«Una casa para mi madre»: la historia de Cheikh Kane, del cayuco a las pasarelas
Antes de desfilar para firmas de lujo, Cheikh Kane vendió imitaciones en las playas, recogió aceitunas y fregó platos. Su historia, marcada por una infancia difícil en Senegal, la vida en la calle y una travesía de diez días por el Atlántico en cayuco, desemboca en un encuentro fortuito en Marbella que transformó su destino: un fotógrafo le preguntó si era modelo. Una casa para mi madre (Plaza & Janés), escrito junto a la periodista María Albarral, reconstruye ese recorrido desde la migración hasta la moda y el propósito que da título a estas memorias. LENGUA publica un extracto del libro, el capítulo «El encuentro», en el que Albarral narra cómo conoció a Cheikh Kane.
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Cheikh Kane. Crédito: María Arrabal.
Como el agua y el aceite, como el fuego y la lluvia, como el día y la noche. Así nos sentimos los periodistas en verano. Los compañeros se van de vacaciones, la intensidad informativa cae y las administraciones cierran las persianas. Lo bueno de trabajar en Marbella es que puedes echar mano de los cientos de galas benéficas que se organizan, pero, evidentemente, el corazoncito profesional de una no le deja nutrirse solo de eso para publicar en los larguísimos e interminables meses estivales, por lo que el esfuerzo por buscar noticias de interés se duplica.
—María, échale un ojo al artículo que ha escrito hoy Juan Cano sobre la polémica de los manteros y la policía local este fin de semana. Acércate al Paseo Marítimo y haz una crónica de situación —me encargó Ana Barreales, jefa de provincia de Diario SUR, nada menos que a las once de la mañana de un 22 de julio en la Costa del Sol.
Con un calor irresistible anduve casi dos kilómetros desde la plaza de toros hasta El Faro echando sapos y culebras por la boca, impotente por los efectos de una anemia que me tenía las fuerzas consumidas. No esperé al autobús pensando que llegaría antes caminando, y, cada vez que pasaba una marquesina, me acordaba de que no es lo mismo bajar a la playa a pie en diciembre que bajo un sol de justicia. «A ver si tengo suerte y encuentro testigos pronto y para casa, que me va a dar algo hoy», pensaba en bucle durante todo el trayecto.
También estaba preocupada por los reportajes pendientes, precisamente, ante la sequía informativa. Mi compañero tenía el tema principal y yo misma veía mi crónica como una pérdida de tiempo porque, en sucesos, no hay nadie más top en toda la provincia que Juan. Muchas veces, entre los colegas del gremio, bromeamos con que los delincuentes le piden permiso para poder robar, acuchillar o estafar, pues publica las noticias al instante.
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La cuestión es que no se podían tener menos ganas que yo de ir a esa cobertura. El cuerpo ya me había estado enviando señales para parar el ritmo y, durante esas últimas semanas, me había planteado en serio dejar los medios de comunicación por un tiempo y cambiar el rumbo de mi vida. El periodismo es una profesión estresante que requiere mucho esfuerzo y, cuando la salud flojea, se hace muy cuesta arriba.
Cuando llegué ya estaba allí Josele, mi fotógrafo. Siempre con una sonrisa en la boca y su melena totalmente blanca enmarcando unos ojos azules que siguen brillando como si fuera mozuelo, este hombre tiene la virtud de alegrarle el día a cualquiera. Se ha pasado toda su vida captando con la cámara los vaivenes marbellís, desde los años de la jet set más glamurosa hasta la corrupción más rancia.
El conflicto entre los vendedores ambulantes y la policía municipal llevaba días sonando en la ciudad. El ayuntamiento había puesto en marcha un fuerte dispositivo contra las falsificaciones de las grandes marcas, las mismas que bañan de lujo las calles de Puerto Banús. Esto estuvo provocando momentos de tensión en las zonas más concurridas por los turistas, que es donde los manteros se ponen a vender para sacarse el sueldo en verano. El último escándalo al respecto quedó reflejado en un vídeo que se hizo viral al minuto en redes sociales. Ahí se veía a un agente municipal en la terraza de un bar en pleno conflicto con un vendedor ambulante.
Comencé a recabar testimonios de los trabajadores de la zona. Del quiosco, de los chiringuitos y de las tiendas de souvenirs. Me fui para el local donde había ocurrido todo y pillé a uno de los camareros a escondidas para que me chivara lo ocurrido.
«Algo me decía en mi interior que nuestras vidas se habían cruzado por algún motivo».
—En ningún momento el mantero pegó a los policías, aunque sí les pedía que le devolvieran su mercancía —señaló el primer testigo—. Es lamentable la presión que hay contra esta pobre gente que no le hace daño a nadie. Ellos solo se ganan el pan como pueden para ayudar a sus familias en África.
Algunos de los dueños de las tiendas cercanas sí veían con peores ojos el top manta por el desequilibrio que suponía en sus ganancias.
—Entre el Shein y los negros vamos listos. Es una competencia desleal que nos está afectando a los comerciantes. Yo sí tengo que pagar impuestos y nadie me pasa la mano por el lomo si un mes tengo pérdidas —argumentó una de las propietarias.
La polémica estaba servida. Solicité al Ayuntamiento de Marbella la versión oficial de la Policía Local y ya solo me quedaba localizar a algún mantero.
Se aproximaba la hora de comer y Josele y yo aún seguíamos en El Faro.
—¿Qué hacemos? Va a estar complicado encontrar a uno por aquí para poder hablar o hacerle una foto —preguntó.
—Vamos a tener que fotografiar el local o poner otra vez el vídeo en la web. Es tarde, así que haz un par de ellas y nos vamos, porque aquí ya está todo el pescado vendido y yo estoy hecha polvo —respondí.
Se puso en marcha con su Canon emblemática mientras yo informaba a Ana por WhatsApp sobre el material que teníamos. A lo lejos vi acercarse a tres jóvenes. Cuando estaban llegando a nuestra altura, los paré.
—Disculpad, chicos, ¿sabéis algo sobre el follón que ha habido entre la policía y los manteros?
—Yo sí. Lo vi todo —contestó uno de los chavales, que era de raza negra.
—¿Eres mayor de edad? —repliqué.
—¡Por supuesto! Tengo veintiséis años —exclamó.
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Cheikh Kane. Crédito: Ángel Ruiz.
Pensé que me estaba vacilando porque tenía una carita demasiado infantil y una mirada inocente inusual para ir caminando hacia los treinta. En ese momento sacó su móvil y empezó a enseñarme vídeos que tenía grabados a la vez que me iba narrando los hechos que había presenciado. Cuando terminó, lancé la pregunta del millón, aquella que después me hizo sentir mal porque, a fin de cuentas, no deja de ser un estereotipo solo por su color de piel.
—¿Eres mantero?
—¡No! Yo soy modelo, pero entre campaña y campaña de publicidad trabajo de relaciones públicas vendiendo paseos en motos de agua y barcos en aquel puesto de atrás —me respondió señalando el sitio exacto que se veía desde el bar—. El mundo de la moda no es continuo y yo no puedo estarme parado. ¡Hay que trabajar siempre! Aunque también te digo que sí estuve vendiendo bolsos cuando llegué a España en la patera.
No me sorprendió la confesión porque, ya desde la distancia, me percaté de lo alto y guapo que era el chico. Le miré directamente a los ojos, unos ojos negros que me hipnotizaron por lo exótico de su opacidad hasta quedarme atrapada en ellos.
—Qué interesante… Podría hacerte un reportaje para el fin de semana. ¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres?
—Cheikh Kane. Soy de Senegal. Si quieres, te paso mi teléfono y quedamos cuando te venga bien —dijo con una sonrisa en la boca que dejó al aire sus dientes blancos impolutos en alto contraste con su piel.
—¿Por qué es tan difícil adoptar en tu país? —lancé sin pensármelo dos veces.
El chaval se quedó de una pieza sin comprender muy bien el motivo de la pregunta. Tampoco yo entiendo por qué me salió de esa manera tan automática, pero en los últimos meses escucho la palabra Senegal y me lleva directamente al largo y tedioso camino que estoy pasando para ser madre.
—¿Difícil? ¿Por qué lo dices? —se interesó.
—Me cuesta veinticinco mil euros y alrededor de tres años de espera.
—¿Qué? ¿Veinticinco mil euros? ¿Te vas a comprar una casa en Dakar?
—Hablo en serio.
—¡Wepa! —exclamó con la que es su palabra típica y característica de asombro—. ¿Tú sabes lo que se puede hacer con ese dinero en Senegal?
—No lo sé, pero me parece exagerado.
—Cuando vienen las mujeres blancas, todos los niños se aproximan apresurados a saltar y a llamar su atención para que los adopten y los traigan a Europa. La primera vez que vi una tubab me asusté muchísimo y salí corriendo, y eso que ya tendría unos nueve años.
—¿Eso qué es? —pregunté extrañada.
—¿Una tubab? Así se llama a los blancos. Algo parecido a «guiris» en España. Son extranjeros, pero, sobre todo, los británicos que se ponen rojos al sol.
—Anda, si le tenéis un nombre puesto… Y sabes quiénes son los guiris. Qué bien hablas español. ¿Lo hablabas ya cuando viniste?
—No. Lo he aprendido aquí viendo vídeos de YouTube. Oye, ¿no me quieres adoptar a mí? Supongo que ya estoy grandecito, ¿no? —me dijo sonriendo con esa simpatía que le caracteriza.
«Tenía ante mí un cuento de hadas marcado por la tragedia y una cosa estaba clara: esto era estremecedor».
Me eché a reír. El chaval me cayó muy bien desde el momento en el que empezamos a hablar. Tiene gancho, algo que te atrapa cuando estás con él. Me provocaba muchísima ternura su carita de pillo. Desde que empecé el proceso de adopción hace un año, llevo viendo vídeos de orfanatos en África. Cada noche sueño con abrazar a mi hijo. Tenerlo a él tan cerca con ese aspecto tan dulce me hacía recordar lo largo que me estaba resultando el proceso, y eso que aún me hallaba en los primeros pasos. Algo me decía en mi interior que nuestras vidas se habían cruzado por algún motivo. Mi ligazón tan fuerte con su país en los últimos meses me hacía sentir aún más empatía con su historia.
Me guardé su número y, una vez que Josele terminó de sacar las fotos, salimos rumbo a nuestras respectivas casas. Tenía que irme y ponerme a escribir pronto para hacer el adelanto en web. Comí rápido y me senté frente al ordenador. Escuché de nuevo los audios de los testimonios y decidí titular por las declaraciones de una masajista de la playa que tenía los entrecomillados más interesantes, pero… ¡No! ¡No se había grabado el apellido! Siempre, cuando entrevisto a alguien le pregunto el nombre completo y el cargo mientras grabo para no confundir nunca las declaraciones. Pero esta vez no sé cómo le di a grabar que el de Sandra no se había quedado registrado y yo no me acordaba de memoria.
Una cosa tenía clara: con ese terrible calor no podía volver solo a por un apellido, y decidí tirar de favores. Pero… ¿a quién pedírselo? Recordé que me había guardado el teléfono de Cheikh y que trabajaba en las motos de agua en la misma playa, así que, ni corta ni perezosa, le escribí para que se acercara a preguntárselo a la chica.
«¡Hola! Ya he estado con ella y se apellida Gámez. Le he pedido el móvil para que lo tengas. ¿Cuándo quedamos nosotros para la entrevista? ¿Te viene bien el domingo? Yo libro los domingos», me respondió en un whatsapp.
Me arrancó una sonrisa. Acepté a pesar de que ese fin de semana ya no podría publicarla. Los reportajes o los artículos más elaborados me los tenía que dejar planteados los viernes. De todas formas, en pleno desierto de noticias, podía guardármelo para el siguiente.

Cheikh Kane y María Albarral. Crédito: Demba Gueye.
Llegó el domingo y se me pinchó la rueda del coche de camino a Marbella. «¿Por qué me pasan siempre estas cosas en el momento más inoportuno?», pensé enfadada y agitada. Nunca es buen momento para este tipo de infortunios, pero es verdad que ese día y en pleno verano me fastidiaba bastante los planes. Tuve que coger el autobús para ir al muelle del Puerto Virgen del Carmen de Marbella, que era el punto de encuentro donde habíamos quedado. Llegué tarde y sudando.
Conforme me acercaba vi el típico baile de Josele con su cámara. Se agachaba, se adelantaba, realizaba escorzos para pillar el mejor encuadre y lanzaba su magia. Ambos se habían subido a la zona alta del espigón para hacerle fotos mirando al mar y yo preferí esperarlos abajo junto a la cadena que prohíbe el paso. Los horarios están muy restringidos, pero para el reportaje del periódico nos habían concedido permiso. Justo ahí había dos chicas jóvenes que contemplaban la escena en biquini mientras comentaban la jugada de cada movimiento.
—¡La madre que me parió! ¡Qué six pack tiene el negro! —exclamó una de ellas. Miré y vi a Cheikh levantando los brazos al aire dejando sus abdominales y oblicuos al descubierto al subirse la camiseta blanca que llevaba puesta. Sonreí y me acordé de mis años mozos. Me di cuenta de que el chaval levantaba pasiones. No era de extrañar. Yo tengo Senegal demasiado relacionado con la maternidad y no puedo verlo con ojos de deseo, pero es cierto que lucía un cuerpazo de escándalo. Las dos chicas estaban allí derretidas de calor y de emoción. Por el acento deduje que serían del interior de Andalucía. Quizá estaban pasando un fin de semana en la playa. Lo cierto es que fuera lo que fuera que estuvieran haciendo, lo interrumpieron para contemplar a aquella escultura en movimiento.
«No se trataba solo de un testimonio. Me encontraba ante una verdadera vida de dolor y superación. Me partió el alma en dos. Me hizo llorar».
Cuando terminaron la sesión, alcé la mano para llamar su atención. Me vieron, me saludaron y comenzaron su camino de vuelta hasta la cadena. Las chavalas se percataron de que yo lo conocía y comenzaron a cuchichearse cosas al oído. Escuché las risitas cómplices y me imaginé su conversación; supongo que estarían diciendo algo así como «¡Tía! ¡Esta nos ha pillado con el carrito del helado!». Se fueron a la zona de baño sin quitarme un ojo de encima.
—¡Buenos días! ¿Qué tal las fotos? —pregunté.
—Muy bien. Se nota que el chaval es modelo —respondió Josele mientras yo le plantaba dos besos a Cheikh.
Me quedé a solas con el chico. Me llevé el trípode y el micrófono para entrevistarlo también en vídeo y nos sentamos en un bar del entorno. «De mantero a modelo», «De la patera a la pasarela»… No tenía claro el titular, pero me gustaban las aliteraciones que se podían hacer. Aún me quedaba escucharlo y podían surgir otros tantos. Puse el móvil en máxima definición y le di a grabar. Aquello fue el pistoletazo de salida a una historia que me conmovió y me hizo estar más de dos horas preguntando sin descanso. No se trataba solo de un testimonio. Me encontraba ante una verdadera vida de dolor y superación. Me partió el alma en dos. Me hizo llorar. Tenía ante mí un cuento de hadas marcado por la tragedia y una cosa estaba clara: esto era estremecedor. «Tengo que negociar la portada del periódico», pensé.
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