Un amor que no envejece: «Cumbres borrascosas» para la generación Z
Obra cumbre del romanticismo, pero también libro de fantasmas, de venganzas, de odios y de amor, «Cumbres borrascosas» (1847) se convirtió en la novela más célebre de todas las firmadas por las hermanas Brontë. Su autora, Emily, murió con apenas 30 años sin llegar a conocer el verdadero alcance de su novela, una de las más estudiadas de la literatura inglesa. Mujer indómita, imaginativa y apegada a su lugar de nacimiento, los páramos de Yorkshire, contó la historia de un amor imposible entre un joven huérfano, el vengativo y cruel Heathcliff, y la obsesiva y pasional Catherine. Una relación limitada por los tabúes sociales de la época y que solo se consumará después de la muerte. Adaptada en incontables ocasiones, ahora (febrero de 2026) verá la luz una nueva versión protagonizada por Margot Robbie y por el «byroniano» Jacob Elordi, quienes darán vida a los atormentados personajes. Un clásico de la literatura que a día de hoy sigue impactando por su innovación y la fuerza arrolladora de sus controvertidos protagonistas.

Cumbres borrascosas a ojos de la ilustradora María Simavilla.
Si escribiéramos uno tras otros los nombres de los hermanos Currer, Acton y Ellis Bell, es posible que a la mayoría de los lectores no les digan nada; sin embargo, tras estos nombres masculinos se ocultan las tres hermanas más famosas de la literatura. Un caso sin duda único, no solo porque en el seno de una misma familia surgieran tres escritoras, sino porque en un mismo año, 1847, dos de ellas publicaron sus novelas más famosas: Jane Eyre (Charlotte Brontë) y Cumbres Borrascosas (Emily Brontë). Lamentablemente, no resultaba nada extraño publicar bajo un pseudónimo masculino en una época, la Inglaterra victoriana, donde era difícil ganarse el respeto de la crítica literaria, cargada de prejuicios. Por este motivo, cuando tras la muerte de la joven Emily, su hermana Charlotte escribió un prólogo para una nueva edición de Cumbres borrascosas en la que revelaba la verdadera identidad de su hermana, aparecieron las críticas más furibundas contra su novela. Así, de ser considerada como una novela original y novedosa debido a su estructura narrativa, pasó a decirse de ella que era una «historia desagradable», «extraña» e «inartística». Un crítico norteamericano no se quiso quedar corto y escribió que: «salimos de la lectura de esta novela como si acabáramos de visitar un hospital de apestados». Lo cierto es que hasta el siglo XX la novela no halló su lugar en el «canon occidental», a diferencia del libro de su hermana, Jane Eyre, un éxito de ventas ya desde su publicación. Emily se convirtió en una autora incomprendida cuya singular y trasgresora escritura fue simplificada en un intento de dominarla; hecho en el que participó su propia hermana Charlotte, quien dijo de ella que era «más fuerte que un hombre, más simple que un niño» y que «no sabía lo que había hecho».
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De Emily se saben pocas cosas. Nacida en el año 1818, se dice que tenía un espíritu independiente y que era tremendamente imaginativa, con un mundo interior muy rico. Poco sociable, solitaria, inconformista y reservada (amaba su vida en el campo y su rutina, sin interés alguno por Londres, la alta sociedad o la fama literaria), pasó por muy malos momentos, primero por la muerte de su madre a los tres años de edad, y luego por el fallecimiento de otras dos hermanas mayores que se infectaron de tuberculosis en el colegio. Vivió así junto con sus hermanas supervivientes, Anne y Charlotte, y su hermano Branwell, en el pueblo de Haworth. Su padre, pastor anglicano y poeta, les inculcó la pasión por la lectura, aunque, por otro lado, era un hombre propenso a los ataques de ira y poco afectivo. Los cuatro hermanos se dedicaron además a crear su propios mundos imaginarios, llamados Glass Town, Angria y Gondal, pada dar vida a las aventuras de unos soldados de plomo con los que jugaban. Luego, ya adulta, Emily intentó ser profesora en la escuela para niñas de Roe Head, donde Charlotte era maestra, pero solo duró unos meses en el cargo. Volvió al campo y a la naturaleza, más acorde con su personalidad estoica (de hecho, se cuenta que era capaz de soportar cualquier dolor y que se cauterizó ella misma una herida provocada por la mordedura de un perro).
Tras publicar las tres hermanas un libro de poemas que apenas se vendió, Emily comenzó Cumbres borrascosas, un proceso que le llevaría diez años de trabajo y en los que de algún modo retrató un mundo claustrofóbico no muy distinto en el que ella vivía y donde solo la imaginación permitía escapar. Fue modelando así página a página el universo de su novela, ubicado en ese páramo casi sobrenatural en el que viven dos familias, los Earnshaw, dueños de la finca llamada «Cumbres borrascosas» y los Linton, dueños de la «Granja de los Tordos». Dos familias unidas por el destino y que en cierto modo parecen estar malditas.
Tráiler oficial de Cumbres Borrascosas (Emerald Fennell, 2026). Crédito: cortesía de Warner Bros. Pictures España.
El relato central de la novela, que funciona como un juego de muñecas rusas con distintos narradores, comienza cuando el señor Earnshaw, dueño de Cumbres Borrascosas, vuelve de un viaje a Liverpool con un niño huérfano llamado Heathcliff. Nadie sabe de dónde viene, y de hecho, nunca se sabrá nada sobre sus verdaderos orígenes, aunque se le describe en ocasiones como «moreno de aspecto gitano» o como «tan oscuro que casi parece que viniera del diablo». El hijo de Earnshaw, Hindley, lo odiará profundamente, mientras que su hija Catherine se enamorará de él, viviendo una relación intensa y salvaje. Los dos se harán inseparables. Tras la muerte del señor Earnshaw, Hindley hereda la propiedad y convierte a Heathcliff en un sirviente, sometiéndolo a humillaciones constantes. Entretanto, Catherine y Heathcliff mantienen de forma oculta su creciente pasión, hasta que Catherine, años después se hace amiga de los vecinos de la Granja de los Tordos. Se sentirá atraída por ese mundo más refinado que el de su casa. Así, y aunque Catherine no dejará de amar a Heathcliff, decide casarse con Edgar Linton, ya que considera a Heathcliff como socialmente inferior. Todo ello a pesar de que en un determinado momento de la novela grita: «¡Yo soy Heathcliff!”
Heathcliff, dolido y traicionado, comenzará entonces a ultimar su venganza; una venganza sin cuartel y brutal primero contra la familia que lo ha humillado como criado, y luego contra su amada, por abandonarle. Así, la novela, más que una historia de pasión, es una novela sobre el daño irracional que la pareja se hace a sí misma a lo largo del tiempo pero sin dejar por ello de amarse en ningún momento. De esta forma, tras desaparecer varios años y volver rico, Heathcliff, pacientemente, elaborará su frio plan, que le llevará incluso a seducir y casarse con la hermana de Egdar Linton, el marido de Catherine. Acciones que provocarán un odio entre ambas familias que pasará en generación y generación, y cuyo destino acabará de forma dramática.

Margot Robbie como Catherine Earnshaw y Jacob Elordi como Heathcliff en un fotograma de la adaptación al cine de Cumbres borrascosas dirigida por Emerald Fennell (2026). Crédito: cortesía de Warner Bros. Pictures España.
Uno de los elementos claves de la novela que tanto escandalizó en su momento (una visión radical del romanticismo, muy lejos de otras obras como Orgullo y prejuicio, de Jane Austen), es que nunca se nos da a conocer las motivaciones, el pensamiento, o el pasado de Heathcliff, quien representa la figura del marginado en una sociedad tan clasista como la inglesa. Alguien herido desde pequeño, cuyo objetivo es que los demás sufran lo mismo que el sufrió, una forma de impartir una singular justicia social. Catherine, por su parte, traiciona a su amado a cambio de la seguridad y una honorable posición social, a pesar de que declara literalmente que Heathcliff «es más yo que yo misma», una identidad indisoluble. Da así la impresión de que ambos están dispuestos a impedir que su amor pueda llegar a consumarse para abandonarse en el dolor y hacerlo, de este modo, eterno. La novela retrata así un mundo cerrado, lejos de vital y bulliciosa Londres. Es, en cierto modo, un territorio poblado por fantasmas atormentados, deseo, violencia y obsesión, que muestra como ninguna otra novela la irracionalidad de los sentimientos y la furia que hay tras ellos. Una furia que conecta a los protagonistas directamente con las fuerzas de la naturaleza, tan presentes en la novela a través del páramo, tierra agreste.
Cumbres borrascosas es también una denuncia despiadada al sistema de clases inglés y su racismo, imperante en sus numerosas colonias. Un tema que sin embargo queda en buena parte fuera de la nueva adaptación cinematográfica del clásico inglés realizada por la directora Emerald Fennell, responsable de filmes como Una joven prometedora (2020) y la polémica Saltburn (2023). El actor que interpreta a Heathcliff, Jacob Elordi -que ya aparecía caracterizando a Frankenstein en el filme de Guillermo del Toro- está lejos de tener el aspecto que se describe en la novela, de piel oscura y de origen desconocido. De las decenas de adaptaciones realizadas hasta el momento de la novela, solo una, la llevada a cabo por Andrea Arnold en 2011, tuvo como actor a un personaje de piel oscura, y es hasta el momento la versión más fiel y cruda del clásico. En el caso de la nueva adaptación, lo primero que llama la atención, además de su impactante fotografía y escenografía, es el anacronismo de sus imágenes, que afecta tanto al comportamiento de los personajes como al vestuario y decorados, con faldas rojas de látex o joyas llamativas que no corresponden ni con la época ni con el poder adquisitivo de las familias de Yorkshire, mucho más rurales. En cierto modo, podemos decir que tiene una estética de videoclip (con referencias a Kate Bush) con la que se ha pretendido actualizar la novela y, sobre todo, acercarla a las nuevas generaciones (a esto hay que añadir los temas de la banda sonora compuestos por la cantante británica Charli XCX).
En el filme podemos además encontrar paisajes románticos y sublimes, junto con escenarios góticos que se alternan con otros más barrocos que recuerdan al Drácula (1992) de Coppola. Incluso se perciben influencias del cine postmoderno -y cool- de Baz Luhrmann. Un filme, en esencia, marcado por el exceso, tanto emocional como escenográfico. Lo que más llama sin embargo la atención es que la cuestión sexual está mucho más presente y es más explícita que en el libro, donde se jugaba con la tensión y la represión -muy del mundo victoriano-, que existía entre ambos personajes. De esta forma, la base de la película, más allá de su intento por epatar visualmente y de provocar, cosa que consigue, es justamente explorar esta sexualidad del siglo XXI que surge en buena gracias a la química existente entre los actores protagonistas, Jacob Elordi y Margot Robbie, cuya pasión, desbordada, nos muestra una visión radical del romanticismo. La directora acierta además a la hora de captar los aspectos más retorcidos que aparecen en el libro y muestra cómo ambos se consumen en el fuego de su amor frustrado.
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