Piedad Bonnett: El escritor como fantasma
«La que me ha pedido aparecer en estas páginas es sobre todo la mujer incierta, una que sigue existiendo dentro de mí, debajo de todas mis capas. Pero hay otras, algunas de las cuales no aparecen aquí o no aparecerán jamás». ¿Cómo contar la historia de uno mismo? Y, en ese ejercicio, ¿hasta qué punto se construye o se reconstruye la identidad? En el libro autobiográfico «La mujer incierta» (Alfaguara, 2024), Piedad Bonnett parte de sus vivencias para reflexionar sobre los factores que definen nuestra cotidianidad. Habla, con sensibilidad y lucidez, de aquello que determina la experiencia de las mujeres -la educación, el matrimonio, la maternidad, los tabúes asociados al cuerpo y la violencia de género- y también de la ansiedad, el miedo, la rebeldía, las ansias de libertad y las obsesiones que impulsan el proceso de la escritura. A continuación, LENGUA publica uno de los textos que conforman el volumen: «El escritor como fantasma».
Por Piedad Bonnett

Piedad Bonnett. Crédito: Andrés Bo.
Una vez tuve la impresión de que alguien me seguía, pero el hecho era tan extraño que me resistía a creerlo. Mi supuesta perseguidora era una mujer pequeña, sin rasgos particulares, que me siguió los pasos durante al menos diez minutos. Si yo cruzaba la calle, ella también. Si giraba en la esquina, hacía lo mismo. Nunca tuve miedo, sólo una vaga extrañeza, que se concretó cuando también ella subió las escaleras del edificio al que me dirigía, entró al consultorio odontológico donde tenía mi cita, y se sentó a mi lado. Entonces se presentó: era una de mis lectoras, no había resistido seguirme y ahora quería darme las gracias por mi escritura. Me habló de mis novelas —en ese entonces no tenía muchas— y de mi poesía, que podía citar de memoria. En esas estábamos cuando la secretaria me invitó a pasar a mi cita. La mujer me alcanzó a decir que trabajaba en una entidad oficial, el extinto DAS, pero que tenía tiempo esa mañana. ¿Le aceptaba un cafecito en las cercanías después de salir de mi cita? Ella me esperaría. Su discreto pedido me conmovió y me doblegó, aunque en lo más hondo algo me seguía inquietando. Tal vez que trabajara en el DAS, un lugar de detectives que tuvo fama de corrupto.
Cuando salí, allí estaba, esperándome estoicamente. Ya en el café, la conversación se desenvolvió de manera parca, previsible. Mi interlocutora no tenía mucho más que decirme. Indagó un poco sobre mis rutinas de escritura, mis lecturas, mis gustos literarios. Me confió los suyos, y me contó un poco de su vida de funcionaria, en la que no había ni grandes sobresaltos ni emociones. No era infeliz, no añoraba otro puesto, y el que ocupaba le daba tiempo para leer, que era su pasión, y para tomarse algunas horas libres, como las que le permitían estar conmigo a media mañana. La conversación empezó a languidecer. Como no había traído ningún libro —eso ya habría sido un milagro— me pidió que pusiera mi firma en una servilleta. También mi correo, porque le gustaría escribirme. Siempre agradezco esas manifestaciones de cariño, así que se lo di. Nada me costaba. Ya sabría yo eludir intercambios muy largos. Nunca escribió. Y con esa —y algunas experiencias similares— he logrado entender lo obvio: el acercamiento al escritor que admiramos, cuando es en esos términos, tiene el poder de destruir el aura. El lector se equivoca: cree que conocer a la persona profundizará el encanto de la lectura, pero por maravillosa que sea la conversación con el autor siempre habrá algo que no logra encontrarse. El lenguaje, las historias de ficción o de no ficción, las ideas que ha encontrado en los libros, tendrán siempre más fuerza para el lector que la conversación con el autor, por más que esta sea lúcida, original, vibrante. El escritor ha dejado de ser la entelequia que hasta entonces era. Ahora es un ser humano ubicado en un tiempo y un espacio, un amigo potencial, un ser con fragilidades y una historia como la de todos. El fan sólo puede seguir siendo fan cuando su acercamiento es fugaz, para la selfie, para la firma, para el abrazo, para la confesión emocional, antes de darse la vuelta que le permitirá conservar intacta la construcción mental que ya traía.
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Llego a firmar la última edición de Lo que no tiene nombre, la que contiene reproducciones de las pinturas y los dibujos de Daniel. La fila de mis lectores es larga, y a cada uno procuro mirarlo a los ojos, darle las gracias, escribirle algo que tenga sentido. A este le pregunto qué hace, tratando de inspirarme. «Médico», contesta, antes de empezar a llorar. Es un ataque de llanto convulsivo, que no logra detener. Los que están detrás lo miran, en silencio, conmovidos. Le pregunto en voz muy baja: «¿Quién es?». Con dificultad contesta: «Mi hermano». No sé si preguntar más. Si está vivo. Si es una enfermedad mental o un suicidio. Pongo mi mano sobre su brazo, muy suavemente. Escribo la dedicatoria, a sabiendas de que mis palabras no alcanzarán a consolar su llanto.
Veo llorar con frecuencia a mis lectores, los siento temblar cuando nos acercamos para tomarnos una foto. Yo casi nunca lloro. En mi versión más reciente, soy una mujer que ha conquistado la serenidad. Me ayudó el dolor, pero también su aceptación. Daniel es una especie de fantasma que aparece y desaparece. A veces se me ocurre que nunca hice el duelo, que este todavía está por hacerse o que ya nunca lo haré. Pero a veces suceden cosas excepcionales, sorpresivas. En la fila están los que adivino un padre y su hijo. Me preguntan si recuerdo quiénes son. No, no tengo la menor idea. El hijo, entonces, dice su nombre, y mi memoria se ilumina. Uno de los mejores amigos de Daniel, un chico que recuerdo como abstraído, un gran lector. Tiene la edad que él tendría: cuarenta. Es un hombre ya, corpulento, de frente amplia. Parco, casi frío, tal vez tímido. Escribo en su ejemplar algo alusivo a esa amistad. En el trayecto hacia mi casa empiezo a sentir el peso de la devastación. Antes de dormirme me abruma un llanto sin consuelo. Cómo sería ahora, me pregunto, y sólo logro ver su cara congelada para siempre en sus veintiocho años.

