«La frontera encantada», de Giuseppe Caputo
En Barranquilla, un niño es partido en dos por su abuela. «Un lado de tu cara es elegante y el otro es vulgar», le dice ante el espejo, mientras traza una línea desde la frente hasta la boca, lanzando una suerte de hechizo social. Aunque ella, a toda costa, intenta que el lado «distinguido» del niño reluzca, la casa se sume en una bancarrota que provoca el quiebre mental del padre y que revela, de maneras insospechadas e hilarantes, esa procedencia plebe que la abuela insiste en ocultar. «La frontera encantada» (Random House, febrero de 2026) es la historia de la vida que sigue a ese suceso fundacional. Es la indagación profunda, descarnada y entrañable de los meandros que recorre el narrador mientras el hechizo crece y se manifiesta en el amor, el sexo y la amistad. Y es, sobre todo, el recuento del enorme esfuerzo que hace por recomponer la libertad y el amparo a través del gozo del cuerpo. A continuación, LENGUA publica las primeras páginas de la novela de Giuseppe Caputo, un libro que oscila con delicadeza entre la narrativa, el ensayo, el archivo y la fantasía.
Por Giuseppe Caputo

EL MEDIOHOMBRE
(1)
En el tiempo más deseante y difícil de mi vida, a orillas de un río perezoso, un loco me dijo una noche: «Te quiero dar el regalo de una visión, pero vas a tener que escoger: o lo más absolutamente hermoso que podrás ver jamás, o lo más absolutamente terrible» —la voz me llegó con su eco y, mientras yo pensaba qué decidir, el ofrecimiento se repetía—: «Tienes que escoger: lo más, más hermoso, o lo más, más terrible». Primero traté de imaginar qué podría ser lo más bello que vería para siempre: qué cara o qué cuerpo descansado. Qué forma del cielo astronómicamente inédita. Qué éxtasis. Qué animal nuevo o qué monstruo divino. Qué obra o qué dignidad. Qué vida. Y me pregunté, por supuesto, qué podría ser lo más terrible que vería hasta el final: qué cara, o qué cuerpo, o qué forma del deseo destrozándose. Qué miedo o qué pus. Qué violencia desmembrante. Qué arrasamiento o qué oscuridad política. «Ambas visiones sucederán al tiempo», me dijo el loco. «Si ves una, te perderás de ver la otra. Piénsalo». Ésta es la historia de mi respuesta y de todo lo que vi.
(2)
«Lo más, más hermoso, o lo más, más terrible». Yo quise, como nunca, demediarme: ser partido en dos, con un cuchillo verticalmente, para poder mirar con mediocuerpo la visión más hermosa y con mediocuerpo la visión terrible. Partirme en dos como alguna vez fui partido en mi ciudad, Barranquilla. Tenía siete años y la persona más vieja que yo conocía, la madre de mi mamá, mandó a llamarme a su cuarto: ella quería mover el espejo de una pared a la otra. «Ahorita traté de cargarlo», dijo, «pero está muy pesado: mírame los brazos» —le estaban temblando solitos—. De inmediato subí al tocador y agarré el espejo por los bordes dorados. «Cuidado», me dijo, «ten mucho cuidado: ese espejo fue de mi abuela» —y, al escuchar esas palabras, sentí que el objeto había estado en el mundo desde el principio del tiempo—.
Yo podía verme allí, cargando el espejo, mientras movía mi reflejo de una pared a otra. «Qué cosa tan impresionante», siguió la vieja, apenas pude colgarlo otra vez. «Una parte tuya es más distinguida que la otra» —dejó su dedo en mi frente y, sin dejar de observarme, lo fue bajando por la mitad de la cara—. La vieja me miró más: subió el dedo por la barbilla y de nuevo a la frente, cruzándome boca y nariz. «¿Te das cuenta?», me preguntó —ella estaba encantada y me estaba encantando a mí—. «De este lado» —señaló el derecho—, «tu nariz es más respingada. ¿Sí ves?». Yo me quedé ante el reflejo, absorto y extrañado, sin terminar de ver lo que la vieja decía. «La verdad es que no», solté. «No veo nada de lo que dices». Enseguida me tapó el lado izquierdo con la mano abierta. «Mírate», insistió —lo hice y me vi la cara—. «Y ahora mírate» —me tapó el lado derecho—. «¿Ya lo ves?» —me pareció ver algo: una curva en mi nariz que no llegaba al otro lado—. «Sí», le dije, por fin. «Lo estoy viendo». La vieja habló fuerte: «Acuérdate de eso: tu perfil derecho es elegante y el izquierdo, en cambio, es vulgar. Cuando te tomen fotos, muestra el lado derecho». Le dije que sí y me quedé mirándome.
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Siguiendo la voz de la vieja, yo me la pasaba ocultando la parte vulgar de mi cara —quiero decir que, desde el día en que, a los siete años, ella me partió ante el espejo, yo intentaba ser solamente la mitad distinguida—. «Miren cómo aprendió a coger los cubiertos», dijo una vez en la mesa, al tiempo que yo miraba hambriento, con la espalda recta, la escasa comida en el plato escarchado. «Ese niño va a llegar lejos». Mi hermano, mientras tanto, comía con la boca abierta y hacía sonidos masticando: le gustaba provocar a la vieja. «En cambio tú», le dijo, «qué poca educación» —Fabrizio abrió más la boca: podían verse el arroz y la carne mordida sobre la lengua—. «Tienen que corregirlo», la vieja rogó a mis papás. «No tiene modales». Mi mamá dijo: «Gordo, come bien», casi que automáticamente, con la voz muy bajita, y mi papá ni siquiera quitó la vista del plato —estarían pensando ambos en las deudas y cuentas por pagar: ellos trabajaban en su propia ferretería—. Yo terminé de comer y, sabiendo que la vieja me miraba, coloqué los cubiertos sobre el plato limpio. «Muy bien», me felicitó, «pero acuérdate de dejar siempre un poquito de comida en el plato: así parece que lo hubieras lamido». Burlón, mi hermano dijo: «No hay que demostrar el hambre. Eso es de quinta: de muy mal gusto» —se me escapó la mediarrisa: fue el lado vulgar de mi cara celebrando su imitación: advirtiéndome, además, que ahí seguía conmigo—.
Al rato apareció Margarita en el comedor para dejar en la mesa una jarra de agua. «Ya puede llevarse ese plato», le dijo la vieja apuntando a mi puesto. «Cuando el tenedor y el cuchillo están así, como los puso él, uno al lado del otro, el plato se puede retirar». Margui torció la boca y me miró: yo volví a mediorreírme. Entonces retiró el plato y desde la cocina gritó: «¡Una es tan pobre que termina trabajando para gente pobre, sirviendo a muertos de hambre!».
(4)
A los pocos días me invitaron a una fiesta: cumplía el nieto de una amiguísima de la vieja, una mujer que, desde hacía años, era socia del Country Club de Barranquilla. «Esto esmuy importante», dijo la vieja. «¿Qué vas a ponerte?». Saqué del clóset mi mejor jean y mi mejor camiseta, prendas que habían pertenecido a mi hermano. «Pero ¡cómo se te ocurre!», me gritó. «Eso está horrible, desteñido. ¿Tú acaso no entiendes adónde te invitaron?» —entonces hizo unas llamadas y, en un par de horas, apareció con una bolsa—. «Mira, ponte esto». Adentro había ropa de marca —una ropa que exhibía en letras gigantes la casa de diseño que la había fabricado—: camisa, pantalón y unos tenis. «Mídete todo». Enseguida me quité la ropa que tenía puesta y, en el espejo que había cargado alguna vez —el espejo frente al cual fui hechizado—, pude verme en calzoncillos y medias: todo estaba agujereado por todas partes. «¡Ándate, ligero, que no quiero verte así!» —la vieja volteó la cara mientras yo me cambiaba y, cuando estuve listo, dije—: «¡Ya!» —abrí los brazos, triunfante—. «¡Elegantísimo!». En el espejo, no vi al medioniño vulgar por ninguna parte.
(5)
La fiesta parecía la boda de un rey. Un gran arco de globos decoraba la puerta y, en letras de todos los colores, una pancarta ponía: «Mis primeros siete años». Cuando entré, Mickey Mouse me arrojó confetis y luego Minnie me envolvió en serpentinas. «¡Bienvenido a la gran fiesta de Carlos!», gritaron juntos los ratones, antes de soltar los globos que tenían en la mano: todos se elevaron al techo, que estaba lleno y más lleno de bombas coloridas. Había una mesa larga al fondo del salón: tenía en el centro un pudín sobre otro y sobre otro, cada uno de un color diferente, y en la cima se alzaba un muñeco de pastillaje —una miniatura del propio cumplimentado—. Rodeando el pudín estaban las sorpresas: unas cajas azules que guardaban, según supuse por el lujo alrededor, juguetes extraordinarios que ni siquiera podía imaginar. Entre la puerta y la mesa sin fin, había muchos niños jugando y, sobre todo, meseros en corbatín repartiendo comida —en unas bandejas de plata, que llevaban por lo alto de sus cabezas, iban y venían quibbes y pastelitos de carne, deditos de queso y hallaquitas, salchichitas y muslitos de pollo—. También había unas mesas aquí y allá, y en el centro de cada una, una escultura de hielo descongelándose de a poquitos, iguales en su forma al muñeco de pastillaje: un niño con los brazos arriba. Mi mediacara vulgar estaba admirada —o quizás, más bien, mi mediacara distinguida—. «Tú pregunta por la abuela de Carlos», me había dicho la vieja, antes de que mi mamá me dejara en el club. «Y dile que eres mi nieto: le das las gracias por invitarte a la fiesta». Apenas pasé por el arco de globos y los payasos quedaron atrás, mis dos partes al tiempo se comenzaron a fijar en la ropa de los demás niños: ninguno estaba vestido como yo. «Esa camisa es pirata», me dijo uno. «Así no es el logo» —y, de esa forma, no más llegar al agasajo, mi mediacara elegante quedó herida, como rajada con un cuchillo—. Entonces busqué a la anfitriona entre todas las mujeres de la fiesta y, cuando por fin logré presentarme, yo era solamente mi mediacara vulgar. «Pero qué buenmozo», dijo, «tienes la misma cara de mi amiga». Con sus palabras, la herida sanó de inmediato. Volví a ser un medioniño distinguido: un niño mediodistinguido.
La frontera encantada, de Giuseppe Caputo, sigue aquí.

