Una mirada feminista al cine con el que crecimos
Eloy de la Iglesia, el cronista maldito de la Transición española
Eloy de la Iglesia (1944-2006) fue un cineasta que se adentró en las sombras de la España de la Transición con la tenacidad de un cronista maldito. Filmó como si cada plano fuera un disparo contra la hipocresía de su tiempo. En barrios donde el franquismo había sembrado silencio, él encontró historias de chavales yonquis, sexo sin redención y delincuencia juvenil. Fue un director que incomodaba porque mostraba lo que otros ocultaban. Murió como vivió: al margen, pero mirando de frente. La suya es solo una de las historias que conforman «Rebeldes del deseo. Gais, lesbianas y bisexuales en la creación artística del siglo XX» (Plaza & Janés, mayo de 2025), un ensayo firmado por Carlos Barea que pretende darle su lugar a unos artistas (del propio Eloy de la Iglesia a Francis Bacon o Mari Trini pasando por Luis Cernuda, entre otros) que tuvieron que esconderse debido a su disidencia sexual o bien arriesgarse a sufrir las consecuencias de vivirla en libertad.
Por Carlos Barea

Eloy de la Iglesia, director de cine. Crédito: Getty Images.
«Todos tenemos derecho a ser como somos y nadie, absolutamente nadie, tiene derecho a hacerte cambiar».
Diálogo de la película Los placeres ocultos (1977).
«Mi adicción a la droga ha sido muy pequeña comparada con mi adicción al cine, pero, curiosamente, ha sido salvajemente destructiva con mi posibilidad de ejercer». El día 5 de mayo de 1996 el periódico El País publicaba una entrevista al director Eloy de la Iglesia en el que hacía esta demoledora declaración después de haber pasado una larga temporada de silencio provocada por su adicción a la heroína. Sin embargo, y tras su clara predisposición a volver a la dirección, todavía quedarían unos cuantos años más para que este realizador se volviera a poner detrás de una cámara. Concretamente, lo haría gracias a la dirección de una versión de Calígula para Televisión Española en el año 2001 y, poco más tarde, a la que sería su última película.
El año de esta entrevista, no obstante, sería en el que se le comenzaría a rescatar del ostracismo en el que estaba sumido, gracias a una retrospectiva que organizó el Festival de San Sebastián, a propuesta del periodista y director del festival en ese momento, Diego Galán. También, aprovechando este homenaje desde su tierra natal, la Filmoteca vasca le dedicó el volumen colectivo Conocer a Eloy de la Iglesia, en el que se repasaba su trayectoria artística y se le ensalzaba como la figura indispensable del cine español que realmente era.
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De la Iglesia fue un director polifacético que tocó muchos palos: dirigió cine de terror, realizó películas consideradas pioneras de la representación en la disidencia sexogenérica, además de cercanas al activismo, y se convirtió en uno de los máximos exponentes de un género de corta vida, pero de larga sombra: el cine quinqui. Es difícil determinar qué aspecto de su carrera podríamos considerar más arriesgado, ya que la propia naturaleza de sus obras se confrontaba de forma directa con la del sector audiovisual patrio de aquella época, que no era otra cosa que heteropatriarcal, clasista y, después de la Transición, entregado a una pretendida intelectualidad que dejó al cine popular fuera de cualquier circuito institucional.
Sin embargo, esto no asustaría a Eloy, ya que venía de confrontar al orden establecido desde la dictadura y, por ende, de tener sonados enfrentamientos con la censura franquista. Uno de los más importantes fue el mantenido por La semana del asesino (1972). Esta película sufrió, según contaba el propio director, sesenta y cuatro cortes de censura. El guion cuenta la relación homoerótica entre los dos protagonistas, un joven Eusebio Poncela y un veterano aunque olvidado Vicente Parra. Como es lógico, esta relación homosexual no se presenta de forma evidente, aunque años después hayan salido a la luz imágenes en las que los dos protagonistas aparecen en una tórrida escena de amor, con besos incluidos, en la famosa secuencia de la piscina. La película, además de lo anterior, también tenía un claro tinte ideológico de izquierdas, por lo que las escenas de terror, esas en las que el personaje de Vicente Parra mataba indiscriminadamente a todo el que se cruzara en su camino, se quedaban en meras anécdotas, al menos para la censura de la época.
«Es difícil determinar qué aspecto de su carrera podríamos considerar más arriesgado, ya que la propia naturaleza de sus obras se confrontaba de forma directa con la del sector audiovisual patrio de aquella época, que no era otra cosa que heteropatriarcal, clasista y, después de la Transición, entregado a una pretendida intelectualidad que dejó al cine popular fuera de cualquier circuito institucional».
El año siguiente Eloy estrena Nadie oyó gritar (1973) y, una vez más, la censura lo confronta. Se cuenta que, como le exigieron un final distinto al planteado puesto que no lo consideran lo suficientemente ejemplarizante para los estándares de la época, Eloy de la Iglesia aprovechó para esbozar un final con tintes lésbicos entre Carmen Sevilla y María Asquerino. Algo que, curiosamente, pasó inadvertido para este órgano y sus secuaces.
Con la llegada de la Transición, De la Iglesia ve la oportunidad de poder contar historias sobre homosexualidad de una forma más abierta. Los placeres ocultos (1977) fue la primera de ellas, una película que presenta la historia de amor —u obsesión, más bien— de un hombre de clase alta, interpretado por Simón Andreu, y de un joven de barrio con importantes problemas económicos. En ella nuestro director desarrolla los conflictos de clase e ideológicos que dividían España en aquel momento y, al mismo tiempo, aprovecha para comenzar a reivindicar la «normalización» de las personas homosexuales, colando incluso algún que otro discurso del incipiente movimiento de liberación homosexual español. Como ya se ha apuntado en la introducción del capítulo, esta cinta fue la última que sufrió la censura franquista y tuvo grandes problemas para ser estrenada en salas comerciales puesto que, en la práctica, acabó secuestrada.
Su siguiente película fue El diputado (1978), que seguía la misma estela que la anterior. En ella se cuenta la historia de Roberto Orbea, un político homosexual de izquierdas que entra en el Congreso tras las primeras elecciones democráticas en nuestro país. El protagonista, interpretado por el actor José Sacristán, se obsesiona con Juanito, un jovencito con el que acaba teniendo una relación sentimental. En esta película podemos encontrarnos con uno de los primeros besos, si no el primero, entre dos hombres en el cine español.

Eloy de la Iglesia en una imagen del año 2000. Crédito: Getty Images.
Sin embargo, si por algo es conocido el director Eloy de la Iglesia es por sus películas de cine quinqui, un género que cultivó durante gran parte de su carrera al igual que hicieron otros directores como José Antonio de la Loma o incluso un Carlos Saura ya consagrado, que se regodeó en este género con Deprisa, deprisa (1981).
De la Iglesia, por su parte, comienza a trabajar en él con Navajeros (1980), y sigue cultivándolo en Colegas (1982), El pico (1983), El pico 2 (1984) y La estanquera de Vallecas (1987). Estas películas de corte callejero tienen dos cosas en común. Por un lado, son el fiel reflejo de una parte de la sociedad a la que ni las instituciones ni el Gobierno querían prestar atención. Obsesionados con proyectar una imagen de modernidad y renovación democrática, se olvidaron de los más desfavorecidos, aquellos que caían presa de las drogas, del hambre o de la insoportable tasa de paro que asolaba nuestro país.
Meter bajo la alfombra estas problemáticas parecía ser, por lo visto, la decisión más acertada del Gobierno de Felipe González, pretendidamente de izquierdas. El segundo elemento en común de estas películas es la presencia de actores no profesionales que se mezclaban con otros profesionales, algo parecido a lo que hizo el neorrealismo italiano, pero con tintes algo más lumpen. Entre estos incipientes actores improvisados, nos encontrarnos con una figura especialmente relevante tanto para el cine quinqui como para la vida de Eloy. Durante unos cuantos años, José Luis Manzano fue el gran protagonista de estas películas y muso absoluto del vasco, tanto en lo profesional como en lo personal.
«Si por algo es conocido el director Eloy de la Iglesia es por sus películas de cine quinqui, un género que cultivó durante gran parte de su carrera al igual que hicieron otros directores como José Antonio de la Loma o incluso Carlos Saura».
La versión no oficial cuenta que De la Iglesia conoce a esta joven promesa en la puerta de los billares Victoria, lugar de encuentro habitual entre hombres mayores y muchachos que ejercían la prostitución. Este local se encontraba cerca de los ya mencionados cines Carretas, famoso lugar, como ya hemos visto, de cancaneo homosexual. Enseguida el director guipuzcoano intuye el potencial de esta futura estrella cinematográfica de pelo rizado, y al año siguiente ya está protagonizando Colegas. Así pues, el joven Manzano pasa, en apenas unos meses, de estar prácticamente en la calle a desplegar su insultante lozanía frente a los focos de los sets de rodaje. Y no solo eso, sino que su vida también cambia por completo. Eloy se lo lleva a vivir a su casa, le proporciona una educación, lo viste con ropas caras y lo pasea por todos los eventos de alta alcurnia de la capital. Sin embargo, el muchacho no tiene la posibilidad de brillar en la profesión. Al menos fuera del control de Eloy. Y es que el realizador guipuzcoano era bastante celoso y posesivo con su actor fetiche, por lo que apenas le dejó trabajar en otros proyectos cinematográficos. Fuera de la filmografía de De la Iglesia, tan solo apareció en Barcelona Sur, película de Jordi Cadena del año 1981, y en la adaptación televisiva de la novela Los pazos de Ulloa, dirigida por Gonzalo Suárez en 1985.
Quizá por esta relación intergeneracional, además de por su obsesión con lo lumpen y la utilización de actores no profesionales en sus obras, Eloy de la Iglesia siempre ha sido comparado con Pasolini, llegando a ser denominado el Pasolini español o el Pasolini de Vallecas. Tan solo hay que pararse un momento para encontrar el parecido razonable entre la relación de De la Iglesia con Manzano y la de Pasolini y Davoli. Además de todo esto, ambos intelectuales también eran de ideología comunista, siendo el español un férreo militante del PCE. Un elemento más que los unía a través del espacio y del tiempo.

Maribel Verdú y José Luis Manzano en un fotograma de la película La Estanquera de Vallecas (Eloy de la Iglesia, 1987). Crédito: D. R.
Tras La estanquera de Vallecas, el último gran éxito de Eloy, tanto director como actor caen en el ostracismo más absoluto. Manzano intenta reinventarse y estudia producción audiovisual, llegando a hacer prácticas en una productora, aunque sin mayor trascendencia profesional. Poco más tarde, un no demasiado claro intento de robo en el centro de Madrid lo manda a la cárcel de Carabanchel en el verano de 1991. Tras pasar unos meses entre rejas y realizar un programa de desintoxicación, José Luis vuelve a la calle el día 31 de enero de 1992. Veinte días más tarde, el vallecano de tan solo veintinueve años aparece muerto en el piso que ocupaba Eloy de la Iglesia en aquellos momentos, cerca de la estación de Atocha. En su cuerpo hay señales de violencia y en la sangre, rastros de heroína. Eloy, una vez que se notifica la muerte de su muso, huye de la policía y llega a estar en busca y captura. Dos días después, José Luis Manzano es enterrado en el Cementerio Sur de Madrid y, una década más tarde, sus restos arrojados a una fosa común por impago de la sepultura.
Eloy, por su parte, tuvo que cargar con el estigma de la drogadicción, además de ser acusado de corruptor de menores, dos circunstancias que lo alejaron del mundo cinematográfico, que encima no estaba viviendo su mejor momento como industria. Reaparecerá en la segunda mitad de los años noventa, gracias al homenaje organizado por el ya mencionado Festival de San Sebastián. En 2001, dirige para Televisión Española una versión especialmente marica de Calígula, protagonizada por Fernando Guillén Cuervo. Dos años después estrena Los novios búlgaros (2003), una adaptación de la novela homónima de Eduardo Mendicutti que pasa sin pena ni gloria. El propio escritor, amigo personal del director, se desvinculó de la versión cinematográfica, aunque llegara incluso a participar en el guion. La trama, no obstante, sigue la estela de la filmografía de Eloy: un maduro hombre pudiente se enamora de Kyril, un joven y atractivo búlgaro que ha llegado a España con la intención de ganarse la vida. De esta forma, De la Iglesia traslada el principal conflicto del cine quinqui —el de un puñado de jóvenes sin recursos ni futuro— a un contexto actualizado, el de la inmigración de ciudadanos de países del Este. La coherencia, desde luego, se encuentra presente a lo largo de toda su filmografía.
«Él hizo un cine urgente, casi enfermizo, y eso, quizá, no llegó a ser entendido en su época. Pero ahora, con la calma que da la perspectiva, podemos afirmar que nos encontramos ante uno de los realizadores españoles más importantes del siglo XX».
El 23 de marzo de 2006 Eloy de la Iglesia fue intervenido de un tumor maligno, operación de la que no sale con vida. Tenía sesenta y dos años y su repentina marcha interrumpió de forma abrupta el intento por levantar cabeza y por recuperar la reputación que había perdido en el mundo artístico.
Mucho tiempo después, y tras pasar una temporada prácticamente olvidado por los estudios culturales y cinematográficos, se comenzó a recuperar su figura y a ser reivindicado como el gran cronista audiovisual de aquellos momentos. Él hizo un cine urgente, casi enfermizo, y eso, quizá, no llegó a ser entendido en su época. Pero ahora, con la calma que da la perspectiva, podemos afirmar que nos encontramos ante uno de los realizadores españoles más importantes del siglo XX, pese a que su sombra, como la de otros muchos genios, se haya comido al artista por momentos.

