Aullidos en el viento

Isabel De Estrada

Fragmento

Corporativa

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Para todas las mujeres y los hombres que dedican su vida a intentar detener el sufrimiento de los miles de animales abandonados, maltratados, ignorados, de nuestro país.

© Lucio Bochi

© Clara de Estrada

Introducción

Crecí en una familia de campo, una familia tradicional para la cual los animales habían sido creados al servicio del hombre. Los perros cuidaban la casa, trabajaban con la hacienda o satisfacían los juegos de los niños y se adaptaban a quien les tocara en suerte. Sin embargo, cada noche, mis amigos los animales adquirían otra entidad.

Una y otra vez la dulce voz de mi madre daba vida a las páginas de El libro de la selva, a los cuentos de los hermanos Grimm, de Andersen o de Quiroga y nos deleitaba con las canciones de María Elena Walsh en las que las tortugas iban a la peluquería, los gatos usaban galera y las vacas estudiaban en la escuela. Pero en el mundo real, las vacas iban a parar al matadero, los monos pasaban sus vidas en jaulas con el único objetivo de entretener a la gente y a los perros de la calle se los llevaba la perrera y nunca más volvíamos a saber de ellos.

Durante los largos veranos en el campo familiar, al sur de la provincia de Buenos Aires, sobre la playa, rescatábamos pingüinos, delfines y lobos marinos que llegaban a la costa impregnados de alquitrán o enfermos en su camino hacia la Patagonia.

A lo largo del tiempo crié avestruces, zorrinos, liebres, palomas, gatos, perros y ovejas, cualquiera que se encontrara en dificultad.

Más tarde, quise ser veterinaria; pero durante mucho tiempo la vida me llevó hacia otros horizontes y durante veinte años trabajé como periodista de arquitectura, arte y decoración. Contaba las bellezas ocultas de mi país y viajaba incansablemente.

Llegó un día en el que una dolorosa ruptura de amor me hizo tomar otros rumbos y me retiré al campo en soledad, a lamer mis heridas, como tantas veces lo había visto hacer en el reino animal.

En mis recorridos por la provincia de Buenos Aires, veía animales desesperados, desgarrando bolsas de basura, madres hambrientas a la caza de alimento para sus cachorros, cuzcos extraviados, enfermos, y cadáveres tirados a los costados de las rutas. Ante los casos más desesperantes, detener el auto se convirtió para mí en una costumbre. Veía subir a un ser asustado que, entre la desconfianza y la esperanza, se entregaba a su nuevo destino. Con cuidado y tranquilidad en poco tiempo recuperaba la alegría y las ganas de vivir. El agradecimiento me emocionaba. Intentaba imaginar las historias detrás de esas heridas y, ante mi asombro, casi siempre hallé un error humano.

Me acerqué entonces al refugio de perros del pueblo más cercano a donde vivía, en el partido de Luján. Una vez a la semana, limpiaba caniles, recibía animales moribundos y ayudaba en lo que podía. Pero a pesar del esfuerzo cotidiano de un puñado de mujeres, poco cambiaba la realidad de esos seres sufrientes, desesperados, atrapados en un sistema precario al que nadie daba demasiada importancia.

Descubrí que, en cada rincón de nuestro país sucedía algo parecido y que muchos corazones y esfuerzos individuales hacían lo imposible por salvarlos.

Pedí ayuda. Me informé acerca de lo que hacían en otros países y, a partir de ese momento, supe que quería cambiar esa realidad, la de mis amigos de la infancia. Creé Fundación Zorba con el objetivo de ayudarlos y desenmascarar el mundo clandestino de las carreras de galgos. En el camino compartí momentos felices y tristes con familiares, voluntarios o compañeros esporádicos.

Estas historias son solo algunas de las que atesoré durante todos estos años, entre los cientos de animales que se cruzaron en mi camino o yo en el de ellos. Y con cada silueta que recuperó sus formas, en cada mirada de ojos tristes, encendida, con los saltos, ladridos y lengüetazos, mis heridas fueron cicatrizando y encontré yo

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