«Mamá», de César Aira: «(…) si había un gramo de verdad en la palabra materna, Pringles rebosaba de gente afín a mí»
«He reunido en este volumen las intervenciones orales con las que respondí a amables invitaciones de congresos y universidades en diversos países. Algunas fueron transcriptas de grabaciones, otras reconstruidas de memoria a partir de notas, las más recientes todavía en mis cuadernos. Todas tienen por tema la literatura, y vuelven una y otra vez a no más de dos o tres ideas que se repiten a lo largo de estos treinta años, en términos más académicos o más conversados, siempre confiando en la benevolencia de los oyentes, y ahora de los lectores». En el libro «Actos de presencia. Disertaciones (1989-2021)», César Aira reflexiona sobre el mundo, su escritura y quienes mejor han sabido representarlo. En las once piezas que lo conforman, el gran escritor argentino desvela, por ejemplo, los delicados mecanismos del artificio literario o incita a imaginar una Buenos Aires vaciada de todo excepto de sus árboles. Al hilo de la publicación de este volumen (Random House, 2025), LENGUA publica uno de estos once textos. Titulada «Mamá», esta pieza (que surge de una charla que tuvo lugar en Madrid en 2016) es buena muestra de la inteligencia desfachatada y excepcional de Aira, quien se sacude con estos ensayos cualquier hábito que amenace con adormecer la sensibilidad o impida la sorpresa.
Por César Aira

César Aira en una imagen de 2010. Crédito: Getty Images.
Mamá
Hoy me volvió, quién sabe por qué, un recuerdo de mi infancia en Pringles; quizás con ayuda de la fantasía aluciné el comedor de la casa de entonces y me pareció oír la voz de mamá. Hablaba mucho en las comidas, llevaba, como se dice, la voz cantante; papá se limitaba a intercalar un comentario aquí y allá. Ella contaba toda clase de historias, evocaba, criticaba, sobre todo criticaba; era una censora implacable de taras, errores, defectos, de parientes, vecinos, conocidos. El pueblo entero era sometido a un severo examen que invariablemente reprobaba. Lo que recordé, y aun antes de tener bien en claro el recuerdo ya sentía que era algo muy propio de ella, fue que criticaba a una señora. Lo hacía a expensas del elogio inopinado a su marido. El hombre en cuestión tenía según ella importantes dotes artísticas, además de ser un intelectual nato, pero no había podido desarrollar sus cualidades por culpa de su esposa. Papá, que seguramente lo conocía y tenía alguna relación comercial con él, como las tenía con todo el pueblo, debía de sonreír al oír lo de las dotes artísticas y lo del intelectual nato. Pero mamá estaba lanzada: la esposa no lo alentaba, al contrario, lo achataba, con sus reclamos de ignorante, de ama de casa sin inquietudes culturales. «¡Qué lástima!», exclamaba en su papel de curadora autodesignada del tesoro cultural de Pringles. Por culpa de un matrimonio inadecuado se perdía una mente valiosa y todo lo que habría podido darle al mundo.
Quedé intrigado. ¿A quién se refería? ¿Qué interesante personaje, quizás propietario de una buena biblioteca, me había perdido en mis años de soledad en el pueblo? Quizás alguien que habría podido leer mis primeros balbuceos literarios y alentarme, como a él no lo alentaba su esposa. Él también habría estado buscando un alma gemela en la que volcar sus inquietudes, así fuera un imberbe. Creía oír las palabras de mamá, los gestos, su convicción vehemente, pero no recordaba el nombre ni lo recordaría nunca. Todos los nombres del pueblo, la onomástica de mis primeros años, puedo recitarla entera pero como pura exhibición verbal, sin adjudicarle un nombre a una cara salvo las de los parientes y los vecinos inmediatos. No me habría servido de nada recordarlo, pero me habría gustado ponerle una cara; habría sido como recuperar una de las esperanzas de las que estaba hecha mi vocación.
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Sin embargo, algo me sonaba a hueco en todo el asunto. Ya esa sonrisa subrepticia que había imaginado en la cara de papá me hacía desconfiar. Una resonancia de repetición devaluaba el recuerdo. Quizás no recordaba de quién se trataba porque se trataba de muchos. Dejé de ver lo que me rodeaba para embarcarme en una investigación más prolija. Y entonces los damnificados por su matrimonio empezaron a venirme en tropel. Inaugurando la procesión se me impuso una escena, que por dolorosa había quedado representándose en mí. Yo tenía unos diez años, estábamos en la casa de mi abuela, y uno de mis tíos se quejaba con amargura del fracaso que lo perseguía en sus esfuerzos por manifestarse como actor. Histriónico, muy expresivo, era actor en cada fibra del cuerpo y el alma. Tenía pasión por el teatro, había participado en grupos filodramáticos, pero todo volvía siempre a la nada, todas sus iniciativas y esfuerzos saboteados por la indiferencia, la precariedad de medios, la mala suerte. Los hermanos y las cuñadas que estaban en ese momento lo consolaban refiriéndose al ambiente poco propicio del pueblo, o le elogiaban las actuaciones que le habían visto, o hacían mención de su relativa juventud y lo que todavía podía hacer en el futuro. Mamá, que se había mantenido en silencio, abrió la boca al fin para decirle que toda la culpa era de su esposa (que no estaba presente). «Tu única mala suerte fue casarte con una mujer que no te comprende ni tiene la capacidad para acompañarte…». Se hizo un silencio incómodo. Mi tío no dijo nada. Se levantó y se fue sin despedirse, desolado. Mamá estaba radiante por su triunfo. Me pareció algo muy cruel de su parte. Yo había notado antes esa veta sádica de ella, y lo poco que le importaba crear situaciones sumamente incómodas.
Renuncié a identificar al marido de aquella vez en la mesa porque podía ser cualquiera de la legión que recordaba. Había un dentista que igual que mi tío era un entusiasta del teatro, infaltable cuando venían compañías de gira, siempre solo. Esta última observación era de mamá, que no podía sino adjudicarla al desinterés de la esposa por todo lo que fuera cultura; qué podía esperarse de esa vaca gorda, ignorante, limitada a hacer la comida y barrer la vereda; y él, un hombre fino, sensible, marchitándose en la soledad matrimonial. Y estaba el presidente de la comisión directiva de la Biblioteca, hombre «cultísimo» que podría haber llegado a ser un gran escritor si no fuera por el freno de la bruta de su esposa, que en su vida había abierto un libro. Además, al frustrarlo, lo había llevado al alcoholismo. Y un amigo de juventud de papá, artista, pintor, dandi, gran lector y viajero: su error había sido casarse con una mujer sin vuelo, por no decir sin cerebro. Papá, que debía de estar más acostumbrado que yo a estas opiniones y en general las dejaba pasar, en este caso hizo una observación: la esposa de su amigo era rica, y era lo que le permitía al marido esas veleidades culturales. Mamá descartaba la objeción: ni toda la plata del mundo podía compensar la desgracia de tener una esposa que no estaba a la altura de un hombre sensible. Otro caso: Triano, también pintor. Podría haber llegado a ser un Berni, de no ser por esa esposa banal que lo había atado al pueblo y a vegetar en el oficio de fotógrafo.
Y había más, muchísimos más. Mi madre era una descubridora de talentos, con ojo de águila; los encontraba allí donde otros no veían más que un vecino común y corriente. Y aunque lo hacía no por el talento en sí (la cultura le importaba bien poco, dijera lo que dijera), sino para descalificar a las mujeres y ponerse ella en un plano superior de refinamiento e inteligencia, quizás acertaba. Quizás realmente había en el pueblo, mimetizados en la chatura y el analfabetismo funcional, una gran cantidad de hombres con talento artístico, cultos, lectores, creativos. Yo de adolescente veía a Pringles como un páramo cultural, y me aislaba esperando con ansiedad la hora de irme a Buenos Aires en busca de un medio más propicio para las letras y las artes. A la luz de estos recuerdos me pregunto si no habrá sido un error. Porque si había un gramo de verdad en la palabra materna, Pringles rebosaba de gente afín a mí, y no estaban como en Buenos Aires en sus cenáculos, a los que yo tardaría décadas en penetrar, sino disponibles, sedientos ellos también de contacto.

