Una «especie de carrusel»
por SALVATORE SILVANO NIGRO
Resulta fácil, casi instintivo, definir como cartas familiares las que entre 1949 y 1960 Andrea Camilleri envió desde Roma a su madre, Carmelina Fragapane, y a su padre, Giuseppe. Camilleri había abandonado Porto Empedocle. Se había mudado a la capital. Gracias a una beca, había logrado ingresar en la Academia Nacional de Arte Dramático para estudiar dirección a las órdenes de Silvio d’Amico y, sobre todo, Orazio Costa. Era un alumno «desplazado». Las cartas son, en palabras del propio Camilleri, «informes» de «absolutamente todo» lo que le sucedía en Roma. Tienen una frecuencia muy regular. Lo cierto es que Camilleri se había propuesto escribir a sus padres «largo y tendido» como mínimo cada tres días, contándoselo «todo» sobre su vida, sin guardarse nada. Era puntilloso. Y, si las respuestas tardaban en llegar (en la mayoría de los casos, por culpa del mal funcionamiento del servicio postal), se sentía como si pasara sed en el desierto y reaccionaba con un asomo de furia. Se quejaba de estar comunicándose «con el mundo de la luna». En su conjunto, las misivas son lo más parecido que tenemos a un diario suyo: con su concreción y sus diligentes anotaciones cotidianas, compuestas de algún sinsentido ocasional, de repeticiones, de monotonía (siempre compensada por la agilidad desenfadada del estilo) y también de vez en cuando de alguna idea sin propósito; sin reticencias, en cualquier caso, y sin falso pudor. Camilleri estaba muy unido a su familia y a su numerosa, diligente y solidaria parentela, cercana y lejana, que no dejaba de apoyarlo en la medida de sus posibilidades. Quería «noticiar» a su familia. El verbo es suyo. En las cartas lo emplea con mucha frecuencia. Y es un verbo en el que podría intuirse cierto tono burocrático. En absoluto. Basta con pensar en un sustantivo con el que está emparentado: «noticiario». Sus cartas son, pues, un boletín cotidiano, el periódico de trinchera escrito por un estudiante que lucha a diario contra mil dificultades: empezando por las económicas, «desastrosas», junto a la consiguiente y sufrida molestia de recurrir a la ayuda de una familia siempre disponible pero sacrificada; y acabando con la angustiosa persecución de colaboraciones remuneradas, así como con la gestión más banal del día a día, que exige aprender a lavarse los calcetines y plancharse los pantalones en el exiguo espacio de una habitación de alquiler que ilustra a sus padres con un plano apenas esbozado. Es una trinchera que Camilleri, intrépido y tenaz en la búsqueda de su propio camino, desalentado con frecuencia aunque sin llegar nunca a deprimirse, armado de energía y decisión, quiere derribar para «triunfar» y darse a conocer como poeta, autor de relatos, guionista de obras cinematográficas y de dramas radiofónicos, reseñador en revistas y periódicos, y director. Entretanto, tiene «una enorme necesidad de estudiar». Califica de «extenuante» la labor académica, así como la idea fija del teatro. No tiene tiempo de pensar en otra cosa. Resuena obsesivamente en su mente la repetición de una sola palabra: «teatro, teatro, teatro». Así pues, en lugar de ser una mera recopilación epistolar, estas cartas conforman un diario y un boletín, así como el relato, en un formato abierto de correspondencia, de una formación, entre esperanzas, chascos y heridas: una involuntaria autobiografía juvenil, una feliz fusión de géneros literarios, una obra heterogénea.
El joven Camilleri es un maratoniano del trabajo. Mantiene un ritmo infernal, vertiginoso. Corre de un sitio a otro con afán y frenesí. Y con una comicidad autoirónica. «¿Qué os parece esta especie de carrusel?», les pregunta a sus padres. Y poco después añade un jocoso comentario de sus compañeros de curso: «Trabajas como un esclavo, no paras de comer, vas con chicas, te levantas a las siete de la mañana ¡y con todo eso no consigues adelgazar! ¿Qué rica viuda te ceba en bacanales nocturnas?» La carta es de 1950. El tiovivo televisivo, publicitario, todavía está por llegar. Camilleri se refiere a la convulsión del carrusel, al torneo sensacional, al torbellino. A las bufonadas del «vagabundo» Charlot. No es una suposición. Él mismo las saca a colación cuando, en una carta de noviembre de 1953, pone en escena una pantomima de ese estilo. Sus padres le han mandado un paquete de dulces, una caja de licores y jabones. Una cazadora estupenda que ansiaba desde hacía tiempo. De una forma de lo más desternillante, les cuenta: «En cuanto vi la cazadora quise ponérmela (de hombros me va un poco grande, sí, pero no es mucho, así que no me importa) y ahí empezó el drama. Estaba subiendo la cremallera e iba ya por la mitad cuando me di cuenta de que no había metido el otro lado bien desde abajo, así que el carro iba tres dientes por delante de un lado con respecto al otro. Entonces, distraídamente, tiré de las dos partes de la cazadora y se abrió la cremallera, con la mala fortuna de que cuando quise bajar el carro se atascaba, ya que lo que habría tenido que encontrar cerrado en realidad estaba abierto. (Soy consciente de que no estoy siendo nada claro, pero intentad entenderme.) El carro sólo se podía subir y bajar de la mitad de la cazadora para arriba, así que decidí quitármela y dejarlo todo para por la mañana. En ese momento me percaté, horrorizado, de que no podía quitármela. Lo intenté una y otra vez, pero todo era inútil: entonces decidí dormir con la cazadora puesta y, ya por la mañana, pedirle ayuda a la casera. Pero enseguida noté que la cazadora me molestaba, así que, poco a poco, con mucha paciencia, conseguí liberarme de ella. Fue una escena casi digna de Charlot. Y al día siguiente, echándole horas (¿te acuerdas de lo del mono de este verano?), conseguí arreglarlo todo.» Esa grotesca y pomposa lucha nocturna con una cazadora de impertinente e incordiante cremallera no puede dejar de recordarle (lo mismo que a sus padres) la insolencia ridícula y molesta de otra prenda, un «mono» impuesto inoportunamente a los alumnos de la academia: «[N]os entregaron los monos, que son horripilantes. El mío es el menos malo de todos, pero ¡imaginaos que para levantar el brazo derecho también estoy obligado a levantar la pierna! A algún otro le tiraba tanto de la entrepierna que por momentos corría el peligro de quedarse suspendido en el aire.» Esas pantomimas apuntan ya a la comicidad teatral (y cinematográfica) de muchas páginas de las novelas del Camilleri maduro. Sin embargo, entre ellas la más sorprendente por su inquina es el pasaje burlesco del mono que obliga al levantamiento fascista del brazo derecho y al marcial de la pierna: una denigración del fascismo, una parodia del militarismo de opereta, algo que aparecerá profusamente en las futuras novelas camillerianas. Claro que, por otro lado, en las cartas no falta una inclinación narrativa de una ternura juvenil, estudiantil y modesta: «Pasé la mañana de ayer callejeando con una compañera y luego, por la tarde, fui con ella y con otros a casa de otra compañera; primero echamos unas partidas de cartas, pero, como nadie tenía dinero, nos jugamos recuerdos: el que perdía les contaba un recuerdo a los demás»; «Había [en el cóctel] un público estupendo, directores, actores, actrices e intelectuales varios, sueltos y en grupitos. Arrastré hasta allí a una nueva actricilla de la academia cuyos únicos méritos son por un lado ser guapa y por el otro ser igual de tonta de forma equilibrada. Mientras se hablaba de cosas excelsas como música, pintura y poesía, se abrieron de par en par las puertas del bufé. Transformados instantáneamente en bárbaros de penitenciaría, nos precipitamos hacia la mesa en lo que fue una lucha sin cuartel. Moravia, Galvano della Volpe, Flora Volpini, Massimo Girotti, la chica (Mariuccia, para darle nombre) y yo, entonando cantos guerreros, nos plantificamos en primera línea, formando un grupo compacto, y una vez allí, catapultando a Mariuccia de una punta de la mesa a la otra, hicimos acopio de provisiones como bocadillos, galletas saladas, postres, Martini, ginebra y whisky. Luego nos retiramos a un rincón con el botín. No lo digo en broma, esta vez, realmente sucedió así. Igual que en cualquier otro cóctel al que he asistido. La verdad es que me lo pasé de fábula. También conocí a varias personas que podrían resultar de utilidad, gracias en parte a la chica, exclusivamente decorativa.» Las cartas son, entre otras cosas, un fértil batiburrillo de diversos relatos, breves y mínimos, siempre placenteros, humorísticos y desenfadados.
Están escritas en la prosa escueta, pero eficaz, de la improvisación epistolar: aderezada aquí y allá por una ligera ráfaga de términos sicilianos, entrecomillados por proceder de un léxico familiar que denota la nostalgia del hogar, de las conversaciones cotidianas, de una oralidad que le resulta lejana pero no ajena. Le escribe a su madre: «La señora estaba indispuesta (sufre el mismo dolor que tú en el cudigliuni, como dices tú, lo que la tiene inmovilizada).» Ese cudigliuni pertenece al vocabulario más estrictamente materno. Se refiere al coxis. Camilleri sabe que, por extensión, también significa cola. Y, metafóricamente, pene. Al escribir la novela La temporada de caza, se acordará de esa palabra. Se la apropiará, italianizándola y delimitándola. Aparecerá en la frase «tiene ocho hijos con un buen codiglione entre las piernas». El viaje de la palabra había empezado como voz materna, pero acabaría siendo, pasado el tiempo, voz del hijo. También el siciliano jardineddu se italianizará en las novelas como iardinetto o jardinetto. Y lo mismo sucederá con unas cuantas palabras del vocabulario familiar. En una carta a su queridísima madre del 28 de diciembre de 1953, Camilleri escribe: «[P]or la mañana, al despertarme, me entró mucha melancolía, así que me quedé en casa accufunnatu y no fui al almuerzo.» El término, entrecomillado, presenta una ene duplicada que refleja una pronunciación exclusiva propia de la familia Camilleri. Es una excepción. Destaca, solitario, junto a la variante más extendida accufulatu y al verbo accufularisi. Significa «acurrucado», «abatido» (accufunatu). Camilleri la excluirá del vocabulario de sus novelas. En la academia, le dan al joven estudiante el consejo de ponerse tapones en los oídos siempre que decida volver a casa, a Sicilia, y «no hablar jamás en dialecto». Como novato que es, acepta. Y se promete: «[S]eguiré su consejo, aunque me cueste el choteo de mis amigos.» Por suerte, no tardará en olvidar tal compromiso. Y sembrará por sus cartas un puñado de términos y construcciones familiares: camurria («fastidio») y camurrusu («camurrusu o camurriusu: tedioso», según el glosario incluido en Un hilo de humo), cosas nguliate («apetitosas»), virrina («barrena»), sivo («El tío Massimo aún no me ha mandado ni una línea: que no le salga el sivo ante esta petición mía y me escriba»: «tan ocupado como estaba bromeando y riéndose con Marietta, a quien se le habían pasado el sivo, el mutismo y el mal humor», en La captura de Macalé), vicchiaredda... Son palabras que trabajará en los libros que escribirá mucho más adelante. Las cartas han servido para preservar el primer núcleo reducido del taller del que surgirá la extraordinaria invención lingüística de Camilleri, con su mezcla de italiano y dialecto siciliano.
Asimismo, nos reservan otra sorpresa. Estamos a 7 de septiembre de 1952. El día antes, Camilleri ha cumplido veintisiete años. Le escribe a su madre y le revela que desde hace quince días está trabajando, con «asiduidad y brío», en su primera novela, titulada Una suerte ambigua. No se lo ha contado a nadie. Apenas ha terminado los tres capítulos iniciales. Y está «contento» de enfrentarse a un género literario en el que nunca había pensado. Eso sí, tiene dudas. No está seguro de salir bien parado. No pasa nada, se dice: «Eso significa que a la segunda se me dará mejor.» Posterga la empresa para un momento posterior. Y, en ese momento del futuro, el lector ya experto en la obra narrativa de Camilleri puede permitirse volver la vista atrás y hacer una lectura retrospectiva. Coge la novela La red de protección, aparecida en su edición original en el año 2017. Sigue la investigación de Montalbano. El comisario se declara lector de «una obra de teatro francesa maravillosa», por la que se deja conquistar, en la que, según dice, «Ulises charla con Héctor e intenta conjurar el inicio de la guerra de Troya». Y en su sagaz investigación, que da lugar a una gran novela de introspección, se deja guiar por la agudeza psicológica de la obra francesa. El mismo lector da un paso atrás en el tiempo. Lee la correspondencia del joven Camilleri. Se detiene a reflexionar sobre la carta a su madre del 20 de febrero de 1950. Camilleri está trabajando de ayudante de dirección en el montaje de La guerra de Troya no tendrá lugar de Jean Giraudoux, que es «graciosísima», según dice, «con un humor tremendo, muy fino, a virrina»; que da la sensación de «una virrina, un taladro» (Ardores de agosto), de un caracol que lleva dibujada en la concha la espiral de una «cola de cerdo» (El rey campesino). El lenguaje no es especialmente crítico. Y es comprensible. Camilleri se dirige a su madre en la lengua de casa, con el léxico familiar. Su juicio coincide con el de Montalbano, buen lector, que guarda en su biblioteca los libros que le ha hecho llegar el autor y en los que ha estudiado literariamente la sabia táctica, el método apropiado y plácidamente psicológico, pero penetrante, en espiral, de su investigación. El mismo lector se detiene en otra carta. Va dirigida a los dos padres de Camilleri y está fechada el 22 de marzo de 1950. El lector se topa con algo grosero, insolente. No logra explicárselo. Camilleri tiene que preparar, por encargo de Radio Vaticano, una antología de textos religiosos que deberán leer distintas actrices y actores. Y también debe ocuparse de la dirección radiofónica de la lectura. A raíz de eso conoce a Anna Proclemer, «la hermosa mujer de Brancati». Y entre paréntesis se permite una apostilla que al lector se le antoja cínica. Califica a Brancati de «pobre cornudo». Y añade: «¡¡Y pensar que él, que es siciliano, se burla de sus paisanos porque dice que somos celosos!!» El lector decide repasar mentalmente la producción literaria del Camilleri maduro, en busca de una posible justificación. Y llega a la compacta trilogía fantástica (Il sonaglio, Maruzza Musumeci, Il casellante). De inmediato comprende que el autor hizo suya la idea de la literatura fantástica de Tommaso Landolfi y tomó como modelo La piedra lunar del gran escritor originario de Pico. El lector se detiene a rumiar. Y tiene una iluminación. Sabe que el amante de Anna Proclemer era Landolfi. Era vox populi. Años antes, el autor de La piedra lunar había traducido espléndidamente las Historias de San Petersburgo de Nikolái Gógol, ahondando (con gesto revolucionario) en la mágica lengua de la obra para explotar su carácter visionario intrínseco. Brancati, que se consideraba el Gógol italiano, vapuleó duramente la innovadora traducción (que se apreciaría mejor en Italia al conocerse el ensayo sobre Gógol de Vladimir Nabokov publicado en 1944). El traductor reaccionó con severidad. Fue como si su serena respuesta llegara de las alturas, con conmiseración. Le explicó a Brancati que Gógol era un escritor fantástico y visionario, no el escritor del realismo soñado por el descubridor del donjuanismo siciliano. Dejando al margen el tono desenfadado, en su carta de 1950, el joven Camilleri hace de la ocurrencia una toma de posición literaria. Se alinea tácitamente del lado de Landolfi, evocado como amante, y se mofa de lo fácil que es poner en ridículo a las generalizaciones moralistas de la literatura (incongruentes y desafinadas, paradójicamente, en ese caso concreto): «¡¡[S]e burla de sus paisanos porque dice que somos celosos!!» Las cartas le cuentan al lector mucho más de lo que podría esperar sobre el Camilleri posterior. Cree que sabe muchísimo de él. Y aún le queda una gran cantidad de cosas por descubrir.
El joven Camilleri es «pobre», como acostumbra a confesar con frecuencia. Y también está angustiado, preocupado y ansioso. Pero no le faltan prestigiosos reconocimientos, como poeta, como ayudante de dirección, como director propiamente dicho y como experto en historia del teatro internacional encargado de redactar lemas importantes de la Enciclopedia del espectáculo. Como poeta, aparece incluso, por voluntad de Ungaretti, en la antología I poeti di Saint-Vincent, publicada en la importantísima colección Lo Specchio de la editorial Mondadori. Y no sólo eso. En la Olimpiada Cultural, en Roma, se presta a presentar al «joven poeta siciliano» uno de los principales críticos italianos, quizá el más destacado, Giacomo Debenedetti. Entre el público destacan Alberto Moravia, Vitaliano Brancati, Carlo Levi, Alfonso Gatto y Maria Bellonci. Las obras teatrales que dirige reciben reseñas entusiastas, sobre todo por sus geniales ocurrencias. En una ocasión, al no lograr encontrar a un actor a la altura del papel, saca al escenario a un maniquí, en una apuesta de teatro experimental. En su trabajo como director, Camilleri es muy atrevido, con soluciones de gran ingeniería escénica, y un sabio aprovechamiento del espacio y de las «máquinas». El 11 de agosto de 1957 describe a su madre, de un modo admirable por su ferviente diligencia y su claridad expositiva, una empresa muy compleja y titánica: «Estoy superado por el trabajo de preparación de la obra de Siro Angeli, Odore di terra, que se representará en Asís el 28 de este mes y además se emitirá en directo por televisión. Es el primer experimento de este tipo que se hace en Italia. Cuando se retransmite una obra desde un teatro, se cierra la sala al público (o al menos dejan entrar sólo a unos cuantos invitados), porque las exigencias de la televisión son las contrarias de las del teatro, y viceversa. En cambio, en este caso se hará como una función teatral normal y corriente, y como una retransmisión televisiva normal y corriente desde un estudio (y no desde un teatro). Vamos, se trata de ver hasta qué punto pueden coexistir los dos géneros. Ahora bien, si piensas que el trabajo teatral (veintiún personajes y dieciocho cambios de escenografía) ya es de por sí dificilísimo, imagínate lo que significa tener que afrontar también los problemas derivados de la retransmisión televisiva. Por suerte, el director de la grabación es Di Gianni, un viejo amigo mío con el que me entiendo. Voy a ensayar en Roma, en el Teatro delle Arti, hasta el día 22 por la tarde y luego me iré a Asís con toda la compañía. En fin, podéis anunciar oficialmente mi nuevo trabajo, porque dentro de unos días se publicará la noticia en el Radiocorriere. Paso de una especie de fe ciega a momentos de pánico real: la función incluye cuatro escenarios giratorios, cuarenta y dos proyecciones, etcétera, por no hablar de que los actores pasan (mientras hablan) de la prosa al verso, y viceversa, lo que provoca que encontrar el tono sea difícil. Pero vamos a esperar que salga bien: ¡piensa que el personal técnico contratado supera las veinte personas!»
Camilleri se anticipó a los tiempos con frecuencia. Fue el primero en descubrir en Italia (con una intervención inmediata de la censura) al incómodo Jean Genet, «un escritor de lo más refinado, de alta cultura y de lengua difícil», traducido y adaptado para la radio por él y por un amigo suyo. En 1952 había leído el ensayo biográfico San Genet, comediante y mártir, de Jean-Paul Sartre, recién publicado por Gallimard. ¡El libro de Sartre saldrá en Italia veinte años después! Camilleri dedica al «comediante y mártir» uno de sus perfectos y fulminantes relatos retratísticos frecuentes en el epistolario: «Ha venido a verme a Roma desde París Jean Genet [...]. Es ese famoso autor francés conocido también por sus condenas por robo, amenaza a mano armada, empleo de la fuerza y asalto al Banco de Lyon. Ha quedado satisfecho con mi traducción, me fui a comer con él y me presentó a Jean-Paul Sartre. Genet es un hombre extraordinario que deja una huella profunda en quien lo conoce por su cinismo desmesurado. Me ha cedido todos los derechos para la obra que he traducido, me ha dicho que puedo hacer con ella cuanto quiera y que tengo que quedarme todos los cuartos que dé, como si fuera yo el autor, sin darle nada a él. “Usted es joven,” me dijo, “y le hace falta dinero. Yo soy rico y no lo necesito.” “¿Y qué puedo hacer para agradecérselo?”, le pregunté. Y él: “Dentro de unos años me mandará paquetes.” “¿Adónde?”, le pregunté yo. Y él: “A la cárcel, naturalmente.”»
Camilleri se muestra siempre sincero con sus padres. No les esconde nada. Tan sólo en una ocasión toma la decisión no de mentir, pero sí disimular honestamente. Ha hecho una bravuconada. Se ha saltado la severidad y la rigidez de las leyes de la academia. Y no puede revelar su gesta por el respeto que debe a toda su familia, a sus expectativas, a sus sacrificios. Calla la verdad. La ahoga en una oleada de palabras, en circunloquios, en torbellinos de explicaciones. Únicamente confiesa, en la carta fechada el 2 de noviembre de 1950, que se ha negado a presentarse al examen de interpretación, porque ha visto que era una trampa orquestada para proceder a su «exclusión» de la academia «con todas las de la ley». Se siente contra el paredón. Se ve obligado a renunciar a su plaza y con ello a «interrumpir una carrera». Y añade: «Quiero que tengáis clara una cosa: ninguna de las adversidades que me han sucedido ha sido por mi culpa.» Dos años después vuelve a sacar el tema. En una carta cuenta una conversación mantenida con Costa: «Hablamos también de mi abandono de la academia y él me señaló que un treinta por ciento de la responsabilidad reposaba sobre mis hombros. Ahora, ya completamente en frío, no soy capaz de quitarle la razón del todo. Pero eso sería un asunto demasiado largo de tratar.» Tan largo que no se llegaría nunca a una conclusión. Habrá que esperar hasta el año 2002 para saber realmente qué sucedió. Entonces revelará por fin la verdad, sin trastornar a sus padres. Entrevistado por Saverio Lodato, Camilleri ofrecerá uno de sus relatos, en este caso a medio camino entre Boccaccio y Shakespeare: «Silvio d’Amico me echó [de la academia]. [...] Tengo que empezar con una premisa: a mí siempre me han gustado las mujeres. Y naturalmente tenía muchas aventuras con las alumnas. Pero de una me enamoré. Cuando acabó el primer curso académico, Orazio [Costa] montó en San Miniato una función, titulada Le petit pauvre, de su gran maestro Jacques Copeau. E hizo el mejor montaje que he visto en la vida. [...] Tuve la suerte de participar en Le petit pauvre como ayudante de dirección y también como actor. Sólo tenía una frase: “Sin más librito.” [...] Llegó el día. Una vez en San Miniato, las chicas se alojaron en el convento de las clarisas, en un ala separada del convento, mientras que a nosotros nos mandaron al convento de los franciscanos. Empecé a ponerme triste. Y empezaron a ponerse tristes también Enrico Maria Salerno y Gigi Vannucchi. Así pues, nos hicimos con las llaves y nos fuimos a dormir cada uno con su chica. Estábamos exhaustos por los ensayos, cansadísimos. Por la mañana, al alba, Salerno, Vannucchi y yo saltábamos por la ventana, que estaba a casi cuatro metros del suelo, y volvíamos al convento de los franciscanos. Pero una aciaga mañana se me pegaron las sábanas: no me desperté. La madre superiora abrió la puerta de la celda, nos vio desnudos en la cama, pegó un grito, se desmayó. Un escándalo monstruoso. En aquella época, en la academia no podía ni coger a una mujer del brazo, porque las inspectoras de la moral estaban listas para informar. [...] Unas viejas solteronas espantosas que no te dejaban ni moverte. El escándalo llegó a oídos de D’Amico. Me retuvieron hasta el final de la función y luego me comunicaron que no iban a renovarme la beca. Y no sólo eso. Estaban tomando medidas para echarme de la academia. Y eso hicieron» (Saverio Lodato fa raccontare Camilleri. La linea della palma, BUR Saggi, Rizzoli, Milán, 2010, pp. 196-198).
Como una novela de otra época, el epistolario concluye con una boda. Camilleri se casa con Rosetta dello Siesto. Y sale «a la luz una hermosa criatura», como diría Manzoni. Se llama Andreina.
SALVATORE SILVANO NIGRO
Nota
por ANDREINA, ELISABETTA y MARIOLINA CAMILLERI
En el año 2018 emprendimos, a iniciativa de nuestro padre, la recuperación de la documentación relativa a su actividad, reunida a lo largo de los años en unas doscientas carpetas y guardada en su mayor parte en el garaje de la casa familiar. Su intención era iniciar, con nuestra ayuda, la catalogación de su archivo para más tarde trasladarlo a una ubicación elegida para su conservación y en última instancia su consulta.
Empezó así la aventura que en 2022 condujo a la inauguración del Fondo Andrea Camilleri, donde además del archivo se conserva su biblioteca. Nuestro padre seguía con mucha curiosidad, sorpresa y alegría nuestras crónicas de los distintos descubrimientos que íbamos haciendo entre sus papeles, puesto que creía que algunas cosas se habían perdido, como, por ejemplo, su primer relato, Sweet Georgia Brown, o su primer texto teatral, Juicio a medianoche, que recordaba haber tirado, en 1947, por la ventanilla de un tren. Siguió también, con indicaciones para el arquitecto Simone di Benedetto, la «construcción» del fondo. No llegó a tiempo de verlo terminado, pero sabía perfectamente cómo iba a ser el resultado final, desde los suelos de gravilla siciliana hasta las estanterías de fresno que iban a albergar sus papeles. Estaba muy contento con el proyecto.
Ha sido durante estos años y sigue siendo para nosotras nuestra compañera de viaje y una preciada colaboradora Patrizia Severi, la responsable del archivo, que se ha encargado de las labores de descripción e inventariado de los documentos de nuestro padre, cuya consulta está disponible en línea en la página web del fondo, accesible para todo el mundo.
El archivo, declarado en junio de 2021 de interés histórico por la Dirección Archivística y Bibliográfica del Lacio, perteneciente al Ministerio de Cultura, concentra hoy, junto con la biblioteca, el grueso de las actividades del Fondo Andrea Camilleri.
Las cartas de nuestro padre han supuesto un «reencuentro» importante e inesperado entre sus papeles. Cuando ya se había iniciado el trabajo de catalogación de la documentación, aparecieron en un lugar en el que no nos imaginábamos que pudieran haberse conservado intactas durante tantos años. Un sótano. Alrededor de doscientas cartas escritas por nuestro padre a los suyos entre 1949 y los años sesenta, es decir, desde su primer año en Roma como alumno «desplazado» de la Academia de Arte Dramático hasta el traslado de sus padres de Porto Empedocle a la capital. Al instante nos dimos cuenta de que habían sido nuestros abuelos los que habían conservado y llevado a Roma aquellas cartas cuando, a principios de los años sesenta, habían decidido mudarse para estar cerca de su hijo. Después de su muerte, aquella correspondencia, junto con otros papeles, había acabado en el sótano de la casa de nuestros padres.
Lo primero que hicimos fue transcribirlas, dada la fragilidad de los papeles, en su mayor parte manuscritos y en algunos casos mecanografiados. Lo hicimos de inmediato, por miedo a que se perdiera una sola palabra de su contenido...
Se trata de una documentación muy importante que a nosotras, sus hijas, y a sus nietos nos ha permitido descubrir a un Andrea Camilleri completamente desconocido, un muchacho tierno pero con un carácter muy decidido que creía en sí mismo y que, a pesar de los muchos obstáculos (desde el económico, porque los «cuartos» escaseaban, hasta los derivados de la lejanía de sus padres, pasando por las veces en que le dieron con la puerta en las narices), siempre siguió adelante. Se trata casi de un diario de sus actividades en el que, junto a cierta impetuosidad juvenil, aparece una gran ironía, un rasgo que siempre destacó en su vida y en su futura producción literaria.
La correspondencia con sus padres da fe del profundo vínculo con su familia, que tanto lo ayudó en su camino, y de una vida cotidiana de estudio, lecturas, investigación, disciplina y curiosidad ante el mundo, factores que lo acompañaron toda la vida y que le permitieron llegar a ser el escritor y el hombre de cultura y de compromiso civil que todo el mundo conoce.
Por todo eso, por el valor histórico que representan estos escritos y el testimonio vital a nuestro parecer también relevante para un público de jóvenes lectores, hemos decidido, de acuerdo con nuestra madre, darlas a conocer.
Hemos confiado su publicación a la editorial Sellerio: Elvira y Antonio acompañaron siempre a nuestro padre en su trayectoria literaria con buenas dosis de afecto y amistad.
Por otro lado, hemos omitido unos pocos fragmentos de los originales para salvaguardar determinados aspectos personales y privados de quienes, desgraciadamente, ya no están entre nosotros. Esos cortes se indican en el texto con puntos suspensivos entre corchetes.
Queremos dar las gracias al profesor Salvatore Silvano Nigro por su competente y afectuosa edición de este volumen, a Floriana Ferrara por su valiosa colaboración y a Elvira y Paola Fragapane por su ayuda para identificar las distintas ramas familiares sicilianas y determinados términos que nos resultaban desconocidos.
Gracias a nuestro padre por este precioso regalo.
ANDREINA, ELISABETTA y MARIOLINA CAMILLERI
OS ESCRIBIRÉ
1949
Ostia, 3 de noviembre de 1949
Queridísimos:
Esta carta os servirá de «informe» de absolutamente todo lo que he hecho desde que puse los pies en Roma hasta hoy. Nada más llegar, después de un viaje pasable, me fui a casa del tío Carmelo, donde almorcé. Por la tarde pasé por la academia para entregar las composiciones y luego me fui a casa de Leo y juntos buscamos un lugar donde dormir, porque en casa del tío Carmelo no podían alojarme. Encontré una habitación de hotel a setecientas liras la noche y me instalé. Por la mañana me acerqué a casa de Vincenzo, que me recibió con unas atenciones y una amabilidad que me resultaron conmovedoras. [...] Me invitaron a comer y vi al tío Tano; imagínate con qué muestras de afecto me acogió. Vincenzo siguió interesándose por mí hasta el día siguiente a mediodía, es decir, el sábado 29, que fue cuando, a la una y media, me presenté al examen. Me fue bastante bien. Me preguntaron sin parar durante una hora y cuarto y, la verdad, podría haberlo hecho mejor, pero me entró un nerviosismo considerable. El examen consistió en lo siguiente: en cuanto entré en el teatro, D’Amico me pidió que interpretara algo. Le contesté que me faltaban los demás actores para darme la réplica y que no conocía a nadie a quien pedirle ese favor. Entonces D’Amico llamó a dos de los actores jóvenes más capaces del teatro en prosa, a los que yo sólo conocía por su reputación: Gassmann y Santuccio. Con este último, como tuve una hora de tiempo para prepararme, me aprendí un fragmento de la obra La torre sobre el gallinero (que había trabajado este año en Porto) y otro de Arsénico por compasión (que leía sólo por segunda vez), y con eso salí a escena. Os podéis imaginar mi emoción y mi agitación. Después de decir los textos (delante de diez miembros del tribunal, entre actores, actrices y directores), empecé el examen propiamente dicho, centrado en por qué había decidido montar la dirección de la obra de Pirandello de una forma determinada y no de otra. Coincidía con Costa (el profesor de dirección) en el segundo acto y en el tercero, pero no en el primero. Opté por defender mi idea hasta el final, aunque fuera a costa de mandarlo todo al garete. Y puede que esa decisión me beneficiara, aunque también es verdad que Zennaro (el ayudante de dirección de Costa) ya me había avisado antes de que este último a menudo hacía preguntas ambiguas, con trampa. Al cabo de una hora y cuarto, cuando ya estaba empapado en sudor (¡quién diría que aquí en Roma hacía frío!), me dijeron que podía irme.
Al día siguiente (domingo) por la mañana, estuve en Ostia en casa del tío Tano y la tía Michelina, donde me acogieron con su habitual y enternecedor afecto. Y Vincenzo ya había vuelto a la carga con sus amigos para saber algo del resultado del examen; resultado del que nos enteramos el martes por la mañana, porque D’Amico fue personalmente a ver a Maia [...] y le comunicó mi admisión. Piensa que hacía dos años que no cogían a ningún director y que para este curso, de nueve candidatos, sólo me han aceptado a mí (el único en toda Italia). D’Amico le ha dicho a Maia que este año el tribunal tampoco quería coger a nadie, pero que entonces se levantó él y dijo que, en su opinión, era un error no querer admitir a nadie, ya que había un nombre que destacaba entre los demás.
—¿Cuál es ese nombre? —le preguntaron los del tribunal.
—Camilleri —contestó D’Amico.
Y, ante la observación de que yo carecía de una cultura teatral consumada,[1] contestó que él veía algo en mí y que sin duda era una carta que había que jugar con probabilidades de éxito, pero, de todos modos, para que los distintos miembros del tribunal dispusieran de libertad de juicio absoluta, pasarían a votar según lo establecido. Y eso hicieron, pero en el recuento se constató que las palabras de D’Amico, como presidente de la academia y entendido en teatro, habían tenido su efecto, ya que la votación resultó del todo favorable a mí, con lo que fui el único admitido [...]. Yo, por mi parte, hice todo lo que estaba en mi mano: otra elección, evidentemente, no habría sido posible, ya que de otro modo los miembros del tribunal habrían podido contestarle a D’Amico con otro nombre, cosa que no hicieron.
Cuando el tío Tano y Vincenzo se enteraron de que vivía en un hotel y pagaba tanto, se empeñaron en que me fuera a Ostia, a casa de la tía Michelina. Ni que decir tiene que aquí me tratan como a un hijo, sin lugar a dudas. Ni os imagináis lo cariñosísimos que han sido. No tengo palabras para darles las gracias; las palabras, la verdad, es que no bastan. Os ruego que les escribáis a Vincenzo, al tío Tano y a la tía Michelina y les expreséis a todos mi gratitud y la vuestra, no sé qué daría para que fuera tangible lo que siento por ellos. Escribidles, por favor.
La situación en la que me encuentro ahora es la siguiente: el sábado tengo que estar sí o sí en la inauguración oficial del curso, porque soy el único director y eso, naturalmente, comporta obligaciones.
La secretaria me ha dicho que, a continuación, podría pedir un permiso de tres o cuatro días, no más.
Entonces, si queréis, puedo ir a Sicilia, ya tirando hacia la semana que viene, antes no. Podría quedarme en Porto como mucho un día y luego volver. Por otro lado, estaría la posibilidad de que me mandarais todo lo que vaya a hacerme falta para el invierno a casa del tío Tano (si fuera por paquete postal) o a casa de Vincenzo (si fuera por paquete ferroviario). Porque también hay que tener en cuenta el factor económico, me gastaría quince mil ahora en noviembre y lo mismo en diciembre, cuando me tocará ir para las vacaciones navideñas.
Así pues, quedo a vuestra disposición: si decidís que vaya, comunicádmelo telegráficamente; si no, escribidme una carta y mandadme lo que me vaya a hacer falta para el invierno, pero con cierta diligencia, porque aquí hace un poco de frío. En el paquete tendríais que incluir también todos los periódicos y las revistas que encontraréis en el segundo cajón de mi escritorio (empezando por arriba).
Entiendo que para vosotros resulta muy doloroso no volver a verme hasta diciembre y lo es también para mí, y no me gustaría que mamá pensara, ni por asomo, que soy un descastado, me gustaría que leyera dentro de mí en este momento o que me mirase a los ojos, con los que ahora, como un tonto, estoy llorando mis buenas lágrimas.
Pero hay que comprender que por otro lado sería un viaje demasiado cansado para mí y demasiado caro.
Ahora paso a daros otras noticias. La beca que me han asignado es de veinte mil liras mensuales. Es la máxima fijada para dirección, pero es escasa. De todos modos, en ese sentido no tenéis que preocuparos por mí en absoluto. Vincenzo me echará una mano en algún periódico, para que pueda colaborar en la sección de cultura y así complementar mis ingresos. Resumiendo, de una forma u otra espero llevarme el gato al agua: tenéis que entender que ésta es mi vida; al principio será un poco dura, pero tengo mucha confianza en que lo conseguiré. Las diez mil que me ha mandado papá me servirán para estos primeros días. Por ahora vivo en Ostia, en casa del tío Tano, y el correo podéis enviármelo aquí. A veces, a mediodía, voy a comer a casa de Vincenzo o a un restaurante, por la noche me da de cenar la tía Michelina.
A partir de mañana buscaré una habitación en Roma. Lo cual es tirando a difícil. Y de momento tengo el puerto tranquilo de Ostia, así que no tenéis que preocuparos en absoluto. Igual que tampoco tenéis que inquietaros por mi salud, los dolores no han ido en aumento, mi estado físico y anímico es bueno.
Aquí en Roma me he llevado la sorpresa de ver expuesta en una librería la Antologia del Saint-Vincent, que incluye tres poemas míos. Si me llegan a Porto, como me imagino, algunos ejemplares, os ruego que me los mandéis después de leerlos. Ya os imaginaréis que me hacen falta aquí, ya he tenido que regalarle uno (comprándolo de mi bolsillo) a Maia (que es el director administrativo de la Universalia Film).
Si me llega correo a Porto, cambiad la dirección y mandádmelo aquí.
Todos los días veo a Leo, que también me ha ayudado mucho y es para mí como un hermano mayor.
Queridísimos, no sé deciros lo que siento y lo que me embarga, aún hay muchas ideas y muchas sensaciones confusas dentro de mí, todo ha sido muy rápido, trepidante. Os quedará claro al ver lo atropelladamente que he escrito esta carta, pero os prometo que en adelante escribiré largo y tendido cada tres días, contándooslo todo sobre mí.
Escribidme también vosotros largo y tendido, no me tengáis preocupado ni por un momento. Pensad en lo nervioso que es mi carácter y en que para trabajar en serio y provechosamente necesito mucha mucha calma interior. Así que escribidme y escribid a Vincenzo y al tío Tano, os reitero que no hay palabras para expresar merecidamente todo lo que han hecho por mí.
Volveré a escribiros el sábado por la tarde, con más calma y más claridad.
Querida mamá, querido papá, os mando un abrazo muy fuerte y también besos, además de a la abuela Elvira, a la tía Elisa y al tío Massimo, estrechándoos a todos contra el corazón. Os beso las manos con ternura.
Vuestro,
ANDREA
Saludos afectuosos a la señora Guida. Leo está estupendamente.
Mi dirección, por ahora, es la siguiente:
Andrea Camilleri – A/A Fede
Viale della Pineta, 98 – Ostia Lido – Roma
La dirección de Vincenzo Fede es la siguiente:
Largo Tenente Bellini, 1/4 – Roma
Dadle las gracias a Federico Hoefer, que me ha mandado un telegrama. Le escribiré en cuanto pueda.
Ostia, 6 de noviembre de 1949
Queridísimos:
Creo que a estas alturas, gracias a Pepè Miccichè, ya os habréis enterado con más claridad que mediante mi confusa carta de lo más importante que me ha sucedido en los primeros días de vida romana. Ha sido absolutamente imposible ir a Porto a veros, imaginaos que D’Amico ha tomado medidas contra los alumnos que ayer no se presentaron en la inauguración, y tampoco me resultará fácil pedir un permiso de unos días más adelante: ahora tengo que ponerme ya a trabajar con ahínco. Ayer, como os había apuntado, fue la lección inaugural, un discurso del presidente de la academia que básicamente fue una sucesión de advertencias relativas al comportamiento entre nosotros y con los demás actores. En un momento dado dijo: «En cuanto a los directores...», pero se interrumpió e hizo una aclaración: «En realidad debería decir “el director”, porque de los nueve candidatos que se presentaron sólo se consideró que uno tuviera el nivel deseado», frase que provocó que todos los presentes se volvieran hacia mí, lo que me hizo pasar apuro. Al acabar la lección inaugural, cuando salimos todos del aula, Silvio d’Amico me llamó, me cogió del brazo y, llevándome aparte, me dijo que está a mi disposición para cualquier cosa que me haga falta, que aprecia mi preparación y mi seriedad, y que sólo tengo una pega: la falta de una cultura teatral profunda. Añadió que desea que me sumerja en la lectura de los textos que me proporcionarán en la biblioteca, aun a riesgo de acabar jorobado como Leopardi, y luego me dijo, con respecto a la beca, que no había sido posible otorgarme ni una lira más, puesto que en el examen saqué una media de siete y esas veinte mil liras son el máximo que da la academia en esos casos. Hay un único caso de treinta mil, que le han concedido a una chica que es realmente una actriz nata. Con mi misma beca hay dos actores más, mientras que todos los demás reciben cifras inferiores. Y así, sin soltarme del brazo, me presentó al profesor de dirección, Orazio Costa, y me dejó allí. La actitud de este último conmigo fue sensiblemente distinta de la del presidente D’Amico: es cortés pero frío, tiene una forma de comportarse que marca las distancias. Quizá sea por su fama (proporcional a su mérito, eso sí) y su juventud. Tendrá como mucho treinta y tres años, es alto y pálido, con el pelo negro y rizado. Viste siempre de azul, con camisa blanca con botones de nácar y pajarita por debajo del cuello de la camisa. De todos modos, lo estudiaré bien para descubrir sus puntos débiles, seguro que los tiene. El lunes empezarán las clases: yo tengo, el lunes, clase de dirección de ocho a diez y clase de interpretación (con los demás) de las diez y cuarto a la una menos cuarto. Por la tarde tengo escenografía de cuatro a cinco y maquillaje (con los demás) de cinco a seis y media. Como veis, estoy liadísimo todo el día y por la noche me tocará leer los libros de teatro. Por ahora sigo en Ostia, en casa del tío Tano y la tía Michelina, voy a Roma por la mañana y vuelvo a última hora. Me tratan con mucho cariño, voy a menudo a ver a Vincenzo y, de hecho, ayer almorcé con él. Me tratan como a un pariente muy cercano y no reparan nunca en atenciones ni cuidados. Me han encargado que os transmita sus saludos la señora Vittoria y Vincenzo, el tío Tano y la tía Michelina.
Estoy de maravilla a pesar del frío que ha azotado Roma estos días; me he puesto el suéter de lana y me abriga mucho. Dentro de unos días me tocará comprarme el mono, D’Amico quiere que dentro de una semana lo tengamos todos. Lo que me falta son unos zapatos negros para llevar con el traje azul, porque los mocasines, que podían pegar, son demasiado ligeros y se me quedan los pies fríos. Mandadme los guantes y para la bufanda habrá que hacer aquel cambio con el tío Massimo. En fin, por ahora no hace falta el abrigo, cuando vaya, en diciembre, ya se verá. Vuelvo a pediros que me mandéis todo lo que encontréis en el cajón del escritorio (el segundo empezando por arriba) y el libro del Saint-Vincent cuando os llegue.
No dejo de pensar en vosotros, en todo momento: el corte que se ha producido entre vosotros y yo ha sido demasiado brusco para no resentirme: pero no estéis tristes, intentad no estarlo, pensad que estoy felicísimo con la vida que voy a emprender. Decidle a la abuela Elvira que cuando vaya quiero encontrar buenos dulces navideños, noticiadme del estado de salud de la tía Elisa, decidme si al tío Massimo le han pagado lo que debían por la campaña y sobre todo dadme noticias de vosotros, queridos míos, escribidme cartas larguísimas: será como si siguiera entre vosotros.
Os mando un abrazo muy fuerte y besos.
ANDREA
Ostia, 11 de noviembre de 1949
Queridísimos:
Por fin esta tarde, al volver de Roma, me he encontrado vuestra carta urgente, que me tranquiliza, porque no encontraba forma alguna de explicarme vuestro silencio, ya que yo por mi parte os había mandado dos cartas, una con Peppe y otra por correo. Claro que ayer la tía Ninna me contó que en realidad Peppe se retrasó seis días porque se detuvo en Catania. Me quedé de lo más inquieto, sobre todo al pensar en los malos momentos que debéis de haber pasado al no recibir ninguna carta mía. El mejor método para hacerme llegar mis cosas es mandármelas por paquete postal a Ostia. En cambio, con la caja acabaría costándome un ojo de la cara, porque tendría que recogerla en la estación de Termini, transportarla desde allí hasta la estación de Roma Ostiense, después mandarla hasta la estación de Ostia y desde allí traérmela a casa. Aparte del coste de todas esas operaciones, la cosa me ocuparía todo un día: sólo de pensarlo, me entran ganas de reír, porque no tengo un minuto libre. Querida mamá, me aconsejas que me quede en Ostia y yo me quedaría encantado de la vida, pero debes tener en cuenta varias cosas: tres veces por semana me veo obligado a levantarme a las cinco y media de la mañana para poder coger el tren de las seis y llegar puntualmente a las ocho a la academia. Los otros tres días tengo que levantarme a las siete. Por la noche, para volver a casa, pierdo la misma cantidad de tiempo. Tengo una enorme necesidad de estudiar y aquí no puedo hacerlo, porque, dejando a un lado todo el tiempo que malgasto en el trayecto, cuando llego por la noche estoy tan cansado que sólo siento ganas de meterme en la cama y dormir. Por otro lado, has de saber que, aparte de las clases de dirección y demás que imparten para mí solo, también tengo que actuar con todos los demás y encima dirigir la sesión, que se hace por la tarde a partir de las ocho y a la que no puedo asistir porque estoy obligado a volver a Ostia. Te imaginarás sin dificultad lo necesario que es para mí participar en esas sesiones, además de obligatorio. Aparte de eso, no puedo ver ninguna función teatral, otra cosa grave para mí. Piensa que dispongo de un carné que me permite la entrada libre a todos los teatros de Roma precisamente porque para nosotros las funciones son como clases. Y luego Costa ha pedido mi número de teléfono porque tengo que estar a su disposición a cualquier hora del día: si le da la ventolera de llamarme a las ocho de la tarde no sé cómo organizarme para ir a Roma ni para volver luego a Ostia. Como ves, para mí esta situación es imposible. Estoy buscando habitación en Roma, pero todo el mundo pide diez mil sólo por una cama. Esta situación me confunde mucho, hacedme alguna sugerencia vosotros. Tengo una
