«El ejército ciego», de David Toscana
Año 1014. Tras derrotar a los búlgaros en la batalla de Klyuch, el emperador bizantino Basilio II ordena arrancar los ojos de los quince mil soldados del ejército enemigo, dejando tuerto a uno de cada cien hombres para que guíen a los ciegos de regreso a casa. Durante semanas, una columna de desarrapados recorre a tientas el largo camino hasta la capital búlgara, donde los recibe el zar Samuel, que ante el terrible espectáculo de sus hombres humillados, cae fulminado por la pena. Lo sucede en el trono su hijo Gavril, heredero de un imperio amenazado que deberá defender haciendo uso de la astucia para elevar la moral del pueblo después de la última derrota. Murallas afuera, los enemigos acechan, mientras en las calles de la ciudad los soldados intentan retomar sus vidas. Hay quien se esconde y guarda silencio, está el que descubre que sus manos pueden sustituir a la vista, algunos temen parecer monstruos y no falta aquel que hace un buen negocio vendiendo preciosas cuentas de cerámica que simulan ser ojos. Y entre todos ellos hay un escriba invidente que, incapacitado para copiar lo que ya fue escrito, vuelca en el pergamino una historia que crece en él: la de los quince mil ciegos y su inesperada revancha. A continuación, LENGUA publica un anticipo de «El ejército ciego», de David Toscana, la novela ganadora del Premio Alfaguara 2026.
Por David Toscana

Dicen que el emperador cegó a los prisioneros, en número de quince mil, con órdenes de que a un hombre de cada cien se le dejara tuerto para que sirviera de guía. Entonces los envió de regreso a Samuel. Él, cuando los vio llegar en tal cantidad y en el estado en que se hallaban, careció de fuerza moral para soportar el golpe. Le vino encima la oscuridad y un desmayo, y cayó al suelo. Con agua y mirra hicieron que volviera a respirar. Lograron que recuperara en algo la conciencia. Mientras revivía, pidió de beber agua helada. La recibió. Bebió. Sufrió un ataque al corazón. Dos días después murió, en el 6 de octubre.
Ioannis Skylitzes (1040-1101),
Sinopsis de la historia
Hay quienes preguntan cuál es la diferencia entre no ver nada y ver todo negro. Preguntan otras cosas. Que si se oye mejor cuando no se ve. Que si todas las mujeres son bellas. Que si se distingue entre el día y la noche. Que si seguimos soñando. Que si lloramos. A muchos les interesa indagar algún trasto sobre la muerte. Si en la resurrección de los muertos tendremos ojos. Es cierto que a algunos criminales los cortan en partes, los queman y los hacen hollín para que no vuelvan a habitar la tierra. Está escrito que no deben dejarse los cadáveres para que los coman las bestias o los piquen las aves, y ya desde siempre se discute sobre lo que ocurrirá a un hombre si se lo traga una ballena. A Jonás lo escupió luego de tres días. Pero son muchas las embarcaciones que cada año se pierden en el mar junto con todos sus hombres y no se sabe más de ellos. Hay que creer que si la resurrección le llega a alguien en el fondo del mar se volverá a ahogar. A los navegantes que nunca regresan se les hace un sepulcro. A los cadáveres que llegan a la arena también se les da sepultura aunque nadie sepa quiénes son. Hay sepulcros con cadáveres sin nombre y otros con nombres sin cadáveres. En la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro, yo espero tener ojos. Pero no puedo saberlo, como tampoco nadie sabe si quienes murieron viejos serán viejos y los jóvenes, jóvenes, aunque se entiende que los hombres seguirán siendo hombres y las mujeres, mujeres. Yo creo que quienes resuciten habrán de ser jóvenes porque maligno premio sería volver con la carne que ya no sabe de placeres. Alguien me preguntó si echaba más de menos el verde o el azul. No lo había pensado. Le respondí que el azul, y quizás sea verdad. El azul.
Hay preguntas que más valdría no hacer. Y sin embargo la gente las hace. Lo que más me preguntan es cómo quince mil hombres se dejaron sacar los ojos. No alcanza a ser una pregunta. Es un reproche. Su modo de tacharnos de cobardes. «Yo no lo hubiese permitido», dicen. «Antes muerto que dejarme hacer eso». Se arman historias mentales en las que apenas con los puños pelean contra sus verdugos y los vencen a todos. Les escupen, los muerden, los patean. Siempre muy osados. En su mente pueden escapar de cualquier trance. En la taberna cualquiera es el más valiente. En las bravatas de taberna todos hubiesen hecho algo sobrehumano de haber estado en nuestra situación. Pero no estuvieron. ¿No crucificaron a seis mil hombres de Espartaco en el camino que va de Capua a Roma? Cuando cayó la ciudad de Pliska, ¿no tuvieron que ver sus habitantes cómo el enemigo aplastó a cientos de niños con piedras de molino? ¿Acaso no recuerdan los viejos cuando Sviatoslav mandó empalar a veinte mil de los nuestros? «Yo no lo hubiera permitido», dice el que no estuvo ahí, pero cualquiera de ustedes habría terminado en la cruz o empalado o viendo a su hijo como masa de harina; a cualquiera de ustedes le hubiesen sacado los ojos. A Dios mismo lo crucificaron, y de haber querido los romanos le habrían sacado los ojos y cortado la lengua y la nariz y las orejas. Al Cristo lo aporrearon antes de ejecutarlo. Lo aporrearon tanto que ya iba loco cuando lo montaron en la cruz. Era Dios que se hizo hombre cuando lo azotaron, y entonces fue hombre que se volvió loco y se creyó Dios.
«¿Y quince mil hombres se dejaron sacar los ojos?», alguien volvió a preguntar.
Yo le dije que sí, y que por eso nos volvimos locos.
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Una columna de desarrapados recorre el último tramo para llegar a la capital del imperio de Bulgaria. Llevan más de un mes caminando sin ver el camino. Si la marcha durara varios días más, ellos seguirían andando. Pero al saber que ya terminan su viaje, las piernas se ablandan. Los pies revientan de dolor por las ampollas que revientan. El hambre los desbarata. Ninguno es lo que fue apenas tres meses atrás, cuando avanzaban fuertes, armados e insolentes, siguiendo a su zar Samuel, a pelear contra el ejército de Basilio. Ahora se acercan sin orden a las murallas, sin una mínima formación que los haga parecer combatientes. Cada ciego siente necesidad de decir algo, pero en suma no dicen nada.
Una semana antes había llegado el primer rumor de que se acercaba un ejército.
Samuel mandó aprovisionar la ciudad y cerrar las puertas de las murallas.
Después, las noticias fueron buenas. Eran los prisioneros que se habían llevado a Constantinopla. El emperador Basilio los había liberado y venían de vuelta a casa.
Hubo gran alegría hasta que los informes se volvieron más precisos.
Sumaban miles de hombres. Venían ciegos. Sin ojos.
En la ciudad se sintió más miedo que cuando esperaban un ejército invasor.
Cerraron las puertas a cal y canto.
¿Eran ciegos o muertos?
Transcurrieron noches silenciosas.
Al fin los divisaron desde las torres.
Ya vienen.
La gente quería subir a las murallas. Mirar a aquellos desgraciados.
Estaba prohibido. Cada puesto lo había ocupado un arquero. Los arcos se tensaron.
Samuel subió a la torre oriental y desde ahí vio a su ejército ciego. Ordenó a los arqueros que no dispararan. Ordenó que abrieran las puertas.
Durante un asedio, los agresores lanzaban cadáveres, cerdos podridos, excrementos, vejigas llenas de sangre o de orines, perros rabiosos y ancianas enfermas.
A Samuel le estaban lanzando miles de hombres sin ojos, y él les había abierto las puertas. Los dejó entrar con la aglomeración de ratas en desembarco.
Dicen que ahí mismo Samuel se desvaneció. Que lo hicieron respirar de nuevo con agua y mirra. Entonces pidió agua fría y su médico le dio agua fría. Le falló el corazón y se lo llevaron a su palacio. Allá despertó dos días después como saliendo de un mal sueño. Y cuentan que acabó por morirse cuando supo que el sueño no era sueño.
Por la ley de la sucesión, el último aliento del zar Samuel pasó a ser el instante en que su hijo, Gavril Radomir, se convirtió en nuestro nuevo zar. Su coronación fue un velorio, y mientras sepultaban a Samuel también se estaba tallando la lápida del moribundo imperio búlgaro.
Mientras tanto, el ambiente era de júbilo allá en Tesalónica, Adrianópolis, Constantinopla y todas las ciudades del enemigo a las que fue llegando la noticia. El emperador Basilio recibió el título de Bulgaroktonos, que trasladado es Matabúlgaros.
¿Que cómo nos sacaron los ojos?
Quien lo pregunta espera una descripción más elaborada de la que se da en las crónicas. En los anales sobre los búlgaros se cuenta que hace poco más de cien años «nuestro zar Boris salió de su retiro, arrestó a su hijo Vladimir por hereje, y mandó sacarle los ojos», y sobre Sansón la historia sagrada nos enseña que «los filisteos le echaron mano y le sacaron los ojos». Pero la gente quiere saber con detalle lo que ha de ocurrir para que un ojo esté mirando desde su cuenca y poco después ande rodando por el suelo. Algunos se han inventado respuestas muy apartadas de la verdad. Supe de alguien que se la pasa afirmando que nos inflaron con un fuelle de herrero hasta que los ojos saltaron como tapón de odre; es una historia que él adorna con tantos detalles que acaba por mover a la risa a los mismos ciegos. Otra versión cuenta que nos maniataron y echaron mieles sabrosas en los párpados, y por la noche las ratas hicieron la faena. Con ésta no ríe nadie. Otros cuentan que oprimiendo el pecho con piedras pesadas los ojos acaban por salirse solos, pero no supe de nadie al que le hicieran esto y creo que uno se asfixia antes de quedarse ciego. Luego de un derrumbe en las canteras se sacan cadáveres aplastados y todos tienen sus ojos bien puestos También corría el relato de que los ojos saltaban al dar un golpe muy certero en la nuca con una tabla. Esto último es casi verdadero, pues en las batallas no falta quien reciba un porrazo y, sin que se le caigan, los ojos despuntan de modo que no se puede parpadear. Hay otra manera en que se ata una correa alrededor de la cabeza, pasando atrás por la nuca y adelante a la altura de las cejas. Se va apretando con un torniquete hasta que la presión hace saltar los ojos. Dicen que funciona, pero es un proceso lento que nadie utilizaría en quince mil hombres. El fuego no se empleaba para esto desde que allá en Constantinopla mandaron cegar a un general insurrecto y más tarde este mismo general organizó una nueva rebelión con la vista sana y los párpados quemados. Mi historia preferida es una que se cuenta a los borrachos. Tiene que ver con maravillosas cortesanas que dan besos succionadores y acaban tragándose los ojos. Me gusta porque la última visión es la de una mujer espléndida y no la que en verdad vimos.
(...)
El ejército ciego, de David Toscana, sigue aquí.

