Mi noche en el Museo de la Acrópolis
A la carrera con Andrea Marcolongo: del mito de Filípides a la fiebre de «running»
Filípides corrió desde Maratón hasta Atenas para pronunciar una sola palabra —niké, victoria— y luego cayó muerto. Dos milenios después, Andrea Marcolongo retoma aquella historia en «El arte de correr. De Maratón a Atenas, con alas en los pies» (Taurus, 2025) para preguntarse qué significa correr cuando ya no corremos por mandato, sino por deseo. Su libro es una mezcla de ensayo clásico y confesión contemporánea, un viaje donde cada zancada es también una frase, y cada respiración una forma de pensamiento. Bajo estas líneas publicamos el preámbulo del libro, firmado por la propia Marcolongo: un texto que suena como una carrera interior, una invocación a la memoria del cuerpo. Correr, sugiere la autora, no es escapar del mundo, sino reconciliarse con él; una manera de escribir con los pies lo que la mente aún no sabe decir. Entre la Grecia que inventó el alma y la modernidad que la busca en el asfalto, Marcolongo corre —y nos hace correr— hacia una libertad tan antigua como humana.

Citius, Altius, Fortius. Crédito: Getty Images.
Y después de que los niños aprenden las letras y están en estado de comprender los escritos como antes lo hablado, los colocan en los bancos de la escuela para leer los poemas de los buenos poetas y les obligan a aprendérselos de memoria […].
Luego, los envían aún al pedotriba [«maestro de gimnasia»], para que, con un cuerpo mejor, sirvan a un propósito que sea valioso y no se vean obligados, por su debilidad corporal, a desfallecer en las guerras y en las otras acciones.
PLATÓN, Protágoras 325e-326c
A lo largo de mis treinta y cuatro años ha habido dos cosas que me han traído al mundo, aparte de mi madre. Dos cosas que no solo me han cambiado la vida, como se suele decir, sino que más bien me han hecho entender la vida y, por lo tanto, en definitiva, vivirla.
La primera ha sido el griego antiguo, conocido en los pupitres del liceo clásico cuando tenía catorce años. La segunda ha sido correr, actividad con la que me crucé a orillas del Sena en las postrimerías de un verano, hace ya tres años.
De ese segundo descubrimiento —o, mejor dicho, de esa segunda epifanía— es de lo que pretendo hablar en este libro. De la lengua de la antigua Grecia he hablado ya más que suficiente en otra parte, y no vale la pena añadir nada más; si hago a ella cualquier alusión en esta introducción no será para martirizar al lector, sino para ayudarme a mí misma a comprender, a razonar, con la esperanza de arrojar algo de luz, a fuerza de paralelismos, sobre lo que siento hoy en día a propósito de lo que es correr, algo que por comodidad podría resumirse fácilmente en una sola palabra: desconcierto.
Nada. Eso es lo que sabía yo de la carrera a pie, del running, del jogging o llámesele como se quiera, antes de calzarme por primera vez las zapatillas de correr.
Un cero patatero que por extensión, salvo por alguna que otra ocurrencia perfectamente olvidable, podría aplicarse a mis experiencias directas en el universo paralelo que, por convención, llamamos «deporte»; respecto a las indirectas, o sea, la fruición pasiva como espectadora del espectáculo humano del agonismo, podría jactarme de ser un poco más competente, pero, excepción hecha de una curiosidad futbolística tan ocasional como voluntariosa, que me ha llevado alguna que otra vez al estadio, nada más consistente que el sentimiento genérico y universal de nobleza y admiración suscitado por el cuerpo humano en movimiento cuando se observa desde la inmovilidad del sofá o de la grada.
Y aquí surge la primera e inesperada analogía con el itinerario que un día me condujo a coger entre mis manos el diccionario de griego antiguo: ni el más mínimo conocimiento previo. Más aún: ni la menor sospecha, antes de darme de manos a boca con ellos, de que ni el griego ni la carrera a pie merecieran el menor lugar destacado en mi trivial existencia.
Ver más
Por dejarlo bien claro: mi modesto historial biográfico y familiar no podía jactarse de contar con nadie que se hubiera dedicado al cultivo de la Grecia antigua, sino que ni tan siquiera sabía de algún pariente lejano que hubiera obtenido el diploma de bachillerato superior. No se trata de nada que podamos calificar de demasiado dickensiano, por favor; para eso está la educación pública. Curiosamente, solo ahora me doy cuenta de que esa ausencia de humanistas en mi familia encaja por entero con la ausencia en ella de deportistas; salvo la canónica bicicleta recibida como regalo alrededor de los ocho años, no recuerdo haber visto nunca entrar en casa equipamiento deportivo alguno, ni nunca se me ocurrió pedirlo.
Ambos descubrimientos, pues, me encontraron en cierto modo sola y, dentro de mi pequeñez, fui una especie de pionera; en los dos casos, me tocó a mí arreglármelas sin ayuda de nadie y ponerme a buscar en un terreno que hasta ese momento no había sido para mí más que un desierto.
La única diferencia, y no es baladí, es que cuando me emperré en aprender el alfabeto griego contaba a mi favor con el viento ingenuo y descarado de la primerísima juventud. Cuando me calcé por primera vez las zapatillas de deporte, en cambio, ese viento estaba ya a punto de amainar para siempre.
El balance de estos dos descubrimientos, en cualquier caso, es el mismo; en uno y otro campo, pese a tanta fogosidad y tanto emperramiento por mi parte, he seguido siendo solo una diletante.
A mis treinta y cuatro años todavía no tengo ningún doctorado en Filología clásica del que jactarme ni medallas que exhibir, capaces de atestiguar las metas alcanzadas por mis piernas. Durante mucho tiempo me he afanado por gritar públicamente mi amor y mi entrega, pero en uno y otro ámbito, el del griego y el de la carrera a pie, he seguido estando claramente por debajo del profesionalismo y del agonismo.
La consecuencia es que, así como mi primer libro no debía entenderse al pie de la letra como un manual de griego antiguo, tampoco este relato deberá ser tenido por definitivo, científico, exhaustivo; no es más que la obra de una aficionada dotada fortuitamente de tobillos robustos, nada más, que, por tanto, no pretende dar consejos sobre la carrera (por el contrario, estaré muy agradecida si recibo alguno) ni patrocinar métodos de entrenamiento, que, por lo demás, no han dado grandes resultados cuando han sido probados por la ignorancia de una servidora.
Con toda la honestidad de la que dispongo y con toda la rigidez rayana en la crueldad con la que suelo valorar mis resultados, sé que esta propensión mía al diletantismo no debe achacarse a cualquier modalidad de flojedad o de pereza; o, mejor dicho, no solo a eso. Creo que es más bien consecuencia de la profesión que he escogido como medio de vida, o sea, escribir; lo que me llama la atención de la realidad no lo llevo casi nunca hasta sus últimas consecuencias por la necesidad perversa de dejarlo incompleto, para que me atormente con su imperfección y al mismo tiempo me dé placer al contarlo.
No carezco de competencias en griego antiguo ni de fuerzas en mis piernas. Y no creo, como dice Platón en el pasaje citado como exergo, haberme arredrado nunca ante la guerra, al menos la guerra personal, ni ante la acción. Debo reconocer, sin embargo, que no habría escrito nunca un libro sobre la gramática griega si hubiera tenido el valor suficiente para ser profesora, ni tampoco me habría puesto nunca a escribir este libro si hubiera corrido ya un maratón hasta el final.
Debe de ser, pues, ese el motivo de que corra y de que escriba, prolongar mi carácter incompleto. Una forma más de cobardía.
Lo que la Eneida nos enseña sobre cómo superar ...
Un viaje iniciático a través de la mitología gr...

