno lo que le daba la gana, en gesto de hombría y asentimiento, y se dirigían hacia la compuerta del helicóptero con su atención puesta, no en los likes de Instagram, sino en no cagarse encima.

¿Quieres saber lo que es el miedo?

Prueba a hacer un salto a baja altura desde un Cougar antes de amanecer, con un viento cruzado de cuarenta nudos. Con el río Drin a la izquierda y un acantilado cortado a pico a la derecha. La nave se mueve como el yoyó de un lunático, el suelo está cada vez más lejos de los pies y el desayuno —porque Mari Paz había desayunado antes de salir, la muy gilipollas— está cada vez más cerca de la boca.

¿Qué pasa por la cabeza en un momento así?

Miedo.

Ves el agua del río, no muy profunda, unos cuatro metros, ni muy rápida. Igual da, porque como te caigas con la mochila de campaña, que pesa treinta kilos, ya no subes. Y por un instante estás en el agua helada de finales de febrero, sintiendo cómo la muerte te succiona hacia la oscuridad y el limo del fondo.

Ves el precipicio, cuajado de rocas afiladas, del que suben corrientes de convección que rachean aún más el viento. Y por un instante estás en el vacío, manoteando como una desesperada, intentando agarrarte a lo que sea, o como mínimo retrasar el instante en que el suelo te reclame para siempre.

Ves el minúsculo trozo de tierra llana —por decir algo, que hay más hoyas y brezo que en toda la provincia de Ourense— sobre el que se supone que tienes que aterrizar. Y aterrizar rapidito, que hay sospechas de que hay contingentes armados en el bosque al otro lado del río. Ves ese pequeñísimo rectángulo, y tienes miedo.

Pero Mari Paz no tuvo miedo por ella.

Morir la asustaba, por supuesto. ¿Cómo no iba a hacerlo? A treinta metros de altura, con la adrenalina bombeando en el cerebro como un conejo en San Valentín, la muerte la llevas bajo la piel.

El miedo lo sentía por la abuela. Por no estar el día de su cumpleaños, ni en Navidad. Por el hueco que iba a dejar, por la ausencia.

Cuando el Cougar descendió lo suficiente, Mari Paz saltó la primera, sin pensar en nada. Dejó que su cuerpo y el entrenamiento actuasen por ella.

Durante un instante, a caballo entre la vida y la muerte, con el viento abofeteándole la cara y los dientes apretados, Mari Paz fue feliz por primera vez en su vida.

Después sus botas tocaron el suelo pedregoso. Trastabilló un poco, pero no llegó a caer. Clavó la rodilla en tierra y alzó el cetme en posición de tiro, protegiendo el descenso de sus compañeros.

Ninguno de ellos se dio cuenta de que le caían lágrimas por las mejillas.

Aquel día aseguraron una ruta para que un convoy de ayuda humanitaria cruzase el río. La jornada incluyó reducir a unos partisanos de la banda de Çole, que se defendieron a tiros hasta que los legionarios acabaron rodeando su posición en el bosque. Mari Paz tuvo que disparar tres veces. Fuego de cobertura, sin herir a nadie. No hubo bajas, el enemigo se rindió.

De todo ello, apenas recuerda nada.

Lo que ha quedado en su memoria, indeleble, fue el miedo antes del salto.

No fue el mayor, ni el más pavoroso. Tiempo tendrá de recordar otros, con lo que va a sucederle en las próximas semanas.

Y sin embargo, aquí está. El vértigo, la sensación de vacío en la boca del estómago, la melancolía. La incertidumbre, la anticipación. Cuando tu cuerpo te avisa de que algo va a suceder en el instante siguiente que puede cambiar el rumbo de los acontecimientos.

Cuidadiño con lo que haces, previene su cuerpo.

Días más tarde, delante del cañón de una pistola y con la cara salpicada de sangre, Mari Paz Celeiro recordará este momento del telefonillo como el día en el que cometió el peor error de su vida.

Malo será, le responde al cuerpo. Y aprieta el timbre.

11

Un piso

Otro —en otra historia, quizás— hubiera pensado que el timbrazo sonó como un signo de interrogación. Mari Paz, que es más de Serrat, piensa en golpes en las costillas.

Sube por las escaleras —son sólo dos pisos, y así estira un poco las piernas— y se encuentra la puerta abierta.

—¡Por aquí! —Es la voz de Aura, llamándola.

El piso es pequeño y oscuro. Un par de habitaciones, el baño, un salón al fondo y una cocina enfrente. Las ventanas que dan a la calle no dejan pasar mucha luz, pues el edificio está orientado al norte y la altura no ayuda.

El salón es un campo de batalla.

Hay juguetes por todas partes, ropa extendida por encima del sofá, una toalla en el suelo y seis pares de zapatos sobre la mesita auxiliar, colocados uno sobre otro en forma de torre en precario equilibrio. La mesa de comedor será seguramente de algún color oscuro, pero es imposible saberlo, porque está completamente cubierta por folios blancos sobre los que alguien ha dibujado un unicornio gigantesco de seis patas. El esfuerzo no debió parecerle suficiente a la artista, que decidió que había que rellenar el dibujo con macarrones. ¿Una clase de macarrones? Mari Paz sospecha que todas las clases de macarrones que había en la casa. Hay tiburones, caracolas, hélices, margaritas e incluso espaguetis en la zona de la crin. Todas las áreas han sido empezadas, ninguna concluida. Quizás porque el bote de cola blanca está volcado al borde de la mesa, goteando sobre la alfombra, donde ha formado un charco impreciso con forma de tostada. Hay minibriks de zumo de piña en cada rincón, todos con su correspondiente pajita incrustada y presumiblemente vacíos. Hay migas por todas partes, y lo que parece una galleta Príncipe pisoteada sobre una silla.

—Estuve en el mercado Baryalai en Kandahar después de un atentado y estaba más ordenado que esto, rubia.

En el centro de ese caos, Aura Reyes se aferra a sus dos hijas, una en cada brazo. Apenas se ve algo de niña debajo de cada extremidad de Aura, pero se pueden intuir dos formas, una amarilla y otra negra.

—Tendrías que verlas cuando toman azúcar —dice Aura, sin volverse.

—¿Quién es, mami? —pregunta una voz, amortiguada por el pecho materno.

—Dentro de un rato la saludaréis. Ahora necesito achucharos sesenta segundos más.

Las niñas protestan y se revuelven, intentan emerger, pero el abrazo de Aura es innegociable.

—¿Por qué no vas a darte una ducha? El baño está ahí —dice señalando la puerta. Y enseguida reacciona a la cara de Mari Paz—. Las dos lo necesitamos, pero yo estoy demasiado ocupada. Te cedo el primer turno.

—No puedo quedarme —dice la aludida, a la que le ha hecho poquísima gracia el ofrecimiento.

Por más que me haga falta, la virgen. Tengo más roña encima que as bestas cuando bajan del monte. Pero es que no son formas. Vai lavar a cara, galopín.

—Venga, no vas a dejarme recoger esto a mí sola, ¿no? Te invito a comer.

Mari Paz sopesa el ofrecimiento. El orgullo lo tiene herido, pues no hay nada que le moleste más que ver cómo sacan a relucir sus carencias. Pero el primer bocadillo lo tiene ya en los pies, el segundo lleva el mismo camino, y el cuerpo le volverá a pedir combustible en breve.

—¿Qué hay?

—Diría que pasta —responde Aura señalando las manualidades sobre la mesa del comedor.

Los males y el orgullo se le pasan en cuanto el agua caliente le cae sobre la nuca.

Hay una cosa cierta sobre la ducha. Si te la saltas dos días, te sientes repugnante, asqueroso. Si te la saltas cinco, el cuerpo se va haciendo a la idea y ya son los demás los que tienen el problema. A partir del décimo, te va pareciendo normal apañarte en el lavabo de un bar con el baño reactor —las alitas y el motor.

Mari Paz lleva años viviendo con un par de duchas al mes, en casa de unos compañeros. Para más no le dan el orgullo y el corazón. El primero es muy grande y el segundo tirando a blandito, y en cuanto se encuentra bajo el chorro, la armadura se agrieta. Vuelve a sentirse como un ser humano y regresa la dolorosa realidad de su vida cotidiana. Quién es, quién podría ser.

Mari Paz se sienta en la bañera, apoya la cabeza en la cortina de la ducha e intenta no llorar.

Cuando sale, al cabo de unos minutos, la imagen que le devuelve el espejo es distinta. Su rostro, anguloso y recio, se ha suavizado. La piel áspera se ha henchido un poco, devolviendo algo de luz a sus rasgos. El pelo, aplastujado y seboso, luce ahora negro y brillante. El corte sigue siendo una mierda, pero al menos es mierda limpia.

Guapa no has sido nunca, no. Pero atractiva, un rato, carallo, piensa.

Se palpa el brazo, con tristeza. Sigue siendo fuerte, pero el contorno definido de los bíceps está ahora desdibujado por un lustro de alcohol barato y comida peor.

Se jura por enésima vez que va a dejar de beber, reconducir su vida y hacer algo con ella. Mientras se lo repite, el cuerpo le recuerda que es hora de una cervecita. Es importante tener una rutina.

Luego se da la vuelta y se da cuenta de que su ropa ha desaparecido. En su lugar hay unas bragas limpias —que le quedan un poco justas—, un albornoz y una nota.

«Tenía que poner una lavadora», dice la nota.

Su puta madre, piensa Mari Paz.

12

Unas gemelas

Cuando sale, con el pelo aún mojado y envuelta en el albornoz, se encuentra en el pasillo con dos presencias amenazadoras de unos ciento veinticinco centímetros de alto, armadas con escobas.

—Batman y Bob Esponja. ¿Tengo que asustarme?

—Sólo si eres una malvada —dice Batman.

—O si eres el Señor Cangrejo —dice Bob Esponja.

—Qué suerte, entonces. Soy Mari Paz.

—Yo soy Cris —dice Batman.

—Yo soy Alex —dice Bob Esponja.

—Ésos no son sus nombres —dice su madre, exasperada, desde la cocina.

—Hemos decidido que vamos a usar nombres neutros hasta que sepamos quiénes somos de verdad —explica Cris, como si tal cosa—. ¿Quién eres tú?

—Una amiga de tu madre.

—Mamá ya no tiene amigas. Lo dice a veces.

—Y nunca trae a nadie a casa —interviene Alex—. ¿Por qué te ha traído a ti?

Eso me pregunto yo también.

—No todo en la vida tiene explicación, rapazas.

Esa explicación parece ser suficiente para las niñas, que sustituyen el gesto suspicaz por una sonrisa pícara.

—¿Quieres un sugus? —ofrece Alex, tendiendo una bolsa en la que quedan sólo tres. Rojo, azul y amarillo.

Mari Paz por supuesto que quiere un sugus. Va a coger el de piña, pero al ver la cara de las gemelas, muere un poco por dentro, suelta el azul y coge el de limón.

Las niñas son dos gotas de agua. Rubias, como la madre, con el pelo liso y los ojos verdes. Ambas llevan pijamas de cuerpo entero, de esos de franela que son más disfraz que pijama, con sus personajes favoritos.

—Sois bien feitas —dice Mari Paz, metiéndose el sugus en la boca.

—No es verdad, somos muy guapas —protestan a la vez.

—Feítas, no. Feitas. Riquiñas.

—Quiere decir que sois muy monas —traduce la madre—. En gallego. ¿Qué os he dicho de los dulces antes de comer? Id a barrer el pasillo, anda.

Aura ha regresado al salón y está ocupada en poner orden en el caos.

—Es increíble lo que han conseguido manchar en sólo una noche.

—¡No hemos dormido nada, mamá! —aclara Cris, desde el pasillo.

—Eso lo explica todo.

—Parece que han sobrevivido —dice Mari Paz, guiñándole un ojo.

Coge una bolsa de basura y se pone a su vez a recoger el unicornio de encima de la mesa. La pasta que no ha sido encolada aún la devuelve con cuidado al paquete.

Aura observa la operación, y no protesta. No están ninguna de las dos como para tirar la comida.

—Estaban muertas de miedo cuando llegué. Me han echado una buena bronca. La primera de mi vida. En parte por el susto, y en parte para que no les riñera a ellas por convertir el salón en un escenario de Gremlins.

—¿Qué es lo que querías proponerme? —pregunta Mari Paz, intrigada.

—Ahora no. —Aura se lleva un dedo a los labios—. Cuando se desenchufen. Con lo poco que han dormido hoy, caerán después de comer.

—A ver, que ahora no nos oyen.

—Fíate tú de los peces de colores. Y de lo que quiero hablarte no deben saber nada.

—¿Qué es, ilegal?

Mari Paz lo dice en broma, porque no se imagina a esa mamá de barrio bien y modales exquisitos cometiendo una infracción más grave que saltarse un stop.

Aura, que estaba raspando la galleta aplastada de la alfombra, se incorpora y le sostiene la mirada.

—Ilegal y muy peligroso —dice, muy seria.

—¿Qué quieres? ¿Robar un banco?

—Después hablamos —zanja Aura.

Ahora Mari Paz está más intrigada que antes, pero no quiere insistir. Así que hace un gesto hacia la puerta del pasillo.

—Son más listas que un allo, ¿verdad?

—Ésa me la vas a tener que explicar.

—Los ajos son todo cabeza. Como ellas.

Aura sonríe, echa el enésimo brik vacío dentro de la bolsa de basura y se encoge de hombros.

—No sé si son listas. Estoy hasta el toto de los padres que creen que sus hijos son superdotados. Según el grupo de WhatsApp de los padres de su antiguo cole, en su clase había quince genios.

Mari Paz hace un gesto de incredulidad.

—Ya será alguno menos.

—Ya sería ninguno. En fin, yo antes también era como esos padres. En otra vida. Ahora me vale con que no prendan fuego a la casa y que sean felices. Por ese orden.

—Hoy estuvo cerca —dice Mari Paz, señalando en derredor—. Yo puedo con esto. Tú ve a ducharte, anda.

La cara de Aura es de un alivio inmenso.

—¿De verdad?

—Arrea, antes de que cambie de opinión.

En ausencia de Aura, Mari Paz cotillea un poco a su antojo mientras recoge. En el salón de una casa está la vida de una familia. En el de la abuela, allá en Vilariño, el centro del salón era la chimenea. Y encima de ella, en el lugar más principal, las fotos de la familia. Del abuelo, del que más. Y también de papá y mamá. Todos los que se habían ido, dejando atrás una imagen imperfecta y un recuerdo de dolor, niebla y añoranza.

A un lado de la chimenea, la leña, que cortaba ella misma.

Al otro, una queimada polvorienta. La abuela le pasaba el plumero una vez al año, por San Xoan. Se o limpas perderase o sabor, decía.

Y si estos dos detalles no te dicen todo lo que necesitas saber sobre la abuela, es que no tienes sentidiño.

En ausencia de chimenea, en los pisos de los madrileños hay una tele. Los marcos de fotos en plata de ley nunca andan muy lejos. En esta casa hay una cantidad exagerada, casi todos de las niñas en distintos estados de riquiñez. Se ve a las niñas jugando en el jardín de una casa grande, con piscina. Un par de señores mayores, que deben de ser los abuelos.

Y por fin, la foto inevitable. La de Aura el día de su boda. Radiante, lo cual no extraña nada a Mari Paz, porque la rapaza es muy guapa. Lleva una diadema sencilla, un recogido imposible y un ramo de jazmines en la mano. Mira por encima del hombro del fotógrafo, al futuro feliz que da por sentado.

La otra mitad de la foto es lo que extraña a Mari Paz. El contraste con el novio. Un hombre grande, de ojos hundidos.

Ella, luminosa y ligera como el aire. Él, oscuro y pesado como una borrasca.

Cheira raro. Ese hombre no es trigo limpio.

El marido ya no está en la ecuación, y no le extraña. Los años que han pasado han dejado a su esposa arrugas en la frente, el rostro más lleno, el pelo más oscuro y una carga invisible sobre los hombros. Aun así, Aura sigue siendo pura luz. Y el hombre de la foto...

Oye abrirse el pestillo del baño. Mari Paz, sin tiempo para volver a colocar el marco de fotos en su sitio, lo deja caer dentro de la bolsa de basura.

Aura ha salido del baño, vestida sólo con unos pantalones cortos y una camiseta blanca. Recoge el paquete de pasta que ha logrado salvar Mari Paz (ahora de cuatro tipos distintos), y se dirige a la cocina, suspirando un metenéishechaunaesclava como sólo una madre puede hacerlo.

Por poco, piensa Mari Paz con alivio. Rescata el marco de entre los restos del naufragio, y le echa un último vistazo antes de colocarlo de nuevo en su sitio, cada vez más intrigada por aquella mujer que lo tenía absolutamente todo.

¿Qué demonios te pasó, rubia?

¿Y en qué lío quieres meterme?

13

Unos tatuajes

—Quiero natillas.

—Pues no hay.

—Pues un Actimel.

—Pues te aguantas. Cómete una pera.

—Sólo queda ésa —dice, señalando a la que acaba de coger Mari Paz del frutero semivacío.

La pera en cuestión se detiene a mitad de camino de la boca y recorre el camino inverso, rebasa el frutero y llega hasta el otro extremo de la mesa del comedor.

—Toma, cógela. Yo ya no tengo hambre —miente Mari Paz.

—¿Qué son estos dibujos? —dice Cris, que ha perdido repentinamente el interés por la pera.

Al inclinarse sobre la mesa para darle la pera a la niña, el albornoz se ha subido, y el brazo izquierdo de Mari Paz ha quedado al descubierto.

—Se llaman tatuajes, boba —corrige Alex.

El insulto provoca una briosa cadena de empujones e ytumases.

—Son de las unidades en las que he estado —responde Mari Paz cuando las gemelas resuelven sus diferencias—. Cada uno tiene una historia.

Y muchas cicatrices, y sudor, y escupir sangre en el barro.

—¿Unidades?

—Del ejército. Era mi profesión.

—No creo que a las niñas les interese esto —apunta Aura, entre dos bocados. Que es de comer lento y aún le quedan la mitad de los macarrones.

Cris y Alex tienen una opinión distinta, y se arrojan sobre el albornoz, levantándolo hasta el hombro.

—A ver, ¿éste de qué es? —pregunta Cris, señalando un águila sobre una cruz de Borgoña.

—Mi primera unidad. La BRILAT. Brigada Ligera Aerotransportada. Íbamos mucho en helicóptero.

—¿Y éste?

El dedo de la niña se detiene sobre un cuchillo sobre hojas de roble.

—Ése es del que más orgullosa estoy. Es el de la BOEL. La Bandera de Operaciones Especiales de la Legión. Muy poca gente lo tiene.

Los ojos de las gemelas se abren con admiración.

—¡Qué guay! ¿Y qué es eso?

—La mejor unidad de élite de Europa. Hay quien dice que del mundo.

—¿Quién lo dice?

—Pues nosotros, rapaza —se ríe Mari Paz revolviendo el pelo a Cris.

—¿Te costó mucho entrar?

Por la mente de Mari Paz pasan, como sombras fugaces, el millar de madrugadas despertándose a las cuatro de la mañana para correr doce kilómetros antes del desayuno.

El millar de noches durmiendo al raso, sin comida, ni ropa, ni brújula para orientarse, cruzando bosques y quebradas, pantanos y ríos en pleno invierno.

El millar que comenzaron la instrucción, de los que acabaron tan sólo siete.

El millar de golpes en las costillas del sargento instructor para que te vayas acostumbrando.

El millar de pedazos en el que la rompieron, antes de volver a componerla de nuevo.

Va a contestar, pero ahora nota la mirada de Aura, que ha dejado el tenedor sobre el plato, y está pendiente de su respuesta. Su ojo derecho tiembla un poco, con un tic nervioso que no llega a ser amenazante, pero está muy cerca.

—A ver, fácil no fue —responde al fin, escogiendo sus palabras con mucho cuidado—. Pero yo crecí con los guisos de la abuela Celeiro. Un buen cocido gallego te prepara para todo.

—¿Llevabas una pistola?

—Pues claro.

—Niñas —riñe Aura, elevando el tono—. Ya basta.

—¿Y mataste a alguien?

La legionaria no contesta. Sólo baja la cabeza.

El ambiente se ha espesado sobre la mesa.

—He dicho que basta. Acabad de comer.

Alex obedece y se sienta enseguida, pero Cris se resiste a soltar ese brazo tan grande y bonito.

—Estás mamadísima.

A Mari Paz se le pone cara de no entender.

—Pero si sólo he tomado una cerveza.

—Significa que estás muy cachas —traduce Aura—. En idioma TikTok.

—¿Titoc? E qué carallo é iso? —pregunta, confusa.

Las niñas estallan en una carcajada transparente y musical. Enseguida se une Mari Paz, de puro contagio. Y finalmente Aura se rinde a su vez, y el aire pierde algo de su pesadez.

—Id a dormir la siesta, niñas. Mari Paz y yo tenemos que hablar.

Ponzano

El motel tiene muchos nombres. Casi todos obscenos.

Ninguno elegante.

No es un lugar famoso, ni llamativo. Si vas por la A2 en dirección Barcelona, no repararás en él. Tan sólo es un edificio blanco, de ventanas pequeñas y cristales polarizados, a veinte kilómetros de Madrid. Sin carteles visibles.

Tienes que llegar hasta la puerta para descubrir su nombre. En letras diminutas, de un dedo de alto, grabadas con láser en una placa de metacrilato, se lee:

HERA

El nombre de la diosa griega del matrimonio y la fidelidad, protectora de las mujeres casadas.

Porque alguien tiene un perverso sentido del humor. Debajo de la placa, lector de tarjetas para los empleados.

Nada más. Sin recepción, sin posibilidad de entrar si no tienes reserva. Ni siquiera una puerta a pie de calle.

Al Hera no se llega por casualidad, y así quieren sus dueños que sea.

La discreción es su principal valor. Porque la mayoría de sus adinerados clientes tienen mucho que ocultar. Y se preocupan mucho de hacerlo.

Un periodista de El País, que oyó hablar de este lugar a un empleado descontento, tuvo la brillante idea de hacer un reportaje que tituló «Cuernos millonarios». Detallaba, hasta donde le llevó el atrevimiento y le dictó la sensatez, los servicios particulares del Hera. Habitaciones a partir de quinientos euros por cuatro horas. Suites a partir de tres mil euros por cuatro horas. Juguetes sexuales en las habitaciones. Una piscina independiente en cada una de las suites.

Hasta aquí, nada demasiado comprometido.

Se empezó a llenar los pies de barro cuando comentó que, en el cajón de la mesilla de noche, había un sobre negro —con la leyenda «Por si vienes solo o por si tu pareja y tú queréis animar las cosas»— que contenía una tarjeta dorada.

En la tarjeta había un código QR. Al escanearlo con el móvil, se accedía a un catálogo de acompañantes de ambos sexos, con precios a partir de cinco mil euros.

Para los clientes realmente especiales, hay una zona de la web a la que sólo se accede con contraseña. En ella aparece un catálogo con los acompañantes premium. Rostros que salen a diario en la televisión. Sin especificar el precio, bajo la premisa de que, si tienes que preguntarlo, no puedes pagarlo.

La gota que colmó el vaso fue cuando entró a describir el núcleo de negocio del motel. Que no radica en los puteros, ni en las parejas aburridas.

Sino en los cuernos.

Para poder ser cliente del motel tienes que ser socio, y para ser socio tiene que presentarte otro. Cuando te admiten, recibes —en un email anónimo— una carta que explica la filosofía del lugar, cuyo segundo párrafo dice:

... en un mundo en el que cualquiera puede sacarte una foto en tu momento más vulnerable y arruinar tu vida...

Hera se creó para aquellos con mucho que perder y pocas ganas de perderlo. Para aquellos que son la parte más débil de un matrimonio en separación de bienes. Para aquellos que no tienen agallas para dejar de vivir en un matrimonio sin amor.

Y, sobre todo, para los hijos de puta.

El reportero de El País, lleno de indignación woke, puritanismo cool y Tanqueray con pepino, añadió a continuación los hábitos de los mismos. Explicó cómo era imposible encontrar una habitación libre entre semana desde la una hasta las cuatro de la tarde. La franja horaria a la que más sencillo era para los corneadores ausentarse con un «tengo una comida de trabajo».

Nombres no daba, porque no había conseguido ninguno. Y quizás si no hubiese añadido la última línea, se habría salvado.

Si usted quiere saber si ella o él forman parte de este selecto club, busque en sus extractos de la tarjeta de crédito Hera Holdings Intl. Si lo encuentra, tengo malas noticias.

El reportaje se publicó en la web del periódico un jueves a las nueve y media de la noche. A las diez menos cuarto ya se había retirado. Estuvo visible algo menos de trece minutos.

A las once y media de ese mismo jueves, el redactor fue despedido. Ante sus protestas y súplicas, se le ofreció la readmisión si revelaba su fuente.

Tras resistirse con bravura durante cincuenta minutos completos, el redactor acabó revelando el nombre de su fuente, una limpiadora descontenta de nacionalidad rumana.

La mujer ya no volvió a aparecer por el motel. Dicen que regresó a su país, aunque el marido llamó insistentemente al único número que tenía de ella durante meses y meses, sin éxito.

El redactor fue despedido igualmente. Aguantó tres años a base de alcohol y pastillas de color. En su nota de suicidio ponía sólo: «No os metáis con los hijos de puta».

Los hijos de puta. Así, en general.

Y el peor de todos ellos, en particular, está dirigiéndose ahora mismo al motel Hera.

Sebastián Ponzano, presidente de Value Bank, va conduciendo —más rápido de lo aconsejable— su propio coche. Lo cual es muy poco habitual. Cerca ya de los setenta, es consciente de que sus reflejos no son los que eran. Así que, desde hace una década, delega el volante en un chófer de absoluta confianza.

El hecho de que hoy esté él en el asiento delantero es un indicativo de lo secreto del asunto.

Nadie en absoluto puede saber de su visita al motel.

Por eso ha elegido la hora punta, la de comer, donde su presencia pasará más desapercibida a un personal desbordado.

Ha pagado la habitación con una tarjeta opaca, a nombre de una sociedad en las islas Vírgenes.

Y, lo más importante, le ha dicho a su secretaria que iba a pasar la hora de la comida leyendo en el parque, como hace cada cierto tiempo. Al salir, llevaba bajo el brazo bien visibles el Gran Saber de Confucio y el tomo cuatro del Digesto de Justiniano.

Pues... ¿quién sospecharía de un pobre anciano dedicado al estudio del derecho romano y la filosofía oriental?

—Aviso a Aurelio, don Sebastián, espere —dijo la secretaria, al verle salir.

—Tranquila, mujer, si voy dando un paseo —respondió él, ya en el ascensor, sin darle tiempo a protestar.

Quién diría que el presidente de un banco tuviera menos libertad que cualquiera de sus empleados, se lamentó Ponzano, mientras se metía en el coche.

El parking de la sede central de Value Bank estaba lleno a esa hora. Hasta arriba. La sobrecarga de trabajo de las últimas semanas, con lo que está por venir, y el miedo a quedarse fuera, atan a los empleados a sus mesas. Pero Ponzano no pensó en esa ausencia de libertad, sino en la suya.

Añoró, no por primera vez, los tiempos en los que él sólo era un trabajador más, a la sombra de su padre. El irrepetible Mauricio Ponzano, el gran banquero de la Transición. En su funeral hubo jefes de Estado, en plural.

En aquellos años mozos, hace cuarenta y tantos, Sebastián Ponzano trabajaba dieciséis horas diarias. Pero cuando se quitaba la corbata y salía del banco, nadie le pedía cuentas.

Hoy, hasta para mear me fiscalizan. Qué vida, Señor.

Colocó los libros con sumo cuidado en el asiento de su Jaguar XF y se puso en marcha en dirección al motel. No tecleó la dirección en el GPS; la había memorizado para dejar el mínimo rastro posible. Sabía que Aurelio notaría que había cogido el coche, y pergeñó una excusa plausible.

Mi propio coche, y tengo que explicarme. Qué vida.

Aprieta el acelerador. A ella no le gusta que la hagan esperar.

Veinte minutos después, llega al acceso exterior del Hera e introduce el código que le han dado al hacer la reserva.

Una barrera se levanta, y el Jaguar desciende una rampa que se abre en un espacio abierto, protegido por altos muros de hormigón.

El motel no tiene puertas para los clientes. Pero sí para sus coches.

El lateral del edificio está plagado de accesos para vehículos. Cada uno de ellos conduce a un pequeño parking doble, con un ascensor que se abre directamente en la habitación que el cliente ha reservado, y en ninguna otra. La ingeniosa arquitectura del edificio, controlada por un software de inteligencia artificial, crea un camino único para los clientes normales, que jamás pueden cruzarse con otro cliente. Incluso si los amantes entran y salen por separado —como es habitual—, ya que cada uno tiene su propio código de acceso.

Ponzano rodea el edificio y pasa —sin él saberlo— bajo las ventanas de las habitaciones en las que hacen el amor una ministra y un famoso periodista; un futbolista y un arquitecto; una jueza y otra jueza; un actor de segunda y una prostituta. Siete de ellos casados, tres dentro del armario, y una con ganas de volver a casa y ponerse a ver Netflix.

Llega a la puerta que le corresponde, la veinticinco, y aquí es donde los miles de euros que ha pagado empiezan a marcar la diferencia.

Los clientes VIP que ocupan una de las cinco suites obtienen la máxima privacidad que el dinero puede comprar. El acceso de vehículos se abre a un gigantesco ascensor, único para esa suite.

El coche entra en el enorme espacio, y el ascensor se pone en marcha con un zumbido metálico. Al llegar arriba, aparca en un espacio exclusivo. El contiguo está ocupado por un Mercedes Clase S Gran Berlina, con las lunas tintadas.

Ya está aquí. Mierda.

Comprueba el reloj. Sólo dos minutos tarde, pero ella se lo hará pagar. Ponzano baja del Jaguar sintiendo un hueco en la boca del estómago. Se para un instante para comprobar su imagen en el espejo que hay junto a la puerta de entrada de la suite. No encuentra nada fuera de sitio. La chaqueta azul marino abotonada, el nudo de la corbata prieto como el puño de un avaro. El pelo blanco peinado hacia atrás, formando caracolillos en la nuca. Pelo de rico.

Todo bien por fuera. Por dentro...

Cuando va a abrir la puerta de entrada a la suite, ve su mano temblorosa, débil.

La mano de un viejo agarrándose a un clavo ardiendo.

Se toma unos instantes para serenarse.

Ha costado un enorme esfuerzo conseguir este encuentro. Todo lo que ha construido a lo largo de su vida le ha llevado a estar delante de esta puerta.

No puede permitirse fracasar.

Lo último que me faltaba es un gatillazo, tan cerca de la meta, piensa.

El sarcasmo ayuda. No mucho, lo justo para que la mano contenga su temblor.

Inspira hondo y gira el pomo.

La suite Cleopatra es enorme. Más de cien metros cuadrados en un espacio diáfano.

El lugar es la fantasía sexual de un pervertido con demasiado dinero y demasiados visionados de En busca del arca perdida. Las columnas de cartón piedra remedan pobremente la arquitectura del Antiguo Egipto. Plagadas de jeroglíficos y con antorchas falsas a media altura. La cama es descomunal, y las sábanas azules tienen esfinges estampadas. La piscina burbujeante que hay a la izquierda de la estancia muestra un mosaico con el ojo de Horus en el fondo. Sobre una barra, a la derecha, una botella de Moët & Chandon se enfría en una cubitera, jalonada por dos copas de tallo alto con ribetes de oro.

Nada en este monumento al mal gusto capta la atención de Ponzano, porque él sólo tiene ojos para la mujer junto a la barra.

Incluso sentada no puede esconder su envergadura. Es alta, mucho más de lo que parece en las fotos. Seca de carnes, de piel tostada, pelo negro, ojos de acero. Vestida con falda y chaqueta rojas, como en las fotos que salen casi a diario en los periódicos.

Con su pañuelo al cuello, una sola vuelta. Una concesión elegante a la coquetería. Tapa así las arrugas del cuello que traicionan su edad. El único signo de debilidad en una apariencia estudiada al milímetro y ensayada hasta la extenuación.

Laura Trueba, la presidenta del banco más grande de Europa. La persona más poderosa de España.

La mujer levanta la mirada del móvil cuando escucha abrirse la puerta. Gira un poco la cabeza hacia su izquierda, sin volverla del todo, para llamar la atención del hombre que aguarda tras ella. Calvo, con la constitución de un armario.

—Eso será todo, Alejandro. Gracias.

El guardaespaldas hace un gesto de asentimiento y se dirige hacia la salida. Pasa tan cerca de Ponzano que el viejo puede oler su perfume.

Ponzano le dirige una mirada de rencor y no dice nada hasta que el otro se marcha.

—Dijimos que nada de servicio —protesta.

—Sí, supongo que eso dijimos. Sí.

Laura Trueba no se mueve de su asiento. El taburete es alto y resalta la forma de sus fibrosas piernas. A pesar de haber cumplido los sesenta, la banquera tiene el físico de una mujer quince años más joven.

No le ofrece sentarse a su lado, ni continuar la conversación en los sillones cercanos, donde estarían más cómodos.

Ponzano ya tiene una edad para no caer en esos juegos de poder.

—¿Has pensado en mi propuesta?

—He pensado.

—¿Y?

—Es una buena propuesta.

El viejo sonríe, abiertamente, sin poder evitarlo. Durante los tres segundos que ella tarda en añadir:

—Pero no voy a aceptarla.

La sonrisa de Ponzano ondea, trémula, pero no llega a desvanecerse del todo. Se inclina un poco hacia adelante arrugando la nariz y subiéndose las gafas hasta la frente. Sin ellas, sus ojos parecían mucho más pequeños.

—Laura, éste es el momento. Si fusionamos nuestros bancos, seremos imbatibles. Tus clientes de banca privada...

—Eso ya lo sé —dice ella, apartando la vista.

—Vuestro tamaño aumentará en quince mil millones.

—Ése no es el problema.

El plan era sencillo, en realidad. Trueba lanzaría una oferta pública de adquisición de acciones, poco antes de la presentación de las cuentas anuales del Value Bank, por debajo de su precio. La OPA hará creer a los accionistas que Trueba sabe que las cuentas van a dar malos resultados, que venderán corriendo.

Cuando se presenten las cuentas, con los mejores resultados de la historia, las acciones subirán como un cohete. Para los accionistas, que habrán vendido a pérdida, será un drama. Para Trueba, que se convertirá en la principal accionista del banco, será un triunfo. El Gobierno tendrá que autorizar la fusión de ambas entidades.

El plan es sencillo, infalible, y bastante ilegal.

Lo que están haciendo hoy es pactar una manipulación del mercado a gran escala. Como no se había visto en décadas.

Si nos pillan, será un escándalo. La ruina y la cárcel.

Pero eso no es lo que preocupa a Laura Trueba. La Comisión Nacional del Mercado de Valores investigará, por supuesto. Un movimiento tan atrevido se verá sometido al mayor escrutinio posible.

Pero si no pueden probar la manipulación, ni el más mínimo contacto entre ambos...

Y no podrán. Nos hemos cuidado mucho de ello.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

Ella se alisa una inexistente arruga en la falda, con displicencia.

—No me fío de ti, Sebastián. No me fío.

—Los números son sólidos. Nuestras acciones no han parado de crecer en el último año y medio.

—Después de caer casi un cuarenta por ciento.

Directa a la yugular, ¿eh?

Sabía que era el mayor obstáculo que ella le presentaría, aunque creía que tardaría más en sacarlo a colación. El hecho de que haya ido al grano, sin marear la perdiz, es una grieta en la armadura de la gran Laura Trueba.

Ella permanece quieta tras soltar la bomba. Ponzano la estudia con detenimiento.

Te mueres de ganas de aceptar. Comprar el Value Bank. Lo que tu padre no consiguió, por más veces que lo intentó.

Pero hay una mosca en la sopa.

Una mosca que protagonizó un escándalo del que aún se habla. El escándalo que hizo desplomarse las acciones del Value Bank, y del que aún se están recuperando.

Una mosca que fue señalada como la única culpable.

Una mosca llamada Aura Reyes.

—Todo está bajo control.

—¿Estás seguro de que no va a conseguir la fianza?

Ponzano sonríe con afectación.

—Nos hemos ocupado de ello.

Ahora es el turno de Trueba de observarle, tamborileando los dedos sobre la falda, durante casi un minuto.

—Sigo sin fiarme de ti, Sebastián —dice ella, poniéndose en pie y encaminándose hacia la puerta—. Pero si consigues tu cabeza de turco, si esa mujer entra en la cárcel, a la vista de todos..., tendrás lo que quieres.

Así de sencillo.

Ponzano aprieta los labios en un gesto de triunfo.

—Es irónico, ¿verdad?

Trueba vuelve la cabeza, intrigada.

—Quizás sea la única vez en la historia de este lujoso antro —continúa Ponzano, haciendo un gesto alrededor— en que dos personas no quedan para follar.

—Si metes la pata, Sebastián —dice ella antes de marcharse—, a quien nos van a follar es a nosotros.

14

Una pregunta

Dormir a las gemelas es una tarea titánica.

Por suerte, también muy breve.

Tiene que llevarlas a su habitación —ahora han de compartir el antiguo dormitorio de Aura— y meterlas en la cama. El colchón es viejo, la habitación es estrecha y las niñas son inquietas. Pero toda la noche sin dormir es demasiado incluso para estos dos terremotos con patas.

—No tengo sueño —proclaman a la vez.

—Cerrad los ojos, y a ver qué pasa.

A los dos minutos, roncan como motosierras.

Cuando Aura regresa al salón, encuentra a Mari Paz apurando los restos de la cerveza. Sólo le falta exprimir la lata, por si le saca alguna gota.

—¿Tienes un problema con el alcohol? —dice, sentándose junto a ella.

Mari Paz se encoge un poco, como si la hubiesen pillado metiéndose los dedos en la nariz. Deja la lata con tristeza sobre la mesa. Es una Mahou, pero menos da una piedra.

Aura necesita una respuesta a dos preguntas antes de contarle el plan. Un plan que puede acabar de joderles la vida, o acabar con ellas muertas en una zanja.

A la primera pregunta, Mari Paz responde con otra.

—¿No tendrás otra, rubia? —dice, agitando el envase vacío. Así que sí, Mari Paz tiene un problema.

Pero Aura no tiene opciones.

—Era la última. Te has bebido hoy mi presupuesto de alcohol para todo el mes.

—Pero si sólo había una...

—Eso te da una idea de cómo están las cosas.

La gallega no responde, sólo se cruza de brazos y la mira, expectante.

Aguarda a que ella dé el primer paso.

Pero Aura no quiere contarle nada aún. No sin hacerle la segunda pregunta, algo que la ha estado torturando desde que salieron de los juzgados.

—Cuando la funcionaria entró y me llamó la primera... Tú le dijiste que me dejase dormir.

Mari Paz asiente, con cierta sorpresa. Como si esperara otra pregunta mucho más dura, pero quizás más fácil de responder.

—¿Por qué lo hiciste?

—Ya te lo he dicho. Estabas muy dormidiña.

Aura tuerce el morro y echa una larga mirada a Mari Paz, que sigue jugueteando con la lata.

Esta mujer es hermética. Hermética y compleja. Pero, como todos los mecanismos difíciles, suele tener una solución sencilla.

Y, de pronto, da con ella.

—No es cierto. Querías salir antes que yo. Porque sabías que las latinas me estarían esperando. Podrías haberte marchado, pero te quedaste a ayudar a una tía a la que no conoces de nada.

—Me había llevado tu desayuno.

—Que me esperaras... Eso es inusual. En general, toda tú eres inusual —dice Aura mientras la señala dibujando círculos con el índice.

—Rubia, creo que te estás flipando, ¿eh? —se defiende Mari Paz, echándose atrás en la silla.

Aura sabe que no, y también que la legionaria no va a dar su brazo a torcer. Ese brazo que se ha vuelto a quedar al descubierto cuando ha cambiado de postura. No puede evitar mirarlo fijamente y detenerse en la violencia de cada uno de los símbolos.

El águila.

La calavera con el chapiri.

El arcabuz, la ballesta, la alabarda.

La leyenda Novia de la muerte en historiada cursiva.

Mari Paz se incomoda ante el escrutinio, y saca el brazo de la mesa.

—A su padre lo mataron —explica Aura, retirándose el pelo de la cara—. Un soldado de élite, como tú. Hace dos años.

Silencio.

—A él lo mató y a mí me dejó malherida.

Más silencio. Del tipo que haría que un cómico se pegara un tiro sobre el escenario.

—¿Le cogieron? —pregunta Mari Paz, cuando se le hace imposible aguantar más.

—Desapareció —dice Aura, sacudiendo la cabeza.

—¿Por qué...?

No le deja acabar la pregunta.

—Mi marido andaba en negocios sucios. Fueron a por él, y yo estaba en medio. Un par de policías me encontraron desangrándome en la puerta de sus habitaciones. Justo a tiempo.

—¿Y las niñas? —pregunta Mari Paz, con voz grave.

Aura se fija en cómo aprieta los puños. Los músculos de su antebrazo se tensan como cables de acero.

—No se enteraron de nada. Mis padres las recogieron, les echaron una manta por la cabeza y las trajeron aquí.

Mari Paz pasea la mirada por el salón, donde aún flota la ausencia, y vuelve a fijarla en Aura.

—Tus padres ya no están, ¿no?

—Mi padre murió de un ataque al corazón poco después. Mi madre ya tenía principio de alzhéimer entonces. Al morir mi padre, la tuve que meter en una residencia.

Una residencia carísima. Tres mil doscientos cincuenta y tres euros con cincuenta céntimos todos los meses. Y subiendo.

Mari Paz parpadea, aturdida.

—Carallo, nena —resopla—. Carallo.

Aura apoya los codos sobre la mesa, deja caer la cara entre las manos y aspira fuerte por la nariz, intentando contenerse.

—Ahora sí que me tomaba esa cerveza, ¿sabes?

Como de eso ha quedado claro que no había, la legionaria se levanta, va a la cocina, rellena la jarra de agua y le sirve un vaso.

—Era Mahou. Esto es casi lo mismo.

Aura, que estaba a punto de echarse a llorar, se descubre soltando una carcajada. Quebrada y áspera, pero risa al fin. Y a la risa le sigue el llanto, enganchado como una cereza a otra.

Mari Paz se agacha junto a ella, con sus propias lágrimas pidiendo entrar al terreno de juego.

—Unha aperta?

Aura duda un momento. No es un momento muy largo.

—A quién no le va a gustar —dice entre hipidos. Y se deja rodear por los enormes brazos de la legionaria.

Cuando logra serenarse y rompen el abrazo, Mari Paz se sienta junto a ella, en el lugar que antes había ocupado Cris.

—Mimadriña. La vida te pasó por encima en seis meses. Yo creía que lo había tenido jodido, rubia. Pero lo tuyo es de récord, ¿eh?

—¿Crees que eso es todo?

Aura se restriega los ojos y se suena los mocos con la servilleta usada antes de añadir:

—Pues ponte cómoda, que ahora empieza el drama.

15

Un relato

A veces la valentía se demuestra abriéndose a una completa desconocida.

Aura no es propensa a desnudarse así, no lo ha sido nunca.

Pero hoy no se calla, no.

La rabia la espolea.

Rabia

«La esperanza es lo último que se pierde».

A su madre le gustaba repetir eso muy a menudo. Con su castellano perfecto, de maestra de escuela nacida en Salamanca.

No importaba lo mal que se pusieran las cosas, su madre soltaba la frase, y acababa teniendo razón. El tiempo pasaba, el viento se llevaba las nubes, el novio que había cortado contigo en el instituto dejaba hueco a otro más guapo y más alto.

«Si ya lo decía yo», remataba ella, cuando tocaba. Como si se lo hubiese estado guardando.

Lo de perder la esperanza en último lugar no debía ser cierto porque a Aura apenas le quedaba de eso.

Seis meses después del brutal ataque que sufrió en su casa, aún no había conseguido recuperarse. Su vida consistía en comer, hacer rehabilitación para fortalecer la musculatura abdominal —allí donde el asesino la había rajado con un cuchillo— y poner buena cara para las niñas. Todo ello acciones vacías que intentaban revertir la matemática inexorable que había despojado a la vida de significado.

Muchas mañanas iba a la residencia a acompañar a su madre.

Ella apenas la reconocía.

Cada visita era idéntica. La recogía en el pasillo de su habitación, esquivando a viejos que deambulaban con aire de haberse ausentado un instante de su propio entierro. La saludaba con un abrazo unidireccional, que era como abrazar cristal cortado. Tecleaba en el ascensor el código para que se activase, procurando que no lo viera su madre, ya que se había escapado de la residencia en un par de ocasiones.

Después paseaban cogidas del brazo. Renqueantes ambas. Una por los años, otra por las heridas. En aburrido silencio.

Lo único peor que el silencio era la pregunta.

—¿Quién eres?

—Soy tu hija, mamá —repetía ella, una y otra vez—. Soy Aura.

Su madre asentía, y continuaba caminando.

Aura se hacía una idea de lo sola que debía sentirse su madre, rodeada todo el tiempo de caras irreconocibles cuya presencia resultaba difusa, fantasmal y harinosa.

El mejor momento del paseo era cuando se sentaban bajo un árbol. Aura llevaba un libro siempre, y leía en voz alta. Nunca le había gustado. El esfuerzo de hablar la sacaba de la historia y sus ojos iban más rápido que su lengua, intentando anticiparse a los renglones. Pero la lectura ejercía un efecto balsámico en su madre, que se relajaba y escuchaba atentamente.

Y, sobre todo, sin preguntar.

Aura no soportaba la pregunta.

—¿Quién eres?

Respondía siempre amablemente, con una sonrisa y una caricia en el dorso de la mano, o en el hombro, que su madre aceptaba. Pero en el fondo de su alma, cada pregunta caía como una piedra rugosa y afilada. Y se quedaba ahí esperando a la siguiente, que tardaba muy poco en llegar.

Mejor leer en voz alta.

Al principio compraba libros para la ocasión. Paraba en una pequeña librería de barrio, junto a la residencia, y cogía algo de la mesa de novedades. Casi sin mirar. Antes amaba leer, pero ahora todas las historias le parecían iguales.

Todo la aburría. No veía el momento de regresar al trabajo. Pero su jefe no quería ni oír hablar de ello.

«Recupérate a tu ritmo», decía. «Tú eres la mejor estratega que he conocido en mi vida. Te necesito al cien por cien».

Aura era la mejor gestora de fondos de inversión del banco. El que ella había creado era el fondo estrella del Value Bank. Con rentabilidades constantes, año tras año. Sabía que su empleo no estaba en riesgo. Cualquier entidad del país le ofrecería un puesto sin dudarlo en cuestión de horas.

Así que obedeció.

Los libros nuevos no sólo la aburrían a ella. También su madre se cansaba. Movía el culo, movía los pies, tosía o se levantaba.

Un día de fiesta que fue a visitarla, Aura encontró la librería cerrada. Regresó frustrada al coche, preguntándose cómo podría llenar el tiempo. Y entonces lo vio. En el asiento trasero del BMW X5, las niñas se habían dejado olvidado uno de los libros del colegio.

Tendrá que servir, pensó.

Cuando llegó el momento, sentadas en el banco bajo el árbol, Aura lo abrió y comenzó a leer.

Alicia estaba empezando a aburrirse allí sentada en la orilla junto a su hermana, sin tener nada que hacer; había echado un par de ojeadas al libro que ésta leía, pero no tenía dibujos ni diálogos. «¿Y para qué puede servir un libro sin dibujos ni diálogos?», se preguntaba Alicia.

Algo sucedió, casi de inmediato. A medida que Aura hablaba, su madre se iba enderezando, como si reconociera lo que estaba escuchando. En el pasaje en el que el conejo

(blanco, un color peligroso)

pasa corriendo junto a Alicia, su madre la miró a los ojos, asintió y sonrió.

—Bien. Nada más.

Para Aura fue suficiente.

Al volver a casa fue derecha al garaje. Al fondo, al lado de los esquíes, había una pila de cajas polvorientas. Cosas que no se decidía a tirar. La que buscaba estaba —cómo no— la última. La abrió, y la nube de ácaros que le saltó a la cara la hizo estornudar.

Ahí estaban.

Los libros que ella tenía cuando era niña.

Libros gastados, cutres, que no quedaban bien en la carísima estantería a medida del salón.

Libros forrados de plástico porque había que llevarlos al cole. No con los forros modernos de Aironfix, sino con plástico grueso del que amarillea con los años. Todos ellos con una etiqueta de papel, pegada con un celo quebradizo que el tiempo había vuelto marrón. En el primero se leía: «Aura Reyes, 7.º EGB».

Al coger el libro en la mano, Aura sintió un escalofrío.

La ilustración de la portada mostraba al joven Jim Hawkins —con el pelo largo y rubio recogido en una coleta—, arrodillado en la boca de una cueva. Su mano izquierda abría un saco de tela. La derecha sostenía un puñado de monedas de oro. El suelo de la cueva estaba repleto de ellas, tantas que desbordaban la portada y tenían que seguir en la parte de atrás de la cubierta. Al fondo, en un mar azul en calma, aguardaba La Hispaniola, con su promesa de libertad.

Quince hombres sobre el cofre del muerto, cantó mentalmente Aura.

Yo, ho, ho, la botella de ron, respondió la Aura de doce años, la que se había escondido en el barril de manzanas, frustrando la rebelión de los piratas y encontrando un padre en Long John Silver.

Cargó la caja con todos los libros en el maletero del coche. Pero el primero que llevó para leerle en voz alta a su madre fue aquel ejemplar ajado de una novela a la que no había regresado en treinta años. Abrirlo le recordó que la lectura para ella no era un mero entretenimiento, sino un viaje. Los libros, los libros buenos, un pasaporte sin caducidad.

Leyó durante horas, más que nunca antes. Tantas que llegaron tarde al almuerzo.

—El comedor ya está cerrado —dijo una de las cuidadoras poniendo cara de vinagre—. Tendrá que comer en su habitación.

A Aura no le importó. Recogió las gachas frías y la pechuga hervida y reseca —por cara que sea una residencia, la comida siempre será pésima— y acompañó a su madre hasta la habitación.

Tuvo que alimentarla personalmente, cortando cada porción en un tamaño pequeño, ya que ella por sí sola se olvidaba de comer. No le importó. Aquel día estaba feliz. Su madre había mostrado pequeños avances. Miradas, palabras, gestos. Era bracear contra corriente, por supuesto. Pero.

La esperanza es lo último que se pierde, pensó Aura, y encendió la tele, para que les hiciese compañía.

A los pocos minutos, y ya terminando el postre —unas natillas con la consistencia del engrudo—, Aura comprendería que el refrán tenía razón.

—Mi hija. Mi hija —dijo su madre, señalando a la imagen en el telediario.

Aura levantó la mirada, sonriente, y se encontró a sí misma devolviéndole la sonrisa desde la tele.

La foto, extraída de la web del banco, mostraba a una Aura más joven, más feliz. Llena de confianza, de seguridad en sí misma.

«... Se cree que Aura Reyes es la única responsable del escándalo del fondo de inversión Premium del Value Bank que ha estallado esta mañana. Miles de pequeños inversores podrían perder sus ahorros. Así se manifestaba el presidente del banco, Sebastián Ponzano, hace unos minutos:

—Si es verdad que una de nuestras empleadas ha traicionado nuestra confianza, actuando por su cuenta...».

Por supuesto, lo primero que hizo Aura —en un claro reflejo del siglo XXI— fue coger el móvil y llamar a Ponzano.

Daba señal.

Nadie descolgaba.

Fue entre la sexta y la séptima intentona fallida de establecer la comunicación cuando comprendió que el refrán era cierto.

La esperanza es lo último que se pierde, sí.

Porque ella había perdido todo lo demás.

16

Una mirada

—No, no lo había perdido —se corrige Aura, alzando el puño delante de la cara—. Me lo quitaron. Me lo quitaron todo.

Levanta el pulgar.

—Un asesino me quitó a mi marido, sin que aún tenga muy claro el porqué. Hay una investigación en marcha, me dicen.

Levanta el índice.

—Ponzano me quitó mi reputación, mi carrera, y me echó encima a la fiscalía.

Levanta el corazón.

—Me hicieron escraches. Salvajes. Acampaban delante de mi casa. Me tiraban piedras al coche. Escupían a las niñas.

Levanta el anular.

—Perdí mi casa, todo lo que tenía.

Queda el meñique, encogido tras el dorso de la mano.

—Casi todo —dice Mari Paz señalando en dirección al dormitorio donde las niñas duermen.

—A ellas también me las van a quitar. No puedo pagar la fianza, y el juez me ha mandado a prisión preventiva. Por riesgo de fuga, dice. Como no me fugue andando...

Alza el meñique también, y extiende la mano vacía.

—¿Y tu abogado está de carallada, o a qué anda? —suelta Mari Paz.

Aura se encoge de hombros.

—Tenía uno muy bueno, pero ya no puedo pagarle. Y ahora tengo a una abogada de oficio que no se encuentra el culo con las dos manos.

—¿De verdad no puedes pagar la fianza? Esta casa...

—Esta casa es de mi madre. La he hipotecado para poder pagar su residencia. Pero ni aun así llegaría a la fianza.

Mari Paz siempre ha sido de decir las cosas claras. Tendencia personal que tiende a alzarse en armas contra su acervo genético gallego. En los momentos delicados, es de librar batallas internas entre necesidad y enunciación.

Al final siempre encuentra una manera de decir lo que le ronda por la cabeza con dulzura y sutileza.

—Y digo yo, ¿no aparecería por ahí algún dinero que nadie supiera dónde estaba, no? Y no es que yo quiera acusar a nadie, ¿eh?

Aura recibe la insinuación con la elegancia de un directo al hígado.

—¿Crees que soy culpable?

—A ver, yo abro puertas.

Aura se ríe con amargura.

—Si yo hubiese robado ciento y pico de millones de euros, ¿iba a estar aquí?

—No, supongo que no.

—Supones bien. Si yo hubiese robado ese dinero, lo habría hecho bien. Y estaría en Belice o en Bahamas tostándome al sol con las niñas en la cubierta de un yate y bebiendo mimosas en bikini.

Mari Paz reprime —con cierta dificultad— la imagen de Aura en traje de baño.

—Así que eres inocente.

—Soy muchas cosas. Torpe, confiada y, desde luego, bastante ilusa. Pero no, no robé ese dinero.

—¿Y por qué todo el mundo cree que sí?

—Me tendieron una trampa. Alguien manipuló el fondo de inversión para comprar activos distintos a los que yo seleccionaba personalmente.

—¿Y cómo lo hicieron?

Aura menea la cabeza.

—No lo entenderías.

—Prueba, no vaya a ser —dice Mari Paz, tozuda.

En los siguientes minutos, Aura empieza a lanzar conceptos como swaps, late trading, market timing, activos tóxicos, Esquema Ponzi y otras lindezas. Las palabras se van acumulando unas junto a las otras hasta que dejan de tener sentido.

—Vaiche boa! Me hablas en lenguas extranjeras —la detiene Mari Paz, rindiéndose.

—Aún no había empezado —dice Aura, que no parece alegrarse de tener razón, lo cual complace a Mari Paz—. No te preocupes si no lo entiendes. Yo he dedicado mi vida a esto, y tampoco lo entiendo sin un diagrama delante. El mundo financiero se ha vuelto tan complejo que casi todo está en manos de los ordenadores.

—Conclusión, que tampoco puedo saber si eres inocente.

Aura se encoge de hombros.

—Lo soy. Y en tres semanas...

Parece a punto de echarse a llorar de nuevo.

—¿No tienes nadie con quien dejar a las niñas? —pregunta Mari Paz con cautela—. Si pasase lo peor, claro.

—No tengo más familia que mi madre. Mis amigas... resultaron no serlo tanto.

—Habían invertido en tu fondo, ¿verdad?

—Yo misma había invertido en el fondo. Todo se ha evaporado.

—A lo mejor podrías...

—No.

Aura mueve la cabeza despacio, muy despacio.

—Todo lo que se te pueda ocurrir ya lo he pensado. Hay algo que tienes que saber sobre mí, Mari Paz. Soy una planificadora increíble. Improvisar se me da bien. Con tiempo, soy imbatible. Y ya llevo año y medio pensando.

—¿Y a qué conclusión chegaches?

—Por las vías normales, no hay salida. Estoy desesperada.

No lo dice con lástima, ni con pena. Su tono no es pesado y lúgubre, sino neutro, aséptico. Quizás un poco cansado, pero lleno de acero.

Mari Paz ha escuchado ese tono antes, ha visto antes esa mirada.

En Albania, en una gasolinera arrasada por los rebeldes, a un padre tirado en la carretera con sus cuatro hijos, a los que intentaba llevar a lugar seguro.

En Kosovo, en una trinchera al oeste de Pristina, a un miembro del Ejército de Liberación que se había quedado toda la noche sosteniendo la cabeza de su hermano muerto, esperando una ayuda que nunca llegó.

En Irak, en una tintorería abandonada en Faluya, a la esposa de un coronel insurgente a la que un puñado de soldados había violado en grupo como represalia por un atentado fallido.

Todas sus miradas eran la misma mirada.

Conoce cómo terminaron las historias del padre, del hermano y de la mujer.

El albanés desoyó a los cascos azules y siguió andando huyendo de los serbios, cruzando con sus hijos un campo de trigo reseco. Una mina los mató a los cinco.

El kosovar salió a campo abierto al rayar el alba sin que pudieran detenerle, sin nada más que su pistola descargada. Cayó abatido antes de dar veinte pasos.

La iraquí, consciente de que estaba deshonrada a los ojos de su marido y de su familia, fue en busca de un artificiero insurgente, que le ató al pecho seis kilos de explosivos. Se voló delante de una comisaría, matando a diecisiete personas.

Ese brillo gélido en los ojos que todos compartían, que ahora vuelve a ver en la mujer que tiene enfrente, le dice a Mari Paz que había juzgado mal a Aura. Había creído que era una pijilla de pasta que había tenido una noche loca y había acabado por error en la Plaza Castilla. Que, de tanto ir a dormir la mona para no pasar frío y llevarse un bocata gratis, la legionaria ha acabado perdiéndole el respeto a la institución y a sus inquilinos.

Aura no es lo que ella creía.

Aura es una persona muy peligrosa.

Y eso le da miedo, mucho miedo.

Y también le pone cachondísima.

—¿Qué es lo que quieres, rubia? —dice con la voz ronca (que es como se la dejan las dos emociones anteriores).

—Quiero demostrar que no soy una ladrona.

—Para eso necesitas mucho dinero.

—Lo sé.

—¿Y cómo pretendes conseguirlo?

—Vamos a robarlo.

La legionaria menea la cabeza, con incredulidad.

—Estás loca.

—No, no estoy loca. Estoy hasta el coño. Es importante que lo entiendas.

—Comprendo —dice Mari Paz. Y es verdad. Porque ella también lo está.

Aura coge el vaso de agua y da un trago, despacio.

—Antes de que nos cruzásemos por pura casualidad, lo que pretendo sólo era una fantasía. Una manera de ocupar la mente en las noches de insomnio. Ahora es distinto.

—Porque atopaches con una desconocida que sabe hacer un par de cosas.

El tono de Mari Paz es seco, desconfiado.

—Como te dije, estoy desesperada. Y los mendigos no pueden ser exquisitos.

Mari Paz, que ha llegado a considerar el cartón de Don Simón una exquisitez, no puede contradecir eso. Pero sigue sin estar convencida. Una cosa es emborracharse en público para cambiar de aires, pasar una noche con calefacción y bocadillo.

De chistorra, a poder ser.

Y otra cosa bien distinta es embarcarse en el plan que tenga en la cabeza esa tola, que vete tú a saber. Que los madrileños no tolean a la media vuelta, pero sí los dueños de una mirada como ésa. Los dueños de una mirada como ésa son de los que queman sus naves, prenden fuego a los puentes y saltan desde sitios muy altos, sin importar cómo van a regresar o si hay agua debajo.

Luego Aura añade —con una sonrisa tenue, casi avergonzada— otra razón, la verdadera razón.

—Y porque me esperaste al salir en los juzgados. Lo cual cambia todo.

Y Mari Paz no contesta:

Porque tú me salvaste antes, rubia. Sin tener por qué.

Ni tampoco dice:

Es que va de esto, al final, la vida.

Porque hay cosas que son como son, y se entienden sin decirlas, o se entienden si no las dices, o se dicen sin entenderlas, pero siguen siendo.

Mari Paz se entiende, aunque no se haga entender. En el nudo que tiene en la garganta se le queda todo, bien apretado y lleno de ideas y sentimientos que acaban regresando por donde han venido.

El caso es que no contesta.

Y pasan los segundos, y Aura no puede aguantar más la incertidumbre.

—¿Cuento contigo?

Es esa clase de pregunta que te obliga a sacar lentamente el paquete de tabaco, palpar todos los bolsillos buscando las cerillas y, cuando al fin enciendes el cigarro y exhalas el humo, contestar: «Pues no sé qué decirte». Por desgracia, Mari Paz lleva tres semanas sin pasta para tabaco, así que no le queda otra que responder.

—No te digo que no...

Aura endereza la espalda, con un brillo entusiasmado en la mirada, pero Mari Paz levanta la mano, parándole los caballos.

—... pero tampoco que sí. Cuéntame tu plan muy despacio y vamos viendo. Pero si yo digo que se acabó, se acabó. Estemos donde estemos, yo diré se acabó, e morra o conto. ¿Estamos?

Aura asiente con mucha energía, sin que el entusiasmo haya mermado ni una pizca, así que Mari Paz no tiene nada claro que de verdad «estén». Pero por algún lado habrá que empezar.

—¿Y cuánto dinero dices que vamos a robar, rubia?

—Tres millones de euros.

—Eso son moitos cartos de Dios —dice Mari Paz con un silbido.

Y el pasaporte a una vida mejor.

Y dejar de dormir en el coche.

Y recobrar la dignidad, quizás. Aunque no tiene claro si hay dinero capaz de conseguir eso. Esa cuenta está demasiado en rojo.

—A millón por cabeza.

Para este cálculo Mari Paz no necesita echar mano de los dedos.

—Nosotras dos solas no podemos —puntualiza Aura, anticipándose a la pregunta—. Necesitamos a alguien más.

—¿Quién?

—Aún no lo sé. Eso es lo primero que tenemos que robar. Un nombre.

Aura se aclara la garganta antes de añadir:

—El nombre de quien me jodió la vida.

SEGUNDA PARTE

MARI PAZ

¿Por qué un zorro? ¿Por qué no un caballo, un escarabajo o un águila? ¿Quién soy yo, y cómo puede ser feliz un zorro sin un pollo entre los dientes?

EL FANTÁSTICO SEÑOR ZORRO

Ilustración de dos personas de espaldas frente a un edificio.

1

Un reconocimiento

—Ni de coña, rubia.

—No es tan difícil.

—Ni de coña, te digo.

—¿Quieres tranquilizarte? Lo tengo todo pensado.

Mari Paz quiere, desde luego que quiere. Pero el preocupante número de veces que Aura repite esa frase no está ayudando.

Las dos están sentadas en el coche, aparcadas frente a un gigantesco complejo en un polígono industrial en Alcobendas. El complejo está rodeado por calles estrechas y vacías, de dos direcciones. Y por vallas, vallas por todas partes.

Al otro lado, un jardín de césped natural sirve de transición hasta llegar a un edificio de siete plantas con forma de E mayúscula. Una elegante monstruosidad en cristal y acero corten, con ventanas de suelo a techo y absolutamente ningún sitio donde esconderse.

—Demasiado despejado. Y demasiada luz.

No hay ningún lugar en el que cubrirse, encontrar cobertura, planificar un asalto.

—¿Qué dices?

—Que no hay por dónde —dice Mari Paz, meneando la cabeza en dirección al césped inmaculado—. A lo mejor escondiéndose detrás de ese toxo de ahí.

Señala un parterre de medio metro repleto de flores amarillas. Que, con suerte, alcanzaría a cubrirle una nalga.

—No vamos a escondernos detrás de unas flores.

—Mejor. Tengo una alergia como un mundo. Es acercarme a las gramíneas y me salen unos habones en el antebrazo que flipas, rubia.

Aura desvía un momento la mirada del edificio y la centra en Mari Paz, que se rasca la zona mencionada de manera preventiva.

—Pero... ¿tú no tenías que ir de maniobras al campo?

—Toma, claro. Pero para eso están las pirulas. Cuando estaba en la Legión nos daban de todo. Tú ibas a la farmacia militar y te soltaban lo que fuera. Mientras no colocase, no preguntaban.

Aura asiente, distraída, a mitad de explicación, y vuelve su atención al frente.

—No vamos a hacer un ataque frontal. Tienes que dejar de pensar como un soldado. Empieza a pensar como un ladrón.

—Querrás decir «ladrona».

—Odio el lenguaje inclusivo —masculla Aura, ocupada en tomar notas en una libretita color rosa chicle de Mr. Wonderful.

—¿Y eso por qué?

—Porque sí. Vamos a dar una vuelta, anda —zanja, bajando del coche.

Mari Paz la sigue, rosmando, entre mosqueada y admirada.

Algo ha mutado en Aura en las últimas horas. Desde el día anterior, en que había aceptado su propuesta, la mujer se había encerrado en su dormitorio junto a un portátil desvencijado y una libreta, dejando a Mari Paz a merced de dos niñas salvajes y hambrientas. Después de una tarde de ver dibujos animados y una noche en el sofá, emergió a la mañana siguiente con ojeras violáceas y una expresión distinta, que la legionaria no ha conseguido aún descifrar. En cuanto dejaron a las niñas en el colegio, la había arrastrado hasta ese lugar.

Mari Paz le está dando cuerda, a ver qué pasa. Por eso no le discute lo del lenguaje inclusivo. De hecho, intenta hacerle caso en lo que le ha pedido.

Pensar como un ladrón. Bueno, carallo, bueno...

Aunque lleve años sin coger un arma, no logra sacudirse la sensación de que pensar como un soldado y pensar como un ladrón se parecen mucho.

A medida que van caminando, lo único que ve Mari Paz son obstáculos y enemigos. La valla metálica, cuyo perímetro van recorriendo sin cruzarse con nadie, es el primero. Casi tres metros de altura. Nada que no pudiera superar sin problema, claro. Pero no sin ser vista. Hay cámaras clavadas en postes cada diez metros, apuntando en sentidos opuestos. Más cámaras en el edificio, cubriendo el espacio intermedio. Y no una sino dos garitas de vigilancia. En la entrada principal y en el garaje.

—Mimadriña... ¿Qué clase de edificio de oficinas es éste, que tiene tanta seguridad?

—Hacen software —dice Aura, ajustándose la chaqueta.

Ha salido poco abrigada, y se ha levantado un viento frío e incómodo. Las hojas secas vuelan por todas partes y se acumulan en una gigantesca placa de acero en mitad del césped. DENGRA, proclaman las letras de la placa, de medio metro de alto. Debajo hay grabada una lista de países donde está presente la compañía. Hay más de cincuenta nombres.

—¿Para quién? ¿Para la NASA?

—Pues sí. Y para Fuerzas Armadas de todo el mundo. Cosas que les interesarían mucho a espías chinos y rusos, por ejemplo.

—¿Es eso lo que quieres robar?

Aura menea la cabeza.

—No sabría por dónde empezar. Y no tenemos contacto a quien vendérselo.

—¿Entonces?

—Nuestro objetivo es mucho más modesto. Casi estamos, espera.

Unos metros más adelante, Aura señala con la cabeza un punto en el edificio, en la sexta planta, y luego se da la vuelta hasta quedar de espaldas a la fachada.

—No hagas gestos sospechosos, ni señales. Bastante expuestas estamos ya. Mira detrás de mí. En la penúltima planta. ¿Lo ves?

—Veo.

—Ahí es. Si no recuerdo mal, y si no lo han cambiado desde mi última visita. Las oficinas de Desarrollo Financiero. Todas las ventanas de la esquina.

Mari Paz observa la fachada. Las oficinas están en el punto más alejado de la entrada principal.

—A ver si lo entiendo bien. Tenemos que entrar en un edificio donde hacen movidas de alto secreto para ejércitos y tal.

—Correcto.

—Que tienen cámaras por todas partes, guardas de seguridad armados, y tan sólo dos puntos de acceso.

—Correcto.

—Luego tenemos que subir hasta la penúltima planta...

—A la que sólo se puede llegar a través de un ascensor que se pone en marcha usando una tarjeta cifrada. Que no tenemos.

—... y llegar hasta el extremo contrario, por lo que deben ser cien metros de pasillos.

—Correctísimo.

Mari Paz menea la cabeza.

—Claro que sí, rubia. Claro que sí.

Aura sonríe —una sonrisa tenue, destinada a imbuirse confianza a sí misma—, y vuelve a ponerse en marcha.

—Y después de eso empieza la parte difícil.

2

Un plan infalible

—A ver, explícamelo otra vez.

—Ya van tres veces.

Están de vuelta en casa de Aura, ya entrada la tarde. Ella mira el reloj, apurada. Queda poco para que llegue la hora de recoger a las gemelas del colegio.

—Como si son diez. Y amodiño, que te embalas y me pierdo.

—Está bien.

Mari Paz le da el alto con la mano.

—Y a poder ser, sin los versos.

Aura niega enérgicamente.

—Eso sí que no. Los versos son importantes.

—Por Dios. No es profesional. ¿Qué tenemos, siete años?

—Son importantes —dice Aura, cruzándose de brazos.

Mari Paz suspira, exasperada. Ella, que estaba acostumbrada a las reuniones tácticas delante de una pizarra, con mapas, fotografías satelitales y un informe de veinte páginas.

—¿Por qué son importantes?

—Por la tradición. Por creérnoslo.

—No lo entiendo.

—Ya lo sé.

Aura sabe que es importante, lo de creérselo, pero no sabe cómo transmitírselo. Hace una pausa, intentando encontrar el enfoque.

Tiene ejemplos.

Pero son muy burdos.

Como el caso de los francotiradores del ejército holandés a los que en 1989 les cambiaron las dianas por rostros de demonios perversos. Adiós, círculos concéntricos; hola, cara de pesadilla llena de dientes. Su puntería mejoró en un cuarenta y tres por ciento.

Como el caso del equipo sueco de lucha grecorromana que decidió participar en un torneo maquillado con pinturas de guerra. Ganaron todos los encuentros.

Como el caso de la compañía aérea cuyos simulacros de desembarco tras aterrizaje forzoso siempre fracasaban. Los voluntarios salían del aparato ordenadamente, con educación y sosiego. Que no es lo esperado en un avión en llamas que se hunde en el mar. Decidieron anunciar pocos segundos antes de que comenzase el simulacro que los cincuenta primeros en salir recibirían un premio de diez mil euros. El resultado fue de noventa heridos, ochenta huesos rotos, tres conmociones graves y el récord del mundo absoluto en evacuaciones de emergencia simuladas.

Todos esos ejemplos se relatan desde el resultado, y Aura no quiere transmitir eso porque somos animales simbólicos.

Lo que quiere transmitir se relata desde otro sitio.

Desde lo que se siente al ver a Lee Marvin señalando objetivos en una maqueta, mientras sus doce hombres salvados del patíbulo recitan el plan.

Desde mirar con fervor a Jim Hawkins arrodillado en una cueva pirata y ser Jim Hawkins.

El primer paso para ser un pirata es creérselo, piensa. Casi llega a decirlo en voz alta. Casi.

—Es importante —insiste.

La legionaria la observa con detenimiento, y calcula que tendría más suerte intentando exprimir zumo de una piedra. Decide darle un poco más de cuerda.

—Está bien —admite—. Con los versos, pero amodiño, ¿sí?

Aura sonríe, levanta un dedo y empieza a recitar:

—Uno. Llegamos a la garita sin ruido ninguno...

3

Una chispa

Día del robo, veintiuna treinta horas.

—Si te pillan ahí dentro..., el juicio ya no hará falta ni que lo hagan. Eso lo sabes, ¿no?

A pesar de que es ya noche cerrada, la luz de las farolas se cuela a través del parabrisas en cantidad suficiente para que Aura vea el rostro serio de Mari Paz.

Aura asiente, despacio. Es muy consciente de lo mucho que se juega. Y es menos de lo que tiene que perder.

Por un momento se siente tentada de pararlo todo. Pedirle a Mari Paz que arranque el coche —operación que ya ha quedado demostrado que lleva su tiempo, con una antigualla como el Skoda— y poner rumbo a casa. Donde las niñas vuelven a estar solas, esta vez con el pegamento fuera de su alcance y el aviso de que van a regresar tarde.

Si es que volvemos.

Es el día siguiente a la vuelta de reconocimiento. Aura ha dedicado la mañana a ir de compras, en busca de material imprescindible. Ésta es la lista que llevaba:

- jersey oscuro para Mari Paz. Talla XL.

- móvil para Mari Paz. El más barato.

- auriculares para el teléfono. Necesaria comunicación constante.

- paquete de tabaco de liar marca Pueblo. Para Mari Paz.

- librillo de papel de fumar. También Mari Paz.

- Kinder Bueno. Para las niñas.

- caja de Lorazepam. Para mí.

Se ha gastado más de cien euros que no se puede permitir, extraídos de la menguante cuenta corriente de su madre. Sintiéndose increíblemente culpable. Las bolsas de plástico parecen contener un capricho infantil, un sueño ridículo.

Al ritmo al que se está evaporando el dinero de la hipoteca, podrá tener a su madre en la residencia tan sólo cuatro o cinco años más.

Su abogado le había dicho que la sentencia sería de veinte años. Con suerte, cumpliría siete.

Aura se ve a sí misma desde fuera por un instante.

Una cuarentona cuyos años buenos ya pasaron. Con la piel, antes perfecta, ajada y cenicienta tras meses y meses de abandono. El pelo, que hace nada se le derramaba por los hombros como oro tostado y líquido, cae ahora arenoso y sin brillo.

Viuda. Sin amigas.

En paro.

Fracasada. Repudiada.

No va a salir bien. No hay forma de que salga bien.

Sólo somos dos pringadas que no tienen ni idea de lo que están haciendo. Sentadas en un coche a dos calles de un edificio impenetrable, y sin atreverse a poner un pie fuera.

La tentación de volver a casa es intensa. Dejarse llevar por la marea, que acabará con ella entre rejas y las niñas en Servicios Sociales. Con suerte les dejarán visitarla en la cárcel. De mes en mes, de dos en dos y de seis a siete.

¿Por qué lo hago?

—Mari Paz.

—Presente.

—Dime que has hecho alguna vez algo como esto.

La legionaria se toma su tiempo para pensar. Que, como va descubriendo Aura, consiste sobre todo en sacar tabaco del paquete y liar un pitillo con lentitud extrema.

—A ver. Igual, igual, no. Una vez, en unas maniobras, hicimos una prueba de infiltración en un edificio.

—Me dejas más tranquila.

Mari Paz pasa la lengua por el borde suelto del cigarro y hace un gesto hacia el pasado

—Teníamos dos BMR, éramos quince soldados con años de experiencia e íbamos armados con fusiles de asalto.

y otro hacia el presente.

—Nosotras contamos con dos móviles, una libreta y más miedo que siete viejas.

El cigarro aparece formado. Un cilindro apretado, casi perfecto. Increíble ejecución para esos dedos curtidos y gruesos.

—¿Quieres que abandonemos? —pregunta Aura, con la voz fracturada.

Mari Paz golpea el cigarro contra el volante, corrige una ligerísima imperfección, visible sólo a sus ojos. Vuelve a pasarlo entre el índice y el pulgar, frotándolo con las yemas un par de veces. Se lo lleva a los labios y se lo coloca en la comisura izquierda de la boca.

—Tengo la sensación de que me estás pidiendo permiso, rubia.

Aura no responde.

Las manos de la legionaria se lanzan a una búsqueda por todo el cuerpo. Palpan el bolsillo superior de la cazadora, hurgan en los laterales, golpean en el interior, palmotean los pantalones, para al final volver al primer bolsillo, donde habían estado desde el principio.

—¿Va a salir bien? —pregunta Aura, al fin.

La cajita de cerillas emerge, y se ve sometida a un zarandeo considerable. Izquierda, derecha, chas, chas. Giro de trescientos sesenta grados sobre sí misma, en sucesivos golpes contra el volante, tratratratá. Un golpe seco en el lateral y una única cerilla asoma por el hueco, como por arte de magia.

—Pues no sé qué decirte.

Aura no responde.

La cajita de cerillas viaja hasta la boca, donde los labios de Mari Paz la extraen con cuidado, con la esquina de la boca contraria a la que sostiene el cigarro. La mano izquierda la rescata, la lleva hasta el lateral de la caja, donde frota la cabeza contra el raspador. El fósforo prende al instante, y una llama brota, alegre y confiada.

Todo arde si le aplicas la chispa adecuada, piensa Aura.

Y sigue en silencio.

Mari Paz exhala el humo, asoma la mano izquierda con el cigarro por la ventanilla abierta, sube el volumen de la radio. La voz del locutor brota como un chorro de emociones, más afónicas con cada jugada. Anuncia tiempo de descuento en el Bernabéu. Cero a cero gana el Madrid. De fondo, las alegres trompas del himno de la Champions League van subiendo en intensidad.

—Se acaba la primera parte. Decídete. ¿Vamos o no vamos?

A la mierda, piensa Aura.

—Vamos —dice.

Y van.

4

Una garita

A cincuenta pasos de la garita, Aura está a punto de darse la vuelta.

A treinta pasos, el corazón va a salírsele por la boca.

A diez pasos, respira hondo y sonríe. Has vendido motos más grandes, piensa.

A través del cristal, les ve.

Son dos hombres, uno joven, con barba. Otro de mediana edad, rapado y ancho.

Frente a ellos hay trece pantallas en glorioso blanco y negro. Las doce primeras reproducen lo que están captando las cámaras de seguridad. El césped inmaculado, las verjas bien iluminadas y, sobre todo, la entrada de acceso para vehículos, que se encuentra junto a la garita. Es una rampa recta, de dos vías, una de entrada y otra de salida. Sin ningún lugar donde esconderse. La cámara que la protege cubre hasta el último centímetro.

La garita de acceso principal está vacía, a estas horas de la noche. Tan sólo estos dos guardas custodian las escasas entradas y salidas desde la secundaria. Aún quedan luces encendidas en el edificio, y se intuye alguna sombra ocasional tras las ventanas de espejo. Los últimos rezagados, los que tengan proyectos importantes que entregar al día siguiente, los que se comportan como si fueran a heredar la empresa.

Aura había pertenecido a esa especie, hace un millón de años. Negando salidas, cenas, cumpleaños, baños de las niñas. Fines de semana, puentes, vacaciones. Negando la vida, en general. Quemándose las pestañas —larguísimas— delante del monitor, escrutando tendencias, posibilidades de compra, fallos en Matrix. Cualquier cosa que le permitiera arañar una décima más de retorno en la inversión. Por lealtad a los clientes y al banco.

Que luego esa lealtad fuera unidireccional ya es otro cuento.

El que nos ha traído aquí.

Las doce pantallas son un gran problema, pero, por suerte, la atención de los dos hombres está centrada en la decimotercera.

Ésta es en color y más pequeña.

Las diez pulgadas de una tablet donde se está reproduciendo el partido de fútbol que se juega ahora mismo.

No tanta suerte, al fin y al cabo. Los dos hombres alzan la mirada de vez en cuando y revisan los monitores de seguridad. Cada pocos segundos, con una profesionalidad indiscutible y muy poco conveniente.

—¡Pero tira! ¡Tiraaaa! —grita el joven, con desesperación.

—Hoy palmáis, Josete —le pincha el más veterano.

Uno, llegamos a la garita sin ruido ninguno, piensa Aura.

Después golpea en el cristal con los nudillos.

Los dos hombres se vuelven a la vez, y luego se miran entre ellos.

Por favor. El mayor. El mayor, pide.

Ruego desatendido. El mayor toca en el hombro al joven para que atienda.

Mierda.

Refunfuñando, el joven va hasta la puerta de la garita, la desbloquea y se asoma con cara de disgusto.

—Dígame.

El tono desabrido contrasta con el logotipo de la empresa de seguridad que lleva cosido en el uniforme, cuyo lema, en amarillo sobre negro, proclama Servimus cum gaudio.

No sirve con mucha alegría, no, piensa Aura. Y es exactamente lo que necesita.

—¿Cómo, exactamente, vas a distraerlos, rubia? —le había preguntado Mari Paz.

Justo lo que estaba preguntándose ella.

Dedicándose a lo que se dedicaba en otra vida, supuso Aura, que había estudiado todas las técnicas de venta conocidas. Había leído manuales, libros de gurús norteamericanos, asistido a conferencias. Casi todo el material que había adquirido tenía como objetivo ayudar sobre todo al que había creado el material, no al que lo compraba. Aun así, incluso entre todo el humo y la filfa, emergían patrones útiles. Maneras de acercarse a alguien con un objetivo.

—Vendiéndoles algo —había respondido ella.

Aura había garabateado tres páginas completas en su libretita rosa, con su letra redonda e infantil. Tres páginas apretadas llenas de excusas, posibles acercamientos, frases que podían servir para engañar a aquellos hombres y que apartaran la vista de la pantalla durante el tiempo suficiente. Pero cuando el guarda joven abre la puerta, las tres páginas parecen desvanecerse en el aire.

Aura se queda en blanco.

—¿Señora? —dice el guarda, con un tono aún más seco.

Improvisa. ¡Improvisa!

—Ay, no sabe la vergüenza que me da esto —dice Aura.

Se lleva la mano al bolso. El Prada. El único bueno que le queda de lo que hace poco más de un año era un fondo de armario impresionante. Los otros habían acabado malvendidos en Wallapop —entre grandes lamentos— para pagar facturas. El último, para los libros del cole de las gemelas.

Saca el móvil y se lo enseña al guarda.

—Verá, es que me he quedado sin batería. Estoy esperando al Uber y no nos encontramos. ¿Usted no podría...?

—A ver, deme el teléfono y el enchufe y espéreme aquí.

Alarga la mano a través del hueco de la puerta, sin llegar a abrirla del todo. Está claro que va a dejar a Aura ahí fuera mientras el móvil se carga. Siguiendo el protocolo para casos como ése. Sin alegría, eso sí.

Es el momento de la venta, piensa Aura. Le da el teléfono y el cable con el enchufe.

—No sabe cómo se lo agradezco, con el día que llevo...

Y no dice nada más.

Tan sólo se queda ahí, mirándole a los ojos. Con las manos metidas en las axilas, dando botecitos para mantener el calor ante el frío viento nocturno.

El guarda la mira de arriba abajo. Aura hubiera preferido mil veces interaccionar con el otro. Un hombre de más de cincuenta, seguro de sí mismo y con experiencia miraría de otra forma a la mujer que estuviese frente a él.

Con el joven, es mucho más difícil saber qué decisión va a tomar.

El escaneo del guarda va de la ligerísima chaqueta de vestir gris marengo a la minifalda a juego. Las medias, que no ofrecen demasiado abrigo. La carpeta portadocumentos de piel, los zapatos y el bolso de marca. Todo ello mandando vibraciones positivas. Sexy, pero no demasiado. Profesional, pero vulnerable. Una más de los cientos de ejecutivas que ese hombre tiene que ver a diario.

No soy una amenaza. No soy una amenaza. Invítame a entrar, grita Aura por dentro. Aunque sólo deja aflorar una sonrisa triste. Ésa no tiene que fingirla.

El escaneo termina. La tensión en la cara del joven se ha suavizado un tanto. Sonríe. Por compromiso, pero sonríe.

Lo he conseguido.

—No se preocupe, señora, que enseguida se carga y se lo saco —dice, cerrándole la puerta en las narices.

Noooooo.

5

Un bolso

Todo su plan depende de entrar en esa garita. Y tiene que ser esa noche. No habrá ninguna otra con tan poca gente en el edificio ni con los guardas tan dispersos hasta el siguiente partido del siglo, en unas tres semanas. Para ese entonces, Aura ya estará chupando barrotes en Soto del Real.

Va a decir algo, a levantar la mano, a llamar su atención, pero se detiene.

La técnica de venta que ha elegido se lo impide.

Hay que dejar que el cliente crea que la idea es suya.

Así que sigue dando botecitos, abrazándose y poniendo ojitos.

No parece que funcione. El guarda joven se pelea con el cargador y el enchufe —nunca entran a la primera—, deja el móvil cargando y va a sentarse junto a su compañero.

Aura continúa con la pantomima, cada vez más sencilla de interpretar, porque empieza a hacer frío de verdad.

El guarda mayor mira en su dirección. Le dice algo al joven.

El otro se encoge de hombros.

El guarda mayor se levanta y va hacia la puerta. La abre un par de palmos.

—Señora, ¿quiere pasar?

Aura finge dudar. Mira a un lado y a otro de la calle desierta, y luego al suelo.

—No quisiera molestar.

—Ande, entre —insiste el hombre—. Va a coger una pulmonía.

Ella se frota los brazos, vuelve a mirar a ambos lados.

—Si no le importa...

—Será nuestro secreto —dice el guarda, guiñándole un ojo.

La puerta se abre del todo, y Aura entra. Dentro se está caliente, merced a un calefactor de esos que dejan el aire reseco y la garganta áspera como corteza de árbol. La garita huele a cuero y metal, a colonia barata y plástico caliente.

Aura se coloca en el extremo contrario a los guardas, apoyada contra el cristal.

Dos, los centinelas, distraídos, recita para sus adentros.

—¿Tenía una reunión aquí, señora?

—En la empresa de pinturas —dice ella, señalando a su espalda—. He salido con mi cliente y he pedido el Uber, pero por lo visto me he quedado sin batería.

—Aquí suelen tardar bastante. Y más en una noche como hoy... —dice el joven, apuntando a la tablet donde se reproduce el partido.

—Sólo espero que no haya cancelado el servicio al no encontrarme.

Aura mira hacia su derecha y ve una figura oscura que aparece en el extremo de la rampa. Camina con parsimonia, como si no tuviera una sola preocupación en el mundo. Que es el andar natural de Mari Paz, aunque, en estas circunstancias, Aura preferiría que le añadiese cierta premura.

—Seis segundos —le había dicho Mari Paz—. Eso es lo que necesito para llegar abajo.

—Eso puedo hacerlo.

—Y luego abres la puerta.

Y eso va a ser un problema.

Los guardas están sentados junto a un cuadro de mandos con distintas indicaciones. Teclas retroiluminadas, con una etiqueta que describe lo que hace cada una.

Y eso va a ser otro problema.

Desde donde está Aura, no puede ver lo que pone en cada una de ellas. En parte porque el texto es pequeño, y en parte porque Aura deja bien guardadas sus gafas en el cajón de la mesilla por pura coquetería. Si sólo son dos dioptrías, mujer.

Uno de esos botones es el que tiene que apretar. Y hasta que no lo sepa, no puede distraer a los guardas. Ni hacerle la señal a Mari Paz, que está expuesta en la entrada del garaje, haciendo como que fuma. Desde donde está, Aura puede verle el codo en uno de los monitores.

—¿Y a qué se dedica? —pregunta el veterano, con amabilidad.

—Vendo productos químicos —contesta Aura, fingiendo aburrimiento. Y, en realidad, porque no tiene ni idea del tema, y teme que le pregunten. Porque siempre hay alguien que conoce a alguien.

—Ah, pues mi primo... —empieza a decir el joven, sin quitar la vista del partido.

Siempre hay alguien.

—¿Cómo va el partido? —le interrumpe, acercándose a la pantalla.

—Empate a cero. Ya casi son nuestros.

—Pero si tenéis que meter dos, Josete.

—Rafa, no me jodas.

Aura asoma la nariz por encima del hombro de los guardas, buscando en el panel el botón que necesita. Empieza por las esquinas, donde cree que es más probable que esté. Hay uno que parece que pone...

—¿Le gusta a usted el fútbol, señora?

El tal Rafa se da la vuelta y mira directamente a Aura, que aparta la vista del panel de instrumentos. Quizás demasiado tarde. Está segura de que Rafa se ha dado cuenta de que estaba fisgoneando.

—No se me enfade, pero en casa siempre hemos sido del Barça.

—O sea, que no les gusta el fútbol —dice el tal Josete.

Suelta una risa estridente y desagradable, de esas de abrir mucho la boca y mover la cabeza a los lados, buscando la aprobación de los demás. No encuentra ninguna en su compañero, que tiene la vista fija en Aura.

—Quizás su móvil ya se haya cargado suficiente, señora.

Aura sabe cuándo la están echando de un sitio. Se da la vuelta y recoge el teléfono de la mesa junto a la entrada.

—Sí, ya se enciende —dice.

Finge trastear con las aplicaciones, intentando pensar en cómo salirse con la suya. El guarda mayor no le quita ojo de encima. Y está entre ella y el cuadro de mandos.

—Solucionado, mi Uber está esperando en la calle de ahí atrás. Menos mal...

Coge el cargador del móvil y se lo echa al bolso. Estira bien los lazos de cuero que sirven para cerrarlo, abriéndolo al máximo.

Ahora o nunca.

—No saben cómo se lo agradezco.

Descuelga el bolso del hombro, y da un paso hacia los dos hombres, que ahora se han vuelto hacia ella.

—Creo que tengo aquí unos llaveros que damos en la empresa...

Apoya el bolso en el borde de la mesa, al lado de la tablet donde se reproduce el partido. Y entonces da un ligero tirón a la correa del bolso.

Caos.

El bolso, desnivelado, cae al suelo, arrastrando la tablet tras de sí. El guarda joven se lanza tras ella, intentando cogerla, y el mayor también. Los dos manotean en el aire, inútilmente.

Aura alza el brazo y hace señas en la dirección en la que cree que está Mari Paz, junto a la rampa del garaje. Pero no puede pararse a comprobarlo.

El bolso, abierto, golpeado y en el aire, se convierte en una piñata. Y es bolso de madre, así que:

Tres caramelos, uno de ellos ya chupado y al que se le ha vuelto a poner el papel. Dos Tampax Compak en su envoltorio amarillo. Las llaves de casa. La cartera. Un tíquet de compra del Dia. Una figurita Lego de la princesa Leia. Crema de manos Nivea con aceite de oliva. Diecisiete céntimos. El pintalabios de Dior del primer capítulo. Un boli Bic. Cacao. Ningún llavero de la empresa inexistente.

Se esparcen por el suelo de la garita.

Aura se agacha y se pone a recoger a su vez. La vergüenza que lleva pintada en el rostro es muy real, casi tanto como el agobio.

—Lo siento, lo siento, lo siento.

De rodillas, como los guardas, coge los objetos a puñados y los va colocando sobre la mesa. En una de las veces que se incorpora, aprieta el botón de la esquina, el que había identificado como el de la puerta del garaje. Maldiciendo su miopía y encomendándose a cualquier poder superior que quiera seguir desatendiendo sus ruegos. Cree ver a Mari Paz en la pantalla, corriendo rampa abajo.

—La que ha liado, señora —suelta el joven.

—De verdad que no sabe cómo lo siento —dice Aura, intentando a la vez contar mentalmente hasta seis, y dándose cuenta de que es imposible.

El guarda mayor va a decir algo, pero en ese momento del altavoz de la tablet brota la palabra de tres letras que cambia el humor de millones de españoles según si es suyo o del rival. Son tres letras, aunque la de en medio se repite unas dieciocho veces.

—¡Gooooooooooooooooool!

El joven se incorpora, frotándose la cabeza y apretando el puño. Su compañero desvía la atención hacia la tablet, sin poder evitarlo, y Aura aprovecha para volver a pulsar el botón de la puerta, confiando en que Mari Paz haya tenido tiempo suficiente para entrar.

—Enhorabuena —dice Aura, mientras arroja el resto de sus posesiones dentro del bolso.

—Será mejor que se vaya, señora —contesta el guarda mayor, incorporándose, muy serio.

—Tiene razón. Muchas gracias, de corazón. Lo siento mucho. Espero que ganen.

Con las manos aún llenas de tampones, cacao y ningún llavero, sale de la garita y echa a andar calle abajo, procurando no mirar en dirección a la rampa del garaje. No necesita darse la vuelta para saber que tiene los ojos del guarda clavados en el cogote.

Aun así, se permite recitar en voz baja:

—Tres, Aura abre la puerta creando estrés.

6

Una rampa

Seis segundos, mis cojones, piensa Mari Paz, a todo correr.

Y eso que es cuesta abajo.

Hubo un idiota que dijo una vez que la guerra es noventa por ciento aburrimiento y diez por ciento sufrimiento. El que dijo eso no se ha aburrido en su vida, pensaba Mari Paz mientras esperaba la señal de Aura.

El día anterior, mientras caminaban desenvueltas —las dos típicas amigas de paseo por el polígono— alrededor del edificio, Aura había tomado una foto de la garita desde fuera. Ampliando, se veían los monitores. Ampliando mucho, se veía el monitor que cubría la rampa del garaje. Ampliando hasta que los dedos se te salían del teléfono, se podía intuir dónde acababa el ángulo de visión de la cámara. Que era el sitio donde Mari Paz había estado esperando angustiada, fumando un cigarro tras otro. A su ritmo, la cuenta ascendía exactamente a dos.

En la guerra, los periodos de espera no son de aburrimiento. Son de ansiedad, angustia e inquietud. Insomnio, incomodidad y moscas, muchas veces. Calor o frío, según toque. Hambre, casi siempre.

En el caso de Mari Paz, siempre.

Ve a Aura entrar en la garita, y espera. Y espera más. Desde fuera apenas se ven las cabezas de los hombres. De ella, que está de pie, tiene mejor ángulo. Pero aun así, entre la poca luz y los nervios, es incapaz de deducir lo que estaba pasando.

—Dime cando, rubia. Dime cando... —susurra.

En ese momento —a buenas horas— se da cuenta de que Aura le había dicho que le haría una señal, pero no le había dicho cuál.

¿Y si ya me la ha hecho?

¿Y si no me he dado cuenta?

Ay, Paziña, si ya te lo decía la avoa. De onde non hai...

Está tentada de echar a correr. Sólo por si acaso, non vaia a ser o demo. Se contiene a duras penas, con el cuerpo en tensión y los puños apretados. Ha cambiado la fachada de fumadora casual por la de corredora en una línea de salida que sólo ella puede ver. Cualquiera

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