Índice
- Lecciones de histeria de Colombia
- Dedicatoria
-
I. Los precolombinos
- La jai de los chibchas
- ¡Cómo brillaban los quimbayas!
- Ahí vienen los caribes
- El sexo y los indios y las indias
- Desalmados
-
II. A conquistar se dijo
- ¡Tierra colombiana!
- Puntualidad bogotana
- Jiménez de Quesada y los otros
- Belalcázar, el hombre que fundaba
- Willkommen
- Leoncico descubre el mar Pacífico
-
III. Olor a Colonia
- Chocolateando
- ¡Tan divino Andrés!
- Nos vemos allá arribita
- «Me pareció oír algo…»
- Llegan los virreyes
- Historias de piratas
- Brujas a la parrilla
- Aquí está el sabor
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IV. La independencia boba
- El preso N.º 9
- Esas sí eran guerras
- ¡Ay, qué pereza!
- Oes largas y negras partidas
-
V. Y en esas llegó Bolívar
- Un dandi agarra la espada
- «Me lleva él o me lo llevo yo»
- El as de corazones
- Papá Simón
- Campañas admirables y de las otras
- Simón y sus amigos
- De Boyacá en los campos
- Los soldados que vinieron del frío
- Barreiro empantanado
- Un almuerzo accidentado
- Ya estamos solitos
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VI. De empréstitos, constituciones y guerras civiles
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¡Que viva la República!
- Sobre héroes y tumbis
- Préstenos lo que Zea
-
Sí, sí, Colombia
- Pensar que fuimos así…
- Pilares de la nacionalidad
- Democracia intermitente
- Todo es posible en Rionegro
- El general López esgrime la paz
-
Godos y cachiporros
- La cuestión religiosa
- La cuestión educativa
- La cuestión moral
-
Guerra es guerra
- Datos generales
- Combates de guante blanco
- Crónicas de famosos guerreros
- Memorias de guerra del general. Incandescente Ramos (Anexito)
-
Sobre mi caballo, yo
- ¡Ay, te va a picá!
-
«Mascachochas»
- Querido Santo Padre
- Al paredón
-
Indios, negros, mujeres y otras bestias
- ¿A cuánto la docena de negros?
- Ave Marías
-
El gobierno del mece-mece
- Los llamaba «poemas»
- Acompañado por la Soledad
- Decretogramas
-
Bienvenido, siglo XX
- El siglo de las luces eléctricas
-
El Binomio de Piedra
- «Fijate a ver qué fue ese golpe, ve…»
-
La zanja de la discordia
- «¡Ai tuc Pánama!»
-
El Reyes que rabió
- Reyelandia, capital Reyópolis
-
¡Que viva la República!
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VII. Cambiamos para seguir igual… o peor
- Yo también tuve años veinte
- Cuadrilla de malhechores
-
La ejemonía liberal
- Lituma en Leticia
- Los mejores años del siglo
- Estrechando lazos
- Aquel terrible 9.iv.1948
-
Más violencia que en la TV
- Cuando las coca-colas bailaban
- Adiós al «Viejo pendejo»
-
Teniente supremo, jefe general
- No llores por mí, Colombia
- Coja juicio
-
VIII. Siglo antepasado, siglo pesado
- Hoy yo, mañana tú
- El pre
- Un hidalgo en Palacio
-
Amigos y amigas
- El retorno de Gurropín
- El último presidente del Frente Nacional
-
Un decenio para mascar
- El boom
- El masato caro
- Hormonado y testiculado
- ¿Sí se puede?
- El hombre que criaba problemas
-
Operación ji-ji
- El país sin puertas
- ¡Clic!
- La encartada magna
- Epílogo
- Postepílogo. Colombia bipolar
- Sobre este libro
- Sobre el autor
- Créditos
I
Los precolombinos
Los indígenas que habitaron nuestro territorio se caracterizaban porque tenían nombres de hotel: Bochica, Bachué, Sindamanoy, Nutibara, Sugamuxi… Uno, que quería ser el jefe de todos, llegó a ponerse nombre de municipio: Calarcá. Y otro se distinguió como atleta, hasta el punto de que todavía se habla del salto de Tequendama.
Hablaban dialectos muy raros. Para que se den una idea, el león que llora se decía nemocón; y crepúsculo se decía fusagasugá1. Ahora bien, nadie ha visto un león llorando, como no sea León De Greiff. Pero así eran los chibchas o muiscas, que tal era el nombre genérico de la tribu que habitaba la altiplanicie central del país. Los chibchas tenían un jefe al que le decían el zipa, y otro al que denominaban el zaque. Cuando el zaque gobernaba apoyado por un pequeño y corrupto grupo se le llamaba el zaque de banda. Pero cuando era estadista de altas miras se le conocía como el zaque de meta. Más de un zaque demostró que le importaba poco lo que pensaran sus súbditos. En ese caso lo llamaban el lenguazaque.
Aunque los dialectos primitivos de los muiscas han desaparecido casi por completo, todavía hoy es posible encontrar algunos locutores deportivos, publicistas y columnistas de prensa que hablan más enredado que ellos. ¿Han escuchado ustedes una pelea de boxeo narrada por un cienaguero? ¿Han asistido a la presentación de una campaña publicitaria? ¿Han leído ciertos análisis económicos en las páginas color salmón y color bocachico?
A diferencia de los habitantes de Detroit, los chibchas preferían la agricultura a la industria automotriz. Tenían buenas razones para ello. Por una parte, fueron los inventores de la papa criolla. Y, además, los descubridores de la chicha, para cuya fermentación resultaba indispensable cultivar el maíz. Pero como el cultivo de maíz era una labor dura, los chibchas se tomaban sus chichas cuando iban a sembrar o recoger el maíz que les permitía preparar su chicha. Muchos antropólogos murieron alcoholizados tratando de averiguar qué fue primero entre los chibchas, si la chicha para sembrar el maíz, o el maíz para preparar la chicha. En 1948 el ministro de Salud resolvió solucionar el problema prohibiendo la chicha. Y gobiernos posteriores acabaron con el maíz. Total, ya no hay chicha, ni maíz, y cada vez van quedando menos chibchas.
Los chibchas creían en extraños mitos: creían que cuando uno se muere necesita que le pongan comida para no volverse a morir de hambre en el camino hacia la otra vida; creían que un viejo de barbas había liberado las aguas del lago de la sabana de Bogotá, sin licitación pública ni comisión a la junta; creían que Nemqueteba era un hombre sabio que había llegado de un reino lejano y les había dado las leyes, les había enseñado a tejer y había creado un premio de televisión; creían que la administración de impuestos devuelve a los contribuyentes el dinero que han pagado de más.
La primera de estas creencias está macabramente documentada en el Museo Nacional, donde, en urnas selladas, herméticas y transparentes, reposan los restos de varias momias chibchas. Todas ellas aparecen acompañadas por mochilas donde hay maíz, papas, cubios, chisguas, refajo y otras delicias para un cocido eterno. No quiero aventurar ninguna hipótesis metafísica, pero desde que tenía ocho años acudo periódicamente a observar las momias del Museo y puedo asegurar dos cosas: que las raciones de las mochilas han disminuido, y que las momias se ven cada vez más saludables. ¿Tendría acaso razón el mito de los chibchas?
Pueblo pacífico, laborioso y callado, los chibchas no construyeron grandes monumentos, como los mayas; ni conquistaron naciones, como los aztecas; ni fueron duchos en astronomía, como los incas; ni se distinguieron por el trazado de sus caminos y acueductos; como los tayronas2; ni protagonizaron grandes hazañas de guerra, como los caribes. Pero dejaron a la posteridad algo que iría a marcar la historia de Colombia durante buena parte del siglo XX: el turmequé, o tejo. Sin este juego habría sido imposible la política liberal y no habrían llegado a ocupar altos destinos ciertos personajes que veremos algún día en lecciones posteriores, como Jorge Eliécer Gaitán y Julio César Turbay. Es más: posiblemente ni siquiera habrían existido. Una inquietud inevitable que surge cuando se recuerda el invento del turmequé es la siguiente: si el tejo se juega con un instrumento de hierro que hace estallar una papeleta de salitre, azufre y carbón cuando embocina, ¿por qué sostienen los antropólogos que los chibchas no conocieron la pólvora?
1 ¿Se imaginan ustedes lo que habría podido hacer un poeta con semejante palabra? «Hemos perdido aún este fusagasugá / Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas…» Penoso.
2 Los tayronas fueron maestros en acoplarse con la naturaleza: sus casas, senderos y templos parecían diseñados por un arquitecto paisajista japonés. Hasta tal punto llegaron a compenetrarse con el medio ambiente que una vez levantaron una ciudad en lo alto de la Sierra Nevada y esta ciudad —construida en piedra y madera— se mimetizó por completo dentro del bosque. Una tarde los tayronas no la encontraron, aunque la buscaron con desesperación el cacique y los indios; tuvieron que irse a vivir al Parque Tayrona. La ciudad solo volvió a aparecer, gracias a los datos que le dio un pájaro carpintero al Instituto Colombiano de Antropología, quinientos años después. Mientras tanto, los tayronas habían desaparecido del todo y el Parque estaba invadido por colonos.
La jai de los chibchas
Los caribes, como veremos más adelante, eran aborígenes corajudos y valientes que habitaban el litoral atlántico y muchas regiones interiores de tierra caliente. Pero los chibchas los consideraban lobísimos. Más de una vez en el Muequetá Country Club les echaron bola negra a caciques y cacicas caribes muy distinguidos, como Matarap, que arrastró al navegante español Juan de la Cosa y luego le cortó la cabeza, aunque según algunas versiones el orden fue el opuesto; Tiripí, que derrotó al conquistador español Alonso de Ojeda; y Tamalameque, que se enfrentó a conquistadores alemanes, sin hablar el idioma3.
—Muy valientes y distinguidos —dicen que dijo Saguanmanchica, a la sazón presidente del club—: pero caribes.
Los chibchas tenían una palabra para designar al extranjero: atarvaán. Eso eran para ellos los caribes. Y es porque no se sabe bien de dónde salieron los caribes. En cambio, los chibchas tenían muy claro su árbol genealógico. Todos decían descender de Nemqueteba (los mayores lo llamaban «taita» y los más jóvenes «tatarataita», como si fuera una canción militar); todos eran primos segundos de Bochica y Bachué; y todos sabían que Saguanmanchica había sido el más antiguo de los zipas; que Nemequene, su sobrino, había sucedido a Saguanmanchica en el poder, y que Tisquesusa era el sucesor de Nemequene4. No era extraño que dos chibchas se encontraran cuando iban a comprar sal a Zipaquirá y se produjera entre ellos un diálogo como este:
—¿Tú de cuáles Tisquesusas eres?
—De los Tisquesusas de Nemequene.
—Pues yo soy de los Tisquesusas de Saguanmanchica.
—A ver: si tú eres de los Tisquesusas de Saguanmanchica y yo soy de los Tisquesusas de Nemequene, ¿entonces tú y yo qué vendríamos siendo?
Como se indicó atrás, los chibchas que habitaban lo que hoy es Cundinamarca estaban gobernados por el zipa; y los de Boyacá por el zaque. El zaque se caracterizaba porque tenía himno propio, que le había compuesto uno de los Vargas Rubiano. El último de los zaques fue Quemuenchatocha y el penúltimo de los zipas fue Nemequene. Sus curiosos nombres se han prestado para que poetas sin imaginación hagan con ellos coplas soeces y ordinarias. Para que vean ustedes las ironías de la vida, uno de esos poetastros era de apellido Angulo!
3 Tal vez por eso Tamalameque fue estrepitosamente derrotado en 1531 por el alemán Ambrosio Alfinger. Algunos historiadores locales dicen que logró sacarle un empate. Otros hablan de una victoria moral. La verdad pura es que ganó Alfinger. Dos años después mataron a Alfinger de un flechazo en Chinácota. Ya había empezado la violencia en el deporte.
4 Desde tan lejana época proviene la colombianísima costumbre de que los políticos dejen un heredero de su familia en el gobierno. Si Nemequene no tuvo noticiero de televisión fue porque en tiempos de los chibchas no había televisión.
¡Cómo brillaban los quimbayas!
Como no salían a tomar tintico ni les tocaba viajar al trabajo en buseta, los pueblos precolombinos eran laboriosos. Los chibchas tejían mantas; los pastos moldeaban chorotes; los arhuacos fabricaban mochilas para hippies y antropólogos; y los andaquíes esculpieron toda una disneylandia de piedra en San Agustín (Huila). Pero los que fueron verdaderamente admirables eran los quimbayas, unas fieras para moldear el oro. Los quimbayas vivían en Armenia, aunque rumbeaban en Cali. Había varias tribus orfebres entre las precolombianas; pero los que eran medalla de oro en oro era los quimbayas. Hacían toda clase de figuras: muñecos sentados en bancos, muñecas de pie, muñecos con muñecas, muñecos con adornos en las muñecas, muñecos que eran muñecos por un lado y muñecas por el otro, e incluso una máscara de muñeco tan realista que era toda hecha de oro y en los dientes de oro tenía calzas de oro.
Fabricaron, además, prendedores de oro, cascos de oro, copas de oro, jarras de oro, narigueras de oro, coronas de oro, orejeras de oro, cascabeles de oro, collares de oro y botones de oro. Si no fabricaron cremalleras de oro es porque los indios no usaban pantalones. Hoy en día, para ver tanto oro junto, hay que ir a una piscina en Miami Beach o ver bailar a ciertos personajes en las discotecas que quedan en el camino a La Calera.
El Tesoro Quimbaya, una pequeña muestra del catálogo de los quimbayas, es la más espectacular colección de oro de las Américas. Pero tuvimos mala suerte. En 1892 era presidente de Colombia don Carlos Holguín, que tenía un corazón de oro y se puso a pensar qué regalo podía darle a la reina de España, que era una mujer de oro, para agradecerle un arbitraje en un pleito con Venezuela. Y no se le ocurrió mejor detallito que darle oro. Fue así como el único oro que los españoles no se habían llevado de América, el Tesoro Quimbaya, se lo entregó el buen don Carlos sin preguntarle nada al Congreso, nada al país y, por supuesto, nada a los quimbayas.
Y esa vez ni siquiera nos regalaron espejitos.
Pero dejemos tan doloroso episodio y sigamos con la próxima lección, que nos conduce a manos de una de las tribus más cheveronas del país, eche no joda…
Ahí vienen los caribes
Los caribes fueron lo opuesto de los chibchas. Se distinguieron como feroces guerreros y conquistadores. Aunque procedían de la costa Atlántica —llamada costa Caribe por razones que aún no han podido esclarecerse—, penetraron hasta el interior del país a fuerza de cerbatana, hacha, maza, arco, flechas, bate de béisbol, guante de boxeo y otras armas que resultaban muy modernas para su tiempo. La conquista fue fácil. Mientras los chibchas sembraban cereales, los caribes sembraban pánico. Mientras los chibchas mataban el tiempo, los caribes mataban a los chibchas. Fue así como llegaron hasta las estribaciones de los Andes. No subieron hasta el altiplano por dos razones: primero, no se sentían invitados; y, segundo, les daba pavor el frío. Pero les bastaba con haber diseminado su semilla guerrera por los valles tropicales del interior. Era, al fin y al cabo, la única semilla que conocían.
Se atribuye origen caribe a algunos bravos pueblos del interior o kachakos, como se dice en lengua tayrona. Por ejemplo, los pijaos, que habitaron parte del Tolima, y los panches, que habitaron otras partes de otras partes. Sobre el origen del nombre de los pijaos la Academia de Historia de Buenos Aires ha divulgado una teoría bastante vulgar que fue desmentida por las mujeres de la tribu. En cuanto a los panches, eran tan fieros como la fama que los acompaña. Se sabe, por ejemplo, que alguna vez se produjo un desafío tribal entre los sutagaos y los panches en tierras de Sumapaz. Al campo de batalla se presentaron los panches con sus espantables atavíos, gritos y pinturas de guerra; sus rivales, no bien los vieron, salieron corriendo, sutagaos del susto.
¿Fueron caníbales los caribes? Esta pregunta merece una prudente consideración. Conviene advertir, ante todo, que los caribes no fueron una sola tribu, sino una especie de confederación de tribus de tierra caliente. Un antropólogo alemán ha llegado a señalar que el nombre de caribe no es más que la sigla correspondiente al Consejo Americano de Reuniones Indígenas Básicas Extraordinarias. Digamos, para no meternos en honduras —porque hasta allá llegaron algunos de estos indios en plan de pelea y de préstame unos pesos, hermano—, que los caribes eran, antes que una tribu, un talante. Un mal talante. Pero, volviendo a nuestra pregunta inicial, ¿eran caníbales los caribes? No hubo un solo caribe que lo reconociera, ni siquiera cuando consumían empanadas rellenas con un picadillo en el cual se han encontrado, sospechosamente, trozos de anteojos, dedos pulgares y retazos de boina vasca.
Consta en los relatos de fray John Jairo de Jadraque el siguiente diálogo que se produjo cuando don Nuño de Jerez, uno de los primeros conquistadores, se sentó a tomarse un café y fumarse un puro con el jefe caribe Chiquichá:
—Decidme, ilustre cacique, ¿sois vosotros caníbales? —preguntó don Nuño de Jerez.
—Compañero —respondió Chiquichá levantando el dedo índice en forma admonitoria y pedagógica—: no nos gusta que nos llamen caníbales. Vemos en este término un tratamiento discriminatorio, vejatorio y peyorativo que revela la típica alineación racista del pequeñoburgués. Nosotros, compañero, nos autodenominamos antropófagos. Es como más serio.
—Vaya, se necesita tener riñones para hacer lo que hacéis —dijo don Nuño de Jerez repugnado.
—Me ha dado una buena idea, compañero —replicó Chiquichá, e hizo una seña determinante a sus bravos guerreros guardaespaldas.
Dice fray John Jairo que esa tarde la tribu comió por primera vez riñones al Jerez.
Los pijaos sí eran sumamente caníbales: no solo se comían entre sí, sino que se comieron la d de sus antepasaos. De los sutagaos, ni hablemos.
En síntesis: algunos caribes eran caníbales y algunos caníbales eran caribes5. Pero ni todos los caribes eran caníbales ni todos los caníbales eran caribes. Incluso hay que presumir que no todos los caníbales eran caníbales —nunca falta un vegetariano que se tire la reunión de familia—, ni todos los caribes eran caribes, porque se sabe que en la costa Atlántica hay familias libanesas muy ilustres desde antes de que llegaran los descubridores españoles.
Lo que hay que entender es que el canibalismo no fue una costumbre arraigada, sino una moda que a veces estaba in y a veces out. Para no ir muy lejos, los cronistas posteriores al descubrimiento de América mencionan varios episodios en que los españoles se almorzaron a sus compatriotas. Así ocurrió con los expedicionarios de Alvar Núñez Cabeza de Vaca y Diego de Nicuesa6. Las cosas empezaban con «déjame darte un mordisquito, hombre, que llevo tres días sin comer», y acababan con que los más rudos hacían sancocho con los más tiernos. Entendámoslo: lo contrario habría sido ilógico.
Para poner fin a este capítulo que puede molestar a algunos espíritus sensibles —pero que fascina a la mayoría de los lectores, no nos engañemos—, conviene decir que el canibalismo fue a veces una moda generalizada que no respetaba sexo, nacionalidad, religión, sabor ni sazón. En este sentido, fue la negación del racismo: los indios se comían a los españoles, y los españoles hacían lo mismo con las indias. Lo cual nos conduce a la siguiente lección.
5 Se habla incluso de algunos caníbales en causa propia. El bolero caribe «Sabor a mí» parece demostrarlo.
6 Es comprensible que un tipo que lleva una Cabeza de Vaca en el apellido suscite obvios apetitos entre gentes que no prueban bocado desde hace semanas. Pero ¿por qué Nicuesa, que era un sujeto tan desabrido?
El sexo y los indios y las indias
Revela Pascual de Andagoya en sus memorias sobre la conquista del litoral pacífico colombiano que, en cierta playa que visitó, «los hombres traían sus naturas metidas en unos caracoles de la mar». Esto demuestra que los indígenas americanos tenían sexo antes de que llegaran los españoles: no habrían usado semejante calzoncillo de nácar para oír mejor el rumor del mar… También lo comprueba el hecho de que en 1492 había entre treinta y sesenta millones de habitantes en el continente. De alguna parte habían salido, ¿o no?
Si en algo están de acuerdo los historiadores es en que la vida sexual era mucho más libre y más sabrosa en América antes de que llegara el blanco con sus disciplinas y recatos. Las costumbres variaban de tribu en tribu. Pero era muy frecuente que en las tierras cálidas todos los habitantes anduviesen en un primitivo bikini llamado taparrabo o, incluso, sin bikini ni nada, como ahora sucede en la costa Azul francesa. También eran frecuentes la poligamia —que es un hombre con varias esposas—, la poliandria —que es una mujer con varios maridos— y la policía, que es la que suele llegar cuando un hombre tiene varias esposas o una mujer varios maridos. En algunas tribus era bien visto el homosexualismo. Pedro Cieza de León cuenta que en el Perú descubrió hombres que se casaban con otros hombres; los «amarionados» usaban atuendos exóticos, eran más fuertes que los otros varones y soportaban cargas mayores. Por lo narrado se cree que, en vez de agarrar hacia el sur y descubrir el Perú, Cieza se equivocó, subió hacia el norte y descubrió San Francisco.
El caso es que en tiempos precolombinos existía mucha naturalidad y libertad para que cada quien lo hiciese a su gusto. Cuando llegaron los españoles, consideraron que estas prácticas —sobre todo la que llamaban «el pecado nefando contra natura»— eran la negación de la civilización y las buenas costumbres y empezaron a echarles los perros a los indios que practicaban el homosexualismo: los perros perseguían a los indios, los destrozaban a dentelladas y devoraban los pedazos sangrantes: a ver si esto podía ser más civilizado y costumbre más recomendable que lo que hacían los indios encaramados en su hamaca y sin molestar a nadie.
Poca atención se ha prestado a la capacidad amatoria de los indios precolombinos. Es por eso que ciertos historiadores creen que el sexo llegó aquí con los españoles; otros, más escépticos, afirman que lo trajo el poeta ruso Eugenio Evtuchenko en 1968, quien, según dicen, hizo hasta para vender.
Los pocos testimonios que existen sobre el sexo en tiempos de los aborígenes deparan más de una sorpresa. De acuerdo con el cronista Francisco López de Gómara, Moctezuma, el gran cacao de los aztecas, tenía «tres mil entre señoras y criadas y esclavas»; de las señoras tomaba para sí las que bien le parecía; las otras daba por mujeres a sus criados y a otros caballeros y señores; y dicen que hubo vez en que tuvo 150 preñadas a un tiempo». En México, pues, había que ser amigo de Moctezuma.
Pero en el Perú el hombre de las galletas era Atahualpa. Según López de Gómara, cuando Pizarro y sus hombres llegaron a la corte inca de Cajamarca y visitaron los aposentos y el baño de Atahualpa, «hallaron cinco mil mujeres que, aunque tristes y desamparadas, se divirtieron con los cristianos».
Moctezuma era tipo de tres mil señoras, y Atahualpa —a quien seguramente llamaban Atahualpapito—, de cinco mil. ¿No había, acaso, algún cacique de mandarria que sacara la cara por nuestro país? ¿Un pijao de quinientas novias, un calamarí de doscientas, un motilón de cien, aunque sea un pasca de cinco señoras o un ubaté bígamo? Al parecer, no. Nuestros predecesores no figuran en los libros como autores de grandes hazañas sexuales. Digamos que eran libres, pero un poco aburridos en estas materias. Como dicen que son los tunjanos. Fue preciso esperar hasta los años sesenta, cuando aparecieron la píldora y la minifalda y se fundaron los primeros moteles, para que los tristes herederos de Tisquesusa empezaran a descontarles terreno a Atahualpa y a Moctezuma. Y ahí van…
Desalmados
¿Tenían alma los indios? Esta fue la gran pregunta teológica que acompañó los primeros contactos con los nativos americanos. En las universidades europeas la cuestión era objeto de polémicas, pero los soldados eran más prácticos:
—¿Alma? No sé si tengan. Pero oro sí.
Mientras los misioneros evangelizadores reflexionaban sobre estos asuntos, muchos de sus compañeros de viaje se portaban como verdaderos desalmados. En Norteamérica, por ejemplo, borraron a los indios del mapa sin preguntarse siquiera si tenían alma. Dejaron apenas a dos vivos para las películas de Hollywood.
El inconveniente del alma es que desde entonces ya era invisible. Por eso algunos atribuyen la leyenda de Eldorado a creencias según las cuales el polvo de oro —no confundir con referencias al capítulo o lección inmediatamente anterior— tenía la virtud de hacer el alma aparente ante los dioses. El lago de Guatavita era, pues, una especie de centro de radiografías.
Se cuenta, a propósito, la historia de la primera expedición que pisó la sabana de Bogotá, la de Jiménez de Quesada, en la cual viajaba el padre De las Casas. El cura dudaba de que estos indios, aunque parecían simpáticos, tuviesen alma. Y Dios le dio una lección. Divagando por el campo se topó de golpe con un indio aterrorizado que, no bien lo vio, cayó de rodillas y empezó a murmurar algo mirando al cielo. El padre anotó lo que decía el indio, que era:
«Chipaba Cielon masusa: umhica umchienuza mue umquicaz chie chi muishuca muchue choe agucca ciclon ancuisea nue siscuican necuiza. Suaspuinuca, chihum, ba chihucunu chie chighuin achubia aguezac chibgascua nuc mue umghium chichubia aquezae mahaia. Pecado ca chibenau cui hichaca. Chie u umtazigna guahaicaz chichas asunsaque chi choe macuisa».
De las Casas, maravillado, dijo «amén», pues acababa de reconocer el padrenuestro: el indio no solo tenía alma, sino que la tenía talla large.
II
A conquistar
se dijo
Fue elocuente lo que escribió Cristóbal Colón en su diario de a bordo aquel histórico 12 de octubre de 1492: nada. Absolutamente nada. Ni una línea. Hay notas el 11 de octubre, jueves, y el 13, sábado. Pero a Colón, que desde el 6 de septiembre no cesaba de anotar cuanta pendejada le pasaba en el viaje (que vieron atunes, que mataron a uno en La Niña, que los de La Pinta vieron volar un alcatraz, que en La Santamaría divisaron una ballena), se le olvidó llenar la página correspondiente al 12 de octubre. Por eso lo que ocurrió el viernes 12 aparece reseñado el jueves 11, cosa que ya resulta algo sospechosa y merecedora de la consabida investigación exhaustiva. A lo mejor algún tinterillo demanda el Diario de Colón, y la Corte Constitucional lo deroga y el Descubrimiento queda sin vigencia y se caen las estructuras heredadas de la conquista española. Si ello llegara a pasar, aconsejo a los socios del Jockey y del Gun que vayan pidiendo sus gabardinas y se vayan marchando, porque los descendientes de los chibchas, que aparecen en las nóminas de meseros, se van a quedar con el club.
Pero estas son divagaciones. La historia es como es y va a ser difícil cambiarla.
El caso es que el jueves 11 de octubre Colón cuenta7 que llegaron a una isla llamada «en lengua de indios» Guanahaní, y que vieron gente desnuda y árboles muy verdes y muchas frutas. El Almirante desembarcó en compañía de los hermanos Pinzón y sacó una bandera real. Los capitanes levantaron banderas verdes y todos se arrodillaron. Los indígenas los miraban con bastante curiosidad. Algunos llegaron a creer que habían llegado los marcianos. Pero vino entonces el grave error de Colón: a pesar de que la isla ya tenía dueños —aunque estuvieran empelotos: en las playas del Rodadero también andan las gentes medio desnudas y eso no les quita su condición de propietarios de apartamentos—, le dio a Colón por quedarse con el Nuevo Continente. Sin más vainas, llamó a sus capitanes y al escribano o abogado Rodrigo de Escobedo y les dijo «que ante todos tomaba, como de hecho tomó, posesión de dicha Isla por el Rey y la Reina, sus señores». Fue un mal comienzo. Imagínense que hubiera sido al contrario: que unos indios caribes se hubieran extraviado en su canoa antes de 1492 y hubieran durado dos meses navegando y comiendo atún y cosas de esas y hubieran llegado a España y tomado posesión de Sevilla a nombre del cacique Careta.
—¡Os mandáis tortilla! —les habría dicho el alcalde local antes de llamar a la policía, denunciarlos ante el comisario más próximo por intento de apropiación indebida, y al final encerrarlos por locos.
Pues bien: los guanahaníes se pusieron con contemplaciones. Y en vez de hacer lo que habría hecho el alcalde de Sevilla, cayeron en la trampa de comprarles espejitos a los españoles y ofrecerles sus mujeres y regalarles el oro que tenían ahorrado para comprarse un bohío a plazos. Cuando se dieron cuenta, pocos años después, ya los visitantes se habían apoderado de todo, les habían enseñado malas mañas a las mujeres —jugar al mus, tocar castañuelas, comer paella— y, en algunos casos, utilizaban para ello la fuerza bruta. Arrasaban a los aborígenes con unos extraños animales que los indios no vacilaron en catalogar como mamíferos del orden de los perisodáctilos, solípedos, de cuello y cola poblados de cerdas largas y abundantes que se domestican fácilmente y son de lo más útiles al hombre. Y les atinaban con truenos mortíferos que, tentativamente, definieron los primitivos americanos como armas antiguas de fuego, con cañón de hierro y caja de madera, semejantes al fusil, que se disparaban prendiendo la pólvora del tiro mediante una mecha móvil puesta en la misma arma. Muy pronto los indígenas averiguaron que a los animales atrás descritos los montaban los caballeros y las armas mencionadas las disparaban los arcabuceros.
El relato de Colón a lo largo de los cuatro viajes que realizó a las Indias Occidentales por cuenta de la corona española es bien conocido8. Fue repetido hasta la saciedad durante el Quinto Centenario, razón por la cual no es preciso explayarnos aquí en detalles triviales como el descubrimiento de América. Lo que resulta interesante, en cambio, es divulgar la versión de los indios que estaban en la playa de Guanahaní en el momento exacto en que desembarcaron los españoles. Estos son algunos testimonios recogidos por nuestros corresponsales:
«Yo vi que llegaba un poco de gente barbada, ¿me entiende?, y un tipo de pelo largo, haga de cuenta el peinado de Gloria Gaitán, ¿me entiende?, al que todos le decían Almirante y era como el jefe de todos, ¿sí?» (un bañista del interior que se asoleaba en la playa).
«Esa vaina eran como treinta o cuarenta manes forrados en gabardinas de acero, llave, y llevaban banderas, como si fueran a un partido del Junior. Vinieron, dijeron unas vainas raras y recibían regalos como si se hubiera anticipado dos meses la Navidad, llave…» (un vendedor de gafas de sol).
«Yo no vi nada, yo estaba ocupada en ese momento, señor. Si hubo muertos o heridos, yo no sé nada. Mejor camine para la casa, mija» (una señora de edad, atemorizada, a su hija).
«Eso pasó de todo, maestro. Esa gentecita vino de lo más bacana a echar su carreta pero nadie les comió el cuento, ¿cierto? Entonces me pareció que la vaina se podía poner recia y me pisé. Es todo lo que puedo decirle. Pero creo que hubo descubrimiento y cosas solladísimas» (Un joven de pelo largo y mochila que estaba vendiendo pequeñas artesanías de cuero).
«Nonononó, si eso pasó hasta para vender, oiga. Tipos con machetes y espadas que se bajaban de los barcos y agarraban a esos indios y dele a quitarles las narigueras de oro, y esos indios berracos, hombre, y dígales vainas y los otros boca cerrada, hermano. Mejor dicho, no se entendían y eso fue lo que los jodió: les salieron vivos los barbudos, ¿me copia?» (un hombre que pasaba en un jeep cabinado).
