1
Miguelón
El cráneo más famoso de la prehistoria
El cómo le llamaron los suyos, seguro que no era así, pero cuando Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez Mendizábal dieron con su cráneo unos cuatrocientos mil años después de muerto, en la Sima de los Huesos del yacimiento de Atapuerca, Miguel Induráin ganaba siempre el Tour de Francia. Así que el grupo de paleoantropólogos, que aunque no se lo crean son gente muy ocurrente y divertida, decidió ponerle Miguelón en honor al ciclista navarro, al que también apodaban así cariñosamente. Bautizado quedó, y como Miguelón ha alcanzado la fama y entrado en la historia. En la prehistoria, mejor dicho, en tiempos paleolíticos.
Por aquel entonces, a finales del siglo pasado, creyeron y nos dijeron que este personaje con el que me he decidido a abrir la serie de Hijos de España era el humano más antiguo, del género Homo ya, que había andado por aquí. Hoy nuevos descubrimientos allí mismo han demostrado que antes que él resulta que hubo otros, más viejos aún —Eudald Carbonell y Bermúdez de Castro, sus padrinos, me corregirán si me equivoco—, que sobrepasan el millón de años. Parece que puedan ser descendientes de aquel Homo erectus que salió de África hace unos dos millones de años o algo así. Perdonen que sea tan ambiguo con las cifras, pero en esta disciplina paleoantropológica es lo que hay, y con ello hay que trillar: unas decenas o unas centenas de miles de años es un aceptable margen de error. Ya se irá aquilatando el asunto, pero de ellos ya sabemos alguna cosa más y no sé si apta para espíritus sensibles. Eran caníbales y los restos encontrados son los restos de un festín. Una cosa muy desagradable… Antepasados son, pero podemos argüir que muy muy lejanos, y quizá de otra rama, pero tampoco hay que ponerse estupendos, pues cuando el hambre aprieta y la cosa va de vida o muerte, la «costumbre» de comerse al prójimo vuelve a aparecer, ya sea en nuestra península o en los Andes, pero ahí está.
A Miguelón y a sus compañeros encontrados en la Sima de los Huesos no se los comió ningún congénere y podemos pensar que ellos tampoco se comieron a ningún primo suyo. Saquémosle a la luz y conozcámosle junto con toda su familia, tras pasarse todos tanto tiempo bajo tierra. Miguelón es uno de los más de una treintena de cuerpos de preneandertales que fueron depositados por sus congéneres en la famosa Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca, en uno de sus yacimientos más señeros y renombrados del mundo, y lugar de peregrinaje de los científicos que investigan el origen y la evolución de la especie humana.
Los de aquella «tribu» de Homo heidelbergensis ya nos tocan bastante, aunque se extinguieran, porque sus sucesores, los neandertales, que también acabaron por desaparecer, ya se mezclaron con nosotros, y nos ha quedado un algo suyo como herencia genética. Parentesco, y no tan lejano, tenemos.
Miguelón no era de los más viejos que fueron a parar al lugar, andaba por los treinta y cinco años, según los cálculos hechos por el desgaste de sus piezas dentales, que ya era bastante. No era el más robusto, había alguna osamenta claramente más poderosa, como la de un tal Agamenón, pero el encontrar su cráneo al completo y encima la colección de sus vértebras cervicales le llevó a la fama, con un factor añadido: el comprobar que un terrible golpe había hecho un gran daño en el lado izquierdo de su cara, que le había producido una infección que afectó a mandíbula y raíz dental, que le produjo la muerte, que debió de ser en extremo dolorosa.
Qué o quién —animal, accidente u otro congénere— le provocó la herida no lo podemos saber aún, aunque están en ello, pero sí conocemos el porte de la familia, con edades comprendidas entre los cinco años y los cerca de cuarenta del más anciano, cómo eran físicamente, de qué se alimentaban y que según parece algún tipo de pensamiento sobre la muerte tenían. En la sima donde acabaron por ser llevados todos, en señal de un indudable respeto y para la protección de sus restos, apareció depositada una hermosa bifaz esmeradamente tallada en cuarcita roja. ¿Una ofrenda? Pues eso parece, dado que las más exigentes investigaciones y análisis demostraron que no había sido usada en ninguna de las tareas para las que el hacha de piedra se empleaba. En otro juego de los suyos, a esta le han puesto Excalibur en honor del rey Arturo.
Aquellos clanes que frecuentaron las grutas de Atapuerca ya tenían variados conocimientos y aptitudes humanas. Tallaban la piedra y buscaban los materiales más adecuados para sus hachas y utensilios de cortar, hendir y raspar; se protegían y vestían, aunque fuera de forma muy tosca, con las pieles de sus presas; conocían el fuego para darse calor y endurecer con él las puntas de sus largas lanzas de pináceas, con las que embestían a los grandes ungulados que eran sus más codiciadas presas.
El clan o la horda, o como llamársele quiera, estaría dotado de ciertas normas y hábitos de relación y conducta, e incluso de una incipiente división de tareas. Los jóvenes y fuertes intentarían obtener las presas más grandes y difíciles, bien por la caza, el carroñeo o disputándosela a otros carnívoros, mientras que mujeres con crías, niños y ancianos se dedicarían más a la caza menuda, la pesca y la recolección de huevos, caracoles, plantas, frutos, bulbos o raíces, que en muchas ocasiones serían el sostén primordial de todos ellos. No todos los días se daba caza a un bisonte, se abatía un megaloceros o se conseguía derribar un gran rinoceronte.
La especie era de buena estatura, se considera que podían sobrepasar con facilidad los 1,70 metros, e incluso 1,80. Eran bastante más anchos de espalda, pecho y caderas que nosotros, siendo los machos más voluminosos y pesados que las hembras, aunque estas tampoco quedaban muy atrás en talla y musculatura. Los varones en la plenitud de sus fuerzas podían alcanzar los cien kilos de peso, en los que no había ni una gota de grasa superflua.
Su dieta era en buena parte carnívora, pero se complementaba con pescado, vegetales y cualquier otro tipo de nutrientes. En resumen, mucho más variada que lo que sería posteriormente en el Neolítico, cuando los humanos se asentaron en lugares fijos, alimentándose casi en exclusiva de lo que obtenían de sus cultivos.
El cerebro de Miguelón ya sobrepasaba los mil cien centímetros cúbicos, y no era el que mayor capacidad tenía dentro de su grupo, pues hay uno que casi alcanza los mil cuatrocientos, que es el equivalente a un sapiens actual.
Su capacidad cognitiva y el hecho de que los cuerpos se depositaran en ese pozo, en la entrada de la cueva, en un lugar al que había que acudir ex profeso, ha llevado a la hipótesis de que había una intencionalidad manifiesta y que quizá aquellos primeros pobladores peninsulares ya se hacían preguntas sobre la vida y la muerte que aún hoy nosotros nos seguimos haciendo.
El cráneo de Miguelón, del que se ha recuperado hasta el más mínimo huesecillo (incluso los del oído medio: martillo, yunque y estribo), nos descubrió una maravillosa capacidad emisora y auditiva. De hecho, podemos afirmar que los sonidos que emitían y con los que se comunicaban no eran como los de los chimpancés, nuestros simios más cercanos, sino más parecidos a los que emitimos y escuchamos nosotros mismos. O sea, que hablaban.
En suma, Miguelón y los suyos ya mostraban una mente simbólica plena y fieramente humana, con sentido de la comunidad y expresiones rituales relacionadas con la muerte.
El Homo sapiens —es decir, nosotros— lleva impresa ese sentido ritual desde el origen mismo de la especie, y sabemos que nuestros primos más cercanos, los neandertales, también.
Ante tales evidencias, ¿vamos a negarles esta faceta de radical humanidad a Miguelón y a los suyos? ¿Vamos a repudiarlos y a negar que forman parte de nuestra familia evolutiva? Desde luego, no seré yo quien lo haga.
2
La niña del Lozoya
La hija de los neandertales
Era una niña neandertal de ojos azules, pelirroja, pecosa y de piel clara, cuyo nacimiento se remonta a unos cuarenta mil años. Sabemos que murió a poco de cumplir los tres años de su corta vida y que su muerte llenó de dolor no solo a su madre, sino a la tribu por entero, que la lloró con desconsuelo. Acompañaron a su pequeño cuerpo inerte con su canto y sus antorchas hasta la sagrada cueva de los ritos.
Allí prendieron sobre su túmulo funerario una hoguera y, una vez consumida, depositaron sobre sus cenizas la mayor de las ofrendas: el gran cuerno de un rinoceronte lanudo que los cazadores lograron capturar con una trampa excavada en su paso hacia el agua del río, rematado con sus lanzones de pino. Cada vez nacían menos niños y el viejo clan moría con cada uno de ellos, y más aún si era hembra.
Sabemos que aquella niña, cuya pérdida tanto afligió a los suyos, nació a orillas del río Lozoya —que es como la han apodado sus descubridores—, en su tramo más alto. El clan se asentaba en un refugio bajo una meseta de piedra desde cuya entrada se domina el círculo de montañas que rodean el valle y se encara la cima de Peñalara. Esta cumbre se yergue como una enorme lanza, con unas nieves que brillan bajo el sol de la misma manera que ellos las verían, y que probablemente les causaban la misma admiración y fascinación que nos producen hoy en día.
El hallazgo de los restos de la niña pelirroja en lo que ahora se denomina el Valle de los Neandertales —en el Alto Lozoya madrileño, dentro del término de Pinilla del Valle— se produjo en 2011 por el equipo que dirigen Juan Luis Arsuaga y Enrique Baquedano. Ambos se sitúan en la élite de la paleoantropología mundial: si el primero es reconocido como una eminencia por sus descubrimientos en Atapuerca, el segundo destaca porque, además de codirigir esta excavación, está al frente de los yacimientos de la garganta de Olduvai en Tanzania, una de las grandes cunas de la humanidad.
Este descubrimiento en la cueva bautizada como la Des-Cubierta, junto con otros abrigos y oquedades vecinos de igual importancia y que conforman todo el yacimiento, se ha convertido en una pieza fundamental que cambia nuestra visión sobre los neandertales. Esta fue la otra especie humana que compartió la Tierra con nosotros, los cromañones, y que terminó por extinguirse, muy posiblemente arrinconada por nuestra propia especie en el sur de la península ibérica, tal como indican los últimos restos neandertales de Zafarraya (Granada) y Gibraltar, de «tan solo» veintiocho mil años de antigüedad.
Lo que los restos, la ofrenda y el sepulcro de la niña del Lozoya —que fue depositada en uno de forma redonda, construido con piedras— rebatieron es la percepción popular que se tuvo sobre los neandertales. Calificar de ser humano incompleto al cromañón que pintó Altamira es tan estúpido como tachar de infrahumanos a los neandertales, quienes eran tan plena y hermosamente humanos como nosotros.
Desarrollaron una importante industria lítica, dominaron el fuego, poseían lenguaje, ocuparon Eurasia entera y establecieron normas de conducta en sus clanes. Asimismo, protegieron a quienes no podían valerse por sí mismos y usaron plantas medicinales —incluyendo el hongo, que es la base de la penicilina—. Además, según las últimas dataciones en cuevas como los Casares (Guadalajara) o El Castillo (Cantabria), algunos grabados que tradicionalmente atribuimos a los cromañones parecen ser anteriores, lo que sugiere que el arte quizá no fue un invento nuestro en exclusiva. En este valle del Alto Lozoya dejaron la prueba, para quien quiera verla, de sus ritos, su espiritualidad y del culto a los muertos, un rasgo propio del único ser en la naturaleza —el ser humano— que ha adquirido la terrible conciencia de que la muerte le espera y le acabará alcanzando.
La Des-Cubierta se abre en el flanco de un afloramiento rocoso, una plataforma pétrea desde la que se divisan el valle y el río. Su entrada está orientada hacia el sur, de cara a la sierra de Hontanares, que cierra el valle por el que fluye transversalmente el Lozoya. Por el otro costado se halla el gran Abrigo de Navalmaíllo, orientado hacia Peñalara, que era donde el clan hacía su vida cotidiana, mantenía encendidas sus hogueras y encontró refugio a lo largo de innumerables generaciones.
La Des-Cubierta albergó un santuario. El santuario de los «primeros hombres». En él no solo se encuentra el enterramiento de la niña, sino otra treintena de fuegos rituales, donde se colocaron como ofrendas cuernos de grandes herbívoros. Nunca trofeos de carnívoros. El porqué de esta decisión desapareció con ellos.
Aquello fue —así se lo he oído contar jocosamente a sus descubridores— «el Shangri-La de los neandertales». El Valle de los Neandertales es, sin duda, un entorno privilegiado. El río corre transversalmente por el pie de las montañas del Sistema Central, con sus laderas bajando desde el Pico del Reventón hasta Navafría, ya en la actual Segovia. Las cadenas montañosas, al norte y al sur, lo protegen contra los peores vientos y celliscas. Los sotos y herbazales junto al río son pródigos en caza y pesca, plantas y raíces. Solo tenían un inconveniente, que para las necesidades del momento no era menor: el sílex escasea en todo el territorio. Pero le pusieron remedio tallando el cuarzo, el cristal de roca, que sí abunda. No puedo dejar de imaginar una fila de cazadores del clan al amanecer, con las puntas de sus lanzas reluciendo al dar en ellas los primeros rayos del sol. Aquellas largas y robustas lanzas neandertales de hasta cuatro metros de longitud con las que cazaban, arremetiendo a los más grandes y poderosos herbívoros: el rinoceronte lanudo, el uro, el bisonte y el gran ciervo megaloceros. Cortaban el frontal de los cráneos de las piezas cobradas —como se sigue haciendo hoy—, y los ponían como trofeos junto a los fuegos rituales de la Des-Cubierta.
Con esas mismas armas se defendieron de los imponentes leones cavernarios, de las manadas de lobos y cuones, y desalojaron a las hienas de sus cubiles para quedarse ellos a vivir allí. Varios yacimientos donde aparecen sus huellas tuvieron ese origen. Aunque desconocemos los motivos, no dejaron restos de estos carnívoros como trofeo en el santuario, si bien parece probable que se colgaran al cuello una garra o un gran diente de león. Porque algo de ellos quedó, y queda, en nosotros.
La niña del Lozoya es historia; aunque no sea escrita. Ella y los suyos han dejado impresa su huella. Así lo hicieron también los neandertales, a quienes durante mucho tiempo hemos despreciado cuando, en realidad, eran mucho más cercanos a nosotros de lo que siempre creímos. Tanto, que son más que primos hermanos. Su impronta quedó en los genes de la población euroasiática actual, un legado que sus descendientes seguimos atesorando hoy en día. Lo ha demostrado el célebre científico suecoestonio Svante Pääbo, visitante asiduo de los yacimientos españoles, premio Nobel de Medicina en 2022, galardonado ya en 2018 con el Premio Princesa de Asturias. Tras secuenciar el ADN neandertal, Pääbo concluyó que, debido a una evidente hibridación, los cromañones euroasiáticos que compartieron territorio con ellos nos transmitieron una herencia genética: hasta un 4 por ciento de ese ADN está presente en nosotros hoy. Y el propio científico sospecha que tal vez sea bastante más.
Nos hibridamos, nos cruzamos y tuvimos hijos comunes, que, según parece, fueron fértiles. Esto nos plantea una duda inevitable: si dos especies diferentes logran tener descendencia —como el burro y la yegua—, el vástago vive pero es infértil, como ocurre con la mula. Sin embargo, los hijos de cromañón y neandertal eran fértiles; entonces, ¿somos en realidad la misma especie, aunque con ligeras variantes? Quizá, más que primos, seamos medio hermanos… o hermanos del todo.
Pinilla del Valle está a tan solo noventa kilómetros de Madrid. La prehistoria se encuentra a un tiro de piedra de la gran urbe del siglo xxi. Visitar su valle me hizo cambiar notablemente —en todo, diría yo— el espíritu de mi novela, obligándome a reescribir La canción del bisonte. Los neandertales que traje de vuelta eran muy diferentes de los que llevaba en mi cabeza antes de conocerlos de la mano de Arsuaga y Baquedano. Los que regresaron conmigo eran mis propios y ancestrales hermanos; cada vez me llevo mejor con ellos y me gustan más. Tanto es así que ya estoy pensando que va siendo hora de darle un hijo a aquella novela.
3
Imilce, princesa ibera de aníbal
(siglo iii-214 a. C.)
La dinastía iberopúnica que no pudo ser
Si hay un tiempo desconocido de nuestra historia es el previo al establecimiento de los romanos en el territorio. Lo que afecta a las tribus y etnias que entonces poblaban la península queda envuelto en un velo de leyenda tanto en el centro y en el sur iberos como en el brumoso norte céltico. Tengo para mí que, especialmente en el caso ibero, ese velo está a punto de rasgarse y que van a parecer ante nuestros ojos una impactante civilización, una cultura y unos personajes que van a apasionarnos. Y no es para menos, pues los que de vez en cuando emergen restallan con un increíble brillo y resultan fascinantes.
No eran tan solo unos simples y silvestres comedores de bellotas, aunque las aprovecharan; ni errantes nómadas que dejaban tan solo la efímera huella de sus tiendas. No. En absoluto. La geografía de un extensísimo territorio —la actual Andalucía y el centro peninsular hasta el Duero— está plagada de la huella de sus asentamientos, sus templos y palacios, que los había, sus ritos y sus combates. Todo ello está allí, y está aflorando, como perspicazmente han comprendido autores como Juan Eslava Galán —padre de la actual novela española, y, además, jienense, provincia donde esa huella es continua e impactante—, o el también escritor y divulgador Manuel Pimentel.
Un día no muy lejano, que me encantaría poder ver, el mundo ibero emergerá ante nosotros en todo lo que fue y significa, más allá y más acá del mito de Tartesia y Argantonio, de la Dama de Elche o del misterioso y funerario Cerrillo Blanco. Quizá incluso se descubra esa llave para descifrar su historia, esa piedra Rosetta que aún permanece oculta. De hecho, los descubrimientos del yacimiento tartésico de Turuñuelo de Guareña (Badajoz), al norte del río Guadiana, comienzan a rasgar el velo de una civilización propia, extensa y avanzada, que reclama nuestra atención a gritos. De momento, ya conocemos sus caras, maravillosamente retratadas en varias de las esculturas halladas, como la Dama de Baza o la Dama de Elche.
Los personajes iberos son muchos, y a cada cual más interesante, pero me detendré en uno que ha superado la niebla de los siglos y ante el que reconozco haber caído subyugado: Imilce o Himilce, la princesa oretana que se convirtió en la esposa del general cartaginés Aníbal Barca.
Su ciudad natal, Cástulo, es el impactante escenario donde se encuentran las claves del encuentro de los iberos oretanos con Fenicia y Cartago, antes de su posterior romanización. Emplazada en las terrazas de la margen derecha del río Guadalimar, en las estribaciones de Sierra Morena y a unos cinco kilómetros de la actual Linares (Jaén), la urbe funcionaba como paso natural entre la cuenca del Alto Guadalquivir y la Meseta, siendo la capital de las tribus oretanas. Su enorme riqueza minera —especialmente en cobre, plomo y plata— y su capacidad para acuñar moneda propia actuaron como un poderoso reclamo para los mercaderes fenicios, tras los cuales llegaron sus parientes más guerreros, los cartagineses.
Derrotados por los romanos en la primera guerra púnica —que les costó la pérdida de Sicilia, Córcega y Cerdeña—, los cartagineses buscaron en Hispania su área de expansión y revancha. Amílcar inició la conquista en el 237 a. C., e incluso dio nombre a una gran ciudad: Barcelona, la urbe de los Barca. Tras su muerte en combate contra los propios oretanos cerca de Elche (228 a. C.), tomó el relevo su yerno, Asdrúbal el Bello. Este general supo conjugar la presión militar con las alianzas políticas, logrando avanzar por el territorio ibero hasta el río Ebro.
Sin embargo, Asdrúbal el Bello corrió una suerte similar a la de su suegro y murió asesinado por un sirviente del rey celtibero Tagus, a quien los cartagineses crucificaron en represalia. Fue entonces cuando el hijo mayor de Amílcar, Aníbal, asumió el mando definitivo de las tropas púnicas en Hispania. Las tribus que habían pactado con Asdrúbal temieron un vuelco en las relaciones, pues el joven general ya arrastraba una merecida fama de dureza en el campo de batalla.
Pero Aníbal también demostró dotes diplomáticas. Siguiendo la línea trazada por su padre y su tío, quienes se habían desposado con princesas nativas, ofreció un pacto similar. Cástulo se convirtió en el eje para restablecer los acuerdos y extenderlos a las demás tribus iberas, siendo Imilce, la hija del rey Mucro, la elegida y el símbolo viviente de dicha alianza.
De ella se conserva una leyenda de gran belleza sobre la entrega de su virginidad al poderoso cartaginés. Según el relato, Aníbal se prendó de ella al verla en una festividad en el santuario de Auringis (la actual Jaén), donde se encontraba consagrada al servicio de la divinidad. Otra versión más prosaica sugiere que fue en ese mismo santuario donde se le comunicó la decisión de su padre, a la que se plegó sin rechistar. Sea como fuere, en la primavera del año 221 a. C., Imilce se desplazó escoltada por los suyos hasta el templo de la diosa Tanit en Qart Hadasht (Cartagena), donde se celebraron los esponsales. Instalada en la capital púnica de Hispania junto a su esposo, no tardaría en darle un hijo al que llamaron Aspar.
Aníbal Barca preparaba ya la guerra contra Roma y su primer acto belicoso no pudo ser más determinante. Atacó, cercó y tomó la colonia romana de Sagunto, dando comienzo a las hostilidades en el 219 a. C. En el cerco, Imilce acompañó a su esposo. O al menos eso quiere contar la leyenda, que insiste en que lo que hubo entre ambos fue un gran amor, no un mero acuerdo político. Según esta, su hijo habría sido concebido en Saiti (Játiva), en el castillo que aún hoy conserva un balcón al que se llama el Mirador de Imilce, durante el asedio de Sagunto.
Lo que sí parece cierto es que ella pugnó por acompañarle cuando el líder púnico decidió atacar a Roma y emprendió el camino hacia Italia, atravesando la península ibérica, los Pirineos y los Alpes. Aníbal se negó rotundamente.
El poeta Silio Itálico, en su Púnica (libro iii), recrea su boda, como también el momento en que Imilce acepta la decisión de no poder acompañar a su esposo, a quien recrimina:
¿A mí me impides acompañarte, olvidando que mi vida depende de la tuya? ¿En tan poco estimas el matrimonio y la cesión de mi virginidad como para impedirme cruzar contigo las montañas? ¡Confía en la hombría femenina! No hay fuerza que supere al amor conyugal. Pero si solo soy juzgada por mi sexo y has resuelto despedirme, me avengo y no interpongo demora al destino. Que la divinidad te asista, hago votos. Marcha con buen pie, marcha con el favor de los dioses y conforme a tus deseos. Y en la batalla, en el sangriento combate, acuérdate de mantener vivo el recuerdo de tu esposa y tu hijo.
No volverían a verse. Según el relato, Imilce y su hijo fueron enviados, para su seguridad, a Cartago. Aníbal fue con ella y su hijo hasta el templo de Melqart, en Gadir, para pedir su favor en la guerra a la que se lanzaba. Tras ello, madre e hijo embarcaron hacia África y la capital púnica, mientras el general cartaginés se ponía en marcha contra Roma. Según otra versión, que bien puede deberse a la confusión entre el Cartago africano y la Qart Hadast hispana, Imilce se quedó en Cartagena al cuidado de la familia de los Barca.
El primer relato señala, además, que a pesar de su buena intención, Aníbal no hizo sino ponerla a ella y a su vástago en el peor de los peligros, pues allí se encontraron con las asechanzas de sus enemigos, que eran muy poderosos. No solo le negaron siempre los refuerzos, sino que intentaron acabar con la vida de su hijo. Según Itálico, la maniobra partió de Hannón, su despiadado enemigo, trapacero y sinuoso como él solo, quien propuso al Senado que nada mejor para implorar el favor divino que ofrecer en sacrificio al más poderoso de sus dioses, Baal Hammon, al hijo de Aníbal.
Imilce, tras implorar infructuosamente a los sufetes, siempre celosos de los Barca, envió un raudo mensajero a su marido, contándole en qué peligro se encontraba su retoño. Aníbal, que acababa de destrozar a las legiones romanas, consiguió detener la conspiración ofreciendo a cambio al Senado la inmolación al dios Baal de mil prisioneros allí tomados y buena parte del cuantioso botín allí obtenido, entre el que se encontraban los anillos de oro y plata de los centuriones del ejército vencido.
Consiguió así salvar a su hijo y preservar de las insidias a Imilce. Pero el destino parecía estar empeñado en ser adverso para ambos. Todos los relatos coinciden en el hecho de su muerte a causa de la peste declarada en la ciudad donde se encontraban y en la fecha de su fallecimiento. En el año 212 a. C., madre e hijo murieron mientras el padre seguía en Italia. Con ello, aquella dinastía hispanopúnica que pudo ser quedó segada antes casi de nacer (tampoco hubiera avanzado mucho, pues Aníbal no acabó de rematar la faena contra los romanos).
En Cástulo se erigió una estatua en honor de Imilce, que se mantendría ya con la dominación romana y que supuestamente ha llegado a nuestros días. Sería la que ahora, tras su traslado de las ruinas de la ciudad oretana en el siglo xvi, preside la fuente de los Leones de la plaza del Pópulo de la ciudad de Baeza.
Pero este sería el canto de cisne de los púnicos en el territorio que habían bautizado sus predecesores y parientes fenicios como I-span-ya (‘tierra de conejos’) y que acabaría derivando, latinizado, en Hispania. La alianza de los iberos con los cartagineses iba a comenzar al poco a resquebrajarse, aunque aún se mantuvo algunos años y las cercanías de Cástulo serían el escenario de una de las postreras victorias de los Barca. El hermano pequeño de Aníbal, Magón, junto con las tropas de otro general cartaginés, Asdrúbal Giscón, y las del ibero Indíbil, derrotarían y darían muerte al cónsul Publio Cornelio Escipión en el año 210 a. C. y a su hermano Cneo.
Otro Escipión, hijo y sobrino de los derrotados, apodado con el tiempo el Africano, acabaría por ser quien derrotó al casi invencible Aníbal en Zama. Fue él quien llegó al poco a nuestra península, tomó Cartagena, y tanto Cástulo como las tribus oretanas pasarían de aliados de Cartago a serlo, firmemente, de Roma, bajo cuyo influjo la ciudad prosperaría.
Imilce quedó para siempre en la leyenda y el recuerdo. Hoy, su nombre es frecuente, y lo llevan con orgullo, y cada día más, no pocas mujeres de Linares.
4
Magón
(243 a. C.-203 a. C.)
El pequeño de los Barca, fundador de Mahón
No solo he disfrutado de su belleza, su hondura y su protección, sino que he tenido la fortuna de entrar y salir en varias ocasiones de allí, a bordo de la mejor embarcación para hacerlo, un tradicional llaud, guiado además por un viejo y sabio pescador conocedor de todos y cada uno de sus misterios, leyendas, escondrijos y recovecos. Estoy hablando del puerto de Mahón, en la isla de Menorca, del archipiélago balear. La más verde de sus islas, además. Una esmeralda desde que las lluvias de otoño llegan hasta que la agosta el estiaje. En medio del mar azul, sus gentes han sabido preservar su cultura bastante mejor que otros de alrededor las suyas. Y el puerto de su capital, afirmo que es el más hermoso, abrigado y seguro de todo el Mediterráneo, incluido el de Malta… Y nadie me hará cambiar de opinión.
Se nota que quiero a la isla, que guardo añoranzas marinas de ella, a pesar de ser hombre de mucho secano…, o quizá por serlo aún más.
A Mahón, la ciudad y su puerto, los nombro así, en castellano, y no en menorquín —Maó—, porque amén de ser correcto, se compadece mucho más con la historia y el personaje de quien vengo a hablarles. Una historia que pocos conocen, ni siquiera mi amigo Mingu, el marinero que tantas otras me descubrió.
¿A quién debe su nombre? Ni más ni menos que a un Barca, a un hijo de Amílcar y hermano pequeño del gran Aníbal: Magón.
Magón, aunque un tanto ensombrecido por el genio militar y la inmensa fama de su hermano mayor, fue sin embargo una figura clave de aquella dinastía iniciada por su padre y completada por su hermano Asdrúbal: los Bárcidas, los cartagineses hispanos, pues por tal apodo eran también conocidos quienes se las vieron tiesas con los romanos, a quienes tuvieron, por momentos, acogotados.
I-span-ya (nuestra Hispania latina) fue más que un territorio que conquistaron en buena parte. En él fundaron ciudades del rango de Cádiz (Gades), Cartagena y —como ya se ha comentado— Barcelona, la ciudad del Barca, de Amílcar, del Rayo, pues el apodo Barca significa en su lengua eso. Es esta una realidad histórica hermosa, pero que cierto sector prefiere ocultar por motivos particulares. Parece que les incomoda el relato científico, prefiriendo borrar el origen e inventarse cualquier cuento antes que pregonar que estas urbes fueron fundadas por quienes primero nombraron a Hispania. Aunque, tal como están las cosas, no tardará en salir algún «historiador» afirmando que Amílcar era de pura cepa catalana y con los ocho apellidos del Penedès.
Amílcar no nació a orillas del Llobregat, sino al otro lado del Mediterráneo, pero vivió intensamente en la península, donde incluso encontró la muerte. Fue un general curtido y exitoso que salvó a Cartago de la sublevación de los mercenarios y obtuvo notables victorias frente a los romanos, ante los que, finalmente, tuvo que doblegarse. Tras este bache, expandió el dominio cartaginés por gran parte de Hispania. A pesar de su arrojo, pereció en una batalla menor, al verse sorprendido por los iberos de las tribus oretanas, que le derrotaron en el combate de Helike, en las cercanías de la actual Elche. Los nativos lanzaron contra sus tropas toros con haces de sarmientos encendidos en sus astas, rompiendo sus líneas defensivas, y Amílcar acabó ahogado o muerto en la confusión, al intentar atravesar un río cercano.
Su hijo Aníbal tenía entonces diecinueve años, y el pequeño, Magón, el más querido por su madre, apenas quince. Se dice que ella era la mujer más bella de aquel mundo y que su embrujo inspiró el famoso jardín que su marido creó en su memoria, un rincón del que se contaba que no existía otro lugar donde se respirara tanta nostalgia y tanta paz. Se cuenta también que Magón heredó de ella el porte y la belleza, y de su padre, el arrojo, la destreza con los caballos y la sabiduría para dirigir escuadrones en el campo de batalla.
Es una leyenda persistente que Magón no nació en Cartago, sino en estas tierras. Esto mismo se ha llegado a afirmar sobre Aníbal, sosteniendo —aunque sea traído por los pelos— que vino al mundo en la isla de Cabrera, uno de los enclaves más frecuentados por los navegantes púnicos. Sea leyenda o no, los isleños lo dan por hecho, y no seré yo quien lo discuta, a pesar de la falta de pruebas sólidas. En el caso de Magón, en cambio, existen mayores certezas de que llegó a la península siendo muy niño y de que en ella se desarrolló toda su peripecia vital.
Desde Hispania partió junto con su hermano hacia Italia. Con él y sus elefantes cruzó los Alpes, y junto a la infantería y caballería iberas y los honderos baleáricos, combatió en las batallas de Trebia y Cannas. Esta última fue una obra maestra de la estrategia militar que hoy sigue siendo objeto de estudio, y supuso la peor derrota de Roma, poniendo a Italia a merced de Aníbal. El joven Magón formó en el centro, junto a su hermano, liderando a las tropas más vulnerables —la infantería gala—, que debían soportar el tremendo empuje de las legiones romanas para permitir que la caballería los envolviera por los flancos. Magón logró mantener la formación, propiciando el aplastamiento final del ejército romano.
Fue él quien llevó la noticia al senado de Cartago junto con los anillos de oro de los équites romanos caídos en combate. A pesar de la constante oposición de los enemigos de los Bárcidas, encabezados por Hannón el Grande, Magón solicitó refuerzos para Aníbal y logró que se aprobaran gracias al enorme impacto de su victoria. Un ejército compuesto por doce mil infantes, mil quinientos jinetes y veinte elefantes se aprestaba a salir hacia Italia bajo su mando, cuando llegó la mala nueva: su hermano mediano, Asdrúbal, había sido derrotado al sur del Ebro por los hermanos Publio y Cneo Escipión. Este revés cortaba la ruta terrestre para el envío de auxilio y ponía en serio peligro el dominio cartaginés en la península.
Ante la gravedad de la situación, el ejército de Magón cambió de rumbo con urgencia hacia Hispania. No obstante, el joven general aún consiguió que la flota púnica de Bomílcar escoltara por mar a un contingente de cuatro mil jinetes númidas y cuarenta elefantes para apoyar a su hermano Aníbal. Aquella sería la última ayuda que este recibiría de los sufetes (los senadores) de Cartago, quienes sentían una profunda antipatía por su estirpe, a pesar de sus éxitos.
La llegada de Magón en el año 215 a. C. para compartir el mando con Asdrúbal resultó decisiva. La contienda se transformó en una guerra de dos hermanos púnicos contra dos hermanos romanos; dos Barca contra dos Escipiones.
La primera gran victoria de Magón tuvo lugar en Ákra Leuké, donde tendió una hábil emboscada a la caballería del cónsul Publio Cornelio Escipión, causándole dos mil bajas. Este triunfo restableció el equilibrio estratégico y aseguró la lealtad de las tribus iberas aliadas. A pesar de ello, continuó siendo imposible enviar refuerzos a Italia y, para colmo, Asdrúbal tuvo que regresar temporalmente a África para sofocar una rebelión de Sifax, el rey de Numidia.
Esta marcha otorgaba ventaja a los Escipiones, pero no se atrevieron a explotarla, ya que Magón, en colaboración con el general Asdrúbal Giscón, logró mantenerlos a raya hasta el retorno de su hermano.
Corría el año 211 a. C. cuando los Escipiones se lanzaron definitivamente al ataque, aprovechando que los tres ejércitos púnicos se encontraban separados. Asdrúbal Giscón se hallaba cerca de Gadir (Cádiz), Magón permanecía apostado junto a Cástulo —cada uno al mando de unos diez mil hombres—, mientras que Asdrúbal Barca lideraba a quince mil soldados en Amtorgis.
Los Escipiones consideraron llegada su oportunidad y se dividieron también. Sus fuerzas eran, a priori, muy superiores. Publio contaba con veinte mil soldados, el doble que el pequeño de los Barca, y se dirigió a Cástulo contra él. Pero entonces, a gran velocidad, Asdrúbal Giscón salió de Cádiz y logró unírsele antes de que llegara el romano. Juntos, con la ayuda del caudillo ibero Indíbil y del númida Masinisa, destrozaron a las legiones del cónsul y dieron muerte al primer Escipión, el padre de aquel a quien llamarían después el Africano.
Los dos generales púnicos, sin perder tiempo en celebraciones, se pusieron de nuevo en marcha para ir en ayuda de Asdrúbal Barca, contra quien iba el otro Escipión, Cneo, con 35.000 hombres. Magón era un excelente general de caballería y supo sacarle el mayor de los partidos. Concentrando toda la fuerza cartaginesa, trabó batalla con los romanos, les infligió una tremenda derrota y mató también a su jefe, Cneo. Los dos hermanos Escipiones habían perecido, y de sus tropas tan solo quedaron ocho mil hombres que huyeron al norte del Ebro.
Todo parecía pintar bien para los púnicos, pero iba a aparecer otro Escipión, que nada tenía que ver como estratega con sus familiares derrotados y muertos. Este, que acabaría pasando a la historia como el Africano, vengaría a su linaje y acabaría por convertirse en la némesis de los Barca.
Los ocho mil supervivientes romanos aguantaron las embestidas cartaginesas amparados por el gran río, y pronto se vieron reforzados por veinte mil hombres más enviados por el Senado romano en el año 210 a. C. Fue entonces cuando el nuevo Escipión les demostró quién era y cómo hacer la guerra a Asdrúbal y a Magón.
Aprovechando la descoordinación de los generales cartagineses y la mala relación de los Barca con Giscón —quien se encontraba en la desembocadura del Tajo, mientras el otro Asdrúbal andaba por el centro peninsular y Magón por la zona de Andalucía—, el joven Publio Cornelio Escipión se lanzó por mar contra la capital púnica, Qart Hadasht. Solo Magón, tras una marcha infernal al mando de unas tropas escasas y agotadas, intentó acudir en su defensa. Sus avanzadas lograron entrar en la plaza cuando los romanos ya habían tomado parte de la muralla marítima. Tras una última resistencia en la ciudadela, con la urbe casi por completo conquistada y sin esperanza de socorro, Magón pactó la capitulación. Escipión, haciendo gala de una gran humanidad al impedir el saqueo, se mostró generoso con el joven Barca, permitiéndole zarpar con sus hombres. Este se dirigió entonces a Gadir, donde estableció su nueva base de operaciones.
Escipión marchó entonces contra Asdrúbal Barca, al que derrotó en Baecula el año después (208 a. C.) y que se retiró rumbo a Italia, donde intentó reforzar a Aníbal. Pero los romanos le vencieron y mataron en Metauro.
En Hispania, Magón logró volver a levantar un ejército aliándose con tribus iberas y celtas, y avanzó por encima del Tajo hasta llegar a orillas del Duero. Parecía poder volver a presentar batalla, pero la mejor organización romana y la indisciplina de los contingentes nativos hicieron que la aventura acabara con sus campamentos asaltados y el joven Barca, que consiguió huir con parte de sus tropas, de nuevo refugiado en Gadir, donde se le unió, con las suyas, Asdrúbal Giscón.
Magón se empleó en conseguir aliados, pero Escipión ya tenía la sartén por el mango y no la soltó. Antes de que pudieran reorganizarse sus tropas, obligó a Giscón a una batalla campal (206 a. C.) y acabó con lo que quedaba de su ejército. El hermano pequeño de Aníbal se lanzó entonces a una última y desesperada ofensiva. Aprovechando la rebelión ibera contra los romanos encabezada por su viejo aliado y amigo Indíbil, intentó la reconquista de Cartagena.
Fue un desastre, y casi aún peor la amargura de tener que volver a Gadir y encontrarse las puertas cerradas para él. Furioso, las hizo derribar y crucificó a los magistrados de la ciudad por traición. Luego embarcó con sus tropas y se dirigió a las islas Baleares para invernar.
Al llegar a Menorca, se adentró por el hermoso y protegido puerto que hoy lleva su nombre y allí se estableció. Dicen los marinos que eligió muy bien, pues como decíamos al inicio de este capítulo no hay puerto mejor. Pero Magón no iba a quedarse en su refugio balear. Decidió atacar a Roma en su propio territorio. A principios del verano del 205 a. C. zarpó de Menorca rumbo a la Liguria con treinta naves, las quiquirremes púnicas, y logró apoderarse de Génova y controlar buena parte del norte de Italia durante más de tres años, poniendo en jaque nada menos que a siete legiones que enviaron contra él y que no consiguieron desalojarle, a pesar de haber conseguido herirle en la batalla de la Galia Cisalpina.
Finalmente, se vio obligado a reembarcar, llamado como su hermano Aníbal a defender Cartago, la ciudad que no había consentido en apoyarlos, y que ahora se encontraba a merced de Escipión, quien había derrotado a todos los generales y aliados de la otrora poderosa ciudad. Embarcó con sus tropas rumbo a África en el año 202 a. C., pero no llegó a su destino, pues, aunque no trabó combate alguno con la flota romana, pereció en alta mar. En la definitiva batalla de Zama, en octubre de aquel año, que enfrentó a Aníbal con Escipión, el pequeño de los Barca no pudo estar, esta vez en la derrota, al lado de su hermano mayor.
5
Séneca
(4 a. C.-65 d. C.)
El gran filósofo cordobés que educó y sucumbió a Nerón
Si algo no está en absoluto de moda, ni se pondrá en estos tiempos mostrencos, es el estoicismo. Vamos, que ni se sabe lo que es y aún se pasa menos por la cabeza el practicarlo. Aunque el primero que enunció sus principios fuera el griego Zenón, el hispanorromano cordobés Séneca fue, a lo largo de los siglos, el gran referente de esta doctrina filosófica que ha gozado de atención a lo largo de los siglos y que se ha estudiado como uno de los grandes referentes del pensamiento humano. Ahora ya saben que a los jóvenes en España ya ni ella ni ninguna, pues nuestros abducidos prebostes educativos han optado por abolir directamente la filosofía y que desaparezca de buena parte de los temarios. Estoicismo a ellos. Hasta ahí podíamos llegar.
El estoicismo se define como una filosofía de ética personal y con un principio práctico de gran utilidad: no podemos controlar lo que sucede a nuestro alrededor, pero sí nuestro pensamiento, y con ello nuestra emoción ante ello. O sea, mantener el control de hechos y pasiones que perturban nuestras vidas afrontándolas desde la razón, la valentía y la dignidad personal, y aceptar, basándose en la tolerancia, el autocontrol y la sabiduría, cada momento tal y como se presente, sin dejarse dominar ni por el deseo del placer ni por el miedo al dolor. A ello añade que en el trato con los demás se ha de ser justo y equitativo y, como colofón, que «la virtud es el único bien» al que se debe aspirar.
Quizá, más allá de todo esto, la gran lección de este pensamiento —algo que hoy ha caído tan en desuso que incluso se llega a proclamar que la «virtud política» es exactamente lo contrario— es que lo esencial no radica en lo que uno dice, sino en cómo se comporta. Ya juzgará cada cual cómo anda este asunto hoy en día. Por lo demás, tampoco era muy diferente en la Antigüedad, pues al propio Séneca se le reprochó, y con razón, que una cosa era lo que predicaba y otra muy distinta lo que hacía.
Lucio Anneo Séneca nació en la Córdoba romana en el año 4 a. C., hijo de un importante caballero, Marco Anneo Séneca, que ya había dado a conocer su apellido en el Foro y gozaba de gran prestigio en Roma. La gens hispana comenzaba ya a destacar y a ser un elemento de peso en el Imperio. Su madre, Helvia, era de familia patricia y natural de Urgavo —o sea, la actual Arjona, en Jaén—.
Muy joven marchó a Roma y allí vivió bajo la protección de una tía suya, Marcia, y comenzó sus estudios de retórica, gramática y filosofía, destacando pronto entre los alumnos del filósofo Atalo, que lo introdujo en el estoicismo. El marido de su tía fue nombrado por el emperador Tiberio gobernador de Egipto, y el joven Lucio, con doce años, le acompañó a Alejandría, impregnándose allí de nuevos saberes, pues amén de estudiar administración y finanzas, se apasionó por las ciencias naturales y la geografía no solo de aquel país, sino de todo el mundo romano y hasta de la lejana India. El influjo de las corrientes místicas orientales le atrajo, así como el culto a la diosa Isis, pero al poco retornó, y esta vez ya sólidamente, al estoicismo, al que permaneció fiel de por vida. Y hasta en su muerte…
Volvió a Roma cumplidos ya los veinticuatro años y consiguió el nombramiento de cuestor, destacando de inmediato como orador y escritor. Su mala salud, que le persiguió siempre (era asmático), y su propio desinterés le apartó de la carrera militar, que era común entre los hijos de las nobles familias romanas.
En el Senado le fue muy bien durante todo el mandato de Tiberio, convirtiéndose en el más estimado orador de la aristocrática cámara, pero a la postre le granjeó la animadversión de su sucesor, nada menos que el atrabiliario y vesánico Calígula. Su vida pendió de un hilo y hasta parece ser, si se cree al historiador Dion Casio, que el emperador ordenó su ejecución, de la que por chiripa y por la intercesión de una dama muy cercana al emperador se libró. Su salvadora —quizá la hermana de quien le había condenado, Agripina, con la que luego tanto tuvo que ver— arguyó que con su asma y aquejado de tuberculosis moriría en nada, y no merecía la pena asesinarle.
Séneca, sabiendo que en un parpadeo Calígula podía volver a cambiar de opinión, optó por desaparecer por completo de la vida pública, no fuera que cualquier palabra suya desatara la furia homicida del emperador.
Pero a la muerte de este, asesinado por su propia guardia pretoriana, a Lucio Anneo no le marcharon mejor las cosas. Ocupado el trono imperial por Claudio, en el año 41, y vuelto Séneca al Senado, le cayó otra nueva sentencia de muerte. La acusación en este caso fue de adulterio, nada menos que con otra de las hermanas de Calígula, Julia Livila, algo que no se creyó nadie en toda Roma, que sabía muy bien quién era la inductora y la causa real de su condena.
El Senado, con Séneca de nuevo como voz destacada, se había opuesto a la entronización de Claudio, y la esposa de este, Mesalina, que era de cuidado, le consideraba un peligro para su marido y para ella misma. Le salvó de nuevo la campana, e in extremis se le conmutó la pena por la de destierro en la isla de Córcega. En los ocho años que pasó allí, se dedicó a escribir y dejó para la posteridad su Consolación a Helvia, su madre, tras el fallecimiento de su padre Marco. Una obra esencial de comportamiento estoico ante la adversidad y la muerte.
No parece haber sido Séneca un mujeriego, pero su suerte estuvo de continuo en manos de mujeres. Mesalina acabó a la postre siendo víctima de sí misma y sus infidelidades continuas a Claudio. Se prendó del cónsul Cayo Silio, se casó furtivamente con él, cometiendo bigamia, y quiso hacerle emperador, para lo cual se dispuso a dar capote con veneno al viejo emperador de quien tanto sabemos por el genial libro de Robert Graves y por la maravillosa serie de televisión, Yo, Claudio. Descubiertos los amantes y sus intenciones, fueron condenados a muerte y se les permitió —como marcaba la ley para gentes de su condición— que se la dieran ellos mismos. Lo hizo el cónsul, pero Mesalina, aunque lo intentó, no se llegó ni a pinchar, por lo que el centurión encargado de ello la degolló.
Con la siguiente esposa de Claudio, Agripina, las cosas le fueron mucho mejor a Séneca. Y eso que el emperador había pedido que le mataran si volvía a casarse; una advertencia que habría sido mejor cumplir a tenor de lo que le sucedió después. Por deseo de la nueva emperatriz, Claudio levantó el destierro del filósofo, quien fue rehabilitado, llamado a Roma y nombrado pretor de la ciudad. En el año 51 d. C. acaeció algo aún más trascendental: Séneca fue designado tutor del hijo de Agripina —conocida como la Menor para diferenciarla de su madre, Agripina la Mayor, esposa del general Germánico, a quien Tiberio había hecho envenenar por celos—. El niño, fruto de un matrimonio anterior de la emperatriz, se llamaba Lucio Domicio Enobarbo; es decir, el futuro Nerón.
Agripina —quien al igual que su hermana Julia Livila había mantenido relaciones incestuosas con Calígula— no tuvo otra meta desde que pisó el palacio imperial que convertir a su hijo en emperador. Sin embargo, se interponía un obstáculo: Británico, el hijo legítimo de Claudio y Mesalina. Agripina solucionó el problema convenciendo a Claudio de que el muchacho no era suyo, sino fruto de una de las tantas infidelidades de su predecesora. Como consecuencia, Británico fue apartado de la línea sucesoria en favor de Nerón.
Finalmente, un plato de setas donde se mezclaron ejemplares venenosos con comestibles sirvió para eliminar al último estorbo: al propio Claudio, asegurando así el trono imperial para su hijo. Todo ello a pesar de que el mismo día de su nacimiento, su padre, el cónsul Cneo Domicio Enobarbo, había profetizado que de su unión con Agripina «solo podía nacer un monstruo», y de que un astrólogo caldeo hubiera advertido a la madre: «Será rey, pero matará a su madre». A lo que ella, implacable, replicó: «Que me mate, con tal de que reine».
Agripina protegió y apoyó a Séneca. Y lo hizo por una muy buena razón, quizá con la secreta esperanza de que, si el filósofo lograba inculcarle al niño una disposición más humana, este no terminaría matándola. Cuenta el historiador Tácito que la hija de Germánico comprendió que la fama y el prestigio de Séneca serían muy beneficiosos para la imagen de la familia imperial que estaba realmente por los suelos por el comportamiento de sus mujeres y sus actos fratricidas.
Séneca agradeció la protección de Agripina, pero a Claudio no le perdonó ni después de muerto por cómo se las había hecho pasar. En su obra satírica Calabacificación del divino Claudio se burló de él, y como venganza póstuma le hizo acabar en el más allá como un simple y oscuro burócrata del Hades romano.
Séneca actuó de preceptor de Nerón ya en vida del viejo emperador, y parecía que sus enseñanzas calaban en el muchacho. Prosiguió también a su lado, y con creciente influencia, cuando a los dieciséis años Nerón fue nombrado emperador y él se convirtió en su principal consejero político y una especie de ministro plenipotenciario junto a un austero militar, Sexto Afranio Burro. Durante aquellos años de la juventud de Nerón, ocho en total, ambos se convirtieron en los gobernantes de hecho de todo el Imperio romano. Aquel periodo sería luego añorado y valorado como pocos en la historia de Roma, quizá también por lo que les tocó sufrir después. Trajano, el gran emperador, hispano como Séneca, describió aquel tiempo como «el mejor y más justo gobierno de toda la época imperial». Y no le faltaba razón. Rebajaron impuestos a productos básicos, combatieron la corrupción, pacific
