«Concertina»: la voz abrasadora de Ayesha L. Rubio se desata en «Volverán como fuego»
Desde lo alto de una colina, Coyote, tan antiguo como el mundo, contempla la historia de los humanos, que le fueron confiados. Dividido en tres movimientos -la llegada, la permanencia y la huida-, Ayesha L. Rubio compone en el libro «Volverán como fuego» (Random House, enero de 2026) un retrato coral de la experiencia migrante y del desarraigo. Desde las arenas del desierto hasta las sombras de los esclavos en los arrozales, pasando por la voz quebrada de quienes buscan pertenecer, estos relatos alumbran los destellos que sobreviven en la oscuridad de un territorio donde lo humano y lo mítico se confunden. A continuación, LENGUA publica el segundo cuento del libro: «Concertina».
Por Ayesha L. Rubio
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CONCERTINA
We died in your hills, we died in your deserts,
We died in your valleys and died on your plains.
We died ‘neath your trees and we died in your bushes,
Both sides of the river, we died just the same.
«Deportee», Woody Guthrie y Martin Hoffman
En la distancia, alguien arrastra sus pies en silencio.
El hombre de pelo naranja y corbata roja mueve la boca delante del micrófono. Sentencia arriba y abajo con el dedo índice. En la parte inferior de la pantalla letras amarillas y un número de teléfono: PULSA 1 PARA SOLICITAR EL MURO. Nadie presta atención. Ese televisor se camufla entre la hilera de botellas en la pared y las bombillas de colores. La gente ríe; se prepara para una noche más de karaoke. Apuran sus cervezas en la barra. Se ajustan el sombrero de cowboy. Piden otro chupito de tequila. Diego observa desde su mesa, al fondo, donde apenas llega la luz. Se mira las manos: las palmas cruzadas de líneas, la piel árida como el paisaje, coloreada por el mismo polvo. Ese polvo que le envuelve, le reseca la garganta, le endurece la lengua. Sus manos hechas a la pala, con la que muerde la tierra a diario. Hasta cuándo. Cada noche la misma pregunta. Sigue excavando cada día. Su vida amarrada a un ciclo que se repite, anterior a su memoria.
Desde hace tiempo, grupos de estudiantes de antropología han acudido a Falfurrias en oleadas. En el condado de Brooks no hay registros. Durante quince años, lo normal había sido enterrar los cadáveres encontrados en las parcelas vacías del cementerio, donde nadie quería enterrar a sus muertos. Ahora buscan las huellas invisibles. Un cementerio sin lápidas; sin una cruz cuya sombra acaricie el recuerdo de quienes fueron.
Aquella mañana, un estudiante limpiaba con pincel una mandíbula. Hay huesos enredados con bolsas de basura descoloridas. Restos de billetes fotocopiados, con caras de presidentes que se desdibujan. Trozos de tela que se deshacen. Hay que encontrarlos a todos: por ellos, por las familias. Pero los cuerpos solo se multiplican: en esas fosas comunes, en ranchos privados o entre las flores salvajes que tiñen el paisaje. Años y años de cuerpos que la tierra engulle. Deshidratados, exhaustos; estatuas de sal que el viento arrastró en silencio. Cuerpos que se aferraron a los arbustos negros y retorcidos, y pasaron a ser parte de ellos. Kilómetros y kilómetros de muertes diminutas, con el sol como único testigo. A veces, han podido darles nombre, devolverles su identidad; son tan pocos. La mayoría se desvanecen, su existencia reducida a un saco de huesos que un día atesorara un perro.
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Diego mira esa pantalla de televisor. Ese hombre que no deja de hablar. Da otro trago a su cerveza. Observa a su alrededor. Solo en aquel bar se advierten las fronteras invisibles: cada uno construye su realidad con los retazos de información que le encajan, que no dan guerra. Y las fronteras crecen.
Esa maldita frontera. Diego recuerda el temblor en los labios de su abuela, se palmeaba las rodillas al recordar el puente de Santa Fe, para cruzar cada día de Juárez a El Paso: cómo les arrancaban la ropa, les cortaban el pelo y los rociaban con queroseno; cómo no pudieron volver a calzar sus zapatos cuando se los devolvieron con las suelas derretidas. Su abuela, que meneaba la cabeza ensimismada al recordar la historia que le contaba su madre, de esa otra Rosa Parks a la que nadie recuerda: Carmelita Torres, la amazona pelirroja –la llamaron los periódicos–, que a sus diecisiete años se bajó del tranvía, se negó a ser fumigada, denigrada, para cruzar a los Estados Unidos y limpiar las casas de los blancos; se levantó contra el maltrato, los abusos sexuales, contra la humillación de tantas mujeres despojadas de sus ropas, cuyas fotografías colgaban en las tabernas para ser señaladas con el dedo. A pesar de las revueltas, a pesar de todas las que junto a ella se plantaron ante el escuadrón de la muerte, armadas con uñas y piedras. A pesar de todo, los baños de queroseno, el polvo blanco, la humillación siguieron siendo la norma por décadas. A pesar de los accidentes. Ese guardia despistado que enciende el cigarro y con su mente en otro lugar, tira la cerilla. El incendio y los cadáveres. Los accidentes. Es importante eliminar las liendres, prevenir el tifus, que no pase la frontera. Después preguntan por qué, quién querría cruzar de otro modo, si no es porque tiene algo que ocultar. Diego escupe, levanta el vaso, da otro trago. Bajo el fantasma de ese puente de Santa Fe, bajo todos los puentes, en ese mismo instante, cada minuto, cada día, miles de personas siguen esperando ser consideradas aptas para entrar en Estados Unidos. Esa frontera maldita, infranqueable a través del tiempo y el espacio; mutando en sus métodos para mantenerlos fuera pero manteniendo siempre el mismo objetivo. Las fronteras. El dedo. La sentencia. Aquí y allá, los muros siguen creciendo por toda la superficie de la tierra. Alambres como cuchillos o silbar de balas. Alguien que bracea por un río helado. Alguien que se arrastra cual serpiente en el desierto. Voces que se dispersan en la noche larga y densa. Excavar y limpiar huesos. Repartir y esconder los bidones de agua entre los arbustos, lejos de la mirada de la guardia fronteriza. Papeles y trozos de tela. Nunca olvides, Diego –le decía su madre–, recuerda. Aquel hombre en la pantalla no deja de mover el dedo: arriba y abajo, arriba y abajo. Articula palabras como si conociera su significado, su magnitud. Alguien desentona al micrófono «The Seashores of Old Mexico». Diego apura el último trago y sonríe con tristeza, esa canción corroborando con ironía sus pensamientos. Qué distinta es la frontera dependiendo de quién la cruce. Se levanta de su rincón, se coloca el sombrero acariciando el ala con los dedos. Empuja la puerta del bar sin mirar a nadie y respira la oscuridad del desierto. La llave en el contacto. Ajusta el retrovisor, escudriña el pequeño espejo como si pudiera cruzarlo. Fuera, en la distancia, alguien arrastra sus pies en silencio.
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