Francisco Ibáñez por Arturo Pérez-Reverte: socarrón, divertido, gamberro
La muerte atrapó a Francisco Ibáñez mientras trabajaba en «París 2024», una aventura marca de la casa protagonizada por Mortadelo y Filemón y ambientada en los Juegos Olímpicos que se celebran este año. La obra quedó inacabada: 20 páginas de guion a máquina y viñetas a lápiz, más o menos la mitad de lo que hubiese resultado de haberla podido terminar; sin embargo, esta pieza brinda la oportunidad de apreciar el trabajo de Ibáñez en bruto. «París 2024» (Bruguera) permite asomarnos al proceso artístico del historietista más popular del cómic español, a la intimidad de un escritorio repleto de ideas, esquemas, borradores y rotuladores a medio gastar. Porque el adiós de Francisco Ibáñez (el 15 de julio de 2023, en Barcelona, a los 87 años) no se llevó una parte de tantas (tantísimas) infancias y juventudes, sino que dejó aún más patente la importancia de una obra que permanecerá viva para siempre. El creador de iconos de la envergadura de los citados Mortadelo y Filemón o de Pepe Gotera y Otilio, el botones Sacarino o Rompetechos nos dedica con estas páginas inéditas una última sonrisa amable, un nuevo golpe de humor simpático y afectuoso. En las siguientes líneas, las cuales corresponden al prólogo de este álbum ilustrado repleto de dibujos sin entintar, bocetos y anotaciones, Arturo Pérez-Reverte nos abre las puertas al universo más personal de Ibáñez. Al texto -titulado «Socarrón, divertido, gamberro»- lo acompañan imágenes del despacho del maestro de la historieta, planos detalles de su lugar de trabajo, el rincón cotidiano desde el cual nos hizo -y nos sigue haciendo- tremendamente felices.

Imágenes del estudio de Francisco Ibáñez en Barcelona. Crédito: María Pujol.
Francisco Ibáñez, guionista y dibujante a mucha honra, no es sólo el más popular autor de historietas de España, sino que forma parte indiscutible, por derecho propio, de la gran historia de nuestra literatura. Nadie convirtió nunca a tantos niños en lectores adultos como lo hizo él, nadie nos infundió con tan asombroso éxito el hábito y la pasión por la lectura, nadie llegó a influir tanto generación tras generación, mucho más allá de las viñetas y de los personajes, en el tipo de humor fatalista, disparatado y genial que es tan propio de los españoles, de nuestro lenguaje e incluso de nuestra forma de encarar la vida.
Fue la de Ibáñez una larga y fértil existencia, una extensa aventura, una ingente obra. De aquellas historietas de tebeo con Mortadelo y Filemón, nacidos en 1958, hasta este París 2024 que dejó inconcluso, han transcurrido sesenta y seis años fructíferos y geniales que pueblan nuestro mundo imaginario hasta convertirlo prácticamente en real, con una nómina de personajes que hoy nos parecen ya tan inmortales como los más ilustres de la gran literatura, pues con ellos se codean sin complejos: Rompetechos, el botones Sacarino, Pepe Gotera y Otilio, 13, Rue del Percebe… Todos esos caracteres, sus andanzas, sus gestos, su lenguaje se inscriben por derecho propio en la gran tradición de la literatura picaresca y popular española, de la que son obvios herederos y continuadores.
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Desde el comienzo de su mejor momento, la edad dorada que se inició en 1969 con El sulfato atómico, y alternándolos con otras historias de Mortadelo y Filemón, Ibáñez fue dedicando sucesivos episodios a los Juegos Olímpicos; realizarlos se había convertido para él en una especie de tradición, y en el último de ellos estaba ocupado cuando lo alcanzó la muerte. Fiel a sí mismo hasta el final, trabajó la noche antes de morir, dejando las páginas listas sobre la mesa de su estudio. En las semanas anteriores había entregado otras trece, y eso sumaba un total de veinte páginas: casi la mitad de las cuarenta y cuatro convencionales de cada álbum. Todas estaban acabadas a lápiz, aunque todavía sin pasar a tinta ni incorporar los diálogos en los bocadillos correspondientes. Sólo las onomatopeyas, exclamaciones y demás sonidos —oumpf, tromp, bang, blom, aaagh—, tan ibañescos ellos, tan característicos de su descacharrante estilo, figuraban ya en los lugares adecuados, acompañando las trapisondas de los personajes.





Imágenes del estudio y del escritorio de Francisco Ibáñez en Barcelona. Sobre esta línea, Nuria Ibáñez, hija del autor. Crédito: María Pujol.
Junto a los dibujos sin entintar, Ibáñez dejó también un valioso documento: los diálogos que no llegó a incorporar y que figuran, mecanografiados, en diecinueve páginas numeradas. Y del mismo modo que en los dibujos, Ibáñez se muestra en esos textos tal como siempre fue: esperpéntico, socarrón, divertido, ingenioso, gamberro, mordaz. Con puntos suspensivos, signos de exclamación, interjecciones de toda clase y mezcla desopilante de francés y español, el autor se chotea de todo y de todos, plantea sorpresas y batacazos, lleva a sus personajes a donde siempre, haciéndonos reconocerlos en sus desastres habituales pero planteados cada vez de manera distinta; y todo eso sin renunciar nunca al humor blanco, la calidez simpática, la ternura amable que son, como siempre fueron, cuño característico del autor, marca indeleble de la casa.
Nunca hasta ahora los lectores fieles a Mortadelo y Filemón habíamos tenido el privilegio de asomarnos al taller del artista, de ver el envés de la trama. Por eso, entre otras cosas, este álbum póstumo es tan importante: porque cierra de manera espléndida una larga vida y una obra prolongada, enorme y genial. Con París 2024 nos infiltramos casi sigilosamente en el estudio del gran Ibáñez, en la trastienda de su mundo entrañable. Así, con el privilegio de visitar estas páginas asombrosas, nos acercamos de puntillas a la mesa de trabajo para, procurando no molestar al querido artista, atrevernos a echar una silenciosa ojeada de admiración a lo que escribe y dibuja. Y él, consciente de nuestra presencia, observándonos de soslayo desde la eternidad serena de los grandes autores, nos permite mirar por encima de su hombro mientras nos dedica una última sonrisa bondadosa y paciente.

