MARX, DOSCIENTOS AÑOS DESPUÉS...
El 5 de mayo de 1818 nació en la ciudad renana de Tréveris el pensador revolucionario más influyente de los tiempos modernos, Karl Marx. Quien fuese el tercer hijo de una importante familia judío-alemana estaba destinado a transformarse en el gran profeta del comunismo y sus ideas inspirarían incontables movimientos políticos que, con sus éxitos y fracasos, marcaron de manera indeleble la historia reciente. Cuando se celebró el primer centenario de su nacimiento, sus seguidores ya habían conquistado el poder en los extensos territorios del antiguo imperio ruso, y cuando se celebró el aniversario ciento cincuenta de su natalicio, los regímenes marxistas dominaban una tercera parte de la humanidad. Esta extraordinaria carrera ascendente escondía, sin embargo, la semilla de su espectacular caída durante las décadas finales del siglo XX: a pesar de los fulgurantes triunfos de sus discípulos, el reino paradisíaco augurado por el filósofo alemán no aparecía por ningún lugar. El mundo feliz tardaba en llegar y, en su lugar, se instauraron Estados de una brutalidad pocas veces vista. En vez de la emancipación total, surgió el totalitarismo.
Las conmemoraciones por los doscientos años del nacimiento de Marx tuvieron, por ello, un telón de fondo muy distinto de aquellas exuberantes manifestaciones de confianza que eran habituales en este tipo de celebraciones durante la época precedente a la caída del Muro de Berlín. En el presente, y exceptuando a los creyentes que aún quedan, lo que marca el tono es un debate mucho más sobrio y situado sobre una pregunta ineludible: ¿Cómo explicar la enorme fuerza de atracción que las ideas de Marx ejercieron durante tanto tiempo en los más diversos tipos de sociedades y contextos culturales?
Para la gran mayoría de sus seguidores la respuesta a esta pregunta es simple: el poder de las ideas de Marx reside en su carácter científico o, como lo expresó Lenin, «la doctrina de Marx es todopoderosa porque es exacta».1 Desde esta perspectiva, el marxismo surge de largos años de estudio y reflexión gracias a los cuales Marx fue descubriendo aquellas «leyes de la historia» que explicaban su devenir así como el advenimiento inexorable de la sociedad comunista. De estas acuciosas investigaciones habría surgido el «socialismo científico», como lo llamó Engels, y una visión del mundo que nada tenía de antojadiza ni voluntarista. Era, simplemente, la expresión de las fuerzas que rigen la evolución de la humanidad finalmente entendidas gracias a las concepciones de Marx. Friedrich Engels, su gran amigo y compañero, lo sintetizó de la siguiente manera en su discurso fúnebre ante la tumba de Marx: «Así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana».2
Sin embargo, esta manera de entender la formación de las ideas fuerza del paradigma marxista no tiene ningún asidero. El estudio de los momentos formativos de la biografía intelectual de Marx nos ofrece una visión completamente distinta acerca de la génesis de sus ideas y nos permite comprender, asimismo, las verdaderas raíces de su enorme fuerza, que poco o nada tienen que ver con la ciencia y mucho con una búsqueda existencial que no es nueva pero que se actualiza con la irrupción desgarradora de la modernidad.
Desde este punto de vista, la gran fuerza de atracción del marxismo residiría en su capacidad de dar una respuesta seductora, coherente y optimista a las preguntas esenciales del hombre moderno, en satisfacer lo que podríamos llamar sus «necesidades metafísicas», es decir, las de encontrar un sentido y un destino a su existencia, de darle un contexto a su vida que trascendiera lo efímero y limitado de su individualidad. Marx construyó un poderoso sistema que, en una totalización orientada hacia la acción, hizo confluir las antiguas expectativas mesiánicas de la tradición occidental con los grandes problemas y ansiedades nacidas en el seno mismo de la nueva sociedad industrial, capitalista y moderna que despuntaba en su época. Su voz fue la de un profeta y su deslumbrante promesa acerca de la necesaria instauración de un reino celestial en la Tierra fue irresistible para muchos.
El trabajo que el lector tiene en sus manos es producto de una larga reflexión de alguien que creyó plenamente en la promesa mesiánica y estuvo dispuesto a jugarse la vida por su realización pero que, con el tiempo, empezó a entender los peligros que escondía y por qué han surgido, en vez de un paraíso prometido, un sinnúmero de infiernos terrenales.
El origen de este libro se remonta a la primera mitad de los años ochenta, y su primera versión formó parte de una tesis más amplia que, bajo el título de Renovatio Mundi, presenté en 1985 para optar al grado de doctor de la Universidad de Lund (Suecia).3 El tema no ha dejado posteriormente de apasionarme y por ello fui reelaborando y ampliando mi trabajo,4 fuera de preparar una versión en español del mismo que es la que ahora se publica cuando ya se han cumplido doscientos años del nacimiento de Marx.
Mauricio Rojas
Lund, febrero de 2019
INTRODUCCIÓN. CAMINO AL COMUNISMO
En el prólogo a La situación de la clase obrera en Inglaterra,fechado el 15 de marzo de 1845, el joven Friedrich Engels escribió algunas palabras dignas de atención acerca del surgimiento del pensamiento comunista en Alemania:
El socialismo y el comunismo alemanes han partido, más que ningún otro, de supuestos teóricos; nosotros, los teóricos alemanes, aún sabíamos demasiado poco del mundo real como para que las condiciones reales nos hubiesen impulsado directamente hacia reformas de esa «mala realidad». En todo caso, prácticamente ninguna de las figuras más reconocidas que luchan por tales reformas ha llegado al comunismo de otra manera que no sea mediante la disolución llevada a cabo por Feuerbach de la especulación hegeliana.1
Cuando Engels habla de «las figuras más reconocidas» tiene en mente a un pequeño grupo de jóvenes seguidores de la filosofía de Hegel que, junto a él, habían evolucionado recientemente hacia el comunismo. Entre ellos estaba Karl Marx, a quien encontró en París algunos meses antes y con el que había congeniado profundamente, además de descubrir una gran similitud entre sus respectivas formas de pensar.2
El pasaje recién citado resume ideas que Engels había expuesto, con mayor detalle, en un artículo publicado ya en noviembre de 1843 en el semanario del Movimiento Cartista inglés, The New Moral World. El artículo, cuyo título era «El progreso de la reforma social en el continente», contenía una descripción comparativa de los caminos que las ideas comunistas estaban siguiendo en diversos países europeos. Inglaterra, Francia y Alemania representaban, según Engels, tres modelos paradigmáticos. Los ingleses eran exponentes de la vía pragmático-económica, los franceses de la vía política y los alemanes de la filosófica. En cuanto a esta última, Engels expone algunas tesis que vale la pena analizar.
Según su punto de vista, los alemanes habían llegado al comunismo reflexionando sobre los fundamentos mismos del pensamiento filosófico o, como él dice, «los alemanes se hicieron comunistas filosóficamente, razonando sobre los primeros principios».3 La conclusión a la que Engels arribó sobre el comunismo es que este no era sino la «consecuencia necesaria» de todo aquel desarrollo filosófico que tuviera su punto de arranque en la obra de Kant y su culminación en la de Hegel. Por ello es que se puede decir, según el razonamiento de Engels, que el comunismo no es sino el hijo legítimo de la filosofía alemana y que los alemanes se encuentran ante el dilema de «o bien renegar de sus grandes filósofos, cuyos nombres son el orgullo y la gloria de la nación, o bien adoptar el comunismo».4
En su artículo, Engels habla con entusiasmo sobre el «partido filosófico» que, a su juicio, estaba llevando adelante la causa comunista en Alemania:
Tan temprano como en el otoño de 1842 plantearon algunos dentro del partido que el mero cambio político era insuficiente y pusieron de manifiesto su opinión de que una revolución social basada en la propiedad colectiva era la única condición humana que estaba en coincidencia con sus principios abstractos.5
Los defensores iniciales de esta posición radical eran Moses Hess y el mismo Engels, pero ya en 1843 se les unieron otros jóvenes filósofos, entre ellos, Marx.
Lo interesante de los planteamientos del joven Engels reside en que enuncia, por primera vez, lo que con el tiempo llegaría a ser una de las interpretaciones más influyentes acerca de los orígenes y la naturaleza del marxismo al poner acento en la tradición y en el medio ambiente filosófico en el cual Marx se formó. Esta variante interpretativa no es, sin embargo, homogénea y ha llevado a conclusiones completamente contrapuestas.Para algunos, esta vía filosófica es condición de la genialidad del marxismo,6 mientras que para otros —entre los cuales me inscribo— es la clave para constatar, más bien, sus problemas.7
Más allá de estas diferencias, todos los exponentes parten del postulado de que el comunismo de Marx no surge de largos estudios científicos ni de investigaciones empíricas sobre la realidad de la nueva sociedad industrial, sino de una reelaboración filosófico-especulativa de los temas fundamentales de la filosofía alemana en general y de la de Hegel en particular. Es por ello que para comprender la estructura y el sentido más profundo de las ideas de Marx, es necesario compenetrarse con la problemática filosófica a partir de la cual los jóvenes alemanes de la generación de Marx y Engels interpretaron el mundo.
Esta perspectiva difiere diametralmente de las interpretaciones del pensamiento de Marx que lograron difusión durante las décadas de 1960 y 1970. Estas se esforzaron, más bien, por desligar el pensamiento de Marx no solo de Hegel sino de toda aquella herencia de creencias religiosas e ideas filosóficas que, durante siglos, formaron el eje central de la cult
