El juego del silencio

Gil Pratsobrerroca

Fragmento

cap-4

Dieciséis días antes de la desaparición

El reloj del comedor acababa de dar las nueve de la noche.

Valèria, una niña de siete años y ojos azules como el cielo, estaba jugando frente a las llamas de la chimenea, sentada en el suelo, sobre la mullida alfombra de lana. Con los brazos apoyados en la mesita de madera, colocaba piezas de colores una encima de la otra: era su juego favorito.

Las llamas que tenía justo delante eran la única iluminación en aquel enorme comedor. Toda la estancia, casi en penumbra, bailaba al ritmo del fuego: los candelabros de hierro, las astas de ciervo colgadas de la pared, los dos sofás de piel, la escalera de caracol que ascendía enroscándose sobre sí misma hasta la planta de arriba…, todo aportaba las pertinentes sombras a aquella escena oscura, como si hubiesen cobrado vida.

Los padres de Valèria, Jan y Carla, de treinta y tantos años, estaban en la cocina preparando la cena. Carla, igual de rubia que su hija, con un pijama de algodón que le perfilaba el cuerpo esbelto y definido, hacía pocos minutos que había cogido un vino tinto de la bodega y había propuesto un brindis a su marido. Jan, atractivo, de ojos enormes y oscuros, había sonreído mientras dejaba de cortar la cebolla para aceptar la copa.

Entretanto, en el comedor, justo detrás de Valèria, una figura permanecía inmóvil. Observándola. Hacía rato que el desconocido se mantenía en un espacio oculto que conocía muy bien, entre la escalera y el armario de madera. Un rincón perfecto que lo hacía invisible para todo el mundo.

Contemplaba a la niña ansioso. Salivando. Tan cerca que, si alargaba un poco la mano, casi podía acariciar aquel precioso cabello dorado. Tanto que, cuando quisiese, se abalanzaría sobre Valèria de un salto.

La niña ni siquiera tendría tiempo de gritar.

Cuando ya se habían tomado la segunda copa, Carla fue hacia la puerta de la cocina y la cerró con delicadeza para que Valèria no pudiese oírlos. Luego se giró, notando los efectos del alcohol concentrados en la frente. Al ver que su marido le prestaba toda su atención, dejó la copa en la encimera y, poco a poco, empezó a desabrocharse los primeros botones de la parte superior del pijama.

En la habitación contigua, las piezas de colores ya formaban una torre bastante alta cuando, de repente, Valèria oyó algo a su espalda. Confundida, volvió la cabeza, notando cómo los rizos le acariciaban la espalda. Escrutó la masa de negrura que cubría las paredes durante unos segundos, pero no alcanzó a ver nada.

En la cocina, sus padres habían empezado a colmarse de besos, apasionadamente. Abrazados. Al sentir la excitación corriendo por su organismo y domando sus impulsos, Carla quitó la camiseta a Jan y le acarició el cuerpo, fuerte y duro, con las puntas de los dedos. Jan le devolvió las caricias y, una vez desnudos, intercambiaron una mirada breve y juguetona, con sonrisas encendidas, conscientes de la travesura que tramaban. En ese momento, Carla se colocó de espaldas a él e inclinó el cuerpo desnudo contra la puerta.

Resguardado en el mar de sombras que creaba el fuego, el desconocido, con la cabeza alzada y cerrando los ojos, inhalaba con fuerza. Cada bocanada de aire que le llegaba con el olor infantil de Valèria le volvía loco. Los rizos, las manitas, la piel tierna y blanca…, toda ella era la encarnación suprema de la inocencia. Y de la fragilidad.

En ese momento, el hombre abrió los ojos y dio un paso al frente. No podía esperar más. Tenía que pasar a la acción.

En la cocina, Carla y Jan habían empezado a hacer el amor, intentando no hacer ruido, como dos adolescentes. Se reían, disfrutando de la adrenalina que les corría por las venas.

De vez en cuando tenían que llevarse la mano a la boca para evitar que se les escapase algún gemido que pudiera llegar a su hija. No obstante, se oyó un grito. Un chillido. Un chillido estremecedor procedente del comedor.

Al instante, la pareja se separó, confundida, preguntándose qué acababa de ocurrir. Cogieron la ropa que tenían desperdigada por la cocina y se vistieron lo más rápido que pudieron. Se pusieron los pijamas con torpeza, sintiendo que cada segundo que pasaba era oro, que el tiempo se les escurría entre los dedos de manera implacable.

Cuando por fin estuvieron presentables, con el corazón rugiéndoles dentro del pecho, corrieron a abrir la puerta.

En el comedor, sentada en el sofá, Valèria estaba pálida, inmóvil, con la mirada fija en un punto muy concreto de la habitación.

—¡Valèria! —gritó su madre al tiempo que corría a abrazarla—. ¿Estás bien? —le preguntó mientras le acariciaba los rizos y le daba un beso.

Pero su hija estaba conmocionada, incapaz de hablar. Lentamente, levantó una mano temblorosa y señaló la ventana situada al lado de la chimenea. Jan desvió la vista en esa dirección.

—Valèria —dijo el padre, recuperando el aliento—, dime, ¿qué ha pasado?

La niña balbució.

—Un… golpe…

Y abrazó a su madre, refugiándose en sus brazos, sin poder sacar más fuerzas de su interior.

Jan fue a examinar la ventana y descubrió que el cristal estaba roto.

Carla continuó acariciando el pelo de su hija con ternura, mientras con una mirada le preguntaba a Jan quién de los dos tomaba las riendas de la situación. Pero Jan seguía observando el cristal, de modo que fue ella quien acabó saliendo con toda la caballería.

—Venga, no nos preocupemos, Valèria —dijo, quitándole hierro a la situación—. Nos hemos llevado un susto, pero ya ha pasado. —Y, en un tono más animado, añadió—: Vamos, señorita, a lavarnos las manos, que la cena ya casi está lista.

Mintió, porque entre copa y copa ni siquiera habían empezado a pelar las patatas.

Cuando Valèria se fue al baño, Carla se acercó a su marido.

—¿Qué ha sido eso?

—Nada, nos han roto el cristal. Habrá sido algún imbécil que pasaba por la calle y que para divertirse ha tirado una piedra.

Pero entonces ella se dio cuenta de algo.

—Mira. —Señaló hacia fuera, a través de la ventana—. ¡Eso es nuestro!

Jan se asomó al exterior y vio que en la calle, entre unos cuantos cristales, yacía un marco de fotos de madera que él mismo había colocado en el centro de la mesa. Todo aquello solo evidenciaba una cosa: la ventana se había roto desde dentro.

—¿La ha roto Valèria? —murmuró Carla, preocupada—. ¿Por qué?

Intuitivamente, los dos desviaron la vista hacia el baño, donde se oía el grifo que acababa de abrir su hija.

—¿Por qué lo habrá hecho? —repitió ella, ya con un punto de indignación. No se imaginaba a su hija haciendo algo así.

—Madre mía —saltó Jan—. ¿Y si…? ¿Y si nos ha oído cuando lo hacíamos?

—No, no puede ser —respondió Carla enseguida, ruborizándose—. ¡No puede ser!

Resultaba extraño que a través de aquellas robustas paredes de piedra se oyese lo que ocurría en la cocina, pensaron los dos, pero la teoría de Jan tenía su lógica. Al fin y al cabo, solo una puerta separaba las dos habitaciones.

—Quizá… primero ha roto el cristal, y al ver que no parábamos… se ha puesto a chillar —sugirió Jan.

Carla hizo memoria. Minutos antes estaba tan abstraída haciendo el amor que no había oído nada más que el grito. Aquella explicación resultaba cada vez más plausible.

Permanecieron unos segundos en silencio, abatidos, maldiciéndose por no haber tenido más cuidado, y con el paso de los minutos fueron haciéndose a la idea de que su hija les había oído mientras mantenían relaciones sexuales.

—Madre mía, Jan. Qué vergüenza —dijo finalmente Carla, que no sabía dónde meterse—. Tiene que haber sido horrible, pobre Valèria… —Se dirigió al sofá y se dejó caer en él—. Yo también oí a mis padres una vez y fue… Jan, madre mía, qué vergüenza…

Jan intentó calmarla.

—A ver, tal vez no sea tan grave. Quizá no sabía qué estábamos haciendo, solo tiene siete años. Habrá oído unos ruidos extraños, se habrá puesto nerviosa y ha actuado sin pensar. Yo qué sé, ¡puede que haya pensado que estábamos discutiendo!

—No digas chorradas —lo cortó Carla—. Con siete años es posible que ya sepa algo, Jan. Cada vez aprenden todo eso más rápido.

—¿Con siete años? —recalcó Jan.

—Tenemos que hablarlo con ella —sentenció Carla, poniendo fin a la discusión—. Y con mucho tacto. Yo recibí una educación sexual de mierda y me pasé la adolescencia con inseguridades. No quiero que a ella le ocurra lo mismo.

Su marido tomó aire y dejó escapar un largo suspiro.

—A partir de ahora habrá que vigilar más —añadió, resignado.

—Sí —dijo ella, satisfecha con que se hubiese puesto de su parte.

Se dieron un beso breve y se separaron. Mientras Jan volvía a la cocina para preparar la cena, Carla salió a recuperar el marco de fotos.

De camino, Carla pensó que, bien mirado, incluso le hacía ilusión poder tratar con su hija algo tan importante como el sexo. Ya hacía años que se había prometido a sí misma que sería una madre abierta y con la que podría hablarse de todo.

Al día siguiente, más tranquilos todos, abordaría el tema. Tal vez pudieran ir de excursión hasta Sant Andreu y sacarlo a medio camino; así resultaría todo menos invasivo.

Carla salió de casa.

Estaba tan ensimismada que pasó por alto un pequeño detalle que lo habría cambiado todo: la puerta de la entrada no estaba bien cerrada. Ese era el único error que había cometido el desconocido hacía apenas unos minutos.

Escudado en las tinieblas del comedor, el hombre había visto que su ruta de escape estaba obstruida: Valèria se hallaba de cara a la puerta, de modo que, si intentaba irse, lo vería.

Por eso había tenido que elaborar un plan alternativo, un elemento de distracción. Había visto encima de la mesa un marco de fotos bastante grueso y pesado; dio un paso al frente para cogerlo, dejando que la luz le bañara el brazo brevemente, y luego lo había tirado contra la ventana como si fuese un frisbee, con todas sus fuerzas.

El cristal había estallado en mil pedazos, y Valèria, del susto, se había puesto a chillar, lo que había ahogado el estrépito de cristales. En ese momento, el desconocido había aprovechado que la niña miraba hacia la ventana, en dirección opuesta a la puerta, para salir corriendo y fundirse con la noche que envolvía el pueblo.

Carla se acercó al marco de fotos.

Tuvo que cruzarse de brazos y bajar la cabeza para combatir el frío. Pese a que estaban en mayo, en Arcavell siempre refrescaba cuando caía la noche. Se agachó y cogió el marco del suelo, con cuidado de no cortarse con los cristales de alrededor. Entonces observó la foto que contenía y la invadió una extraña sensación de nostalgia. Le dolió que Valèria lo hubiese tirado sin ningún miramiento. A fin de cuentas, aquel era su último recuerdo de Barcelona.

Un año antes

Barcelona

—¡Venga! ¡Vamos a hacernos una foto! —propuso Carla una vez que sacaron el último mueble del piso.

Los tres esbozaron una sonrisa leve, mirando a la cámara. Estaban molidos. Toda la familia. La mudanza los había arrollado como un tren de mercancías. Se habían pasado horas y horas embalando electrodomésticos y enseres, dejándolos a punto para que un par de hombres corpulentos los bajasen por el montacargas instalado en la fachada del edificio.

Tras tomar la fotografía con el piso de fondo, se subieron al coche y empezaron a atravesar las calles de Gracia, pegados al camión de mudanzas e imaginándose cómo se iban moviendo sus pertenencias en el interior.

—¿Seguro que no te vas a dormir? —preguntó Carla, desde el asiento del acompañante, a un Jan que iba dando cabezazos.

—No te preocupes —dijo él, al tiempo que sujetaba el volante con ambas manos—. Me he tomado dos cafés.

Carla se giró y sonrió con cariño.

—¿Todo bien por ahí? —le preguntó a su hija, y Valèria asintió.

Acto seguido, Carla se giró de nuevo y se dedicó a contemplar las calles que cruzaban, tragándose la tristeza. Decían adiós al barrio de Gracia. El barrio en el que habían nacido, el barrio que los había visto crecer y que ahora, con mucho dolor, los expulsaba. Les habían subido el alquiler de un mes para otro, y no les había quedado más remedio que irse. Y no eran los únicos, pensó Carla, muchos de sus amigos habían tenido que hacer lo mismo. Los turistas estaban cargándoselo todo. Por su culpa, aquel barrio se estaba transformando a velocidad de vértigo: la mercería, la pastelería, la pequeña escuela…, los establecimientos de toda la vida habían desaparecido, todo sucumbía al poder adquisitivo y a las necesidades de los guiris.

Carla se reclinó y se obligó a pensar que estaban haciendo lo correcto. Había llegado la hora de cambiar de aires. Después de todo, era su gran sueño, vivir en la montaña, en un pueblecito precioso, Arcavell, lejos del bullicio de la ciudad y de la gentrificación salvaje. Vivir en una casa de dos plantas, con jardín, chimenea y terraza, por un precio que en Barcelona habría sido de escándalo. Una casa que incluso tenía nombre propio: Era Vella, «Era Vieja». Carla encontraba el nombre bonito y romántico; era el lugar perfecto para construir el nido.

—Venga, en marcha hacia Arcavell —jaleó Jan a su lado, como si estuviese pensando lo mismo que ella.

Intercambiaron una mirada llena de ilusión y se cogieron de la mano.

Últimamente estaban más enamorados que nunca; el proyecto de la mudanza les había insuflado unas ganas de vivir que no habían sentido ni cuando eran novios. Primero fue la suerte de encontrar aquella ganga de casa, luego ir a verla a menudo y, finalmente, de forma paulatina, proyectar cómo sería su nueva vida: decidir cuál sería la habitación de Valèria, la distribución de la sala de estar, de los dos estudios…, todo el proceso tenía cautivada a la pareja.

—Mira —dijo Jan poco después, mientras programaba el GPS en un semáforo—. Llegaremos en dos horas y treinta minutos.

—¡Genial! —contestó ella, y al instante subió el volumen de la radio para cantar la canción que sonaba.

Jan se sumó enseguida, bailando, meneando los hombros. Inmediatamente oyeron una risa procedente del asiento de atrás. Era apagada. Su hija no tardaría en quedarse dormida.

Dos horas y treinta minutos más tarde, la familia Costa desembarcaba en Arcavell, lista para iniciar el capítulo más trascendental de sus vidas.

El día de la desaparición de Valèria

—Comisaría de policía —respondió un agente al teléfono.

—Escuche —dijo Carla con voz trémula—. No encontramos a nuestra hija.

—¿Cómo? —preguntó el policía, con una tranquilidad exasperante—. ¿Cuándo la han visto por última vez?

—Anoche, cuando se fue a dormir.

El agente meditó unos segundos, era posible que solo se tratase de una confusión, no sería la primera vez que se encontraba con algo así.

—Señora, ¿cuántos años tiene su hija?

—Siete —respondió ella, implorante.

El agente se alejó del aparato para contárselo a un compañero. Carla aguardó impaciente todo el tiempo, hasta que el policía regresó al teléfono y le dijo:

—No se preocupe. Ahora mismo les enviamos una patrulla. Dígame, ¿dónde viven?

Quince días antes de la desaparición

De buena mañana, el olor a café y tostadas empezó a escapar de la cocina y fue ascendiendo por la escalera de caracol hasta llamar a la puerta de las habitaciones. A los pocos minutos, y sintiéndose como el flautista de Hamelín, Jan vio aparecer por la puerta a una Valèria medio dormida y en pijama.

—¡Mira a quién tenemos aquí! —anunció Jan para sí mismo.

A aquella hora entraba una increíble luz blanca en la cocina. Todo —la isla central de madera, la encimera, las paredes de piedra, las vigas de madera maciza y el suelo de parquet— adquiría un tono invernal y nítidamente alpino.

Jan se encontraba delante de la isla, sentado en uno de los taburetes, mientras desayunaba con el periódico en la mano.

—¿Has dormido bien, preciosa?

Valèria había pasado una noche estupenda. El día anterior, después del incidente de la ventana, sus padres habían empezado a tratarla con un buen humor del todo inusual. La mimaron durante toda la cena, le rieron las gracias y la colmaron de atenciones, como hacía tiempo que no ocurría. Incluso habían pasado por alto que no se acabase los guisantes. No sabía a qué se debía todo aquello, pero le gustaba el aire que habían adoptado las cosas de pronto.

—Muy bien, papá —respondió muy sonriente.

Avanzó cuatro pasos y le dio un abrazo. Luego observó que en el centro de la isla descansaba la cafetera llena junto con varios platos con queso, fruta y embutidos. Jan también lo miró, orgulloso. Acababa de ir a comprar a Can Pintor, el único establecimiento del pueblo, que hacía de tiendecita y de bar a la vez.

—¡Cuántas cosas! —exclamó la niña.

—Es para coger fuerzas para la caminata —dijo Jan—. ¿Qué te apetece?

La noche anterior, mientras cenaban, Carla había propuesto ir de excursión a Sant Andreu, una ermita situada en lo alto del pueblo. Valèria, con solo oírlo, se había puesto a dar saltos de alegría para celebrarlo.

—¿Y qué es esto de aquí? —preguntó, animada.

—Es bull. Y eso de ahí, butifarra negra.

—Mmm… ¿Y hay chocolate?

Su padre se rio y señaló el indispensable tarro de crema de avellanas, encima de la estantería.

—¡¿Qué pasaría si no hubiese chocolate en esta casa?! —rezongó, poniendo los ojos en blanco.

—¡Se acabaría el mundo! —Valèria rio.

—¡Ey, qué bien huele! —oyeron que exclamaba Carla desde la escalera, tras salir de la ducha—. ¿Ya estáis listos para la superexcursión?

Los dos contestaron que sí en el preciso momento en que el móvil de Jan empezó a vibrar encima de la mesa. El padre lo cogió y comprobó que todos los planes del sábado acababan de irse al traste. Se trataba de un mensaje de su jefe, que le decía que tenía que reelaborar un par de presupuestos y entregarlos antes de las dos de la tarde. Era una orden innegociable.

Carla entró en la cocina, cambiada y preparada para salir, con ropa deportiva, diadema y gafas de sol. Iba hacia el grifo para llenar la cantimplora de agua fresca cuando vio la expresión de su marido.

—¿Qué pasa?

—¿Te acuerdas de los presupuestos que te comenté, los de V. C. Studios? —balbució Jan—. Pues hay que rehacerlos por completo.

Carla frunció el ceño.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Pues que tengo tres horas para presentarlos antes de que nos retiren el contrato.

Carla cerró los ojos.

—Pero ¡no pueden hacerte eso, es sábado! —protestó—. ¿No puedes decirles que no?

Jan negó rápido con la cabeza.

—Ya sabes que me dejaron teletrabajar a cambio de ser un poco más flexible con los horarios.

—Ya…, pero ¡es sábado! —insistió Carla en tono de súplica.

Se estaba cabreando. A veces pensaba que a su marido le faltaba un poco más de mala leche, no era la primera vez que su jefe lo manejaba a su antojo.

—¡Lo siento! —respondió Jan, con un dejo de indignación. Los dos sabían que no podía hacer nada. Acto seguido miró a Valèria, se agachó y, con ternura, le dijo—: Papá no va a poder ir de excursión…, pero nos vemos a la hora de comer, ¿vale?

La niña lo encajó con una punzada en el estómago, y Carla lo percibió con claridad.

Al cabo de un rato, las dos salieron de casa. Entretanto, Jan subía las escaleras camino de su estudio para encender el ordenador y ponerse a teclear de mala gana.

Carla y Valèria comenzaron a recorrer las calles empedradas de Arcavell, oliendo las flores que los vecinos tenían en los balcones. Hacía un día espléndido. La primavera llegaba tarde a aquella montaña, pero, cuando lo hacía, era con rotundidad.

Quien no parecía captar la belleza que las rodeaba era Carla. Con cada paso se enfadaba más con Jan. Estaba todo el santo día trabajando. Era cierto que ahora ganaba mucho dinero, pero aun así habría preferido que dedicase más tiempo a la familia. Además, hoy era un día importante, tenían que hablar de sexo con Valèria y hubiera estado bien contar con una figura masculina.

Poco a poco, salieron del pueblo y enfilaron un caminito sin asfaltar, rodeado de campos verdes. Avanzaron unos metros más y pronto todo empezó a llenarse de árboles y flores silvestres. Los insectos volaban de un lado para el otro, frenéticamente, disfrutando de aquel espectáculo de colores. Valèria cogió un capullo de amapola que aún no había florecido.

—Mamá, ¿es gallo, gallina o pollito? —preguntó, jugando al juego que le había enseñado su madre.

—Mmm… Es grande —dijo Carla al tiempo que examinaba el capullo—. Pues yo creo que… es gallo.

Valèria abrió el capullo y aparecieron unos preciosos pétalos de color rojo.

—¡Has acertado! —celebró la niña—. ¡Has acertado! ¡Muy bien, mamá!

Carla rompió a reír.

—Venga, ahora te toca a ti, a ver… —murmuró, mientras buscaba otro capullo.

Carla echó un vistazo alrededor y recordó que muy cerca de allí había una explanada increíble. Conocía el lugar de haber ido algunas veces sola a hacer yoga. Si se acercaban, se desviarían de la ermita, pero podrían ver algo que a Valèria le gustaría mucho más que unas ruinas romanas: un cercado lleno de caballos.

—Vamos por aquí —dijo, señalando el camino de la izquierda—. Ya verás, tengo una sorpresa.

Tras una hora de trabajo intenso, Jan acabó. Había avanzado mucho más rápido de lo que calculó en un principio. Revisó dos veces los éxceles para comprobar que no se dejaba ningún dato y, con una dulce sensación de victoria, se lo envió todo a su jefe. Luego, sin esperar respuesta, se levantó de la silla y fue a cambiarse. Tenía una idea. Iba a dar una sorpresa a su familia.

Cuando llegaron ante los caballos, Valèria se quedó boquiabierta. Eran unas yeguas enormes y majestuosas que galopaban y jugaban por un prado verde de ensueño. Más allá, la pendiente descendía con suavidad hasta el fondo del valle y dejaba ver todas las montañas, con bosques frondosos y cordilleras escarpadas, algunas todavía con neveros en la cima. Por todas partes, las flores llenaban aquel bodegón de lilas, amarillos y azules.

—¿Y si preparamos un ramo? —propuso Carla, tras contemplar a los caballos durante un buen rato.

—¡Un ramo! ¡Sí, sí! —respondió Valèria.

La madre pensó entonces que, aunque Jan no estuviese, aquel era un buen punto para sacar con Valèria el gran tema de conversación. No debía desaprovechar la oportunidad. Ni siquiera hacía falta que llegaran a la ermita, reflexionó, lo más importante en ese momento era hablar de madre a hija.

Jan se dirigió a la parte posterior del garaje, detrás de los coches. Allí se alzaba una montaña insondable de cajas, bicicletas, maderas y bártulos diversos que habían amontonado con la mudanza y que nadie se había atrevido a ordenar aún. Ensuciándose las manos de polvo, empezó a retirarlo todo para sacar lo que descansaba justo al fondo: su preciosa moto de cross.

Madre e hija habían empezado a recoger las margaritas y campanillas que tenían alrededor cuando Carla se armó de valor:

—Oye, Valèria, una pregunta. Anoche… ¿oíste algo extraño?

Valèria dejó de recoger flores y enderezó la espalda. Sus ojos azules como dos zafiros la observaron sin parpadear.

—No.

Cuando vio que Jan salía disparado calle abajo en su moto, cabalgando por encima de los adoquines, la silueta del d

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