El mundo nuevo

Gabriela Schroeder
Ignacio Ampudia

Fragmento

NOTA DE LA AUTORA

Mi memoria, que es la de tantos

Mi nombre es Gabriela Schroeder Barredo, soy hija de Rosario y de Gabriel; tengo casi medio siglo de vida, una interesante carrera profesional y un trío de jotas maravilloso, que son mis hijos: Joaquín, Josefina y Julián. Mis primeros años de vida estuvieron marcados a fuego por el pasado reciente, no solo de mi país, Uruguay; también de Chile y de Argentina. Ese pasado seguramente forjó parte de mi ser, aunque la verdad es que construí mi vida con las herramientas que heredé, que por suerte fueron muchas y muy buenas. De otra forma, difícilmente podríamos estar contando esta historia.

Mi memoria ha sido siempre mi compañera. Los recuerdos me acompañan desde muy chica, al menos desde los tres años. Seguramente alguno se cuela de antes. Durante mucho tiempo no supe si eran solo imágenes —algunas lindas, muy lindas, y otras crudas, crudísimas—, hasta que me animé a corroborarlas y me di cuenta de que, más allá de las construcciones que el tiempo y las emociones incorporan a la memoria, eran ciertas. Por momentos me sentí responsable de preservarlas y, de alguna forma, darles visibilidad. Pero antes tuve que pasar por distintos procesos, que entre otras cosas me llevaron fuera de Uruguay durante veinticinco años.

Hace un tiempo retorné. Conectarme nuevamente con mi país, esta vez junto con mis hijos, y retomar vínculos —muchos de los que mantuve e incluso profundicé en la distancia— hizo que resurgiera en mí la inquietud de hacer algo con esos recuerdos, con mi memoria, que es la de tantos. Mi principal motivación fue rearmarme otra vez, buscar las piezas faltantes que conforman mis raíces. Reconstruir a mis padres y nuestras vidas, para reconocerme en ellos y en mi familia. Entenderlos; perdonarlos, también.

La escritura fue siempre mi refugio. A los catorce años comencé un diario dedicado a mi madre, que continué hasta que a los veinticuatro nació mi primer hijo. A partir de su nacimiento, escribí intermitentemente buscando ordenar mis raíces para cuando él empezara a preguntar. Llegaron después mi hija y mi tercer hijo, y aún seguía en ese intento. Difícil armar un puzle con tan pocas piezas. Decidí que quería trabajar en un libro. Y siempre supe que no sería una tarea que emprendería sola.

No quería un libro más, documental, vacío de emociones verdaderas y lleno de endiosamiento a ellos, a esa generación revolucionaria. Busqué entonces a alguien que pudiera estar limpio, ajeno a esta historia, que aportara una visión objetiva y cuestionadora. Fue así que llegué a Ignacio Ampudia. Él tiene diez años menos que yo y nació y vivió en Madrid hasta hace unos años, que se radicó en Montevideo. Es historiador y, cuando lo conocí, ya había publicado una novela.

Empezamos este viaje con Ignacio hace más de cuatro años. Un viaje entre papeles añejos, apilados en bibliotecas sin un orden que facilitara su búsqueda. Nos encontramos con sorpresas, evidencias de hechos que pensábamos que estaban restringidas al relato familiar, pero que, al no haberse abordado nunca desde los protagonistas de esta historia, han quedado casi en el olvido de las producciones literarias sobre el pasado reciente.

El armado de esta trama era intrincado y sabíamos que debíamos apelar al colectivo, nutrirnos de la memoria de otros, más allá de la de mi familia. Hicimos muchas entrevistas de muchas horas y emociones. Fuimos a ellas con pudor, sintiendo que pedíamos un favor muy grande. Nos encontramos muchas veces devolviendo ese favor con la posibilidad de que otros pudieran desahogarse, rearmarse y, desde sus relatos, revivir a los jóvenes olvidados que protagonizan este libro. Sus recuerdos me permitieron verme en mis padres, entenderme, perdonarlos y, por qué no, perdonarme. Me entregaron mucho amor. Nos sorprendieron, reímos, lloramos juntos y generalmente nos despedimos con el alma tibia y una sonrisa de paz. A todos ellos, muchas gracias.

El libro nos llevó a París, de la mano de un par de antiguos compañeros de mi periplo por Chile. En este caso, no solo ganamos una vez más nuevos relatos, piezas faltantes; también descubrí a un par de maravillosas personas que no estaban en mi memoria, pero a quienes seguramente ya de antes llevaba en la piel. Además, me reencontré con una mujer increíble que no veía hacía mucho y que sentí, apenas la volví a abrazar, que me había pertenecido (y yo a ella) desde siempre. La memoria de las emociones es muchas veces más fuerte que la de las imágenes.

Aun con los relatos de tantos, es imposible completar el puzle. Muchas preguntas, asumo, quedarán sin respuesta. Los protagonistas de las partes más oscuras de esta historia no las respondieron en vida y se han ido muriendo, llevándoselas consigo.

Con Ignacio coincidimos en que queríamos un relato destinado también a los jóvenes de hoy, veinteañeros, treintañeros, que no vivieron esa época. Llegar a ellos es preservar la memoria. Nos decidimos por una historia novelada: de esa forma nos podíamos dar la libertad de construir las piezas faltantes. En ese proceso, la mayoría de los personajes cambiaron de nombre en la ficción y tan solo las figuras históricas lo conservaron.

Ignacio ha sido el mejor compañero de ruta. Él es la pluma de este libro y yo, la ingeniera que aportó la historia y algunas letras que están escondidas, siguiendo con fidelidad su estilo. Pero él es mucho más que eso: es un amigo del alma, un descubrimiento hermoso en este camino, que además vino en dúo con una mujer preciosa; hoy son parte clave de mi núcleo familiar.

El libro ha tenido esa magia: no solo resultó ser mi gran instrumento de sanación, también aportó a la de muchos otros, agrandó las redes y entretejió una malla con hilos que estaban colgados en alguna parte de mi vida.

Los invito a recorrerla, soy la niña Isabel que encontrarán en esta historia.

GABRIELA SCHROEDER BARREDO

EL MUNDO NUEVO