Índice
Los años perdidos
Agradecimientos
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Capítulo 65
Capítulo 66
Capítulo 67
Capítulo 68
Capítulo 69
Capítulo 70
Capítulo 71
Capítulo 72
Capítulo 73
Capítulo 74
Capítulo 75
Capítulo 76
Capítulo 77
Capítulo 78
Capítulo 79
Capítulo 80
Capítulo 81
Capítulo 82
Capítulo 83
Capítulo 84
Epílogo
Biografía
Créditos
Acerca de Random House Mondadori
A la memoria de mi querido cuñado y amigo,
Kenneth John Clark.
Amado esposo, padre, abuelo y bisabuelo.
Y «el tío» para sus sobrinos, que lo adoraban.
Te quisimos muchísimo.
Descansa en paz
Agradecimientos
Cuando se dice que escribir un libro es un largo viaje, es totalmente cierto. Sin embargo, decir que será un viaje de dos mil años es algo bastante distinto. Cuando Michael Korda, mi editor, insinuó que sería interesante que la historia tuviera un trasfondo bíblico y que debería tratar de una carta escrita por Cristo, negué con la cabeza.
Sin embargo, la posibilidad no me dejaba tranquila y las palabras «¿y si?» y «supón que» me asaltaban con frecuencia el pensamiento. Empecé a escribir y cuatro meses después me di cuenta de que no me gustaba el modo en que estaba contando la historia.
Por mucha experiencia que se tenga como escritor, eso no garantiza que la narración siempre se desarrolle como se había imaginado. Así pues, deseché esas páginas y empecé de nuevo.
Mi más feliz agradecimiento a Michael, mi editor, mentor y querido amigo durante todos estos años. Ya hemos reservado un día para el almuerzo de celebración. Durante el mismo, sé lo que sucederá. Delante de una copa de vino, adoptará un gesto pensativo y dirá: «Se me ha ocurrido que...», con lo que querrá decir que volvemos a la carga.
Kathy Sagan, jefa de redacción, es maravillosa. Aunque sabía que estaba ocupada con su propia lista de autores, después de descubrir lo bueno que era colaborar con ella en nuestra revista de misterio, quise trabajar con ella. Esta es la segunda novela que hacemos juntas. Gracias, Kathy.
Gracias al equipo de Simon & Schuster, que convirtió el manuscrito en libro: al jefe de producción John Wahler, la directora adjunta de edición, Gypsy da Silva, la diseñadora Jill Putorti y la directora artística Jackie Seow, por su maravilloso diseño de cubierta.
Mi equipo de hinchas locales, Nadine Petry, Agnes Newton e Irene Clark, están siempre a mi lado. Saludos y gracias.
Mi amor eterno a John Conheeney, marido extraordinario. Aún no me creo que acabemos de celebrar nuestro decimoquinto aniversario de boda. Parece que fuera ayer. Por todos nuestros mañanas compartiendo amor y risas con nuestros hijos, nietos y amigos.
Y a todos vosotros, lectores, espero que disfrutéis de esta nueva historia. Como ya he citado otras veces de ese espléndido pergamino antiguo: «El libro está terminado. ¡Dejad disfrutar al autor!».
Saludos y bendiciones,
MARY HIGGINS CLARK
Prólogo
En el año del Señor de 1474
En la calma silenciosa, mientras las últimas sombras se cernían sobre las murallas de la eterna ciudad de Roma, un monje anciano, con los hombros encogidos, se dirigió con sigilo y discreción a la Biblioteca Secreta, una de las cuatro salas que comprendían la Biblioteca Vaticana. Esta contenía un total de 2.527 manuscritos en latín, griego y hebreo. Algunos podían ser consultados por personas ajenas a la biblioteca, siempre bajo estricta supervisión. Otros no.
El más controvertido de los manuscritos era el que se conocía como «pergamino de José de Arimatea» y «carta vaticana». Trasladada a Roma por el apóstol Pedro, muchos creían que era la única carta escrita por Cristo.
Se trataba de una carta sencilla en la que daba las gracias a José por la amabilidad que había mostrado desde la primera vez que le oyó predicando en el templo de Jerusalén, cuando Cristo tenía tan solo doce años. José creyó en ese momento que era el tan esperado Mesías.
Cuando el hijo del rey Herodes descubrió que ese niño tan sumamente sabio y erudito había nacido en Belén, dio orden de que lo asesinaran. Al saberlo, José se dirigió a toda prisa a Nazaret y pidió permiso a los padres del niño para llevárselo a Egipto, a fin de que estuviera a salvo y de que pudiera estudiar en el templo de Leontópolis, cerca del valle del Nilo.
Los dieciocho años siguientes de la vida de Jesucristo son un misterio para la historia. Cuando se acercaba el final de Su sacerdocio, previendo que el último gesto de amabilidad que José tendría con Él sería ofrecerle su propio sepulcro para que descansara en él, Cristo escribió una carta de agradecimiento a Su fiel amigo.
A lo largo de los siglos, algunos de los papas creyeron que era auténtica. Otros no. El bibliotecario del Vaticano descubrió que el papa actual, Sixto IV, se planteaba ordenar que la destruyeran.
El ayudante de la biblioteca había estado esperando la llegada del monje a la Biblioteca Secreta. Con gesto preocupado, le entregó el pergamino.
—Hago esto por orden de Su Eminencia el cardenal del Portego —aclaró—. El pergamino sagrado no debe destruirse. Escóndalo bien en el monasterio y no permita que nadie conozca su contenido.
El monje cogió el pergamino, lo besó con reverencia y lo protegió en las mangas de su holgada túnica.
La carta dirigida a José de Arimatea no volvió a aparecer hasta más de quinientos años después, cuando empieza esta historia.
1
Hoy es el día del funeral de mi padre. Lo asesinaron.
Ese fue el primer pensamiento que asaltó a Mariah Lyons, de veintiocho años, cuando despertó de un sueño ligero en la casa donde se había criado, en Mahwah, una población al pie de las montañas Ramapo, al norte de New Jersey. Mientras se limpiaba las lágrimas que le inundaban los ojos, se incorporó lentamente, deslizó los pies en el suelo y miró a su alrededor.
Cuando tenía dieciséis años, le permitieron decorar la habitación a su gusto como regalo de cumpleaños, y eligió pintar las paredes de rojo. Para las colchas, cojines y cortinas escogió un alegre diseño floral en rojo y blanco. La amplia y cómoda butaca de la esquina era en la que siempre había hecho los deberes, en lugar de sentada al escritorio. Sus ojos se fijaron en la estantería que su padre le había colgado sobre el tocador para que colocara en ella los trofeos de los campeonatos de fútbol y baloncesto del instituto. Estaba tan orgulloso de mí..., pensó con tristeza. Él quería que la volviera a decorar cuando terminara en la facultad, pero no quise cambiar nada. No me importa que aún parezca la habitación de una adolescente.
Intentó recordarse que hasta entonces había sido una de esas personas afortunadas cuya experiencia con la muerte de un ser querido se limitaba a cuando tenía quince años y su abuela de ochenta y seis falleció mientras dormía. Quería mucho a la abuela, pero me alegré enormemente de que jamás perdiera la dignidad, pensó. Ya empezaban a fallarle las fuerzas y ella detestaba tener que depender de alguien.
Mariah se levantó, alcanzó la bata que había a los pies de la cama, se envolvió en ella y se la ató a su delgada cintura. Pero esto es distinto, pensó. Mi padre no falleció de muerte natural. Le dispararon mientras leía, sentado a la mesa de su estudio en el piso de abajo. Notó la boca seca al plantearse las preguntas que la asaltaban una y otra vez. ¿Estaba mamá en la habitación cuando sucedió? O entró al oír el disparo... ¿Hay alguna posibilidad de que fuera mamá quien lo hizo? Dios quiera que no fuera así.
Se acercó al tocador y se miró en el espejo. Estoy muy pálida, se dijo mientras se cepillaba la negra melena. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar aquellos últimos días. Entonces la asaltó una idea incongruente: Me alegro de tener los ojos de papá, de color azul oscuro. Me alegro de ser alta como él. Sin duda me vino bien para jugar a baloncesto.
—No puedo creer que ya no esté —susurró al recordar la celebración de su septuagésimo cumpleaños tan solo tres semanas atrás. Su mente reprodujo los hechos de los últimos cuatro días. El lunes por la tarde, Mariah se había quedado en la oficina para trabajar en el plan de inversión de un nuevo cliente. Cuando llegó a su apartamento de Greenwich Village a las ocho, realizó la habitual llamada a su padre. Parecía muy deprimido, recordó. Le contó que su madre había pasado un día espantoso, y que era evidente que su alzheimer estaba empeorando. Algo hizo que volviera a llamarle a las diez y media. Estaba preocupada por ambos.
Su padre no respondió, y supo que algo iba mal. Mariah recordó el apresurado viaje en coche de Greenwich Village a New Jersey esa noche, que se le hizo interminable. De camino, volví a llamar, una y otra vez, pensó. Recordó que había aparcado en la entrada a las once y veinte, y que buscó desesperada la llave en la oscuridad mientras se alejaba del coche corriendo. Las luces de la planta baja estaban encendidas y, en cuanto entró en la casa, se dirigió al estudio.
El horror de lo que allí descubrió se reprodujo entonces en su mente, como llevaba ocurriéndole de manera incesante. Su padre estaba desplomado sobre el escritorio, la cabeza y los hombros manchados de sangre. Su madre, también empapada en sangre, estaba encogida de miedo dentro del armario empotrado contiguo al escritorio, con el revólver de su padre entre las manos.
Mamá me vio y empezó a gemir: «Tanto ruido... tanta sangre...».
Estaba desesperada, recordó Mariah. Cuando llamé al 911, solo fui capaz de gritar: «¡Mi padre está muerto! ¡Le han disparado!».
La policía llegó al cabo de diez minutos. Nunca olvidaré cómo nos miraron, a mamá y a mí. Yo había abrazado a papá, de modo que yo también estaba llena de sangre. Oí que uno de los policías comentó que al tocar a mi padre había contaminado la escena del crimen.
Mariah se dio cuenta de que seguía mirándose en el espejo, aunque sin verse. Echó un vistazo al reloj que había sobre el tocador y vio que ya eran las siete y media. Tengo que arreglarme, se dijo. Deberíamos llegar a la funeraria a las nueve. Espero que Rory esté arreglando a mamá. Rory Steiger, una mujer fornida de sesenta y dos años, llevaba los dos últimos años cuidando de su madre.
Veinte minutos después de ducharse y haberse secado el pelo, Mariah volvió a la habitación, abrió el armario y sacó la falda negra y la chaqueta blanca y negra que había elegido para el funeral. La gente solía cubrirse de negro cuando se producía una muerte en la familia, se dijo. Recuerdo las fotos de Jackie Kennedy con un largo velo de luto. Oh, Dios mío, ¿por qué ha tenido que pasar todo esto?
Cuando terminó de vestirse, se acercó a la ventana. La había dejado abierta al acostarse, y la brisa arremolinaba las cortinas sobre el alféizar. Durante un momento, se quedó mirando el patio trasero. Los arces japoneses que su padre había plantado años atrás lo cubrían de sombra y las begonias y balsaminas que había plantado en primavera lo rodeaban. Bajo la luz del sol, las montañas Ramapo resplandecían a lo lejos con tonos verdes y dorados. Era un día precioso de finales de agosto.
No quiero que haga un día bonito, pensó Mariah. Es como si no hubiera sucedido nada horrible. Pero sí ha sucedido. Han asesinado a papá. Quiero que llueva y haga frío. Quiero que la lluvia llene de lágrimas su ataúd. Quiero que el cielo llore por él.
Se ha ido para siempre.
El sentimiento de culpa y de tristeza la envolvía. El apacible profesor universitario que, tres años atrás, se había alegrado tanto de jubilarse para dedicar buena parte de su tiempo a estudiar manuscritos antiguos, había sido asesinado de manera violenta. Lo quería con locura, pero es terrible que durante el último año y medio nuestra relación se volviera tensa por culpa de su aventura con Lillian Stewart, una profesora de la Universidad de Columbia, cuya mera existencia cambió la vida de todos nosotros.
Mariah recordó su consternación al llegar a casa, hacía un año y medio, y ver a su madre con las fotografías que había encontrado de su padre y Lillian abrazados. Me enfadé mucho al descubrir que era posible que su relación hubiera comenzado en una excavación a la que habían ido juntos, en Egipto, Grecia, Israel o Dios sabía dónde, y se hubiera prolongado durante los últimos cinco años. Me enfureció que también la invitara a ella cuando venían a casa otros amigos, como Richard, Charles, Albert y Greg, y se quedaban a cenar.
Odio a esa mujer, se dijo Mariah.
Al parecer, a la tal Lily no le importaba que mi padre fuera veinte años mayor que ella, pensó con tristeza. He intentado ser justa y entenderlo.
Mamá lleva años a la deriva, y sé que para papá fue muy doloroso ver su deterioro paulatino. Sin embargo, aún tiene sus días buenos. Y todavía habla de esas fotografías. Le dolió enormemente descubrir que papá tenía a otra mujer en su vida.
No quiero pensar en ello, se dijo mientras se retiraba de la ventana. Quiero que mi padre esté vivo. Quiero decirle lo mucho que siento haberle preguntado la semana pasada si su Lily del valle del Nilo había sido una compañía agradable durante su última excursión a Grecia.
Se dirigió al escritorio y contempló una fotografía de sus padres tomada diez años atrás. Recordó lo cariñosos que solían ser el uno con el otro. Se casaron cuando ambos hacían un curso de posgrado.
Yo no llegué sino al cabo de quince años.
Esbozó una leve sonrisa cuando recordó a su madre diciéndole que habían tenido que esperar mucho tiempo, pero que al fin Dios les había dado la hija perfecta. La verdad es que fue un comentario más que generoso por su parte, pensó. Los dos eran sumamente atractivos. Y elegantes. También encantadores. En cambio, yo no era nada del otro mundo, con mi pelambrera larga y negra, tan delgada que parecía desnutrida, y con unos dientes que durante una época resultaron demasiado grandes para mi cara. Por suerte, al final me he convertido en una combinación decente de los dos.
Papá, papi, por favor, no estés muerto. Espero verte sentado a la mesa, desayunando, cuando llegue. Con tu taza de café en una mano, leyendo el Times o el Wall Street Journal. Yo cogeré el Post en busca de la revista Page Six, y tú me mirarás por encima de las gafas, con esa expresión con la que querrás decirme que desperdiciar la inteligencia es algo realmente espantoso.
No quiero comer nada, solo tomaré café, decidió Mariah mientras abría la puerta de la habitación y cruzaba el rellano hacia la escalera. Se detuvo antes de bajar, pero no oyó ningún ruido procedente de las habitaciones contiguas en las que dormían su madre y Rory. Espero que eso signifique que están abajo, pensó.
No había rastro de ellas en la salita del desayuno. Entró en la cocina. Betty Pierce, el ama de llaves, estaba allí.
—Mariah, tu madre no ha querido comer nada. Se ha ido al estudio. No creo que te guste cómo va vestida, pero se ha puesto muy pesada. Lleva el traje azul y verde de hilo que le regalaste el día de la Madre.
Mariah pensó en hacerla recapacitar, pero enseguida se dio cuenta de que no serviría para nada. Cogió la taza de café que Betty le había servido y se la llevó al estudio. Rory estaba allí de pie, con gesto afligido. Ante la pregunta no formulada de Mariah, señaló la puerta del armario empotrado con un gesto de la cabeza.
—No quiere que abra la puerta —aclaró—. No me deja entrar con ella.
Mariah llamó a la puerta y la abrió despacio al tiempo que susurraba el nombre de su madre. Curiosamente, en ocasiones su madre respondía antes así que si la llamaba «mamá».
—Kathleen —dijo con suavidad—. Kathleen, es hora de tomar una taza de té y un bollo de canela.
El armario era amplio, con estanterías a ambos lados. Kathleen Lyons estaba sentada en el suelo, en un extremo. Se rodeaba el cuerpo con los brazos en un gesto de protección e inclinaba la cabeza contra el pecho, como si se preparara para recibir un golpe. Cerraba los ojos con fuerza y el pelo plateado le caía hacia delante cubriéndole casi por completo el rostro. Mariah se arrodilló, la abrazó y empezó a mecerla como si fuera una niña.
—Tanto ruido... tanta sangre —murmuró su madre, las mismas palabras que llevaba repitiendo desde el asesinato. Sin embargo, dejó que Mariah la ayudara a levantarse y le apartara el cabello corto y ondulado de la bonita cara. Una vez más, Mariah recordó que su madre era solo unos meses más joven que su padre y pensó que no aparentaría la edad que tenía si no fuera por su modo temeroso de moverse, como si fuera a caer al abismo en cualquier momento.
Mientras Mariah guiaba a su madre fuera del estudio, no se fijó en la expresión torva de Rory Steiger, ni en la sonrisa disimulada que se permitió esbozar.
No tendré que aguantarla mucho más tiempo, pensó Rory.
2
El detective Simon Benet de la oficina del fiscal del condado de Bergen tenía el aspecto de un hombre que pasara mucho tiempo al aire libre. Tenía unos cuarenta y cinco años, el pelo algo ralo y de color rubio rojizo, y la tez rubicunda. La chaqueta de su traje siempre estaba arrugada, pues cuando no la utilizaba, la arrojaba al asiento trasero de su coche.
Su compañera, la detective Rita Rodriguez, era una mujer esbelta de origen hispano, de casi cuarenta años y el pelo castaño, corto y elegante. Siempre vestida de manera impecable, contrastaba notablemente con Benet. En realidad formaban un equipo de investigación de primera clase, al que se le había asignado el caso del asesinato de Jonathan Lyons.
Ellos fueron los primeros en llegar a la funeraria el viernes por la mañana. Tenían la teoría de que si el asesino era un forastero, seguramente aparecía por allí para observar a su víctima, así que estuvieron atentos para identificar a cualquier sospechoso en potencia. Habían examinado las fotografías de delincuentes peligrosos en libertad condicional y que se habían visto implicados en casos de robos en el barrio.
Cualquiera que haya pasado por un día así sabe de qué va esto, pensó Rodriguez. Llegaron flores en abundancia, pese a que en la necrológica se había solicitado que, en lugar de comprar flores, se hicieran donaciones al hospital local.
La funeraria comenzó a llenarse bastante antes de las nueve. Los detectives eran conscientes de que algunos de los presentes habían acudido movidos por una curiosidad malsana, y Rodriguez los distinguió al instante. Permanecían de pie junto al féretro durante más tiempo del estrictamente necesario y buscaban señales de violencia en el rostro del difunto. Sin embargo, la expresión de Jonathan Lyons era serena, y el maquillador de la funeraria había disimulado con éxito todo rastro de lesión.
Durante los tres últimos días, habían llamado a las puertas de los vecinos con la esperanza de que alguien hubiera oído el disparo o visto al criminal salir corriendo de la casa tras el asesinato. La investigación aún no había desvelado nada. Los vecinos de la casa contigua estaban de vacaciones y el resto no había oído ni observado nada inusual.
Mariah les había facilitado los nombres de las personas en las que su padre habría confiado si hubiera tenido algún problema.
—Richard Callahan, Charles Michaelson, Albert West y Greg Pearson acompañaron a papá en todas las excursiones de arqueología anuales durante al menos seis años —les había dicho—. Todos venían a casa a cenar aproximadamente una vez al mes. Richard es profesor de estudios bíblicos en la Universidad de Fordham. Charles y Albert también son profesores. Greg es un exitoso hombre de negocios. Es el propietario de una compañía relacionada con software informático. —A continuación, y sin disimular su disgusto, les había dado el nombre de Lillian Stewart, la amante de su padre.
Esas eran las personas a las que los detectives querían conocer y citar para una entrevista. Benet le había pedido a la cuidadora, Rory Steiger, que los señalara cuando llegaran.
A las nueve menos veinte, Mariah, su madre y Rory entraron en la funeraria. Si bien los detectives habían estado en su casa dos veces en los últimos días, Kathleen Lyons les dirigió una mirada ausente. Mariah los saludó con un gesto de la cabeza y se acercó al féretro para saludar a las visitas que pasaban junto a él.
Los detectives eligieron un lugar cercano desde el que verles las caras y fijarse en cómo se relacionaban con Mariah.
Rory acompañó a Kathleen a sentarse en una silla de la primera fila y a continuación volvió al lado de los detectives. Discreta con su vestido blanco y negro, y el cabello canoso recogido en un moño, permaneció de pie junto a ellos. Trató de disimular que le ponía nerviosa tener que ayudarlos. No podía dejar de pensar que el único motivo por el que había aceptado el trabajo hacía dos años era Joe Peck, el viudo de sesenta y cinco años que vivía en el mismo complejo de apartamentos que ella, en el Upper West Side de Manhattan.
Salía a cenar a menudo con Joe, un bombero jubilado que tenía una casa en Florida. Joe le había confesado lo solo que se sentía desde la muerte de su mujer, y Rory se había hecho ilusiones de que le pidiera matrimonio. Pero una noche él le dijo que si bien disfrutaba de esas citas esporádicas, había conocido a alguien con quien iba a irse a vivir en breve.
Esa noche, enfadada y desilusionada, Rory le contó a su mejor amiga, Rose, que aceptaría el trabajo que acababan de ofrecerle en New Jersey. «Está bien pagado. Además, tendré que estar allí metida de lunes a viernes, lo que me impedirá volver a casa corriendo del trabajo con la esperanza de recibir una llamada de Joe —había concluido Rory con resentimiento.»
Nunca pensé que aceptar el trabajo conduciría a esto, pensó. A continuación vio a dos hombres que debían de rondar los setenta años.
—Por si les interesa —susurró a los detectives Benet y Rodriguez—, esos hombres son expertos en el campo del profesor Lyons. Venían a casa una vez al mes, más o menos, y sé que hablaban por teléfono con él muy a menudo. El más alto es el profesor Charles Michaelson. El otro es el doctor Albert West.
Un minuto después, tiró de la manga de Benet.
—Aquí están Callahan y Pearson —anunció—. La novia ha llegado con ellos.
Mariah abrió los ojos como platos cuando vio a la mujer. No creí que Lily del valle del Nilo se atreviera a aparecer, se dijo, mientras pensaba también, con disgusto, que Lillian Stewart era una mujer muy atractiva. De pelo castaño y grandes ojos marrones, vestía un traje ligero de hilo gris con el cuello blanco. Me pregunto en cuántas tiendas habrá rebuscado hasta encontrarlo, se dijo Mariah. Es justo el traje de luto perfecto para una amante.
Esa era exactamente la clase de broma que gastaba a su padre sobre ella, recordó con dolor. Como cuando le pregunté si se ponía esos tacones que tanto le gustan en las excavaciones arqueológicas, pensó. Ignorando a Stewart, Mariah extendió un brazo para estrechar la mano de Greg Pearson y Richard Callahan.
—No es el mejor día de nuestras vidas, ¿verdad? —preguntó Mariah.
El dolor que vio en los ojos de esos hombres le resultó reconfortante. Era consciente de hasta qué punto valoraban la amistad de su padre. Ambos de poco más de treinta años y entusiastas arqueólogos aficionados, no podían ser más diferentes. Richard era un hombre delgado de un metro noventa de estatura, con abundante pelo negro salpicado de canas y un sentido del humor muy agudo. Mariah sabía que había pasado un año en el seminario y que no descartaba regresar a él. Vivía cerca de la Universidad de Fordham, donde impartía clases.
Greg medía exactamente lo mismo que Mariah con tacones. Tenía el pelo castaño y lo llevaba muy corto. Los ojos, de un tono gris verdoso claro, eran el rasgo dominante de su rostro. Siempre mostraba una actitud deferente y discreta, y Mariah se preguntaba si era posible que, pese a su éxito empresarial, Greg fuera un hombre tímido. Tal vez esa fuera una de las razones por las que le gustaba la compañía de papá, pensó. Su padre cautivaba a todo el mundo con sus anécdotas.
Mariah había salido en un par de ocasiones con Greg pero, consciente de que no llegaría a interesarse por él en un sentido romántico, y temiendo que los sentimientos de él fueran por ese camino, le insinuó que había conocido a alguien y Greg nunca volvió a proponerle otra cita.
Los dos hombres se arrodillaron junto al féretro durante un instante.
—Se acabaron las largas veladas con el contador de historias —dijo Mariah cuando se levantaron.
—Es tan increíble —murmuró Lily.
A continuación, Albert West y Charles Michaelson se acercaron a ella.
—Mariah, lo siento mucho. No me lo puedo creer. Es todo tan insólito... —comentó Albert.
—Lo sé, lo sé —respondió Mariah mientras miraba a los cuatro hombres a quien tanto quería su padre—. ¿Ha hablado la policía con alguno de vosotros? Tuve que darles una lista de amigos íntimos y, por supuesto, todos estáis incluidos. —Acto seguido se volvió hacia Lily—. Y no hace falta decir que también di tu nombre.
¿Acaso he notado un cambio repentino en uno de ellos en este instante?, se preguntó Mariah. No podía estar segura porque en ese momento apareció el director de la funeraria y pidió que aquellos que desearan pasar junto al ataúd por última vez lo hicieran entonces, y que después se dirigieran a sus coches, pues había llegado la hora de ir a la iglesia.
Mariah esperó con su madre hasta que todos se hubieron marchado. Se sintió aliviada por el hecho de que Lily hubiera tenido la decencia de no tocar el cuerpo de su padre. Creo que le habría puesto la zancadilla si se hubiera decidido a inclinarse para besarlo, se dijo.
Su madre parecía del todo ajena a lo que estaba sucediendo. Cuando Mariah la condujo hasta el féretro, la mujer dirigió una mirada inexpresiva al rostro de su difunto marido y comentó:
—Me alegro de que se haya lavado la cara. Tanto ruido... tanta sangre.
Mariah dejó a su madre al cuidado de Rory y se volvió hacia el féretro. Papá, deberías haber vivido veinte años más, pensó. Alguien va a pagar muy caro haberte hecho esto.
Se inclinó y posó una mejilla sobre la suya, y acto seguido lamentó haberlo hecho. Esa carne fría y dura era la de un objeto, no la de su padre.
Mientras se erguía, susurró:
—Cuidaré bien de mamá, te lo prometo.
3
Lillian Stewart avanzó con discreción hasta el fondo de la iglesia cuando la misa funeral por Jonathan ya había comenzado. Se marchó antes de las últimas oraciones para evitar encontrarse con Mariah o su madre después de la gélida acogida que le habían dispensado en la funeraria. A continuación condujo hasta el cementerio, aparcó a cierta distancia de la entrada y esperó hasta que el cortejo fúnebre se hubo marchado. Solo entonces se acercó al camino que llevaba a la tumba de Jonathan, bajó del coche y caminó hasta la sepultura, con una docena de rosas en la mano.
Los enterradores estaban a punto de bajar el féretro. Se apartaron con actitud respetuosa mientras la mujer se arrodillaba, dejaba las rosas sobre el ataúd y susurraba: «Te quiero, Jon». A continuación, pálida pero serena, pasó junto a una hilera de tumbas en dirección a su coche. Solo cuando estuvo de nuevo en su interior, perdió la compostura y hundió el rostro entre las manos. Las lágrimas que había estado conteniendo empezaron a deslizarse por las mejillas al tiempo que los sollozos le sacudían el cuerpo.
Un momento después, oyó que se abría la puerta del acompañante. Sobresaltada, alzó la vista intentando en vano enjugarse las lágrimas de los ojos. Unos brazos consoladores la rodearon y la sostuvieron hasta que logró contener el llanto.
—Supuse que estarías aquí —dijo Richard Callahan—. Te he visto un momento al fondo de la iglesia.
Lily se apartó de su lado.
—Dios mío, ¿crees que es posible que Mariah o su madre me hayan visto también? —preguntó la mujer con voz ronca y temblorosa.
—No lo creo. Yo estaba buscándote. No sabía adónde habías ido al salir de la funeraria. Pero ya has visto que la iglesia estaba a rebosar.
—Richard, es un detalle precioso que hayas pensado en mí, pero ¿no te esperan en el almuerzo?
—Sí, pero primero quería saber cómo estabas. Sé lo mucho que Jonathan significaba para ti.
Lillian había conocido a Richard Callahan en la primera excavación arqueológica en la que había participado, cinco años atrás. Profesor de historia bíblica en la Universidad de Fordham, le había contado que había estudiado para convertirse en jesuita, pero que se había apartado del sacerdocio antes de hacer los últimos votos. Ahora ese hombre de porte larguirucho y trato fácil se había convertido en un buen amigo, lo cual la sorprendía un poco. Pensaba que lo más probable es que reprobara su relación con Jonathan, pero, si lo hacía, jamás se lo había demostrado. Fue durante su primera excavación juntos cuando Jonathan y ella se enamoraron perdidamente el uno del otro.
Lily consiguió esbozar una leve sonrisa.
—Richard, te estoy muy agradecida, pero será mejor que vayas a ese almuerzo. Jonathan me dijo muchas veces que la madre de Mariah te tiene mucho cariño. Estoy segura que le hará bien tu compañía.
—Ya voy —dijo Richard—, pero Lily, tengo que preguntarte algo. ¿Te explicó Jonathan que creía haber descubierto un manuscrito sumamente valioso entre los que estaba traduciendo, unos que encontró en una vieja iglesia?
Lillian Stewart miró fijamente a los ojos de Richard Callahan.
—¿Un manuscrito antiguo de gran valor? No, en absoluto —mintió—. Nunca me habló de ellos.
