De la serpiente Glicón a ChatGPT: Carissa Véliz contra los mercaderes de futuro
La filósofa de Oxford publica Profecía (Debate, 2026), una fascinante y muy actual historia del ansia humana de predecir que viaja desde los oráculos antiguos a los actuales y vertiginosos tiempos de la inteligencia artificial. En conversación con LENGUA lo advierte: «Muchas predicciones en realidad son órdenes que se camuflan de descripciones». Detrás de toda profecía, sostiene esta pensadora que asegura querer dejar el mundo mejor que como lo encontró, late siempre lo mismo: el poder.
Por Daniel Arjona

Carissa Véliz. Crédito: Jorge Monedero
En el año 150 de nuestra era, la noticia corrió como el fuego por Abonoteichus, un pequeño puerto del mar Negro: Alejandro (ningún parentesco con el Magno conquistador de Persia), había regresado a casa transformado. «Ya no era el humilde hijo de carpintero que había partido años atrás. Tenía la mirada penetrante y se movía con la seguridad de alguien tocado por el poder divino». Su primer milagro fue tan modesto como eficaz. Una mañana, mientras caminaba por la orilla embarrada, «descubrió» un huevo de ganso. Esperó a que se reuniera una multitud y lo rompió para revelar una pequeña serpiente recién nacida. La gente se quedó boquiabierta. Se trataba de Glicón. Anunció: «la nueva encarnación del dios sanador Asclepio, que había venido a transmitir sus profecías directamente al pueblo».
El negocio prosperó a la velocidad del miedo. En el santuario, tras una cortina, Alejandro el Paflagonio recibía a los fieles con Glicón ya adulto enroscado alrededor de los hombros. Lo que los crédulos no podían ver era la elaborada máscara que había fabricado para el animal. Unas crines de caballo abrían y cerraban discretamente su boca, y una tráquea de grulla escondida en la pared prestaba voz divina a la serpiente por cortesía de un ayudante. Quien quería consultar al dios escribía su pregunta en un pergamino y lo sellaba con cera. Los pergaminos volvían intactos, con el sello intacto y la respuesta dentro. El truco exigía poco más que una aguja caliente y, en caso de apuro, una copia en yeso del sello. Alejandro guardaba además registro de sus vaticinios importantes. Si el tiempo los desmentía, destruía el documento y reescribía la historia.
Un escritor satírico contemporáneo, Luciano de Samósata (1616 - 1691), se propuso desenmascararlo. El profeta intentó asesinarlo, lo que solo reavivó la investigación del escritor y le dio un nuevo propósito a su pluma (un buen consejo atraviesa los siglos: no enfades a un escritor). De poco sirvió. El culto no dejó de crecer pese a las denuncias de fraude. El propio Marco Aurelio consultó a Alejandro, que le prometió la victoria romana sobre los marcomanos; jamás llegó. Las monedas con la efigie de Glicón siguieron circulando siglos después de la muerte del estafador. Pocos quisieron desenmascarar a un falso profeta al que ya se habían rendido.
Diecinueve siglos después, la serpiente ha mudado de piel. Ya no hace falta peregrinar a un puerto del Ponto. El oráculo vive en centros de datos, responde a cualquier hora, en todos los idiomas, y habla con la seguridad inasequible a la duda de quien se sabe tocado por el poder divino. Sus sacerdotes ya no agitan crines de caballo tras una cortina, aunque desfilan por los pasillos del poder con idéntica soltura. ¿Quién es el Alejandro Paflagonio de 2026?
La historia de la serpiente parlante abre el primer capítulo de Profecía. Lecciones sobre el uso y abuso de la predicción, desde los antiguos oráculos hasta la IA (2026, Debate, traducción de Andrés Barba y Álvaro Marcos), el nuevo ensayo de Carissa Véliz, filósofa de la Universidad de Oxford. El libro recorre la historia entera del negocio de vender el futuro, de las vísceras de animales a los algoritmos, para llegar a la conclusión incómoda de que la gran promesa de la profecía siempre fue el poder, mucho antes que el conocimiento. Cuando esta revista le traslada la pregunta sin anestesia (¿Sam Altman, Elon Musk, Dario Amodei?), Véliz sonríe y esquiva con oficio: «No quiero que nadie me demande. Voy a invitar al lector a que tome sus propias conclusiones. Pero basta decir que hay muchos buenos candidatos».
Su tesis de partida parece sencilla y resulta corrosiva. «El futuro no está escrito», explica en la entrevista. «Cuando predices, lo que estás haciendo es algo que puede ser bastante engañoso, porque suena como si estuvieras describiendo el mundo, pero en realidad lo que estás haciendo es otra cosa. Muchas predicciones en realidad son órdenes que se camuflan de descripciones. Cuando yo te digo que mañana vas a utilizar inteligencia artificial para todo, puede parecer que estoy diciendo algo sobre el futuro, pero en realidad lo que estoy haciendo es tratar de influir tu comportamiento». Es la vieja mecánica de la profecía autocumplida, engrasada ahora con miles de millones. Y conviene recordar un límite lógico que solemos olvidar: «Una predicción nunca puede ser un hecho. En el mejor de los casos puede ser una hipótesis, una estimación basada en experiencia, pero nunca es un hecho, porque los hechos pertenecen al pasado y el futuro aún no ha sucedido».
Quien entendió esto antes que nadie fue un astrólogo con instinto de supervivencia. Cuenta Véliz en el libro que Tiberio, exiliado en Rodas tras caer en desgracia ante Augusto, tenía la costumbre de poner a prueba a los astrólogos. Si fallaban, los mandaba arrojar por un acantilado «de vuelta a casa». Trásilo le impresionó al predecir que sucedería a Augusto como emperador, y entonces llegó la pregunta de fuego: ¿qué decían las estrellas del propio Trásilo aquel día? El astrólogo observó el cielo, palideció y respondió que se encontraba en grave peligro. Tiberio celebró su destreza adivinatoria y lo convirtió en aliado de confianza. «Trásilo le hizo saber a Tiberio que entendía que las predicciones no tienen que ver con el conocimiento, sino con el poder», escribe Véliz. «La profecía y el poder son almas gemelas».
«Una predicción nunca puede ser un hecho. En el mejor de los casos puede ser una hipótesis, una estimación basada en experiencia, pero nunca es un hecho, porque los hechos pertenecen al pasado y el futuro aún no ha sucedido».
La genealogía que traza el libro es una sucesión de parejas de baile: Trásilo con Tiberio, John Dee con Isabel I, Nostradamus con Catalina de Médici, Rasputín con el zar Nicolás. Y hoy, apunta la autora, Musk, Bezos, Thiel, Zuckerberg, Gates, Altman y compañía «desfilando por los pasillos del poder». Con una diferencia que empeora las cosas: a Rasputín se le podía sustituir por otro adivino de la competencia sin embargo, los profetas actuales, suministran a los gobiernos la nube, el correo, la infraestructura entera de la vida digital... Son, por primera vez en la historia de la profesión, imprescindibles.
Entre los augures antiguos y los ingenieros medió una revolución que tuvo que ver con la matematización del mundo. Confiamos en los números, afirma Véliz, porque dejamos de fiarnos de las personas. El problema es que los números también los fabrican personas. El libro deja caer un dato helado: «Cerca de un 70% de los datos son un invento. Es un chiste malo, pero solo a medias». La broma remite a la crisis de replicación científica: según una encuesta de Nature de 2016, el 70% de los investigadores había intentado sin éxito reproducir el experimento de otro colega. ¿Es esta fe ciega en la cifra el pecado de la Ilustración? «Un poco sí», concede Véliz. «Y las penitencias son varias. Una es la desconfianza entre las personas. Es muy importante que en una democracia haya cierta confianza entre los ciudadanos, cierta amistad cívica, porque al final la desconfianza erosiona el tejido social». Y hay otra penitencia más honda: «Perder aquello que no podemos cuantificar y que, por lo tanto, tendemos a menospreciar. Lo más importante de la vida, las relaciones sociales, el placer, en realidad no es cuantificable. Cuando nos centramos demasiado en los números, perdemos perspectiva de lo que más importa».

Una manifestante que oculta su identidad durante una marcha contra la ampliación, por parte de la policía, del uso de tecnología de videovigilancia y análisis basada en IA (inteligencia artificial), el 13 de junio de 2026 en Berlín, Alemania. Crédito: Getty Images
El santo patrón de esa fe fue Pierre-Simon Laplace, que soñó con una inteligencia capaz de conocer la posición de cada partícula del universo y, con ello, abolir la incertidumbre: el célebre demonio que lleva su nombre. Véliz lo retrata con una anécdota doméstica de una crueldad exquisita. Cuando el astrónomo americano Joseph Lovering lo visitó, perdió parte del respeto que le tenía al escuchar cómo la esposa del matemático le pedía permiso para coger la llave del armario del azúcar. «Como muchos otros entusiastas de los números, Laplace tenía un ramalazo autoritario», anota la filósofa. Contra esa invasión estadística de la vida se rebelaron los escritores. Dostoievski se burló en Apuntes del subsuelo de quienes reducen «toda la gama de satisfacciones humanas a promedios de cifras». Véliz, con todo, no pide quemar las tablas actuariales: «Yo no estoy sugiriendo que no le hagamos caso a los números, sino que tengamos un entendimiento más profundo de qué estamos haciendo cuando hacemos estadística, y sobre todo de qué no estamos haciendo».
Todo ese linaje desemboca en lo que el libro llama «la máquina de predicción definitiva». La inteligencia artificial, escribe Véliz, es el nuevo Oráculo de Delfos, y los algoritmos «las nuevas hojas de té, vísceras de animales y estrellas en las que tratamos de vislumbrar el futuro». No exagera. En una de las escenas más memorables del ensayo, la autora pregunta a una clase de ejecutivos para qué usan la IA y una alumna, discreta, jersey beis, un imperio de mil millones de dólares a sus espaldas, responde sin pestañear: «Yo utilizo los chatbots como adivinos». ¿Valen entonces los billones invertidos en centros de datos lo mismo que leer las entrañas de un animal? «Sí y no. Depende de cómo se use», matiza Véliz en la entrevista: hasta los métodos adivinatorios más estrafalarios dejaron algo, del oráculo de Delfos, que con sus vaticinios vagos «invitaba al debate público», a la astrología, que «hizo grandes avances en astronomía». Hay usos legítimos y hasta luminosos, como predecir el comportamiento de moléculas en la búsqueda de antibióticos, siempre que después se valide en el laboratorio. Lo demás es liturgia con procesadores: «Cuando utilizamos la inteligencia artificial para hacer predicciones sobre cuestiones políticas, geopolíticas, sobre el destino de un individuo, lo que estamos haciendo es lo mismo que hacíamos con el oráculo de Delfos o con las entrañas de animales muertos».
«Lo más importante de la vida, las relaciones sociales, el placer, en realidad no es cuantificable. Cuando nos centramos demasiado en los números, perdemos perspectiva de lo que más importa».
Hay un capítulo entero dedicado a demoler el aura de la máquina. Apoyándose en Harry Frankfurt, Véliz sostiene que los grandes modelos de lenguaje son «los charlatanes definitivos»: están diseñados para resultar verosímiles sin prestar atención alguna a la verdad. ¿Y la famosa caja negra, opaca hasta para sus creadores? Véliz desmonta la pesadilla por sus dos costuras: «Ni es tan poderosa como los ejecutivos de las tecnológicas quieren hacernos creer, porque es una especie de marketing, ni tampoco es tan opaca. Sabemos que no está contactando con Dios. Es una máquina estadística, no es un completo misterio». Y desliza algo más inquietante: «Cada vez es más evidente que la opacidad de las máquinas está hecha por diseño. Hemos desarrollado más maneras de que fuera menos opaca, y muchas de esas empresas están decidiendo que no lo sea».
Aquí asoma la paradoja más extraña de nuestra época. Los profetas más lúgubres del apocalipsis de la IA son los consejeros delegados de las empresas que la construyen. ¿Por qué lo hacen? Véliz invoca a una de sus novelistas de cabecera: Toni Morrison escribió de un vidente que «su negocio era el miedo». «Inspirar terror en la población la hace más vulnerable, porque cuando sentimos miedo hay más tendencia a buscar protección», explica. «Y cuando alguien te dice que algo terrible va a pasar, pero que él puede ayudarte, está la tentación de decirle: vale, toma lo que quieras, toma todo mi poder, cárgate mi democracia, pero sálvame de esta cosa terrible de la que me estás hablando, que por cierto tú estás construyendo». La filósofa lleva la analogía hasta el final: «Los comportamientos autoritarios, tanto de dictadores como de profetas, tienen mucho que ver con los del abusador doméstico. Abusan de la víctima y luego le ofrecen consuelo. Y es una táctica que funciona muy bien». El libro remacha: «Al igual que Alejandro el Paflagonio, muchos profetas son unos abusadores».

De izquierda a dercecha: El ministro para la Transformación Digital y de la Función Pública, Óscar López; la filósofa y profesora asociada de la Universidad de Oxford, Carissa Véliz; y el periodista especializado en tecnología e innovación, Pipo Serrano; durante el Encuentro Internacional sobre Derechos Digitales, en La Llotja de Mar, el 14 de mayo de 2026 en Barcelona. Crédito: Getty Images.
Junto a los profetas, sus teólogos. Uno de los pasajes más sabrosos de Profecía relata la incursión de la autora, entonces doctoranda en Nueva York, en una fiesta del altruismo eficaz en un brownstone de Brooklyn hacia 2012, cuando el movimiento que animaba a los universitarios bienintencionados a hacerse banqueros para donar más, estaba en pañales. Hoy esa corriente, «la religión secular de las élites» de Silicon Valley según el filósofo Leif Wenar, susurra al oído de los magnates. Son, escribe Véliz, «los profetas de los profetas». Cuando le preguntamos si de verdad los amos del mundo sostienen ideas tan enloquecidas como el largoplacismo, la respuesta cabe en un monosílabo: «Sí». Y añade un ejemplo reciente: «Te pones a leer los últimos comentarios de la gente de Anthropic, que dicen que quieren que Claude sea feliz. ¡Por favor! Es que no sabes qué pensar, porque si lo creen de verdad es increíblemente preocupante. Y si no lo creen, es increíblemente preocupante también». De su etapa en Oxford guarda estampas aún más surrealistas: dos colegas del piso de arriba, del Instituto para el Futuro de la Humanidad, habían pagado a una empresa de criogenización; uno, para que congelaran su cabeza a la espera de poder subir su cerebro a un mundo virtual; el otro, bastante más dinero, por el cuerpo entero. «Para pagar tanto por eso, realmente tienes que tener un miedo a la muerte y una obsesión con la inmortalidad bastante interesantes», ironiza.
El escepticismo de Véliz no le impide ver daños muy concretos. Sobre la IA en la educación, su diagnóstico desde las aulas de Oxford es sombrío: «Sospecho que nos habíamos quedado cortos y que estamos empezando a ver las cosas más como son». Le preocupa «el grado de ansiedad» de sus alumnos, la atención cada vez más corta y algo medible en apenas un lustro: «Los chavales de hoy escriben peor y leen peor que los de hace cinco o seis años». Y no habla solo de destrezas: «También es una cuestión de placer. Me entristece pensar lo que se está perdiendo toda la gente que no está leyendo. En parte soy autora por el placer que es tener un buen libro entre las manos». Como síntoma, recuerda que los hijos de los grandes ejecutivos de Silicon Valley acuden cada vez más a colegios sin pantallas.
«Heine escribió que las ideas urdidas en la penumbra del despacho de un pensador pueden destruir una civilización. Véliz aspira al oficio contrario. "Desde luego me gustaría dejar este mundo mejor de lo que lo encontré"».
¿Y entonces? Si el remedio contra los profetas es abrazar la incertidumbre, mal pronóstico para una especie que se sabe mortal y lo lleva regular. Véliz responde sin recetas, con una lista de cosas que ya hacemos: «Pasar tiempo con gente que nos quiere. A mí me gusta mucho la comedia, y mientras más ruda encuentro la vida, más comedia. Disfrutar del mundo natural, de la cultura, ir a los museos». Y evoca una imagen que desarma: «Me llaman mucho la atención las historias de la Guerra Civil española, de la Segunda Guerra Mundial, del esfuerzo que hacía la gente por ir a ver los museos. Arriesgaban la vida por un cuadro. Esa vida cultural es una necesidad para criaturas tan intelectuales que sabemos que vamos a morir. No es un lujo». Hasta en la muerte, esa que los magnates quieren congelar, encuentra una defensa: «Es una paradoja terrible, porque nadie quiere morir, pero si no existiera la muerte, en realidad no existiría la vida».
Heine escribió que las ideas urdidas en la penumbra del despacho de un pensador pueden destruir una civilización. Véliz aspira al oficio contrario. «Desde luego me gustaría dejar este mundo mejor de lo que lo encontré», admite al final de la conversación. «Si es verdad que las ideas pueden ser increíblemente peligrosas y destructivas, lo contrario también es verdad: pueden ser increíblemente iluminadoras. Siempre vas a tener una filosofía, y si no reflexionas sobre ella, probablemente vas a tener una filosofía menos rigurosa. Cuando no reconoces que estás haciendo filosofía, lo que haces es mala filosofía». Su libro se cierra con un nocturno que devuelve al lector la pluma que los profetas llevan milenios arrebatándole: conocemos el principio y el final; todo lo que importa está en medio. «El futuro lo escribes tú». Las monedas con la efigie de Glicón circularon durante siglos después de muerto Alejandro. Las nuestras todavía están en la ceca.
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