John Grisham, la ley del «best seller»
Que la ley y la justicia no siempre casen es un drama para el género humano, pero una bendición para este hombre que ha vendido más de 350 millones de ejemplares denunciando precisamente que inocencia y culpabilidad son con frecuencia conceptos que escapan a las competencias de un tribunal. La publicación de su último libro, «La viuda» (Plaza & Janés, 2025), nos sirve para repasar la trayectoria del gran maestro del «thriller» legal durante el último cuarto de siglo. Todos en pie.
Por Antonio Lozano

John Grisham en el Festival de Cine Americano de Deauville en 2018. Crédito Getty Images.
¿Qué es la justicia? ¿El ser humano es capaz de impartirla o es algo reservado exclusivamente a Dios? ¿Ley y justicia van siempre de la mano? ¿Todo tiene perdón? ¿Puede un tribunal reparar un daño personal o colectivo? ¿Es legítimo defenderse desde fuera de la legalidad cuando el sistema te falla? ¿La pena capital es un acto de venganza o equidad? Desde la Antigüedad llevamos formulándonos estas y otras preguntas, unidas por abordar una idea tan compleja y escurridiza como la de lo que es justo y lo que no, un mar revuelto donde se entremezclan la ética, la moral, los derechos, la razón... Enfrentados desde niños a la posibilidad del castigo, aprendemos muy pronto que nuestras malas acciones tienen consecuencias, y poco a poco tomamos conciencia de que todo el cuerpo social está regulado por normas, reglas y leyes de obligado cumplimiento. Su transgresión implica desafiar el orden establecido, lo que conlleva peligros y efectos desagradables. Ahora bien, ¿y si percibimos que el castigo no procede (o es desproporcionado), o que las normas, reglas y leyes de obligado cumplimiento están al servicio de intereses particulares, o que el orden establecido contraviene nuestros derechos fundamentales?
Las ficciones de entretenimiento han encontrado un filón explotando la naturaleza de esos macro reguladores de nuestros actos que son los poderes del Estado, toda esa maquinaria de control social en manos de los organismos públicos. Y seguramente ningún otro género como el thriller legal ha retratado mejor el esfuerzo del individuo por corregir sus abusos; en él al túrmix de emociones y sentimientos (desamparo, impotencia, rabia...) se suma la tensión y la acción para revertir un mal que es irónicamente el más democrático, al estar todos sometidos a sus dictados y capacidad de cometer errores. Hay un hombre de Arkansas, si bien reside en una granja en Virginia, con 71 años recién cumplidos [8 de febrero de 1955], que ha consagrado su vida a estudiar a la persona bajo el implacable peso de la ley, convirtiendo la sala del tribunal en una tortura para sus personajes y en fuente de regocijo para sus hordas de seguidores. Su nombre es John Grisham, y si el thriller legal tuviese un sheriff con jurisdicción planetaria, el cargo sería suyo. ¿Pero de qué tradición viene este abogado y expolítico al que se le calculan 350 millones de ejemplares vendidos de sus más de cincuenta libros?
La familiarización del ciudadano medio americano con los mecanismos del sistema legal, y sobre todo con sus imperfecciones, tendría una figura clave en el abogado defensor Perry Mason, creación de 1933 del novelista Erle Stanley Gardner, si bien fue la televisión quien la popularizó por medio de la serie de los años 50 y 60 con el carismático Raymond Burr en la piel del letrado criminalista especializado en exonerar a sus clientes de una acusación de homicidio. Por otro lado, si hay un libro que todo escolar americano conoce es Matar a un ruiseñor (1960) el clásico de Harper Lee, un alegato contra el racismo, cuyo eje es el personaje del abogado Atticus Finch, símbolo de rectitud y honestidad. Ya con anterioridad, una obra de teatro para televisión, no menos célebre, y objeto de una adaptación cinematográfica de igual notoriedad, Doce hombres sin piedad (1954), de Reginald Rose, había advertido contra los obstáculos que una mirada envenenada de prejuicios impone al esclarecimiento de la verdad. Aunque revelaran grietas serias en el sistema judicial, estas tres aproximaciones al mismo acababan celebrando la voluntad del individuo bondadoso, recto y hábil por combatirlas, transpiraban fe en el ser humano.

John Grisham en Italia en mayo de 2007. Crédito: Getty Images.
Cuando décadas después Grisham comienza a publicar -su primera novela, Tiempo de matar, data de 1988, pero su despegue tiene lugar en los años 90-, la cultura ha cambiado por completo y una visión optimista y amable de la esfera de la judicatura ha devenido imposible. El ideario materialista y del éxito a cualquier precio del yuppie ochentero -hijo del capitalismo feroz instaurado por las políticas ultraliberales de Ronald Reagan- todavía planea en tiempos de bonanza económica y culto al hedonismo, a lo que se suma que es en esta década cuando coinciden los dos juicios más sonados y controvertidos de la historia americana reciente, aquellos que retiran la venda de los ojos a aquellos que todavía confiaban en la diosa Temis: los veredictos de no culpabilidad para los agentes de policía que apalizaron al ciudadano afroamericano Rodney King en Los Ángeles (29 de abril de 1992) y para O. J. Simpson, acusado del asesinato de su esposa y su amante (3 de octubre de 1995). ¿Cómo escribir thriller legal en tiempos tan convulsos?
John Ray Grisham Jr. dará con la tecla, pero antes de hacerlo conocerá desde dentro todos los entresijos de su futura área de acción literaria. Sin embargo, para eso queda mucho cuando siendo adolescente sueña con convertirse en jugador profesional de beisbol, mientras gana algo de dinero regando plantas en un vivero, luego ejerciendo de aprendiz de un fontanero y más tarde extendiendo asfalto en una autopista. Dos factores marcan el primer tramo de su vida: nacer en el seno de una familia modesta -sus padres, que tuvieron cinco hijos, carecían de estudios superiores, él trabajó en la construcción y en plantaciones del algodón, ella fue ama de casa- y crecer en el sur de Estados Unidos, concretamente en la ciudad de Southaven (Mississippi), donde el fantasma del Segregacionismo seguía muy vivo.
«Hay un hombre de Arkansas, si bien reside en una granja en Virginia, con 71 años recién cumplidos [8 de febrero de 1955], que ha consagrado su vida a estudiar a la persona bajo el implacable peso de la ley».
La imposibilidad de ser el nuevo Babe Ruth y la desmotivación de las ocupaciones meramente alimenticias -llegó a trabajar vendiendo ropa interior masculina en unos grandes almacenes- lo abocaron a licenciarse en Derecho y Contabilidad. Durante la década de los ochenta, Grisham compaginó la práctica de la abogacía con la política -en su calidad de diputado por el partido Demócrata en la Cámara de Representantes del Mississippi- lo que significa que ocupó una tribuna en las salas de máquinas tanto de quienes aprueban las leyes como de quienes velan por su correcta aplicación. En otras palabras, le encaja como un guante la expresión de «cocinero antes que fraile»
Las dificultades que encontró John Grisham para vender su primer manuscrito -Tiempo de matar, inspirado en el caso de una doble violación de unas menores en Mississippi, cuyo juicio siguió conmocionado -, rechazado por 28 editoriales antes de acabar en una de muy modesta, no auguraban que pudiera abandonar la abogacía para volcarse en la escritura, y aún menos que se convertiría en sinónimo de best seller. Sin embargo, La tapadera, su segundo libro, supuso tal bombazo -la séptima novela más vendida en el mercado americano en 1991, una proeza para un autor desconocido, aguantando en listas durante un año y protagonizando un retorno sonado con el estreno de su adaptación cinematográfica en 1993, con Tom Cruise en el papel protagonista- que su responsable ya no volvería a pisar su bufete.
Aunque la estrella de Grisham nunca se ha apagado, y aguantar tres décadas al pie del cañón con más de medio centenar de títulos a sus espaldas sólo está al alcance de unos pocos elegidos, quienes no estaban aquí en los años 90 no pueden hacerse una idea de la estatura del autor, quien pareció modelar el concepto de «fenómeno» para todos los que vendrían detrás. La salida de cada nueva novela -El informe Pelícano, El cliente, Cámara de gas, Legítima defensa, El jurado, El socio...- activaba la circulación de cifras mareantes entre adelantos al autor, venta de ejemplares, derechos para la gran pantalla... Un par de datos: entre 1994 y 2000, cada una de sus novedades fue la más vendida ese año en el mercado americano, y a lo largo de veinte años, el autor ha tenido al menos uno de sus libros entre los diez más vendidos en su país. Al desfile de estrellas de Hollywood que querían participar en las películas basadas en sus obras (Julia Roberts, Denzel Washington, Tommy Lee Jones, Susan Sarandon, Matt Damon...) se sumaban las traducciones a otras lenguas (hasta sumar el medio centenar).

John Grisham en una imagen de archivo. Crédito Getty Images.
¿Qué tenían las historias de Grisham para que la figura con la que lo emparentaban los medios de comunicación de manera más recurrente fuera la del Rey Midas? Puede decirse que el autor encontró la formulación más vibrante y atractiva para un género, el thriller legal, que entre finales de los 80 y principios de los 90 comenzó a calar en el lector (primero americano y luego ya internacional) gracias al buen hacer de plumas como las de Scott Turow, Richard North Patterson o Steve Martini. Pese a la particularidad de la legislación americana y sus actores principales, amén de la de algunos escenarios -Grisham ha vuelto con frecuencia al pueblo imaginario de Clanton, en Mississippi, fuente de tensiones raciales-, conectó con el gran público a partir de conflictos con los que todo el mundo puede identificarse -el falso culpable, la parábola de David vs. Goliat...- que generan hondos dilemas éticos e invitan a preguntarse por todos esos temas que se apuntaban al principio de esta pieza, aunados por el gran interrogante de si la justicia humana es posible. La circulación de empresas pérfidas y bufetes malévolos y tramposos -adiós a la inocencia del letrado ejemplar de Harper Lee y Erle Stanley Gardner-, contrarrestados por víctimas dispuestas a luchar con todas sus reservas de dignidad y abogados que siguen creyendo en su oficio, ha sido constante en relatos donde el pulso, la acción, la intriga y la sorpresa se trabajan con la minuciosidad del que escarba en toneladas de jurisprudencia para hallar un resquicio liberador. En términos extraliterarios, su trabajo de voluntariado como miembro de la Iglesia Baptista de Charlottesville, en Virginia, su condición de directivo del Innocent Project, una organización benéfica dedicada a ayudar a exonerar a personas injustamente encarceladas, y las declaraciones de condena a la presidencia de Donald Trump en los últimos años, ofrecen pistas de acerca de su personalidad y sus valores.
«Las dificultades que encontró John Grisham para vender su primer manuscrito, rechazado por 28 editoriales antes de acabar en una de muy modesta, no auguraban que pudiera abandonar la abogacía para volcarse en la escritura, y aún menos que se convertiría en sinónimo de best seller».
Aunque John Grisham ha explorado otros intereses narrativos -las memorias, la literatura infantil, cuentos de temática deportiva y de ambientación sureña...-, el thriller continúa siendo su califato y su entrada en una edad provecta no ha reducido su extraordinario ritmo de producción ni su condición de superventas planetario. Tampoco ha decaído el tirón de sus historias para los medios audiovisuales como demuestra el reciente estreno de una adaptación televisiva de su novela Legítima defensa (emitida en España por Movistar Plus+), que ya fue llevada al cine por Francis Ford Coppola en 1997. Fiel a su cita anual con sus lectores, y pendiente siempre de renovar intereses para conectar con el presente y atraer a nuevos seguidores sin dejar por ello de complacer a los fans que han crecido con él, en los últimos años ha publicado desde una continuación de La tapadera -El intercambio-; una indagación sobre qué ocurriría si un juez escondiera a un asesino en serie -La lista del juez-, la tercera parte del ciclo
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