«El librero de Gaza», de Rachid Benzine
Entre las ruinas humeantes de Gaza y las páginas amarillentas de los libros, un anciano espera. ¿A qué espera? Quizá a que alguien, por fin, se detenga a escuchar. Porque los libros que sostiene entre sus manos no son solo objetos: son fragmentos de una vida, destellos de una memoria, cicatrices de un pueblo. Cuando un joven fotógrafo francés enfoca su cámara hacia ese anciano rodeado de libros, ignora que está a punto de cruzar el espejo. «Detrás de cualquier mirada, ¿no hay una historia? La de una vida. La de todo un pueblo, a veces», murmura el librero. Así comienza la odisea palestina de un hombre que ha hecho de las palabras su refugio, su resistencia y su patria. Del éxodo a la prisión, del compromiso a la desilusión política, de los hijos que vemos crecer y vivir a las tragedias que nos arrebatan a quienes amamos, su voz nos guía por los laberintos más íntimos de la historia. A continuación, LENGUA comparte las primeras páginas de «El librero de Gaza» (Salamandra, febrero de 2026), de Rachid Benzine, la odisea palestina de un hombre que ha elegido las palabras como refugio, resistencia y patria.
Por Rachid Benzine

El encuentro
Día normal. Ayer dos proyectiles mataron a cuatro niños cuyo único crimen había sido jugar al fútbol en la playa. Te despiertas en la habitación en la que te instalaste la víspera. En el hotel se concentra buena parte de la prensa internacional. Habrías preferido alojarte con la población, pero tu agencia te convenció de que lo primero es la seguridad. En realidad, pocos barrios están a salvo. Familias enteras desaparecen porque, sin saberlo o con plena conciencia de ello, viven cerca de una oficina clandestina. Los ataques quirúrgicos a menudo acaban en error médico.
Una enésima tregua debería ofrecerte unos días para capturar esos instantes de vida cotidiana y hacer las fotos que te gustan, lejos del sensacionalismo. Por su parte, tu jefe prefiere niños llorando entre las ruinas, soldados heridos junto a un tanque, edificios agujerados por cohetes. La vida normal no es para los periódicos.
Sales del hotel por la mañana. Temprano, o puede que tarde, vete a saber. Dicen que aquí el tiempo no transcurre de la misma forma que en el resto del mundo. O avanza rápido, o se eterniza, estancado en una espera interminable. Luego, de pronto, parece que vuelve a pasar volando.
El sol proyecta densas sombras en el suelo y los muros. Una hermosa claridad recorta las siluetas de los viandantes. Descubres esta ciudad, cuyas imágenes parecen provenir del cielo. En la acera, los vendedores ambulantes aprovechan la calma para engatusar a los clientes. Los colores estallan en la luz. El rojo de los tomates, el verde de las hierbas frescas, el amarillo de los limones. Los tenderetes rebosan de vida. Y la gente se apretuja a su alrededor, con las manos llenas y los ojos brillantes. Los niños chillan, las mujeres se afanan, todo es movimiento. El vendedor trajina en su puesto, pesa, regatea, envuelve. Pero se le ve cansado, como si se esforzara con cada gesto. Ese hombre sabe que allí la paz es provisional. Así que vende deprisa, lo vende todo, como si el mañana pudiera desaparecer para siempre. El polvo, omnipresente, lo cubre todo. Notas la tierra, la garganta seca.
Te adentras por las callejuelas de la parte baja. El barrio no ha sufrido daños. La piedra de los peldaños muestra el desgaste de los pasos de varias generaciones de palestinos, gentes que allí lanzaron sus palabras al viento, vivieron sus primeros amores, intentaron arreglar el mundo como si aún fuera portador de esperanza. Como si aún importaran a alguien. Las calles están llenas de vida. Pero de una vida entre paréntesis. Como si todo pudiera desmoronarse a la menor sacudida. Los letreros, con los nombres borrados por el sol, y los derrumbes, con las letras desaparecidas con el tiempo. Aquí se pinta una puerta, allí se limpia un escaparate. Como si cada pequeño gesto de reparación o mantenimiento pudiera conjurar la mala suerte. Gaza es una ciudad en constante reescritura. Cada cual aporta su inspiración, sus puntos suspensivos. Todos temen ese gesto que ya no será suyo, el punto final.
Pilas de ropa, zapatos desparramados. Productos de primera necesidad. Todo colocado en un desorden metódico. El dueño, sentado detrás de un mostrador de madera, maneja su inventario como un archivero. Cada objeto tiene su rincón exacto. Él ya no mira a los pobres diablos que rebuscan en su montaña de ropa.
Bocinas de coches viejos, un sonido estridente, largos lamentos. El ruido metálico de las carretillas sobre los adoquines irregulares. Por encima del barullo se elevan las voces de los vendedores y transeúntes, roncas, a veces exasperadas, a menudo cálidas. Al doblar otra calle, te invade el olor de la sal y la brisa que trae el viento.
De pronto, estás en uno de los barrios martirizados. Es el infierno escupido a la superficie. Un vertedero a cielo abierto. Todo lo que la guerra vomita, destruye, sepulta, reduce a la nada. Fachadas reventadas, destripadas como carcasas de animales muertos. Las entrañas de hormigón cuelgan retorcidas, desparramadas por las aceras. Las casas no son más que cajas torácicas destrozadas. Como si hubieran implosionado en mil pedazos. Balcones incrustados en el edificio de enfrente; trozos de cable que cuelgan miserablemente como serpientes muertas; cañerías que se vacían sobre las fachadas. Ojos arrancados de las ventanas. Agujeros abiertos que miran sin ver nada. Todo parece gritar. Gritar sin motivo. Las aceras son un mar de cascotes, de pedazos de hormigón pulverizado, de vigas partidas, como si un gigante hubiera aplastado la ciudad con los pies. Los coches, o lo que queda de ellos, están quemados, calcinados, atrapados entre las ruinas, como barcos encallados. Banderas desgarradas dan testimonio de una espera burlada. Un poco de rojo y un poco de verde enganchados al azar como jirones de carne colgantes. Grafitis desesperados agonizan en muros desintegrados. Ya nada de todo eso tiene sentido. En este cementerio hasta las sombras parecen perdidas.
En cada tramo de calle, hay algo que te llama la atención. Aquí, una puerta azul que permanece intacta. Allí, una farola doblada. Más allá, una bicicleta abandonada, apoyada en un trozo de muro que ya no existe. Todo está ahí, congelado en una lógica del absurdo en la que cada elemento inventariado ha perdido su función, su utilidad, su razón de ser. Pasas por delante de un edificio despanzurrado cuyos pisos parecen haberse plegado unos encima de otros. Desaparecida la fachada, las viviendas, abiertas a los cuatro vientos, muestran a los transeúntes el corte transversal de unas vidas robadas. Un sofá patas arriba. Una cortina que, al capricho del viento, aún se mueve un poco. Un marco roto en el suelo con la foto de un antepasado en kufiya que parece desafiar al tiempo. Un revoltijo de objetos heterogéneos obstruye las aceras. Pedazos de hormigón, trozos de cristal, una silla de plástico con las patas derretidas. Un cubo roñoso lleno de cascotes, juguetes, un muñeco de peluche destripado. Los árboles, los que no han sido arrancados de cuajo, están mutilados, con las ramas desgajadas. Una advertencia. La enésima amenaza.
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Y sin embargo, la vida sigue. Teatro de miseria y locura, baile grotesco en el que los vivos ya no están del todo vivos, pero tampoco del todo muertos. Todos se arrastran como fantasmas entre las ruinas, con el aire de quien ya lo ha visto y perdido todo y ya no espera nada, salvo el final. Pero el final no llega. Y, entretanto, hay que vivir. Así que los niños corren y ríen como siempre. Ellos ya lo saben todo sobre la muerte. Zigzaguean entre los escombros tras una vieja pelota desinflada. Es un terreno de juego como cualquier otro. Mejor que muchos, en realidad. A veces, encuentras tesoros.
Entretanto, los adultos se apiñan en los rincones. Se mantienen ocupados. O al menos lo intentan. Los velos de las mujeres apenas se agitan. Se mezclan con el polvo y las cenizas. Todavía se pueden ver familias sentadas delante de lo que queda de sus casas. Como si nada hubiera cambiado. Sillas, cojines, una bandeja de té sobre una mesa medio desfondada. Hablan en voz baja. Todo es fragmentario: retazos de conversaciones, restos de comidas, partes de recuerdos olvidados. Otros tantos momentos robados al tiempo que transcurre en la ironía de la devastación. A veces, uno de ellos se levanta y remueve frenéticamente los escombros buscando algo que de repente se ha vuelto indispensable.
Tan atónito como horrorizado, vuelves a un barrio menos castigado y, a todas luces, más comercial.
De pronto, en ese estado de turbación, entre el puesto de un panadero y el de un zapatero, lo ves. Un escaparate con centenares de libros, junto a una puerta abierta a miles de libros más. Y varios centenares más en una vieja lona extendida sobre la misma acera. Él está sentado en el suelo con la espalda apoyada en el muro, como si formara parte de la fachada. Con la nariz metida en un libro, parece un vestigio olvidado en una esquina. Tendrá unos sesenta y tantos años. Setenta, como mucho. Es delgado, de aspecto frágil, y su cuerpo parece erosionado por el tiempo, esculpido por los años. Tiene la frente despejada y coronada de mechones grises. Su barba, cortada de forma descuidada, es entrecana. El pelo corto le da un aspecto a la vez serio e indiferente. Los hombros, un poco caídos, sugieren la tranquila resignación que suelen mostrar quienes han visto demasiadas cosas y, pese a todo, siguen adelante. Tiene la piel ligeramente bronceada por el sol, pero sin brillo. Lleva las gafas torcidas. Un viejo par remendado con un trozo de celo e inclinado hacia un lado. Detrás de las lentes, los ojos siempre parecen entornados, debido a la intensa luz o a que se pasa todo el día escrutando líneas de texto.
El hombre vuelve una hoja, la huele, la acaricia y, luego, se abstrae de nuevo en la lectura. Lleva una sencilla camisa de manga larga. Está tan desteñida que cuesta distinguir el color. El pantalón, viejo y gris, está cubierto de manchas superficiales y del polvo de las calles de Gaza. Sandalias de cuero, tan gastadas como el resto de su indumentaria. El mundo parece haberse detenido a su alrededor. Los dedos, largos, delgados, un poco torcidos, tocan el papel, acarician las palabras. Tienen la pátina de llevar toda la vida pasando páginas.
Junto a él, un vaso desportillado lleno de lo que parece té, que bebe a sorbitos. Lo hace despacio, sin prestar atención. Sin duda, su paladar está acostumbrado a ese sabor peculiar, que forma parte de la cotidianeidad de esta ciudad. De vez en cuando, se coloca bien las gafas. No te ve, y eso que sólo estás a diez metros de él, espiándolo desde hace unos minutos, arrodillado. Aún no has disparado la cámara. Temes romper ese momento de gracia. En esa escena, está todo. Todo aquello en lo que se ha convertido Gaza. Un viejo librero que sigue aferrándose a sus libros, leyendo a cuatro pasos de las ruinas. Como si las palabras pudieran salvarlo del ruido, del sufrimiento, de la muerte lenta de la ciudad. Y te dices que ésta es la verdadera imagen. No hace falta buscar más. Está ahí, ante tus ojos.
Cuando por fin te decides a pulsar el disparador, la sombra que proyectas sobre el libro delata tu presencia. Él alza lentamente la mirada. Te sonríe. Con gestos, tratas de hacerle comprender que quieres fotografiarlo. Y entonces, en un francés impecable, clásico, un poco anticuado, te responde:
—Una fotografía no es cualquier cosa, ¿no le parece? Yo no lo conozco. Usted a mí tampoco. Tal vez sería más amable que antes dedicáramos un poco de tiempo a conocernos.
Te invita a sentarte a su lado. Despacio, deja el libro en el suelo y te tiende un vaso de té.
—Me sentiría honrado si aceptara compartir conmigo este té.
Luego, te explica el motivo de su incomodidad, de su negativa. Una fotografía captura a un hombre en un instante, pero ¿qué queda en la imagen de la vida de ese hombre? Sobre todo si no se sabe nada de él.
—¿No cree que un retrato gana si se conoce lo que está oculto? —añade—. Usted me parece simpático. Encuentra este sitio curioso, sorprendente, puede que hasta pintoresco. Imagino que el modesto librero sentado delante de su establecimiento lo ha intrigado. Pero detrás de cualquier mirada, ¿no hay una historia? La de una vida. La de todo un pueblo, a veces. ¿No le parece, señor fotógrafo, que podría escuchar mi historia? Usted captura la luz que emana de la vida misma, los contrastes y las sombras de nuestros dramas. Atrapar un instante de vida y toda una existencia, ¿no es eso? Por eso algunas tribus indígenas, al ver sus rostros impresos en papel, temían que les hubieran robado el alma.
—¿Tiene un momento? —te pregunta.
Le respondes que sí. Se levanta sin esfuerzo, pero los huesos le crujen un poco. Entra en la librería arrastrando las sandalias por el suelo de cemento y te indica por señas que lo sigas entre las estanterías. La tienda tiene un olor especial, que te envuelve en cuanto cruzas la puerta. Olor a papel viejo, a libros olvidados, al polvo inmutable que parece flotar por todas partes. El aire está cargado de recuerdos, los de las páginas que han permanecido lejos de la luz demasiado tiempo. En la tienda los libros forman un mosaico de colores desvaídos. Cubiertas de cuero marrón, rojo, verde, tapas de papel amarillento. El sol penetra suavemente por el ventanuco alto y crea un juego de reflejos que bailan sobre los lomos de los libros. Estás dentro de un bosque de estanterías desvencijadas, de pilas de escritos escapados de los cataclismos, superpuestos de través, algunas medio derrumbadas. Todo se mantiene en equilibrio. Es un milagro. Este desorden encierra algún sentido. Cada libro parece ocupar su sitio dentro de una lógica que todavía se te escapa. Como si un hilo invisible los uniera entre sí. Las estanterías de madera crujen bajo el peso de las palabras. Está claro que el anciano conoce cada rincón, cada título. Desliza los dedos por los lomos de los libros como si acariciara recuerdos. Vidas enteras apiladas allí, esperando a que las reanimen.
Saca un libro de un estante muy despacio. Parece que se va a desintegrar entre sus manos. Te lo tiende sin decir nada. Sabe que es el libro que necesitas, aunque tú aún lo ignores. No es una recomendación, es una revelación. La condición humana, de André Malraux, un título y un autor de los que sólo tienes un vago recuerdo. Puede que esté en tu biblioteca, pero ¿lo has leído de verdad? Sé sincero contigo mismo; no, nunca.
—Échele un vistazo. O mejor, léalo —dice, y te lo regala.
Todo ello, sin insistir, como una exhortación suave pero irrechazable.
El anciano te observa mientras coges el libro.
—Ha sobrevivido a guerras, revoluciones, levantamientos... Siguió aquí mientras fuera todo se derrumbaba. Ha visto varias generaciones y ha resistido al paso del tiempo. Habla de otra época, pero, para quien sepa leerlo, también habla de ahora, de nuestras vidas, de la suya, de la mía. Eso es un gran libro. Un mundo, un refugio y un espejo. —En su voz hay una ironía suave, una sabiduría divertida. Y también dulzura—. Aquí cada libro tiene su historia y su sitio reservado, ¿sabe? Naturalmente, usted puede elegir. Pero los libros también eligen a sus lectores.
Se vuelve hacia otra estantería y coge un volumen más delgado, un poemario.
—Le costará un poco entenderlo. Pero, cuando le entre en la cabeza, ya no lo olvidará nunca.
Miras la cubierta y lees el título: La terre nous est étroite, et autres poèmes. El autor: Mahmud Darwish.
—¿Qué es?
Sonríe.
—¡Ah, es un misterio! A algunos les encanta y a otros les horroriza. Pero debería intentarlo; luego, ya verá en qué bando se sitúa.
Instantes después, estás fuera con los tres libros que te ha regalado (no ha querido que le pagaras ninguno) bajo el brazo.
—Léalos esta tarde, y mañana hablamos, si todavía está por aquí. Abro la tienda de buena mañana y la cierro a última hora de la tarde. La luz del día me sirve de lámpara para leer mis libros.
Vuelve a la puerta, se sienta en el umbral y reanuda la lectura del libro que tenía en las manos hace un rato.
(...)
El librero de Gaza, de Rachid Benzine, sigue aquí.

