Laura Fernández: «La realidad me parece aburrida, funcionarial, triste, cerrada, limitadísima; en cambio, la ficción depende únicamente de hasta dónde te permitas llegar con la imaginación»
Laura Fernández ha levantado una obra que mezcla géneros populares, convierte el humor absurdo en una forma de mirar el mundo y desobedece manuales. La escritora y periodista, una de las más insignes colaboradoras de LENGUA, nos recibe ahora para conversar sobre heterodoxa manera de entender la ficción. Tras «La señora Potter no es exactamente Santa Claus» y «Hay un monstruo en el lago», debuta -al menos en teoría- en la literatura infantil con «Diminuta casa encantada» (Random House, abril de 2026), una aventura de fantasmas, extraterrestres y dinosaurios de peluche que confirma su talento para descubrir lo extraordinario en lo cotidiano.
Por Antonio Lozano

Laura Fernández. Crédito: María Rodenas.
Laura Fernández (Terrassa, 1981) ha construido su propio planeta en nuestro ecosistema galáctico editorial. Desde la premisa de una libertad absoluta —¡muerte a los manuales de instrucciones!— ha reciclado las lecciones de posmodernos americanos o de dioses particulares como Stephen King, Thomas Pynchon, Douglas Adams, Terry Pratchett, John Fante o Kurt Vonnegut para generar libros artefacto —a un tiempo juguetones, desprejuiciados y gamberros— por los que se filtran sus orígenes de barrio (popular).
Revelar por sistema el artificio detrás de la elaboración literaria, y un uso singular de arquetipos y géneros de la cultura popular, no ha sido incompatible con una mirada tierna y compasiva por las criaturas solitarias y desubicadas. Los libros de la también periodista nunca fueron para todos —algo que el éxito de La señora Potter no es exactamente Santa Claus casi parecía querer desmentir—, pero los devotos conforman algo muy parecido a un culto de fanáticos, enganchados a su capacidad para detectar lo más fantástico en lo más cotidiano. Tras perseguir a Nessie y reflexionar sobre las ficciones a las que nos entregamos para sobrevivir en el ensayo Hay un monstruo en el lago, la escritura (teóricamente) debuta en el género infantil con Diminuta casa encantada —un alarde de imaginación y de rebelión contra las convenciones narrativas en la que coinciden casas de muñecas, fantasmas, extraterrestres y un dinosaurio de peluche para emocionarnos con la historia de un niño que busca su sitio—, aunque ella nunca ha dejado de mostrar el asombro, la rebeldía y el humor absurdo que el mundo le despierta desde niña.
En el restaurante del Ateneu Barcelonès —asociación cultural en la acude religiosamente a escribir—, Fernández recibe a LENGUA (que, como colaboradora de la revista, no deja de ser una de sus —nada diminutas— casas), y ya antes de que se vuelque en el desglose apasionado de su heterodoxa forma de entender cuanto la rodea, sus tatuajes —divertidos, raros, sugerentes— sirven de avanzadilla de lo que está por venir (hasta la tinta en su piel cuenta una historia diferente).
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Antonio Lozano: ¿Dónde crees que está el germen de un mundo literario tan personal?
Laura Fernández: Lo tengo clarísimo. Yo creo que me hice escritora sin haber aprendido aún a escribir ni a leer. Ocurre cuando tengo cinco años y voy al cine con mi madre a ver ¿Quién engañó a Roger Rabbit? de Robert Zemeckis, que mi madre creía que era una película para niños. Obviamente no lo era una y yo me la creí por completo. En ella los protagonistas eran dibujos animados que hacían sketches y luego se iban a casa y tenían vidas patéticas, tristísimas. Yo pensé, hostia, los dibujos que veo de pequeña, esa gente, esos muñecos, tienen unas vidas horribles, con mujeres que no los quieren. Aquello me impactó tanto que creo que es lo que explica que lo metaficcional haya tenido tanta relevancia en mis libros y que todos mis personajes sean de algún modo muñecos. Y luego tengo un recuerdo muy claro, siendo también pequeña, de estar viendo cualquier película, empezar a entender el argumento, los personajes y demás, y salir corriendo a mi habitación convencida de que yo iba a hacer una historia mejor que la de la película. Buscaba muñecos que se parecieran y me inventaba toda la historia. Es así de loco....
Antonio Lozano: Alguna vez has comentado que ser hija única tuvo un peso fundamental.
Laura Fernández: Sin duda. Pasé mucho tiempo sola. Como hija única, mis padres nunca estaban en casa. Recuerdo leer El pequeño vampiro, que tenía como protagonista a Antón, también hijo único, y pensar: «ojalá viniera un vampiro a mí a verme, porque estoy siempre sola». Los vampiros nunca vinieron, pero sí que tuve una máquina de escribir en el colegio público en el que estudié. Me enseñaron mecanografía. Era gratis, en la hora del comedor, y aún no sé a qué venían esas clases, quizá se pensaran que todos íbamos a ser secretarias o algo así. Nos dejaban llevarnos a casa la máquina para practicar, lo que en mi caso significaba escribir cosas, ya con ocho o nueve años. Cuando me compré mi propia máquina de escribir empecé a copiar artículos de revistas de videojuegos que tenía —desde muy pequeña jugaba a la Nintendo, pero me aburría muchísimo porque todo el rato era lo mismo—, reproducía el principio y luego lo continuaba a mi antojo. Lo mismo con las novelas de Stephen King: copiaba la primera frase y seguía a mi aire.
Antonio Lozano: La heterodoxia ha sido tu bandera.
Laura Fernández: Para mí escribir es algo lúdico, placentero. Siempre ha tenido que ver con vivir más de una vida y con no encerrarte en un lugar, sino al contrario, con abrirte al máximo. Por eso huyo de las normas, incluidas las ortotipográficas; en todo lo que hago late una especie de anti-autoridad. Este atrevimiento se convirtió en una fiesta cuando descubrí a todos los autores postmodernos, quienes ya lo habían hecho todo antes que yo
«No entiendo por qué hacemos libros que se quieren parecer a la realidad cuando la realidad es limitada, pequeña, solo tienes una vida, un intento. Pudiendo meter a un dinosaurio oficinista en un libro, ¿por qué decantarte por una mujeres de 40 años con tatuajes como yo?».
Antonio Lozano: Has practicado la ciencia ficción y la fantasía, pero desde un lugar muy personal, con humor vitriólico, melodrama e imaginación desbocada, cuando en España lo tradicional ha sido mostrarse muy respetuoso con los códigos del género. Autores como Douglas Adams o Kurt Vonnegut han sido tus faros. ¿Qué encuentras en ellos que te enamora y qué te hace ver que ese es tu camino?
Laura Fernández: Es que yo aborrezco a muerte la ciencia ficción y apenas la he leído. Lo que encontré en esos autores es libertad, la posibilidad de huir de lo real, que no olvidemos que no deja de ser una convención. Lo único que hago es utilizar la ficción y todos su mecanismos. Incluso la lengua en la que escribo es una lengua de traducción, un español que no existe, es decir, nadie habla como en mis libros. Todo lo que hay en mis libros es ficticio. Digamos que yo he tenido una vida muy pequeña. He vivido en un barrio de las afueras con unos padres que nunca iban de vacaciones. No había dinero para nada. Yo estaba siempre sola en casa. Por esto he vivido mucho más dentro de los libros que en la realidad. La realidad me parece aburrida, funcionarial, triste, cerrada, limitadísima... algo que depende únicamente de cuánto tienes y qué eres. En cambio, la ficción depende únicamente de hasta dónde te permitas llegar con la imaginación. En los autores que has citado encontré artefactos, mecanismos, para no imitar la realidad, sino tomar el camino opuesto. Como especie narrativa que somos, la única cosa que nos diferencia, o la que más, de los animales es que tenemos capacidad de abstracción, la cual nos permite no solo recordar, sino también imaginar. Imaginar es lo más potente que tenemos, multiplica hasta el infinito el número de vidas que puedes llegar a tener. Si tú escribes tus propios libros y están además fuera de la realidad, hirviendo en ese magma de infinitas posibilidades que supone la ficción, eres invencible, imparable. La cantidad de vidas que puedes llegar a vivir y experimentar son exponenciales todo el rato. Entonces, si tenemos eso y podemos vivir eso, ¿por qué demonios lo estamos negando? No entiendo por qué hacemos libros que se quieren parecer a la realidad cuando la realidad es limitada, pequeña, solo tienes una vida, un intento. Pudiendo meter a un dinosaurio oficinista en un libro, ¿por qué decantarte por una mujeres de 40 años con tatuajes como yo? ¿Qué pasaría si fueras el dinosaurio? ¿Tienes una cola gigante? ¿Cómo te mueves por los sitios? ¿Qué clase de problemas mentales padeces cuando eres un dinosaurio gigante? En definitiva, abrazo la ficción para hacer soportable la vida, pero también para expandirla.
Antonio Lozano: Al mismo tiempo, y pese al artificio y la atención a los mecanismos, en tus libros hay mucha nostalgia y melancolía, trabajas a fondo la ternura, buscas claramente la conexión emocional con el lector.
Laura Fernández: Yo amo al ser humano. Me encanta el ser humano. Creo en el ser humano. Nos fijamos siempre en lo malo de él, pero me parece enternecedor una especie que intenta entender el planeta en el que está, aunque simplemente está aquí, que se ha dado un nombre a sí mismo y a todas las cosas, que intenta anticipar las cosas que le pasarán, que cuando desaparece un animal se preocupa y lo intenta cuidar. Ahora mismo, en los zoos hay gente asegurándose de que los animales pervivan en cautividad. Ahora mismo hay personas lavando dientes a delfines. O sea, un delfín no te lavaría los dientes a ti; un ser humano se los lava a un delfín. Veo a niños grandes que intentan entender en qué mundo vive, qué es el mundo. Todo lo otro, Hitler, el cambio climático, el crimen, las fake news... solo lo veo como una invasión del espacio de la gente bien intencionada, que para mí es la mayoría, por parte de la malintencionada, que como no sabe crear, destruye. Mis libros van a favor del ser humano-niño, el ser humano de buena voluntad, el ser humano puro, el que ha creado todas esas cosas para simplificarnos la vida, como la mesa en la que estamos, esta botella de agua, esa papelera que hay ahí, tan bien colocada, este estanque... Cuanto nos rodea es una obra en construcción, pensada y diseñada con mimo por un sinfín de personas, pero luego viene un idiota, pega un golpe y destruye una parte y parece que somos todos malos, y es todo lo contrario. El idiota es uno, pero nos fijamos siempre en el malo de la película.

Interior del libro Diminuta casa encantada (Random House, 2026), escrito por Laura Fernández e ilustrado por Alfredo Cáceres.
Antonio Lozano: Y aunque no eres una autora de ciencia ficción al uso, cuando has creado otros planetas y alienígenas ha sido para hablar en el fondo de la Tierra y de sus habitantes, como todos los grandes.
Laura Fernández: De lo que hablo es que el otro eres tú, siempre. Este rollo del odio contra el otro es absurdo porque para alguien, tú eres el otro. Entonces, lo que me ha molestado siempre de la idea de otros planetas es que los marcianos iban a ser peores que nosotros o que iban a venir a invadirnos, se los ha retratado por defecto en clave de amenaza. ¿Y si resulta que son tan bonitos que también les lavan los dientes a los delfines? O sea, mi propósito ha consistido en intentar luchar contra la idea de que el otro es malo, porque ahí detecto algo extremadamente masculino, terrible, destructivo, limitado... Por eso, en mis novelas, los marcianos son exactamente como nosotros, y para ellos el otro somos nosotros, ¡pero es que además nos admiran!
Antonio Lozano: Si los alienígenas de verdad leyeran tus libros, quizá llegarían a la conclusión de que es una inmensa esfera compuesta de cultura pop, tal es su peso en los mismos.
Laura Fernández: Puede que fuera más preciso decir que visualizarían un constructo pop, porque nada de lo que escribo es real tampoco. Es decir, si yo hablo de un grupo de música o de una película, me los invento, nunca pongo una referencia real, jamás, excepto en Wendolin Kramer, donde me apretaron para localizarla en Barcelona. Esto se explica porque practico una suerte de militancia por el hecho de haber crecido donde he crecido y sin tener ni idea de nada. Quiero que la gente entre en mis libros al mismo nivel, tanto si ha crecido en un barrio de las afueras de Terrassa o en la Sorbona. Cuando entras en un libro mío, no vas a encontrarte un trozo en francés, ni va a haber una referencia a Proust, Freud o Sartre, ni a nada. Si va a haber una referencia a un intelectual, me voy a inventar el intelectual entero y todo el mundo va a entender por qué lo es, en qué mundo circula y por qué hace sentir pequeños a unos o a otros. Con lo cual, lo de la cultura pop, sí y no. Lo que reflejo es una cultura de la representación, es decir, a gente que imita a otra gente porque no sabe vivir, algo en el fondo muy autista.
Antonio Lozano: El escritor y el detective han sido figuras recurrentes en tus libros. ¿Detectas alguna conexión entre ellos?
Laura Fernández: Cuando recoge todas las pistas e intenta resolver un caso, el detective es como el escritor ante una idea y la necesidad de desarrollarla a través de la trama, a lo que se suma el que a ambos los defina un carácter solitario, cierta condición de parias sociales, estar desubicados, malvivir, y hallarse fuera de la vida adulta, en un reino más cercano a las ilusiones que a otro cosa. Los escritores me chiflan por esa cosa tan infantil de buscar la vida dentro de la vida, de intentar apresarla en palabras para que no se les escape. Los detectives me atraen en tanto que personas solitarias y forzadas a mirar al mundo con más atención que el resto, un rasgo que también comparten con los periodistas, otros a los que vuelvo con frecuencia. Los periodistas crean un relato de la realidad y se ven obligadas a más allá de la superficie, y procurar conectar los puntos de la superficie, lo que a su vez los emparenta con el escritor, claro.
«Digamos que yo he tenido una vida muy pequeña. He vivido en un barrio de las afueras con unos padres que nunca iban de vacaciones. No había dinero para nada. Yo estaba siempre sola en casa. Por esto he vivido mucho más dentro de los libros que en la realidad».
Antonio Lozano: La señora Potter no es exactamente santa Claus marca un punto de inflexión en tu trayectoria literaria, supuso tu salto a un público masivo y a una gran cantidad de reconocimientos. ¿Qué crees que se produjo ahí? ¿Por qué se produjo el clic con ese título en particular?
Laura Fernández: Creo tener toda la explicación porque llevo mucho tiempo pensándolo. Fue una colisión de factores. Uno clave fue el contexto social. Yo siempre digo: «no me gusta la realidad, la realidad es aburrida, la realidad es una convención, la realidad blablablá». Y j
Antonio Lozano: ¿Cómo has luchado contra el engreimiento?
Laura Fernández: John Fante me enseñó que uno tiene que creer siempre en sí mismo, pero al mismo tiempo no tomarse muy en serio. Hay momentos en que puedo creerme una genia, pero al siguiente ya me estoy diciendo: «¿pero dónde te crees que vas?». Lo más sano es tomar un distanciamiento burlón respecto a lo bueno, porque al final te das cuenta de que en realidad todo es un juego, de que hoy estás aquí arriba y mañana allá abajo.
Antonio Lozano: ¿Por qué un libro infantil ahora? ¿De dónde surge?
Laura Fernández: El lugar del que nació fue la precariedad absoluta, el verano antes de que se publicara La señora Potter... no tenía nada de dinero, y yendo en un AVE, se me ocurrió toda la idea, y me puse enseguida a escribirlo. Hablamos del año 2021, pero luego se cruzaron otros proyectos, y este se quedó estancado mucho tiempo. En realidad, lo hice entre la necesidad y el divertimento, y el trasfondo es mi problema personal con los cambios, que se manifestó de un modo algo delirante a raíz de una mudanza, un episodio doloroso que quise reciclar de una manera más suave. Con todo, al final me he dado cuenta de que es se trata de un homenaje a la figura del lector, porque ningún libro existe si está cerrado. Cuando me puse a escribirlo pensé que sería una historia puente entre los cuentos de Roald Dahl y La historia interminable de Michael Ende, que sirviera de bisagra, por así decirlo, porque recuerdo que de niña tuve que saltar muy rápido a Stephen King porque no encontraba nada para mi edad entre esos dos referentes. Es un libro para los niños que leen mucho, y que son inteligentes, y para los que Los futbolísimos se les queda pequeño, fuera de colección, con una edición muy cuidada, empezando por las maravillosas ilustraciones de Alfredo Cáceres.

Interior del libro Diminuta casa encantada (Random House, 2026), escrito por Laura Fernández e ilustrado por Alfredo Cáceres.
Antonio Lozano: Veo una conexión entre La señora Potter... y Diminuta casa encantada, en el sentido de que si la primera era una novela para adultos que podían leer los niños, la segunda es una historia para niños que pueden leer los adultos.
Laura Fernández: Es que no me dije «ahora voy a hacer literatura infantil
Antonio Lozano: Hablemos de algunos elementos del libro. Empecemos con las casas de muñecas.
Laura Fernández: Me gustaban mucho de pequeña, y recuerdo haber tenido un par que acabaron desapareciendo al poco tiempo, trauma total... Como el piso que vivíamos no era muy grande, mis padres debieron tirarlas a la primera de cambio. La idea de la casa me permite hablar del miedo al cambio, de adaptación, de los recuerdos que nos conforman...
Antonio Lozano: ¿Y los fantasmas?
Laura Fernández: Los fantasmas me interesan por la misma idea que me interesan los extraterrestres, por desarticular la imagen de maldad que tienen. Creo que los fantasmas, si existen, están igual de perdidos que nosotros, y me gusta que siempre sean personajes ilusos, que intentan encontrar su camino, o que a veces no les gusta su vida.
Antonio Lozano: Los manuales de instrucciones.
Laura Fernández: Sospecho que su presencia está ligada a mi resistencia a la autoridad. Acostumbro a crear manuales de instrucciones que se saltan sus propias instrucciones, y luego viene la policía de los manuales y todo se complica...
Antonio Lozano: Las fake news.
Laura Fernández: Me pareció importante hablar del momento tan delicado por el que atraviesa el periodismo, pero desde una óptica bastante infantil, loca y divertida.
«En un mundo como el de hoy, en el que todo son pantallas, algo que, como la propia palabra indica, es una superficie no porosa, quería que mi libro revelara de forma muy evidente su porosidad. Estoy convencida de que puede ser importante para los niños que vayan a convertirse en escritores».
Antonio Lozano: Cuando una madre o un padre escribe un libro infantil siempre se filtra, de alguna manera, una carta de amor a los hijos. ¿Cuán presentes están los tuyos en Diminuta casa encantada?
Laura Fernández: Hay cosas de mis hijos, inevitablemente: la inadecuación, la sensación de pensar cómo estarán en el colegio, si encontrarán a alguien que encaje con ellos o no... Mientras lo escribía, recordaba el camino que hice yo a su edad, y me los imaginaba haciéndolo a su manera.
Antonio Lozano: Me parece muy estimulante el modo en que juegas a muchos niveles: interpelando al lector, introduciendo paréntesis y notas a pie de página, estimulando la participación... Hay un sentido del juego y de la complicidad muy subrayados.
Laura Fernández: Escribí el libro con la cabeza puesta en mi yo de ocho años, como queriendo decirle, «este es el tipo de libros que te van a volver loca de mayor, un artefacto lúdico, capaz de rebobinar, que te habla directamente...». B
Antonio Lozano: ¿En qué trabajas ahora?
Laura Fernández: En mi próxima novela, que va a tener mil páginas, con varios narradores y un nivel hipercomplejo. Tengo muy claro que, una vez tienes los focos encima, hay que bailar bien, no puedes hacer cualquier cosa, hay que hacer algo muy grande porque España merece ambición, no solo Latinoamérica. Quiero hacer algo distinto y más complejo que La señora Potter..., algo multiplicado por dos mil , el doble de largo, el doble de personajes, el doble de cosas. Estoy en un vodevil, escribo a razón de tres páginas por día y espero acabarlo a final de año ya. Cinco años llevo ya con el proyecto...
La señora Potter no es exactamente Santa Claus
