«Olive Kitteridge», de Elizabeth Strout
Olive Kitteridge, una maestra jubilada, observa a los habitantes de Crosby, el pequeño pueblo de Maine donde ha vivido durante treinta años. Olive deplora los cambios en su pequeña localidad y en el mundo en general, pero no siempre sabe ver los trances dolorosos o las alegrías más íntimas que cruzan las vidas de sus vecinos: una pianista de bar atormentada por un amor imposible; una exalumna que ha perdido las ganas de vivir; el propio hijo adulto de Olive, que se siente tiranizado por las sensibilidades irracionales de su madre; y su marido, Henry, que experimenta su lealtad al matrimonio como una bendición y una carga a la vez. Mientras los habitantes del pueblo lidian con sus problemas, Olive transita por la soledad y la pérdida, alcanzando una comprensión profunda de lo que significa esta vida. Construida con una fina ironía, honesta y punzante, «Olive Kitteridge», galardonada con el Premio Pulitzer y el Llibreter, concentra el mundo entero en un lugar recóndito que brilla con luz propia. Al hilo de su reedición (Alfaguara, junio de 2026), LENGUA publica las primeras páginas de la emblemática novela de Elizabeth Strout.
Por Elizabeth Strout

Farmacia
Henry Kitteridge fue durante muchos años farmacéutico del pueblo vecino, y todas las mañanas circulaba por carreteras nevadas, o por carreteras mojadas de lluvia, o por carreteras de verano, cuando las zarzas de frambueso fructificaban en el último tramo del pueblo antes de que él girara para incorporarse a la calle más ancha que conducía a la farmacia. Jubilado ahora, continúa levantándose temprano y recuerda que las mañanas eran sus preferidas, como si el mundo fuera su secreto —los neumáticos que chirriaban débilmente por debajo de él y la luz que surgía por entre la niebla matutina, la breve vista de la bahía a su derecha, y luego los pinos, altos y esbeltos—, y casi siempre conducía con la ventanilla semiabierta porque adoraba el olor de los pinos y el aire saturado de sal y, en invierno, adoraba el olor del frío.
La farmacia era un pequeño edificio de dos plantas adosado a otro que albergaba, por separado, una ferretería y un pequeño colmado. Todas las mañanas, Henry aparcaba en la parte de atrás junto a los grandes cubos de basura metálicos. Luego entraba en la farmacia por la puerta trasera y se ocupaba de encender las luces, poner el termostato en marcha o, si era verano, enchufar los ventiladores. A continuación, abría la caja de caudales, metía dinero en la caja registradora, abría la puerta de la farmacia, se lavaba las manos, se ponía la bata blanca. El ritual era agradable, como si la vieja farmacia —con sus estantes de pasta dentífrica, vitaminas, cosméticos, adornos para el pelo, incluso agujas de coser y tarjetas de felicitación, además de bolsas rojas de agua caliente y peras para lavativas— fuera una persona de total confianza. Y cualquier disgusto que hubiera podido tener en casa, cualquier desasosiego por el hábito de su mujer de levantarse de la cama conyugal para vagar por la casa en la oscuridad de la noche, todo eso se alejaba como las olas de la orilla mientras se paseaba por el refugio de su farmacia. De pie en la trastienda, con los cajones e hileras de pastillas, Henry se alegraba cuando el teléfono comenzaba a sonar, cuando la señora Merriman iba a buscar su medicamento para la hipertensión o el viejo Cliff Mott entraba para pedir la digitalina para su corazón, cuando preparaba el Valium para Rachel Jones, cuyo marido había huido la noche en que nació su hijo. Henry sabía escuchar y muchas veces a lo largo de la semana decía:
«Vaya, cuánto lo siento», u «Oiga, ¡eso es estupendo!».
En su fuero interno, sufría los callados temores de un hombre que había presenciado dos veces durante su infancia las crisis nerviosas de una madre que, por lo demás, había cuidado de él con vehemencia. Así pues, si un cliente se inquietaba por un precio o se irritaba por la calidad de una venda elástica o una bolsa de hielo, por infrecuente que esto fuera, Henry hacía cuanto podía para rectificar de inmediato. La señora Granger estuvo muchos años trabajando para él; su marido era pescador de langostas y ella parecía llevar consigo la fría brisa de alta mar, no muy deseosa de complacer a los clientes pesados. Henry tenía que aguzar el oído mientras preparaba medicamentos en la trastienda para asegurarse de que ella no estaba en la caja, haciendo caso omiso de alguna queja. Más de una vez experimentaba aquella misma sensación cuando estaba pendiente de que su mujer, Olive, no fuera demasiado dura con Christopher por un trabajo escolar o una tarea doméstica que no había hecho; aquella sensación de estar atento a todo, la necesidad de contentar a todo el mundo. Cuando percibía brusquedad en la voz de la señora Granger, abandonaba su puesto para hablar personalmente con el cliente. Por lo demás, la señora Granger hacía bien su trabajo. Henry agradecía que no fuera parlanchina, que llevara perfectamente el inventario y no se pusiera enferma casi nunca. Que falleciera una noche mientras dormía lo sorprendió y lo dejó con una cierta sensación de responsabilidad, como si, pese a llevar años trabajando junto a ella, se le hubiera pasado por alto algún síntoma que hubiera podido manifestársele y que él, con sus pastillas, jarabes y jeringuillas, podría haberle curado.
—Apocada —dijo su mujer, cuando él contrató a la nueva ayudante—. Igual que un ratón.
Denise Thibodeau tenía las mejillas redondas y unos ojos pequeños que miraban curiosamente por sus gafas de montura marrón.
—Pero un ratón bonito —dijo Henry—. Uno cuco.
—Nadie que no sabe ir derecho es cuco —dijo Olive.
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Era cierto que Denise llevaba los estrechos hombros inclinados hacia delante, como si se estuviera disculpando por alguna cosa. Tenía veintidós años y acababa de salir de la universidad pública de Vermont. Su marido también se llamaba Henry, y Henry Kitteridge, al conocer a Henry Thibodeau, se sorprendió de lo que le pareció una distinción natural. El joven era vigoroso y robusto, con una luz en los ojos que parecía conferir un trémulo resplandor a su rostro amable y corriente. Era fontanero y trabajaba en la empresa de su tío. Él y Denise llevaban casados un año.
«No me apetece», dijo Olive, cuando él sugirió invitar a cenar a la pareja. Henry no insistió. Era la época en que su hijo, que aún no manifestaba los signos físicos de la adolescencia, se había vuelto súbitamente arisco, con un genio que parecía veneno escupido al aire, y en que Olive se mostraba tan cambiada y cambiante como Christopher, con rápidas y violentas peleas entre ambos que daban paso, con la misma celeridad, a una callada intimidad de la que Henry, en la inopia, estupefacto, se sentía excluido.
Pero un día de finales de verano, mientras estaba en el aparcamiento hablando con Denise y Henry Thibodeau y el sol se escondía por detrás de las píceas, Henry Kitteridge sintió tal anhelo de estar en presencia de aquella joven pareja —sus rostros vueltos hacia él con un interés contenido pero vivo mientras rememoraba su lejana época universitaria— que dijo: «Oíd. A Olive y a mí nos gustaría que vinierais a cenar uno de estos días». Regresó a casa, dejando atrás los altos pinos, la breve vista de la bahía, y pensó en los Thibodeau circulando en dirección contraria, hacia su caravana aparcada en las afueras del pueblo. Imaginó la caravana, acogedora y ordenada, porque Denise era muy organizada, y se los figuró comentando sus respectivos días. Denise quizá dijera: «Es un jefe indulgente». Y Henry: «Me cae muy bien, la verdad».
Entró en el camino de su casa, que no era tanto un camino cuanto un tramo de césped al final de la cuesta, y vio a Olive en el jardín.
—Hola, Olive —dijo acercándose a ella.
Quiso abrazarla, pero ella emanaba una oscuridad que parecía instalada a su lado como una conocida que no quisiera marcharse. Le dijo que los Thibodeau irían a cenar.
—Tenemos que hacerlo —añadió.
Olive se enjugó el sudor del labio superior y se volvió para arrancar una mata de avena silvestre.
—Pues no hay más que hablar, señor presidente —dijo—. Dé su orden a la cocinera.
El viernes por la noche la pareja lo siguió a casa y el joven Henry estrechó la mano a Olive.
—Muy bonita, su casa —dijo—. Con estas vistas al mar.
El señor Kitteridge dice que la construyeron ustedes dos.
—Así es.
Christopher estaba sentado a la mesa de lado, hundido en la silla con el desgarbo propio de la adolescencia, y no respondió cuando Henry Thibodeau le preguntó si practicaba algún deporte en el instituto. Henry Kitteridge sintió que una furia inesperada se apoderaba de él; quiso gritar al chico, cuyos malos modales revelaban, en su opinión, algo desagradable que nadie esperaría encontrar en el hogar de los Kitteridge.
—Cuando trabajas en una farmacia —dijo Olive a Denise, colocándole delante un plato de alubias—, te enteras de los secretos de todos. —Se sentó enfrente de ella y le pasó el bote de kétchup—. Hay que saber tener la boca cerrada. Pero parece que eso tú sabes hacerlo.
—Denise lo comprende —dijo Henry Kitteridge.
—Oh, sí —dijo el marido de Denise—. No hay nadie más discreto que Denise.
—Te creo —dijo Henry, pasándole una cesta con panecillos—. Y, por favor, llámame Henry. Uno de mis nombres favoritos —añadió.
Denise se rio entre dientes; se veía que lo apreciaba. Christopher se hundió más en la silla.
Los padres de Henry Thibodeau vivían en una granja del interior y los dos henrys se pusieron a hablar de cultivos y judías trepadoras, y de que el maíz no era tan dulce aquel verano debido a la sequía, y de cómo obtener unos buenos espárragos.
—Oh, por el amor de Dios —dijo Olive cuando, al pasar el kétchup al joven, Henry Kitteridge lo volcó y la salsa salió disparada como sangre espesa, manchando la mesa de roble.
Al intentar recoger el bote, lo hizo rodar por la mesa y terminó con salsa de tomate en las yemas de los dedos y, luego, en la camisa blanca.
—Déjalo —le ordenó Olive levantándose—. Déjalo, Henry, por lo que más quieras.
Y Henry Thibodeau, quizá al oír su nombre dicho con aspereza, se recostó en la silla, visiblemente afectado.
—Dios mío, cómo lo he puesto todo —dijo Henry Kitteridge.
De postre, Olive sirvió a cada uno un cuenco azul con una cucharada de helado de vainilla oscilando en el centro.
—El helado de vainilla es mi preferido —dijo Denise.
—Ah, ¿sí? —dijo Olive.
—El mío también —dijo Henry Kitteridge.
Cuando llegó el otoño, con mañanas más oscuras y un sol que solo entraba brevemente en la farmacia antes de pasar por encima del edificio y dejar la tienda alumbrada por sus propias lámparas de techo, Henry se quedaba en la parte de atrás llenando los frasquitos de plástico, respondiendo al teléfono, mientras Denise permanecía en la tienda, cerca de la caja. A la hora del almuerzo, ella desenvolvía el bocadillo que había llevado de casa y se lo comía en la trastienda. Luego almorzaba él y, a veces, cuando no había nadie en la farmacia, se tomaban sin prisas una taza de café comprada en el colmado contiguo. Denise parecía una muchacha de carácter callado, pero era dada a tener inesperados arrebatos de locuacidad.
—Mi madre se pasó muchos años con esclerosis múltiple, así que todos aprendimos a echar una mano desde muy pequeños. Mis tres hermanos son todos distintos. ¿No te parece curioso?
El hermano mayor —dijo Denise poniendo derecho un frasco de champú— había sido el preferido de su padre hasta que se casó con una muchacha que no le gustaba. Los padres de Henry eran maravillosos, dijo. Ella había tenido un novio anterior, un protestante, y los padres del chico no habían sido muy amables con ella.
—No habría funcionado —concluyó, poniéndose un mechón de pelo por detrás de la oreja.
—Bueno, Henry es un joven estupendo —respondió Henry. Ella asintió con la cabeza, sonriéndole a través de las gafas como una niña de trece años. Una vez más, Henry imaginó su caravana, los imaginó a ellos retozando como cachorros demasiado crecidos; no habría sabido decir por qué aquello le producía esa clase específica de felicidad, como si tuviera oro líquido corriéndole por las venas.
Denise era tan eficiente como lo había sido la señora Granger, pero más relajada.
«Justo debajo de las vitaminas, en el segundo pasillo —decía a un cliente—. Deje que se lo enseñe». En una ocasión, contó a Henry que a veces dejaba que una persona se paseara por la farmacia antes de preguntarle en qué podía ayudarla.
—Así, a lo mejor ve algo que no sabía que necesitaba. Y tú vendes más.
Había un cuadrado de sol invernal en el vidrio del estante de los cosméticos; una franja del suelo de madera brillaba como la miel.
Henry enarcó las cejas, agradecido.
—Qué suerte la mía, Denise, cuando entraste por esa puerta.
Ella se subió las gafas con el dorso de la mano; luego quitó el polvo a los botes de ungüentos.
Jerry McCarthy, el repartidor que llevaba los productos farmacéuticos de Portland una vez a la semana, o más a menudo si era necesario, almorzaba a veces en la trastienda. Tenía dieciocho años y acababa de terminar el bachillerato. Era un muchacho grande, gordo y lampiño que transpiraba tanto que el sudor le empapaba partes de la camisa, a veces incluso los pechos, con lo que el pobre parecía estar lactando. Sentado en un cajón de embalaje, con sus grandes rodillas casi en las orejas, se comía un sándwich por cuyos bordes rezumaban trozos de lechuga, huevo o atún impregnados de mayonesa que siempre terminaban en su camisa.
En más de una ocasión, Henry vio a Denise darle una servilleta de papel. «A mí también me pasa —le oyó decir un día—. Siempre que me como un sándwich que no sea de embutido, termino hecha una pena». No podía ser cierto. La muchacha iba siempre como un pincel, aunque no fuera especialmente agraciada.
«Buenas tardes. Esta es la farmacia del pueblo. ¿En qué puedo ayudarlo hoy?», decía cuando sonaba el teléfono, como una niña jugando a ser mayor.
Y entonces, un lunes por la mañana, cuando en la farmacia hacía un frío mordiente, Henry dijo, mientras abría la farmacia:
—¿Qué tal el fin de semana, Denise?
Olive se había negado a ir a la iglesia el día anterior y Henry, insólitamente, le había hablado con aspereza. «¿Es demasiado pedir —había dicho sin pensar, mientras estaba en calzoncillos en la cocina, planchándose los pantalones— que una mujer acompañe a su marido a la iglesia?». Ir sin ella le parecía una exposición pública de su fracaso como familia.
«¡Sí, por supuesto que es demasiado pedir! —casi le había escupido Olive, desatada su furia—. ¡No tienes ni idea de lo cansada que estoy, dando clases todo el día, yendo a reuniones absurdas donde el director es un gilipollas! Haciendo la compra. Cocinando. Planchando. Lavando ropa. ¡Ayudando a Christopher con los deberes! Y tú... —Se había agarrado al respaldo de una silla del comedor y el pelo moreno, sin peinar aún, le había caído sobre los ojos—. Tú, don Dechado de Virtudes, ¡esperas que renuncie a mis mañanas de domingo para sentarme con una panda de santurrones! De pronto, se había sentado en la silla—. Pues estoy harta —había dicho con mucha calma—. Hartísima».
Lo había invadido la oscuridad, como si una masa viscosa semejante al alquitrán le asfixiara el alma. La mañana siguiente, Olive se dirigió a él con normalidad. «El coche de Jim olía a muertos la semana pasada. Espero que lo haya limpiado». Jim O’Casey enseñaba con Olive y los llevaba al instituto a ella y a Christopher desde hacía años.
«Eso espero», dijo Henry, y así quedó zanjada su pelea.
—Oh, he pasado un fin de semana maravilloso —dijo Denise, mirándolo con un entusiasmo tan infantil que podría haberle partido el corazón en dos—. Hemos ido a ver a los padres de Henry y estuvimos recogiendo patatas por la noche. Henry puso los faros del coche y recogimos patatas. Encontrar las patatas en esa tierra tan fría ¡era como buscar huevos de Pascua escondidos!
Henry dejó de desenvolver un envío de penicilina y salió de la trastienda para hablar con ella. Aún no había clientes y el radiador silbaba bajo la ventana de la fachada.
—Es estupendo, Denise.
Ella asintió con la cabeza, tocando la superficie del estante, de las vitaminas. El temor le mudó fugazmente las facciones.
—Me entró frío y fui a sentarme al coche, y observé a Henry mientras recogía patatas y pensé: «Es demasiado bueno para ser cierto».
Henry se preguntó qué habría sido lo que, en su corta vida, la había inducido a no fiarse de la felicidad; la enfermedad de su madre, quizá.
—Disfrútalo, Denise —dijo—. Tienes muchos años de felicidad por delante.
O tal vez —pensó, regresando a la trastienda— fuese porque era católica: te hacían sentir culpable por todo.
El año que siguió, ¿fue el más feliz de su vida? A menudo lo pensaba, aun sabiendo que era insensato afirmar algo semejante sobre cualquier año de una vida; pero, en su recuerdo, aquel año en concreto poseía la dulzura de una época en que no había pensado ni en comienzos ni en finales, y cuando iba a la farmacia en las oscuras madrugadas de invierno y después, más adelante, en los amaneceres de primavera, con el verano desplegándose ante él en todo su esplendor, eran los pequeños placeres de su trabajo lo que parecía colmarlo con su simplicidad. Cuando Henry Thibodeau entraba con el coche en el aparcamiento de grava, Henry Kitteridge salía con frecuencia a abrir la puerta a Denise, gritando: «Hola, Henry», y Henry Thibodeau sacaba la cabeza por la ventanilla abierta y contestaba: «Hola, Henry», con una ancha sonrisa en una cara que irradiaba decencia y buen humor. A veces había solo un saludo: «¡Henry!». Y el otro Henry contestaba: «¡Henry!». Disfrutaban en grande haciendo aquello y Denise, como un balón de fútbol que pasara delicadamente entre los dos, se escabullía hacia el interior de la farmacia.
Cuando se quitaba las manoplas, sus manos eran tan menudas como las de una niña, pero cuando pulsaba los botones de la caja registradora o metía algo en una bolsa blanca, adoptaban las diversas formas de unas gráciles manos de mujer adulta; unas manos —pensaba Henry— que tocarían amorosamente a su marido, que, con la discreta autoridad de una mujer, abrocharían algún día un pañal de bebé, borrarían las arrugas de una frente enfebrecida, esconderían bajo una almohada un regalo del Ratoncito Pérez.
Observándola, cuando volvía a colocarse las gafas en el puente de la nariz mientras repasaba la lista del inventario, Henry pensaba que ella era la esencia de los Estados Unidos, porque era entonces cuando estaba empezando el movimiento hippie, y leer en Newsweek sobre la marihuana y el «amor libre» podía producirle un desasosiego que se disipaba con solo mirarla.
«Nos estamos yendo al infierno como los romanos —decía triunfalmente Olive—. Estados Unidos es un gran queso que se ha echado a perder». Pero Henry no quería dejar de creer que predominaban los moderados, y en su farmacia trabajaba todos los días junto a una muchacha cuyo único sueño era crear algún día una familia con su marido. «Me da igual la liberación de la mujer —decía a Henry—. Yo quiero tener una casa y hacer camas». Aun así, si él hubiera tenido una hija (le habría encantado tener una hija), la habría prevenido contra aquello. Le habría dicho: «Vale, haz camas, pero encuentra la forma de seguir usando la cabeza». Pero Denise no era su hija y él le decía que ser ama de casa era noble —vagamente consciente de la libertad que conllevaba velar por alguien con quien no se tenían lazos de sangre.
Adoraba su dulzura, adoraba la pureza de sus sueños, pero, naturalmente, eso no significaba que estuviera enamorado de ella. De hecho, su carácter reservado le hacía desear a Olive con renovado ardor. Las mordaces opiniones de esta, sus senos generosos, sus tormentosos cambios de humor y bruscas risotadas hacían crecer en su fuero interno un nuevo grado de dolorido erotismo y a veces, mientras jadeaba en la oscuridad de la noche, no era Denise quien le venía a la cabeza, sino, extrañamente, su joven marido —la ferocidad del joven mientras cedía a la animalidad de la posesión—, y Henry tenía un momento de increíble frenesí, como si en el acto de amar a su mujer estuviera unido a todos los hombres que amaban el mundo de las mujeres, las cuales contenían en sus entrañas el secreto oscuro y musgoso de la tierra.
«Dios santo», decía Olive cuando él se retiraba.
(...)
Olive Kitteridge, de Elizabeth Strout, sigue aquí.
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