«Las niñas del naranjel»: Así empieza el libro de Gabriela Cabezón Cámara que ganó el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2024

Gabriela Cabezón Cámara ganó el premio Sor Juana Inés de la Cruz 2024 por su novela Las niñas del naranjel. El jurado destacó que el libro “es un ser vivo que respira, se derrama y se pudre para dar nueva vida, devolviéndonos la certeza de que también somos eso: algo vivo que pertenece a algo más grande”. Así empieza la novela. 

Las niñas del naranjel
Gabriela Cabezón Cámara

1

Tía querida:

Soy inocente y tan a imagen y semejanza de Dios como cualquiera, como todos, no obstante haber sido grumete, tendero y soldado, más antes —antes— niñita en tu falda. “Hija”, “hijita”, llamábasme y ni aun hoy, creo, ni aun con mis hombros militares ni con mi bigotillo ni con mis callosas manos armadas de espada llamaríasme de modo otro. Tía, te diría si pudiera, ¿vives aún? Yo así lo creo y creo que me esperas para heredarme lo que es tuyo, lo que fue nuestro, ese convento de San Sebastián el Antiguo que mandó a construir tu abuelo, el padre del padre de mi padre, el marqués don Sebastián Erauso y Pérez Errázuriz de Donostia. Dáselo a otra y, te lo ruego, sigue leyéndome.
Has de saber que he aprendido a contar historias y llevo cosas de acá para allá, soy arriero; te sorprendo, ¿verdad? Y canto y, si es menester, cazo en el camino y llego, entrego mi carga que no es mía, es siempre de otro la carga del arriero, y cobro mis reales y vuélvome a hacer lo que prefiero: contemplo los árboles y las lianas, ramas flexibles y largas raíces del aire, se hacen red a la manera de los pescadores o no, no, más bien a la de las arañas, de una multitud de arañas que pusiéranse a tejer las unas arriba y abajo y adentro de las otras, ay, verdes e inmensas y trémulas, tan trémulas como todo lo que vive, mi adorada, como vos y yo las plantas, y también sus lagartos y la selva entera que, tengo que contártelo hasta que lo entiendas, es un animal hecho de muchos. Para atravesarla no es posible andar al modo de las personas; no hay caminos ni líneas rectas, la selva te hace su arcilla, te forma con forma de sí misma y ya vuelas insecto, ya saltas mono, y ya reptas serpiente. Estás viendo que no es tan raro que yo, que fui tu niña amada, sea hoy, si quieres, tu primogénito americano: no ya la priora que soñaste, ni el noble fruto de la noble simiente de nuestra estirpe, tu niña es un respetado arriero, un hombre de paz. Y, en la selva, un animalito de dos, tres o cuatro patas junto a los otros, los que son míos y suyo soy, un animalito al fin que sube y que baja y trepa y rodea y salta y se cuelga de las lianas y se embriaga del perfume venenoso de las trepadoras voraces y las flores diminutas de pétalos tan frágiles que apenas resisten la más leve brisa, que se doblan bajo el peso de las gotas, todo está siempre goteando aquí, y de las mariposas que tienen, te gustaría tanto verlas, el tamaño del puño de un hombre grande, más grandes que mis manos son, más grandes que mis manos de soldado, tía, ¿sabrás que me han hecho alférez y me han dado medallas? Pero eso no fue en la selva

—¿Con quién hablás, vos, che, Yvypo Amboae?
—Antonio. He venido de tierras lejanas. No extrañas. Extrañas son éstas. Y no hablaba, escribía, Mitãkuña.
—No, che. Extraña vos. Todo el día reñe’ẽ, reñe’ẽ, hablando vos, solo, che.
—¿Mba’érepa?
—¿Qué dices, Michī?
—Que por qué, te pregunta, por qué hablás solo vos, che.
—Le estoy escribiendo una carta a mi tía. Mirad, ésta es la pluma, ésta la tinta y estas de aquí son las palabras. ¿Queréis que os lea?
—Te vengo escuchando hace horas a vos. Mentiras decís a tu tía. ¿Dónde es tu tía?
—Lejos, en España. Cállate un ratito, Mitãkuña, déjame seguir escribiendo: eso no fue en esta selva...

… esa historia te la cuento luego, tía. Ahora déjame que sígate contando de los perfumes de la selva que son fuertes, alcoholes de soldado son, aguardientes de pueblo, y las otras flores, las enormes y carnosas y carnívoras, casi bestias; aquí en la selva los animales florecen y las plantas muerden y, creo, creo haberlas visto, júrotelo, caminan a veces y saltan, las lianas saltan; todo acá borbotea, porque el bosque cruje, bien lo sabes, te recuerdo atenta a la presencia del zorro por el crujir leve de las hojitas de tu bosque y a la del oso por el crujir pesado de las ramas y los troncos, cruje, el bosque, pero la selva no, la selva borbotea llena de ojos: la vida le crece como les crece la lava a los volcanes y la lava fuera árboles y pájaros y hongos y monos y coatíes y cocos y serpientes y helechos y yacarés y tigres y lapachos y peces y víboras y palmitos y ríos y hojas de palmas y todas las otras cosas que hay que son mezclas de estas principales.
La selva es un volcán, tía, un volcán en erupción eterna y lenta, lentísima, una erupción que no mata, que hace nacer verde y late verde borboteando agua aquí en el suelo de mi bosque que de mío nada, más bien soy suyo yo, y de bosque menos aún, nada de nada, tía: selva, selva feroz esta mía semejante a las ajenas que me contabas, sí, pero debieras verla, olerla debieras y la harías tuya y te harías de ella como me hice yo y, ah, si le tocaras los tallos y los pétalos y las hojas gigantes y las alimañas peludas y los colores, porque aquí se tocan los colores, qué pálido tu arcoíris donostiarro, fantasmal en la bruma fría, pero aquí no, acá son de carne los colores porque todo es de carne en esta selva donde moro en compañía de mis animales y mis siervos que son míos igual que fui tuya y tuyo y del bosque nuestro en la nuestra Donostia cuando yo mozuela, mi más querida.

—Yvy mombyry, lejos. No te va a escuchar, che. ¿Qué es tía?
—No me escucha ahora, me leerá cuando le llegue mi carta, Mitãkuña.
—¿Mba’érepa?
—Mira, Michī: estos dibujos son las palabras, viajarán en un barco, en un caballo y llegarán a sus manos algún día. Una tía es la hermana de tu padre o de tu madre.
—¿Mba’érepa?
—¿Y ahora qué pregunta?
—Por qué te pregunta.
—Por qué qué.
—Por qué tu tía es la hermana de mi padre o de mi madre.
—No, no, es la hermana de un padre o de una madre.
—¿Mba’érepa?
—Porque son hermanos. ¿Queréis naranjas?
—¿Qué son las naranjas, che, Yvypo Amboae?
—Unos frutos dulces y ácidos, naranjas como las alas de esa mariposa.
—Pindós son, che.
—No, Mitãkuña. Las naranjas tienen el tamaño de mi puño.
—¿Mba’érepa?
—Porque sí, Michī, porque son así, como tú eres pequeña y tienes dos ojos. Vamos.
—Nahániri.
—Que no, te está diciendo, che.
—¿Y por qué?
—Por qué qué.
—Por qué no.
—Porque no quiere.
—Mira, los monitos vendrán en mi espalda, el caballito ha de caminar. ¿Quieres ir en el caballo grande, Michī?
—Nahániri.
—Pues entonces has de ir en mi espalda. Si apenas tienes fuerza para respirar y para decir dos palabras.
—¿Mba’érepa naranjas?
—¡Has aprendido una nueva palabra, Michī! Porque se lo he prometido a la Virgen. Han de preguntarme quién y qué es una Virgen. Vale, vale. No vamos a ningún lado. Quedaos aquí, cuídala, tú, Mitãkuña, que eres la mayor. La yegua y el potrillo han de quedarse a protegeros, no os preocupéis. He de ir con los monitos y tu perra a buscar las naranjas y más luego, mientras comamos, he de contaros todo sobre la Señora. La Virgen, quiero decir.

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Sobre Gabriela Cabezón Cámara

Gabriela Cabezón Cámara es una escritora argentina nacida en 1968. Ha ejercido múltiples oficios, desde vender seguros de auto en la calle hasta el periodismo cultural. Actualmente imparte talleres de escritura. Traducida a más de una decena de idiomas, es autora de las nouvelles Le viste la cara a Dios (2011) y Romance de la Negra Rubia (2014), y de las novelas La Virgen Cabeza (2009) y Las aventuras de la China Iron (2017), finalista en la shortlist del International Booker Prize (2020) y del Médicis (2021), y Las niñas del naranjel (2023), Premio Ciutat de Barcelona y Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2024.

Escuchá el audiolibro narrado por Lorena Vega

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