
Capítulo 1
VERDAD
—Padre no quiere saber nada de mí.
Mi madre se queda parada y aprieta con los dedos la taza de té. Frunce el ceño. No es una expresión habitual en su semblante.
—¿Por qué dices eso? —responde por fin. Bebe un sorbo y devuelve la taza al platillo. La loza tintinea contra la mesa. No me mira a los ojos. Está pendiente de la miel que ahora mezcla con el té. Miel del color de sus ojos y de los míos.
—Porque es la verdad.
Lo digo como si no me afectara…, pero sí que me afecta. Por lo general, entierro estos sentimientos en lo más profundo de mi mente, como si a fuerza de reprimirlos fueran a desaparecer. Como si congelarlos pudiera endurecerlos para siempre, igual que los oráculos de isla Luna.
No da resultado.
Mi padre apenas me ha dirigido una mirada antes de escoger a Egan, mi hermano mayor, para salir de caza esta mañana. Se proponen rastrear a una criatura con una corona de cuernos encantados. Luego entrenarán con unas espadas nuevas de la armería. Madre ha sugerido que me llevaran con ellos, pero él ha fingido que no la oía. Egan me ha lanzado una mirada compungida cuando se han marchado juntos, y yo he notado un vacío en el pecho.
—No es verdad, Oro —dice madre por fin, evitando mi mirada.
Pero yo lo supe desde el principio: soy el sustituto. El segundo hijo. Mi única importancia radica en la posibilidad de que algo terrible le pasara a Egan.
El té está dulce, porque lleva varias cucharadas de miel, pero la amargura me inunda la boca de todos modos. El líquido ámbar resbala por mi garganta como barro.
Porque es la verdad. Ahora lo sé con absoluta seguridad.
El castillo está oscuro y silencioso cuando se abre la puerta de mi habitación. Me levanto de inmediato, ya con una llama en la mano.
Apago la llama con idéntica rapidez cuando veo a mi hermano en la puerta. La luz de la luna se refleja en su cabello dorado mientras la vuelve a cerrar.
—¿Querías prenderme fuego? —me pregunta con un asomo de sonrisa.
—Puede —le digo dejando caer la mano—. No te esperaba.
Al oír eso, la sonrisa de Egan se apaga. Antes me visitaba cada noche para enseñarme las lecciones que había aprendido ese día. Me contaba hasta el último detalle de las instrucciones que había recibido en las operaciones militares o me enseñaba nuevas habilidades de lucha con espada.
Hace poco dejó de hacerlo.
—Lo siento —se disculpa—. He estado muy ocupado.
Mi vida, en cambio, es puro ocio. Esbozo una sonrisa triste.
—Yo me aburro como una ostra. Daría cualquier cosa por estar ocupado.
Egan suspira. Tiene ojeras oscuras debajo de los ojos, como si estuviera agotado. Se desploma en una de mis butacas y recuesta la cabeza contra el respaldo acolchado. Ha crecido diez centímetros en poco tiempo y de repente no sabe qué hacer con su cuerpo. Sus piernas son increíblemente largas y no pegan con lo demás. Antes medíamos lo mismo, pero ahora es casi tan alto como padre. Madre dice que yo también daré un estirón dentro de unos años.
—Da gracias de no ser el heredero. Tú podrás tener una vida —dice Egan.
—Dudo mucho que una vida de encierro en este castillo tan lúgubre pueda considerarse algo bueno.
Egan sonríe, pero la sonrisa no se refleja en sus ojos.
—A mí tu vida me parece maravillosa.
—Te la cambio —le digo para que la sonrisa no abandone su rostro.
Pero desaparece igualmente. Siempre lo hace. Egan se limita a encogerse de hombros.
—Quién sabe. Puede que seas rey algún día.
—No —le digo torciendo el gesto—. Yo no quiero ser rey.
Es la verdad.
—¿Por qué no?
La respuesta es evidente, pero decido seguirle la corriente.
—Porque eso significaría que has muerto.
Asiente. Se da una palmada en las rodillas y se levanta de la butaca con un movimiento histriónico.
—Muy cierto, Oro. Y a mí me gusta estar vivo, aunque entrenar sea agotador. —Camina hacia mí con decisión—. ¿Todavía tienes esas espadas que te traje?
Sonrío.
—Pues claro.
Las busco debajo de la cama. Le lanzo una y él la atrapa al vuelo. Se coloca en posición de lucha. Yo hago lo propio. Adopto la pose que él me ha enseñado. La que padre le enseñó a su vez.
—Bueno —empieza—. Voy a enseñarte lo que he aprendido hoy.

Capítulo 2
TRANSMUTACIÓN
El día que le quito la vida a un hombre por primera vez, mi padre no cabe en sí de orgullo.
Su guantelete dorado impacta con fuerza sobre mi hombro y rodea mi brazo con los dedos para guiarme hacia su pequeño consejo. Sus duras facciones se suavizan ligeramente cuando sonríe.
—Lo ha transmutado en oro, ¿os lo podéis imaginar? Admirad el poder de nuestro linaje. Y ni siquiera es el heredero.
El sirviente al que he bañado en oro sin pretenderlo está expuesto delante de la sala del consejo. Es un orgulloso símbolo del poder de la corona.
Ese mismo día, más tarde, mi madre me encuentra vomitando en mi alcoba. Noto su mano en mi espalda.
—Fue un accidente —dice—. Todos cometemos errores.
Es posible, pero el mío —este— le ha costado la vida a un hombre. Se llamaba Albert. Tenía familia. Una hija de mi edad: Pearl. Hemos jugado juntos muchas veces.
Y ahora… Ahora el círculo íntimo del rey está admirando su cadáver dorado. Celebran mi monstruosa acción.
Al día siguiente, mi padre me pide que vuelva a hacerlo, que exhiba mi talento ante su consejo, pero no puedo. No lo consigo. Y no quiero. La vergüenza y los remordimientos han extinguido las habilidades que normalmente utilizo como si nada. Ahora mismo no podría materializar ni una llama por más que lo intentara.
De nuevo me retira la palabra. He pasado de ser un prodigio a un motivo de vergüenza.
Antes de que supiera hablar siquiera, mi madre me encontró en la cuna rodeado de llamas. Siempre me cuenta que yo me limitaba a mirar el fuego tan tranquilo.
Mi madre se quedó de piedra. Al ser el segundo hijo, yo no debería haber tenido unas habilidades tan desarrolladas.
No le dijo ni una palabra a mi padre. En mitad de la noche, me llevó en secreto a ver a una amiga suya, una wildling con la que comparte un jardín. Esa amiga, a su vez, nos acompañó al hogar de un hombre llamado Elk.
No recuerdo nada de aquello, solo lo que Elk me contó más tarde. Que me entrenó cuando yo solo era un bebé. Que me daba miel para tranquilizarme cuando sufría una rabieta, por miedo a que incendiara toda la isla. Que me enseñó a superar la ira recurriendo a la respiración. A mantener oculto ese gran poder. Mi madre me llevaba a verlo en secreto, hasta que tuvo la seguridad de que había aprendido a controlarme. En ese momento, el entrenamiento terminó.
Mi madre me aconsejó que no le hablara a mi padre de mis inmensas habilidades y, con el tiempo, entendí el motivo, pero a veces… a veces me entraban ganas de hacerlo. A lo mejor, si supiera lo que yo era capaz de hacer, me haría más caso.
Ahora ese poder se ha esfumado. Y mi madre empieza a preocuparse.
La encuentro esperándome en mi alcoba después de la cena. Ha preparado té. Señala la butaca que tiene enfrente.
—Siéntate conmigo, ¿quieres?
No me muevo.
—¿Pasa algo?
Siempre tomamos el té en el comedor. Nunca tan tarde.
—Pues claro que no —me responde.
Noto un sabor amargo. Paladeo su mentira como té demasiado infusionado, gracias a mi don. Uno que ella desconoce.
Doy un paso inseguro. Me siento. Me sirve el té. Le añade miel. Bebemos unos sorbos y entonces me dice:
—Tu poder.
—¿Qué pasa con mi poder?
—Ha desaparecido.
Todos lo sabemos. Yo mejor que nadie. Clavo la mirada en mi taza.
—Me alegro. No lo quiero.
Tengo grabada a fuego en la mente la expresión del hombre cuando exhaló su último aliento mientras su piel se transformaba en oro.
Cierro los ojos para ahuyentar el recuerdo.
La mano cálida de mi madre busca la mía.
—Oro, naciste con un gran poder. Lo hemos mantenido a raya, pero, si permanece enterrado mucho tiempo…, temo que no puedas controlarlo.
Debe de saber que no me importa nada la perspectiva de no poder controlarlo. Que se descontrole. Es lo que merezco, después de lo que hice.
Aborda el tema desde otro ángulo.
—Si tus capacidades se disparan en un mal momento, podrías provocar una destrucción espantosa. Podrías acabar con mucho más que la vida de un hombre.
La miro a los ojos. Dice la verdad.
Remueve el té con la cucharilla, una y otra vez.
—He hablado con tu padre. —Su gesto se tensa—. Vas a empezar tu entrenamiento lejos de aquí.
Quince días más tarde me encamino a isla Sol para dar comienzo a mi instrucción sunling. Todos los herederos reales poseen las cuatro facultades de Lightlark —sunling, moonling, starling y skyling—, por lo que pasan una temporada en cada isla hasta que dominan todos los poderes.
Durante un tiempo temí que mi padre no me dejara llevar a cabo los cuatro entrenamientos. El propio Egan ni siquiera ha terminado el suyo.
Y ahora… me envían a mí antes de tiempo.
Antes del baño de oro, la perspectiva me habría emocionado. Siempre he querido abandonar el castillo. Ansiaba vivir una temporada más allá de las murallas.
Pero no quiero volver a usar mis habilidades. Y, sin embargo, estoy obligado a ello.
La caminata parece durar una eternidad, pero por fin llego al puente…, si acaso se le puede llamar así. Es una endeble pasarela hecha de viejos tablones de madera y cuerda que se balancea con violencia sobre un océano que ruge a más de cien metros de profundidad.
Mi madre se da la vuelta para mirarme tapándome momentáneamente las vistas del puente. Tiene los ojos velados. Nunca la he visto llorar, jamás. Mi padre se cree el más fuerte de toda la familia real, pero se equivoca. Mi madre, con su espalda recta, el ánimo amable que nos presta y su firme convicción, es más fuerte que él. Se preocupa por las gentes de esta isla, mientras que mi padre solo está pendiente de explorar nuevos territorios y de conseguir aún más poder.
Más. Siempre más. Nunca tiene suficiente.
Egan se parece más a mi madre. Será un rey excelente.
—Mi querido hijo —dice. No «mi segundo hijo». Siempre me ha dispensado el mismo trato que a Egan. Nunca me ha querido menos que a mi hermano—. Mi sol —repite, recurriendo al apodo que empezó a usar en mi infancia. Yo era su sol brillante. Siempre sonríe cuando lo dice.
Ahora mismo, sin embargo, parece asustada. Me coge las manos a toda prisa. Noto la calidez que transmiten en todo momento.
—Te quiero, Oro —dice—. Siempre te querré.
Noto algo punzante en la mano y bajo la vista. Me ha dejado algo en la palma. Lo mismo que dejaba en mi almohada cada noche cuando yo era niño, para ahuyentar mis pesadillas. Son las flores que lleva décadas cultivando con su amiga wildling. Rosas de pétalos dorados.
—Naciste con fuego en el corazón —prosigue—. Y ese fuego sigue ahí. Encuéntralo. Busca tu fuego.
Se da media vuelta para marcharse y yo me quedo solo.
Suspiro para serenarme, con la mirada fija en el puente. La pasarela se balancea aún con más violencia, si cabe, y comprendo que se trata de una prueba. Una primera ocasión para demostrar mi valor. Mi fuerza.
Avanzo un paso y me detengo, inseguro.
No voy a superar esta prueba, está claro. Resbalaré y caeré entre los tablones.
Una ráfaga de viento me empuja y me tambaleo hacia un lado. Oigo la risita de uno de los guardias a mi espalda.
—Será bobo… —suelta por lo bajo.
No es la primera vez que oigo esas palabras.
Pero decido que será la última.
Trago saliva y piso el puente. Trastabillo tan pronto como lo hago, mientras la estructura se columpia. La cuerda me araña la mano cuando intento aferrarme.
Oigo la voz de mi madre en mi mente.
«Busca tu fuego».
Mi padre piensa que soy débil. Cree que no valgo nada.
Se equivoca.
Avanzo otro paso y tropiezo. Me tambaleo hacia delante y aterrizo de rodillas, jadeando, con la mirada clavada en los huecos entre las planchas. Rocas afiladas como cuchillos se proyectan hacia arriba desde el fondo.
Levanta, me ordeno. «Levanta».
Me pongo de pie con las piernas temblorosas.
Por poco se me doblan las rodillas cuando el puente vuelve a mecerse. La sal me quema las fosas nasales y la garganta. El agua me salpica a través de las planchas: olas que de algún modo se las arreglan para alcanzarme.
Resbalo y me sujeto a duras penas. Tengo las palmas de las manos desolladas por las cuerdas.
En teoría no debo hacerlo, pero me doy la vuelta para mirar a mi madre. Ya se encamina a la isla principal, con el cabello dorado azotándole la espalda. Los bajos de su elegante vestido rozan la hierba verde claro.
Justo cuando pienso que se ha separado de mí como si nada, que ya me ha olvidado, cierra el puño como si supiera que la estoy mirando. Como si supiera que me iba a dar la vuelta buscando una señal.
Y así, sin más, el inestable puente ya no me parece tan peligroso. Mi corazón se apacigua. Me vuelvo a mirar isla Sol una vez más.
La primera vez que intenté prender una llama, mi madre me cerró el puño con sus dedos y negó con la cabeza. Me dijo:
—No vas a encontrar el fuego en la palma de la mano. —Me tocó con el dedo la zona del corazón—. Está aquí.
«Busca tu fuego».
Puedo hacerlo. Puedo hacer que madre esté orgullosa. Puedo convencer a mi padre de que me mire con una expresión que no sea de decepción. Puedo sobrevivir a esto. Deposito la rosa de mi madre en la palma de mi mano. La rodeo con el puño.
Doy otro paso. Y luego otro.
E, igual que pasa con todas las cosas difíciles, esta se conquista paso a paso.
Cuando llego al otro lado del puente, me tiro de bruces al suelo por miedo a que sople otra ráfaga de viento y me empuje por el borde del precipicio.
Lo he conseguido. He cruzado. Sonrío en dirección a la hierba.
Oigo un pesado suspiro encima de mí y levanto la vista para mirar a la chica alta y pelirroja que está recostada con indolencia contra una de las columnas del puente, como si la caída de más de cien metros no le inspirase el más mínimo temor.
Pues claro que no. Nunca la he visto asustarse de nada, ni una pizca.
Enarca una ceja.
—¿En serio? ¿Tenías que darte la vuelta?
—Cierra el pico, Enya.
Tiene una risa cantarina.
—¡Es lo más impertinente que me has dicho nunca, Oro!
Me tiende una mano y tira de mí para que me ponga de pie.
Antes de que alguien pueda acusarla de tener buen corazón, me revuelve el cabello de un modo que sabe que odio. Enya pegó un estirón unos meses atrás. Ahora medimos lo mismo y nunca deja pasar muchas horas sin recordármelo.
—Bien. Me alegro de que Sunling te corrompa desde el minuto uno. Te vendrá bien un poco de corrupción, ¿no crees? Eres demasiado bueno. Demasiado sincero.
Pues claro que lo soy. Y ella es la única que conoce el motivo. Se debe a mi don, que no es nada frecuente en un segundo hijo.
Percibo cuando la gente miente.
Las mentiras tienen un sabor amargo y una textura áspera, como arena en la lengua.
Las verdades son dulces como la miel.
Las mentiras duelen. Es difícil no ser sincero cuando uno nota constantemente el veneno de las mentiras a su alrededor. Decidí hace años hacer lo posible por decir la verdad en todo momento.
Si mi padre lo supiera, quizá me valorase. Estuve a punto de confesárselo una vez. Pero ese mismo día le vi quemar a un hombre sin pestañear, hasta dejarlo convertido en un montón de cenizas.
En ese instante decidí que nunca le hablaría de mi don. Me daba miedo que quisiera utilizarlo.
Y entendí por qué mi madre me pidió años atrás que guardara en secreto el alcance de mis habilidades.
El hombre bañado en oro asoma de nuevo a mi recuerdo. Me encojo horrorizado. Enya me presiona el hombro como si percibiera mi sentimiento de culpa.
Enya es mi mejor amiga. También es la hija de una noble del más alto rango, que casualmente es amiga íntima de mi madre desde la infancia. Ella jamás le hablaría a nadie de mis secretos. Tenemos una contraseña privada. Cuando alguien miente, levanto una pizca la barbilla. Asiento con un gesto casi imperceptible si dicen la verdad.
A veces ella intenta adivinarlo por su cuenta. Siempre le digo que algunas personas mienten muy bien. Algunas personas se creen sus propias mentiras, y eso hace que sea más difícil desenmascararlas.
Enya piensa que mi don es maravilloso. Una gracia excepcional.
A mí casi siempre se me antoja una maldición. Por ejemplo, cuando formulo preguntas cuya respuesta preferiría no conocer.
—¿Listo? —me pregunta ella a la vez que tira de mí hacia el castillo dorado. Lo único bueno de que hayan adelantado mi entrenamiento es que los dos estaremos en la misma clase.
—No —respondo con sinceridad, porque el sabor de mis propias mentiras es el más amargo de todos.

Capítulo 3
PROFECÍA
Dejo que mi espalda resbale contra un árbol de color ámbar. Se me está amoratando el ojo izquierdo. Tengo un reguero de sangre coagulada en el brazo. Me arde la mejilla. Me he roto un hueso de la mano, seguro.
Llevo una semana de entrenamiento y estamos en mitad de un desafío: una carrera a la otra punta de la isla, en equipo.
Cuando apenas había transcurrido una hora de carrera, un compañero nuestro —un sunling muy alto llamado Ash, con el cabello dorado, la piel pecosa y una obsesión malsana por el derramamiento de sangre— saltó sobre mí desde un árbol y me tiró al suelo. Sus dos amigos y él me sujetaron contra la tierra. Enya se precipitó hacia ellos, pero yo negué con la cabeza mientras un grupo formado por otros cinco sunling salía de entre la maleza.
—Veamos si sangra como el resto de nosotros —dijo Ash antes de sacarse una piedra afilada del bolsillo. Me acercó el borde al brazo y lo arrastró a lo largo. El dolor fue insoportable. Ardiente. El tajo fue instantáneo.
Y, para regocijo del muy necio, mi sangre era roja.
Idiota.
Él esbozó una sonrisilla de suficiencia.
—Me habían dicho que la sangre real era distinta, pero la tuya no parece especial. Supongo que eres igual al resto de nosotros.
Tuvo suerte de que yo esté intentando ser como mis demás compañeros, porque en circunstancias normales todo el bosque estaría ardiendo.
Y ese es el problema.
Enya se estaba poniendo nerviosa. Yo notaba el calor de su rabia mientras ella observaba al grupo. Estaba buscando la manera de bajarles los humos. De liberarme. Pero lo último que necesitábamos era enemistarnos con la cuarta parte de la clase la primera semana.
—Supongo que sí —respondí haciendo amago de levantarme. No quería problemas.
Ash volvió a tirarme de un puntapié y me plantó el pie sobre el pecho.
—A lo mejor hace falta más sangre —dijo. Miró al grupo que lo rodeaba—. Buscad más piedras. Cuanto más afiladas, mejor —ordenó.
Unos cuantos desaparecieron en el bosque. Solamente se quedaron tres.
En ese momento, Enya cogió una roca del tamaño de su cabeza y se la estampó a Ash en el cráneo.
El chico cayó al suelo desmadejado, ya inconsciente, mientras la sangre se encharcaba alrededor de su cabeza.
Menos mal que no queríamos enemistarnos con nadie.
Yo me puse de pie despacio, mirando a Enya fijamente, sin saber si darle las gracias, preguntarle en qué diablos estaba pensando o reírme. Antes de que pudiera abrir la boca, un amigo de Ash se había precipitado contra Enya con una piedra afilada en la mano.
En ese momento decidí que sí, la paz entre los alumnos iba a ser imposible.
Y luego rompí una nariz, abrí una barbilla y dejé a un sunling respirando entrecortadamente en el suelo antes de que nos largáramos de ese bosque a la carrera.
Ahora, resollando contra los árboles, Enya se vuelve a mirarme.
—¿Por qué no te defendiste?
—Lo hice.
Ella pone los ojos en blanco.
—Me defendiste a mí.
¿Y? Encojo un hombro. Ella avanza un paso con aire frustrado…
Y un grito distante rompe el silencio del bosque. Enya maldice.
Los sunling se están acercando. A juzgar por el sonido de sus voces, han reclutado a más alumnos de nuestra clase.
Suspiro y recuesto la cabeza contra la corteza.
—Me parece que ninguno de los dos lo tendrá fácil para hacer amigos después de esto.
Enya se limita a enarcar una ceja.
—¿Y para qué necesito más amigos? Ya te tengo a ti.
Eso me arranca una sonrisa, pero hago un gesto de dolor al notar el tirón del corte que tengo en la mejilla. La herida serrada del brazo apenas acaba de cerrarse. Entierro el dolor. Todavía tenemos que recorrer varios kilómetros para llegar al otro extremo de isla Sol, donde nos espera el instructor, Helas. Es un anciano sunling de piel dorada con el pelo rapado y un ceño en el rostro casi permanente. Le importarán un comino los motivos que nos hayan demorado o el ataque de nuestros compañeros. A él solo le importa quién cruza la línea de meta antes de que la arena del enorme reloj que lleva consigo haya terminado de caer.
Los pocos segundos que nos hemos concedido para descansar contra este árbol nos pasarán factura. El camino termina aquí, en un precipicio. Ya nos hemos asomado por el borde. La caída es de quince metros, a una corriente de agua.
Podría ser somera. Podría haber rocas. Podría haber algún engendro allí dentro esperando para destrozarnos.
Pero aquí termina el sendero. O saltamos, o suspendemos la prueba.
Los sunling de antes se acercan. A juzgar por sus gritos de rabia, sé que buscan algo más que un poco de sangre.
—Y supongo que yo siempre te tendré —le digo, todavía respirando con dificultad. Las voces suenan más altas. Más cerca.
Al oír mis palabras, la sonrisa de Enya se apaga. Niega con la cabeza.
—No me vas a tener siempre.
Mira a un lado entornando los ojos, como si pudiera ver la horda sunling acercándose por el bosque.
De repente no me preocupa el grupo obsesionado con la venganza. La sinceridad de su afirmación me pilla por sorpresa, pero sus palabras no tienen sentido.
—¿Qué quieres decir? Pues claro que te tendré.
Me clava los ojos. Abre la boca. La cierra.
—¿Qué pasa?
Deja escapar una risa ahogada.
—Este no es el momento ideal para una conversación importante.
Enderezo la espalda. Ya ni me acuerdo del dolor.
—¿Alguna vez es el momento ideal?
Se encoge de hombros.
—Supongo que no. Y supongo… supongo que tengo que decirte una cosa.
Hace años que somos uña y carne. Saber que se ha guardado algo, que no me lo ha contado todo, me desconcierta.
Suena un grito más cerca.
Y esa voz… Esa la reconozco. Es Ash. Debería sentir alivio de saber que Enya no lo ha matado con esa roca, pero no consigo que su vida me importe un comino.
El bosque empieza a calentarse según brotan las llamas en algún lugar cercano. El muy idiota y su fuego inexperto van a incendiar hasta el último árbol.
—Vale, será mejor que…
—Sé cuándo moriré.
Enya lo dice con tanta seguridad que pienso que habla en broma.
—Por favor, dime que será una muerte gloriosa —respondo, negándome a dar crédito a la dulzura que noto en la boca. Enya es capaz de creerse sus propias fantasías tanto como para hacerlas realidad. Miro el precipicio. Quizá podamos correr en lugar de saltar. Puede que haya otro camino para salvar el obstáculo.
—Lo será.
Me río.
—Pues claro.
Me acerco al borde del despeñadero e intento calcular la profundidad de las aguas.
La frustración torna más grave la voz de Enya. Oigo sus pasos a mi espalda.
—No, quiero decir que lo sé con seguridad. Sé cuándo y cómo voy a morir.
Lo que dice es verdad.
Toda la verdad y nada más que la verdad.
Me detengo. Me vuelvo a mirarla.
Habla en serio. No puede hablar en serio. Niego con la cabeza y frunzo el ceño.
—¿Qué quieres decir? ¿Cómo lo vas a saber?
Se encoge de hombros.
—Mi madre me preguntó si quería saberlo y le dije que sí. Así que ahora… lo sé.
No parece en absoluto preocupada. La miro con perplejidad.
—¿Y cómo lo sabe tu madre?
—El oráculo se lo dijo. El de isla Luna.
—Pensaba que los oráculos estaban congelados.
—Lo están. Pero uno se descongela de vez en cuando.
No lo sabía. Yo no he ido a esa isla. Solo Egan ha estado allí en representación de la familia real, con mi padre.
—¿Qué… qué dijo?
Enya niega con la cabeza.
—No. No te lo voy a decir. Nunca.
El pánico que siento aumenta de intensidad. Sé que los dos vamos a morir. Por supuesto que sí. Pero ¿y si ella muere antes? ¿Y si muere antes que yo? De súbito el dolor del brazo y el grupo que se aproxima se me antojan irrelevantes. Doy un paso hacia ella.
—Pero… pero, si me lo dices, podemos impedirlo. Podemos asegurarnos de que no suceda.
Entonces Enya sonríe. Me mira ladeando la cabeza.
—¿Y por qué iba a querer impedirlo?
—¿Por qué no? —exclamo casi escandalizado.
Se encoge de hombros.
—Todos moriremos algún día. Y será una buena muerte. Una muerte gloriosa, como tú has dicho.
—¿No… no tienes miedo?
Niega con la cabeza.
—No, no tengo nada de miedo. —Señala el precipicio mientras los gritos se tornan más nítidos—. Vamos. No tenemos todo el día.
Echa a correr delante de mí. Yo trastabillo tras ella y el dolor me atenaza el brazo cuando le grito que espere, que tal vez encontremos otro camino. Que quizá este sea demasiado peligroso.
Ella se limita a mirar por encima del hombro con expresión traviesa.
—No voy a morir hoy —dice.
Y salta.
Llevo un mes de entrenamiento sunling y todavía no soy capaz de usar mi fuego.
Los instructores lo han probado todo. He participado en las prácticas. He asistido a las clases. He imitado su ejemplo.
Ahora están recurriendo al miedo.
—Entra.
Estamos lejos del castillo de isla Sol, en un territorio calcinado. Hay una trampilla en el suelo. Debajo… solo oscuridad.
Avanzo un paso y gimo al caer varios metros sobre tierra suelta. La voz de mi instructor reverbera cuando dice:
—Si quieres luz, fabrícala.
Entonces la trampilla se cierra y mis sentidos se contraen.
La oscuridad es tan profunda que casi la puedo paladear. Abro los ojos. Los cierro. No cambia nada.
Trago saliva cuando algo se arrastra por encima de mi pie. El ambiente es seco y el aire está lleno de polvo. Toso. Me arde la garganta.
Muy bien, lo intentaré. Al menos aquí abajo no puedo hacerle daño a nadie más que a mí mismo. Trato de encontrar esa ascua que siempre alberga mi pecho.
«Busca tu fuego».
Miro. Araño la zona donde estaba en su día y suplico una chispa, solo un rayo de luz. Algo que me permita abandonar este pozo tan oscuro.
Pero ahí no hay nada.
Siempre es lo mismo. Únicamente cenizas donde antes había una llama. Mi mente vaga en la oscuridad.
Reproduce los peores momentos y esa es la verdadera tortura. No la oscuridad. Todo lo que surge en su presencia.
El sirviente, Albert. Hacía años que lo conocía. Siempre fue amable conmigo y con Enya. Nos encontraba jugando en partes del castillo que teníamos prohibidas y nunca se chivaba a mi padre. Sonreía y nos dejaba a nuestro aire.
Y yo lo maté.
El impacto de ese día, y los que siguieron, hizo que enterrara los recuerdos, pero ahora salen a la superficie.
Mis padres y la madre de Enya estaban fuera del castillo, asistiendo a un acto importante en el ágora. Egan también estaba invitado, cómo no.
A mí me dejaron en casa. Mi padre ni siquiera se volvió a mirarme cuando pasó por delante con una mano en el hombro de Egan. Como si yo no mereciera ni un segundo de su atención.
Enya me encontró en la armería. Estaba aporreando la armadura de mi padre contra el suelo, pieza a pieza. La golpeé con todas las armas que encontré. Espadas. Hachas. Mazas.
Nunca había hecho nada parecido antes de ese día, pero la emoción, el dolor, la furia me cegaron. Lo había reprimido todo y entonces… entonces se apoderó de mí como una marea que me anegara.
—¿Por qué estás tan enfadado, Oro? —me preguntó Enya en tono desenfadado. Estaba recostada contra la pared con los brazos cruzados.
Apreté los dientes.
—No lo estoy.
Un sabor amargo.
Se rio.
—Claro, tienes razón. Cómo se me ha ocurrido pensar algo así, si solo estás destrozando la armadura de tu padre con un hacha.
Esa armadura es famosa. Famosa por la ausencia de muescas, pues no ha perdido ninguna batalla en décadas. Algunos dirían que se debe a que mi padre evita a sus mayores contrincantes. Enya hizo un mohín.
—Te vas a meter en un lío.
Pues claro que sí. Saberlo no bastaba para detenerme. Así que seguí a lo mío.
Por fin Enya me preguntó:
—¿Puedo ayudarte?
Ha visto a mi padre tratarme como una escoria toda la vida. Noté el calor de su ira cuando ella se unió a mí; cuando los dos estampamos las armas contra el oro hasta dejar el impecable metal rayado, abollado y totalmente arruinado. Una sonrisa se extendió por mi cara al ver el resultado de nuestro trabajo.
No tardó nada en borrarse de mi semblante. La ira se había disipado. El sentimiento de culpa y el miedo la habían reemplazado.
No temía por mí mismo. Tenía miedo por Enya. ¿La había visto alguien bajar a la armería? ¿La expulsarían del castillo?
Y tenía miedo por mi madre. ¿La culparían a ella de mi insolencia?
No debería haber hecho eso. Tanta rabia, tanta ira… no me habían traído nada bueno.
—Vete —le dije a Enya—. Vete ahora, antes de que alguien te vea aquí.
¿Cuánto tardarían los sirvientes en venir a investigar el estrépito? Seguro que alguien lo había oído.
—No. No voy a dejarte —dijo. Y la convicción de sus ojos me hizo saltar las lágrimas.
«Puede que todos los demás te hayan abandonado, pero yo nunca lo haré —decía esa mirada—. Jamás te dejaré. No estás solo».
Fue esa mirada —esa lealtad— la que me indujo a apoyar la mano en el metal y a desatar una habilidad que había descubierto poco a poco. Una en cuya realidad no confiaba hasta que mis dedos empezaron a verter oro.
Una a una, cada una de las marcas quedó cubierta por una nueva capa de reluciente metal. Las abolladuras desaparecieron. Enya observaba boquiabierta cómo yo bañaba en oro una armadura completa, pieza a pieza, hasta dejarla radiante e impecable.
Solo cuando hube terminado me susurró:
—Buen truco.
Le sonreí. Me devolvió la sonrisa.
Y, como era de esperar, se puso de pie, echó mano de una espada y dijo:
—Ahora que sabemos que puedes reparar todo lo que rompamos, vamos a divertirnos.
Me lanzó otra espada.
Recorrimos las salas de la armería celebrando un duelo de espadas, riendo y jugando. Escondiéndonos detrás de antiguas armaduras. Esgrimiendo armas que mi padre nunca me habría dejado tocar. Entrechocándolas y luego cambiando de sala y de aceros.
—Eh, transforma esto en oro —decía Enya mientras pasábamos entre filas y más filas de reliquias de valor incalculable. Me lanzó un cáliz.
Lo convertí en oro en pleno vuelo. Lo atrapé. Lo lancé a un montón.
—¿Y qué me dices de esto?
Se rio a la vez que me lanzaba una daga de plata. La cubrí de oro y volví a atraparla al vuelo.
Doblamos un recodo. Rebuscó por sus bolsillos. Me lanzó un trozo de pan que se debía de haber guardado de la cena.
—¿Y esto?
Se convirtió en pan dorado. Eso la entusiasmó.
Corrió más rápidamente. La perseguí por los laberintos de la armería. Sus pasos resonaban. Sus carcajadas reverberaban.
Doblé una esquina y…
Allí estaba: Albert. Había venido a investigar el escándalo.
Sucedió en un abrir y cerrar de ojos.
El poder brotó de mí como por reflejo.
Antes de que pudiera detenerlo, antes de que llegara a procesar lo que estaba pasando, el hombre se estaba transformando en oro. Abrió unos ojos inmensos y profirió un único jadeo de dolor.
Y entonces se quedó inmóvil como una estatua. Con el rostro desencajado y congelado en un gesto de tormento.
Un silencio sepulcral cayó sobre las salas.
—Arréglalo —dijo Enya, que aferró a Albert como si pudiera desprenderle el oro. Un sollozo brotó de su pecho cuando se volvió a mirarme—. Arréglalo.
Pero no podía. Ya estaba hecho.
—Lo he matado —susurré a nadie en particular. Mi sentimiento de culpa era un monstruo que me desgarraba el pecho, y lo merecía.
Ojalá pudiera intercambiar mi vida por la suya. Haría cualquier cosa —lo que fuera— por deshacer lo que hice. Por librarme de estas habilidades para siempre.
Porque solo Enya conoce la verdad. Estaba enfadado esa noche. Las emociones me facilitaron el acceso a ese poder. Lo hice sin querer, pero de no haber estado tan furioso, de no haber sido tan grande mi empeño en desquitarme con las armas de mi padre, de no haber bajado a la armería…
Bajo tierra, el tiempo se torna irrelevante. Me proporcionan agua unas cuantas veces, pero no comida.
Dejo de esforzarme en buscar mi fuego. Comprendo que no quiero hacerlo. Nunca seré capaz de usarlo sin recordar el rostro de Albert.
Pronto cae la oscuridad.
Enya está furiosa.
—¡Estabas completamente exánime cuando te metieron! ¡Pensaba que habías muerto!
Yo no recuerdo nada aparte de sus gritos.
Estamos en el bosque, donde podemos hablar en libertad. Hace días que me sacaron del hoyo.
Me van a enviar de vuelta al castillo. Mi padre se pondrá furioso. Esto le confirmará todas las ideas que ya albergaba sobre mí.
Pero es por mi madre por quien me sabe mal. Le prometí que lo intentaría… y no lo hice. En realidad, no.
Enya se da la vuelta para mirarme. Me aferra la mano.
—Ha llegado el momento, Oro.
Evito su mirada.
—¿Y si no quiero hacerlo?
Aprieta con más fuerza.
—No tienes elección. El poder vive en tu interior. Acabará surgiendo por sí mismo si no consigues controlarlo. Te quemará.
Antes me preocupaban los demás. Sin embargo, en el pozo se me ocurrió una idea. Podía vivir lejos de casa. Abandonar el castillo. De todas formas, mi padre no me quiere allí.
—¿Y si te digo que no me importa?
—A mí sí —chilla. La miro. Es la primera vez que me levanta la voz. Traga saliva. Repite en un tono más bajo—: A mí sí.
Nos miramos a los ojos y años de recuerdos se despliegan entre los dos. Es mi mejor amiga.
Si ella estuviera en mi lugar, le diría lo mismo. Ella lo sabe.
Me lleva al borde de un acantilado. Debajo solamente hay mar.
—Déjalo salir, Oro —dice—. Estoy aquí. No estás solo.
«No estás solo».
Trago saliva.
—No quiero hacerte daño.
Niega con la cabeza.
—Tú nunca me harías daño —me asegura. Es sincera. No alberga la menor duda. Cree en mí.
Le tiembla el labio.
—Y sé cuándo voy a morir, ¿recuerdas? No sucederá ni aquí ni ahora. —Enya me aferra la mano—. Déjalo salir, Oro. Todo lo que has reprimido. Suéltalo sin más.
«Suéltalo sin más».
Me arde el pecho cuando una corriente asciende por el interior de mi cuerpo. Se me antoja inevitable, como vomitar. Como algo que debía salir antes o después.
«Mi sol». Así me llama mi madre. Nací a mediodía, un día de calor abrasador. Soy el niño de la cuna ardiente, que contemplaba las llamas en silencio. Cuántas veces debió de preguntarse si mis poderes desembocarían en el bien… o en la destrucción.
«Destrucción». Varias imágenes desfilan por mi mente. Albert. El baño de oro. La sonrisa de orgullo en el rostro de mi padre.
La vergüenza que me embarga.
Una vergüenza horrible.
La rabia me hace hervir la sangre, ira por tener este poder, por mis actos, por tener que hacerme responsable, por saber que nunca podré librarme de esto, que siempre me acompañará, esperando para prenderse, indiferente al hecho de que yo pueda arder también.
Cierro los ojos y veo el mundo en llamas. Me veo a mí mismo incendiándolo.
No. Lo controlaré. No dejaré que el mundo se convierta en cenizas.
«Busca tu fuego».
ENCUÉNTRALO.
Me arrodillo y aúllo.
Todo brota de golpe.
El fuego sale disparado de mi mano, la que no tiene aferrada Enya. El mar se tiñe de rojo con las llamas. Yo ardo y ardo sin cesar hasta que no me queda nada y entonces me desplomo hacia delante jadeando. Las lágrimas resbalan por mis mejillas.
Enya me apoya la mano en el hombro. Está arrodillada a mi lado. «No estás solo».
Cuando abro los ojos, el océano está en llamas.
«Busca tu fuego», me dijo mi madre.
Lo he encontrado. Y me asusta lo que eso implica.

Capítulo 4
MI RINCÓN FAVORITO
Enya todavía no me ha contado cómo morirá, aunque se lo pregunto cada año el día de mi cumpleaños; o, como a ella le gusta llamarlo, en el aniversario de nuestra amistad, pues fue en esa fecha cuando nos conocimos.
El último año del entrenamiento sunling, celebramos el final de curso robando vino sunling y escapándonos del campamento.
—¿A dónde vamos? —me pregunta mientras recorremos un bosque—. Llevamos una hora entera andando. De haber sabido que estaba tan lejos, no habría cogido tantas botellas.
—Sí, sí las habrías cogido —le digo al notar el sabor amargo.
Se encoge de hombros.
—Sí, lo habría hecho.
Dulzura.
Sigue quejándose hasta que el bosque se aclara y lo ve. Aun en la oscuridad, el mar tiene un brillo distinto.
Es verde. Un color precioso que solo he visto una vez, en isla Agreste, el día que Elk me llevó a presenciar un duelo wildling.
Nunca he tenido nada favorito hasta que vi este lugar y me quedé anonadado. Su belleza me arrancó de mi interminable espiral de pensamientos.
—Caray, el viaje merecía la pena —dice Enya.
Asiento.
—Llegar aquí merece cualquier viaje.
Corremos hacia los matorrales, con cuidado de no caer por la empinada ladera. Enya me gana la carrera, aunque hay que tener en cuenta que yo llevo todas las provisiones, y la veo brincar hacia las olas.
La arena es gruesa, dorada. El agua se desliza hacia nosotros en ondas tranquilas y, cuando se retira, deja tras de sí una capa de espuma de mar.
Cuando Enya se ha cansado de bailar en el agua, se desploma a mi lado y coge una de las botellas que he enterrado en la arena. Mira el entorno y asiente complacida.
—Si sintiera algún interés en ti, reconozco que este sería el lugar perfecto para una cita romántica.
Verdad. No le intereso lo más mínimo en ese sentido.
Aunque algunas mujeres han empezado a mirarme de otra manera, a fijarse en mí de un modo que antes no hacían, a Enya nunca le he gustado en ningún sentido que implicara algo más que amistad. Lo sé con seguridad gracias a mi don. Y a mí ella tampoco.
Somos amigos. Amigos inseparables. Pero eso no significa que no la quiera.
A pesar de todo tuerzo el gesto.
—Como si tuviéramos tiempo para los romances.
Enya se ríe.
—Habla por ti.
La miro con curiosidad, pero ella cambia de tema antes de que pueda hacerle preguntas.
—¿Cómo encontraste este sitio?
Encontré mi rincón favorito por casualidad, como suele suceder con todas las cosas buenas de la vida.
—Estaba buscando otra cosa y di con este paraje. Y resultó ser mejor que eso que estaba buscando.
Había salido a buscar portales. Estaban marcados en un antiguo mapa que encontré en las profundidades del castillo de la isla principal. Portales enormes que nadie —ni siquiera Egan— había mencionado jamás. Mientras iba de camino atisbé este mar y me sentí atraído por él como si me arrastrara una cuerda invisible.
Aquel día pasé horas sentado en esta playa, hipnotizado por el color del mar, sin entender por qué me provocaba una sensación tan intensa, como si ya conociera este lugar.
—¿Cuál es tu paraje favorito? —le pregunto a Enya.
—Deberías saberlo.
«Lo sé», pienso.
—Las montañas Cantoras.
Asiente.
—Bien. Puedes seguir siendo mi mejor amigo durante otro siglo como mínimo.
Bromea, pero me vuelvo a mirarla tratando de ocultar la desesperación que me embarga.
—Entonces ¿aún tenemos un siglo para estar juntos?
Desde que me habló del día de su muerte, maldigo el tiempo. Me pregunto cuánto nos queda para estar juntos. Siempre he sabido que nuestras vidas acabarán un día…, pero el hecho de que ella sepa cuándo morirá me hace sentir como si estuviera siempre a un paso de perderla, no sé por qué.
Sonríe.
—Muchos siglos —me asegura.
Tiro de ella para arrimar su cuerpo al mío.
—Gracias —le digo. Los ojos me escuecen del alivio.
—¿Por qué? —me pregunta apoyando la cabeza contra mi hombro. Un pájaro grazna aquí cerca. Las olas casi nos mojan los pies.
—Por no morirte hoy.
Hemos terminado el entrenamiento sunling y, por primera vez, Enya y yo estamos a punto de separarnos. Ella volverá a isla Sol para proseguir allí sus estudios. Yo me desplazaré al reino siguiente de mi rotación: Moonling.
—Tenía que pasar —nos dice mi madre mientras tomamos el té.
La madre de Enya se ríe.
—¿Recuerdas cómo contaban con los dedos los años que les quedaban para estar juntos antes de que ella tuviera que partir a su entrenamiento? ¿Cuántos años tenían? ¿Seis? —Sacude la cabeza—. ¿Te acuerdas de que los pillamos tratando de escapar? ¿A dónde llegaron? ¿A la abadía?
Las dos prorrumpen en carcajadas, inclinadas la una sobre la otra como suelen hacer las amigas, mientras Enya y yo las fulminamos con la mirada.
—Se supone que tenéis que ser amables con nosotros —le dice Enya a su madre—. Somos vuestros hijos. Deberíais tratarnos bien pase lo que pase, y eso incluye no sacar a la luz anécdotas vergonzosas que no demuestran precisamente la inteligencia y las capacidades de la estirpe real.
La madre de Enya niega con la cabeza, todavía con una sonrisa divertida en los labios.
—No. Soy tu madre y eso significa que debo decirte la verdad. Y con frecuencia la verdad no es agradable.
Enya y yo intercambiamos una mirada.
—Nuestras madres son un par de arpías cuando están juntas —dice ella, y abandonamos la habitación entre el eco de sus risas.
Yo sonrío.
—Seguro que ellas dicen lo mismo de nosotros.
Enya niega con la cabeza.
—No. Tú no eres tan divertido.
Le pellizco el costado y ella me pega un manotazo en la mano.
—¿Me escribirás?
Asiento. Durante los primeros meses de entrenamiento, no me permitirán salir de isla Luna. Solamente podremos comunicarnos por carta. Eso si encuentro a alguien dispuesto a llevárselas.
—Pues claro que sí.
—Intentaré no hablarte demasiado del calor que surge de la chimenea mientras tomo té con miel en mi alcoba, ni del sol que acaricia mi piel.
Me sonríe con malicia.
Suspiro. Estoy a punto de cambiar el calor y la comodidad de Sunling por un frío brutal, gélido.
Durante los últimos años de entrenamiento, los guerreros moonling se desplazan al territorio Vinderland, en la zona más septentrional, cuyas temperaturas ni siquiera mis llamas, por fin bajo mi dominio, son capaces de aumentar.
—Seguro que tienen chimeneas —replico, aunque no lo tengo nada claro. Nunca he estado en isla Luna.

Capítulo 5
HIELO
No hay chimenea en las alcobas.
Solamente dos camas estrechas con un angosto pasillo entre ambas y una única ventana cubierta por una capa de hielo. Un minúsculo rayo de sol se cuela en el dormitorio.
Los próximos años van a ser muy cómodos, lo presiento.
Dejo el equipaje e intento imaginar lo mucho que se va a reír Enya cuando le cuente que mi respiración sale en nubes de vapor incluso dentro de casa.
Mi compañero de habitación aún no ha llegado. Escojo una cama y deshago el equipaje con los dedos ateridos. Agnes, la tutora de mi hermano, me regaló por sorpresa una manta tejida a mano. En teoría no debería consentirme, pero eso nunca le ha impedido tratarme como si yo fuera tan importante como Egan. La doblo con cuidado sobre la cama y luego creo un fuego en mi puño. La llama ahuyenta la frialdad de mi piel y me siento como en casa.
La puerta se abre de golpe a mi espalda.
Me vuelvo pensando que voy a ver a mi compañero de cuarto. En vez de eso, se asoma una mujer de largo cabello blanco. Me fulmina con la mirada.
Proyecta la mano hacia delante y el fuego de mi puño se transforma en hielo. Me sobresalto y lo dejo caer al suelo, donde se hace añicos contra la piedra.
—El fuego no está permitido —me espeta—. Acompáñame.
De mala gana, dejo las sábanas y las mantas y la sigo escaleras abajo. Algunos moonling de mi grupo de entrenamiento nos miran con los ojos muy abiertos. Empiezan a intercambiar susurros.
La moonling no se detiene al llegar a las puertas del castillo. Las cruza y baja la escalinata hasta que llegamos a un montón de nieve.
Lo señala.
—Esta será tu cama esta noche, sunling. Si vuelvo a verte usando el fuego, te expulsaré de mi clase.
«Mi clase». Esta no es una moonling normal y corriente.
Es la instructora Cleo. La hermana pequeña de la gobernante moonling y famosa por sus brutales entrenamientos. Los rumores no son infundados, concluyo cuando se da media vuelta y me deja fuera sin volverse a mirarme.
Me siento en la nieve y medito cómo le voy a contar esto a Enya en una carta. Al principio es casi divertido. No estoy acostumbrado a este frío. Resulta curioso. Observo el castillo de hielo con fascinación.
Luego el sol se esconde y solo queda un helor paralizante.
Me tumbo temblando. Hace rato que he perdido la sensibilidad en manos y pies. Con cada temblor, un dolor punzante como alfileres me traspasa los brazos y las piernas.
La escarcha empieza a cubrir mi pelo. El hielo, parece ser, quema tanto como el fuego a su manera mordiente.
«A la mierda».
La instructora no está aquí. No me ve. Seguro que está durmiendo, igual que debería estar haciendo yo. Busco el fuego en mi interior.
Y en ese instante comprendo que la instructora Cleo no solo me ha obligado a dormir aquí fuera como castigo.
Quería que me fuera imposible usar el fuego.
La llama que llevo dentro se ha transformado en hielo. No puedo usarla.
—Mierda —maldigo en dirección a la nieve.
Me quedo dormido, no sé cómo. Despierto respirando con dificultad. Solo una pequeña cantidad de aire alcanza mis pulmones ateridos. Toso. Me duele respirar. Noto dolor en todo el cuerpo. Cuando abro los ojos, ella está ahí delante, mirándome.
La instructora Cleo.
—¿Dispuesto a abandonar? —me pregunta con una voz privada de emoción. Lleva el cabello blanco recogido en una trenza larga que azota su espalda con cada ráfaga de viento gélido.
Usando hasta la última traza de la fuerza de voluntad que me queda, me las arreglo para ponerme de pie. No puedo mostrar debilidad. No cuando acabo de empezar el entrenamiento. Me niego a que me envíe de vuelta al castillo. Sobre todo después de haber sobrevivido a esta noche.
Lo único peor que esta tortura física sería ver el semblante de mi padre si tengo que volver demasiado pronto al castillo de la isla principal.
Enderezo la espalda luchando contra el impulso de desplomarme.
—Nunca —respondo.
Sonríe.
—Ya lo veremos.
Dicho eso, levanta las manos. Una ola de nieve se transforma en agua y me cala hasta los huesos. A continuación, muda en hielo y estoy a punto de caer de rodillas de puro dolor.
Jamás había tenido tanto frío. La piel sunling es naturalmente cálida, pues nuestro fuego la caldea por dentro. Pero un nivel de dominio tan alto requiere décadas de entrenamiento. Este frío glacial lo devora todo, incluida mi determinación.
Puede que haya encontrado mi fuego. Pero la verdadera prueba acaba de comenzar, comprendo. Encontrarlo incluso en las circunstancias más adversas. Este entrenamiento consiste en dominar el fuego tanto como el agua.
—¿Crees que morirá? —pregunta una chica moonling a mi espalda mientras la instructora Cleo se aleja con una sonrisilla de suficiencia. Mis compañeros de entrenamiento han empezado a bajar la escalinata del castillo.
—No —responde un chico en tono decepcionado. Luego se anima—. Pero puede que lo maten esta noche. ¿Habéis visto quién es su compañero de cuarto?
No oigo el siguiente susurro, pero capto el gritito ahogado de la chica.
—¿Lo dices en serio? No llegará a mañana.
«¿Mi compañero de cuarto?». No tengo ni idea de quién es, gracias al castigo de Cleo.
Por lo que yo sé, no tengo enemigos entre los moonling…
La voz de Cleo resuena incluso a través del viento cortante.
—¡Firmes! —dice antes de indicarnos que nos pongamos en fila. Decenas de moonling empiezan el entrenamiento este año. Todos llevamos capas blancas; no son ni de lejos tan cálidas como requiere el clima. A través de la nieve no distingo las caras de los demás. ¿Quién será mi compañero de alcoba?
Las risas reverberan en derredor. Les oigo susurrar, como si todos compartieran una broma que yo no entiendo.
La instructora Cleo estampa su vara contra la nieve y el grupo guarda silencio.
—Si vais a ser guerreros moonling, tendréis que demostrar que sois capaces de sobrevivir en las condiciones más extremas. O creáis un vínculo con el frío… o moriréis. Es vuestra última oportunidad. ¿Alguien quiere abandonar?
Nadie hace el menor movimiento. El entrenamiento moonling es opcional, pues no estamos en guerra. Todos los presentes conocen el riesgo: saben que la mitad de la clase no sobrevivirá a los años siguientes.
—Bien. Espero que anoche disfrutaseis de la comodidad de vuestros cuartos, porque vais a pasar el mes siguiente a la intemperie, en territorio Vinderland, sin nada más que las capas que os cubren la espalda.
El miedo resbala por mi columna vertebral.
¿Tan pronto? Por lo que dicen los jóvenes moonling, los grupos no suelen ir al norte hasta el último curso, aunque supongo que nunca he conocido a nadie que hubiera sobrevivido a un entrenamiento con la instructora Cleo.
Señala al norte.
—Cazaréis vuestro propio alimento. Buscaréis agua clara para beber. Lucharéis por los recursos con vuestros compañeros. Construiréis vuestros refugios. Encontraréis vuestra conexión con el frío, o moriréis. —Pasea la mirada por el grupo—. Vinderland es implacable…, al igual que la vida.
Estalla el caos, pero todo el mundo se calla cuando Cleo levanta la mano.
—Trabajaréis en parejas. Buscad a vuestro compañero de cuarto. No hay reglas salvo sobrevivir.
«Mi compañero de cuarto».
Trago saliva cuando se aleja para volver a remontar la escalinata del castillo. Todo el mundo entra en pánico mientras buscan a sus compañeros.
Yo no sé gran cosa del territorio Vinderland, aparte de que es una zona en la que ni siquiera los moonling suelen internarse. Hace demasiado frío incluso para los que están entrenados.
—¿Vinderland? ¡Quiere acabar con nosotros!
—Ni siquiera las expediciones de caza van por allí.
—Me han contado que hay cadáveres por todas partes. Los exploradores los usan para orientarse.
No voy a sobrevivir. Cleo se ha asegurado de ello. No estoy acostumbrado a este clima, a diferencia de los moonling, que llevan viviendo aquí toda su vida. Ya me estoy congelando. No he comido ni bebido desde hace horas. Si el objetivo de la instructora Cleo era matarme, está a punto de ver cumplido su deseo.
Aunque quisiera moverme, el frío me mantiene petrificado en el sitio. Ni siquiera soy capaz de temblar. Me quedo de pie, mirando, preguntándome quién será mi misterioso compañero de alcoba.
Ese que, al parecer, me quiere muerto.
El que me asesinará a la primera oportunidad.
Me aporta cierto consuelo el saber que seguramente el frío me matará antes de que él lo haga.
De repente, alguien surge de entre la multitud. Todo el mundo se aparta para cederle el paso.
Es un gigante. Mide al menos dos metros y es todo músculo, como una roca que hubiera cobrado vida.
Sus ojos están clavados en mí.
No reconozco su rostro, pero sí el nombre que todo el mundo susurra.
Se me hiela la sangre en las venas.
Calder.
El hijo del líder de la resistencia más contumaz que Lightlark ha conocido en siglos.
El hijo del hombre que mi padre redujo a cenizas pocos años atrás.
Mierda.

Capítulo 6
CALDER
El moonling no ha intentado matarme. Todavía no.
«Debe de estar esperando a hacerlo cuando nadie lo vea», pienso. Seguro que no quiere testigos, por si mi padre demuestra por una vez que le importo y decide encarcelarlo por la infracción cometida.
Nos encaminamos al norte, hacia Vinderland. Él atraviesa la capa de nieve como si fuera una pala, y sus piernas y sus pies me abren camino. Yo avanzo con los ojos clavados en su espalda, sin despegar la mano de la daga. Me pregunto si el arma será capaz siquiera de traspasarle la piel. Si podría llegar al hueso antes de que me mate. Si tengo alguna posibilidad, por remota que sea.
Su padre estuvo a punto de matar al mío cuando intentó derrocarlo.
En vez de eso, acabó convertido en un montón de ceniza a sus pies.
¿Cuánto tiempo pasará antes de que decida castigarme por los actos de mi progenitor?
No importa que yo nunca conociera a su padre. No importa que yo no les haya hecho nada a todas estas personas que ya me odian. La responsabilidad siempre recaerá sobre mí. Tendré que cargar eternamente con el resentimiento ajeno por ser quien soy.
Ahora mismo daría cualquier cosa po
