1

JACKSON
Antes de que llegue el golpe, sé que su puño va a acabar en mi cara, al igual que anoche sabía que sus labios acabarían comiéndose los míos. Para mi sorpresa, las mismas manos que ayer se aferraban a mis caderas con deseo hoy quieren golpearme.
El primer puñetazo me lo esperaba. Debería haberlo esquivado más rápido, pero he sido incapaz. Solo oigo a la gente en las gradas gritando el nombre de mi oponente.
—¡Kilian! ¡Kilian! ¡Kilian!
¿Cómo coño no lo reconocí cuando me lo dijo en la discoteca? Joder, si su nombre salía en mayúsculas en el cartel del torneo.
Esquivo otro golpe y contraataco por el lado que tiene descubierto.
Sus casi dos metros de altura no me intimidan. Al igual que no me intimidaron ayer cuando clavó sus ojos grises en los míos. Se acercó con chulería. Yo le sonreí sin miedo. Y así de simple, me cogió de la nuca para chocar mis labios contra los suyos.
Cuando consigue acertar el primer golpe, me doy cuenta de que todo está perdido. El público grita cuando acierta a propinarme uno de los mejores ganchos que me han dado jamás. La mandíbula me late con fuerza.
Aturdido por el impacto, recuerdo cómo ayer deslicé la mano desde su cuello hasta su hombro tatuado, palpando sus músculos con descaro. Esos mismos tatuajes, ahora brillantes por el sudor, anoche parecían cobrar vida bajo la luz de los neones. Y aunque tuviera un cuerpo de infarto, en este mismo momento el deseo que sentí ayer se esfuma como vapor en el aire.
No cabe duda: el muy capullo ansía venganza. Me ha reconocido. Y ahora quiere demostrar que manda él, aunque solo se trate de un combate amistoso. Pero está muy equivocado.
Nada más volver a Las Vegas con mi madre, me informé sobre veladas de boxeo y me apunté a lo primero que vi sin prestarle mucha atención. Un torneo amistoso gratis sin complicaciones y sin muchas reglas. Encima participan boxeadores de renombre. Si gano el combate, podría darme a conocer fácilmente en el mundillo e incluso podría volver a ganar dinero. Necesito currar de nuevo y esta parecía la mejor opción.
¿Qué podría salir mal?
Pues aquí tengo la respuesta. Porque he olvidado que la vida me la tiene jurada desde hace unos meses. Y, cómo no, el regreso a Las Vegas no iba a ser una puta excepción.
Él me fulmina con la mirada a través de los guantes, cubriéndose. Yo le lanzo un puñetazo directo a la cara, pero lo detiene con los brazos.
No tiene sentido que combata contra él. La organización ha sido pésima. ¿Cómo pueden enfrentar a dos personas tan distintas? Todo ha sido un puto malentendido. Uno que solo me perjudica a mí, porque no medimos ni pesamos lo mismo, y el boxeo, por muy crudo y frío que sea, sigue siendo un deporte con reglas. Muchas reglas.
No pegues en la espalda, no uses las piernas, nunca al cuello…
Mientras me las enseñaba, mi entrenador de Londres me decía constantemente que era muy bueno, que tenía buena técnica y que se notaba que llevaba prácticamente la mitad de la vida boxeando, pero, joder…, mi formación parece ser incomparable a la suya…
Todos los presentes que sepan un mínimo de boxeo estarán enterados de la situación: está siendo un combate injusto. Eso significa una sola cosa y explica la razón por la que me habían admitido tan rápido en el torneo: quieren un espectáculo. Y yo solamente necesito darme a conocer de nuevo en el mundo del boxeo. En Londres todo era mucho más fácil, pero aquí, en Las Vegas, la cumbre de este deporte, es infinitamente más difícil hacerse un hueco. Ganar a una leyenda no parecía tan difícil. Al fin y al cabo, siguen siendo personas. Pero, en el momento en el que esa persona mide casi dos metros y está mazado como un toro, yo dejo de ser un rival para él. Ahora mismo soy una presa, y eso tiene que cambiar.
Kilian me guiña un ojo antes de devolverme el ataque, pero no me dejo distraer. Lo esquivo y vuelvo a contraatacar.
Uno-uno, dos-dos.
Este esquiva los puñetazos como quien esquiva a su perro por su casa.
Monótono. Fácil. Sencillo pero preciso.
La gente grita con cada golpe que él acierta. Está claro de qué parte están. ¿Quieren un espectáculo? Pues lo van a tener.
La vista se me desvía por inercia. ¿Cómo puede alguien tener los abdominales tan marcados?
Un perfecto croché me cruza la cara y se me nubla la vista. Todo me da vueltas, pero consigo volver en mí en menos de dos segundos. Rápidamente, vuelvo a cubrirme la cara con los guantes negros desgastados.
Eso me pasa por distraerme.
Un dolor me atraviesa la cabeza como si de veinte agujas clavadas se tratase. Cómo me ha jodido ese golpe…
Tuerzo el gesto y saco a la bestia que llevo dentro. Me recuerdo por qué estoy aquí y me olvido de que el chico al que estoy pegando es la misma persona que ayer me besaba con fiereza.
Le gano terreno lanzándole puñetazos perfectos que le hubieran partido la cara de no ser porque los esquiva sin ningún tipo de dificultad. Me para el último, cambia de lado ganándome espacio y acierta un gancho directo al estómago que hace que se me corte la respiración.
El ruido de las gradas aumenta con los gritos de admiración hacia Kilian, y me siento pequeño por primera vez en un ring.
Doy un traspié. Mierda. No puedo respirar…
«Jackson, céntrate. Controla la puta ansiedad, que ya no tienes quince años…».
El árbitro se acerca rápidamente y nos separa. Nos da unos segundos de descanso antes de la próxima y última ronda. Llevamos nueve y me siento exhausto.
Me siento en el taburete que un chico de la organización ha colocado en el rincón opuesto. Abro la boca y este me acerca la botella de agua. En estos momentos echo de menos a Denny, mi entrenador en Londres.
Aquí no he encontrado aún a nadie que quiera entrenarme, por eso es un completo desconocido el que me echa agua por la cabeza para refrescarme.
No me puedo permitir perder el control de la respiración de nuevo.
Mientras bebo, miro al frente. La nuez de Kilian se mueve cuando traga el agua. En su caso, una chica lo atiende. Me fijo en que no lleva la misma ropa de la organización. La rubia, con un vestido negro que le queda como un guante, lo mira con deseo. Se lo folla con la mirada, y, joder, ¿quién se va a resistir ante un chico de dos metros, tatuado hasta las trancas y con un cuerpo esculpido?
Pero lo que me sorprende es lo que hace a continuación: ella le pasa una mano por la nuca y Kilian la comprende al instante. Levanta la mirada y choca sus ojos grises con los míos mientras coge a la rubia y junta sus bocas.
Tienen química, y eso es innegable. Deben de ser pareja.
De pronto, siento un pinchazo en el estómago. Menudo hijo de puta…
No separa la mirada de la mía ni un segundo mientras la besa.
Oigo cómo una chica del público grita y lo confirma:
—¡La pareja del año!
Pongo los ojos en blanco antes de levantarme. Miro hacia el otro lado del ring.
Kilian me devora con la mirada mientras la chica le quita la bata de seda negra de los hombros. Sus fuertes músculos tatuados resplandecen con el reflejo de la luz en el sudor. Me mira como un cazador acecharía a su presa. Con hambre. Con ganas. Con ansia.
Que empiece el espectáculo.
Esa imagen va a ser difícil de olvidar. Pero este combate lo voy a ganar yo. Sea como sea, no le voy a dar el gusto a un puto infiel reprimido.
Me centro al máximo para retomar el control de la respiración. La ansiedad me come por dentro. Me levanto del taburete en cuanto el árbitro hace sonar el silbato. Tuerzo el gesto y me acerco a él en posición.
—¿No tuviste suficiente anoche? —pregunto, retándole con la mirada—. Igual te quedaste con ganas de más…
Le lanzo un golpe directo al estómago que cubre con el codo. Ese es el plan: distraerlo para poder ganarle.
—¿Qué pasó ayer?
Un fuego encendido por la ira empieza a crecer en mi interior. Estoy furioso y quiero partirle la cara.
—¿De verdad quieres que grite lo que hicimos ayer? —susurro.
La sala enmudece cuando le acierto un golpe directo a la nariz en el segundo en que se distrae. Empieza a sangrar al instante. Qué fácil ha sido bajarle la guardia.
—Anda, mira, parece que te acuerdas…
—Cállate —me advierte furioso.
Se limpia la sangre con el guante y escupe al suelo. La mirada de cachondeo que tenía se ensombrece por completo.
—Ya, porque si hablo…, ¿se va todo a la mierda? —Lo amenazo, lanzándole un golpe que para con el guante.
Un pensamiento cruza su rostro, como si ahora tuviera miedo de algo.
«Genial, mi plan está funcionando».
—Jackson… —susurra antes de devolverme el puñetazo con todas sus fuerzas.
No podemos parar de luchar. Lo esquivo pasando por debajo. Pivoto hacia la izquierda.
Ignoro el hecho de que recurra a mi nombre.
—Blake —respondo, reafirmándome con el apellido de mi padre, del cual presumo con orgullo.
No me deja mucho margen; sigue mis movimientos como si fuera mi sombra.
—Te voy a matar… —amenaza en un susurro a la vez que empieza a flaquear.
Aprovecho para lanzarle una tanda de golpes que él intenta bloquear sin mucho éxito.
No existe nada más para mí en este momento. Centro toda la rabia en él.
Lanzo golpes que estoy seguro de que, si no suman puntos, al menos le hacen daño.
No lo miro. Me centro en sus guantes, en cómo se mueve y en cuándo deja de protegerse. Así consigo acertarle un puñetazo directo al abdomen.
Kilian esquiva mi último movimiento. Un poco más y me salgo del cuadrilátero a causa de la energía que estoy empleando. Le he pegado como una puta ametralladora disparando balas sin parar. Y eso ha sido un error. Porque ahora estoy exhausto.
Me mira desde la otra punta del ring. El pecho le sube y le baja debido a la respiración acelerada. No puedo descifrar en qué está pensando en ese momento. Pero ataca. Joder que si ataca.
En cuanto ve el cartel que indica que va a empezar la décima ronda y, por lo tanto, la última, Kilian se transforma en lo que todos esperan: una puta bestia del boxeo.
Pero no me achanto ni por un instante.
Flexiono las rodillas para volver a estabilizarme e intento volver a pegarle, pero desaparece de delante de mí, esquiva mi golpe y empieza a pegarme sin piedad. Tres puñetazos que no logro parar por mucho que bajase el codo para cubrirme el abdomen.
Golpes fijos. Limpios a la par que letales.
Pum. Pum. Pum.
Me acorrala hasta el rincón e intenta darme otro puñetazo.
—¿Tu novia sabe que ayer me comiste la boca? —pregunto al esquivarle.
Lo vuelvo a intentar y lo consigo. Gano espacio en el ring.
El sudor me llena los ojos, que me escuecen.
—Blake… —me advierte, pidiéndome con la mirada que no siga por ahí.
Y el hecho de que me llame por mi apellido me remueve.
Vuelvo a lanzar varios puñetazos. Sigo sumando puntos mientras él intenta defenderse, pero no lo consigue. Voy a ganar; estoy seguro.
El árbitro hace sonar su silbato y da por finalizado el combate justo cuando Kilian iba a lanzarme un gancho.
—¿Ahora es cuando nos comemos la boca? —le pregunto al oído, y su reacción me pilla desprevenido.
Me empuja para separarme y choca su puño contra mi nariz con fuerza.
«Crac».
Me cago en su puta madre. Creo que me acaba de partir el tabique. Hacía tiempo que no me pegaban fuera de un combate…, aunque me lo he ganado a pulso. ¿En qué estaba pensando?
Gruño de dolor mientras el árbitro pita repetidas veces y separa a Kilian de mí como puede. Kilian me mira aterrado por lo que acababa de hacer. Se gira sobre sí mismo para salir de aquí y, por primera vez, veo su espalda. Doy un paso atrás, impresionado por el tatuaje que le cubre toda la piel: una calavera negra hiperrealista. No me puedo imaginar la de dinero y dolor que le habrá costado.
Cuando desaparece de escena con la rubia pisándole los talones, miro al suelo y me doy cuenta de que lo estoy llenando de sangre.
—Mierda… —susurro para mis adentros.
Me quito los guantes rápidamente y los tiro al suelo antes de limpiarme la sangre de la nariz con la muñeca vendada.
El árbitro ni se molesta en llamar a Kilian para anunciar el resultado del combate. Lo deja ir mientras el público abuchea.
—¿Estás bien? —me pregunta, y yo asiento.
No muy convencido, me coge de la muñeca y me levanta el brazo. El público apenas aplaude porque está claro que esperaba que Kilian ganase. Pero, bueno, la victoria es mía y me la he ganado a pulso.
Me da igual que el precio a pagar haya sido una nariz rota, al igual que me la suda por completo haber jugado sucio.
Tendrían que haberme puesto a un contrincante adecuado.
Que se jodan.
2

KILIAN
—¿Seguro que no quieres que vaya contigo? —me pregunta Dawn saliendo del coche.
—Seguro —afirmo, seco.
Ella se echa el bolso de marca al hombro y frunce el ceño. Es la primera vez que la veo con ese bolso. Noto un pinchazo en el corazón. ¿Se lo habrá comprado con el dinero que le da mi padre?
—¿Es que te has propuesto cagarla en todos los ámbitos de tu vida o qué?
Su comentario me deja petrificado. Ahora suena como él.
—Pero ¿de qué vas?
—No sé. Nunca pasamos tiempo juntos, le partes la nariz a ese crío, ya no subes campañas… —Dawn suspira—. Te estás jodiendo la vida. Abre los putos ojos.
—Mi vida ya está jodida desde hace tiempo. Esto es lo último que necesito ahora mismo.
Sabe lo agobiado que estoy. Sabe que necesito centrarme. Sabe todo lo que está pasando en mi cabeza, ¿y aun así me lo reprocha? Es como si no hubiera vivido a mi lado todo lo malo que he pasado estos años, como si se hubiera olvidado de la mochila que llevo en la espalda.
—Solamente me preocupo por ti…
Me pongo las gafas de sol, exasperado.
—Nos vemos, Dawn —digo maniobrando con el coche. Sé que si me quedo voy a enfadarme más y no quiero decir cosas de las que luego puedo arrepentirme.
—Avísame cuando llegues.
Suspiro y subo la música en cuanto acelero. Le doy al botón para quitar la capota del coche y el viento me da en la cara.
No quiero pensar más en lo sucedido en el ring. Dawn ha estado echándome la bronca todo el camino a su casa y a mí solamente me apetece estar en la mía antes de tener que enfrentarme a ello.
Porque he sido un completo imbécil. ¿Cómo leches se me ocurre pegarle con el combate terminado?
Da igual que fuera un amistoso. Da igual que mi contrincante fuera el mismo chico con el que me lie en la discoteca y que se haya ganado el puñetazo provocándome.
Todo eso da igual. Porque, a diferencia de él, yo tengo una reputación que mantener y esto podría fastidiarme la carrera, incluso la vida. Ya me había avisado mi padre. No me quedaban más oportunidades. El gato se ha quedado sin vidas.
¿Cómo he podido meter la pata así? Que era yo el invitado especial de la velada. Que he cobrado dos mil dólares simplemente por ese mísero combate.
Según Will, la mitad de los espectadores estaban ahí para verme ganar. Una vez llego a casa, empiezo a notar la ansiedad en el pecho mientras cierro la puerta del coche con desgana.
Vivo solo en un chalet en Summerlin, un barrio adinerado de Las Vegas, cerca de la casa de Dawn. Lo único que me ha dejado mi padre a cambio de todo por lo que pasé por su culpa. Como si joderle la vida a un hijo pudiera solucionarse con una casa moderna y gigantesca en la que no podría sentirme más solo.
Otra cosa con la que me premió fue con su desaparición. Yo solo tenía que ceñirme al plan y él no volvería a verme. Seguiría moviendo los hilos desde las sombras sin molestarme.
Pero, cómo no, he tenido que cagarla así por un chico que ni siquiera conozco.
Por suerte, cuando entro en casa, Sombra aparece para recibirme. Sus ladridos y llantos de felicidad al verme me tranquilizan un poco. Ella hace que no me sienta solo y le da razón a mis días. Incluso puede ser que sea lo único que me mantiene cuerdo.
—Ya está, ya está… —trato de calmarla, aunque sé que el pomerania negro va a seguir saltando igualmente le diga lo que le diga.
Entro en el dormitorio mientras noto cómo el móvil me vibra sin cesar en el bolsillo. Dejo la bolsa de deporte de marca en el suelo y me siento en la cama. Sombra se sube a mi lado, eufórica. Empieza a lamerme el antebrazo en el que tengo tatuado un cuervo con tres ojos, símbolo de una de mis sagas favoritas.
La cojo en brazos y la acaricio, más por tranquilizarme a mí que a ella.
No sé qué haría sin Sombra.
Por un momento, deseo poder teletransportarme a una isla desierta con mi perra, infinitos libros y comida. Sería tan feliz…
Pero no. Por desgracia, mi móvil sigue sonando y vibrando hasta que no puedo más y acabo apagándolo. No sin antes ver que tengo varias llamadas perdidas de mi representante y de mi entrenador.
Suspiro y me levanto de la cama. Sombra me mira desde el colchón con la cola inquieta y la lengua fuera.
Agradezco que mi padre me prometiera hace años no volver a escribirme, porque, si no, sé que entre todas las llamadas habría una suya.
Me quito la camiseta de camino al baño, que está comunicado con mi habitación.
Abro el grifo de la ducha y le pido al asistente digital que reproduzca «Born to Die», de Lana del Rey. Necesito este rato para mí. La psicóloga siempre me lo ha recomendado, y la verdad es que desde que me dedico tiempo llevo todo mucho mejor.
La música empieza a sonar. El vapor indica que el agua ya está lo suficientemente caliente, así que me desnudo por completo y entro. En cuanto el agua choca con mi cuerpo, noto un placer indescriptible. Todos mis músculos se relajan.
«A ver, Kilian…, ¿qué es lo peor que puede pasar?».
Al instante me viene mi padre a la cabeza, pero me obligo a bloquear ese pensamiento.
Pienso en Ann, mi representante de redes sociales, gritándome por haber abandonado el gimnasio sin despedirme. Seguramente también me eche en cara que yo era el invitado, que tendría que haberme quedado ahí dando buena imagen. Y yo he hecho todo lo contrario.
Porque pegar a un contrincante fuera de tiempo de lucha es una falta grave, pero para ella haberme marchado es mucho peor. Ann no se mete en temas de boxeo, para eso ya está Will.
Menos mal que ha sido en un amistoso…
Pero es que, joder, en cuanto lo vi en el ring mi mundo se puso bocabajo. No me gusta reconocerlo, pero me asusté mucho. Porque, a ver, no es lo mismo liarme con un chico en un garito pordiosero donde nadie me reconoce que de pronto este sea mi contrincante y que, encima, tenga ganas de juerga.
Es que literalmente me ha amenazado con destrozarme la vida entera sin saberlo. ¿Qué clase de persona hace eso?
¿Que yo no ayudé y que me lo había ganado a pulso liándome con Dawn delante de sus narices? Pues puede ser, pero no sé… Me daba morbo la situación. Y se me fue de las manos.
En cuanto vi la mirada de celos de Jackson, supe que le había dado demasiado poder.
Y, encima, me ha ganado justo en el combate que todo el mundo esperaba que ganase yo.
Mis fans habían venido a verme ganar a un cualquiera, y sé que los he decepcionado por todos lados…
Suspiro.
Menudo niñato…
No suelo insultar, pero es que lo ha demostrado con creces. ¿Quería ganar? Pues ya está. Ya tiene lo que quería. Y encima el muy tramposo ha jugado sucio. Pero, bueno, no tenía manera de ganarme si yo hubiera estado centrado. Al menos, ha demostrado tener buena técnica física y de manipulación, eso es innegable.
Me río sin creerme aún la situación. Me enjabono el cuerpo con un gel que tengo que promocionar más tarde en un post y me sorprende la cantidad de espuma que hace.
Luego está mi entrenador: Will, a quien sé perfectamente que también he decepcionado.
Pero, bueno, en resumidas cuentas, respecto a Jackson no puedo hacer nada más que esperar que no se vaya de la lengua. Lo demás lo resolveré estos días rápidamente con cualquier tontería que se me ocurra. La gente se olvida muy rápido de estas movidas en las redes. Con que no me la tengan jurada los de la parte de boxeo, me sobra, aunque en el fondo me da miedo. Las personas que siguen los deportes suelen ser algo rencorosas respecto a los errores que cometen los deportistas. Un jugador de fútbol se cambia de equipo y eso le seguirá por el resto de su vida.
Salgo de la ducha oliendo a café, cortesía del nuevo gel, me seco el cuerpo con una toalla y me la enrosco en la cadera. Paso una mano por el espejo para verme.
«En qué lío te has metido, Kilian…».
Tomo aire, lo suelto lentamente y decido hacer lo correcto, o mejor dicho, lo correcto para los demás, ya que no creo que sea muy bueno para mi salud mental.
Enciendo el móvil y dejo que cargue mientras me pongo ropa interior y la parte inferior del pijama.
Plin, plin, plin.
Me siento en la cama y reviso las notificaciones por encima.
Twitter arde. Mi WhatsApp revienta e Instagram ya ni te cuento.
Empiezo por las llamadas. Primero a mi representante, que no tarda ni medio tono en cogérmelo.
—Antes de que me chilles, déjame hablar —le pido mientras abro una ventana.
—¡Como vuelvas a apagar el móvil en plena crisis, te juro que te echo! —grita Ann, agobiada—. Empieza a contarme esa excusa que te has preparado. Más te vale que sea buena, ¡porque si no…!
—Que sí…, que me echas —digo con una sonrisa. Puedo imaginármela perfectamente en su casa dando vueltas de lo agobiada que está—. A ver, sé que lo he hecho mal.
—Bueno, ¡lo primero es reconocerlo!
—No lo entiendes… —le rebato. Porque es cierto.
—¡Pues explícamelo!
A la mierda.
—Nos liamos antes del combate —confieso. Porque a ella nunca le escondo nada.
—¡Serás caradura!
—¿Puedes dejar de gritar? —pregunto, separándome el móvil del oído—. Te cuento.
Y eso es lo que hago, no dejar nada en el tintero. Desde que lo vi bebiendo solo en la barra de la discoteca hasta que acabamos compartiendo el aliento. También le explico por qué me provocó. Y parece que lo entiende perfectamente.
—Madre mía, menuda fantasía homoerótica. Pero tú también lo provocaste liándote con Dawn en su cara. ¿Ella lo sabe? —pregunta divertida.
—No, aún no.
—Por supuesto que no. A ver, no voy a ser yo quien te diga lo que tienes que hacer ni cómo tienes que vivir tu vida, pero teniendo claro cómo es Dawn y el trato que tenéis con tu padre, quizá debes de llevar cuidado.
—Ya… Aunque no irá a más, y menos después de la que se está liando…
Al otro lado, Ann suspira.
—Mira, respecto a eso…, tienes suerte de que se haya hecho viral el puñetazo, porque la campaña con Everlast sigue adelante. Has hecho más números de lo que se esperaba y aun así están contentos con el resultado.
Esta vez soy yo el que suspira, aliviado.
—Pero pegar a un novato fuera de tiempo ha enfadado a muchos y esto te perjudica única y exclusivamente a ti. Puede que la gente ya no te vuelva a tomar como un tío que juega limpio, independientemente de que os hayáis liado.
Pasan unos segundos en los que digiero sus palabras.
—Ya, fue una cagada…, pero…
—Ni pero ni nada. Ahora me escuchas. Te voy a decir lo que tienes que hacer.
Me levanto de la cama para ponerme una sudadera mientras activo el altavoz.
—Dime.
—Sigue con las campañas que tienes como si nada. Pero quiero que subas un tuit pidiendo perdón a la gente y a Jackson por no haberte controlado.
—Imposible —respondo por acto reflejo—. No quiero que se me siga asociando con él.
—Por eso mismo. Hazlo y cierra el asunto de una vez. Baja el orgullo y el ego. No quiero que pierdas seguidores por esta gilipollez.
En parte, tiene razón. No tengo por qué volver a verle nunca más y, si cierro este capítulo ahora, no peligrará mi carrera en un futuro.
—¿Y bien? —vuelve a preguntarme.
—Ahora te mando lo que escriba.
—¿Ves? A veces eres un amor.
—Siempre soy un amor contigo y lo sabes —le recrimino.
Que haya rebajado el tono hace que el nudo que se apretaba cada vez más en mi pecho se desate un poquito. Llevo muy mal que la gente esté enfadada conmigo.
—Llámame ahora, anda —me pide.
—A sus órdenes, comandante —le respondo en broma, y cuelgo con una sonrisa.
Miro hacia la cama y veo a Sombra dormir plácidamente. Suspiro de nuevo. Cuanto me encantaría ser ella ahora mismo.
Me siento a su lado y le acaricio entre las orejas mientras abro Twitter.
Lo primero que leo son titulares como: «Un nuevo luchador vence a Killer sin esforzarse». Se me contrae el corazón al leer mi mote. «Kilian Fierce pierde los estribos fuera de un combate y le parte la nariz a su contrincante». «Kilian baja la guardia por un tal Jackson Blake. ¿Es este su fin?».
Menudos exagerados… No me puedo ni imaginar qué pasaría si se enterasen de que, además de partirle la nariz, también le había comido la boca. Así es siempre el mundo de las redes sociales y, joder, yo en realidad no quiero entrar en él.
Normalmente, cualquier tipo de celebridad acaba obligada a subir cosas, porque así es como se mantiene a la audiencia. Si eres cantante, subes cosas sobre tu música. Si eres escritor, sobre tus novelas. Y, por consiguiente, si eres boxeador, sobre tus combates.
Lo bueno que tiene esto es que cada mes, por subir unos vídeos con tu cara bonita, puedes llegar a ganar una fortuna por diferentes campañas o eventos. Esa es la única razón por la que sigo en el mundillo.
Dawn, quien empezó siendo mi mejor amiga y acabó como mi novia de cara al público, también está metida en este mundo.
Ella es una barba, como suele decirse. Mi padre le paga una millonada para que así siga siendo.
Porque sí, no soy bisexual. No me siento nada atraído por las mujeres. Soy gay y punto, y, en realidad, no tengo ningún problema con ello, pero sí es cierto que aún no he encontrado ni el momento ni las ganas de contarlo. Total, que hago lo que quiera con quien quiera.
Empiezo a escribir un texto simple y directo, como hago siempre, y cuando termino se lo mando a Ann.
Mientras me responde, voy a la cocina a prepararme la merienda: un bol de fruta con yogur y un café con caramelo. Normalmente, Will no me deja tomar azúcar, pero mi café con caramelo no me lo quita nadie. Suficiente tengo con seguir su dieta estricta midiendo hidratos y proteínas constantemente. Llevo haciéndolo años.
De pronto, me vibra el móvil mientras abro el frigorífico y, antes de sacarlo del bolsillo, ya imagino de quién se trata.
—¿Te has caído de un árbol o es que eras gilipollas y yo no lo sabía? —me pregunta Will, mi entrenador, en cuanto descuelgo.
—Buenas tardes a ti también —respondo mientras corto la fruta. Sombra se sienta, me mira y me pide un trozo con la mirada.
—Joder, macho, te dejo solo porque es un amistoso, ¿y vas y la cagas de esa manera?
Ahora me toca escuchar su sermón.
—Perdona, Will, no quería…
—No sé qué coño querías, pero tienes los Locales la semana que viene. Por si lo habías olvidado, me representas. A mí y a mi gimnasio, y nos has dejado por los suelos. Más te vale arreglar lo que has hecho —añade antes de colgar sin dejarme responder.
Lo he decepcionado, me queda claro.
Y eso duele. Sobre todo cuando ha sido el único que creyó en mí desde el principio y no ha dejado nunca de entrenarme. Pero es lo que toca, porque esta vez me lo merezco y mucho.
El nudo en mi pecho vuelve a tensarse. Porque por muy duro, frío y estricto que sea Will, siempre lo he sentido como la figura paterna que mi padre nunca fue.
Así que, en cuanto veo que Ann me da el visto bueno al texto, lo copio en Twitter e Instagram y lo publico.
3

JACKSON
—¿Quién te ha hecho esto?—me pregunta mi madre refiriéndose a la nariz partida. Desganada, saca una bolsa de guisantes del congelador.
—Un chico con el que me lie anoche —le respondo. Cojo la bolsa que me tiende y me la pongo en la nariz con cuidado. Al instante, noto cómo me palpita por el frío.
—¿Y te lo merecías?
—Pues, si te soy sincero, eso creo.
Mi mad
