El horror sobrenatural en la literatura (según H. P. Lovecraft)
Compartimos en LENGUA la primera parte del extenso ensayo «El horror sobrenatural en la literatura» (de 1927, con una revisión publicada por entregas entre 1933 y 1935), en el que H. P. Lovecraft recorre la historia de la narrativa de terror y analiza su continuidad en la literatura de principios del siglo XX. El ensayo merece leerse en su totalidad, pero es sobre todo en el fragmento escogido (que sirve como prólogo de la antología «Cuentos de terror», editada por Penguin Clásicos en octubre de 2024) donde aparecen las claves más importantes para comprender el pensamiento y la obra del autor.
Por H. P. Lovecraft

Dos cubiertas del magacín Astounding Stories, una revista estadounidense de ciencia ficción publicada desde 1930. Estos dos ejemplares incluían las novelas cortas En la noche de los tiempos (a la izquierda, en junio de 1936) y En las montañas de la locura (febrero de 1936), ambas escritas por H. P. Lovecraft. Crédito: Getty Images.
La emoción más antigua y más fuerte de la humanidad es el miedo, y el miedo más antiguo y más fuerte es el miedo a lo desconocido. Pocos psicólogos disputarán estos hechos, y su reconocida verdad debería establecer la autenticidad y la dignidad de la literatura de lo extraño. Contra esta se disparan todas las saetas de una sofisticación materialista que se aferra a las emociones comunes y a los eventos externos, y de un idealismo ingenuo e insípido que desprecia los motivos estéticos y exige una literatura didáctica que edifique al lector hacia un grado aceptable de cretino optimismo. Pero, a pesar de esta oposición, la literatura de lo extraño ha sobrevivido, se ha desarrollado y ha alcanzado un notable nivel de perfección, fundada como está en un principio profundo y elemental, cuya atracción, aunque no siempre sea universal, sin duda es penetrante y permanente para mentes dotadas de la sensibilidad adecuada.
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La atracción de lo macabro espectral es generalmente limitada, pues exige del lector cierto grado de imaginación y capacidad para disociarse de la vida cotidiana. Son pocos aquellos que se hallan lo bastante libres del hechizo de la rutina diaria para responder cuando lo desconocido llama a la puerta, y la ficción sobre sentimientos y acontecimientos ordinarios, o sobre distorsiones sentimentales de esos sentimientos y acontecimientos, siempre ocupará el primer lugar en el gusto de la mayoría, y con razón, pues esos asuntos ordinarios constituyen la mayor parte de la experiencia humana. Pero lo sensitivo siempre nos acompaña, y a veces una curiosa vena fantástica invade un oscuro rincón incluso de la cabeza más dura, y entonces ninguna racionalización, ningún intento de reformarse, ningún análisis freudiano puede anular del todo la emoción del susurro en la chimenea o del bosque solitario. Aquí actúa un patrón psicológico con una tradición tan real y tan profundamente cimentada en la experiencia mental como cualquier otro patrón o tradición de la humanidad. Es contemporáneo del sentimiento religioso, está estrechamente emparentado con muchos aspectos de este y constituye una parte demasiado importante de nuestra más íntima herencia biológica para que desaparezca su dominio sobre una minoría de gran importancia en nuestra especie, aunque no sea numéricamente grande.
(...) A veces una curiosa vena fantástica invade un oscuro rincón incluso de la cabeza más dura, y entonces ninguna racionalización, ningún intento de reformarse, ningún análisis freudiano puede anular del todo la emoción del susurro en la chimenea o del bosque solitario.
Los primeros instintos y las primeras emociones del hombre conformaron su respuesta a su entorno. Los sentimientos concretos basados en el dolor y en el placer crecieron en torno a los fenómenos cuyas causas y efectos comprendía, mientras que, en torno a aquellos que no comprendía —y en sus albores, el universo bullía de este tipo de fenómenos—, se tejían de forma natural aquellas personificaciones, interpretaciones maravillosas y sensaciones de miedo y de sobrecogimiento de las que era capaz una raza con ideas simples y escasas y con experiencia limitada. Lo desconocido, que es al mismo tiempo lo impredecible, se convirtió para nuestros primitivos antepasados en una fuente terrible y omnipotente de bendiciones y calamidades con las que se castigaba a la humanidad por razones misteriosas y por completo extraterrestres y que, por lo tanto, pertenecían sin duda a esferas de la existencia de las que no sabemos nada y en las que no participamos. El fenómeno de los sueños también ayudó a desarrollar la noción de un mundo irreal o espiritual y, en general, todas las condiciones de la vida salvaje en el alba de los tiempos conducían con tanta fuerza al sentimiento de lo sobrenatural que no debería maravillarnos que la propia esencia hereditaria del hombre se encuentre tan completamente saturada de religión y de superstición. Esa saturación, en tanto hecho científico, debe considerarse en teoría permanente en la mente inconsciente y en los instintos primarios, pues, aunque el área de lo desconocido lleva miles de años contrayéndose sin cesar, el espacio exterior aún está hundido en un infinito depósito de misterio, y todos los objetos y procesos que una vez fueron misteriosos se encuentran envueltos en un vasto residuo de poderosas asociaciones heredadas, por muy bien que se hayan explicado. Más importante todavía es que, existe una fijación psicológica real de los antiguos instintos en nuestro tejido nervioso, lo cual hace que estén oscuramente activos incluso aunque la mente consciente se halle purgada de todas las fuentes del asombro.
Debido a que recordamos el dolor y la amenaza de la muerte de forma más vívida que el placer, y a que nuestros sentimientos hacia los aspectos benéficos de lo desconocido han sido desde el principio captados y formalizados por los rituales de la religión, el lado más oscuro y maléfico del misterio cósmico desempeña un papel más importante en el folclore sobrenatural. Esta tendencia, además, se ve fortalecida de forma inherente por el hecho de que la incertidumbre y el peligro están siempre estrechamente aliados, lo cual convierte cualquier mundo desconocido en un mundo de peligro y de posibilidades malignas. Cuando a este sentimiento de miedo y de malignidad se añade la inevitable fascinación del asombro y de la curiosidad, nace entonces un cuerpo compuesto de intensa emoción y de provocación imaginativa, cuya vitalidad sin duda resistirá en tanto exista la raza humana. Los niños siempre tendrán miedo de la oscuridad, y los hombres de mente sensible a los impulsos hereditarios siempre temblarán ante la idea de mundos ocultos e insondables, llenos de extrañas formas de vida, que quizá latan en los abismos más allá de las estrellas o se congreguen espantosamente en torno a nuestro planeta en impías dimensiones que solo los muertos y los soñadores pueden entrever.

La entidad cósmica Cthulhu dibujada por su creador, H. P. Lovecraft, en una carta dirigida a R. H. Barlow y fechada el 11 de mayo de 1934. Crédito: Getty Images.
Con estos cimientos, no es de extrañar que exista una literatura del miedo cósmico. Siempre ha existido y siempre existirá, y no se puede citar una mejor prueba de su tenaz vigor que el impulso que de vez en cuando empuja a escritores de tendencias por completo opuestas a probar suerte en ese ámbito, como si necesitasen descargar de su mente ciertas formas fantasmales que de otra manera podrían acosarles. Así, Dickens escribió varias narraciones sobrenaturales; Browning, el espantoso poema «Childe Roland»; Henry James, Otra vuelta de tuerca; Oliver Wendell Holmes, la sutil novela Elsie Venner; F. Marion Crawford, «La litera de arriba» y varios otros ejemplos; la reformista social Charlotte Perkins Gilman, «El papel amarillo», mientras que el humorista W. W. Jacobs produjo esa hábil pieza melodramática titulada «La pata de mono».
No debe confundirse este tipo de literatura de terror con un tipo en apariencia similar pero muy diferente: la literatura del miedo físico y de lo repugnante material. Ese tipo de escritura, por supuesto, tiene su lugar, como también lo tienen las historias de fantasmas convencionales o incluso caprichosas y humorísticas en las que el formalismo o los guiños conscientes del autor eliminan la auténtica sensación de lo mórbido y lo antinatural, pero no es literatura de terror cósmico en su sentido más puro. Una verdadera narración de horror de lo extraño debe contener algo más que un asesinato misterioso, huesos ensangrentados o una forma bajo una sábana que hace entrechocar sus cadenas según dictan las normas. Debe estar presente cierta atmósfera de terror susurrante e inexplicable provocado por fuerzas exteriores y desconocidas, y debe haber también, expresada con la seriedad y el tono ominoso apropiados, una insinuación de la idea más terrible concebida por el cerebro humano: la suspensión o derrota maligna y concreta de esas leyes fijas de la naturaleza que constituyen nuestra salvaguarda contra el asalto del caos y de los demonios del espacio impenetrable.
Una verdadera narración de horror de lo extraño debe contener algo más que un asesinato misterioso, huesos ensangrentados o una forma bajo una sábana que hace entrechocar sus cadenas según dictan las normas. Debe estar presente cierta atmósfera de terror susurrante e inexplicable provocado por fuerzas exteriores y desconocidas (...).
Por supuesto, no se puede esperar que todas las narraciones de lo extraño se adapten por completo a un modelo teórico. Las mentes creativas son irregulares, e incluso el mejor de los tejidos tiene defectos. Además, gran parte de la mejor literatura de lo extraño es inconsciente, y aparece en forma de fragmentos memorables diseminados en obras cuyo efecto global posee a veces un cariz muy diferente. La atmósfera es el elemento más importante, y el criterio final de autenticidad no es el ensamblaje de la trama, sino la creación de una sensación. Podría decirse, como regla general, que una narración de lo extraño cuya intención sea instruir o producir un efecto social, o cuyos horrores se explican finalmente mediante causas naturales, no es una narración genuina de terror cósmico. Aun así, esas narraciones a menudo poseen, en secciones aisladas, toques atmosféricos que cumplen todas las condiciones de la verdadera literatura de terror sobrenatural. Por lo tanto, debemos juzgar una narración de lo extraño no por la intención del autor, o por la mera mecánica de la trama, sino por el nivel emocional que alcanza en su punto menos mundano. Si logra crear las sensaciones apropiadas, ese «punto álgido» debe admitirse por sus propios méritos como literatura de lo extraño, sin importar el prosaísmo que la rebaje más tarde. La única prueba válida de la verdadera literatura de lo extraño es si de verdad estimula en el lector un profundo sentimiento de miedo y de contacto con esferas y poderes desconocidos, una sutil actitud de escucha sobrecogida, como si esperase oír el batir de negras alas o el arañar en la puerta de formas y entidades provenientes del confín más remoto del universo conocido. Y, por supuesto, cuanto más completa y unificada sea la transmisión de ese sentimiento, mejor será como obra de arte en ese género.
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