El canto invisible

Claudia Piñeiro

Fragmento

1

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Oír y escuchar no significan lo mismo. Lo hablamos mil veces, Marina. Lo habríamos seguido hablando si todo hubiera sido de otro modo. Lo estaríamos hablando ahora mismo. Pero las cosas son como son: yo en mi escritorio, trabajando en tu manuscrito, y vos, ¿dónde, Marina? Sigo leyéndote.

Cuando se trata de personas es más imperioso darse cuenta de la diferencia: para que haya comunicación, hay que escuchar. Oír es una cuestión fisiológica. El sonido está allí, en el medio ambiente, y llega a nuestros oídos sin que hagamos nada. Oímos un bocinazo, una frenada, el golpe de un cuerpo que cae contra el asfalto, un grito —los oí, Marina—. Escuchar, en cambio, implica voluntad: hay que querer escuchar, hay que atreverse a escuchar —y yo no quería—. Se trata de prestar atención, de aplicar conocimiento, concentración y memoria para comprender lo que alguien nos dice. También de responder a ese estímulo, si es que corresponde. Debo reconocer que fuiste la persona que más me escuchó. Y espero que vos te hayas sentido escuchada por mí. De hecho, ahora, acá, frente al manuscrito, aun con tu voz ausente, te sigo escuchando. Te leo y te escucho.

Vos me enseñaste que en el caso de los sonidos que emiten los pájaros, tenemos que pensar esa distinción como si se tratara de música. ¿Te acordás aquel mediodía en que te pusiste a piar imitando un gorrión que había entrado por la ventana? Yo intenté seguirte, desafinada como siempre, y en el restaurante nos miraron como si estuviéramos borrachas. Algún comensal habrá dicho para sí: “Viejas locas”, aunque por aquel entonces no habíamos llegado a los sesenta. “La flor de la vida”. Así decíamos en broma cada vez que alguna cumplía años. Broma o no, siempre nos esforzamos para que esa flor pasara de década en década, haciéndonos las tontas si lucía un poco más marchita. ¿Me seguiré esforzando por las dos o será el momento de que acepte que ya no somos las que fuimos? Que ya no soy la que fui. ¿Podré perdonar? Me pregunto si no deberíamos incluir la anécdota en tu libro. No vendría mal un poco de humor en este texto. Y en este duelo, tu duelo. Tal vez los lectores lo disfrutarían. ¿Quiénes serán aquellos que te van a leer?

Oír y escuchar no significan lo mismo. Oímos tambores a lo lejos, que llegan desde el lugar donde ensaya una murga para el próximo carnaval, un trueno nos conmociona, el ladrido de un perro nos pone en alerta. Pero una sinfonía en el Teatro Colón la escuchamos. Como la música que escuchábamos tiradas en el sillón de tu departamento, mientras caía la tarde en Villa Crespo, en ese equipo alemán, impagable, que habías comprado en montones de cuotas —¿dónde habrá quedado?—. O como se escucha el último disco de Rosalía. ¿Llegaste a escucharlo, Marina? Me pregunto si tu falta de fe religiosa te habría permitido disfrutarlo. En el video del tema “Berghain”, Björk canta sobre la imagen de un pajarito gris con pecho naranja. Por lo que conozco de la materia, gracias a vos, apostaría a que es un European Robin. En la escena final, la misma Rosalía sale volando convertida en paloma. Lo sé, Marina, demasiadas metáforas religiosas para una atea como vos.

“Escuchar el canto de los pájaros hace bien”, te molestaba cuando alguien decía eso, ¿te acordás? Antes que nada, por el lugar común, siempre despreciaste los lugares comunes. Pero también porque la frase pone énfasis en quien escucha, no en quien emite el sonido, y trata al canto como si fuera una transacción. Estabas convencida de que la mayoría de las personas oye a los pájaros sin escucharlos. Quizás por eso te empeñaste en hacer este libro, y yo te alenté. Pero te advertí que, para que trazara un recorrido que lo llevara a sitios diversos —y no sólo a pilas de libros en mesas de luz de algunos de tus colegas—, no nos trataras ni a mí ni a tus lectores como futuros ornitólogos. “No, por supuesto; tengo claro que vos no podrías serlo, te falta paciencia y posibilidad de entregarte a la contemplación”, me decías. Aunque también me dabas ánimo asegurando que no era necesario ser especialista en aves para tener el deseo de escuchar eso que quieren decir, probablemente no a nosotras, sino a algún otro ser de su especie. Te gustaba darme clases, y yo, aunque me hacía la fastidiada, las disfrutaba. Curiosa, interesada, entusiasta y peleadora. Siempre fuiste peleadora, Marina, hasta el último minuto, no hace falta que te lo recuerde. No puedo perdonarte que no hayas logrado contenerte aquel día. Que no te hayas podido quedar conmigo como te lo pedí. No fue tu culpa, lo sé, y entiendo tu reacción, pero no te perdono el precio que pagaste por tu enojo. ¿Vos también lo viste? Antes del impacto, ¿lo llegaste a ver? Espero que no, ruego que no.

Corrijo algunas de las palabras que usaste —es mi trabajo, lo sabés— y en cada caso me pregunto si aceptarías o no esa corrección. La terquedad fue tu peor defecto, pero también tu mayor virtud. Intento quitarle el tono académico con la esperanza de que tu libro llegue a muchos lectores. Reviso ahora los párrafos donde explicás cómo diferenciar canto de llamada. El canto es el sonido vocal, melodioso, que algunas aves emiten como cortejo, apareamiento o marca de territorio, suele ser más largo y complejo. La llamada es el sonido que emite un ave como reclamo. Es más corto y tiene como función la comunicación: transmitir una alarma, alertar de un peligro, mantener la bandada unida.

Busco palabras coloquiales para nombrar esa vocalización y evitar repeticiones. Te propondría gorjeo o trino. Sé lo que me dirías: “Palabras en desuso, te quejás de mis términos académicos o científicos, pero vos usás antiguallas. Prefiero ‘canto’”. Y tendrías razón. Son palabras comunes, hermosas para mi gusto, que podemos encontrar en infinidad de textos, pero difícil que nos crucemos con ellas en la calle. Un hilo de agua que cae de una llave imperfecta; un hilo de agua, manso y diáfano, que gorjea toda la noche y todas las noches cerca de mi alcoba, que canta a mi soledad y en ella me acompaña. El agua que gorjea como un pájaro: ¿habrá algún centennial leyendo en este momento a Amado Nervo, mientras yo, baby boomer de los últimos años, lo cito de memoria? Preparé un himno y se murió en gorjeo,/ Me eché a ser río y terminé en canal, se lamentaba Alfonsina Storni en “La inútil primavera”, y Gabriela Mistral tituló uno de sus poemas “La gracia del trino”. Si bien hay poetas como Diana Bellessi que siguen usando estas palabras, no recuerdo haber escuchado ni gorjeo ni trino en los últimos tiempos. ¿Cuántos jóvenes, alrededor de los veinte años, aun intuyendo qué significan, las habrán pronunciado en su vida? Gorjeo, trino. Me dirías: “Si ya ni las usa la gente de nuestra edad, ¿por qué las usarían ellos, Juju?”.

Así me llamabas: Juju. Eras la única persona que me decía así. Juju era tu llamada.

Aún no estoy convencida si titular a este capítulo “Cantos y llamadas”, porque si bien representa lo que explica, también mencionás un tercer tipo de sonidos: los que emiten las aves con el pico, las alas, la cola, las plumas o las patas. Algunos especialistas los consideran cantos, pero vos preferís diferenciarlos. En ornitología los llaman sonata o sonatación: por ejemplo, el sonido tonal que hace el colibrí con sus plumas, el tamborileo territorial del pájaro carpintero con su pico, la danza de cortejo de la alondra que incluye un traqueteo de alas. Me gusta el párrafo que le dedicás a Charles Darwin, quien los llamó “música instrumental”. Creo, en cambio, que deberíamos eliminar los párrafos donde explicás que él consideraba lo musical como un elemento más en la evolución sexual, al comparar cantos y melodías humanas con las complejas danzas rituales que despliegan muchos animales para encontrar pareja. Esa disquisición darwiniana es interesante, pero puede atentar contra la concentración del lector de hoy. Aunque la palabra sexo, tal vez, compense. No nos olvidemos tampoco de la controversia sobre este punto que plantea Vinciane Despret, cuando cita al biólogo Frederik Buytendijk: El pájaro canta mucho más de lo que permite la teoría darwiniana de la selección sexual. ¿Sabías que la mujer de Darwin era pianista y Chopin le dio clases en París?

Una de las preguntas que recorre tu libro es: cómo “escribir” hoy el canto de los pájaros, cuando hay que competir con tecnologías de grabación tan evolucionadas. Y si vale la pena el esfuerzo. Eso me gusta. Me gusta mucho. Porque es escritura empecinada, pero también es metáfora. Podríamos cambiar “canto de los pájaros” por tantas otras cosas que nos parecen importantes, fundamentales, básicas, y que de pronto ya no sabemos cómo contar o transmitir, con qué palabras, con qué argumentos. ¿Cuál será la mejor manera de hablarle a alguien que nació en el siglo XXI acerca de estos cantos? ¿Cómo será la mejor manera de escribirlos? ¿Podremos despertar su interés por un gorjeo? ¿Cómo evitar que nos miren como bichos raros si decimos “trino”? ¿Lo lograremos, Marina?

Aunque la frase de Darwin refiriera a un sonido específico, quizás podríamos homenajearlo tomándola como título de tu libro: “La música instrumental de los pájaros”. Me parece que tiene fuerza y belleza. Lo veremos más adelante, hay tiempo. Para este libro hay tiempo, para vos no lo hubo.

2

Fastidiada, a tres pasos del enojo. Así se siente Julia Muntaner, y debe reconocer que es un avance, porque prefiere ese sentimiento al dolor que la atormenta en continuado desde hace quince días. Ahora, en cambio, apenas está harta de dar vueltas por calles cuyos nombres le son extraños, pero ese hartazgo, al menos, no duele. Músicos clásicos mezclados con héroes de la independencia, un papa, un médico, un filósofo. Y hasta dos escritores y una escritora. Nombres muy distintos a los de las calles por las que ella camina habitualmente en la ciudad donde vive y trabaja. Su hábitat, al menos hasta esta mañana, apenas una hora atrás. La separan de su casa unos cincuenta kilómetros, aunque Julia sienta que está más lejos, mucho más lejos, y eso no le disguste sino más bien lo contrario. De donde viene, todo queda a mano; ella suele caminar o usar el transporte público. En cambio, para cumplir la última voluntad que le fue asignada, no tuvo más remedio que subirse a su auto y perderse dando vueltas por calles ajenas.

Puso una pequeña valija con ropa en el baúl, su computadora, su agenda, una cartuchera con los útiles necesarios para corregir y marcar sobre papel. Se olvidó de sumar el libro que estaba leyendo, Audición, de Katie Kitamura, y lo lamentará. Lo hizo todo de manera automática, tratando de no pensar para evitar el riesgo de arrepentirse. Cuando recogió el manuscrito del escritorio, las hojas cayeron al piso. Las juntó como pudo y salió de su casa.

Recién al ubicarse en el asiento del conductor, aparecieron algunos temores: que el lugar no tuviera calefacción y ella llevara poco abrigo —una preocupación extemporánea porque el verano estaba muy cerca—, que la conexión a Internet fuera mala o inexistente, que el auto no encendiera porque la batería se hubiera descargado. Los dos primeros temores eran imposibles de descartar hasta que llegara al lugar. En cuanto al coche, era cierto que había estado parado más de un mes, estacionado en la cochera de su edificio, y que la batería ya estaba por cumplir los dos años. Pero la preocupación fue en vano, porque el motor arrancó al primer intento. Lo había usado por última vez cuando llevó a Marina a una reserva natural en Maschwitz. En aquel momento era imposible sospechar que ya no compartirían esas salidas al aire libre de día completo, o incluso de todo un fin de semana, con la excusa del “trabajo de campo” de su amiga. Habría todavía otros encuentros en la ciudad, café mediante. Cuatro o cinco, antes del de la desgracia. En esa salida a la reserva natural, fue que usó el auto por última vez. Caminaron juntas por senderos más embarrados de lo que a Julia le habría gustado, agradecieron que no hubiera viento —el peor enemigo del avistaje—, comieron sentadas en un tronco caído unos tristes sándwiches que habían comprado cuando cargaron nafta, se tendieron en el pasto de cara al sol y recordaron que a las dos les faltaba vitamina D según las pruebas de laboratorio anuales, criticaron a esa colega de Marina que hablaba demasiado y con detalles de los éxitos o fracasos de su vida sexual, y se quejaron de alguno de sus ex o de los hijos de Julia, por motivos bastante similares. Rieron, ella ya no sabe de qué, pero recuerda las risas, quisiera no olvidarlas nunca.

Su amiga estaba empeñada en grabar la vocalización de dos o tres pájaros más, insistía que le faltaban algunos cantos para completar su trabajo. Siempre había una falta que le impedía entregar el material que luego Julia convertiría en el libro pactado. Parecía que esa demora era una excusa para no terminarlo de una buena vez. Como si Marina hubiera intuido que entre ese proyecto de estudio y su vida existía un vínculo tan fuerte que acabado uno acabaría la otra. Si Julia sólo hubiera sido su editora, habría intentado presionarla para que cumpliera con los plazos de entrega pactados, pero la amistad que las unía, desde los tiempos de la vivienda compartida mientras estudiaban en la Universidad de La Plata —Julia, Letras; Marina, Biología—, no admitía ese tipo de trato.

Dabove, Boero, Bizet, Schuman, Vivaldi, Olidén, Schubert, Vivaldi, Debussy, Boero, Bach, Vivaldi, Brahms, Labardén. Julia ya no lleva la cuenta de las veces que entra y sale de la calle Vivaldi. Ta tá ta tá tarará, tururá ta tá tarará…, Las cuatro estaciones la asaltan sin que ella las llame. Atenta al camino y a las vicisitudes del manejo, no le puede encontrar ninguna lógica a la nomenclatura que fundadores o posteriores agentes municipales eligieron para ese trazado: Grito de Ipiranga es paralela a Albert Einstein; Sócrates termina en Arturo Umberto Illia; Vivaldi, la calle que le canta al oído, después de dibujar un semicírculo, se cruza con Dr. Argerich. Por puro prejuicio, ella había supuesto que en un lugar como ése las calles tendrían nombre de árboles (Las hayas, Los paraísos, Los sauces), o de pelajes de caballos (Overo, Zaino, Pintado). En cualquier caso, había apostado a que Google Maps la llevaría a destino con facilidad. Sin embargo, más de una vez, la aplicación la hizo doblar en una calle sin salida, la obligó a realizar un rodeo inútil, o le pidió que retrocediera sobre sus pasos sin motivo aparente, y ella obedeció porque estaba entregada a lo que esa voz deshumanizada mandara. Recuerda que leyó en alguna entrevista al filósofo Éric Sadin, que ese tipo de aplicación es la que más nos esclaviza porque nos ordena lo que tenemos que hacer, y nosotros obedecemos. En la entrevista no usaban la palabra “esclavizar”, sino “duplicación digital del mundo”, “administración soft, indolora y casi imperceptible”, a la que le otorgamos el poder de decidir nuestro camino y manejarnos a su gusto. Julia, en cambio, no está para eufemismos y prefiere ser directa: se siente una esclava de Google Maps. Desactivó hace días todas las otras aplicaciones de su teléfono, sólo dejó funcionando ésta porque sabía que la iba a necesitar, pero en cuanto llegue a la dirección que busca, no bien encuentre la casa, también la desactivará. O apagará el teléfono y ya. Por un tiempo no habrá WhatsApp, ni mails, ni redes sociales. Ni Google Maps. Por un tiempo.

Pasa dos veces por Rosalía de Castro. Sube y baja por Juan Ramón Jiménez. Maldice a su amiga en Artigas y Beethoven. Se siente pésimo por haberla maldecido en Tchaikovsky y Domingo French. Cuando se mete en Roberto Arlt, una calle corta que no conduce a ninguna parte, se siente uno de sus desesperados personajes, culposa, resentida, una mujer secuestrada por una banda de conspiradores fracasados en una ciudad brutal y fascinante como la suya, para luego ser abandonada a su suerte en ese conurbado apagado, raído, descosido, pero con pretensiones de “naturaleza”. A pesar del malhumor, la deriva arlteana a la que la llevó su pensamiento le dibuja una sonrisa.

¿Será que algún día la junta de vecinos, el intendente de turno, o algún concejal, propondrá cambiar el nombre de una de esas calles por el de su amiga? Calle Marina Martinelli. Si así fuera, si alguien lo propusiera, ¿se pondrían de acuerdo para sumar una científica a la mezcolanza de nombres del trazado de un barrio de quintas que, algunas décadas atrás, parecían destinadas a un mejor futuro? Esas preguntas se hace Julia Muntaner mientras intenta llegar a la dirección apuntada, recorriendo una calle bordeada por cercos verdes, naturales, que cada tanto dejan ver chalets amplios pero discretos, mantenidos con los restos de un presupuesto de clase media que tienden a desaparecer, y con ellos, el esplendor que alguna vez tuvieron esas casas, rodeadas de extensos parques arbolados, pero con pocas flores. Chalets que fueron relegados a cambio de otras viviendas más ostentosas en countries o barrios cerrados, con grandes ventanales y jardines de diseño, que prometían mayor estatus, mejor acceso, instalaciones deportivas, pero, sobre todo, seguridad.

Julia se pregunta si se opondría algún vecino a que una calle lleve el nombre de su amiga cuando se enterara de que la científica, fallecida poco tiempo después de jubilarse, especializada en ornitología, futura autora de un libro post mortem, trabajó toda su vida para el CONICET, y que sus investigaciones se focalizaron en algo que seguramente muchos juzguen inútil, como las vocalizaciones de las aves y la bioacústica. ¿Habrá recibido en vida quejas de alguno de ellos porque el dinero de sus impuestos se destinó a estudiar el canto de los pájaros? Si así hubiera sido, Marina habría sabido qué contestarle. Nadie mejor que su amiga para argumentar, incluso frente a predicadores de la nada. Hasta el último minuto, vivió argumentando para defender sus ideas. Hasta el último minuto: los gritos, el bocinazo, la frenada, Julia corriendo hacia ella, agachándose junto a su cuerpo, insistiendo para que le respondiera, el hilo de sangre, la mirada de su amiga que se escurría, que la dejaba vacía, y luego aquellos ojos, otros ojos, que Julia se propuso primero callar y luego olvidar.

Marina dedicó la vida a los pájaros y a sus ideales. Ahí depositaba su obsesión, su deseo. Dedicar la vida. Por más que Julia intenta que esa frase pase de largo, se le repite con frecuencia, cree que alguien la dijo en el cementerio —¿un colega científico?, ¿un pariente lejano?—. Esas tres palabras la persiguen. Julia se pregunta si ella —que ya tendría que haberse jubilado, pero estira esa decisión tanto como puede— debería decir que dedicó su vida a editar libros, a criar hijos, a las dos cosas, o a ninguna. En su ranking de dedicación, no incluiría ni a su exmarido ni a sus parejas posteriores porque a ninguno le concedió tanto tiempo y esfuerzo. Su marido solía decirle que no había hecho lo suficiente por sostener el matrimonio; tal vez tenía razón, pero ella aún hoy se pregunta qué motivo hay para sostener lo que ya está roto, si no es la culpa. Tampoco incluiría a los ideales entre las cosas a las que les dedicó su vida, porque, aunque los tiene, frente a Marina, activista, luchadora pertinaz de toda causa noble por más perdida que fuera, ella se consideraba apenas una aficionada a las marchas y concentraciones más convocantes, y firmante de cuanta solicitada o petición le propusiera. A los 64 años, una mujer es joven para morir. Si esa mujer es además una amiga, la mejor amiga de una, 64 años es una edad escandalosa para estar muerta.

Al fin llega a la dirección que le dio el escribano. Abre el candado que sujeta la gruesa cadena que une las dos hojas del portón con la llave que le entregó después de la lectura del testamento, donde Marina la declaraba heredera de esa casaquinta, el único bien inmueble que tenía a su nombre, cuya existencia Julia desconocía antes de ese acto, en el que no participó nadie más. Ella sabía que el departamento donde vivía su amiga no le pertenecía; se lo había dado en usufructo de por vida su primer y único marido, después de que la dejara, a los pocos meses de casada, para irse con su novia de la adolescencia. Marina recordaba aquel hecho sin trauma y con el agradecimiento de que eso hubiera significado no tener que preocuparse nunca más por la vivienda. El escribano habló de un fideicomiso a favor de un colaborador, a quien su amiga le dejó el dinero para pagar su trabajo mensualmente y a lo largo de los años. El hombre había sido informado, pero no había asistido al acto. Julia se imaginó que tal vez lo conocía de algún cumpleaños o reunión en la casa de Marina, donde cada tanto le presentaba a sus discípulos, admiradores incondicionales de la “Dra. Martinelli”. O “la Martinelli”, a secas, porque reemplazar la abreviatura de tratamiento por el artículo determinado, lejos de rebajar la forma de dirigirse a ella, era la manera de demostrarle que estaba en lo más alto de la estima de sus colegas. El nombre del beneficiario se le pasó de largo, pero, de todos modos, Julia celebró que su amiga hubiera destinado el dinero que ahorró con esfuerzo en su vida de científica a asegurar que alguien continuara con su trabajo.

Sentada frente a una mesa ovalada de caoba brillosa, mientras esperaba que la asistente de la escribanía trajera los papeles que tenía que firmar, Julia se puso a reflexionar sobre lo distinto que debe de ser vivir sin haber tenido hijos, sin sentir responsabilidad por ninguna descendencia, sin culparse por lo que cualquier acto u omisión pueda haber influido en la vida de ellos, sin anteponer las necesidades de otro a las propias, y, en caso de no lograrlo, sentirse la peor persona del universo. Marina había sido una mujer libre de esas ataduras; ella, en cambio, en mayor o en menor medida, con más o menos culpa, siempre se sintió atada.

En el documento, su amiga también le cedía a Julia los der

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