María Álvarez: «La soga que todavía nos ata a un mundo de escasez es la dependencia que tenemos del trabajo»
«Hijos del optimismo» (Debate, 2026) es el primer libro de María Álvarez. Al habla con la periodista y editora Paloma Abad, la autora apuntala una teoría de la abundancia; un nuevo paradigma para comprender el mundo actual y salir del atolladero socioeconómico en el que estamos.
Por Paloma Abad

Es una lata el trabajar. Crédito: Getty Images.
Meterse en todos los charcos es la especialidad de María Álvarez. No existe ningún tema ajeno a su interés, de la economía a la antropología, si cumple una condición: ayudarle a entender el mundo que habitamos. Fruto de esas incombustibles ganas de saber nace Hijos del optimismo (Debate, febrero de 2026), un libro intergeneracional que busca explicar por qué en la actualidad los habitantes de medio planeta nos encontramos tan confusos e incómodos con lo que nos ha tocado vivir. Esto no es lo que nos habían prometido. Nos dijeron que si estudiábamos podríamos llegar a ser astronautas, pero, en algún momento, el estado del bienestar mutó en pesadilla y nadie ha encontrado aún la tecla mágica para que todo vuelva a la normalidad.
Álvarez se zambulle en lo más profundo del océano y viaja hasta la Revolución Industrial para ayudarnos a entender de dónde venimos, pero (y aquí viene lo interesante) también hace una prospección a futuro con el fin de desvelar todo lo que podemos hacer para saltar a la siguiente pantalla de la evolución humana. Bienvenidos, bienvenidas, bienvenides la era de la abundancia…
LENGUA: Contrariamente a muchos de nuestros coetáneos y a gran parte de los analistas globales, te muestras optimista con respecto a nuestro futuro, ¿qué sabes que ellos no saben? ¿Qué se les ha pasado por alto o qué intereses perniciosos esconden en sus análisis y advertencias catastrofistas?
María Álvarez: Dicen que la felicidad no es más que la realidad menos las expectativas que nos habíamos creado. Y si eso es cierto, el malestar de nuestro tiempo tiene menos que ver con los hechos que con el tamaño descomunal de los sueños que heredamos. El final del siglo XX fue una explosión de optimismo casi místico. Nuestros padres creían, literalmente, que iríamos de turismo a la Luna, que habría colonias en Marte y que la tecnología resolvería no solo los problemas materiales, sino también los morales. Se hablaba del «fin de la Historia» y parecía que solo quedaba dejar el tiempo correr para disfrutar de los frutos de su cosecha. Pero el mundo no cogió el camino que ellos habían elegido. Y, sin embargo, tampoco es verdad que vivamos peor. Al contrario, en los últimos veinticinco años la humanidad ha experimentado algunos de los avances más rápidos de su historia. 1.500 millones de personas han salido de la pobreza extrema, el PIB per cápita global ha pasado de 13.000 a 20.000 dólares, la esperanza de vida ha aumentado en 17 años y la mortalidad infantil se ha reducido en dos tercios. Hoy, el 67% de la población mundial tiene acceso a internet y la mitad puede conectarse a redes 5G, algo impensable hace apenas un cuarto de siglo. La paradoja es que aunque los datos cuentan una historia de progreso sostenido, el ánimo colectivo es de decadencia. Yo creo que esa sensación de fracaso que se respira hoy en una parte de la sociedad tiene más que ver con las expectativas que se habían creado que con la realidad de hoy.
«El problema es que el trabajo, tal como lo heredamos del siglo industrial, cada vez aporta menos valor real en una economía del conocimiento automatizada y abundante. Y cuando una institución pierde función pero conserva centralidad simbólica, se vuelve un teatro».
LENGUA: ¿Cómo pueden coexistir el fin del crecimiento perpetuo (el fin de la L invertida) y el mundo de la abundancia en el que, aseguras, ya estamos entrando?
María Álvarez: Aunque pueda parecer contraintuitivo, el crecimiento económico nace de la escasez: la economía es el intercambio de los bienes escasos. Al contrario, cuando los bienes se vuelven abundantes, como ha ocurrido con en el siglo XXI con la música, la información, gran parte del comercio y el conocimiento, o como está ocurriendo ahora con la energía, la economía se resiente, es como si fuera encogiendo y se le escaparan cada vez más cosas. El problema que tenemos hoy, que no tiene que ver con la abundancia sino con las antiguas normas que todavía nos guían, es que habíamos asociado el valor de la gente a la participación en esa economía. Y de pronto nos vemos atrapados: queremos música abundante pero también que cobren los músicos, queremos que las máquinas hagan el trabajo pero al mismo tiempo no podemos dejar de trabajar. De ese conflicto nace la sensación de escasez que tenemos.

María Álvarez. Crédito: David Arenal.
LENGUA: De lo grande a lo pequeño. De lo global a individual. Una de las principales preocupaciones de los españoles de a pie es el acceso a la vivienda, ¿crees que en el contexto en el que vivimos existe una solución habitacional sencilla y capaz de convencer a todo el mundo (a todas las clases sociales, arrendatarios y arrendadores)?
María Álvarez: No, por desgracia no creo que haya una solución que contente a todo el mundo. Ocurre que en la sociedad del conocimiento las ciudades son los nuevos yacimientos de petróleo, los lugares donde se produce el valor. Y la tenencia de vivienda, tanto para vender como para alquilar, se ha convertido en un mecanismo extractivo de ese valor. Se ha convertido en el campo de batalla entre dos generaciones y dos formas de estar en el mundo: la de la economía industrial del siglo XX y la del conocimiento en el siglo XXI. El problema de la vivienda se puede arreglar, pero tiene que pasar por reconocer que el mundo ya no funciona como antes y no podemos mantener las mismas normas. El parque de vivienda es, en esencia, el accionariado de un país, y debería repartirse equitativamente entre todas las generaciones que lo habitan.
«La paradoja es que aunque los datos cuentan una historia de progreso sostenido, el ánimo colectivo es de decadencia. Yo creo que esa sensación de fracaso que se respira hoy en una parte de la sociedad tiene más que ver con las expectativas que se habían creado que con la realidad de hoy».
LENGUA: La identidad, en tu opinión, es uno de los grandes temas del mundo que viene. ¿Por qué te parece que será tan importante romper con roles tradicionales de género o familia? ¿En qué nos ayudará?
María Álvarez: Tenemos un sesgo cognitivo muy extendido que nos lleva a prestar más atención a aquello que se puede medir. Si algo no aparece en una estadística, tendemos a comportarnos como si no existiera. Pero no todo lo relevante cabe en una tabla de Excel. Yo creo que la nueva cultura de la abundancia está por todas partes, aunque no siempre sepamos contabilizarla. Y uno de los mejores ejemplos es la identidad. En apenas veinte años hemos pasado de un catálogo estrechísimo de identidades socialmente aceptadas a una expansión vertiginosa de posibilidades. La visibilidad de las identidades trans y no binarias es quizá el ejemplo más llamativo, pero ni de lejos es el único. Estamos viendo emerger nuevas formas de entender el género, la orientación, la pertenencia cultural, la trayectoria vital y, más allá de cada etiqueta concreta, ha aparecido algo todavía más profundo: la posibilidad misma de una identidad fluida, revisable, en construcción permanente. Eso también es abundancia. No de bienes materiales, sino de experiencias vitales. Creo que en las próximas décadas la identidad se va a convertir en un sector de actividad tan relevante como lo es hoy el turismo. La identidad dejará de ser una herencia pasiva y se consolidará como un proyecto activo en el que la gente invertirá muchísimo esfuerzo. Y eso cambiará la economía tanto como cambió, en su día, la producción industrial.
LENGUA: ¿Qué lastres pronosticas que serán más difíciles de soltar en el salto del ayer al hoy, y del hoy al mañana?
María Álvarez: El gran lastre, la soga que todavía nos ata a un mundo de escasez, es la dependencia que tenemos del trabajo. Y no tanto para repartir la renta, que para eso habría fórmulas más o menos sencillas, sino para organizar la jerarquía social. Los seres humanos vivimos en una estructura social muy compleja. Cada uno de nosotros transporta un repertorio infinito de señales que indican quién es en relación con los demás. Y hoy, la mayor parte de esa información sigue procediendo del trabajo. El problema es que el trabajo, tal como lo heredamos del siglo industrial, cada vez aporta menos valor real en una economía del conocimiento automatizada y abundante. Y cuando una institución pierde función pero conserva centralidad simbólica, se vuelve un teatro. De ahí esa sensación difusa pero omnipresente que tenemos de que el trabajo es una farsa. Desde las reuniones interminables cuyo objetivo nadie puede precisar a la jerga corporativa que se ha convertido ya en un cliché, pasando por lo de calentar la silla y la obsesión con la presencialidad. El reto más importante que tenemos por delante es aprender a destrabajar.
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