La paradoja de Picasso (o cómo perderle el miedo al mito)
En «Desbloqueando a Picasso. Tutorial básico para disfrutar la obra de un artista que pintaba raro» (Ediciones B, 2025), el divulgador cultural José S. Mateos (@GodPikasso en redes) propone algo tan simple como radical: volver a mirar a Picasso sin miedo. Frente al mito petrificado —el genio del siglo XX—, Mateos recupera la mirada curiosa de quien se atreve a no entender... y a disfrutar. Con humor, lucidez y una ironía doméstica, el autor convierte su ensayo en una guía de supervivencia para todos los que alguna vez se sintieron expulsados del museo moderno. En sus páginas, Mateos se pregunta cómo es posible que esos cuadros tan «raros» acabaran convirtiéndose en la piedra angular del arte moderno. El extracto que LENGUA publica a continuación intenta arrojar algo de luz sobre esa cuestión, al tiempo que nos sumerge en un libro que no busca domesticar al artista, sino reconciliarnos con su rareza y con el placer —tan olvidado— de mirar sin entender del todo.
Por José S. Mateos

Pablo Picasso en Mougins (Francia) en octubre de 1971. Crédito: Getty Images.
Solo hay una forma de ver las cosas hasta que
alguien nos muestra cómo mirarlas con ojos
diferentes.
Picasso
Picasso nació en Málaga un 25 de octubre de 1881. Y nació muerto. La matrona salió del dormitorio para informar de la terrible noticia a los hombres de la familia que esperaban fumando en el pasillo. Entre ellos estaba un hermano de su padre, el tío Salvador, que era médico. Pidió ver al bebé nacido muerto y, según se lo dieron, se lo llevó a la cocina cercana. Lo apoyó sobre la fría piedra de mármol de la encimera y le echó sobre la cara el humo del puro que estaba fumando. Él bebé reaccionó tosiendo y finalmente llorando. El niño había «resucitado».
Así que lo primero que Picasso hizo en la vida fue resucitar. Si a esto le añadimos que su madre se llamaba María y su padre José, a nadie le extrañará que se creyera todo un dios. Un «dios del arte», se entiende, que no quisiera yo empezar un libro hiriendo sensibilidades. Eso lo dejaré para más adelante, porque este es un libro sobre la obra del artista más cañero, divertido y picarón que ha tenido la historia del arte. También el más genial. Y pienso demostrar ambas cosas.
Tampoco le extrañará a nadie que toda su vida fuera un gran fumador. Al humo del tabaco le debía la vida… literalmente.
Si el tipo se creía un dios, no hay ningún problema en eso, son tiempos en los que cada uno tiene derecho a autopercibirse como le dé la gana. El problema es que a Picasso le están dando la razón desde hace mucho tiempo, ya que varios países han levantado «templos» en su honor dedicados a adorarlo. Me refiero a los museos Picasso, repartidos por todo el mundo, especialmente en España y Francia. La mayoría creados y sufragados por el erario público sin que nadie se muestre contrario a ello. «Es Picasso», suele decirse como justificación de un gasto habitualmente elevado.
Tener varios museos por el mundo con dedicación exclusiva no ocurre con ningún otro artista de la historia. Algunos artistas, los mejores, tienen como mucho una fundación dedicada a su obra o una casa natal que sobrevive a base de subvenciones municipales. Pura miseria comparado con los museos Picasso que suelen situarse en edificios monumentales, la mayoría de Patrimonio Nacional, equipados además con instalaciones modernas y punteras. Mucho bombo y boato para un inmigrante bajito, que recibía a las visitas en camiseta y alpargatas en un castillo sin muebles.
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Pero no solo hay «templos del arte» dedicados íntegramente a Picasso, también tiene «altares» repartidos por otros templos. No hay ningún museo de arte contemporáneo del mundo (incluso alguno de bellas artes) que no dedique su sala más exclusiva al artista español. Del MoMA de Nueva York al Pompidou parisino, la TATE de Londres o el madrileño Museo Reina Sofía, sus obras siempre están en las mejores salas o los lugares más destacados de los mejores museos.
Incluso el Museo del Prado, cuando le donaron una obra de Picasso en 2021 (Busto de mujer, 1943), decidió exponerla, a pesar de que ni artista ni obra están dentro de la museografía objetiva de esta gran pinacoteca. Y no está expuesta en cualquier sitio, sino que te espera junto a obras del Greco y a pocos pasos de Las meninas de Velázquez. Si la has visto, te habrás dado cuenta de que no pega ni con cola con el resto del museo. «Es que es un Picasso», dijeron para justificar este verso perdido en el discurso de la pinacoteca.
Tuvo que hacer algo muy importante Picasso para merecer tantos aplausos. Por la belleza de sus obras no será, pues solo hay que hacer un repasito rápido a cualquier catálogo de sus creaciones para darse cuenta de que no pintaba bonito precisamente. Y no pasa nada por escribirlo, todo el mundo lo sabe. Aunque no todo el mundo lo dice.
¿Qué hizo este andaluz bajito para que le estemos tratando tan bien?
El top del respaldo para creerse el gallo más deseado del corral (del arte) no se lo dieron las instituciones públicas, sino la propia ciudadanía en 1967. En ese año se llegó a montar un referéndum en la ciudad suiza de Basilea para que los ciudadanos votaran la idoneidad de que el ayuntamiento de la ciudad gastara una millonada en comprar un par de obras del artista: Arlequín sentado (1923) y Los dos hermanos (1906). Las obras ya estaban en uno de los museos de la ciudad, el Kunstmuseum, en préstamo. El propietario de los cuadros necesitaba cash y decidió venderlos al mejor postor por una cifra con muchos ceros. Un dineral que el Ayuntamiento de Basilea estaba dispuesto a pagar, pero a costa de recortar el presupuesto público en otras partidas importantes. Quisieron saber qué opinaban los ciudadanos antes de dar el paso y organizaron un plebiscito.
Entonces ocurrió una cosa muy loca. Miles de jóvenes salieron a la calle a favor de comprar las dos obras picassianas, con pancartas bajo el lema «Only need is Pablo», parafraseando la canción de los Beatles. El referéndum lo ganó el «Sí» por goleada. Pero el Ayuntamiento de Basilea solo tenía una parte del dinero necesario («son dos Picassos», dijeron), por lo que solicitó ayuda de ciudadanos y empresas para completar la cifra. Fue el primer crowdfunding de la historia, conocido por los historiadores como «el milagro de Basilea».

Foto coloreada del pintor Pablo Picasso en Montmartre, París, en 1904. Crédito: Getty Images.
¿Sabes de algún otro artista al que le haya ocurrido algo remotamente parecido? Picasso, que entonces tenía ochenta y cinco años, se puso muy tierno con esta historia, que reforzaba la idea de que era todo un dios del arte incluso para la juventud seguidora de los Beatles. Hizo entonces lo que hace todo «dios» cuando se le reza: mandar maná al pueblo que lo adora. Regaló cuatro de sus obras al Kunstmuseum, el que lo había promovido todo, con una nota que decía: «No son para los funcionarios del museo, son para los jóvenes de Basilea». Picasso en estado puro, multiplicando además los panes y los peces.
Veréis que al final le daremos la razón en eso de creerse un dios. Pero algo no cuadra. No hay libro, discurso o conferencia sobre Picasso que no empiece diciendo que era el artista más importante del siglo xx, o de la historia, o del universo y más allá… Ante tanto jabón y tanto peloteo, institucional y social, a todos nos pueden entrar ganas de salir corriendo a ver sus obras. Es entonces cuando empieza lo que yo llamo «la paradoja de Picasso» ¿Has visto sus obras? ¿Te parece bonito su arte?
El aficionado al arte espera encontrar en la obra de Picasso algo parecido a lo que halla en otros artistas que bautizamos como geniales. Es decir, obras llenas de luz, pinceladas perfectas y composiciones que te emocionan erizando la piel. Obras que te hagan llegar al éxtasis, como santa Teresa tras comerse un cocido al final de la cuaresma. Aunque en esto de los museos y el arte no se llama éxtasis, se llama stendhalazo. Pero cuando encaras alguna de sus obras, en vez de un stendhalazo lo que te llevas es un tortazo. Se hace bastante difícil apreciar qué hay de genial en la mayor parte de esas «obras maestras», que cuando menos parecen grotescas, o siendo suaves, «difíciles de entender». Eso si no te da la risa frente a alguna de esas obras que, catalogadas como geniales, no parecen muy diferentes a las hechas por un niño.
Digamos la verdad: Picasso era un artista que pintaba raro, muy raro. Raro y feo.
No digo que toda su obra sea igual de extraña y poco agraciada según los cánones clásicos —alguna bella pincelada se le escapaba de vez en cuando—, pero en general sus obras no son para ponerlas en el salón de tu casa. Si miras un Velázquez, con su suelta pincelada y teatralidad, o un Goya con su fuerza y emoción, seguro que los disfrutas sin problemas. Incluso un cuadro de Dalí, otro que tiene obras muy raras pero que al menos pintaba cosas que son reconocibles y con colores atractivos. En Picasso no pasa nada de eso.
Entonces, lo de que Picasso es el mejor artista del siglo xx, ¿de dónde viene? ¿Puro marketing? ¿Especulaciones del mercado del arte? Porque en su tiempo no se podían comprar seguidores de Instagram como hacen los artistas hoy en día. Algo tendrá el agua cuando la bendicen, decía mi madre.
Esta es la paradoja de Picasso, creer ante su fama que sus obras te van a deleitar, sobrecoger y enamorar desde el minuto cero. Y tras ver muchas de ellas, darte cuenta de que no sabes por dónde cogerlas. ¿Qué es lo que no me están contando?
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