Salvador

María Noel Riccetto

Fragmento

El comienzo


El comienzo

A veces intento pensar un comienzo, buscar un momento, el punto en el que todo empezó. Miro hacia atrás y pienso: ¿cuándo sucedió? No tengo una respuesta. Pero si me preguntan, yo digo lo mismo, una y otra vez: el deseo estuvo siempre.

La idea de ser mamá siempre rondó en mi cabeza. Mi familia —mi madre, mi padre, mi hermana y yo— fuimos muy unidos y yo sabía que para mi vida quería algo similar: formar la mía, tener mi propia familia.

Nunca me pregunté cuál sería el momento adecuado. Creía que sucedería cuando tuviese que suceder. Siempre he pensado eso: que las cosas pasan por algo y que pasan cuando tienen que pasar.

Me encantan los niños. Siempre me gustó estar rodeada de los hijos de mis amigas, de mis sobrinas, jugar con ellas, verlas crecer. Yo sabía que iba a ser madre, porque lo deseaba profundamente, pero también tenía una certeza: que me iba a costar más que cualquier otra cosa que hubiese hecho en mi vida.

Soy bailarina. Durante treinta y tres años me dediqué al ballet de forma profesional. Mi carrera estuvo repleta de momentos lindos y de metas alcanzadas. No digo que haya sido fácil, pero sí que todo se fue dando de forma muy natural, como si los astros se me hubiesen alineado a cada paso: en la Escuela Nacional de Danza y en el Sodre, en los años en el American Ballet de Nueva York, en mi regreso a Uruguay, en el premio Benois, en el cariño de la gente, en las entradas agotadas, en aquel 28 de diciembre de 2019 cuando me puse las zapatillas por última vez y bailé ante un teatro repleto. Yo le dediqué al ballet todo lo que tenía. Y todo se dio como quería que fuera.

En mi vida personal, sin embargo, las cosas fueron un poco diferentes. Me fui de Uruguay a Nueva York a los diecisiete años, en un momento en el que para poder hablar con mi familia tenía que utilizar un teléfono público, a vivir en un país del que ni siquiera sabía el idioma. Tal vez no es lo que más haya contado, sobre lo que más he elegido hablar, pero lloré y pensé en volverme a Uruguay cada vez que me subí a un avión y me despedí de mi madre, de mi padre, de mi hermana, de mis amigas. En cada escala, antes de aterrizar en Nueva York, pensé en tomarme un avión de regreso.

Yo sabía que si quería seguir con mi carrera tenía que estar lejos, que bailaba en una de las mejores compañías del mundo y que trabajaba mucho para cuidar ese lugar, pero muchas veces —muchas, de verdad— sentí que no estaba donde tenía que estar. Cuando mi madre se enfermó, por ejemplo, yo estuve lejos. Cuando mi madre murió, yo estuve lejos. Cuando mi padre lloró, yo estuve lejos.

Lo que quiero decir es que, aunque mi vida, vista desde afuera, pueda parecer perfecta, a nivel personal nada fue tan sencillo como tal vez parece. Y yo sabía que ser madre tampoco lo sería.

Nacho fue la primera persona con la que pude proyectar un futuro. Si pensaba en cómo sería mi vida, siempre, cualquiera fuese el contexto y las circunstancias, yo quería que él estuviera conmigo. Claro que había tenido otras parejas antes, pero tuvo que aparecer él para que yo pudiera establecerme, pensar en un proyecto juntos, pensar en una vida compartida. Y cuando esto me pasó, yo ya tenía treinta y dos años.

No sé si puedo explicarlo mejor, pero sabía que la maternidad tampoco iba a ser algo sencillo. No iba a ser como mi carrera, como el ballet. Era como un sentimiento, estaba segura de que me iba a llevar tiempo, de que no iba a ser tan fácil. También estaba segura de que lo iba a lograr, porque lo quería más que nada en este mundo.

No sabía cuándo ni cómo. Tampoco imaginé que iba a pasar por todo lo que pasé. Pero hoy, que es un día de junio de 2025 y Salvador es un bebito hermoso y sano que se ríe todo el tiempo, hoy que Salvador ha cambiado la lógica de todas las cosas —hoy que Salva nos cambió la vida— pienso que todo valió la pena, que todo fue como tenía que ser —perfecto— y que volvería a hacer todo otra vez con tal de estar así: en mi casa, mirándolo dormir mientras escribo su historia, que es también la mía y la de Nacho: una historia repleta de felicidad y de amor, aun en los momentos de incertidumbre y desconsuelo.

Quizás el principio de todo esté en aquella noche de principios de agosto de 2012. Yo acababa de regresar a Uruguay después de vivir durante quince años en Estados Unidos. Estaba bailando en el Ballet Nacional del Sodre, pero la verdad es que no tenía tan claro qué iba a hacer, si me iba a quedar o si iba a volver a Nueva York.

Además, estaba soltera, y, la verdad, es que estaba muy en la mía. Pero tenía una amiga que desde hacía mucho tiempo me hablaba de un amigo suyo, un tal Nacho, que quería presentarme. Me decía que tenía que conocerlo, que teníamos que juntarnos. Mientras tanto, a él le hablaba de mí.

Esa noche de 2012 otra de mis amigas me invitó a bailar. Era mi primer fin de semana en Uruguay. Fuimos a Lotus. Estábamos en el medio de la pista cuando apareció Nacho, a quien esta amiga también conocía. Le habían avisado que yo iba a estar ahí y el tipo se la jugó.

Me acuerdo de que nos presentaron, empezamos a conversar y, cuando quisimos ver, en medio del punchi, punchi, punchi, nos habíamos pasado toda la noche hablando.

Unos días después me llamó por teléfono para invitarme a salir. Nunca más nos separamos.

Desde aquella noche pasaron trece años y muchísimas cosas. La idea de tener un hijo juntos siempre estuvo volando entre nosotros. Pero él era muy claro. Siempre me decía: «Yo quiero ser padre si es contigo, quiero tener un hijo si tú querés, si no, no pasa nada, estamos bien así». La pelota siempre estuvo, de alguna manera, un poco más en mi lado de la cancha. Incluso en el proceso que vino después, él siempre me dejaba decidir a mí. Por momentos tal vez hubiese preferido que fuese más firme, que me dijera «quiero ser padre». Pero después pensaba qué maravilla estar acompañada de una persona así, que

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos