«Orquesta», de Miqui Otero: la llamada desde el otro lado
Todo mapa es una representación del mundo que refleja la visión de quien lo dibuja, y el Mapa de las Lenguas no tiene fronteras ni capitales: nueve libros, un año y un territorio común para la literatura de veintiún países que comparten un idioma con tantas voces y lenguas como hablantes. Invitados por LENGUA, los autores de la edición de 2025 exponen su geografía literaria y explican cómo ésta encaja en esta colección panhispánica global que presenta la mejor literatura en español. Aquí, Miqui Otero escribe sobre «Orquesta» (Alfaguara).
Por Miqui Otero

Miqui Otero. Crédito: Cecilia Duarte.
Estamos ante uno de esos escritores que cuando viajan a un entorno rural y ven una vaca, apuntan con el dedo y dicen: ¡mira, una vaca! Un tipo más de ciudad que las farolas de hierro forjado, que necesitaría un Shazam ornitológico para diferenciar el gorjeo de dos pájaros y que cuando pasea por una pista sin asfaltar, que serpentea entre montes de árboles (porque así los llama, árboles, sin distinción), se ve raptado por una necesidad imperiosa de orinar en los helechos para sentirse libre y en comunión con la naturaleza. Pobre infeliz.
Y, sin embargo, ahí está nuestro novelista urbano, alejándose de su territorio literario: el maletero empacado, el gas a fondo, las ventanas abiertas, rumbo a la aldea de la que emigraron sus padres medio siglo antes. El viaje entre Barcelona y Galicia es literal, pero también literario. «El pasado es un país extranjero. Allí las cosas se hacen de otra manera», escribió L. P. Hartley. ¿Se dirige a un lugar o se enfrenta a un tiempo?
Durante el año 2021, fallecieron la gran mayoría de familiares directos que me quedaban en el pueblo de la costa cantábrica. Cada vez que recibía la noticia, tenía que ponerme a dos asuntos: buscar vuelos para esa misma tarde y escribir un texto para el sepelio (una familia bendice tu vocación de escritor a cambio de condenarte a leer unas palabras en cada funeral). Pero mi viaje (es decir, la gestación de Orquesta) tenía que ver también con otra cosa: tras varias novelas ambientadas en Barcelona, alguna incluso saludada como la nueva Novela de Barcelona, sentía una necesidad imperiosa de fugarme y de dejar de dar entrevistas a medios europeos donde, suspicaz de haberme convertido en un mero portavoz municipal, respondía por el estado de mi ciudad. Así que, por esas dos razones, iba a ese lugar con olor a eucalipto del que habían salido mis padres, sí, pero también de donde habían emigrado tantos antepasados a América.
Durante mis vacaciones infantiles, que invariablemente pasaba en ese lugar, a veces sonaba el teléfono de madrugada. «No me conoces de nada, pero: soy tu primo», escuchaba al otro lado, como en una versión rural de La Guerra de las Galaxias (eran los esquejes de la familia que no habían vuelto). En parte, las historias que de ellos nos llegaban, o las que nos traían, contenían trazas de invención que maquillaban sus fracasos: con ellas no solo aprendí el poder de la ficción para volver más tolerable la vida, sino que me empujaron a empezar a escribir. La llamada telefónica, sí, pero también la llamada como vocación.
Ese lugar al que viajaba podía ser el pasado, pero también el presente y, por supuesto, el futuro. El territorio de Orquesta sería una plaza del pueblo. Todo transcurriría en una noche de verbena, donde personas de todas las generaciones trenzarían sus euforias y secretos. Pronto entendí que en esa plaza no aparecerían solo los vivos, sino también los muertos, porque es en una fiesta donde los que están celebran la vida, pero también cuando más recuerdan a los que no están. Y asumí también que ese lugar no sería un mero paisaje que observa (como dice Bajtin que lo eran las ciudades antes de la novela del XIX), sino casi un personaje que nos habla.
El idioma común de los personajes de la novela, de un conde centenario a un feto con todo por hacer, serían las canciones que tocaría esa orquesta. Esas que, como la familia, no buscas, sino que encuentras, que conoces sin saber cuándo te las cruzaste por vez primera. Al fin y al cabo, la música de las verbenas gallegas no llegó por aire (a través de la radio), sino por mar: los discos calientes que mandaban en transatlántico hacia la aldea fría los que emigraron a América. Además, y tomo la idea de Belén Gopegui, si ver bailar da ganas de bailar, leer ciertas novelas debe dar ganas de vivir.
Así que Orquesta sería un baile, con una curiosa narradora: la música, además de un viaje en el tiempo y en el espacio. Después de comentar durante la promoción que en parte yo era escritor gracias a mis parientes americanos, algo sucedió en las firmas del Día del Libro. Una mujer me miraba desde la cola con una ternura que suele asociarse más a la familiaridad que a la admiración. ¿Quién sería? Cuando por fin alcanzó mi mesa, me dijo: «No me conoces de nada, pero: soy tu prima». ¿La había convocado con la novela? ¿Al final iba en serio lo de que la literatura tiene mucho de conjuro? Casi perdí pie. Me dijo que había venido de Argentina para visitar España y que había visto en la prensa que firmaba. El círculo aún no se había cerrado. Lo hizo cuando sacó un librito del bolso y me comentó que era de su hermano, también escritor. ¿Había empezado él también a escribir gracias a la fabulación que imprimía en los datos fríos que le llegaban de sus parientes españoles?
Si la novela es un territorio, el país extranjero en el que todos nos sentimos en casa, donde se afina la polifonía de voces y se encuentran los que jamás coincidieron, entonces Orquesta es mi mapa y, gracias a este viaje que ahora emprende, también el vuestro.
Mapa de las Lenguas surge de la voluntad de querer pensar la literatura como un territorio común hecho de voces propias, fundamentada en el carácter universal del idioma que compartimos. En 2015 se inauguró en España con el fin de dar a conocer al lector español el enorme hervidero de talento latinoamericano. Entre 2016 y 2017, Colombia, Argentina, Chile, Uruguay y México se sumaron a este proyecto, creando cada uno de ellos un catálogo local, en el que fueron incorporando voces literarias provenientes del resto de territorios, y posteriormente también se unieron Perú y Estados Unidos. Hoy, muchos de estos autores han tenido múltiples reconocimientos y traducciones a otros idiomas, y el Mapa de las Lenguas se ha constituido como una ventana a la que se asoma el panorama literario internacional para conocer la mejor literatura en español.
Mapa de las Lenguas se consolidó en 2021 como un proyecto panhispánico global muy ambicioso para que nuestros libros sigan viajando. En 2025, a partir de una lista única de 9 autores que han tenido recientemente la relevancia y el reconocimiento en sus países de origen, se establece una fecha de publicación simultánea, una estrategia y gráfica comunes, y un trabajo coordinado de promoción entre todas las casas, que suman fuerzas desde lo local para situar a estos autores en «el mapa»: en la conversación internacional.
La selección de autores de Mapa de las Lenguas de 2025 abarca desde voces emergentes, como las de Pedro Carlos Lemus, Uri Bleier o Karina Sosa, hasta autores consagrados con una larga trayectoria que han recibido premios prestigiosos en sus países o han sido reconocidos por la crítica, como Karina Pacheco, Premio Nacional de Literatura en Perú; Luciano Lamberti, Premio Clarín de Novela 2023; Sabina Urraca, «una de las más originales y dotadas escritoras españolas actuales» (Zenda); o Miqui Otero, Premio Ojo Crítico de Narrativa.
Si bien el género que predomina entre los títulos elegidos es la novela, este año también se ha incluido un libro de cuentos (Niños de pájaro azul, de Karina Pacheco) y otro de periodismo narrativo (El humo, la patria o la tumba, de Emiliano Zecca). Desde la ficción más pura hasta la autoficción, estos libros exploran temas tan diversos como el cuerpo, la violencia, la familia, el amor, la enfermedad o el paso del tiempo.
Gracias a todos ellos por seguir reinventando y transformando el mapa cultural del español, enriqueciendo así el patrimonio de todos sus hablantes.

