La historia secreta de los archivos del Juicio a las Juntas

40 años después, una operación silenciosa reveló cómo se salvó la memoria del juicio más importante de la historia argentina.

En 1985, mientras Argentina recuperaba su democracia, el país entero seguía por televisión un acontecimiento inédito: el Juicio a las Juntas militares. Durante nueve meses, la pantalla de la vieja ATC registró cada testimonio, cada silencio y cada palabra que marcaría para siempre la historia del país. Ricardo Gil Lavedra en su libro La hermandad de los astronautas, una obra que reconstruye desde adentro el clima político, jurídico y humano del proceso, revela que dos años después y ante el riesgo de perder esas grabaciones para siempre, un grupo de ex magistrados protagonizó una misión silenciosa, casi cinematográfica, para resguardar el archivo completo fuera de la Argentina. Esta es la historia real y hasta hoy casi secreta de cómo se salvaron las imágenes del juicio que cambiaría para siempre la relación del país con su pasado.

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Un grupo de magistrados jóvenes ante el mayor desafío de sus vidas y de la incipiente democracia: juzgar a los comandantes de la dictadura.
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La misión secreta para salvar la memoria del juicio

Entre abril y diciembre de 1985, la televisión pública grabó íntegramente las 90 audiencias del Juicio a las Juntas. Fueron más de 530 horas de material: testimonios desgarradores de sobrevivientes, el ingreso de los militares acusados, alegatos históricos y la sentencia final que, en apenas 38 minutos, estableció un precedente global. Nunca antes una dictadura había sido juzgada por un tribunal civil en su propio país.

Pero hacia 1987, el clima había cambiado. Con las condenas ya dictadas y el país enfrentando tensiones políticas, surgió un temor inquietante: las cintas originales no estaban debidamente conservadas. El riesgo de deterioro, pérdida o incluso destrucción era real. Los seis jueces que habían integrado el tribunal federal entendieron que, si ese archivo desaparecía, también lo haría una parte fundamental de la memoria democrática.

En una cena entre los ex magistrados nació la idea. Había que preservar el material en un lugar seguro, fuera del alcance de cualquier vaivén político. Allí surgió una conexión inesperada: el abogado Bernardo Beiderman, con vínculos en Noruega, ofreció una posibilidad impensada. El gobierno noruego estaba dispuesto a recibir una copia completa del Juicio a las Juntas y custodiarla como un documento de valor universal.

Entonces comenzó una operación discreta dentro del Palacio de Tribunales. No había tiempo que perder. De a poco, casi en secreto, empezaron a retirar las cintas. Cada minuto de esos casetes contenía fragmentos esenciales del relato de una generación.

En abril de 1988, los seis jueces ya fuera de sus cargos emprendieron viaje a Noruega. Lo hicieron sin escoltas, sin anuncios y sin un protocolo oficial. Llevaban entre 15 y 20 VHS escondidos en sus valijas, envueltos entre ropa y objetos personales. No podían llamar la atención, lo que transportaban no era solo material audiovisual; era una parte irremplazable de la historia argentina.

Cuando llegaron, el gobierno noruego tomó una decisión que selló la importancia del gesto: guardar las copias del juicio en una bóveda a prueba de incendios y bombas atómicas, la misma que resguarda su Constitución de 1814. Para el país nórdico, el Juicio a las Juntas no era solo un acontecimiento argentino, sino un hito global en materia de justicia y derechos humanos.

Gracias a esta misión secreta, las grabaciones sobrevivieron. Y con ellas, la posibilidad de que nuevas generaciones puedan ver, escuchar y comprender uno de los momentos más trascendentales de nuestra historia democrática.

A cuarenta años del Juicio a las Juntas, esta historia revela que la memoria no se conserva sola, necesita de quienes la resguarden, incluso en silencio. La misión noruega encabezada por los ex jueces no solo salvó un archivo audiovisual; salvó la posibilidad de que la verdad, esa verdad pronunciada en 1985 ante millones de argentinos, pueda seguir siendo vista, revisitada y defendida. Porque un país que protege su memoria es un país que elige su futuro.

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