La mejor sonrisa: «El principio del mundo», de Jeremías Gamboa, por Marcos Giralt Torrente
«El principio del mundo» (Alfaguara, 2025) se construye a partir de una historia familiar mínima y, al mismo tiempo, cargada de resonancias colectivas: la de una mujer andina que migra a Lima y abre un recorrido por las capas más profundas del Perú contemporáneo. Jeremías Gamboa transforma ese origen en una novela que explora las fracturas sociales, raciales y de clase que siguen organizando la vida cotidiana del país. En el plano literario, el libro se sitúa en un territorio de desplazamiento, alejándose de una tradición urbana y liberal para aproximarse a una sensibilidad más atenta al mundo indígena y a sus tensiones. El resultado es un relato ambicioso, exigente, que interpela al lector desde la intimidad y desde la historia colectiva. Sobre esta novela escribe Marcos Giralt Torrente en la reseña que sigue, una lectura que atiende tanto al pulso del relato como a su lugar en el mapa moral y literario de nuestro tiempo.

Retrato del escritor y periodista Jeremías Gamboa. Crédito: cortesía de Alfaguara.
Empezar destacando la ambición de una novela que tiene cerca de mil páginas sonaría a superfluo solamente si a todos los escritores que se aventuran en proyectos tan largos los guiara un objetivo novelístico acorde. En realidad, lo único que te garantiza una extensión tan desmesurada es un fracaso más estrepitoso si la íntima comunión entre forma y significado que debe regir todo relato no se logra o ni siquiera se intenta. No es el caso de El principio del mundo (Alfaguara, 2025), pues aquí la ambición, digamos cuantitativa, viene acompañada de una ambición cualitativa de altos vuelos, es decir, un esfuerzo inequívoco por representar un mundo complejo en toda su extensión. Y, como sucede con las novelas que cumplen con pulcritud dicho propósito, resulta difícil establecer una jerarquía entre los diversos conflictos que entran a colación.
Uno de los principales es la brecha racial en el Perú, ese intangible que determina no sólo cómo son vistas las personas dependiendo de cuánto se acerque su color de piel al blanco de la minoría de origen europeo, sino también -lo que es todavía más terrible- cómo se perciben a sí mismas; el racismo consuetudinario que origina diferencias culturales y de clase, levanta barreras entre indígenas, mestizos y blancos y determina a la postre abismales diferencias socioeconómicas. Otro de los temas, estrechamente ligado al anterior, es la propia historia del Perú, con un énfasis especial en la violencia desatada en la última parte del siglo XX por la guerrilla de Sendero Luminoso, y, un tercero, el de las diversas fuerzas internas y externas que entran en liza cuando alguien intenta conquistar su autonomía en un contexto en el que casi todo parece confabularse en contra.
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Jeremías Gamboa ha levantado un sofisticado edificio narrativo que a grandes rasgos responde al esquema propio de las novelas de formación. Manuel, el narrador, un treintañero que ha pasado tres años en los Estados Unidos haciendo un postgrado universitario regresa al Perú y se reencuentra con el mundo que dejó. Desde ese momento la narración se bifurca en dos tiempos: el presente de su regreso y el pasado anterior a su marcha del país, el cual es evocado por medio de tres larguísimas conversaciones: la que sostiene en una noche con un viejo amigo de la infancia y primera juventud, la que sostiene con una antigua maestra del colegio en la casa de esta y, la última, con su propia madre. Hay que señalar, sin embargo, que estas tres conversaciones no son una mera argucia estructural puesta al servicio de la rememoración. Por medio de ellas, el lector conoce quién es Manuel, su origen familiar andino y los principales hechos de su vida, desde su ingreso en primaria en un colegio público limeño conocido con el poético nombre de las Aulas Azules hasta su licenciatura en una elitista universidad peruana gracias a becas ganadas con inusitado esfuerzo y su trabajo posterior como periodista antes de decidirse a abandonar el país rumbo a los Estados Unidos. Pero a la vez -y eso es lo que hace que la rememoración no sea mera sustancia inerte- son sobre todo un vehículo de autoconocimiento, pues el Manuel que encara dichas conversaciones es aún un sujeto herido que ni se ha reconciliado totalmente con su pasado ni ha resuelto esa pregunta que cualquier individuo encara en un momento u otro de su vida: ¿quién soy?, ¿el producto solamente de mis circunstancias o algo más?
¿Y cuál es esa herida que Manuel mantiene abierta? Por supuesto, el estigma de la raza y todo lo que este dicta: los prejuicios, el clasismo, la discriminación, la dificultad para ser aceptado por quienes disfrutan de todas las ventajas. Los padres de Manuel, pese a su origen humilde, se confabularon para darle una educación, conscientes de que esta era el único vehículo a su alcance de ascenso social. Pero una cosa era el interior de su hogar y otra el exterior. En las calles, en los colegios, en las universidades, en las casas de sus compañeros y de las chicas que le gustaban, lejos del confort familiar, fue descubriendo una realidad distinta donde su educación, sus capacidades y su talento no eran tenidos en cuenta, donde en el mejor de los casos sería tratado con condescendencia, pero donde jamás se le consideraría un igual. Abundan las escenas reveladoras de ese descubrimiento paulatino. En el colegio, cuando a la hora de representar una obra de teatro, no obstante ser el alumno más competente, no se le adjudicó un papel principal sino uno secundario, de indio; en la universidad, cuando dejó olvidada una polera en casa de una compañera con quien hizo un trabajo y, al regresar el día siguiente para recogerla, fue recibido por la mujer de servicio, que sin dejarle pasar, se la entregó en la puerta; y ya de joven periodista, cuando una novia tuvo un problema de salud y al visitarla en el hospital fue tratado como un apestado por los padre de ella…

Jeremías Gamboa. Crédito: cortesía de Alfaguara.
De los tres episodios, el más estremecedor es el de la polera, pues da pie a una escena en la que Manuel, al extenderla en el suelo para buscar su cartera en los bolsillos y descubrir una mancha de sudor, siente vergüenza y autocompasión por la pobreza que de pronto descubre en esa prenda tejida por su madre; vergüenza de ser quién es, hasta ese punto lleva Manuel incorporada dentro de sí la ideología racista que lo discrimina. La rabia nacida de la impotencia se sustanciará en una escena posterior donde lucha con la tentación del suicidio, asomado a un acantilado de Barranco; escena que a su vez tiene eco en otra similar protagonizada por la madre -que se revelará en la última conversación-, cuando humillada y frustrada, está a punto de tirarse quién sabe si por el mismo acantilado. Estos ecos repetidos que confluyen en la última parte de la narración, la fluidez con la que se evidencian los conflictos de cada momento y el tempo ordenado, bien dosificado, al que obliga la forma dialogada son el pegamento que vertebra las tres conversaciones en las que se nos explica, con eficacia y hondura, quien fue y quien es Manuel. No me resisto a traer a colación un ejemplo más de ese pegamento, dos historias separadas en el tiempo que se miran en el mismo espejo. Una de la infancia de la madre, de cuando vivía en un villorrio remoto de la sierra de Ayacucho con sus tres hermanas, la sombra de una madre muerta y un padre incapaz de dar verdadero afecto a sus hijas; sólo ramalazos, como cuando les trajo de la capital una botella de cocacola –algo casi de otro planeta- y ellas la compartieron, extasiadas, a sorbitos. Y la segunda, de muchos años después, cuando Manuel tuvo una experiencia similar gracias a una añorada maestra de primaria que una tarde memorable de primaria lo llevó, con otros compañeros, a visitar la Lima histórica y luego los invitó a la primera cocacola de sus vidas. También a la playa. Niños que, pese a vivir en una ciudad con mar, jamás lo habían visto.
Pero se equivocarán quienes, engañados por lo que llevo escrito, consideren que la tónica vital de Manuel es la autocompasión, ni mucho menos. Su rabia, dirigida tanto a sí mismo como a quienes tienen por derecho de cuna todo lo que a él le falta, se convierte en determinación para prosperar, para superarse, para ser otro, y aquí nos adentramos en un territorio de gran fertilidad literaria, pues es el territorio en el que los conflictos morales afloran. Por ejemplo, con su afán de superarse, de ascender, ¿no busca en realidad ser aceptado por quienes lo desdeñan? ¿No hay una admiración latente en el deseo de ser ellos? ¿Y los cadáveres que ha dejado a su paso? Su vida de soldado ligado a una misión -al estudio constante, las academias, las becas- no le dejó tiempo para relacionarse con quienes habían sido sus amigos. Los abandonó conscientemente, ya que en cierto modo representaban aquello de lo que huía. Le pesa la deslealtad cometida, y así se lo reconoce al amigo de otros tiempos que se lo reprocha en la larga noche de su reencuentro, pero ahora ya no es el mismo que era y ser consciente de su falta no basta para aplacar la comezón; eso -el desenredo del nudo, la aceptación de sí mismo- vendrá, por obra y gracia de un magnífico crescendo, en las últimas dos conversaciones. Con su vieja maestra, la cual le cuenta cosas que desconocía de su familia y le brinda así un prisma distinto desde el que mirarse, y la última, la que mantiene con su madre. En esta se produce el momento epifánico que lo hará salir finalmente de sí, espabilar, abandonar la tentación de la tristeza. Su madre, que, en una escala menor pero más afilada, pasó por casi todo lo que a él le pasa, jamás se concedió el derecho a la amargura, y en consecuencia a él no le queda otra que seguir adelante con su mejor sonrisa. En ese punto ya no hay vergüenza sino orgullo.
Estoy seguro de que El principio del mundo perdurará.

