Es como si el cielo de la noche se desmoronara sobre San Isidro. Las partículas de ceniza, resplandecientes, flotan en el aire y se dejan caer sobre los techos de las casas, mientras la luz lánguida y amarillenta del alumbrado público colorea las calles y paredes del pueblo. Unos gritos, a lo lejos, se desentierran como explosiones.
—¡Quemaron el maizal!
Por una esquina se asoma un hombre, su garganta ajada por el apuro, que corre desesperado y grita:
—¡Quemaron el maizal!
Su voz turbulenta se aferra a los cimientos de las casas, atraviesa las puertas y ventanas cerradas, sacude a los durmientes.
—¡Quemaron el maizal!
Una onda expansiva de calor, a ras del suelo, se derrama en el pueblo. Los perros, en coro, comienzan a ladrar, como si presagiaran una tragedia, como si coordinaran una escapada. El hombre no se detiene y grita sin perder el aliento. Entonces los cerrojos de las ventanas se ajustan, los candados de las puertas se reafirman.
Bendiciones.
Padrenuestros.
La sentencia paraliza el pueblo.
Samuel Roldán, despierto —muchas son las noches que lleva sin dormir—, contemplando cómo se remueve el silencio que hacía un momento se amodorraba en las calles, ahogado en el sopor de agosto, se da vuelta en el colchón y piensa en lo que acaba de escuchar. Lo dice en voz baja, como para terminar de creérselo:
—Quemaron el maizal.
Intenta levantarse, pero ese peso muerto que es su pierna derecha se entierra en el colchón. Siempre lo olvido, piensa. Ojalá pudiera olvidar lo demás, piensa. Toma aire y se concentra. Un hormigueo uniforme le sube desde su pie destrozado hasta la cadera: el reconocimiento de su propia tragedia. Sería menos patético si doliera, piensa. Agarra el bastón, aunque se dice a sí mismo que mejor debería tratar de dormir. Camina hasta la ventana: espalda encorvada, paso renqueante. Corre los cerrojos y afuera, más allá de los barrotes de hierro forjado: la noche y el calor. Extiende la palma de la mano a través de los barrotes y deja que se le llene de ceniza.
Las campanas de la iglesia empiezan a doblar.
El aire sopla caliente.
El humo arde en los ojos.
Samuel camina por la carretera y sigue a la multitud, sigue el fuego que alumbra, allá, a lo lejos, a las afueras de San Isidro. Algunos de los que lo rebasaron hace un momento ya vienen de vuelta con el miedo instalado en sus rostros.
Lengüetazos de fuego sobre los maizales infinitos de Semina: así se ven, hambrientos e insaciables. A las orillas, los camiones de bomberos municipales y los carrotanques de la multinacional hacen frente al fuego con sendos chorros de agua.
Samuel se abre espacio entre las personas inquietas que se aglomeran en la carretera. Intenta ignorar el hormigueo de su pie inútil. Con el bastón se golpea la pierna cada vez más reseca, como si obligara a su cuerpo a reconocerla. El calor tempestuoso lo envuelve. Algunos murmuran. Otros tosen. Unos pocos graban con sus celulares. Samuel descarga el peso de su cuerpo en el bastón. Esta pierna que no sirve, piensa.
Entre la humareda que inunda la carretera aparece una camioneta de la policía municipal. Cuatro agentes, con sus ropas ocres tiznadas por las cenizas, se bajan de ella.
—Atrás —dice uno.
—Vuelvan al pueblo —dice otro.
Los presentes apenas se empujan. Samuel hace lo mismo: un tremendo esfuerzo por mover su cuerpo. Un chillido a lo lejos se traga los murmullos. Del fuego emerge una enorme langosta que, envuelta en llamas, se arrastra hasta la carretera. A duras penas, Samuel es capaz de distinguir ese cuerpo amorfo. Un insecto gigantesco, del tamaño de un perro. Un puño en la garganta le corta la respiración.
—Virgen santa —dice alguien.
Uno de los policías corre hasta donde está la criatura y le apunta con el revólver. Tres disparos certeros, y todos de nuevo se quedan en silencio. La langosta se desploma. El fuego que devora los maizales crepita con mucha más fuerza. Samuel suspira y mira el cielo: la ceniza, infinita, flota sobre su cabeza.
Eran tiempos áridos. En las noches el calor se asentaba sobre San Isidro como animal cansado: un aliento bochornoso que aplastaba cualquier ánimo. Su respiración reverberaba hasta llegar a los maizales que rodeaban el pueblo, arrasando todo a su paso. Esa noche una camioneta atravesaba la carretera polvorienta que partía en dos esos maizales. Samuel iba al volante. Complexión delgada y fibrosa, camisa sucia abierta hasta el pecho, gorra deshilachada, el aliento entrecortado y los labios temblorosos. Los maizales cercados por rejas metálicas, tan inabarcables e imponentes, lo llenaban de ansiedad. Pensó en lo que había acabado de suceder: la pelea de langostas, las palabras de Marcos Medrano, el chirrido de los frenos, los gritos y el llanto de su esposa mientras golpeaba el capó de la camioneta. Pisó el acelerador y el motor dejó salir un bramido angustioso.
Más tarde la camioneta frenó y derrapó en el asfalto. Una polvareda se levantó y Samuel, con torpeza, se bajó del vehículo. Revólver y linterna en mano, machete en el cinto, mandíbula apretada. Como si fuera un rugido, el calor que atravesaba el maizal se le estrelló en el rostro, haciéndole sentir un estremecimiento.
Al sur, pudo distinguir el cúmulo de luces del pueblo. Al norte, las siluetas de las montañas recortándose contra el cielo. A su espalda, vastas llanuras ya preparadas para el cultivo. Unas farolas parpadeantes iluminaban el asfalto cuarteado de la carretera. Midió los espacios, siguió la ruta por el borde: la tierra porosa, la hierba marchita. Estaba seguro de que era el mismo lugar en donde había encontrado a la langosta moribunda. Iluminó, aquí y allá, intentando encontrar alguna seña, alguna huella, alguna pista, pero solo encontró la lata oxidada exactamente en donde la había dejado el día anterior. Un letrero enorme de pintura descascarada que rezaba SEMINA: NUESTRO CORAZÓN EN EL CAMPO.
El orificio, taponado con chamizos y ramas resecas, lo aguardaba unos pasos más allá. Tomó aire, tragó saliva y sintió un ataque de pánico. Movió todo lo que cubría el hoyo. Una vaharada de calor lo sacudió, mientras de cabeza se deslizaba dentro del túnel. Con la linterna alumbró el camino. Reconoció la sangre de la langosta: de las paredes chorreaba una mucosidad verdosa que ya se empezaba a encostrar como la esperma de una vela. Sintió la sustancia gelatinosa que se le adhería al cuerpo y pudo jurar que ese reducido espacio se lo tragaba con placer. Un presentimiento súbito: todo se le iba a venir encima, la tierra iba a aplastarlo, su historia sería sepultada.
Cuando salió al otro lado del enrejado fue como si su corazón encontrara, por fin, su ritmo natural. Respiró una honda bocanada de aire avinagrado. En ese momento se encendieron unos aspersores de agua en el maizal. Las hojas y los tallos se humedecieron. Samuel cerró los ojos. El agua perlándose en su frente, en sus párpados. Se pasó la lengua por los labios y, por un instante, se sintió aliviado.
Hilos de humo se empezaron a levantar de la tierra húmeda: casi imperceptibles, como espectros. Samuel tosió.
Un rayo de luz le partió la cabeza en dos.
El suelo de la finca parecía vibrar. Samuel, derrotado, mientras observaba la vaca y sus terneros escuálidos, pensaba en los últimos días de lluvia. No llovía, hacía mucho que no llovía: el calor se había ensañado con esas tierras que se tostaban como si ya no tuvieran dueño. Zapateó con fuerza la maleza que sin descanso crecía y asfixiaba los cultivos, y una nube de polvo se levantó a su alrededor.
Sobre su cabeza: un cielo despejado y un sol furioso, encendido. Más allá: una casa vieja levantada con ladrillos rojos y techo de latas oxidadas. Frente a ella, estacionados, una camioneta de pintura desteñida y un tractor averiado cubierto con lonas de plástico. Y bordeando la finca, el riachuelo ahora disminuido y grasiento que bajaba cargado de espumarajos. Tarzán, un perro ya viejo, con la cadera desencajada, hacía como si vigilara todo.
Samuel golpeaba la tierra con el azadón. A veces se detenía para limpiarse el rostro con un trapo sucio. Solo había polvo. A lo lejos se distinguían las distancias oceánicas de los maizales de Semina que ya empezaban a acorralarlo: cada vez más cerca, como una enfermedad.
Reconoció el sonido del jeep de Marcos Medrano, el vecino, que se detenía en la entrada de la finca. Primero se bajó Alicia, después Liliana. Marcos reinició el recorrido y agitó la mano por la ventana, y Samuel, ante ese gesto, sintió un aguijonazo de ira. Respondió el saludo con desgano, un movimiento mínimo de cabeza, y su esposa y su hija avanzaron por el sendero brillante. Alicia, con su paso torpe pero seguro, jugueteaba entre los pedruscos. Liliana apretaba una bolsa entre sus brazos. Llevaba una camisa de manga larga y cuello alto, y aun así su piel se adivinaba manchada y descolorida.
Alicia, sin dejar de brincar entre las piedras, dijo:
—Papá, ¿puedo jugar con la ternera?
—Está enferma, Alicia, déjala en paz —respondió Samuel. Liliana, el ceño fruncido, contemplaba con tristeza la vaca que le lamía las orejas a la ternera enferma. La belleza de su mujer, aunque lejana, aún lograba insinuarse, pensó Samuel. Un cuerpo alargado y consistente, aunque a veces diera la impresión de estar a punto de derrumbarse. Cabello negro, brillante y grueso, y unos ojos tristones, medio rasgados, igual de oscuros al cabello, y una piel almendrada y fina. Sobre el cuello levantado de su camisa ya se empezaba a encaramar la mancha grisácea que destellaba al sol, implacable. Los intentos de Liliana por ocultar su vergüenza no eran suficientes. Samuel se sobrecogió.
—Papá, mira, mamá me compró dulces de coco.
—¿Y le vas a dar uno a papá?
—Si me dejas jugar con la ternera.
—Ya te dije que está enferma.
—Papá…
—Ya basta —la interrumpió Liliana, la voz erosionada por el fastidio.
Alicia, la boca torcida en un puchero, se alejó y con voz queda comenzó a cantarle a unos chamizos enclenques.
—Tú reinarás, este es el grito, que ardiente exhala nuestra fe…
Liliana dijo:
—Todo está muy caro.
—¿Trajiste los antibióticos?
—¿Seguro que con esto se salva ese animal?
—Pues se va a tener que salvar.
—… pues tú dijiste reinaré. Reine Jesús por siempre…
Tarzán, como pudo, se acercó a la niña y le lamió las manos. Luego se echó a su lado. Liliana le dijo a Samuel que el cura quería que Alicia fuera la voz líder en el coro durante el cumpleaños de San Isidro. A Samuel le pareció que lo decía con ternura y eso le hizo amortiguar el calor.
—No puede salir a cantar con el mismo vestido —agregó Liliana, la cabeza inclinada hacia el frente.
—¿Por qué no?
—Porque tu hija está creciendo, Samuel, por eso. Y porque está roto, y no pienso hacerle más remiendos.
La ternura momentánea de su voz se esfumó. Liliana continuó:
—En el parque del pueblo estaban los de Semina, explicando nuevos proyectos y oportunidades de negocio con ellos. Tal vez si vendiéramos…
La frase palpitaba en sus labios. Samuel, en silencio, terminó de construir eso que ella se negaba a pronunciar. Le respondió:
—Esto es lo único que nos queda.
La voz de Alicia, sibilante, no se apagaba:
—… habrá por fin paz y bonanza, felicidad habrá doquier…
—Nos encontramos a Marcos en el pueblo y se ofreció a traernos. Nos contó que acaba de vender todo —dijo Liliana, con un afán por justificarse que no pudo disimular.
Samuel sintió un sabor amargo en el paladar. Desde que los Medrano habían empezado a vender sus propiedades, el olor amenazante de Semina se derramó en esa pequeña porción de tierra que él insistía en conservar. Además, el riachuelo que atravesaba las tierras que ahora eran de Semina, y que también pasaba por su terreno, se había convertido en una amenaza. Ya ni siquiera podía sacar agua limpia de ahí. Estaba seguro de que la ternera había bebido de la orilla.
—Bien por él.
—Mi hermana dice que podríamos trabajar en la ciudad, que necesitan…
Samuel, a la defensiva, levantó la voz:
—¿Otra vez con ese cuento?
Alicia dejó de cantar, sobresaltada por el tono de voz de su padre. Se quedaron sumidos en un silencio que solo interrumpía el murmullo lejano del calor que tostaba las tierras. Liliana por fin encaró a Samuel, mientras sus fosas nasales se dilataban.
—¿De verdad crees que vas a levantar este tierrero?
Samuel esquivó la confrontación.
—Esto es lo único que nos queda —susurró.
Alicia volvió a cantar en voz baja. Liliana se le acercó a Samuel y, con brusquedad, le estrelló la bolsa en el pecho.
—Pues esto es lo único que pude comprar. No alcanzó para el fertilizante, todo está muy caro. Alicia, vamos.
—Mamá…
—¡Vamos!
La niña se le acercó, cabizbaja, y juntas caminaron hacia la casa. Samuel las observó: los pasos cortos de Alicia; la cabeza gacha de Liliana; sus siluetas golpeadas por el sol inclemente; las sombras proyectadas en la tierra, largas y lejanas, como si ya no le pertenecieran. Entonces escuchó:
—No quiero que les vuelvas a cantar a esas matas, Alicia, ¿me entiendes?
—¿Pero entonces cómo van a crecer?
—Pues no, ya no van a crecer, nunca más van a volver a crecer.
Samuel miró en otra dirección y escupió, lleno de impotencia.
...Liliana se le acercó a Samuel y, con brusquedad, le estrelló la bolsa en el pecho.
—Pues esto es lo único que pude comprar. No alcanzó para el fertilizante, todo está muy caro. Alicia, vamos.
—Mamá…
—¡Vamos!
La niña se le acercó, cabizbaja, y juntas caminaron hacia la casa. Samuel las observó: los pasos cortos de Alicia; la cabeza gacha de Liliana; sus siluetas golpeadas por el sol inclemente; las sombras proyectadas en la tierra, largas y lejanas, como si ya no le pertenecieran. Entonces escuchó:
—No quiero que les vuelvas a cantar a esas matas, Alicia, ¿me entiendes?
—¿Pero entonces cómo van a crecer?
—Pues no, ya no van a crecer, nunca más van a volver a crecer.
Samuel miró en otra dirección y escupió, lleno de impotencia.
