Manual de resistencia en la era de la inteligen...
El poder según el muskismo (o cómo Elon Musk encarna la nueva economía posliberal)
Elon Musk suele aparecer ante el mundo como una figura partida en dos: visionario capaz de imaginar futuros interplanetarios y provocador que convierte cada gesto en espectáculo. Pero en «Muskismo. Elon Musk y la nueva era posliberal», Ben Tarnoff y Quinn Slobodian proponen mirar más allá del personaje para leer en él una transformación de época. Publicado por Taurus en mayo de 2026, el ensayo sostiene que Musk no es una anomalía del capitalismo contemporáneo, sino una de sus formas más depuradas: un modelo de poder que mezcla tecnocracia, promesa de soberanía individual, automatización política, concentración de infraestructuras y antiguas jerarquías reactivadas bajo apariencia de modernización. De Sudáfrica a Silicon Valley, de SpaceX a DOGE, de la ciencia ficción a las redes sociales, el libro reconstruye los mundos que moldearon al magnate para entender el mundo que hoy contribuye a rediseñar. LENGUA publica la introducción del libro, titulada «Un sistema operativo para el siglo XXI».

Elon Musk, fundador de SpaceX y Tesla, participa en una reunión pública para promover el voto anticipado y el voto por correo en la escuela secundaria Ridley el 17 de octubre de 2024 en Folsom, Pensilvania. Crédito: Getty Images.
Todo el mundo tiene una opinión forjada sobre Elon Musk. Es un genio emprendedor que catapulta a la humanidad hacia un futuro de ciencia ficción. O un rey de los memes colocado de ketamina, que hincha burbujas y suelta rollos sobre tasas de natalidad. O, más recientemente, un pelele de la extrema derecha con el cerebro podrido por Twitter y por oscuras profecías sobre invasiones de migrantes.
Los veredictos difieren, pero comparten una cosa: tratan a Musk en cuanto individuo. Un salvador, un payaso, un malvado, un adicto. Pero la buena historia va más allá de la psique particular. Cuando nosotros —un historiador y un escritor sobre tecnología— empezamos a preparar este libro, pensamos que la cuestión más apropiada no era «¿quién es Musk?», sino «¿de qué es síntoma Musk?». Lo que sigue es nuestro intento de dar una respuesta a esta pregunta basándonos en lo que Musk ha hecho y dicho en público, como se documenta en las referencias que aparecen al final del libro.
Hace un siglo, Henry Ford escribió su exitoso libro de memorias Mi vida y mi obra. Poco después, la gente acuñó el término «fordismo». De un solo hombre surgió una nueva visión de la realidad. El fordismo era algo más que coches que salían de cadenas de montaje; pasó a ser sinónimo del capitalismo del siglo xx, basado en la asociación de la producción en masa con el consumo en masa.
Nosotros tratamos a Musk de la misma manera. Como otros han sugerido, no es solo un hombre, sino también el avatar de una visión del mundo: el muskismo. Este término no es suyo, igual que Ford nunca habló de fordismo. Si el fordismo fue el sistema operativo del siglo xx, nosotros sostenemos que el muskismo ofrece un posible sistema operativo para el XXI.
Como el fordismo, el muskismo es un proyecto modernizador. Sin embargo, el fordismo reescribió el contrato social con la promesa de elevar los estándares de vida para todo el mundo: habría coches en todos los garajes y neveras en todas las cocinas, y los salarios se incrementarían con la productividad. El muskismo no distribuye las recompensas de forma universal; lo que promete es la soberanía gracias a la tecnología.
Musk no se limita a vender coches, cohetes o satélites. Vende la fantasía de que, en un mundo cada vez más inestable, tanto los estados como los individuos pueden fortalecer su autosuficiencia conectándose a sus infraestructuras. La paradoja es que, al hacer eso, uno se vuelve dependiente de él. Lo que se vende como tecnosoberanía es entrar en el jardín amurallado de Musk, y él tiene la llave de ese jardín. Tanto el Pentágono como la NASA dependen de SpaceX; Starlink se ha vuelto indispensable en los campos de batalla y en la naturaleza salvaje; X y Grok se entretejen con el Estado. Al intentar desconectarse de Musk, uno se da cuenta de que él es el dueño del enchufe.
Es posible encontrar el muskismo en el ciclo de feedback entre el hombre y el momento. Para comprender el mundo que Musk pretende construir, debemos comprender los mundos que han construido a Musk.
Esta tecnosoberanía es también selectiva. Ofrece autonomía para unos y exclusión para otros. Las hordas de migrantes y los progresistas que hacen posible su venida son vectores del «virus mental woke», que debe ser rastreado, contenido y neutralizado. El muskismo ve el mundo como un código corrupto. La empatía por otros seres humanos es un exploit —una vulnerabilidad en nuestro software mental— manipulada por agentes nocivos para empujar a Occidente hacia el «suicidio de la civilización». «La empatía suicida es como una enfermedad autoinmune —dice Musk—; el cuerpo se ataca a sí mismo».
Si una cara del muskismo es la tecnosoberanía, la otra es la expulsión. Entre las contramedidas, encontramos la purga de las redes sociales, la limpieza ideológica de modelos de inteligencia artificial y las deportaciones en masa de foráneos de otras etnias. El objetivo final es conseguir una comunidad purificada definida por la pertenencia cultural y genética a un Occidente europeo y blanco escudado por una tecnología superior: una fortificación que proteja lo mejor de la humanidad frente a lo peor. Las tecnologías del jardín amurallado del muskismo fortalecerán los muros de la nación y del hogar. Endurece tu corazón, endurece tus fronteras y depura la base de código. «Si la tolerancia supone el fin de la civilización occidental —publicó para sus 225 millones de seguidores en 2025—, entonces no podemos ser tolerantes».
¿Qué sentido tiene hablar de muskismo y no de Musk? Para empezar, el muskismo ayuda a esclarecer a Musk. Muchos todavía creen que es un libertario que desprecia el Gobierno; nosotros pensamos que la realidad es justo la contraria: Musk ha construido su imperio fusionándose con el Estado. Habla con frecuencia de su deseo de colonizar Marte, cosa que describe como la obra de su vida. La lógica del muskismo revela que Marte nunca fue un plan de escape serio, sino una moneda de cambio, un medio para perseguir ulteriores propósitos tecnosoberanistas. El personaje que Musk representa en internet suele malinterpretarse de modo semejante. Sus críticos perciben en él inmadurez o maldad; sus fans lo ven genuino o conectado con ellos. Ninguno de ellos se da cuenta de que, en el muskismo, el troleo es infraestructura. Cada chiste, cada encuesta es una prueba de resistencia para comprobar la reactividad. ¿Todavía puede mover mercados con una publicación? ¿Puede supervisar el algoritmo y los datos de entrenamiento subyacentes para llevarlo más a la derecha? ¿Puede simular una democracia con un plebiscito de reply-guys (opinólogos en redes)? No está jugando, sino haciendo experimentos. A sabiendas o no, Musk está midiendo y manipulando la elasticidad de la atención, el ancho de banda de la creencia.

Donald Trump y Elon Musk observan el lanzamiento del sexto vuelo de prueba del cohete Starship de SpaceX el 19 de noviembre de 2024 en Brownsville, Texas. Crédito: Getty Images.
El muskismo también imagina un futuro menos humano. Con la automatización, el proceso de producción se purga de humanos. Con las redes sociales, las interfaces cerebro-ordenador y la inteligencia artificial, los humanos se funden con las máquinas y forman lo que Musk llama «colectivo cibernético». La promesa de la soberanía a través de la tecnología toma forma de cíborg.
A menudo se ve a Musk como invencible. Sin embargo, los cimientos de su reino son frágiles. Una de las semejanzas menos advertidas entre él y Ford es la extrema falta de liquidez de su riqueza personal. Casi toda la fortuna de Ford se encontraba en las acciones de su empresa, que continuaron siendo privadas hasta casi diez años después de su muerte. La riqueza de Musk también está casi por entero en las acciones de las suyas. Como dijo en una entrevista: «Si Tesla y SpaceX quiebran, yo me declaro en quiebra detrás de ellas».
Este es el motivo por el que el muskismo está perpetuamente pendiente de los inminentes avances tecnológicos, de la salvación del planeta o del maná en forma de dinero. Para sustentar su riqueza, Musk debe sustentar la creencia en el futuro crecimiento exponencial de sus empresas. Aprendió cuál era el valor financiero de dicho fabulismo en Silicon Valley. Hay que mantener hinchada la burbuja. Si nos fijamos en su biografía, veremos que su comportamiento sigue el flujo de los ciclos de los negocios. Cuando los créditos son baratos, su retórica se expande. Cuando hay vacas flacas, ve enemigos por todas partes.
Con las redes sociales, las interfaces cerebro-ordenador y la inteligencia artificial, los humanos se funden con las máquinas y forman lo que Musk llama «colectivo cibernético». La promesa de la soberanía a través de la tecnología toma forma de cíborg.
Vivimos en una época en la que el florecimiento del muskismo es posible. En todo el mundo democrático, la confianza de la gente en las instituciones se halla en mínimos históricos. El aumento de las actitudes antimigrantes ha fortalecido a la extrema derecha, que disfruta de su mayor resurgimiento desde los años treinta, con Musk como su portavoz más ruidoso. Donald Trump desbarata el orden internacional progresista fuera de sus fronteras mientras ataca el orden constitucional estadounidense dentro de ellas. La creciente rivalidad entre Estados Unidos y China, junto con la invasión rusa de Ucrania, han creado un mundo más fragmentado, paranoico y militarizado. El genocidio cometido por Israel en Gaza, llevado a cabo con el pleno apoyo de los dos partidos políticos estadounidenses, ha terminado con la última ficción de una ley internacional.
El muskismo se aviene bien con estos acontecimientos. Su promesa de adquirir soberanía por medio de la tecnología va en consonancia con las políticas de un mundo en proceso de desglobalización, en el que los estados valoran cada vez más la independencia que la integración. Su oferta de autonomía para unos y exclusión para otros se alinea con el nuevo antihumanitarismo, que señala a ciertas poblaciones para la deportación o la muerte. Su fascinación con los cíborgs casa con el tecnomaximalismo de una élite política y de negocios que aprovecha cualquier ocasión que se le presenta para digitalizar nuestra vida cada vez más, últimamente en forma de inteligencia artificial.
Decir que merece la pena tomar el muskismo en serio no significa que su éxito esté garantizado. No obstante, el colapso institucional de nuestra época brinda una brecha para ello. En algún momento, la sociedad se estabilizará sobre unos nuevos fundamentos. El muskismo podría proporcionarlos.
Queremos dejar claro que no estamos argumentando que un conjunto coherente de creencias haya guiado las decisiones tomadas por Musk a lo largo de los años. No es un pensador sistemático ni una persona orientada por una ideología fija. Nos interesa no solo lo que dice, sino también lo que hace, así como las fuerzas históricas que han moldeado esas acciones. Es posible encontrar el muskismo en el ciclo de feedback entre el hombre y el momento. Para comprender el mundo que Musk pretende construir, debemos comprender los mundos que han construido a Musk.
Y esto es lo que este libro tiene intención de hacer. Relatamos la historia de los momentos que han definido a Musk, desde la Sudáfrica del apartheid hasta las monedas meme, desde la plataforma de lanzamiento hasta el doomscroll. Exploramos cómo sus improvisaciones, magnificadas por ciclos financieros y crisis geopolíticas, han cristalizado en el muskismo. Nuestro libro es una guía para los que están perplejos no solo ante Musk, sino ante la coyuntura histórica en la que nos encontramos.
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