Inquebrantable

Dra. Vonda Wright

Fragmento

Índice

imageÍndice

INTRODUCCIÓN. No somos víctimas del paso del tiempo

PARTE I

Prepárate para tu futuro Inquebrantable

1. Las bombas de tiempo del envejecimiento

2. Movimiento: tu escudo más potente para lograr un futuro Inquebrantable

3. Cómo construir una mentalidad Inquebrantable

4. ¿Dónde te encuentras en este momento? La evaluación Inquebrantable

PARTE II

Construye tu futuro Inquebrantable

5. De cara a tu futuro Inquebrantable: ejercítate con FACE

6. F / Flexibilidad y movilidad

7. A / Actividad aeróbica

8. C / Carga de pesos

9. E / Equilibrio y velocidad de los pies

10. Nutrición Inquebrantable

11. Cuando la menopausia entra en juego

PARTE III

Más allá de Inquebrantable

12. Desempeño mental máximo

13. Ir más allá de la salud optimizada al desempeño físico máximo

14. Longevidad de precisión: un viaje hacia la frontera final

Agradecimientos

APÉNDICE 1. Protocolos de ejercicio

APÉNDICE 2. Sistema de comidas de la doctora Vonda y sus recetas Inquebrantables favoritas

APÉNDICE 3. Estrategias Inquebrantables para el manejo del dolor y las lesiones

Referencias

imageINTRODUCCIÓN No somos víctimas del paso del tiempo

Me sentía como atrapada en el tiempo; no entendía cómo cada día se convertía en años; me sentía perdida y no sabía cómo regresar a un lugar que me resultara familiar.

—EVA

Conozco a Eva desde que estábamos en nuestros treinta. Solíamos hablar a diario, pero al paso de los años ese contacto regular se fue perdiendo a medida que nuestras obligaciones profesionales y de familia empezaron a acaparar cada vez más de nuestro tiempo. De todos modos, lo que recuerdo de Eva es que es brillante, graciosa y cálida, y que ilumina cualquier habitación en la que entra con su energía y sus risas. Es la encarnación misma de su nombre, que significa ¡“llena de vida”!

Hace algunos años volvimos a entrar en contacto después de un tiempo de no estarlo. Pude ver lo agotada que estaba y la manera en que el tiempo había golpeado su vitalidad y atenuado su luz. Me explicó que había subido de peso sin quererlo, en especial en torno a lo que antes fue su figura de reloj de arena, y que esta pesadez la dejaba sin poder respirar tan solo con subir las escaleras. Describió los días de minutos apresurados que se convirtieron en años, mientras se preguntaba a dónde se había ido todo ese tiempo y qué le había pasado a ella en el camino. También me expresó lo mucho que la perturbaba que la percibieran como “más allá de su mejor momento”, atrapada en un cuerpo menopáusico que la hacía sentir invisible frente a la sociedad. Mi amiga vibrante y llena de vitalidad parecía perdida y no sabía cómo hallar el camino de vuelta a una vida que fuera más allá de la mera supervivencia.

Entendí lo que me estaba describiendo. Hacía no mucho tiempo, yo también me sentía miserable por mi menopausia, pero desde entonces regresé a mis orígenes como estudiosa del envejecimiento musculoesquelético y de la longevidad para poder retomar y construir lo que ahora percibo como una vida Inquebrantable. Las personas se ríen en silencio o me miran con escepticismo cuando digo que estos pueden ser los mejores años de nuestra vida. De inicio, Eva se rio de la emoción que yo sentía de estar en mi mediana edad; es difícil imaginar que puedas prosperar durante este tiempo dados los incontables mensajes mediáticos y normas sociales que nos dicen a las mujeres que nuestros mejores años ya quedaron atrás. Sin embargo, compartí con Eva todas las formas en que me ayudé a mí misma y a las mujeres con las que trabajo para retomar el control físico y emocional a través de la nueva ciencia del envejecimiento, y la manera en que replanteé el envejecimiento para que se transformara de un deterioro a un superpoder. En lugar de bajar la marcha, le expliqué, ahora tenía esperanzas renovadas; reinicié mi reloj.

Eva sintió curiosidad en cuanto a la posibilidad de volverse a sentir como ella misma, aunque pude percibir que seguía dudosa. Le recordé que ya antes se había enfrentado a tareas difíciles, incluyendo criar a sus dos hijos casi a solas, construir una impactante trayectoria profesional y, ahora, también haciéndose cargo de sus ancianos padres. Admitió que todo eso era cierto y confió en mí. Juntas, elaboramos un plan para ayudarla a sentirse como ella misma una vez más. Ese plan se parecía mucho al que te presentaré a lo largo de las siguientes páginas.

Soy una médica que cree que el paciente tiene el derecho y la necesidad de saber cuál es su situación y por qué tiene que esforzarse tanto. Eva merecía lo mismo. Le expliqué la manera en que las diferentes elecciones de estilo de vida podían desactivar lo que los científicos consideran que son las bombas de tiempo del envejecimiento, de manera que puso manos a la obra para construir lo que ahora comprendemos que son escudos de protección para el resto de la vida. La mayor parte de los remedios que Eva utilizó antes eran parches rápidos, productos antiedad, dietas a corto plazo y rutinas de ejercicio basadas en las modas más recientes, no en la ciencia. Estuvo dispuesta a intentarlo de nuevo, pero su temor al fracaso era patente. ¿Era realista la esperanza de transformar su salud?

A lo largo de su trayectoria, Eva tuvo días fabulosos; pero también días horribles en los que se mató con tal de hacer el trabajo, junto con retrocesos en que se preguntó si alguna vez vería cualquier tipo de progreso. No obstante, se mantuvo firme en nuestro plan y claro que pudo ver ese progreso. Por supuesto, Eva no ha vuelto a verse y sentirse como cuando tenía 30 años, pero sí construyó una nueva y auténtica mediana edad y está dirigiendo toda la energía y la luz que siempre ha tenido para ser física y emocionalmente resiliente en sus próximos 40 años. Es fuerte y está envejeciendo con poder.

Ir más allá de “bien”

Cuando alguien te pregunta cómo estás, ¿con qué frecuencia te limitas a responder “bien”? Claro que, en ocasiones, eso es una manera breve de decir: “No tengo tiempo para entrar en detalles”, o bien es la respuesta que das para proteger tu privacidad. Pero quizá seas como los miles de mujeres con las que he hablado y que dicen “bien” para indicar que están apenas en un punto medio; ni fabuloso, ni óptimo, y mucho menos como recuerdan haberse sentido cuando sus cuerpos eran más jóvenes. “Bien” significa “pasable” y, de manera irónica, resulta agotador.

Los pasos fundacionales para volverte Inquebrantable son evaluar en qué punto te encuentras (que con frecuencia es “bien”) y pasar a través de un proceso para optimizar tu salud, como lo explicaré a lo largo de las partes uno a tres de este libro. Sin embargo, quiero que entiendas que no me estoy refiriendo solo a vivir sin la presencia de alguna enfermedad (cosa de la que hablaremos un poco), sino de verdaderamente invertir el tiempo y la energía para transformarte de la opacidad del “bien” a la luminosidad física y mental del Inquebrantable. Tú lo vales.

En términos generales, creo que nuestro cuerpo tiene la capacidad de exhibir nuestras versiones personales de una salud óptima, pero nuestras elecciones de estilo de vida y nuestras circunstancias van minando esas posibilidades hasta que estamos apenas “bien” o, incluso, ya enfermos. Este deterioro solo se ve amplificado por las bombas de tiempo biológicas del envejecimiento acerca de las que aprenderás en el capítulo 1. Utilicemos estos conocimientos como un llamado de acción para reclamar tu capacidad para vivir en una salud óptima e, incluso, para que alcances tu desempeño máximo, sin dejar de lado que al fin puedas sentirte como tú una vez más.

Intentar reclamar tu vitalidad no es una búsqueda antiedad; es un asunto prosalud. De todos modos, con demasiada frecuencia, las mujeres enmarcamos nuestros esfuerzos por recuperar nuestra salud como formas de detener al consabido reloj. Creo que esto sucede porque, para nosotras, la mediana edad puede asociarse con un profundo dolor emocional. Nos criamos en una época en la que lo que más se valoraba de las mujeres era su capacidad reproductiva, y hay ocasiones en que, al terminar con la procreación y la crianza de los hijos, podemos sentirnos irrelevantes y casi renunciar a nosotras mismas. Sin embargo, justo la misma energía interna que puede traer vida a este mundo, que puede nutrir ideas nuevas y tomar riesgos, puede canalizarse más allá de la procreación (¡sea que tengas hijos o no!). Los autores hombres de los que me veo acompañada en esta misma categoría de cada librería hablan de manera casi exclusiva acerca de la “longevidad” porque ven el valor y el potencial que tiene vivir más tiempo y envejecer con poder. Las mujeres también podemos hacerlo.

Las historias de las mujeres a las que atiendo, a muchas de las cuales escucharás en estas páginas, encarnan lo que siempre he creído que es el potencial humano. Incluso en los días iniciales de mi trayectoria profesional, me cuestionaba el mito social común de que el envejecimiento es el descenso inevitable de la vitalidad de la juventud por una pendiente resbaladiza hacia la fragilidad. Nunca creí que fuera así. Tal vez porque, desde mis primerísimos recuerdos, vi que mi padre, un corredor de resistencia incluso ahora, a sus 85 años, desafiaba al tiempo a través de su expectativa de vida saludable o, quizá, porque a través de mi trabajo con atletas competitivos de 70 u 80 años, he visto el aspecto que tiene aplicar la verdadera capacidad de nuestro cuerpo a plenitud.

Con demasiada frecuencia, consideramos que estas personas son anomalías y no modelos a seguir para nuestro propio futuro. Aceptamos que nuestro destino, en especial como mujeres en proceso de envejecimiento, será mucho más oneroso. Por desgracia, como cirujana ortopédica, veo este futuro más sombrío a diario en mi consultorio. Me encuentro parada al lado de la cama de alguna frágil mujer que está rota… en un sentido literal. Quizá se cayó y se rompió algún hueso, pero, a veces, sus huesos se han fragilizado a tal grado que se le fractura la cadera solo por estar parada en la cocina lavando los trastes, lo que la tumba al piso.

Cuando la conozco por primera vez en la sala de urgencias, pienso en su fractura y en la manera en que intentaré armarla de nuevo; pero también pienso en ella como mujer. ¿Cómo es que se fracturó? ¿Cuántos años lleva incontinente? ¿Su corazón será lo bastante fuerte como para tolerar la cirugía que estamos a punto de discutir? ¿Y acaso ya inició una precipitosa bajada por la resbalosa pendiente de la inmovilidad que la conducirá a diversos problemas de memoria?

La realidad es que esta frágil mujer derrumbada frente a mí en la cama de hospital, envuelta en su arrugado camisón azul, transida por el dolor de su fractura y en riesgo de tantas discapacidades más, no es la imagen de quien imaginó que se convertiría. Me lo dice ella misma.

Y mientras estoy de pie junto al lecho de esta mujer destrozada, en compañía de sus hijas (suelen ser ellas quienes la acompañan), discutiendo la cirugía por venir, la forma en que se recuperará, y dónde tendrá que vivir después de la operación, es frecuente que sus pensamientos vaguen hacia la pregunta: “¿Cómo llegué a esto?”. A menudo, mis pacientes me miran a mí y a las enfermeras y nos dicen lo afortunadas que somos por ser jóvenes, que alguna vez fueron como nosotras y que jamás envejezcamos, para rematar con: “Esta no es la manera en que quiero que me recuerden”.

Escribí este libro para que tú puedas elegir el futuro que deseas y para que tú, como yo, puedas mirar atrás a la anticuada narrativa que la sociedad, ¡e incontables médicos!, han creado acerca del “envejecimiento normal”. Para ser franca, en este momento, las mujeres pasamos los últimos 20 años de nuestra vida, o a veces 30, como me ha tocado ver, de camino a la muerte, y es momento de decir basta.

Yo sostengo que aunque, sin duda, pasamos por algunos cambios en cada etapa de nuestra vida, en realidad lo que llamamos “envejecimiento normal” es un “envejecimiento normal para personas estresadas y malnutridas que, de manera deliberada, no están fortaleciendo sus músculos, atendiendo su salud hormonal y priorizando su movilidad”.

Envejecer hasta llegar a la fragilidad solo parece “normal” porque la vida moderna así lo ha determinado, cosa que amenaza con robarnos nuestra vitalidad. Es la razón por la que la mayoría de nosotras dedicamos un cuarto de nuestra vida deteriorándonos a causa de las enfermedades crónicas que ahora concebimos como el síndrome de muerte sedentaria (hablaremos acerca de la letalidad del mismo en capítulos futuros).

Como mujeres, esto nos afecta de manera en especial impactante. Las investigaciones médicas y la ciencia de la longevidad se han centrado tanto en los hombres que en gran medida se han ignorado nuestras necesidades y retos únicos, que incluyen aquellos que se presentan durante la transición de la menopausia, dejándonos vulnerables al nefasto destino que acabo de describir.

Si consideras que 70% de la totalidad de la población vive su adultez de manera sedentaria (y, a menudo, quiero añadir, con una nutrición deficiente), podrás darte cuenta de que envejecer hacia un estado de fragilidad tiene menos que ver con nuestras capacidades biológicas y más con la manera en que llevamos nuestra vida. Pero el hecho es que ¡los pilares del envejecimiento son modificables! Podemos desactivar esas bombas de tiempo. Podemos envejecer con poder. Podemos proteger nuestra armadura natural, nuestros huesos, músculos, células saludables y el ADN mismo, contra el daño y el deterioro prematuros. Además, nunca es demasiado tarde para empezar.

Tu historia también es la mía

Y, ahora, es momento de una confesión. La historia de Eva, las historias de mis clientes y, tal vez, tu propia historia, también son la mía. Es una historia de descuido inconsciente. Quizá, al igual que tú, estaba tan ocupada con el cuidado cotidiano de los demás y de mi trayectoria profesional que sencillamente dejé para después la construcción de mi propia infraestructura de salud. Y, quizá, como tú, estaba concentrada de manera tan absoluta en el día de hoy, que descuidé por completo lo que vendría a futuro. A saber: mis treinta pasaron como entre nubes mientras terminaba mis estudios de medicina y mi residencia quirúrgica de siete años, y después, mientras me dedicaba a construir mi camino en la investigación y cirugía en ortopedia. Me enorgullecían las jornadas de 40 horas y que comía lo que mejor funcionaba para consumirse con una sola mano mientras corría de una cosa a la siguiente.

El inicio y mediados de mis cuarenta fueron fabulosos. Ahora, ya terminados mis estudios y con una trayectoria profesional establecida, me puse en la mejor condición física de mi vida con apenas 19% de grasa corporal; entrenaba para triatlones y obtuve mi MMP (mejor marca personal) en el 10K de Central Park con 4:37 minutos por kilómetro. Al fin, después de 11 años de capacitación en medicina y cirugía ortopédica, me había mudado de la ciudad de Nueva York a Pittsburgh para iniciar mi trabajo de ensueño en uno de los mejores departamentos de cirugía ortopédica del país, donde también fungí como médico principal para un equipo de futbol americano de primera división. Me casé con el amor de mi vida, una persona, padre y bicampeón de la Copa Stanley de la NHL como de ensueño, y creé una increíble familia compuesta. Y, además, al parecer de manera milagrosa, tuve a una hija propia, Isabella, en un momento de mi vida en que el embarazo se clasifica como “geriátrico”.

Me sentía en la cima del mundo… hasta que cumplí los 47, cuando de la nada, sin exagerar, pensé que moriría. Me dolía cada centímetro del cuerpo. Mi regla era como un río caudaloso. No estaba durmiendo bien, y cuando lograba dormir, era frecuente que despertara bañada en sudor y con una frecuencia cardiaca galopante. Mi cerebro, antes agudísimo, siempre capaz de absorber los más profundos detalles y de memorizar libros enteros de información, ahora estaba como cubierto por la niebla. Sentí que me estaba volviendo loca. Hice una cita con un colega cardiólogo para someterme a una prueba de esfuerzo cardiaco. Me aseguró que todo estaba bien y que, en definitiva, no estaba a punto de morir, pero algo había cambiado y me sentía intranquila.

El cambio más visible fue que ahora tenía 34% de grasa corporal. Mi cintura desapareció y la grasa se asomaba por encima de la banda posterior de mi brasier. Y peor todavía, de repente me sentí mucho más débil y tenía dolores por todo el cuerpo al grado de que apenas podía levantarme de la cama por las mañanas. Como cirujana mujer en un campo de lo más masculino, siempre me sentí orgullosa de poder cargar a solas con los pesos (en sentido literal) implicados en la cirugía ortopédica. Recuerdo a la perfección el día en que traté de mover a un paciente de 136 kg sobre la cama, como siempre lo había hecho, y me sentí debilitada. Fue un incidente de alerta para mí y me precipité en busca de respuestas.

Me di cuenta de que me encontraba en la perimenopausia, de la que nadie hablaba en ese entonces… ni los médicos. Después de que mi estrógeno salió volando por la ventana, una cascada de reacciones metabólicas me dejó contemplando a una total desconocida en el espejo.

¡Jamás pensé que yo envejecería!

Sé cómo suena, pero, de alguna manera, supongo que porque siempre fui muy fuerte y porque valoraba mi salud, y aunque la totalidad de mi carrera como investigadora se había centrado en el envejecimiento musculoesquelético, nunca pensé que el “envejecimiento” me tocaría a mí (y, caray, sé que no estoy sola en esto…). Llevé a cabo muchísimas investigaciones que indicaban la forma de vivir de manera saludable, vital y feliz, y ni siquiera podía concebir un futuro de fragilidad para mí. Sin embargo… allí estaba yo, frente al espejo, mirando a alguien a quien no reconocía y sintiéndome con una completa desconocida dentro de mi propia piel.

A medida que profundicé en la ciencia, ¡que incluía mucho de lo que me estaba sucediendo!, pude ver con claridad el punto en que habían chocado la mediana edad y la menopausia, conmigo en medio de ambas, dañando mi salud, fuerza y confianza incluso a nivel celular y molecular. El escudo biológico de mi juventud, que tomé por hecho y que, sin saberlo, desgasté durante mis veinte y treinta, estaba cediendo y cayéndose a pedazos. Esto me dejó vulnerable al impacto dañino del envejecimiento “normal”; todos esos procesos biológicos que promueven el deterioro y la progresión de enfermedades crónicas y discapacidad que suceden al paso del tiempo cuando estamos estresados, llevamos una vida sedentaria durante periodos prolongados y no nos alimentamos de manera adecuada. Había trabajado tanto y confiaba tanto en ese escudo de mi juventud que fui incapaz de ver el daño al que lo estaba sometiendo hasta que me pasó por encima y me obligó a lidiar con él.

Me encargué de mi salud hormonal por medio de una terapia de reemplazo, cosa que ayudó, pero que para nada hizo que todo mejorara como por arte de magia. Y en ese momento me percaté de que la menopausia era una llamada de alerta más que necesaria, pero que había mucho más en juego que los factores hormonales en sí. Creo que este es un mensaje de especial importancia para las mujeres de mediana edad ahora que se habla de la menopausia de manera tan prominente en la cultura popular. Es trascendental que al fin se esté reconociendo a la menopausia pero, ahora, necesitamos comprender que no lo abarca todo y que, aunque la terapia de reemplazo hormonal puede ayudar, necesitamos actuar para proteger a las personas que seremos a futuro.

Tu plan de trabajo para lo que viene a continuación

Podemos dejar que pase el tiempo sin tener conocimiento ni prestar atención a los efectos reales e implacables de los bajos niveles hormonales y a las bombas de tiempo del envejecimiento celular, o podemos elegir construir una infraestructura Inquebrantable. Si estás leyendo este libro, has optado por lo segundo. ¡Bienvenida!

Antes que nada, es importante comprender esas bombas de tiempo biológicas del “envejecimiento normal” y ayudarte a preservar e, incluso, a fortificar tus escudos en su contra. Encontrarás esta información de contexto vital en los capítulos 1 y 2, respectivamente.

También es importante que, de manera muy seria, analices tu mentalidad, tu actitud respecto a tus capacidades y tu compromiso con un futuro diferente de aquel hacia el que te estás dirigiendo en la actualidad. En el capítulo 3 te ofrezco diferentes maneras de llevar a cabo esta evaluación emocional y los pasos que necesitas tomar para replantear y cambiar tu perspectiva.

En el capítulo 4 se detalla la forma en que te pediré que hagas otro tipo de evaluación: la de tu condición física. Te llevaré de la mano para que aprendas formas sencillas en las que puedes determinar la eficiencia con la que tu cuerpo podría o no estar funcionando en casa. Desarrollé una puntuación Inquebrantable, basada en investigaciones, que convierte los principales factores de predicción de la salud y la longevidad en una medida cuantificable que puedes volver a comprobar después de que hayas establecido tu estilo de vida Inquebrantable. También te sugeriré y explicaré los biomarcadores, o análisis de sangre, importantes que pueden ayudarte a comprender el estado actual de tu salud. Con una clara idea de dónde se encuentran tu cuerpo y tu mente hoy, tu punto de partida, estarás lista para iniciar el camino hacia ese futuro diferente.

La parte dos te ayudará a ponerte en marcha. Abarca la manera en que prescribo y diseño mis programas de ejercicio. Es lo que llamo el protocolo para dar cara a tu futuro con los ejercicios FACE (cara, en inglés). Es el régimen que inicié yo misma y que, a lo largo de los últimos 20 años, he utilizado con miles de mujeres para que lo implementen ellas mismas. Expresado en forma de acrónimo por los cuatro componentes para iniciar la travesía, los ejercicios FACE son un enfoque paso a paso que trata con tu flexibilidad y movilidad (F), tu capacidad aeróbica (A), tu capacidad para cargar pesos (C) y tu equilibrio y velocidad de pies (E). Te brindaré conjuntos y secuencias de ejercicios específicos que, al paso del tiempo, podrás integrar en tus rutinas diarias y semanales. Para que puedas tener lo que necesitas a la mano para llevar a cabo este importante trabajo, el apéndice 1 lo conjunta todo en un solo lugar.

Al centrarnos y reforzar nuestra salud en estas cuatro áreas críticas, lo que estamos haciendo en realidad es dedicarnos a nuestra longevidad muscular y esquelética, por supuesto. Los músculos son el motor que impulsa tu esperanza de vida saludable. Aunque tendemos a pensar en ellos como una especie de maravillosa herramienta mecánica, ahora sabemos que los músculos son muchísimo más que eso. En términos literales, tu musculatura esquelética es una fábrica de longevidad. Produce hormonas, proteínas y otros químicos que fortalecen y protegen tu cerebro, tu corazón y otros órganos. Te ayuda a mantener huesos fuertes; te ayuda a manejar tu azúcar en la sangre y tu salud metabólica. Cuando empieza a debilitarse, tu salud vacila y empieza a deteriorarse. La musculatura esquelética es la base misma de nuestra protección contra esas bombas de tiempo del envejecimiento. La movilidad, y con eso me refiero a ella de manera literal, a la capacidad de mover tu cuerpo con fuerza y resistencia, es equivalente a la vitalidad.

Aunque la musculatura es nuestra armadura primordial y la maestra de nuestro metabolismo, los huesos son el entramado que le da sustento a la armadura y son los maestros de la comunicación bioquímica. Como aprenderás, aunque pensamos en los huesos como una serie de varillas calcificadas que nos mantienen erguidos, ¡la verdad es que nuestro esqueleto es un órgano endocrino! Nuestros huesos producen proteínas que ayudan a controlar la función cerebral al estimular la producción de neurotransmisores. Trabajan en conjunto con nuestro páncreas, músculos y tejido adiposo para regular el metabolismo de la glucosa e incluso producen una hormona que es un factor de saciedad que viaja hasta el cerebro para indicarle a tu cuerpo que está satisfecho después de una comida. Y eso muy aparte de servir como almacén de minerales (como el electrolito calcio), de ser las incubadoras para nuestros glóbulos rojos y de representar un papel central en la salud del microbioma intestinal. Por supuesto, nos ofrecen fuerza estructural. Sin huesos fuertes y sanos, nuestros músculos no serían más que un cúmulo de tejidos temblorosos. En lugar de ello, músculos y huesos trabajan de manera conjunta para la locomoción, la comunicación y el metabolismo; son un solo ecosistema.

Aunque existen ejercicios específicos que son esenciales para fortalecer el motor que es nuestro sistema musculoesquelético, nuestras dietas son, de manera literal, la forma en que energizamos a ese motor; le ofrecen una nutrición Inquebrantable a cada célula de nuestro cuerpo. ¡Y esa es la razón por la que leer y prestarle atención al capítulo 10 no es negociable en absoluto! Allí te explicaré los elementos esenciales de la planificación de comidas basadas en macronutrientes (proteínas, carbohidratos y grasas) y cómo diseñar una dieta antiinflamatoria. El apéndice 2 te ofrece recetas de muestra diseñadas de manera específica para sostener tu estilo de vida Inquebrantable.

El último componente del programa FACE en realidad no forma parte del agudo acrónimo, pero de todas maneras puede ser importante para ti: trabajar con un médico de tu confianza para evaluar y corregir tu salud hormonal. Después de todo, a medida que la producción de estrógeno empieza a disminuir durante la transición de la menopausia, se lleva parte de tu armadura con ella. Con base en mi revisión de la literatura que está emergiendo sobre la terapia hormonal para mujeres durante la menopausia y mi valoración de las señales que yo misma observo, creo que la terapia de reemplazo hormonal ofrece una protección valiosa que da mayor fuerza al escudo biológico. No es ninguna bala de plata, pero bien vale la pena considerarla. También reconozco que la terapia de reemplazo hormonal no es para todo el mundo, de modo que también estoy aquí para ayudar con reforzadores no hormonales.

Te mencioné que esta es la travesía que recorrí yo misma. De hecho, a través de esta mezcla de optimizar mi salud hormonal, seguir una sencilla rutina de ejercicios específicos de fuerza y cardiovasculares y llevar una dieta que promueve la creación de músculo y reduce los daños inflamatorios, alcancé un éxito fabuloso. Remodelé mi cuerpo al perder 12% de mi grasa corporal y al generar más de 3.5 kg de musculatura; bajé un total de 8.2 kg de peso. Pero más importante todavía, me sentía fuerte, mi cerebro estaba despejado y adquirí un cierto caminar orgulloso por todo lo que logré. Me sentí Inquebrantable.

Ve un paso más allá

Las partes uno y dos te dan las bases para construir un estilo de vida Inquebrantable y para ingresar a un estado óptimo de salud. A medida que vayas invirtiendo en tu salud a diario y que percibas los profundos cambios de los que eres capaz, estoy segura de que aumentará tu confianza en ti misma y que querrás hacer todavía más. La parte tres lleva las cosas a otro nivel.

En mi trayectoria profesional como cirujana ortopédica en deportes, mi tarea es ayudar a atletas y a personas activas a ir más allá de una salud óptima para tener un desempeño máximo en cada aspecto de su vida, sea en casa o en el trabajo. Una vez que sientas que hayas optimizado tu salud y que te sientas vigorizada, querrás seguir adelante hacia tu propia versión del desempeño máximo mental y físico. Y eso es de lo que trata la parte tres, de sentirte y verte todavía más Inquebrantable.

Por supuesto, la salud muscular seguirá teniendo el papel estelar aquí, pero también te ayudaré a empezar a expandir el elenco secundario para apoyar tu longevidad y tu esperanza de vida saludable. En la parte tres discutiré cómo centrarte en lo que se denomina nuestro VO2 máx., la medida de la cantidad máxima de oxígeno que tu cuerpo puede utilizar mientras se ejercita, algo que se considera como la señal característica principal del desempeño y la longevidad. También aumentaré tus rutinas de ejercicio con entrenamientos de mayor velocidad (que, antes de que me lo preguntes, se ha demostrado en diversos estudios que puedes, y quizá deberías, hacer a cualquier edad).

Te ayudaré a ahondar más en la manera en que funciona tu cuerpo. ¿Estás obteniendo las cantidades óptimas de micronutrientes? ¿Tu cuerpo los está absorbiendo? ¿Cuál es el estado de tu salud celular y tu cuerpo es capaz de repararse a sí mismo y de deshacerse de la basura celular? ¿O acaso estás acumulando desechos y tienes “células zombi” rondando por allí? ¿Necesitas reducir lo que los investigadores en longevidad llaman senescencia celular (una de esas bombas de tiempo) donde las células dejan de dividirse y de crecer como lo diseñó la naturaleza? Aprenderás a manejar cada uno de esos factores y varios otros más.

Todo cambio físico requiere del liderazgo y apoyo del cerebro. Y esa es la razón por la que, en el capítulo 12, profundizo en cuanto a la resiliencia mental y cómo esta puede promover los tres elementos de la resistencia, compromiso, control y desafío, de manera muy parecida a como fortaleces los músculos y los huesos del cuerpo.

Por último, exploraré el presente y el futuro de lo que significa llevar una vida Inquebrantable más duradera en lo que yo llamo longevidad de precisión. Las nuevas tecnologías están creciendo a un ritmo exponencial. Nos permiten medir no solo la tasa de envejecimiento y los relojes biológicos, sino también saber cómo cada bioma del cuerpo, como el microbioma intestinal, trabaja de manera individual y cooperativa para optimizar no solo la digestión, sino también la salud hormonal y mental. Discuto estas tecnologías emergentes, así como una estrategia complementaria sencilla diseñada para fortificar tu armadura aún más y para hacer que el resto de tus años (la avanzada edad de los 97 años es mi meta personal) sean los mejores de tu vida.

Aunque es algo que veo con demasiada frecuencia, jamás he creído que nuestro destino sea deslizarnos por una resbalosa pendiente hacia la fragilidad, ni siquiera cuando estamos demasiado ocupados y damos por sentado el buen funcionamiento de nuestro cuerpo, hasta que este acaba reclamando nuestra atención a través de la enfermedad y el dolor. Estoy cierta de que podemos aprovechar la nueva ciencia del envejecimiento, aumentar nuestra compresión de las fluctuaciones hormonales que la mediana edad trae consigo y diseñar intervenciones precisas en nuestro estilo de vida que pueden robustecer nuestra infraestructura incluso a nivel celular. Creo que podemos vivir esa vida que imaginamos. Yo quiero ser Inquebrantable de por vida y quiero que tú también seas Inquebrantable de por vida.

Ahora, da vuelta a la página y comencemos.

PARTE I PREPÁRATE PARA TU FUTURO INQUEBRANTABLE

Sostengo que todos somos seres sintientes con la capacidad de decidir cómo vivimos. Para equiparnos de la mejor manera para tomar esas decisiones, y actuar acorde a ellas, el conocimiento es lo que nos brinda el poder para lograrlo. Esta primera sección te dará bases firmes para que puedas comprender las bombas de tiempo del envejecimiento:

  • Qué son las bombas de tiempo y cómo aceleran el envejecimiento
  • Cómo construir escudos de estilo de vida que te protejan de ellas
  • Cómo es que tu cuerpo responde de manera positiva al estrés estratégico al que lo sometes
  • Cómo es que los componentes del plan Inquebrantable fortifican tus escudos de protección

En esta parte también aprenderás a preparar tu mente para el cambio y la salud óptima al identificar aquello que valoras en tu vida, la manera de crear una visión para tu futuro y los pasos que necesitas para generar una mentalidad Inquebrantable.

Por último, no puedes saber hacia dónde te diriges a menos que también sepas desde dónde estás comenzando. El último capítulo de la parte uno te proporciona una herramienta basada en investigaciones, estadísticamente ponderada, para evaluar el sitio desde el que estás iniciando y que utiliza los principales indicadores de la longevidad humana, además de que te ofrece recursos para que tengas un pleno entendimiento de tus propias bombas de tiempo del envejecimiento.

El conocimiento es el poder que puede motivarte a la acción para optimizar tu salud. Así que, empoderémonos.

image1 Las bombas de tiempo del envejecimiento

Nada en la vida debe temerse, sino solo comprenderse. Ahora es tiempo de comprender más, para que podamos temer menos.

—MARIE CURIE

“Más vale que te vayas acostumbrando a esto. Es solo que estás envejeciendo”.

“Bueno, es algo que pasa a medida que te haces mayor”.

A diario mis pacientes me dicen que esta es la manera en que sus médicos, ¡y también sus amigos y conocidos!, reaccionan cuando hablan acerca de los cambios que están experimentando a medida que se hacen mayores. Es como si todo el mundo decidiera darse por vencido y lavarse las manos en relación con lo que significa envejecer. Es justo el mismo sentimiento que me expresó Eva cuando empezamos a trabajar juntas. “Pues, supongo que es solo que me estoy haciendo vieja”, me dijo. Una resignación aprendida que difería por completo de su vida antes vibrante. En algún momento dado, internalizó la narrativa de que el envejecimiento normal implica sufrimiento.

Quizá te pase lo mismo. Si yo te preguntara qué significa hacerse viejo y qué sientes en cuanto al envejecimiento, tu respuesta dependería de la edad que tienes en este momento y de la forma en que ves que se representa al envejecimiento a tu alrededor. Recuerdo que en mis primeros años de universidad estaba tan apurada por convertirme en una adulta hecha y derecha que no dejaba de decirles a mis compañeras de cuarto: “¡Ya crece!”. Ahora, qué ironía, me pregunto qué prisas tenía al final de cuentas. La manera en que nos sentimos acerca del paso del tiempo también se ve determinada por lo que vemos dentro de nuestras propias familias o en los mensajes que recibimos de los medios. Tu perspectiva será muy distinta si ves a tus mayores llevando vidas vibrantes décadas después de jubilarse mientras viajan por todo el planeta y se toman el tiempo para disfrutar de los frutos de su labor, o si ves a tus abuelas y tías irse fragilizando, encorvarse y romperse una cadera, lo que deriva no solo en un tremendo estrés personal, sino en alteraciones a la dinámica familiar y a la toma de dificilísimas decisiones familiares.

El género también importa. Si ves la manera en que los medios o la publicidad retratan la forma de vivir más tiempo, observarás una enorme brecha. En el caso de los hombres, es frecuente que se represente en forma de longevidad, nuevas aventuras y un paso digno hacia el encanecimiento de las sienes y la confianza propia que, sin duda, puede sustentarse en el Viagra (o en las 29 otras opciones que existen para fomentar la vitalidad masculina). En el caso de las mujeres, más años de vida se representan, en el peor de los casos, como invisibilidad y fragilidad y, en el mejor de ellos, con el mensaje de lo mucho que se necesitan las intervenciones cosméticas antiedad para poder retornar a la apariencia de nuestros años más juveniles.

Así que tenemos todos esos conceptos de envejecimiento que provienen de nuestras experiencias de vida y de las aguas culturales en las que navegamos. Pero, en cualquier caso, ¿qué es el envejecimiento y por qué, al parecer, envejecemos a velocidades distintas? Desde un punto de vista biológico, ¿qué es este proceso de envejecimiento a lo largo de la vida y qué es lo que lo acelera o lo demora?

Las características distintivas del envejecimiento

Los mismos sistemas y procesos que nos mantienen vivos, metabolismo, sistema inmunitario y mecanismos de reparación celular, están diseñados para protegernos y sustentarnos. Son los pilares de la salud y trabajan de manera incansable para equilibrar nuestras energías, reparar daños y alejar enfermedades. Sin embargo, al paso del tiempo, estos sistemas pueden verse superados o funcionar de manera menos eficiente, transformándose así de fuerzas de protección a lo que yo llamo bombas de tiempo moleculares que amenazan con destruirnos.

Existen diversas razones para este deterioro. A lo largo de décadas, nuestro cuerpo se enfrenta a un desgaste implacable. Nuestras células se dividen, nuestras vías metabólicas, antes sanas, comienzan a producir proteínas tóxicas y empiezan a acumularse desperdicios al interior de cada célula. Los cuerpos jóvenes pueden manejar y reparar estos daños con facilidad, pero al pasar de los años el daño se acumula con mayor velocidad que aquella con la que se puede reparar. Además, nuestro metabolismo se altera. Aunque el metabolismo energiza cada función de nuestro cuerpo, los subproductos de esta producción de energía, como el estrés oxidativo y la inflamación, pueden empezar a causar estragos. De inicio, todos estos procesos se encuentran equilibrados, pero a medida que se van acumulando los subproductos inflamatorios empiezan a afectar el funcionamiento saludable. Las células solo pueden dividirse un número limitado de veces antes de experimentar la muerte celular programada o ingresar en un estado de senescencia, en el que ya no se dividen, sino que secretan señales inflamatorias dañinas. En pocas palabras, se agotan, de modo que este proceso de envejecimiento celular, antes provechoso, empieza a causar inflamación crónica y daño a los distintos tejidos. Los sistemas diseñados para mantenernos a salvo, como el inmunitario, pueden activarse en exceso o desregularse, lo que conduce a enfermedades crónicas como trastornos autoinmunitarios o síndrome metabólico. En otras palabras, nuestra homeostasis, antes adaptativa, se vuelve desadaptativa. O, dicho de manera más sencilla: los sistemas que solían protegernos se convierten en bombas de tiempo que ponen en peligro nuestra salud.

Aunque no podemos detener el paso del tiempo, no somos víctimas del envejecimiento. El verdadero poder reside en reconocer estas bombas de tiempo desde un inicio y tomar pasos proactivos para neutralizarlas. Al protegernos, podemos conservar el control y construir un futuro de salud y resiliencia perdurables.

En efecto, mientras algunos científicos consideran que el envejecimiento es una enfermedad que necesita curarse, otros, como yo, consideramos que el envejecimiento es un superpoder. Nos permite crecer a través de nuestras experiencias para alcanzar una riqueza de vida y habitar en toda esa riqueza de la que somos capaces. El problema no es el envejecimiento, sino nuestra salud a medida que envejecemos. Debemos tomar medidas para crear una vida Inquebrantable, en la que nuestra esperanza de vida saludable sea igual que nuestra esperanza de vida total.

Con el fin de ahondar en la creación de escudos que logren mantenernos sanos y longevos, es esencial que comprendamos las bombas de tiempo del envejecimiento de manera completa. La forma en que envejecemos puede verse alterada por nuestro estilo de vida y, en verdad, es criminal lo poco que se nos enseña acerca de la biología del envejecimiento saludable. Es mucho más sencillo internalizar hábitos y conductas de envejecimiento saludable (como los que encontrarás en las páginas de este libro) si sabes de manera precisa la forma en que alteran tu biología.

Es por ello que me he tomado el tiempo para detallar los más importantes aquí. Tenemos algunas indicaciones claras acerca de los procesos biológicos que dañan nuestras células y que, al final de cuentas, les abren el camino a los trastornos y enfermedades crónicas. También contamos con indicaciones claras acerca de lo que puede ayudar a protegernos y a mantenernos Inquebrantables a lo largo del tiempo.

En aras de la máxima claridad posible, condensaré las 12 señales características del envejecimiento (aunque cada vez son más) en lo que considero que son las principales seis bombas de tiempo moleculares y, después, explicaré las formas principales en las que puedes protegerte de ellas para que no solo extiendas tu esperanza total de vida, sino que también logres extender tu esperanza de vida saludable para que perdure tanto como lo puedas hacer tú.

Bomba de tiempo 1: cambios y daño al ADN

Nuestro ADN no dicta nuestro destino y podemos dejar de culpar a nuestros padres por nuestra salud. Cada vez que digo esto en público, sé que mi madre va a sonreír. Aunque es cierto que heredamos nuestro código genético, o ADN, de nuestros padres, no predetermina ni la totalidad de nuestra salud, ni nuestra esperanza de vida saludable. Solo 30% de nuestra salud y envejecimiento es resultado de la genética. El 70% restante se debe a nuestras elecciones de estilo de vida, que influyen de manera directa en la forma en que se expresa nuestro ADN.

La probabilidad y manera en que se lee nuestro código genético para dictar la función de nuestras células, tejidos y cuerpos en su totalidad depende de una diversidad de factores. Esto no significa que nuestro ADN mismo cambie en sí mismo, sino que cambia la forma en que nuestro cuerpo lo “lee” gracias a lo que se denomina cambio epigenético. Nuestras elecciones de estilo de vida, la cantidad de ejercicio que hacemos y el tipo de actividades que llevamos a cabo, lo que comemos, cómo dormimos y otros hábitos y conductas, pueden alterar la forma en que se comportan nuestros genes sin tener que reescribir nuestro código genético en sí.

Esta comprensión puede ofrecernos una verdadera esperanza para el futuro porque muestra que, en gran medida, nuestra expresión genética está en nuestras manos. De hecho, si consideras que una sola sesión de ejercicio aeróbico altera más de 9 800 moléculas, incluyendo proteínas, lípidos, genes y marcadores inmunitarios que influyen en nuestra salud, habrás dado una breve mirada a lo poderoso que puede ser el programa de ejercicios correcto. La promesa, y la maldición, de la epigenética es que, sin duda alguna, nuestras elecciones de estilo de vida pueden proteger nuestra salud, pero también pueden dañar la sana expresión de nuestros genes y conducir a un mayor deterioro celular, a la aceleración del envejecimiento, al cáncer y a una reducción en la esperanza de vida saludable y en la expectativa de vida en sí.

Veo la profunda influencia que tienen nuestras elecciones de vida sobre nuestra salud y longevidad dentro de mi propia familia. Los padres de mi papá, Oren y Velma Wright, eran granjeros en Kansas. Su supervivencia se basaba en el trabajo arduo y en la dieta típica de alimentos fritos y altos en grasas clásica del medio oeste de los Estados Unidos durante esa época. Fumar era la norma. ¿El resultado? Una disminución en su esperanza de vida saludable. Para el inicio de sus sesenta ya presentaban padecimientos cardiovasculares y pulmonares, y para cuando llegaron a inicios de sus setenta ambos murieron a causa de accidentes cerebrovasculares y de enfermedad pulmonar obstructiva crónica. Por el contrario, mi padre, Gene, ha sido corredor de resistencia desde que tengo uso de memoria, y aunque creció con la misma dieta de alimentos grasos fritos que le servían sus padres, su compromiso con su propia salud lo protegió, por lo que sigue teniendo una vida plena a los 85, desafiándonos a todos a seguirle el ritmo. A pesar de que heredó sus genes de sus padres, sus elecciones de vida alteraron su expresión epigenética y añadieron 15 años (hasta el momento) a su expectativa de vida.

Dentro de la categoría del daño al ADN se encuentra algo que se denomina acortamiento telomérico. Los telómeros son capuchas protectoras que rodean a nuestros cromosomas, las largas hebras de ADN que contienen nuestra información genética. Podrías concebirlos como los pequeños remates de plástico al final de tus agujetas que evitan que se deshilachen o, en el caso de tus cromosomas, que se degraden o fundan unos con otros, lo que puede provocar enfermedades. Al paso del tiempo, los telómeros se acortan y, a medida que lo hacen, las células pierden su capacidad para dividirse y funcionar como deben.

Este agotamiento telomérico contribuye al proceso de envejecimiento y se asocia con la presentación de enfermedades asociadas con la edad y con la aceleración del envejecimiento en sí. Cuando los telómeros se acortan de manera crítica, o dejan de funcionar, pueden desencadenar la senescencia celular o la apoptosis (muerte programada) de las células, lo que contribuye aún más al envejecimiento y a las patologías asociadas con la mayor edad. De hecho, las personas de la tercera edad con telómeros cortos tienen tres veces mayor riesgo de enfermedades cardiacas y ocho veces mayor riesgo de muerte a causa de enfermedades infecciosas.

La buena noticia es que podemos demorar el acortamiento telomérico de manera radical y, con el plan correcto (como el que encontrarás en las siguientes páginas), puede revertirse. La actividad aeróbica consistente puede mejorar la longitud de los telómeros y de los marcadores de envejecimiento celular de manera significativa. De hecho, las investigaciones demuestran que adoptar un estilo de vida saludable que incluye el ejercicio aeróbico mejora la longitud telomérica de manera importante después de apenas seis meses, y que las mujeres de mayor edad que participan en algún programa estructurado de ejercicios aeróbicos pueden observar mejoras en la longitud telomérica en comparación con aquellas que son sedentarias. Diversos metaanálisis de datos muestran que aunque el entrenamiento aeróbico y de alta intensidad mantienen la longitud de los telómeros o los alargan, el efecto es menor con el entrenamiento de resistencia por sí solo.

Como en tantas otras cosas de la vida, la dosis determina el antídoto… y el veneno. Es importante señalar que aunque la longitud telomérica se asocia de manera positiva con la buena condición cardiorrespiratoria, dependiendo del nivel de actividad física (sedentario, activo, con ejercicios moderados o de élite) y de la intensidad del entrenamiento, los telómeros también pueden acortarse en atletas que se ejercitan de manera excesiva. Esa es la razón por la que es tan esencial la recuperación adecuada.

Hasta mediados de nuestros cincuenta, las mujeres tendemos a tener telómeros más largos y una tasa más baja de desgaste telomérico que los hombres. Las investigaciones que evalúan la tasa de acortamiento y el destino de la longitud telomérica con la edad y con los cambios hormonales de mitad de la vida siguen arrojando evidencia contradictoria en la literatura. Esto destaca la necesidad de más investigaciones específicas para mujeres. Lo que sí sabemos es que el estrógeno representa un papel clave en este caso, por lo que es importante mantenernos hormonalmente sanas. La terapia de reemplazo hormonal puede ayudar a preservar la longitud de los telómeros y a mejorar los desenlaces de salud en términos generales.

La nutrición también es trascendental en cuanto a su influencia sobre la longitud telomérica y la promoción de la salud epigenética general. Las dietas ricas en antioxidantes, sobre todo en aquellos que se encuentran en frutas, verduras, nueces y granos integrales, pueden combatir el estrés oxidativo, que se sabe contribuye al acortamiento telomérico. Investigaciones muestran que una dieta estilo Mediterráneo, que se caracteriza por una ingesta elevada de ácidos grasos omega-3, fibra y alimentos derivados de vegetales, se asocia con telómeros más largos y con mejores resultados de salud en mujeres de mayor edad.

Por último, el sueño de calidad y aprender a manejar el estrés son esenciales, no solo para preservar la salud general, sino también para ofrecerle apoyo a la longitud de los telómeros. Las alteraciones en los patrones de sueño se asocian con mayor estrés e inflamación, que, en conjunto, pueden acelerar el acortamiento telomérico. Los científicos han encontrado que el sueño de mala calidad y poca duración se correlaciona con el acortamiento de los telómeros. Investigaciones también han revelado que quienes utilizan técnicas de atención plena para la reducción del estrés exhiben telómeros más largos que aquellas personas que no practican estos métodos.

En los siguientes capítulos te enseñaré la manera específica de explotar el poder de tu estilo de vida para promover la salud epigenética y evitar el acortamiento telomérico por medio de la actividad física, la nutrición, el sueño y el mejor manejo del estrés.

Bomba de tiempo 2: envejecimiento inflamatorio

Como mujer de mediana edad, es muy probable que estés familiarizada con sentirte acalorada. Una vez que llegamos a la transición de la menopausia, los calores repentinos, la ansiedad y los bochornos pueden interferir con nuestra vida. Sin embargo, el “acaloramiento” al que me estoy refiriendo aquí sucede a nivel celular y se manifiesta en forma de inflamación crónica (que, con frecuencia, también se eleva al momento de la menopausia, como discutiremos en breve).

La inflamación es el equipo de respuesta de emergencia de nuestro cuerpo y se dispara siempre que nos enfrentamos a alguna lesión, infección o estrés. Envía células inmunitarias y citocinas (los mensajeros del cuerpo) para reparar los daños. Este proceso se inicia de inmediato y algunos glóbulos blancos, como los neutrófilos, se apresuran a la escena, seguidos de los macrófagos, que se encargan de eliminar los restos y los invasores.

Si la lesión, infección o estrés se prolongan, otras células inmunitarias, como linfocitos y células plasmáticas, se unen a la gresca. Liberan químicos, como prostaglandinas e histaminas, que distienden los vasos sanguíneos para permitir la entrada de más células del sistema inmunitario. A su vez, todas estas aumentan la sensibilidad al dolor. La batalla también enciende ciertos genes que disparan todavía más señales inflamatorias. Contendientes importantes, como el NF-kB, o el inflamasoma, un complejo proteico que activa una citocina esencial llamada IL-1β, ayudan a moderar a estos genes inflamatorios.

Esta intensa batalla inflamatoria se ve controlada por mediadores moleculares especiales y de otros tipos, como las muy aptamente denominadas resolvinas. El estrógeno también representa un papel en el apaciguamiento de la inflamación.

En una situación idónea, una vez que finalizan la amenaza inmediata y la reacción inflamatoria aguda, esta cascada celular y química se apaciguaría y regresaría a un estado de normalidad. No obstante, es frecuente que esto no suceda, por lo que terminamos viviendo en un estado de inflamación crónica.

En términos simples, la inflamación crónica es, en sentido literal, un exceso de algo bueno. Tu cuerpo sigue luchando a pesar de que ya no existe enemigo alguno. Se queda en estado de alerta roja aunque no haya ninguna amenaza inminente. Y ese es el momento en que empiezas a padecer de una inflamación crónica que termina dañando tejidos saludables y que conduce a enfermedades crónicas, un proceso que se denomina envejecimiento inflamatorio.

Esta es una, si no es que la más importante, de las bombas de tiempo a las que nos enfrentamos. La totalidad de nuestra cultura, sociedad, sistema alimentario y ambiente general no solo disparan la inflamación dentro de nuestro cuerpo, sino que avivan sus llamas con un fuelle tamaño industrial. Si tuviera que identificar una sola bomba de tiempo que causó estragos en mi propia vida, sería esta. Como cirujana, vivía en un estado de estrés elevado, y no hay nada que avive las llamas del incendio inflamatorio como el estrés crónico. Durante la reacción inflamatoria aguda que acabo de describir, el cuerpo libera cortisol a través del eje hipotalámico-hipofisario-suprarrenal (lo que también se conoce como respuesta de lucha o huida). Esto permite que el cuerpo siga en máxima alerta y continúe en busca de mÃ

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