Philip Roth por Zadie Smith: escritor hasta la médula
En Muertos y vivos, Zadie Smith vuelve al ensayo para interrogar el presente desde la literatura, el arte y la cultura contemporánea. Publicado por Salamandra en septiembre de 2026, el volumen prolonga la mirada crítica de libros como Con total libertad: Smith escribe sobre cine, música, arte, Londres y las transformaciones políticas de los últimos años, pero también sobre quienes moldearon su educación literaria, de Joan Didion y Toni Morrison a Martin Amis. Entre esas figuras aparece Philip Roth, a quien dedicó una semblanza tras su muerte en 2018. LENGUA publica a continuación este homenaje al novelista estadounidense, un texto publicado originalmente en The New Yorker.
Por Zadie Smith

1 de diciembre de 1968. Philip Roth posa con gesto divertido frente a un centro judío y una escuela hebrea que frecuentó durante su infancia. Crédito: Getty Images.
Una vez estuve hablando con Philip Roth de natación, una actividad que por casualidad a los dos nos gustaba, aunque él podía nadar mucho más tiempo y mucho más rápido. Me preguntó: «¿En qué piensas mientras haces un largo en la piscina?» Confesé la insulsa verdad: «Pienso, primer largo, primer largo, primer largo, y luego, segundo largo, segundo largo, segundo largo. Y así sucesivamente.» Le hizo gracia. «¿Quieres saber en qué pienso yo?» Quise, cómo no. «Elijo un año. 1953, por ejemplo. Entonces pienso en lo que pasó en mi vida o en mi pequeño círculo ese año. Luego me pongo a pensar en lo que pasó en Newark, o en Nueva York. Luego en Estados Unidos. Y entonces, si sigo nadando, tal vez empiezo a pensar en Europa, también. Y así sucesivamente.» Me hizo gracia. La energía, el alcance, la precisión, la amplitud, la curiosidad, el afán, la inteligencia. Roth en la piscina no era distinto de Roth delante de su escritorio. Era escritor hasta la médula. No se diluía con otras cosas como —¡menos mal!— nos ocurre al resto. Era escritura a palo seco, y todo lo que hacía estaba al servicio de la escritura. A una edad inusitadamente temprana aprendió a no escribir para que la gente pensara bien de él, ni para exponer, a través de la ficción, ideas respetables y que así lo consideraran una persona respetable. «La literatura no es un concurso de belleza moral», dijo una vez. Para Roth, la literatura no era una herramienta de ninguna clase. Era en sí misma el objeto de veneración. Amaba la ficción y (a diferencia de muchos escritores que no llegan a entregarse a fondo) nunca se avergonzó de ella. La amaba en su irresponsabilidad y en su comedia, en su vulgaridad y en su divina independencia. Nunca la confundió con otras cosas hechas de palabras, como las declaraciones de justicia social o rectitud personal, el periodismo o los discursos políticos, todos esenciales y necesarios para la vida que vivimos fuera de la ficción pero que en ningún caso son ficción, un medio que siempre debe permitirse, como esas otras formas a menudo no pueden, la posibilidad de expresar verdades íntimas e inoportunas.
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Roth siempre contaba la verdad —su propia verdad, subjetiva— a través del lenguaje y a través de las mentiras, los motores gemelos que accionan el desconcertante corazón de la literatura. Desconcertante para otros, nunca para Roth. Identidades apócrifas, identidades falsas, identidades fantásticas, identidades sucedáneas, identidades horripilantes, identidades cómicas, vergonzosas... todas las abrazaba. Como le ocurre a cualquier escritor, había asuntos e ideas que escapaban a su comprensión o espectro; tenía ángulos muertos, prejuicios, identidades que podía imaginar sólo parcialmente, o identidades que confundía o extraviaba. Pero, a diferencia de muchos escritores, no aspiraba a una visión perfecta. Sabía que eso era inalcanzable. La subjetividad está limitada por la visión del sujeto, y la tarea de escribir consiste en exprimir al máximo lo que tienes. Roth aprovechaba hasta el último resto de lo que tenía. Nada se escatimaba o se protegía de la escritura, nada se guardaba por si acaso. Escribió todos y cada uno de los libros que se propuso escribir, y dijo todas y cada una de las cosas que quiso decir. No hay mayor aspiración que ésa para un escritor. Nadar los ochenta y cinco largos de la piscina y luego salir sin mirar atrás.

Philip Roth, sentado ante su máquina de escribir, visto a través de una ventana en Yaddo, residencia para artistas. Crédito: Getty Images.
Cuando conocí a Roth ya había dejado de escribir; se dedicaba a leer. Casi exclusivamente historia de Estados Unidos, y la cuestión que parecía interesarle por encima de todas era la esclavitud. En la mesa del salón de su casa se apilaban tratados sobre el tema —canónicos, especializados y recónditos— y muchos relatos de esclavos, algunos famosos y que me resultaban conocidos, otros con los que nunca me había topado, y que a veces le pedía prestados, para devolvérselos un mes o dos más tarde y comentarlos. Cuando le mencionaba esa vena lectora erudita de Roth a alguien parecía asombrarse, pero para mí encajaba a la perfección con el hombre y su obra. Roth era un escritor sumamente patriótico, aunque el amor por su país nunca pesaba más ni oscurecía la curiosidad que le suscitaba. Siempre quiso conocer Estados Unidos, en su belleza y su atroz brutalidad, y verlo sin tapujos: los nobles ideales, la realidad sangrienta. No necesitaba que una cosa fuera perfecta para implicarse, y eso valía doblemente con las personas, que en el mundo de Roth a fin de cuentas se traducían siempre en personajes. La amalgama de cuanto hay de admirable y perverso en la gente, de ideal y absurdo, de bello y feo, es lo que Roth sabía y comprendía y siempre perdonaba, aunque a él no siempre lo perdonaran por plasmarla. Probablemente se pondría como loco si le dijeran que había algo ancestral y rabínico en esa atracción por la paradoja y la imperfección, pero voy a decirlo de todos modos. Pura energía: ése es el don fundamental de Roth —y la cualidad que compartía con su propio país—, su legado a la literatura, y siempre estará ahí, a punto para que alguien lo trasvase o lo mezcle con algún nuevo elemento. Ese espíritu rothiano —rebosante de gente y cuentos y risa e historia y sexo y furia— será una fuente de energía mientras haya literatura. Lo primero que pensé cuando murió fue que era una de las personas más vivas, más conscientes, que he conocido, hasta el final. ¡La idea de que una conciencia como la suya pudiera dejar de existir! Y sin embargo, queda salvaguardada, en cada uno de sus libros, afortunadamente.
En memoria de Philip Roth (1933-2018)

